PRIMERA PARTE: que trata del insólito y grande hallazgo de un desconocido planeta por parte de los darlenautas, y de las dificultades burocráticas, monetarias y atléticas que los acosan en su firme voluntad de iniciar una singladura en pos de tan extraordinario lugar.

1

Si le doy muchas vueltas no me vais a creer, así que lo mejor será que empiece sin circunloquios. No es que me moleste, eh, pero me parece una verdadera pena tener que ir directamente al grano, cuando podría deleitaros con varios miles de páginas de gloriosas reflexiones, en las que conoceríais al dedillo a todos los protagonistas de esta historia: su código genético, sus reacciones fisiológicas, su índice de masa corporal, su ratio de consumo de calorías, sus genes recesivos, la longitud de onda del color de sus ojos... Es que hasta me pongo poético con estas cosas; pero el tabernero me ha dicho que no, que me debo atener a los hechos desnudos, que a vosotros, humanos, lo demás os la trae al pairo. En fin, él paga, así que me ceñiré a lo que me ha dicho; pero que conste que me parece una considerable pérdida artística.

Ah, por cierto, por si a alguien le interesa, soy un robot y me llamo Hyleas.

Y los robots no perdemos nunca una partida al Trivial. A no ser que se trate de un Trivial tan antiguo que todos sus conocimientos estén desfasados, o que estemos jugando con nuestro humano y no queramos humillarlo, o que se den las dos circunstancias anteriores juntas, que es lo que ocurría aquella noche.

Cosme y yo habíamos estado de caza en uno de los mercadillos de viejo más notables de Town Back. No había sido demasiado exitoso. Habíamos encontrado más o menos lo de siempre: tres docenas de trajes espaciales de terciopelo rosa, de cuando estuvo de moda el revival del Spacial Glam; quinientos cuarenta y tres billetes originales de la Viajera, la primera nave en llegar a Asimov tras la gran guerra con los Cherrys; tres discos de la primera edición física de los Grandes Éxitos de La Niña del Asteroide, con su éxito interplanetario: No corras mucho con la nave, papá, que luego no tenemos dinero para las pilas nucleares; una backup en gelatina electrónica del Sitio de CF, conservada en su paquete original y sin abrir para no perder su valor; veinte mechones de cabello de Regina Stratopolus, la fundadora de las reginianas, con certificación de autenticidad; cinco santos prepucios de Corelli, el mesías corelliano, cada uno con su correspondiente análisis de ADN demostrando que es el único y verdadero, y varias naves 356R, 780T, 15SD y 567M tuneadas a las que no me subiría ni aunque me encontrara en un planeta a punto de estallar. Lo dicho, lo de siempre. En realidad, el problema no era tanto que no hubiera buenos materiales, como que tuvieran un precio asequible para el bolsillo de un explorador en paro como Cosme.

Durante años, Cosme se había dedicado a explorar planetas desconocidos en la Darlene. La verdad era que añoraba ver su figura gallarda en el puente de mandos, mirando al horizonte así como de través, con un enfoque en escorzo y una sonrisa de medio lado mientras sus poderosos hombros se movían acompasados al ritmo de una respiración, con la que parecía cobrar conciencia de que tenía todo el Universo a sus pies. Sí, añoraba aquellos viajes interminables llenos de peligros y aventuras. Si es que los robots, en el fondo, somos unos sentimentales.

Pero bueno, la vida es como es, y después de que Cosme se casara con la capitana de la Darlene todo había ido de mal en peor. No quiero decir que se tratara de una reacción de causa-efecto. No lo era. En verdad que no. Más bien se había tratado de lo contrario, tras tantos finales de esos de to be continued, al poner el pie en un planeta virgen e inexplorado, y darse el preceptivo beso de héroe-heroína con fundido al negro para que apareciera el the end, Diana y él habían comenzado a gustarse en serio. Cualquiera podía darse cuenta. En las primeras aventuras, el beso final era casto e inocente como el de dos adolescentes que se besan por primera vez, apenas un piquito en los labios; pero poco a poco habían ido ganando pasión y lengua, hasta que en las últimas se daban unos besos de cinco rombos con tirabuzones que daba miedo contemplar. Así que, tras una expedición particularmente provechosa, en la que consiguieron firmar un tratado de tráfico de hortalizas notablemente naturales y gustosas, decidieron que había llegado el momento de casarse. Se casaron y yo fui el padrino, para desesperación de reginianas y collerianos que no podían aceptar que un robot desempeñara ese papel, ni siquiera en una boda civil.

Por aquel entonces, los encargos empezaron a dejar de llegar. Era como si de repente el Universo por conocer se hubiera agotado. No había nuevos planetas. Todos los agujeros de gusano que iban a parar a algún lado interesante ya habían sido explorados, revisados y explotadas las subsiguientes rutas comerciales. La profesión de explorador estaba en recesión, y la mayoría de exploradores tuvieron que pasarse a otras profesiones. Los otros dos tripulantes de la Darlene, sin ir más lejos, habían hecho sendos cursillos de reciclaje y habían encontrado nuevos empleos (volveré sobre ellos más adelante).

Diana mismo también se había reciclado en profesora de cosmografía e historia general, y con su exiguo sueldo de maestra era como iban sobreviviendo los dos. Cosme sentía ser una carga para ella; pero es que no había logrado encajar en ninguno de los programas de reciclaje en los que había intentado entrar. Él era un héroe, carajo, uno de esos pocos hombres a los que hasta les queda bien el pijama espacial. Un héroe, en fin, de la vieja escuela. Un héroe mantenido por su mujer.

Acudía a los mercadillos de viejo con la esperanza de encontrar alguna ganga, algún objeto con el que trapichear y aportar algo a la economía familiar. De vez en cuando lo conseguía: alguna vieja edición de La Biblia del Chisme vendida al peso, y por la que había coleccionistas dispuestos a pagar un buen pellizco; algún cojinete para nave espacial que ya no se fabricaba, y que permitía arreglar viejos modelos descatalogados; algún teclado positrónico con chasis de carbono... cualquier cosa que se pudiera vender por más dinero que por el que se había comprado; pero aquella tarde no habíamos tenido esa suerte. Únicamente habíamos encontrado aquel viejo Trivial, y lo habíamos terminado comprando más por despecho que por provecho.

Total que tras un día bastante infructuoso, nos entreteníamos jugando con él en la taberna del Pescuezo Retorcido.

—Nombre del planeta más grande del Sistema Wellsiano —dije—: a) Jackson; b) de la Iglesia; c) Hitchcok; d) Welles.

—Hitchcock —contestó Cosme.

—Y la respuesta es... correcta.

—Esto es un rollo.

—Espera, espera, todavía no has oído la próxima pregunta.

—Venga, va.

—Muelle situado en órbita alrededor de un planeta con el fin de que las naves que quieran entrar en su atmósfera paguen los preceptivos impuestos: a) Aduana; b) Espigón; c) Malecón; d) Cañaveral.

—Esa pregunta no tiene demasiado sentido desde que se abolieron las fronteras en nuestro sistema estelar.

—Bien, imagina que te diriges a un planeta de otro sistema estelar.

—Entonces lo correcto sería decir que el nombre es a) y b) juntos: espigón aduanero.

—Te tienes que quedar con una sola opción.

—Vale, entonces me quedo con la a).

—Y la respuesta es... correcta.

—¡Qué sorpresa!

—Bueno, creo que tampoco tenemos nada mejor que hacer hasta que no llegue el aéreo bús.

—Eso es cierto. Diana me va a matar cuando nos vea llegar tan tarde.

—NOS va a matar. ¿Recuerdas? Me dijo que procurara que no perdieras demasiado tiempo.

Cosme me puso una mano en el hombro, me miró a los ojos, y respondió muy serio.

—Tú eres un maldito robot. ¿Recuerdas? Ni siquiera puedes morirte. No eres más que una caja metálica llena de cables.

—Eh, eso duele, no hay necesidad de ponerse tan agresivo.

Eché la mirada hacia abajo y aumenté el tamaño de mis pupilas, era un truco que había aprendido de los gatos y que solía resultar.

—Oh, vamos —dijo— deja de hacer eso. Sabes que no puedo resistirlo.

Amplié aún más el diámetro de mis pupilas, y agaché las antenas de forma lastimera.

—Vas a acabar haciéndome llorar. Vamos, vamos. Basta. Siento lo que te acabo de decir. ¿Quieres seguir jugando al maldito trivial? Venga sigue, vuelve a preguntar.

Le tomé la palabra antes de que se arrepintiera; pero la siguiente pregunta me sorprendió a mí mismo.

—¿Qué pasa ahora? —dijo cuando yo debía de llevar al menos treinta segundos traspuesto.

—Esta pregunta... no puede ser. Tiene que haber algún error.

—Déjame ver.

Le alargué la tarjetita para que pudiera inspeccionarla.

—No entiendo dónde está el problema —dijo.

—Prueba a leerla en voz alta.

—Me parece una tontería.

—Pruébalo.

—Está bien, está bien. Veamos: El modo más rápido de llegar a Lem consiste en atravesar el agujero de gusano de la Escolopendra. ¿En qué coordenadas se encuentra su entrada tomando como referencia Wells?: a) 153.5788,472.8733,39; b) 220.7988,345.6743,25; c) 115.9989,567.3545,18 o d) 132.9807,677.3453,45. Sigo sin ver dónde está el problema.

—Lee la respuesta.

—C) se trata de la respuesta c); pero me daría igual que fuera la a), la b) o la d).

En ese instante maldije la falta de memoria humana.

—No tienes ni idea de a dónde refiere cada una de estas coordenadas, ¿verdad?

—¿Cómo iba a tenerla?

—Está bien, no te preocupes, yo te lo explico.

—Fantástico, lo único que me faltaba, que mi robot me diera lecciones.

Ignoré sus palabras, y comencé a trazar el mapa. Di la vuelta a mi mano y proyecté sobre ella un modelo tridimensional de todo el sistema wellsiano. Las distancias, obviamente no podían ser proporcionales al tamaño de los astros; pero permitía hacerse una idea bastante aproximada de cómo eran las cosas.

—Muy bonito —dijo— ya veo que has aprendido otro truco. ¿Quieres que te dé una golosina?

—Me parece una buena idea. Una compañera modelo XL345 no estaría nada mal, ahora que lo dices.

—¿Cómo?

—Nada, déjalo, si lo que creo que he averiguado es cierto, yo mismo me podré comprar cuantas quiera cuando volvamos. Bien, aquí tienes una reproducción de nuestro sistema estelar. Ahora iluminaré los agujeros de gusano más conocidos y transitados.

—Te recuerdo que yo fui el descubridor de algunos de ellos.

—Sí, pero eres incapaz de retener la numeración de sus coordenadas, así que será mejor que me escuches. Ves, los más transitados son éstos: Lombriz 118, ubicado aquí, entre Wells y Marilyn; también se usa bastante Oruga 58 y está aquí, a medio camino de Hitchcock y Mr. T. La mayoría se encuentran en este cúmulo, pasado el segundo cinturón de asteroides.

—No acabo de ver a dónde quieres ir a parar.

—Pues a que las coordenadas del agujero de gusano de la Escolopendra no están registradas, como no lo está el planeta Lem al que supuestamente conducen.

—Será un fallo del editor. Este trivial tiene por lo menos mil años.

—No. ¿Es que no lo comprendes?

—No, maldita sea, no lo comprendo.

—Lo he comprobado. Ese planeta existe. He tenido que rebuscar un poco, pero hay registros históricos que hablan de él. Hasta hace mil años parece ser que era un planeta con el que incluso se comerciaba; pero hace unos mil años algo debió de pasar, porque desaparecen todos los registros.

—No te lo estarás inventando.

—Hay que ver lo cenutrio que eres. Soy un puñetero robot, y los robots no tenemos problemas de autoestima que nos hagan desear llamar la atención, ni disfrutamos burlándonos de otro —esto no era del todo cierto; pero necesitaba que por una vez en su vida, Cosme me prestara atención.

—Pero tus registros pueden estar equivocados.

—No son mis registros, son los de la grande y muy noble y señora de las enciclopedias, me he conectado a su núcleo y sabes que ella nunca falla.

—¿Y cómo es que nadie ha localizado nunca ese maldito agujero desde hace mil años? Todo debería de estar mucho más caliente a su alrededor.

A veces, de verdad que añoraba poderme comunicar a impulsos eléctricos con los humanos. Lo que hubiera sido un milisegundo en el caso de tratarse de otro robot, no hacía más que embrollarse en una discusión estúpida que no nos llevaba a ningún sitio.

—Lo está, pero... —hice que en la representación sobre mi mano, por un instante los astros fueran proporcionales al tamaño del espacio —ésta es la razón por la que nadie lo ha encontrado.

—¿El Apocalipsis?

—No hombre no, simplemente he puesto los planetas al tamaño que toca con respecto a las distancias que hay entre ellos. Entre tantísimos miles de millones de kilómetros es fácil pasar por alto un punto de no más de cinco por cinco metros.

—Entonces, ¿lo que me estás queriendo decir es que esa entrada y ese planeta existen?

—Exactamente eso.

En ese momento llegó el aereobus y subimos. Se puso un dedo frente a los labios para indicarme que debíamos guardar silencio sobre ese asunto. Tenía razón, las paredes oyen, y nunca puedes saber si el señor con bigote de la tercera fila, la señora del vestido estampado de la quinta, o el adolescente con tentáculos de la séptima son en verdad cazainformaciones dispuestos a vender lo que oigan de tus labios al mejor postor.

2

Cuando llegamos a casa, Diana nos estaba esperando en el zaguán con un amasador en las manos.

—Mira tú por dónde aparecen Don Quijote y Sancho Panza.

Nunca llegué a saber quién de nosotros se suponía que era el uno y quién el otro.

—Os parecerá bonito. Después de trabajar todo el día, tengo que esperar a que los señoritos me hagan el honor de aparecer.

—Pero, cariño, si apenas son las once de la noche.

—Las once de la noche serán en el antro de mala muerte del que venís. Aquí son —miró su reloj, y frunció el ceño al comprobar la hora—... Es igual, la hora que sea. Tendríais que estar aquí. Te has olvidado del día que es hoy, con lo importante que era.

Vi como Cosme palidecía, y casi pude notar su sudor frío corriéndole por la espalda. Me miró con ojos espantados pidiéndome ayuda. Yo hice acopio de todas las fechas señaladas que Cosme debería de haber tenido en cuenta y no hallé ninguna que coincidiera con aquel día. Seguí buscando en los datos de su agenda. Seguía sin encontrar pista alguna. Creía que Diana se estaba equivocando; pero era mejor no mencionarlo si no quería desviar su ira hacia mí. Además, aun cabía la posibilidad de que ella estuviera en lo cierto. El cerebro femenino es una máquina prodigiosa, y en muchas ocasiones, ni siquiera un robot con almacenamiento infinito puede desafiarlo.

—No tienes ni idea de lo que te hablo. ¿Verdad?

—Yo...

—Hoy tenías una entrevista de trabajo en la escuela, para el puesto de bedel. Has perdido la oportunidad, y me has hecho quedar mal.

Diana se llevó el dorso de la mano a la frente y sollozó teatralmente. Incluso a mí me pareció sobreactuado.

—Desde que estamos varados en tierra no haces más que darme disgustos. Tú, y ese montón de hojalata que tienes por compañero de correrías. Mejor haríamos vendiéndoselo a peso a los traficantes de cobre —capté indefectiblemente que el compañero de hojalata era yo; pero no tuve claro si hablaba totalmente en serio, o simplemente lo decía para meterme miedo en el cuerpo. En todo caso, he de reconocer que en lo de meterme miedo, su estrategia fue un éxito.

—¡Díselo! —le dije a Cosme, temiéndome que si no la interrumpíamos de ningún modo, Diana continuaría amonestándonos por los siglos de los siglos.

Cosme cogió aire, se concentró lo que pudo y habló.

—¡Hemos comprado un viejo Trivial!

—¡Fantástico! —dijo ella— Supongo que querréis que os felicite por ello.

—No es eso. A partir de una de sus tarjetas hemos descubierto un planeta nuevo. Uno que nadie recuerda.

—Eso es ridículo. ¿Cuánto has bebido esta noche?

—Sé cómo suena, pero es cierto. Hyleas, muéstraselo.

Saqué el Trivial de la bolsa en la que lo llevábamos.

—Eso no, pedazo de olla express, me refiero a toda la recreación esa tan bonita con el mapa de los agujeros de gusano conocidos.

—Ah, perdón.

Mostré sobre mis manos una reproducción de nuestro sistema estelar.

—Éste es nuestro sol, éste es Marilyn, Asimov...

—Ya me sé los nombres de los condenados planetas —me interrumpió Diana—. Ve al grano.

—Sí, sí. Éstos son todos los agujeros de gusano reconocidos y estudiados.

Mientras yo hablaba, Cosme le había entregado a Diana la tarjeta del Trivial en la que se mencionaba al planeta Lem, y al agujero de gusano de la Escolopendra que conducía hasta él. Frente a lo que había ocurrido con Cosme, Diana había localizado inmediatamente la posición de La Escolopendra.

—Este agujero no existe. Tal vez se trate de una simple errata.

—Ahí está el tema —dije—, lo he comprobado y en realidad se trata de un lugar por el que se había transitado con profusidad durante siglos; pero que hace unos mil años desapareció del mapa.

—Tal vez ocurrió alguna desgracia que hizo cerrar el agujero —intervino Cosme.

—Los agujeros de gusano no se cierran —le replicó Diana—, no se trata de carreteras a las que se les pueda poner una barrera.

—Sigue ahí —aventuré.

—Pero sólo hay un modo de asegurarse —dijo Diana con una amplia sonrisa en los labios— ¿Me estáis diciendo eso?

—¿Nos ponemos en marcha? —preguntó Cosme.

—Nos ponemos en marcha —confirmó Diana, a la vez que dejaba el amenazante amasador en el suelo, daba unos pasos hacia Cosme y lo besaba con un beso de cuatro rombos y siete tirabuzones.

© Raúl A. López Nevado, (552 palabras) Créditos