1

—¿Ven? Les ha faltado poner la cruz justo aquí, en categoría —dijo el funcionario desde su ventanilla.

—Pero eso no tiene ningún sentido —replicó Diana— la Darlene no es ni un carguero ligero, ni una nave de recreo, ni un servicio público, ni un bote militar: es una nave exploradora.

—Esa categoría ya no existe. Tienen que marcar una de las otras.

—Pero...

—Tche, tche, tche —dijo el funcionario negando con el dedo.

—Marca una cualquiera —intervino Hans— y marchémonos de una vez de aquí.

Diana se lo pensó un instante haciendo bailar la pluma por encima de los cuatro cuadros hasta que al final se terminó decantando por la opción de carguero ligero.

—Bien, ya lo tiene —dijo alargándole los impresos al funcionario— ¿Necesitan algún documento más?

—Estos documentos que me presenta no son válidos.

—Pero si me acaba de decir que sólo era necesario señalar una categoría para que todo fuera correcto.

—¿Cuándo le he dicho eso?

Hace un instante.

—Ve. Ahora ya ha cambiado su situación. Antes presentaban una primera instancia; pero ahora necesitan presentar una segunda instancia ya que la primera era incorrecta.

Vi cómo Diana apretaba el puño y cerraba los ojos, y pensé que aquel hombre no sabía el peligro que corría. Al final haciendo un esfuerzo logró contenerse y dijo.

—De acuerdo, proporciónenos los nuevos documentos si es tan amable.

El hombre se levantó, se dirigió hacia una cómoda situada en una esquina rebuscó hasta encontrar unas llaves y desapareció de nuestra vista. Al cabo de unos segundos volvió a aparecer con unas llaves más grandes aún y abrió el armario que estaba frente a nosotros. Lo vi revolver en su interior, y por un momento pensé que acabaría sacando unas llaves mayores aún; pero no, en esta ocasión se trató de una carretilla. La sacó del armario y la hizo maniobrar hasta colocarla debajo de la bandeja de la impresora. Luego se sentó nuevamente frente a su ordenador, nos miró con ojos desafiantes y dijo.

—Tardará un poco en estar todo listo.

La impresora empezó a escupir a un ritmo endiablado páginas y más páginas de apretado texto.

—¿Qué diantres es eso? —preguntó Cosme.

—Su nueva solicitud —le respondió el hombrecillo sin levantar la vista.

—La impresora ya ha escupido al menos mil páginas.

—Sí, todavía tardará un poco en haberlas imprimido todas. Si así lo desean pueden irse a tomar un café; pero no se entretengan mucho, porque la nueva solicitud caduca esta tarde, y si no me la traen perfectamente cumplimentada habré de sancionarlos.

—¿Por no haberla entregado a tiempo?

—No, por no haberme entregado previamente la solicitud de retraso en la entrega de una solicitud que se piensa entregar con retraso.

—Esto es de locos.

—Son las normas.

—¡Unas normas estúpidas!

—Señor, le advierto que el uso de palabras malsonantes sólo está autorizado tras cumplimentar la debida solicitud.

Cosme se llevó las manos a la cabeza y se retiró de la ventanilla. Vi que los nudillos de Diana se estaban poniendo blancos así que me decidí a intervenir.

—¿Por qué siguen utilizando papel? ¿No les sería más cómodo llevar un registro electrónico como hacen el resto de países desde hace más de tres mil años?

—Thinlizzy se enorgullece de mantener sus usos y costumbres a pesar de las presiones del resto de potencias extranjeras. No pensamos cambiar a un sistema de burocracia sólo porque sea más eficiente, cómodo, económico, rentable y sencillo que el nuestro.

Aunque sea triste, lo cierto es que aquella respuesta no me sorprendió en absoluto.

—Por cierto, ¿es usted un robot?

Veamos, soy cilíndrico, metálico, me desplazo sobre pequeñas orugas de aleación, tengo dos antenas y mis ojos son lentes cristalinas, hablo sin mover la boca y tengo pequeñas agarraderas en lugar de manos... ¡Sí, claro que soy un robot! No hace falta ser un genio de la deducción para comprenderlo.

—Según la normativa del Real Decreto 325/54, los robots no están admitidos en estas instalaciones. Le voy a pedir, educadamente que se marche.

Noté unos golpecitos en el hombro y me giré. Era Katyuska, que me señaló hacia el fondo de la sala, donde Hans charlaba animadamente con una funcionaria.

Normalmente no lo hago porque, a pesar de lo que pudiera pensar aquel mequetrefe de la ventanilla, soy un robot muy cortés y nunca utilizo mis sentidos aumentados para cotillear en la vida de nadie; pero en aquella ocasión creí que merecía la pena.

2

HANS: (con mirada embelesada) Nunca había visto a una chica como tú.

CHICA: (con risitas) Eso se lo dirás a todas.

HANS: A todas no. Sólo a las más guapas.

CHICA: (ablandándose) Veo que tú y tus amigos habéis topado con ese hueso duro de Matty.

HANS: (Haciéndose el tonto) ¿Matty?

CHICA: El hombrecillo de la ventanilla. No os dejara pasar jamás. Tiene una vida muy triste y su única manera de sentirse realizado consiste en actuar de cancerbero de la administración.

HANS: ¿Tú podrías ayudarnos?

CHICA: Yo puedo llevaros hasta el mismísimo presidente. ¿Sabías que en realidad el presidente se aburre como una ostra y normalmente está encantado de recibir a cualquier ciudadano que le pida cita?

HANS: ¿En serio?

CHICA: (segura de sí misma) Claro. A fin de cuentas Thinlizzy es un país de decimoséptima fila con poco que gobernar, y lo poco que tiene lo gobiernan a partes iguales entre reginianas y collerianos.

HANS: Comprendo. Entonces ¿Puedes ayudarnos?

CHICA: (confidente) Por supuesto, pero eso tendrá un precio...

HANS: Que pagaré con mucho gusto.

CHICA: Muy bien entonces, sígueme. ¿Necesitas decirles algo a tus amigos?

HANS: (Mirando hacia mí) No, creo que ya están al tanto.

Hans y la chica desaparecieron de mi vista; pero seguí oyendo sus voces durante un rato, hasta que al cabo de unos minutos, ya lejanas y probablemente en algún dormitorio oí las palabras mágicas: ¿No es verdad, ángel de amor....

3

Mientras subíamos en el ascensor, Hans nos iba poniendo al tanto.

—La chica dice que el presidente es un imbécil y un títere de su consejera; así que es a ella a quien debemos esforzarnos en convencer; aunque aún y así, cuando salgamos de allí, él también tiene que estar seguro.

—¿De verdad crees —intervino Katiuska— que un truco tan burdo dará resultado?

—Es lo que ella me ha dicho, y en todo lo demás tenía razón —hizo un gesto con la mano señalando dónde estábamos. Siguió hablando dirigiéndose a mí— nos ponemos en tus manos para eso.

Hice mi imitación de un pulgar levantado. Las recreaciones planetarias eran una de mis habilidades.

El ascensor abrió sus puertas y nos encontramos en una sala abovedada gigantesca. Al fondo, apenas un punto en el horizonte, había un escritorio. Una voz salió de unos altavoces situados a nuestra espalda y dijo: Adelante. Caminamos durante casi un minuto entero hasta alcanzar el escritorio. Era majestuoso y de caoba masiva, sólo mirarlo ya daba impresión de peso. Sentado tras él había un hombre de gran cabeza, flanqueado por una mujer alta y delgada.

—Siéntense —dijo el mismo hombrecillo que antes nos había estado entreteniendo en el registro.

—¿Es usted...? —dijo Cosme.

—El mismo que viste y calza.

—Pero... ¿es en verdad el presidente?

—Lo soy, pero a veces me aburro mucho y bajo al registro a echar una mano. La verdad es que no creí que los acabara viendo por aquí en menos de un año; pero en fin, supongo que alguien ha acelerado los trámites —miró a la mujer que estaba detrás de él con una ceja alzada.

—Sabes que mis chicas son las más responsables —dijo ella.

—Damas y caballeros —dijo el presidente—, os presento a Adela, la Mama reginiana. Este trimestre es el reginiano, lo que quiere decir que tengo que tener a esta belleza continuamente detrás de mí y resistir los impulsos lúbricos que me provoca.

—Señor presidente —dijo Adela— por favor, reténgase, sabe que no me gusta que hable así.

—En fin —sonrió el presidente levantándose de su silla y acercándose a nosotros.

Era un hombre verdaderamente pequeñito, aunque procuraba disimularlo usando alzas y vistiendo con sedas y encajes para desviar la mirada de su altura. El presidente inspeccionó de arriba a abajo a Cosme y a Hans, y recreó la mirada en Diana y Katyuska. A mí no me dedicó ni un solo vistazo. Ventajas de ser un robot.

—Díganme en qué puedo ayudarles.

Cosme lo puso al tanto del descubrimiento, aunque omitió el modo en que lo habíamos realizado. Le habló de las posibilidades comerciales de una ruta como aquélla. Por lo que sabíamos, Lem era un planeta fértil y rico en tierras cultivables.

—Imagínese —dijo Cosme—, todo Thinlizzy podría disfrutar de una dieta íntegra de alimentos naturales y aún nos quedarían alimentos para comerciar con el resto de países. Sería toda una revolución alimentaria, social y económica liderada por usted.

—Los alimentos naturales son un lujo que sólo los muy ricos podemos permitirnos —dijo el presidente— ¿Dónde quedarían nuestros privilegios si todos pudieran comerlos?

—Bien, en la Antigüedad todos los humanos comían alimentos naturales y aún así había diferencias de clase. No todos los alimentos naturales tienen la misma categoría.

—Ajá, no me convence demasiado; pero escucharé todo lo que me tengáis que decir. Total, no tengo nada mejor que hacer.

—Otra ventaja de colonizar Lem puede ser el turismo. Thinlizzy apenas tiene territorio, por no hablar de lugares turísticos; pero un planeta entero a nuestra disposición, recubierto de selva puede ser nuestra mejor baza en esta industria. La gente pagaría enormes sumas de dinero para verlo.

—Prosigue, pero te advierto que te tendrás que esforzar bastante más. Todo lo que me has explicado hasta ahora podría ser interesante para un país como U2 capaz de dilapidar cien veces todo el PIB de Thinlizzy sin parpadear; pero nosotros tenemos un presupuesto muy ajustado. Las garantías de éxito de la misión tienen que ser totales.

El presidente parecía olvidar que lo que le estábamos pidiendo era una miserable subvención para cargar de pilas atómicas los tanques de la Darlene. A cambio le ofrecíamos todo un planeta rico y fértil, algo que ni siquiera U2 poseía. Si no hubiera sido porque éramos unos muertos de hambre, nosotros mismos podríamos haber llevado a cabo la misión sin tener que contar con él ni con ninguna otra autoridad.

—Luego están los habitantes —dijo Diana.

—¿Habitantes?

—Sí. Por lo que sabemos el planeta está habitado. Hasta hace mil años había sido un planeta con contactos frecuentes con la humanidad, y es seguro que los colonos aún permanecerán allí.

—Entonces no podemos reclamar su posesión.

—Técnicamente sí que podemos —intervino Katiuska—. El tratado 315 de las naciones unidas, conforme a la colonización de nuevos territorios, establece que no podrán ser sometidos los planetas habitados por una raza inteligente; pero también tiene un corolario: en el caso de que se trate de colonias humanas perdidas, cualquier país que las descubra tiene la obligación de dotarlas de los suficientes medios administrativos para su propia dignidad.

—Es decir —dijo el presidente— que si nos encontramos con un planeta habitado por babosas gigantes inteligentes no podemos dominarlo —estas palabras del presidente, más adelante resultarían ser proféticas—; pero si nos encontramos con un pobre grupo de personas humanas tenemos todo el derecho a hacer con ellas lo que nos plazca.

—Sí, más o menos se trata de eso.

—¡Fantástico! Veis como no era tan difícil. Así que humanos... bien, bien, ¿Algo más que debiera saber? ¿Cómo serán esos humanos apartados del tronco de la evolución durante tanto tiempo?

—Pues lo cierto —dijo Cosme— es que tenemos pruebas bastante fehacientes de su aspecto.

Me miró y me hizo un gesto con la cabeza para que me acercara. Había llegado mi momento. Di un paso al frente.

—¡Mierda, un robot! —dijo el presidente— Creí haber dejado claro abajo que no quería saber nada de ellos.

Me quedé congelado sin saber que hacer.

—Pero, señor —dijo Cosme—, Hyleas es nuestro compañero de viaje. Es un robot totalmente responsable.

—Y encima pretenden que ese espantajo viaje con mi dinero.

Pensé en decirle que no se trataba de SU dinero, sino del dinero de todos los contribuyentes thinlizzianos; pero creí que podía no ser el mejor momento para hacerlo.

—No me gustan los robots con sus caras de hojalata, sus manos de latón y sus ojos de Oh, mírame, soy un robot y sé cosas que tú no sabes. Deberían destruirlos a todos.

Adela se agachó y susurró algo al oído del presidente que pareció serenarlo un poco. Me miró, intentó poner su mejor mirada de tipo duro y retomando el control sobre sí mismo, habló.

—Está bien. Di lo que tengas que decir; pero que sea rápido, mi tiempo es demasiado valioso como para perderlo con robots.

(Claro, por eso te dedicas a hacer el paripé en el registro).

Levanté la palma de mi mano hacia arriba e hice aparecer la proyección de una mujer en tres dimensiones. Llevaba una falda corta hecha con juncos, un sostén hecho con medios cocos, y una corona de flores sobre su pelo negro, abundante y rizado. Para crearla, había entremezclado los rasgos de Adela, Diana y Katyuska. Tenía constancia, por una larga serie de indicativos fisiológicos, de que el presidente se sentía atraído por las tres mujeres. Al no haberlo visto con ninguna otra mujer, no podía descartar que aquel no fuera el comportamiento natural del presidente ante cualquiera de ellas; pero eso era sólo una hipótesis y yo tenía que trabajar con hechos.

—Tras largos y detallados estudios —dije— acerca de los orígenes genéticos de la población de Lem, y de cómo su clima y especiales condiciones ambientales han podido incidir en ella a lo largo de estos mil años, hemos llegado a la conclusión de que la apariencia de los nativos de Lem en la actualidad es ésta.

El presidente no llegó a responder. Contemplaba embelesado mi representación tridimensional de la lemiana. Ni siquiera parpadeaba, y pasados unos minutos temí que se hubiera quedado cataléptico. Hice que mi figura se diera la vuelta, por ver si causaba alguna reacción en él. Lo hizo. Parpadeó dos veces, y cuando los torneados glúteos de mi nativa quedaron frente a él, habló.

—Adela, encárgate de que les den todo el dinero que necesiten. No, no hay peros, no me importa si tienen que matar a un par de ministros para liberar presupuesto; estos señores tienen una importantísima misión que no puede ser obstaculizada por esas nimiedades. Damas, caballeros... robot —dijo dirigiéndose a nosotros—, la patria los necesita. Tienen en sus manos la misión más importante que jamás haya tenido thinlizziano alguno. Les concedo mi bendición y les deseo lo mejor. Manténganme informado de todas las novedades y, sobre todo, no olviden traer a algunas de esas criaturas de Dios —señaló a la representación sobre mis manos— a nuestro hogar. Esas pobrecitas personas atrasadas se merecen disfrutar de todas las bondades de nuestra avanzada civilización.

Se dio la vuelta y se marchó con los pasos más largos que le permitían sus piernecitas, dejándonos solos con Adela.

—Como han podido comprobar —dijo Adela—, se trata de un hombre muy impulsivo; pero no lo juzguen, llevar un país, incluso un país tan insignificante como Thinlizzy, somete los nervios de cualquiera a una presión insoportable.

—Nos hacemos cargo —dijo Diana, logrando que en su voz no se trasluciera ninguna nota de ironía.

—Pero quiero que quede clara una cosa desde ya. Pueden marcharse en cuanto deseen, dispondrán del dinero y tendrán preferencia en la firma de cualquier concesión; pero no quiero que se metan en asuntos religiosos. Esa gente lleva apartada de la verdad mucho tiempo, y no es plan que los primeros que lleguen hasta su superficie los intenten embaucar en cualesquiera que sean las religiones que ustedes profesen.

Ahí estaba, pues, la clave para ella, un planeta entero para evangelizar a espaldas de los corellianos. Para las reginianas aquélla era una oportunidad de oro que no podían dejar pasar.

Las palabras de Adela habían sido suficientemente claras, y no contaba con que ninguno de nosotros quisiera contradecirla. A fin de cuentas, ¿Qué nos importaban a nosotros las guerras religiosas o la evangelización de los nativos? Una vez colonizados, ellos podrían escoger entre un amplio abanico (con catálogos disponibles) de creencias. A pesar de las pretensiones de la Mama reginiana, nada ni nadie los podría obligar a profesar una religión determinada. Sin embargo, Diana, que llevaba conteniéndose desde que pusimos el pie en la primera oficina del registro, sacó toda su ira en ese instante.

—Mira rica, tú aquí y en tu iglesia podrás mandar lo que quieras; pero las expediciones de la Darlene las comando yo, así que ni se te ocurra decirme cómo he de conducirlas.

Adela quedó tan sorprendida por aquella réplica que por un momento no supo qué decir, cuando fue capaz de reaccionar comenzó a increparnos: ¿Cómo os atrevéis? Sin mí no sois nada. Si yo no hubiera convencido al presidente... Si ahora decido no daros el dinero... Si mandara que os apresaran.... Todo parecía que se iba a ir al carajo en el último momento. Por fortuna, a veces hasta los humanos sois capaces de comportaros con una cierta inteligencia.

Cosme y Katyuska se hicieron cargo de Diana, arrastrándola afuera mientras Hans permanecía con Adela, ablandándola, convenciéndola y seduciéndola: ¿No es verdad, ángel de amor....

© Raúl A. López Nevado, (552 palabras) Créditos