Por supuesto, antes de dar un paso más, me fui a comer. ¿Qué prisa innecesaria tenía? Ninguna. Además, ya saben el dicho: la prisa no es buena consejera. Y menos cuando vas de resaca, apuntaría yo. ¿No era un tipo afortunado? Pues a disfrutar. Si hay que currar se curra, pero de manera más relajada.
Tomé un taxi que me dejó en la taberna El Bocho, restaurante casero y céntrico de comida contundente, sin carta, con menú del día, donde me puse hasta las trancas de fabes con almejas y empanada de la casa, lo que consiguió que mi cerebro comenzase a trabajar con más eficiencia. Y, tras el café y el impagable orujo, podría decir que era el mismo de siempre. Es más, lo aseguro. Florián Mayo había vuelto al mundo.
Sentado a la mesa, fumando un purazo tranquilamente con la segunda copa de orujo en la mano, pergeñé mi plan de acción. Lo primero —obviamente—, era conseguir pasaje para las chicas, algo sencillo que haría esa misma tarde; lo segundo, conseguir pasaje para mí, ya que no viajaría con ellas. De acuerdo, estaría cerca de ellas en aquel espinoso trance, cuidaría en la medida de lo posible que no les pasase nada malo, pero eso no significaba que tuviéramos que ir los tres cogiditos de la mano. Más allá del aspecto puramente operativo del asunto —es decir, no viajar juntos por si acaso me seguían—, es que, para ser sincero, no me apetecía ni un poquito viajar en La Línea. No tenía ninguna obligación de volver a soportar las penalidades de siempre, y no lo haría. Eran ellas las que tenían que pasar inadvertidas, no un servidor.
Pregunta que lanzo al aire: ¿Quién ganaría pasta en este asunto?
Respuesta: Ellas.
Pues que pusieran algo de su parte, qué demonios.
Salí con gran pena de El Bocho, pues me encontraba muy a gusto, y el dueño me invitaba a otra copa, y me dirigí paseando a las oficinas centrales de La Línea, sitas en la planta baja de un edificio céntrico que, para más señas, era uno de los mayores burdeles de la Hispanidad —y de todo el Oikumene, me atrevería a decir—. Un edificio viejo de cuatro plantas con un mogollón de habitaciones dedicadas al lenocinio y al desmadre como única finalidad. Qué decir de las oficinas de La Línea. Mejor, imagínenselas. Estaban en el lugar y en el momento menos apropiados para que alguien se las tomara en serio.
Una vez dentro de las oficinas de La Línea, apartando a empellones a los yonquis y borrachos que aprovechaban el aire acondicionado y la calefacción, y los bancos corridos de la sala de espera para dormir, llegué a la ventanilla. Aparté también a dos pringados que charlaban de esgrima con el taquillero —aunque estaba de acuerdo con uno de ellos en sus comentarios sobre el precio del fichaje de Luisito Chorreras—, y cogí pasaje para las dos chicas a costa y nombre de Demoliciones Pinto. El empleado, tras ver la pasta contante y sonante, me dijo que, por descontado, el asunto de los pasaportes quedaba emplazado para el momento del embarque, que llevasen mis dos empleadas sus documentaciones, y que buen viaje. La nave, la «Virrey Morcillo» —no podía ser otra—, partía a la mañana siguiente, a las diez horas horario de Vallecas, con llegada indeterminada a Nueva Bahía, en Nosa. Pregunté que si había otra nave disponible, aunque partiera días más tarde. Por supuesto, me contestó que no. Le dije que la Virrey era una infame muestra de lo que no debería ser jamás una nave interplanetaria. Me contestó que el resto de las naves de la flota no eran mucho mejores tampoco.
En fin, que, mirándolo por el lado positivo, iban a tener suerte las chicas. Con lo de suerte me refiero a la inmediatez de la partida de la nave, por supuesto.
Tomé un taxi y me fui a casa. Comprobé que nadie de investigaciones estuviera al acecho. Allí no había ni Dios. Estaba claro —por si me quedaba alguna duda, que no me quedaba— que aquel asunto era cosa de pocos, que ni en investigaciones al pleno, ni mucho menos en inteligencia militar, estaban los jefes al tanto de lo que ocurría con el imbécil de Perejil y sus descabelladas intenciones. Cuando me refiero a los jefes me refiero a los de verdad, no a aquél salido ni a su compinche.
Subí, me puse cómodo, y desde mi terminal de comunicaciones cogí pasaje para Nosa en la nave «Venturada», de la empresa de transportes interestelares más cara —no la citaré para no hacer publicidad—, y en clase preferente, que partía dentro de tres días, a nombre de una de mis muchas identidades falsas. Otra cosa buena —por si no lo he comentado— que otorgaba el hecho de haber trabajado para la inteligencia militar.
Acto seguido, dormí una buena siesta, que bien que me la había ganado.
* * *
Sobre las diez de la noche, cuando me desperté de la reparadora siesta —por llamar de algún modo a aquel sueño profundo, casi un coma—, llamé a las chicas para comunicarles que ya estaba todo arreglado y ponerlas al tanto del plan. Insistieron en que fuera con ellas a cenar, para despedirnos «como dios manda» —palabras textuales de Laura Segunda— hasta que nos volviéramos a reunir en Nosa. Yo, que me encontraba del todo repuesto de la tontería que me mantuvo al mínimo de mis capacidades durante nuestra conversación de la mañana, dije que sí, que de acuerdo. Además —no sean mal pensados—, tenía que dejar claro que no viajaría con ellas, y que, por lo tanto, tenían que esperar en Nueva Bahía hasta que llegase. Lo de esperar es un decir, ya que, aunque partiera días después, seguro que llegaría antes— y en mejor estado—, que ellas. Pero ese era uno de los puntos que conviene, insisto, dejar claros en ocasiones como aquélla.
Así que cogí un taxi, que —coincidencias de la vida— era el mismo en el que estuve dando vueltas por la ciudad como un paranoico esa mañana. Señoras y señores: más de cincuenta mil taxis en Vallecas, y me tenía que tocar el mismo. Como estoy acostumbrado a este tipo de circunstancias adversas, no le di importancia. No crean, cuesta acostumbrarse. Pero al final lo haces. Es el único modo de superar lo que consideras mala suerte, mal fario, o, como siempre se ha dicho, que te ha mirado un tuerto.
Inciso: se sigue utilizando esa expresión aunque ya no queden tuertos. Porque, como bien sabrán, entre lo que aporta la Seguridad Social, y a poquito dinero que pongas, te colocan un ojo biónico con el que ves mejor que antes. Algunos hay que hasta escanean documentos. Vaya, que —afortunadamente para los tuertos— no tiene nada que ver con la cirugía estética.
El taxista, al verme, sonrió. Pero sin mala leche, ni de manera irónica. Se ve que se acordaba de la suculenta propina, de la carrera tranquila, de que no tuvo problemas de ninguna clase. Algo importante —y en modo alguno despreciable— cuando eres taxista en una ciudad tan dura como la mía. Es lo que tiene la capital: que todo el mundo se muestra reluctante hasta que recibe pasta. En ese preciso momento, cuando ves ante ti los billetes, que ya son tuyos, termina la susceptibilidad.
—Esta vez me dejas en el hotel del aeropuerto —le dije—. Y tú, a tu rollo.
No sé cómo lo hizo. Bueno, en cierto modo, sí: se saltó unos cuarenta semáforos en rojo, casi atropella a varios peatones, y a punto estuvimos de chocar contra unos cuantos vehículos que circulaban alegremente en su sentido y con todas las reglas del código de la circulación a su favor. Pero tardó menos de media hora en dejarme en la puerta principal del hotel, que es lo interesante. Al pagarle y despedirme, me dijo el tipo: «Me tiene para lo que haga falta, caballero», mientras me ofrecía una tarjeta de visita con su número de celular. Tarjeta que, no hará falta decirlo, me guardé.
Por supuesto que le di otra buena propina, conminándole a no decir ni mú a nadie. ¿Tenía sentido hacer tal cosa? Pues no lo sé a ciencia cierta. Pero, insisto en lo de antes, cuando te ponen pasta por delante te haces amigo o colaborador de quien sea. Y el taxista, que de tonto tenía poco —para ejercer esa profesión en Vallecas es una condición imprescindible no serlo—, debió de pensar que era una especia de detective privado o algo así, que necesitaba discreción en su trabajo, que iba a su bola, y que pagaba generosamente y sin problemas.
Entré al bar del hotel a base de empujones, zancadillas, y algún que otro improperio y/o amenaza. Incluso tuve que utilizar el utilísimo recurso del pellizco en los riñones para abrirme paso, para que se hagan a la idea de cómo estaba el asunto. Soy un maestro —aunque esté mal decirlo —en pasar por medio de la gente. Por mucha que sea. No me quedó más remedio que utilizar casi todas mis artes, pues la recepción del hotel estaba abarrotada, ya que, según me pude enterar, un vuelo con destino San Francisco había sido cancelado debido a una huelga de programadores y personal de mantenimiento de los controles aéreos. Imagínense la situación: más de mil personas encrespadas ocupando las zonas de acceso, hablando a la vez por sus celulares y con los escasos trabajadores del hotel que se dejaban ver. Trabajadores que, por cierto, no les hacían ni puñetero caso: sonreían, asentían, y se largaban como las ratas que abandonan un barco a punto de hundirse.
Total, que llegué al bar y las vi. Las chicas, sonrientes, ocupaban la misma mesa donde estuvimos charlando por la mañana.
—Hola, Flori —me saludó Laura Segunda.
Estaba tremenda. Fabulosa. ¿Mejor que por la mañana? No podría asegurarlo. Pero a mí me lo pareció. Lo que ya es mucho decir.
Como respuesta le entregué, previa revisión visual del entorno, y sin hallar enemigos a la vista, sus pasajes.
—Aquí tenéis, chicas. Mañana a las diez.
Laura Segunda, levantándose de la silla, se guardó los pasajes en uno de los bolsillos traseros de su pantalón. Quedaron tan prietos los pasajes, tan bien ajustados, que nadie sería capaz de sacarlos de allí. Dirán lo que quieran decir, pero a mí, en ese momento, no me hubiera importado ser uno de aquellos pasajes.
Bebían vermú rojo con sifón. Se ve que ya no estaban obligadas a no consumir alcohol con los medicamentos, y se daban a lo que les gustaba: el pimple. Pedí al camarero —el mismo del día anterior, que no dejaba de merodear por la mesa— una cerveza para mí y otra ronda para ellas.
—Perfecto, Florián —dijo Laura Segunda, tocándose el bolsillo—. Qué rapidez.
—Oh, cuestión de suerte. Bueno, chicas, ya está todo hecho. Viajaréis en La Línea, y yo en me iré por otro lado. Es lo mejor, dadas las circunstancias.
Laura Segunda asintió, dando lo que consideré divertidos y jugosos cachetes a sus pasajes.
—¿Todavía crees que te siguen?
Tentado estuve de contarles la apabullante y absurda conversación que tuvo lugar en mi casa. Con buen criterio, desistí. Tal vez lo haría más adelante, si todo acababa bien. Al fin y al cabo, tenían derecho a saber qué había pasado para que continuasen vivas.
—Cualquier precaución es poca —contesté, haciéndome el listillo—. De todos modos, no os preocupéis. Pasad inadvertidas, dentro de lo posible, en el viaje, y esperad en Nosa a que llegue. Si llego yo antes, os esperaré. Después, se hará lo que se tenga que hacer.
Las chicas bebieron de sus vermús, mirándose de soslayo.
—Coged habitación en la pensión Mari Luz, tú la conoces —le dije a Laura Segunda—. Supongo que te acordarás.
—Por supuesto que la conozco, estuvimos comiendo allí —respondió Laura Segunda—. Me presentaste a la vieja, como si fuera tu propia madre, comimos comida casera, por cierto, buenísima. ¿Me tomas por tonta?
¿Fue ella? ¿Fue la otra? ¿Cuál de las dos Lauras —y digo dos, porque no sé si hay alguna otra más pululando por ahí— estuvo conmigo en la pensión? ¿Fueron todas y cada una de las que siguieran vivas? Pues claro, Florián, me respondí.
Preguntas —absurdas, pero a la vez procedentes— que te surgen cuando te encuentras en una situación como aquélla. Porque un servidor, que ya lograba distinguir entre Laura y Laura Segunda, algo ya de por sí difícil aunque fuera sólo por motivos prácticos, acabó hecho un lío.
—Claro que me acuerdo —respondí, sonriendo de medio lado, sin mucha convicción. Eso sí, sin llegar a ser meloso, muy cerca de ello—. Cómo olvidarlo.
Si fuera capaz, juraría que Laura Segunda se ruborizó. Pero no lo sé a ciencia cierta, puesto que con su nuevo careto cualquiera sabría qué demonios significaba aquel rubor que le creció en la parte baja de la mandíbula, y que, poco a poco, le fue subiendo a los pómulos. No sé, la chica estaba —aunque me repita— guapísima, pero era extraño de huevos. ¿Estaría ruborizándose? ¿O, tal vez, es que le venía la regla? ¿Sería algo completamente distinto? Cuanto más le miraba la cara, menos entendía sus gestos y señales.
—Calla, donjuán —dijo Laura Segunda—. Golfo, que eres un golfo.
Lo cual, amigos y amigas, terminó por desconcertarme del todo. Pero me gustó.
El camaruta, como siempre al loro de la mesa, se acercó a nosotros y dijo que si queríamos cenar. Para situarles en el momento, diré que todas las mesas, menos la nuestra, requerían sus servicios. Y él, pasando de todo, sólo tenía ojos para el escote de Claudia Segunda, el cuerpazo de Laura Segunda, y el muñeco que las acompañaba.
—¿Chicas, os sirvo algo de cenar? Os dejo la carta.
La carta del restaurante no era amplia que dijéramos. Básicamente se componía de sándwiches, perritos calientes, y platos combinados. Laura Segunda negó con la cabeza al consultarla.
—Mejor salgamos a cenar por ahí, Florián. Luego nos tomamos unas copas... y, quién sabe cómo acabará la noche.
Las chicas se echaron unas miraditas cómplices y sonrieron con picardía las muy ladronas. ¿A qué se refería la Turuta con lo de «quién sabe cómo acabará la noche»? Me imaginé, ya que tiendo a los pensamientos lúbricos a las primeras de cambio, y estoy a la que salta a la menor de las señales, un memorable y maravilloso «menage a trois», sueño lujurioso de gran parte de la población, máxime si contamos con los dos elementos femeninos con los que me tocaría bregar. En ese caso, el sueño se tornaba también inalcanzable para la mayoría de los mortales.
Pero, ¿se referiría a eso? ¿Y si, confundido por indicios poco concisos, metía la pata? Es más, ¿era apropiado, dadas las circunstancias, emborracharnos y acabar fornicando los tres? Tal vez no lo fuera, pero agradable sí que lo era.
La mayoría de los heterosexuales —y de las lesbianas —me tomarán por tonto. Incluso yo mismo me lo llamé. Pero no era el momento idóneo para tales alegrías, y, conociendo a la Turuta, lo más posible es que estuviera equivocado en mis apreciaciones. Me veía en la obligación —asumida motu proprio, pero asumida al fin y al cabo— de ayudarlas todo cuanto pudiera. Además, no juzgué oportuno irnos de marcha, ni dedicarnos a juegos amatorios. A eso se le llama sentido del deber. Y también gilipollez congénita, dirán algunos.
—Ni mucho menos, Laura —dije, serio—. Partís dentro de unas horas. Cenemos tranquilitos, luego os subís a dormir. Y, mañana temprano, frescas y en condiciones, a coger la nave. Ya habrá tiempo, si todo termina bien, de darnos un homenaje.
Las chicas asintieron sin demasiada convicción. No les gustaba mi plan, estaba claro. Lo que me puso más caliente aún.
—Si no queda más remedio... —Se encogió de hombros Laura Segunda—. Tú te lo pierdes.
Otra posible señal. O, al menos, cualquier habría pensado que lo era. ¿Estaba seguro al cien por cien de la sutil propuesta de Laura Segunda? Pues, créanme, no del todo. Había algo en mi cabecita que me decía que no me fiase por completo, que me estaba equivocando. Que una cosa es el sentido del deber, otra ser tonto, y otra muy distinta ser imbécil profundo. En resumidas cuentas: que si se dejaban de mensajes crípticos y me decían abiertamente que nos montásemos un trío, un servidor no tendría más remedio que tirarse de cabeza. Y a tomar morcillas la seriedad, la profesionalidad, y la madre que las parió. Pero, para mi desgracia, tal circunstancia no había ocurrido aún.
Eso sí, las observé con detenimiento y me entró un calentón de mil demonios. Aún así, me dije: sé fuerte, Florián.
—Oh, no penséis que os estoy haciendo un desprecio —me excusé—. Es por vuestro bien. Os espera un largo y fatigoso viaje. Tenéis que tener la mente concentrada, estar a lo importante.
—¿A qué te refieres con lo del desprecio? —Preguntó Claudia Segunda, encogiendo la nariz, lo que consiguió otorgar a su rostro matices más siniestros aún—. Sino quieres que salgamos a divertirnos, de acuerdo. Tal vez, como dices, sea lo mejor. Pero yo no lo considero un desprecio, puesto que no te hemos propuesto nada. ¿O qué te pensabas?
—Eso, Florián, ¿qué te pensabas? —intervino también Laura Segunda.
Sin comentarios. Menos mal que no llegué a meter la pata del todo, amigos.
—No pienso nada de especial —contesté—. Sólo que es mejor que nos quedemos aquí.
—No, Florián, a mí no me engañas. Tú lo que pretendes es acostarte con nosotras, con las dos a la vez —dijo Laura Segunda—. Pues lo llevas claro, amiguito. Sabes que a mí no me van esos rollos.
Luego habrá quien diga que hombre precavido no vale por dos.
—Bonita forma tienes de cobrarte el favor —continuó Laura Segunda—. Eres un aprovechado. Y un pervertido.
—Chicas, chicas, tranquilidad —propuse—. No he dicho tal cosa, ni se me ha llegado a pasar por la cabeza. Os estáis equivocando. Además, creo que me he ganado un voto de confianza por vuestra parte.
Las chicas volvieron a cruzar miraditas cómplices. Pero ya no me atreví a deducir nada en concreto.
—Sí, perdona, Florián —dijo al fin Laura Segunda—. Tal vez me he pasado un poco.
Para mi estupefacción, se echaron a reír las dos como si hubiera contado un chiste. Y de los buenos.
Les dije que no tenía la menor importancia y me evadí como pude, desistiendo de continuar lo que me pareció una broma ridícula sin la más mínima gracia. O vaya usted a saber lo que en verdad era. Comencé una conversación, mucho más provechosa, sobre el próximo viaje. Les di unos cuantos y valiosos consejos, ajustamos detalles. En definitiva, hablamos sobre lo que teníamos que hablar. Por cierto: también les dejé algo de pasta. Para que luego hablen mal de mí.
Pedimos de cenar unos platos combinados, tomamos un café después, y cerca de la una de la madrugada, me despedí de ellas frente a los ascensores.
Volví a casa en un taxi, sin poderme quitar de la cabeza la sensación de que las muy cabritas me habían tomado el pelo a base de bien. Pero, que, en el fondo, no les hubiera importado montárselo conmigo. Tal vez sólo fuera producto de mi mente calenturienta, pero llegué a sopesar esa posibilidad. Al fin y al cabo, había estado enrollado con Laura en su día; y con Claudia también. Bueno, para ser preciso, no con aquellas dos, con las otras. Pero en el fondo era lo mismo, ¿no?
Esa noche, como pueden comprender, me asaltaron unos sueños lujuriosos que me sirvieron para resarcirme —aunque no del todo a gusto, evidentemente—, y disfrutar de aquella experiencia que jamás viviré.
* * *
Lo que me ocurrió en los días siguientes no fue de consideración, ni le importa a nadie —salvo a los cotillas—, así que no entraré en detalles y sólo les diré que, al fin, sucumbí a la lujuria y contraté los servicios de dos señoritas de buen ver —y mejor comer— para resarcirme de forma conclusiva del calentón. Pero no resultó ni remotamente parecido a como lo imaginé. Ni mucho menos. Y ya no escribiré una sola palabra más sobre el tema.
Vayamos a las chicas. Como estaba previsto, subieron a la «Virrey Morcillo» pasada la una de la tarde del día siguiente a nuestra última conversación. Ya saben que el embarque estaba previsto para las diez de la mañana, pero así era —y seguirá siendo, supongo— La Línea. Lo sé porque estuve allí, en el espacio puerto, a cierta distancia de la zona de embarque, para que ellas no me pudieran ver, pero corroborando que todo iba por el camino correcto. Siguiendo mis indicaciones, se habían vestido de manera informal e incluso un tanto cochambrosa, con el fin de pasar desapercibidas. No quiero ni imaginarme el cante que hubieran dado de ir bien vestidas, peinadas y aseadas. Pese a todo, llamaban la atención. Desentonaban por guapas, por esbeltas, por sanas. Qué demonios, por todo. Por supuesto, llevaban muy poco dinero encima. Mejor así, créanme.
El resto del pasaje —no será necesario que lo explique—, estaba compuesto por personajes de la catadura habitual.
Sobreponiéndome a las ganas de hacer un escrutinio más a fondo del personal, algo que sólo me habría servido para intranquilizarme sin motivo, suspiré y me di media vuelta cuando las chicas se perdieron en el interior de la nave. Esperé para largarme del espacio puerto hasta que la Virrey se elevó sobre el cielo de Vallecas.
Total que, unos días después, cogí la «Venturosa», tomé posesión de mi camarote de primera y en exclusiva, y disfruté de uno de los viajes más tranquilos, rápidos, y placenteros, de mi vida. La tripulación me colmaba a parabienes, no me faltó un solo capricho. Bueno, alguno faltó, pero tampoco entraré en detalles, ni pretendo que los malpensados me tomen por lo que no soy.
Después de aquel maravilloso viaje, llegamos a Nueva Bahía según estaba previsto en nuestra partida, justo diez días después y a la hora acordada. Se ve que esa empresa tenía trato de favor con los agujeros de gusano y demás complicaciones de los viajes interplanetarios. O que sus pilotos, navegantes, y tripulación en general, no eran psicópatas borrachos. O ambas cosas a la vez. Para resumir: un viaje de lo más normalito para alguien acostumbrado a viajar como las personas y no como los cerdos destinados a la matanza.
Como siempre, y aunque me propuse viajar a cuerpo de rey, llevaba el equipaje justo. Si antes, cuando era pobre —o diré menos rico, para que no se me solivianten los pobres de verdad—, me podía permitir el lujo de comprar lo que fuera necesario en el destino, imagínense en aquellos momentos. Tomé un taxi, me acerqué hasta el paseo marítimo, elegí en las mejores tiendas y de las mejores marcas varios trajes y zapatos, colonia, artículos de aseo, y demás pertrechos y chuminadas, y los mandé llevar a la pensión Mari Luz, donde me proponía alquilar al menos tres habitaciones. ¿Dónde mejor iba a estar que en la pensión Mari Luz? ¿Acaso había un lugar en el que se comiera mejor, que estuviera más limpio? ¿Existe en Nueva Bahía un lugar más tranquilo y discreto?
La dueña, al verme, me recibió como siempre. Qué alegría da, amigos, el que la gente te reciba así, el que se alegren de veras de volverte a ver. Eso no tiene precio.
Lo primero que hice, tras zafarme de los achuchones, fue preguntar por las chicas. Como era de prever, no habían llegado aún. Recé para mis adentros para que, al menos, llegaran.
—¿No será una de ellas la lagartona que trajiste hace poco a comer? —Me preguntó doña Mari Luz.
—No.
—Ya sé que es meterme donde no me llaman, pero creo que esa chica sólo te puede traer quebraderos de cabeza.
Qué decir, amigos y amigas, cuando tanta sabiduría se concentra en tan pocas palabras.
Alquilé, como siempre por espacio indeterminado, tres habitaciones, todas en la primera planta: una para las chicas, otra para la ropa que acababa de comprar, y otra para mí. La patrona se extrañó por mi insólita petición; pero, con la perspicacia que le caracterizaba, dijo al fin.
—Me alegro de que te vayan las cosas bien. Ahora, no te lo gastes todo de golpe.
Una vez instalado, me propuse indagar por el espacio puerto por ver si sabían cuándo tenía previsto llegar la Virrey Morcillo. Sé que estaba cometiendo una tontería, pues eso —el momento de llegada de una nave de La Línea, me refiero— es algo que nunca se sabe. Pero aún así, lo intenté. En el fondo, lo reconozco, es que me aburría como una ostra, y algo tenía que hacer para matar el tiempo que no fuera el desmadre al que tiendo por naturaleza. Lo que no me esperaba fue la contestación que me dio un empleado de información.
—¿Qué nave ha dicho? ¿La Virrey Morcillo? Juá, juá.
Y se largó, mientras se descojonaba vivo.
Así que, nada, tenía varios días para mí solito hasta que llegaran las chicas. No sabría explicar por qué, pero no tenía ganas de cachondeo. Podría haberme consagrado al desmadre o a la vidorra que merezco. Pero no lo hice, y me comporté como un buen chico: comidita casera, poco alcohol, y tempranito en la cama. Me dediqué a visitar museos, iglesias, y monumentos varios, algo que nunca había hecho antes, pese a la cantidad de veces que había estado en la ciudad. Para que luego digan de mí que soy un juerguista incorregible e incansable. Ya lo ven, ni mucho menos.