Hacía ya casi un año que había terminado todo el asunto, y, puedo asegurarlo, conseguí olvidarlo. Sin gran cosa que hacer —y sin ganas de hacer algo—, me había dedicado a la vida tranquila de un rentista. No estaba todo el día de juerga, como alguien podrá suponer; al cabo de un tiempo de desparrame, el cuerpo me pidió calma y yo se la di. De vez en cuando me despendolaba un poquito, pero nada más. Me dedicaba a invertir —jugar lo llaman, acertadamente— en bolsa, había comprado algunos locales, y procuraba que mi capitalito no descendiera demasiado deprisa. Y si era posible aumentarlo, tanto mejor. Ya saben que dinero llama a dinero. Les puedo asegurar que es una gran verdad. Es una putada para los pobres, otra injusticia más de este mundo de locos, pero una gran verdad.

En cuanto a Pedrín, tras pegarse unas vacaciones de varios meses, decidió volver a abrir La Mundial, tal y como dijo, para darle curro a su gente. No participaba en ninguno de los trabajos que realizaba la empresa, ni decidía nada. Había dejado todo en manos de Mónica, que llevaba los temas con solvencia y profesionalidad. Tenía aún su despacho, pero sólo lo pisaba un par de veces al mes, para ver las cuentas y charlar un poco con los chicos. No tenía tampoco necesidad de volver a trabajar, ni de meterse en follones. Ya saben que, en nuestro gremio, trabajar puede ser en ocasiones sinónimo de pasarlas canutas. Y lo último que desea alguien en nuestra posición son problemas.

Por supuesto, de Laura no tuvimos noticia alguna durante todo ese tiempo. De Claudia, algo más lógico, tampoco. Ni de Laura Segunda o Claudia Segunda. De nadie. Parecían haberse disuelto. No era de extrañar, pues con más de cuarenta mil millones de seres humanos poblando el Oikumene, sería curioso coincidir así como así con alguien en concreto, con alguien a quien no deseas ver jamás. Pero, como la vida está llena de sorpresas desagradables, no deseché del todo esa opción. Algo que, por otra parte, tampoco me quitaba el sueño.

En ocasiones —pocas, para ser sincero—, me había preguntado qué habría pasado con las chicas, con las cuatro me refiero, si habrían llegado a algún acuerdo, o habrían terminado a tiro limpio. Pero era una de esos pensamientos a los que dedicas un par de minutos, siendo generoso, y que acabas tirando a la basura, ya que no te importa un comino lo que haya ocurrido. Tanto me daba si habían acabado todas como amigas del alma, o habían terminado en un vertedero como Sánchez Perejil.

Tampoco, tal como supuse, tuve noticias de investigaciones de la Armada. La muerte —o desaparición, según lo que hubiera contado el cadete Rodríguez— del lascivo doctor quedó en el olvido, y fue considerada un mal menor necesario. Alguien les había hecho un favor quitando de en medio a aquel tipejo. No era cuestión de ir hurgando por ahí.

Pedrín ni tan siquiera le había otorgado al tema ese par de minutos. Se había olvidado por completo de aquel lioso asunto, del que nunca había conseguido hacerse una idea definitiva, y jamás me había hecho el más mínimo comentario. Con seguridad seguiría pensando que todo había sido un intento de extorsión, un asunto turbio y enmarañado que sólo podía acarrearle sinsabores y ningún beneficio.

Ahora, aparecía de nuevo Laura. ¿Qué intenciones tendría? ¿Para qué, después de tanto tiempo, quería vernos?

Después de cenar, acompañamos a Mónica en un taxi a su casa.

—Si vuelve a llamar la Turuta —dijo, a modo de despedida—, ¿qué le digo?

—Por mi parte, no le digas nada —contesté—. Invéntate alguna excusa, lo que se te ocurra, pero no deseo verla.

Pedrín asintió.

—Dile a esa lianta que nos hemos muerto, o metido a curas.

Mónica sonrió.

—Hasta la próxima, chicos. Y muchas gracias por la invitación, Florián.

Pedrín y yo continuamos camino en el taxi.

—Sube a casa —dijo Pedrín—. Te invito a una copa.

Supe —no sabría decir el motivo —que algo tendría que decirme relacionado con Laura. Así que aprobé la propuesta.

Subimos a su casa. El muy jodido se había comprado un duplex en una zona residencial cerca del centro, y lo había decorado como el sibarita que era. Vamos, que se había gastado un pastizal. No es que yo viviera en una cuadra, ni que colgasen calzoncillos de las lámparas de mi piso, pero el orden que se respiraba en aquella casa, donde todo estaba en su lugar debido, y el gusto que había tenido para decorarlo, me hacía sentir que, pese a todo, estaba aún un par de peldaños por debajo de él en la escala social. Aún así, reconozco que daba gusto entrar en su casa; parecía que el único propósito de todos y cada uno de los objetos, muebles, enseres, y demás zarandajas, era estar donde estaban, como si hubieran sido pensados y hechos para agradar a Pedrín.

Nos abrió Secundino, el mayordomo. Otra cosa que tenía él que no tenía yo: personal de servicio, algo que siempre proporciona empaque a una casa y a su propietario.

—Por favor, sírvenos unos güisquis en el salón —ordenó Pedrín.

Al poco, apareció Secundino con una botella de auténtico güisqui de malta, vasos de cristal de bohemia, cubitera con hielos gordos como puños, y agua mineral. Sirvió licor en los vasos y se largó. También dejó un platito con frutos secos.

—Vives como un rey —alabé—. Tú sí que te lo has sabido montar.

—Si no fueras tan desordenado y tan rata, vivirías igual que yo.

Dimos un trago. El güisqui era bueno de veras. Sacó una caja, me ofreció un puro habano. Encendimos los puros con un mechero de oro.

—Bueno, suéltalo —propuse.

Pedrín levantó su mirada al techo.

—No quise comentarte nada, ya que no le di menor importancia. Pero vi a la Turuta hace poco. La verdad, chico, no me lo pude creer.

—¿Por qué?

—¿Por qué la vi, o por qué no me lo pude creer? —me preguntó, molesto, Pedrín—. Déjame contártelo y no me interrumpas, hombre.

Le invité con un gesto a que continuara.

—Estaba de farra con los hermanos Tornices —continuó—. Ya sabes, los que me llevan lo de las inversiones en terrenos de Canutto. Bien, pues, para acabar la fiesta, decidimos tomar la última en el chalé de Sinforosa.

Para quien no lo sepa, el chalé de Sinforosa no era más que una casa de citas de alto nivel, un lupanar para hombres y mujeres de negocios, donde la tal Sinforosa ejercía las labores de tercería propias de una madame. En todo caso, y para ser justo, un lugar con chicas y chicos de ensueño y precios imposibles. Para los malpensados, apuntaré que jamás había estado allí.

—Ya sabes que no me gusta eso de ir de putas —continuó—. Pero al final, les acompañé. No subí con ninguna tía a las habitaciones, así que me quedé tomándome una copa en el salón, a mi rollo, zampando carabineros a la plancha y canapés de caviar. Entonces, la vi. En un principio pensé que no podía ser cierto, que me estaba equivocando. Iba un poco pedo, así que podía haberme confundido. Pero no, qué va. La Turuta bajaba las escaleras, despidiéndose de un cliente. La tuve a pocos metros de mi, Florián. No podía equivocarme. Desapareció tras una puerta, y la perdí de vista. Pero era ella, seguro.

—¿La Turuta metida a puta?

—Como lo oyes.

—No me lo puedo creer.

—Pues créetelo. Al día siguiente estuve tentado de llamarte para contártelo. Pero me olvidé. Sabes que me suelo olvidar con facilidad de todo aquello que no me interesa, y la chiflada de la Turuta es una de esas cosas que me la traen al fresco.

Si Pedrín decía que Laura estaba en aquel burdel, es que estaba. Otra cosa es que un servidor no llegase a entender qué hacía la siempre competente Laura ejerciendo la prostitución, por muy lujoso y mucho nivel que tuviera el prostíbulo.

—¿No estaría en calidad de cliente? —Pregunté.

—No. Estaba como puta. De hecho, le pregunté a la madame. Me dijo que Jennifer —ése es su nombre de guerra—, no estaría disponible hasta media hora después. Ya sabe, me dijo, el periodo de descanso entre cliente y cliente que marca el convenio.

—¿Qué le habrá pasado para acabar así?

—Ni lo sé, ni me importa —contestó Pedrín, encogiéndose de hombros—. No sé qué pensarás tú, pero yo opino que le está bien empleado.

Terminamos nuestras copas. Pedrín fue a servir más, pero me negué.

—Tómate otra, hombre —insistió—. Si se te hace tarde, quédate a dormir. Como siempre, la habitación de invitados está preparada.

Más de una vez me había quedado en casa de Pedrín tras una noche de juerga. Pero aquel día no me apeteció. Tal vez fuera por haber escuchado aquello, tal vez por el puñetero partido, pero el caso es que mi ánimo volvió a ensombrecerse, y sólo quería llegar a casa y tirarme en la cama. Si no conseguía dormirme a la primera, me tomaría un par de pirulas.

Me levanté y me fui, excusándome en el cansancio y el mal rollo de la esgrima. Volví a casa paseando, y —aunque ni lo pretendí, ni quise—, pensando en Laura. Recordé los buenos momentos vividos en Nosa, lo ilusionado que me encontraba en aquellos lejanos días, las noches de ensueño junto a ella. Así somos de raros los seres humanos, que, a veces, sólo nos acordamos de lo bueno y nos olvidamos de lo malo. Porque preferí, voluntaria o involuntariamente, no acordarme de las puñaladas traperas que me dio, y de las tonterías que tuve que aguantarla.

Al final, para poderme dormir, y tal y como supuse, me tuve que tomar un par de somníferos.

* * *

Dos días después, volviendo a casa por la noche tras una agotadora jornada de espá y masaje, me la encontré. Estaba sentada en los escalones del portal, acurrucada junto a la pared. Desde lejos, y pese a la postura y su aspecto, supe que era ella. Me paré en seco en la calle, decidido a darme la vuelta y evitarla. Pero lo consideré absurdo, pues tarde o temprano tendría que entrar en mi casa, y Laura parecía dispuesta a esperar hasta el día del juicio final si era necesario. Así que me acerqué, crucé la puerta procurando no mirarla, y pasé de largo. Dormitaba, la cabeza apoyada en la pared de duro mármol.

—Florián, cariño —oí su voz a mi espalda—. Florián, espera.

Sentí un nudo en la garganta y se me aceleró el corazón. Me puse como un flan. No pude evitarlo; así que lo cuento, aún a riesgo de que alguien me considere un blandengue.

Me giré, despacio. Allí, frente a mí, estaba Laura.

No se había equivocado Mónica ni un poquito. Tenía mal aspecto. Pero muy malo. Había perdido varios kilos con respecto a la que siempre conocí, y, aunque mantenía el tipazo y la planta, había algo en ella que te indicaba que estabas frente a una enferma. Iba vestida hecha un desastre, con ropa sucia y un tanto raída, como si hubiera estado durmiendo en la calle. El pelo, alborotado y también sucio. Tenía algunos moretones en la cara que debían de ser antiguos, pues tenían color verdoso, y algún que otro arañazo.

—Hola, Laura —le saludé. Creo que me tembló un poquito la voz.

—Qué difícil es encontrarte, chico —dijo, sonriendo—. Estás estupendo.

Regalarme su sonrisa de siempre, en aquel calamitoso estado, me pareció un intento patético de quitarle hierro al asunto y dotar de naturalidad a algo que no la tenía. Pero he de reconocer que esas cosas siempre consiguen ablandarme.

Se acercó con la intención de darme un beso. Retiré la cara, pues no me apetecía, y uno tiene algo de orgullo. Y herido, para más señas. Por cierto: cantaba a base de bien. Qué mal olía la jodida.

—Bueno, no sean tan susceptible —dijo, sonriendo aún—. ¿No piensas invitarme a tomar algo?

—¿Qué quieres, Laura?

—Sí, tal vez me lo merezca —apuntó, asintiendo—. He tenido mucho tiempo para pensar en nosotros, Florián, y creo que metí la pata. Te entiendo, cariño.

Me quedé plantado en mitad del portal. Por supuesto, no quería que subiera a mi casa, ni darle demasiada cuerda. Que me soltara lo que fuera allí mismo y lo antes posible.

—Di lo que tengas que decir, Laura. Tengo prisa.

—Son tantas cosas... Échame un cable, Florián —me rogó—. Por los viejos tiempos. Ayúdame.

Qué quieren, me traicionó mi buen corazón. Laura parecía estar en las últimas. Me dio por pensar que, al fin y al cabo, yo sería en parte responsable de su estado actual, de su ruina. No más que ella misma, por supuesto, pero aunque fuera en un porcentaje pequeño, seguro que sí.

—Anda, sube a casa.

En casa, lo primero que hice fue invitarla a base de empujones a darse una ducha. Estaba nerviosa, hiperactiva, deseosa de contarme sus peripecias cuanto antes. Pero no le permití abrir el pico y la mandé al baño. Le dejé ropa mía, varias tallas más grandes que la suya, pero limpia, que no es poco decir en su caso. Aproveché mientras se duchaba para meter su ropa en la lavadora iónica. Olía a orines. No la lavadora, sino su ropa.

Cuando salió del baño tenía mejor aspecto. No era ni mucho menos la Laura de siempre, pero al menos parecía una persona.

—¿Tienes hambre? —Le pregunté.

—Prefiero una copa.

—No tienes buen aspecto, Laura. Mejor café.

Le serví un café con leche. Laura agarró su taza con ambas manos y se lo bebió de un trago. Temblaba como un pajarillo.

—¿Mejor?

—Dame ahora esa copa.

—Primero habla. Cuéntame lo que vengas a contarme.

—Me imagino que sabrás lo que pasó, ¿verdad?

—No tengo ni idea de qué me estás hablando.

—¿No? Siempre supuse que estarías al tanto de todo. ¿Tan poco te he importado, Florián?

No pretendía hacerme el duro, pero tampoco estaba dispuesto a aguantar uno de sus flirteos. Absurdos y fuera de lugar, por otra parte, en esas circunstancias.

—Para serte sincero, nada en absoluto.

—Bueno —dijo con una sonrisa triste—, como puedes deducir por mi aspecto, algo está claro: estoy arruinada, tirada en la calle.

—¿Qué pasó?

Laura cogió aire y miró hacia el techo, como si le fuera difícil comenzar su narración.

—Cuando me llamó por primera vez mi clon, casi me da un patatús. Pero enseguida supe que era cierto, que ahí estaba. De alguna manera, se había cumplido lo que nunca tendría que haber pasado.

—Por culpa de la torpeza de investigaciones.

—No me hables de investigaciones, Florián. Malditos bastardos hijos de puta.

Pensé que se iba a poner a llorar de repente, y creo que a punto estuvo. Pero se rehízo y continuó.

—A lo que iba: la chica, mi otra yo en realidad, fue al grano, no se anduvo por las ramas la muy cabrona. Quería pasta. Mucha.

Recordé aquella primera llamada de Laura Segunda, hecha a mis espaldas, mis recriminaciones posteriores que cayeron en saco roto.

—Avisé a investigaciones y salí por piernas lo antes que pude —continuó—. Me fui a Nosa, como podía haberme ido a cualquier otro lugar. Ella, por supuesto, me localizó. Es una tipa competente. Al fin y al cabo, soy yo misma, ¿no?

Como no le reí la ocurrencia, siguió.

—Volvió a llamarme y a exigirme dinero. Por cierto, me dijo que te había contratado, que trabajabas para ella. ¿Es cierto, Florián?

Negué con la cabeza.

—Nunca me contrató, ni trabajé para ella.

—Aunque no te lo creas, me alegra oírlo, cariño. Pero, entonces, ¿por qué me dijo eso? Bueno, es una mentirosa de primera, y una cabrona de cuidado.

Por supuesto, no iba a decirle una sola palabra de mis actividades en ayuda de Laura Segunda. ¿Para qué? Era Laura quien había venido a mí, no a la inversa. No me sentía obligado en nada para con ella, ni tan siquiera en comentarle algo tan simple. No tenía por qué darle explicaciones a aquella traicionera, por muy mala facha con que se hubiera presentado ante mí. Que una cosa es la caridad cristiana, y otra bien distinta hacer el canelo.

—Pensé que lo mejor era darle carrete —prosiguió—, así que concerté una cita. ¿Me pones esa copa, Florián? Por favor, cariño.

Tal vez le hiciera falta. Así que serví dos bourbon con hielo. Laura se bebió el suyo de un trago, y me pidió más. Le eché otro poco. Sólo faltaba que se me emborrachase en casa o me montase una de sus escenitas.

—¿Tienes tabaco, Florián?

—¿Desde cuándo fumas?

—Desde que soy yonqui, cariño.

Le ofrecí un cigarrillo de tabaco rubio. Yo me encendí un puro y me retrepé en el sillón.

—Para acabar con la clon habían viajado hasta Nosa el doctor Sánchez Perejil y un ayudante. En teoría, más que suficiente para acabar con una persona. Pero no me fiaba, Florián.

—¿Por qué? —Pregunté, como si no supiera la respuesta.

—El doctor tenía pinta de ido, de alucinado, y su ayudante no era más que un niño. Me pareció que investigaciones se estaba tomando el asunto con mucha relajación. Intenté localizar a Pedrín, al que encontré al fin en Nosa. Sabes que cuando quiero encontrar a alguien, al final lo encuentro, ¿verdad? Me puse en contacto con él. Tenía que convencerle para que me ayudase. No podía cargarme a la clon, no me atreví tan siquiera a pensarlo.

Como debí de poner cara de no creerme sus argumentos, Laura prosiguió con una inflexión de voz diferente, con su voz de ataque y derribo.

—¿No te ha pasado, verdad, cariño? ¿No has tenido que enfrentarte a ti mismo? No me juzgues entonces. Pero Pedrín salió por patas y me dejó sola. El doctor de los cojones tampoco vino nunca a la cita. Mi clon, en cambio, se presentó, acompañada de otra clon, la de Herminia Claudia. Estaba espléndida, la muy hija de puta. Se había hecho un par de operaciones de estética, había variado su aspecto lo suficiente para no parecerse a mí. Bueno, pero tú sabrás eso, ¿no?

—Tuve ocasión de verla, sí.

—Me pidió la mitad de todo lo que tenía. Yo, por supuesto, me negué.

—¿Por qué te negaste? Eras incapaz de cargártela, estabas sola. Habría sido la mejor solución.

—Sí, habría sido lo mejor, sin duda —suspiró—. No sabes hasta qué punto me arrepiento de no haberlo hecho. ¿Puedo coger otro pitillo? ¿Si? Gracias, cariño. De todos modos le dije que sí, que contase con mi ayuda, esperando que de una vez por todas aparecieran los de investigaciones. Así que la fui dando largas. Ella debió de darse cuenta de que quería engañarla, o tal vez no, no lo sé, pero el caso es que me jodió pero bien.

Dio una calada imposible al cigarrillo, casi terminándolo. Lo apagó, cogió otro, y lo encendió.

—Estuve un tiempo dándole carrete, meditando sobre qué podía hacer para quitarme a esa pesada de encima. La iba soltando algo de dinero, para cerrarle la boca. Y, la noche que había decidido largarme de Nosa al día siguiente y dejarla con un palmo de narices, me dio el palo. No me dio tiempo a reaccionar, ni me lo esperaba. Esa misma noche me cogieron cuatro matones, me dieron una paliza de muerte, y me drogaron. Cuando volví en mí, estaba retenida en una nave espacial. Había sido vendida como esclava sexual en una estación minera, Florián. Lo he pasado mal de veras.

Ahora, el que dio un trago que vació el vaso fui yo.

—Me busqué la vida como pude. Debo de estar buena todavía, ya que de la estación minera me trajeron a la Tierra. Un jefecillo de sección se encariñó conmigo, y me llevó con él. Pero aquello duró unos pocos meses. Cuando se aburrió de mí, me echó de su casa; debía de salirle muy cara mi adicción. Me vi tirada en la calle, sin un mísero doblón. Entonces, recurrí a varios amigos. Pero no pudieron ayudarme hasta el punto que necesitaba. Me dejaron dinero, me ofrecieron trabajo... pero yo necesitaba otra cosa. Estaba loca, Florián. No era más que una puta yonqui. En eso me había convertido mi clon.

—¿A qué estabas enganchada?

—Estaba, y estoy, al hako.

Mala cosa, amigos. La peor droga a la que alguien puede estar enganchado. Anula tu voluntad, te destruye como persona, pasas a ser un zombi al servicio de la droga. Había conocido a varios tipos que habían caído en sus redes. Como sabrán, es una de las peores cosas que te pueden pasar en la vida. Los tratamientos de desintoxicación son largos y costosos, y nadie te garantiza la rehabilitación completa. No es sencillo desengancharse, ni mucho menos.

Me acordé del doctor Perejil y su droga para anular la voluntad. Posiblemente estuviera basada en el hako —no lo sé, pues no tengo ni pajolera idea de química—, pero sin sus terribles efectos secundarios. Así que Laura había terminado convertida en la esclava que pretendió en su momento el doctor que fuera su clon. Las rocambolescas vueltas que da la vida, amigos.

—Recurrí a la manera más sencilla para conseguir dinero rápido —continuó—. Ya te puedes imaginar cuál es. He estado en varios burdeles desde entonces. Al menos, de mejor categoría que aquel espantoso lugar.

—¿Por qué no te escapaste? ¿Por qué no te rebelaste contra tu situación?

—No pude. Tú no sabes lo que es eso. No se puede escapar del hako.

Volví a servir más bourbon. Laura bebía como una posesa, pero no era el momento de ponerse duro con ella. Por cierto, las manos ya no le temblaban.

—En la estación minera me mantenían siempre drogada, Florián. Allí fue donde me enganché. Cuando llegas a ese punto, sólo piensas en tu próxima dosis, y para conseguirla haces lo que sea. Entras en un proceso de embrutecimiento progresivo, de negación de tu propia persona. Sólo tienes un objetivo en la vida, y lo importante es conseguirlo. Es más, te acabas acostumbrando a tener que hacer lo que sea por tu dosis, y no te importa. Llegas a olvidarte de tu vida anterior, Florián. Y cuando te acuerdas, prefieres olvidarla.

—Es para deprimirte.

—¿Deprimirme? He intentado suicidarme varias veces. Como ves, nunca he tenido el valor suficiente.

—Lo importante es que ahora estás aquí. ¿Cómo conseguiste escapar de ese mundo?

Sonrió. Pero fue una sonrisa triste.

—¿Quién te ha dicho que haya conseguido escapar? No lo he hecho, Florián. Más bien me han echado, que es diferente.

La cosa se ponía jodida de veras. Más aún de lo que ya lo estaba.

—Estaba trabajando en el burdel de Sinforosa. ¿Lo conoces? ¿No? Ahí terminé al fin. Es un sitio muy elitista, y la madame no quería líos. Cuando se enteró de que era una yonqui, me puso de patitas en la calle. Ahí me di cuenta de que tenía que cambiar, darle un giro radical a mi vida. He dormido en la puta calle, me he tenido que pegar para que no me robasen o me matasen. Lo estoy pasando mal, Florián.

En esa ocasión, ni tan siquiera pidió permiso. Cogió la botella y se sirvió.

—Pero estoy decidida a cambiar, a recuperarme. Ese es el paso previo, quererlo. Ya sabes lo peor de esta droga: no duras más de un par de años, con suerte. Puedo decir que me estoy muriendo, Florián. Tengo miedo.

—Creo que exageras, Laura. ¿Has visitado algún médico? ¿Te has hecho un chequeo?

—No es necesario. Lo sé.

Amigos, ya me había liado Laura otra vez. Podía haber actuado de otra manera, haberle dado algo de dinero y haberla echado de mi casa. Pero no; tenía que comportarme como la hermanita de la caridad que acabo, indefectiblemente, siendo. No me arrepiento, amigos, pero a veces me gustaría ser menos tierno.

—¿Por qué no avisaste de nuevo a investigaciones? Tu clon te lo ha quitado todo. Puede ser una buena forma de recuperarlo.

—¿Cómo? ¿Así? —Preguntó, abriendo los brazos—. ¿Quién me iba a creer? Para hacer eso, debo primero recuperarme. Aunque creo que ese tema está más que olvidado. Me da que nadie me haría el menor caso.

Por supuesto, la Turuta llevaba razón en eso, y un servidor había hablado por hablar.

—Mañana te marcharás a un centro de desintoxicación —dije, serio, cambiando de tema—. Te pagaré el tratamiento. Es lo que quieres, ¿no?

—¿Harás eso por mí?

No contesté. Ni falta que hacía.

—Ahora, a la cama. Tienes que descansar.

Me levanté. A diferencia de Pedrín, no disponía de ninguna habitación para invitados, así que Laura debería dormir en el sofá. Porque no estaba dispuesto a cederle mi cama, que conste.

Traje unas sábanas y una almohada, y le preparé una improvisada cama. Laura me miraba con una sonrisa en los labios y agradecimiento sincero. O, al menos, eso creí. Cuando terminé, se acercó, me rodeó con sus brazos, y acercó su boca a la mía.

—¿Me vas a dejar sola? ¿No prefieres que nos acostemos juntos?

No se lo creerán, pero ni se me había pasado por la cabeza. Tal vez en otras circunstancias no habría despreciado la invitación. Qué demonios, si Laura no se hubiera encontrado en aquellas circunstancias no me lo habría propuesto, ni tan siquiera habría ido a mi casa. No estaríamos allí; posiblemente, jamás nos habríamos vuelto a ver.

Pero, en lugar de deseo, sentí pena. La vi más vulnerable que antes, cuando me estaba contando su triste historia. La vi más vulnerable que nunca.

—No, Laura —dije, apartándola—. Descansa. Mañana será un día intenso.

Me metí en mi habitación. La escuchaba moverse en el salón, ir de aquí para allá, encender un cigarrillo, echarse más licor. Hasta que me pude dormir, estuve unas cuantas horas dándole vueltas al asunto, recordando momentos pasados, a personas que habían salido de manera definitiva de mi vida. Me acordé de doña Mari Luz, a quien no había vuelto a ver desde entonces, y sus sabios consejos relacionados con la persona que dormía en mi salón.

Como pueden entender, estaba con la mosca detrás de la oreja. ¿Me estaría engañando Laura? ¿No sería todo una treta para sacarme pasta? Cualquiera puede pensar que soy un tipo malicioso y rencoroso en grado sumo. En mi defensa, diré que había salido escaldado de mi relación con ella —con las dos Lauras, para más escarnio—, y cuando te sucede algo así, conviene ser previsor y desconfiado. Pero ahí estaba ella, hecha un asco, para corroborar su versión de los hechos, como demostración palpable de la veracidad de sus palabras.

Aún así, no me hacía a la idea de que Laura hubiera caído tan bajo de una manera tan tonta. Era todo tan inconcebible... Laura, una de las mujeres más competentes que conocía, sumida en el submundo del puterío y el lumpen. Increíble.

Para ser justo diré que algo tuvo de positivo la visita de Laura: me hizo olvidar, por completo, el fracaso del Imperial.

© José María Boto Bravo, (4.511 palabras) , Créditos