A las dos de la tarde del día siguiente, horario de Nueva Bahía, esperaba en el espacio puerto para embarcar en la nave Centurión, en primera clase, con destino final la Tierra, y parada previa en cuatro planetas. Ahí estaba lo malo del tema, que daría un rulo por el espacio de muy padre y señor mío. No había encontrado nada mejor que partiera antes. Bueno, ni mejor, ni peor. Tenía prisa por salir de allí y olvidarme de todo; pero, por llegar a casa, no tenía prisa alguna. Nadie me esperaba, nada tenía que hacer, salvo irme de parranda. Con fines terapéuticos, no vayan a pensar mal.
Había llamado a la pensión de doña Mari Luz para avisarle de que no iba a volver en mucho tiempo, y para pedirle que me guardase mis cosas en la habitación. Le mandé un giro, suficiente para pagar los gastos ocasionados hasta el momento y varios meses de estancia. La dueña me informó de que las chicas llegaron muy tarde, de madrugada —no me lo comentó, pero seguro que borrachas perdidas—, y que aún dormían. Le recordé que nada tenía ya que ver con ellas.
—¿Son trigo limpio estas chicas? —Me preguntó.
No supe qué contestarle.
—Hijo, tú las trajiste a mi casa. Espero que no me causen problemas.
—No tiene por qué pensar eso.
—Me da en la nariz que eliges muy mal tus compañías femeninas —opinó.
No te quepa la menor duda, pensé.
No sé si la cosa sería para tanto, pero me regocijé imaginando lo que les podía pasar a las chicas si le decían a doña Mari Luz que no tenían dinero o se ponían pesadas, es decir, si no le quedaba a la patrona más remedio que activar el protocolo de actuación que tenía reservado para esos casos: llamar a su hermano Félix, ex boxeador que regentaba un gimnasio cercano, para que viniera con varios de sus amigos a poner orden. No les estaría mal empleado acabar tiradas por ahí sin nada de ropa, ni de dinero, sin sus objetos personales, y además con un par de hostias sonrosando sus lindas y nuevas caritas. Que supieran que el resto del mundo no era tan tonto como yo, y que no merecían que toda la gente se plegase a sus caprichos.
Había conseguido pasaje apenas unas horas antes, desde el hotel. Era una suerte; tal y como me iban las cosas me podía considerar en verdad afortunado. Me habría sentado como un tiro —como el que no llegué a recibir de Perejil o de Claudia—, haber tenido que esperar unos cuantos días más en la ciudad hasta marcharme a la Tierra. No sé si lo habría soportado. Tal vez me hubiera largado a otra parte, a otra ciudad, hasta que partiera la nave. Estaba hasta las narices de las chicas, de Nueva Bahía, de Laura, de investigaciones de la Armada, de todo. Si alguna vez se han sentido así, lo entenderán.
Compré algo de ropa y útiles de aseo en las tiendas del espacio puerto, facturé mi escaso equipaje, y, tomándome un vermú en la sala de espera vip, observaba las evoluciones de los operarios en la astronave que me habría de llevar a casa. Entonces, sonó mi celular.
Me había desecho del que compré a nombre de Demoliciones Pinto por el antiguo y eficaz sistema de tirarlo a la basura. Lo compré con el único fin de ayudar a las chicas, luego ya no lo necesitaba para nada. Así que el que sonó fue el de siempre. Tentado estuve de tirarlo también a la primera papelera que viera. En los últimos tiempos, esos cacharritos infernales no me daban más que disgustos. Pero, como se imaginarán, no lo hice, y sí miré, en cambio, la pantalla de información.
Quien me llamaba, amigos, era ni más ni menos que Pedrín. La última persona que me imaginaba que fuera. ¿Más problemas? Pues les aseguro que no estaba dispuesto a soportar ninguno más.
—¿Qué quieres, Pedrín? —Le saludé sin mucha efusión.
—Maldito mamón, ¿qué coño te propones?
No estaba un servidor para muchos trotes, ni tenía demasiado aguante. Se lo hice saber de dos maneras: poniendo una cara de mala hostia que daba miedo, y diciendo.
—Dime para qué me llamas, o vete a la mierda.
Pedrín encogió las cejas.
—¿Qué para qué te llamo? ¿Te has vuelto majara? ¿O me tomas por tonto?
Me mantuve en silencio. Creo que Pedrín adivinó que cortaría la comunicación de manera inmediata, algo que, precisamente, me proponía hacer.
—Espera, loco. Como podrás imaginarte, estoy en la ciudad —explicó Pedrín. ¿Y por qué me iba a imaginar eso? apuntaré yo—. ¿Dónde andas tú? ¿Nos podemos ver esta misma mañana?
—Me marcho a casa, Pedrín.
—¿Dónde estás? ¿En el espacio puerto?
—Sí.
—No sabes cómo me alegra oírte decir eso. ¿Tienes pasaje para hoy?
Asentí.
—Joder, tío, hazme un favor: consígueme un pasaje y espérame. Llego en menos de media hora.
Como puse cara de no entender nada, y Pedrín debió de temer que pasaría de su petición, volvió a la carga.
—Tío, es un favor que te pido. La puñetera Turuta me quiere meter en un lío del carajo. Ahora te cuento. ¿Me harás el favor?
Asentí. Pedrín había pasado de la amenaza a la petición amable. ¿Qué estaría pasando? Mi colega tenía cara de circunstancias, y tanta prisa para salir por patas denotaba que el asunto sería serio. Bueno, Pedrín era Pedrín, no ningún cualquiera. Últimamente ayudaba a todo el mundo, con el resultado de sobra conocido. Si le podía echar una mano a un amigo, se la echaría. Tendría sus buenos motivos para comportarse de esa manera.
Me acerqué hasta los mostradores de la compañía. Casi siempre sobran pasajes en los vuelos interplanetarios, y, en esa ocasión, también. Cogí uno para Pedrín, y volví a la sala de espera. La nave estaba a punto de partir, no creo que tardasen más de veinte minutos en darnos el aviso para que embarcásemos. Si Pedrín no llegaba, no era problema mío. Le llamé.
—Ya tienes tu pasaje, pero la nave está a punto de partir. Te tienes que dar prisa.
—Diles que esperen, por favor. Voy de camino. No tardo más de un cuarto de hora.
Bueno, estábamos en Nosa. Que no se me moleste nadie, pero era de prever que la nave partiera con retraso. Cogí un periódico deportivo, y me enfrasqué en su lectura. ¿Pueden creerlo? Allí sentado, a la espera de partir, me olvidé por completo de los malos rollos de las últimas horas, como si aquello no fuera conmigo, o perteneciera a un pasado lejano. Esa es una de las cosas buenas que tengo: que, aunque me cueste dejar de comerme el coco, si lo consigo es definitivo.
Cuando llegó Pedrín, aún no nos habían avisado para embarcar. Se acercó a grandes zancadas, mirando para todas partes con nerviosismo patente, pero hecho un dandi el muy ladrón. ¿Cómo lograba ir siempre tan lustroso, hasta en las peores circunstancias? Un misterio, créanme. Plantándose delante de mí, me dio una palmada en el brazo.
—Colega, ¿tienes el pasaje?
Se lo di. Llevaba una única maleta, que dejó en el suelo.
—Menos mal. No aguanto un puto día más en este planeta de locos.
Consultó el pasaje, con las escalas correspondientes que habríamos de comernos hasta llegar a la Tierra. Silbó asombrado.
—Sí que tienes que tener ganas de largarte —comentó sonriendo—. Vaya tour turístico que vamos a hacer.
—¿Y tú? ¿Por qué tienes tanta prisa, si puede saberse?
—Calla, calla. Me hace falta un trago. ¿Qué bebes? ¿Vermú?
Se acercó a un auxiliar, le dijo que facturase su equipaje, y le pidió dos vermús. Así es Pedrín: quiere todo a la vez y rapidito. Pero, aunque parezca increíble, siempre se sale con la suya. Al momento, apareció otro auxiliar con una bandeja y dos vermús. Si lo hubiese pedido yo, ni me habrían traído un vermú, ni me habrían facturado la maleta.
Tras dar un trago generoso, dijo.
—Ya ves, estaba tan tranquilo de vacaciones, a mi bola, y me llama la Turuta de los huevos. Dice que quiere quedar conmigo para cenar y comentarme una cosa. Total, que quedamos. No veas cómo vino, madre mía. Estaba para comérsela enterita. La muy pájara me estuvo calentando durante toda la cena. Ya sabes, después tomamos unas copitas, subimos a su habitación... y, allí, colega, me hizo un apaño que no te imaginas. Estuvimos toda la noche dale que te pego.
No pude remediar sentir un pequeño ataque de celos. Así somos de lelos algunos seres humanos.
—Chico, qué maravilla de mujer —continuó—. No te puedes hacer una idea. Mira, tiene un cuerpazo que...
—Alto ahí, no sigas —le corté—. Ve al grano, casanova. Por cierto, recuerda que también me la he tirado. Prosigue con tu relato, fantoche.
—Bueno, pues tras una noche de sexo de primera categoría —continuó—, me dice que su clon le ha pedido pasta. Otra vez el rollo de los clones que me contaste en Buenos Aires. ¿Qué pasa, es que todo el mundo se ha vuelto loco?
Por supuesto, me mantuve en silencio, invitándole con un gesto a que prosiguiera.
—Pero estaba dispuesto a escucharla. Llámame tonto, o lo que quieras. Reconozco que la Turuta podría haber conseguido que hiciera casi todo lo que me hubiera pedido. Ya me entiendes, Florián. La tía está buena de veras. ¿Cómo resistirse?
Vaya si le entendía, amigos. Por cierto, y sin que se considere lo que no soy, valiente guarrona estaba hecha Laura.
—La Turuta, según me dijo, llamó a la Armada y les puso en antecedentes. Al parecer, había quedado con su clon aquí, en Nueva Bahía, en teoría para llegar a un acuerdo. Pero los de investigaciones mandan a dos pringados, de los que no se fía un pelo de que vayan a realizar el trabajo como dios manda. Mira, Florián, era una cosa sin sentido, que no había por dónde cogerla. Pero el caso es que la tipa parecía convencida de lo que decía, como si fuera cierto todo aquel cuento. Eso sí, yo nunca vi a nadie de la Armada. Entonces, me acordé de ti, y de tu increíble historia.
—¿Llegaste a pensar que era cierta?
—De ninguna manera, colega —respondió con rotundidad—. Pero había algo raro de pelotas, y tanta coincidencia me dio qué pensar.
—Continúa.
—Así que, prosiguiendo con el cuento, no se le ocurre otra cosa que pedirme el favor de que me cargue a su «clon» —hizo con los dedos el signo de las comillas— o lo que sea, cuando llegue a la ciudad. ¿Cómo lo ves?
—Qué quieres que te diga, muy razonable.
—¿Muy razonable? Los cojones.
—Al fin y al cabo se había acostado contigo. Ya sabes, favor con favor se paga.
—No te burles, Florián. Por supuesto, intenté evadirme como pude, diciendo que estaba de vacaciones, que tenía cerrada La Mundial y, sobre todo, que no me dedico al asesinato. La muy jodida dice que me busque la vida, que llame a Macarrón o a quien sea, pero que me la cargue. Le comento que tengo a toda mi gente en casa. No me hace ni puto caso y me dice que me encargue yo personalmente. Como me niego, me amenaza con chivarse de todo el tema de las clones al consejo de administración de Jabonox si no la ayudo, que va a decirles que hay otra Claudia Herminia por ahí que puede acabar pidiendo su parte del pastel. ¿Qué te parece? ¡Qué locura, chico! La cosa está clara: no creo que los del consejo le hicieran el menor caso a esa pirada y sus chifladuras; pero sabes que no quiero malentendidos en un asunto que tenemos finiquitado. Esa gente de Jabonox es muy chunga. Lo entiendes, ¿verdad?
Al parecer, amigos, un servidor tenía que entender todo de todo el mundo. Pero nadie me entendía a mí. Triste.
—¿Qué hiciste?
—Pues dejar que las cosas siguieran su rumbo, intentar ver de qué iba el tema. Ya tomaría la decisión más oportuna cuando llegase la hora de la verdad. Como por ejemplo, ésta: escaquearme.
En ese momento se oyó por megafonía la llamada de embarque de nuestro vuelo.
—Luego me sigues contando —le dije a Pedrín.
Pasamos los trámites de rigor y accedimos a la nave. Una vez colocados los equipajes en nuestro camarote, ya en nuestros asientos de la sala de maniobras, Pedrín continuó. Parecía tener prisa por soltarlo todo. Yo no veía la necesidad, pues nos quedaba casi un mes de viaje, y teníamos tiempo hasta de aburrirnos. Pero él, dale que dale.
—Me puse manos a la obra, por decir algo —continuó con su charla—. Eso sí, sin mucho interés. Por supuesto, estaba perdido del todo. No encontré una sola pista que me llevase a la supuesta clon de Laura. Hasta anoche.
—¿Qué pasó?
—Pues que una tipa llama por teléfono a Laura para concertar una cita, diciéndole además que se ande con cuidado, que te ha contratado, y que estás con ella para lo que sea. La amenaza por activa y por pasiva, y a la Turuta le entra el canguelo. Por supuesto, Laura reconoció a la que llamó como su clon.
Amigos, maldita sea Laura Segunda. No soy rencoroso, pero se merecía todo lo malo que le ocurriera.
—Y no te queda más remedio que cumplir con tu parte del trato.
—Así es —asintió con tristeza—. La Turuta insiste en que me la cargue durante la cita, concertada para esta misma tarde. Y entonces me pregunto, ¿será verdad que Florián está ayudando a esta tipa? Te llamo, y... bueno, el resto ya lo conoces.
—¿Qué pensabas hacer respecto a mí? —Le pregunté, entornando los ojos. A ver qué me contestaba mi colega. Esperaba, por el bien de nuestra amistad, que algo convincente. Me imaginé que, de haber ido las cosas por otros derroteros, podíamos habernos llegado a enfrentar, cada cual defendiendo un bando. Borré, de inmediato, esa desagradable idea de mi mente. Habría sido caer en una trampa absurda, quedar como unos peleles.
—Cuando me comentó que estabas ayudando a la chantajista, te juro que no la creí —se encogió de hombros—. Pero, no sé por qué, pensé que era posible que estuvieses hurgando por ahí. Así que te llamé. Para hablar contigo, saber qué te proponías, y tomar una decisión conjunta. Tronco, no sabía qué planeabas, si de verdad te había contratado la otra o no, o qué leches estaba pasando.
—¿Crees que la Turuta nos puede joder con los de Jabonox?
—Chico, yo ya no sé qué creer. Supongo que no. Pero en cualquier caso no me voy a meter a sicario a mis años. Ahora que me va todo sobre ruedas, lo último que voy a hacer es meterme en un fregado de ese tipo. Sólo me faltaba tener que gastar mi dinero en el trullo. Vamos, no jodas, Florián.
Muy sensato, pensé.
Una voz melosa nos avisó de que comenzaba la maniobra de despegue de la nave. Abrochados a nuestros asientos, silenciosos, pasamos la siguiente media hora sufriendo los rigores de los cambios bruscos de presión. A mí me dio tiempo de pensar en lo que me acababa de contar Pedrín, y en compararlo con lo que me había ocurrido. Como dicen en las malas películas de suspense, todas las piezas encajaban en el puzzle. Por descontado, había alguna que otra pregunta que estaba interesado en hacerle al bueno de Pedrín.
Por fin, la presión se estabilizó, y los generadores de gravedad artificial entraron en funcionamiento. Pudimos abandonar nuestros asientos en la sala de maniobras. Fuimos al bar —dónde si no— a tomar algo. Nos sentamos a una mesa, pedimos una botella de tinto y unas tapas.
—Hay algo que no me cuadra —le dije a Pedrín, retomando la conversación anterior—. ¿Por qué no me llamó la Turuta directamente cuando la clon le dijo que trabajaba para ella?
—No se atrevió a hacerlo. Al parecer, no terminasteis demasiado bien vuestra relación profesional. No dejaba de decir que se había portado mal contigo, y que la odiabas, y cosas así. En el fondo, estaba obsesionada con que fueras tú quien se la cargase. No dudaba que lo hicieras. Conociéndola, supongo que la putada que te hizo fue grande.
—Alguna que otra me hizo, sí. Y, ¿por qué no se cargaba ella misma a su clon? ¿Por qué tenías que ser tú quien lo hiciera?
Pedrín suspiró y negó con la cabeza.
—Decía que le sería imposible, que sería como matarse a sí misma, que sería como un suicidio. ¿Te lo puedes creer?
Encendió un cigarrillo y le dio un par de caladas. Me miró con fijeza. Sabía lo que venía: se había sincerado conmigo, y ahora tocaba mi turno de respuestas.
—A ver, Florián, ¿qué es eso de la clon?
—Da igual lo que te diga —contesté, encogiéndome de hombros—. No te lo crees. Ni te lo creerás, por muchas veces que lo escuches. Así que mejor que pienses lo que prefieras.
—¿Es una hermana gemela? ¿Una chantajista? ¿Alguna amante despechada?
—Elige tú.
—Pero bueno, colega, ¿pretendes hacerme creer esa fantasía?
—No. Ya no.
Pedrín abrió los brazos y me enseñó las palmas de las manos, en un gesto de disculpa muy propio de él. No sabías si te estaba pidiendo perdón, o amenazándote con darte de hostias.
—Está bien, está bien, no me lo cuentes si no quieres —dijo—. Lo tomaré como un ejercicio de la discreción debida a tu cliente. Me parece muy bien. Pero hay algo que sí me vas a responder. ¿La estabas ayudando?
—Quiero que me entiendas, y que me entiendas bien —contesté—. No tomes conclusiones precipitadas.
—Que mal suena eso.
—Las chicas me llamaron cuando volvía a casa desde Buenos Aires.
—¿Qué chicas?
—Recuerda, hombre, las que nos llamaron desde La Mundial.
—¡Ah, sí!
—Las llamaremos clones, por llamarlas de alguna manera, ¿te parece? Una era clon de Claudia Herminia, y la otra de Laura.
—No creas que me hace mucha gracia que sigas con la bromita. Pero adelante, charlatán.
Seguí a lo mío, contando la verdad.
—Se dieron cuenta de que unos tipos querían cargárselas. Por mi parte, como bien sabes, había colaborado con los de investigaciones, les había puesto a huevo su objetivo; pero eso no suponía que fuera a seguir ayudándoles indefinidamente. Pensé que las chicas, en un principio, merecían una oportunidad al menos.
Puso cara de no entender del todo mis motivaciones —para ser preciso, de no entender nada de nada—, pero continué con mi relato, que terminó con nuestro encuentro en el aeropuerto. ¿Ven? Siempre me tocaba desempeñar el papel de narrador incomprendido de aquella historia inconcebible.
Al menos, Pedrín fue educado y se guardó para sí sus comentarios, algo digno de agradecer, ya que, conociéndole, habría comenzado una retahíla de insultos y denuestos digna de ser registrada por un filólogo. Supuse que, como cualquiera, incluido un servidor, pensaría que había hecho el pringado con las chicas. Las considerase clones, o simples chantajistas. Qué más da.
—Así que el salido del doctor ése, Orégano o como se llame, murió a manos de un travestido —dijo, cuando acabé—. Joder, qué cosas.
Pedimos otra botella de vino. Tras servir en los vasos, Pedrín me preguntó, sonriendo.
—Ahora, déjate de rollos y contéstame a lo verdaderamente importante, Florián. ¿Llegaste a tirártelas a las dos a la vez?
Lo que hay que ver, amigos. Así que lo verdaderamente importante para mi socio era que me hubiese pegado un revolcón con dos tías. Lo demás le importaba un comino. O, directamente, no se lo creía.
Eso sí, lo consideré un auténtica muestra de amistad: no le importó que, según su criterio, no le estuviera contando toda la verdad.
* * *
No podía habernos ido peor. Estaba todo previsto para una celebración por todo lo alto, y, como suele suceder en esos casos, la cosa terminó mal. Rematadamente mal. Desde primera hora de la tarde, el estadio Payaso Fofó, feudo del Imperial Vallecas, se fue llenando de nuestra animosa afición, llegada desde todos los puntos de la Hispanidad. Miles de banderas de nuestro club ondeaban al cielo, se respiraba un ambiente de victoria segura. Eran las semifinales de la Liga de clubes, y nuestro querido equipo encaraba el partido de vuelta con todo a favor: un buen resultado en la ida, el apoyo de la afición que abarrotaba el estadio, y el inmejorable momento de forma de nuestros chicos. En las casas de apuestas, en los mentideros, entre los entendidos, nadie daba un mísero doblón por nuestro rival.
Todo comenzó a torcerse cuando Luisito Chorreras, que vencía claramente a su oponente tras un combate serio, comenzó a hacer filigranas y cucamonas «de cara a la galería» —como suelen decir los periodistas, y que en verdad significa «destinadas únicamente al fanfarroneo»—, a falta de sólo dos puntos para darle matarile. Se veía sobrado, y disfrutaba de lo lindo haciendo las delicias de la afición con sus fintas imposibles, estocadas artísticas, y disposiciones creativas, que hicieron estallar en aplausos a las gradas. Pero, hete aquí, que su rival no estaba por la labor de reírle las gracias o de representar el papel de simple comparsa, y se decidió por seguir combatiendo con seriedad y ardor. Así, consiguió un punto tras otro. Durante un tiempo, la afición se lo tomó como el empeño digno de un perdedor por no salir escaldado. Pero alguno, viendo que aquello comenzaba a pintar mal, comenzó a silbar, en un vano intento de despabilar a Chorreras con un toque de atención que le hiciera retomar la seriedad perdida. A todo esto, el mejor sablista del mundo —el mejor pagado, al menos—, siguió a lo suyo, a reinventar la esgrima en cada movimiento, cada vez con peores resultados. Mal día, mal momento, para experimentos, amigos. Juraría que Chorreras estaba borracho, o drogado, y parecía obsesionado por dar una estocada única y peculiar, que asombrase al mundo entero, que fuera recordada por su belleza y espectacularidad. Pero lo hacía cada vez de forma más atropellada, más torpe, dejando los flancos descubiertos, llegando incluso a tropezar. Nuestro entrenador tampoco estuvo muy fino, y, en lugar de cambiar a Chorreras por otro de los sablistas suplentes de nuestro equipo, permitió que siguiera con sus locuras. El rival logró empatar. Para ese momento, el personal estaba con la mosca detrás de la oreja, y, quién más quien menos, veía imposible la victoria, hasta poco antes, segura. El último punto, la estocada definitiva, se la dio nuestro rival de la manera más simple y limpia a un patético Chorreras que intentaba no se sabe bien qué, entre el asombro y el reconocimiento de nuestra entendida afición.
El ánimo decayó. No sólo entre la afición, sino también entre los miembros del equipo. Ya se sabe que lo malo se contagia más rápidamente que lo bueno. Dada esta premisa, y aceptada, ocurrió lo inevitable: todo el estadio se contagió. Nuestro único floretista, el elemento más débil del conjunto, perdió —tal como estaba previsto— su combate. Cero a dos. Nos hacía falta ganar el siguiente, el de espada, para conseguir empatar la eliminatoria. No hará falta decir que lo perdimos también.
Hala, a casita, que llueve. Eliminados. Y con todas las de la ley.
Abandonamos el palco callados como muertos. Nos mezclamos con la riada humana que desalojaba cabizbaja el estadio, y que descendía la avenida con ánimo fúnebre.
Unos minutos más tarde, Mónica rompió el silencio.
—Lo que no puede ser, no puede ser, y punto. Ese Chorreras ha resultado un fiasco. Estaba claro que tantos líos de faldas acabarían por desestabilizarle.
—De nada vale lamentarse —opinó Pedrín—. El año que viene será.
No quise decir ninguna de las frases típicas que se suelen utilizar en esos momentos. ¿Para qué? Al menos me quedaba un consuelo: había apostado a que nos eliminaban. Sí, hice una de esas apuestas seguras: si gana tu equipo, pues contento; pero, si pierde, pues contento también. Siempre es bueno no jugártelo todo a una carta. De todos modos, triste consuelo, créanme. Si son seguidores de algún club de esgrima, o de cualquier otro deporte, me entenderán.
—Bueno, que no nos corte el rollo —dijo Mónica—. No creo que estos inútiles nos hayan quitado las ganas de cenar, ¿verdad?
Pues qué quieren que les diga, a un servidor, sí.
Avenida abajo, cuando el mogollón de gente ya se había disuelto, nos metimos en un mesón y pedimos unas cañitas y un par de raciones.
A medida que pasaba el tiempo, pareció mejorar nuestro ánimo. Comenzamos a charlar de nuestras cosas, olvidando el partido, la esgrima, y la madre que la parió.
—Ah, se me había olvidado comentártelo, Pedrín —dijo Mónica, en un momento dado—. Ha llamado la Turuta.
Lo soltó así, como si nada. La Turuta, ni más, ni menos. Pedrín y yo nos miramos.
—¿Cuándo?
—Hará un par de días.
—¿Qué quería?
—Hablar contigo, por supuesto. También me dijo que estaba interesada en localizar a Florián.
—¿Le diste alguno de mis números? —Pregunté.
—Por supuesto que no —contestó Mónica—. Ya sabes que no suelo dar un paso sin consultarlo. Sé que la Turuta es amiga vuestra, pero aún así, pensé que si no tiene tu número es porque tú no has querido dárselo. ¿Me equivoco?
—Bien hecho, Mónica.
—Tenía un aspecto horrible —dijo, encogiendo la nariz—. Parecía una pordiosera a la que hubieran dado una paliza.
—¿No te contó nada? —Preguntó Pedrín.
—Nada. Me dijo que quería hablar contigo o con Flori. Nada más.
Seguimos zampando y hablando de otras cosas, como si lo que nos había dicho Mónica careciera de interés. Pero lo tenía, y mucho. Me empezó a morder la curiosidad.