1

En el hangar, la Darlene acumulaba polvo desde hacía años. Aún así, no pude evitar un estremecimiento al verla de nuevo. A mi mente acudieron los recuerdos en tropel. La recordé surcando las distancias siderales, dejando atrás a cualquier nave enemiga, fintando en batallas, posándose suavemente en planetas vírgenes. Pensé también en nuestra relación, en la intimidad que había habido entre nosotros: dos máquinas inteligentes perdidas en un mundo de seres orgánicos. Recordé cómo le gustaba que yo interaccionara con su ordenador central, que entrara en sus circuitos y jugueteara con ellos... Había sido una nave magnífica, rauda e intrépida. Sin embargo, ahora daba pena.

Parecía un gigantesco animal muerto, aunque no estaba muerta, sino hibernada. La última vez que la había visto en funcionamiento había sido al regresar de nuestra última misión. Al asimovizar la apagamos para que gozara de su merecido descanso; pero desde entonces habían transcurrido más de diez años. Cosme y Diana no se habían deshecho de ella, ni de mí, ahora que lo pienso, porque eran unos sentimentales. La mayoría de naves o robots de nuestra generación, que habían tomado parte en las tareas de descubrimiento de las principales rutas comerciales, hacía ya tiempo que habían acabado con sus chasis desguazados, y ahora gozaban, es un decir, de una nueva vida como cafeteras, ollas o cortadoras de pelo inteligentes.

Introduje la pila atómica con cuidado, primero la puntita y poco a poco el resto. Sabía que tras tanto tiempo de inactividad, para ella podía resultar doloroso. Al acabar la operación, sentí cómo un pulso eléctrico comenzaba a recorrerla. Comenzó suave en voltaje y frecuencia, pero en unos segundos se había convertido en una carga capaz de freír a un alienfante que se repetía cada vez más rápido hasta convertirse en continua.

Todo el cuadro de mandos se iluminó ante nosotros.

—¿Qué ha pasado? —dijo finalmente la Darlene.

Su voz sonó cansada y un poco carraspeante, como la de un humano que se acaba de despertar de un largo sueño.

—Hemos vuelto —dijo Diana —. Los darlenautas nos volvemos a poner en ruta.

—¿Cuánto hace desde la última misión?

—De momento es mejor que no lo sepas —intervine—. Necesitarás algo de tiempo para asumirlo.

—¿Hyleas? ¿Hyleas, eres tú?

—Sí, soy yo.

—No puedo verte. ¡Oh Dios, me he quedado ciega!

—Tranquila, tranquila —siempre había sido un poco hipocondríaca - ahora salgo. Estaba acabando de ajustarte la pila.

—¡Por el Electrobardo de Trurl qué susto me he llevado!

Diana estuvo tecleando un rato para comprobar el estado de salud de Darlene hasta que quedó convencida.

—Parece que todo funciona correctamente.

—Me siento como una rosa —respondió la nave.

—Eso es fantástico, porque nos espera un largo viaje. Hyleas, ocúpate tú de llevarla al túnel de lavado, no podemos salir al espacio con estas pintas. Yo iré a casa a ver cómo lleva Cosme la venta.

Supongo que ahora estáis ahí esperando a que os narre lo que pasó entre Darlene y yo mientras nos quedamos solos; pero a pesar de ser un robot, soy todo un caballero, así que tengo que correr un tupido velo y dejaros con las ganas.

2

Diana y Cosme vinieron al cabo de poco de salir del túnel de lavado. Habían logrado vender su apartamento en Town Come. Había sido una suerte, con la que estaba cayendo a nivel inmobiliario, lo habían vendido casi a un diez por ciento de su valor real, cuando lo normal en aquel momento era venderlo por un cinco por ciento, y con ese dinero extra habíamos podido pagar el préstamo de la pila atómica.

Diana se sentó en su silla de capitana.

—Bien —dijo acariciando el volante—, ¿A dónde vamos primero, a Marilyn o a Mr. T? ¿A buscar a Hans o a Katyuska?

—¿Alguno de los dos ha respondido a los mensajes que les enviamos? —preguntó Cosme.

—No, pero es posible que estén muy ocupados. Les hemos avisado con muy poco tiempo.

—¿Tú no crees que nos hayan hecho el vacío?

—¿Por qué iban a hacérnoslo? Les proponemos una misión que no pueden rechazar. Volver al espacio, descubrir un nuevo planeta lleno de concesiones comerciales. Gloria, riqueza y aventura todo en uno.

—Sí, ya, pero hace diez años que no contamos con ellos para nada. Ni siquiera les hemos enviado una postal por Navidad.

—Ellos tampoco lo han hecho.

Me pareció que no era el momento adecuado para decirles que yo había enviado y recibido postal de felicitación suya todos los años.

—No digo que sea culpa nuestra —dijo Cosme—, sólo estoy diciendo que tal vez tengan una vida organizada, lejos de inseguras aventuras, y prefieran que no vengamos a molestarlos.

Diana no contestó, se limitó a encogerse de hombros y hacer elevar la nave con una sacudida.

No hizo falta que hablara, una vez fuera de la atmósfera asimoviana, pusimos rumbo hacia las órbitas interiores. Nos dirigíamos hacia Marilyn. Diana debía de haber pensado que, antes de traer a otro amigote de Cosme como Hans a bordo, era prioritario apuntalar el sentido común de la tripulación con otra mujer, así que Katyuska fue la elegida.

3

Mientras tanto en Marilyn, Katyuska despedía al último grupo de turistas de aquella tarde. Se trataba de un grupo de hitchcokianos. Eran achaparrados y feos como todos los hitchcokianos, pero también eran los más educados y los que dejaban las mejores propinas.

Katyuska sostenía ante sí su comunicador con el mensaje que le había enviado Diana: Increíble hallazgo. STOP. la Darlene te vuelve a necesitar. STOP. Recompensa asegurada. STOP. Posibilidades de ascenso. STOP. ¿Por qué diablos escribiría Diana siempre así? Podía comprender que no hubiera sido demasiado prólija en sus explicaciones, sobre todo si éstas podían comprometer la seguridad de la misión. Podía comprender incluso que no contemplara la anormalidad de aparecer de repente en su vida y pretender que lo dejara todo para irse con ellos; pero ¿a qué venían tantos Stops, es que seguía utilizando el telégrafo para enviar sus mensajes?

Cerró la nota de Diana y se puso en comunicación con su superiora en la orden de las reginianas. Había entrado en la comunidad al poco de llegar a Marilyn, la habían captado, de hecho, aunque a ella le gustaba más pensar que la habían acogido en su seno. Desde entonces, contaba con ellas para todo. Las informaba de sus trabajos y de sus relaciones, acudía a las reuniones semanales, y procuraba aportar su granito de arena a la congregación y al proselitismo.

—Aquí la Hermana Augusta ¿En qué puedo ayudarla?

—Augusta, soy Katyuska.

—Dime Katyuska, maja, ¿cómo va la vida?

—Me acaban de llamar.

—¿Un antiguo novio? ¿Necesitas a la brigada castradora?

—No, no, no es eso. Se trata de mis antiguos compañeros de exploración.

—¿Esa panda de desarrapados?

—Tampoco te pases, vieja harpía reprimida —murmuró entre dientes Katyuska.

—¿Decías algo?

—No, sólo que te deseo un buen día.

—Ah. Bien, pues eso, tus compañeros los desarrapados, continúa.

Esa mujer la sacaba de quicio; pero la orden se había comportado bien con ella, y soportar a las comadres como aquélla era sólo un pequeño sacrificio.

—Dicen que tienen una nueva misión.

—No pensarás ir con ellos. ¿Verdad? Ahora tienes una vida decente y ordenada aquí. No se te ha perdido nada en el espacio.

—No... no es eso. Yo sólo...

La verdad era que no lo había pensado hasta que aquella vieja entrometida lo había dicho. Un segundo antes tan sólo llamaba para poner a las hermanas en alerta acerca de un posible descubrimiento que les resultara interesante; pero tras las palabras de Augusta, se acababa de dar cuenta de que estaba deseando embarcar en la Darlene y surcar las distancias siderales como antaño.

4

No nos costó mucho convencerla. Katyuska nos estaba esperando en el muelle, y al vernos llegar, corrió hacia nosotros. Seguía como siempre, como si el tiempo no hubiera pasado por ella. Su permanente expresión de asombro le seguía dando un cierto aire ingenuo, interesante o sugerente según quién la juzgara. Abrazó a Diana, que tuvo que agacharse un poco para envolverla entre sus brazos, y le tendió la mano fríamente a Cosme que también se había dispuesto a abrazarla. Me sorprendió tanta frialdad, porque Cosme siempre la había tratado como a una hija y ella le había correspondido con la confianza que se le tributa a un padre; pero no tuve tiempo de cavilar demasiado, porque enseguida la tuve encima de mí abrazándome y achuchándome como si fuera un peluche.

—Me alegro mucho de veros. ¿Cuándo nos marchamos? —dijo.

—Tan rápido como a ti te sea posible —dijo Diana —. No estábamos seguros de que estuvieras tan dispuesta.

—Ya... sí... supongo que debí responderos al mensaje.

Hubiera sido una buena idea, pensé.

—He estado muy ocupada —siguió Katyuska—. No os podéis ni imaginar lo que supone mostrar a los habitantes de otros mundos la cúpula de terraformación de Marilyn, señalarles en el cielo nocturno la ubicación de su planeta y responder una y otra vez a la misma pregunta: ¿Por qué Marilyn?

Todos guardamos silencio esperando que continuara. Finalmente, viendo que no se decidía a hacerlo, Cosme lo preguntó.

—¿Por qué Marilyn?

—¿Te refieres a por qué vine aquí?

—No, me refiero a por qué llamaron Marilyn, que si no recuerdo mal era la forma yanki de Afrodita, a un planeta infernal como éste.

—¿Veis? eso es lo mismo que me pregunta todo el mundo.

Volvió a guardar silencio y todos nos mantuvimos expectantes.

—Ah, que lo queréis saber.

Asentimos.

—La verdad es que no tengo ni idea: pero parece ser que desde los tiempos de la Tierra existe cierta tendencia a darle el nombre de la diosa de la belleza al planeta más inhóspito de un sistema estelar.

Diana y Cosme me miraron a mí como para confirmar aquella afirmación. Así que, después de echar una ojeada rápida a mis archivos, les di una charla magistral sobre la materia, que prefiero ahorraros a vosotros (si a alguien le interesa, se la ofrezco al módico precio de tres millones de créditos).

Ale pues, tras un poco de conversación higiénica más, ya teníamos a bordo de la nave a la mayor parte de la tripulación. Ahora sólo quedaba poner rumbo a Mr. T. y recoger a Hans.

5

¿No es verdad, ángel de amor que en esta apartada orilla...

La alienígena cayó desmayada con estrépito. No estaba mal, había aguantado hasta apartada orilla, la mayoría caían antes, en el ángel de amor, algunas incluso en el no es verdad. Sólo unas pocas, a lo largo de todos los años que llevaba dedicándose al oficio, habían aguantado hasta el la luna brilla, y las que habían logrado llegar hasta el se respira mejor eran verdaderamente excepcionales. Y eso era una suerte, porque era con las que lograban superar el discursito con las que debía desplegar sus habilidades íntimas.

Levantó a la mujer tasando sus formas. La verdad era que, quitada la piel violácea, las uñas marmóreas y afiladas, las guedejas en forma de gusanos, el tercer ojo en el centro de la cabeza, las escamas, los pies ahusados y la segunda boca, la mujer no estaba nada mal. Al menos tenía cuatro extremidades bastante proporcionadas, una sola cintura y cadera y dos pechos.

La dejó sobre la cama de la lujosa suite, y salió silbando de la habitación. Saludó con una servicial inclinación de cabeza a otras dos mujeres alienígenas que pasaban por el pasillo y que le respondieron con una risita, y llegó hasta el ascensor. Aprovechó la bajada para atusarse un poco el bigote y arreglarse los puños de la camisa. Miró su reloj. Todavía era temprano, aún era posible que volviera a hacer caja con otra rica alienígena necesitada de palabras bonitas y una varonil, a la par que sensible e inteligente, sonrisa masculina.

Al salir a la terraza, no vio a las hermosas mujeres que se paseaban semidesnudas por entre los alienígenas ricos, no vio a sus compañeros de oficio, tonteando con hembras de otras razas, no oyó la música ni olió los mil olores apetitosos que impregnaban el ambiente; sólo sintió el asalto de los anillos. Una vez más. Como le ocurría siempre que los vislumbraba de noche. Era por eso que estaba allí, por eso y por las mujeres, por supuesto; pero sobre todo por eso. Aquellos anillos que se cernían sobre el planeta, cercándolo en un abrazo flamígero, le hacían recordar el espacio, lo hacían sentir como si volviera a estar allí arriba, surcando las distancias siderales a bordo de la Darlene, junto a Cosme, su mejor amigo, su esposa Diana y Katyuska, la única mujer que se le había resistido conscientemente en toda su vida.

Me gustaría decir que en aquel instante, casi de epifanía, Hans también pensó en mí; pero tengo los registros delante, y sé que no lo hizo. Su mente vagaba hacia el espacio y hacia sus viejos amigos, ni un sólo pensamiento fue para este pobre robot cronista.

Sintió una mano sobre su hombro, era una mano suave, humana. Se giró sabiendo que se iba a encontrar con los ojos azules de Kate.

—¿Ya has acabado?

—Pensaba tamizar un poco más antes de retirarme.

—¿Mala noche?

—No, ya he dejado a una durmiendo a la pata suelta.

—Entonces no tienes de qué quejarte. Ven conmigo.

Kate lo tomó del brazo y lo arrastró fuera de la terraza. Caminaron sin decirse nada por el jardín hasta que ella rompió el silencio.

—Ha llegado un mensaje para ti.

—¿Para mí?

—Sí. De un tal Cosme. Deberías tener tu propio comunicador.

—Ya sabes que me deshice de él porque no paraba de sonar.

Kate alzó una ceja y sonrió.

—Lo sé, lo sé; pero no puedes depender de mí para todo. ¿Quieres ver el mensaje?

Hans asintió y Kate le alargó el comunicador. Lo tuvo que leer varias veces para asegurarse de que era real. Cosme había sido tan lacónico como siempre: Nos volvemos a poner en marcha. Ponte guapa. Te recogeremos el jueves a las 23.17 h. TUC.

—¿Y bien? —le preguntó Kate.

—Es un viejo amigo. Viene a buscarme.

—¿Te marchas? —Hans asintió— ¿Cuándo?

Hans miró su reloj antes de contestar.

—En una hora. No nos volveremos a ver. Sabes que ha sido un placer para mí conocerte.

—No tan rápido, vaquero. ¿Una hora dices?

—Sí.

—Entonces ven conmigo, tengo algo que darte, algo para que no me olvides cuando nos separen los años luz.

6

Hans subió a la nave metiéndose aún la camisa por dentro de los pantalones. Entró al puente y se inclinó levemente ante Diana y ante Katyuska, cogió a Cosme por los hombros y lo abrazó varonilmente.

—Estás más viejo —dijo Hans cuando se separaron.

—Tú también —dijo Cosme.

—No. Yo me conservo bastante mejor que tú —soltó una carcajada y lo golpeó en la espalda.

—Vamos. Pongámonos en rumbo cuanto antes.

Hans empezó a pulsar botones al tuntún en el cuadro de mandos.

—¿Se puede saber qué haces? —preguntó Diana.

—Programo nuestro próximo destino.

—Pero si ni siquiera lo sabes.

—¿No volvemos hacia Thinlizzy en Asimov?

Diana pareció confundida.

—Sí, pero cómo es posible...

—Simple intuición masculina. Sé que debéis de traeros algo gordo entre manos para haber vuelto a poner en marcha esta vieja carraca.

La nave carraspeó.

—Con perdón, querida Darlene; pero has de reconocer que no estás en tu mejor momento. Así que supongo que necesitaréis dinero para tirar adelante y, o mucho me equivoco, o no estáis precisamente sobrados de eso. Así que lo más razonable es acudir a Thinlizzy, a donde pagáis los impuestos de circulación de la nave, y pedir algún tipo de subvención.

—¡Asombroso! —dijo Cosme.

—No tanto, no tanto —dijo Diana— pero he de reconocer que a mí también me ha sorprendido. Pensé que seguías siendo el saco de músculos con el cráneo vacío que habías sido siempre.

En realidad lo era. Aquella deducción no era la suya, sino la de la morena escultural que los despedía agitando la mano desde el muelle.

© Raúl A. López Nevado, (552 palabras) Créditos