Me desperté temprano, tras una noche de continuos desvelos, pesadillas, y sobresaltos. En definitiva, que si me hubiera quedado despierto mejor me habría ido. Dormirme, lo que se dice dormir, lo hice pronto como les he contado; pero se ve que enseguida se fue la bienvenida pero efímera modorra que proporciona el alcohol, y caí en el sueño intranquilo de alguien preocupado que haya vivido lo que un servidor el día anterior. No me pude quitar de la cabeza la sorprendente conversación que había supuesto el fin de una jornada memorable y única. Menos mal que única, porque, de haber muchas como aquélla, no hay cuerpo que lo aguante.
Pasé la mañana en pijama, intranquilo, esperando la llamada de las chicas. Estuve tentado de llamarlas yo; pero desistí. Lo último que necesita alguien en su situación es un plasta que no le deje hacer sus cosas con tranquilidad.
Aproveché para contactar, desde mis líneas telefónicas habituales, con antiguos colegas del ejército, más que nada para que los de investigaciones —si es que llegaban a controlar mis llamadas —creyeran que aún mantenía relaciones que les podían comprometer llegado el momento. Hay que salvar el pellejo, por encima de cualquier otra consideración, y con todos los medios de que dispongas. Tirarme el rollo como hice la anoche anterior, amenazándole al doctor Perejil con chivarme de todo el asunto, podía ser más que útil. Por supuesto, los antiguos colegas con los que hablé se sorprendieron de que, tras muchos años de ausencia, les llamase para preguntarles por sus vidas. Alguno hubo que me mandó a tomar vientos —o a lugares y situaciones más desagradables—, pues no guardaba precisamente buen recuerdo de mí, ni de mi paso por el ejército. Pero me dio lo mismo. Yo, a lo mío. Lo que me importaba es que, si alguno de investigaciones controlaba mis llamadas, anotase que había hablado con varias personas del centro de inteligencia militar y del estado mayor de la defensa. Ahí queda eso.
Las chicas me llamaron por fin sobre la una. Cogí el celular y me metí en el cuarto de baño. Abrí un grifo. Aunque, durante la revisión que hice durante la mañana no encontré ninguno, si por casualidad los de investigaciones habían dejado algún micrófono —algo que yo habría hecho de estar en su lugar—, el mejor modo de evitarlo era procurar no hablar donde hubieran tenido posibilidad de colocarlo, y hacerlo donde con seguridad no lo hubieran colocado. Parece una perogrullada, pero casi todo el mundo la pasa por alto. Dado que ninguno de los tres había entrado al servicio... Aten cabos, amigos, y aprendan la lección, que es gratis.
Habían sido también madrugadoras, y ya tenían en su poder las documentaciones falsas. Laura Segunda no me dijo quién se las había hecho. Tampoco era necesario conocer ese extremo. Si me apuran, cuanto menos supiera Florián Mayo, mejor. Nunca se sabe: igual los de investigaciones se ponían nerviosos, me secuestraban, me enchufaban electrodos en los huevos, y cantaba por soleares. Sin que sirva de excusa, por mucho entrenamiento que tuviera sobre interrogatorios hay pruebas que nadie puede superar. Y a un servidor le aterra, como a cualquiera, que le pongan pinzas electrificadas en sus partes pudendas. No era algo que soliera hacer nuestra gente —cuando digo nuestra, me refiero a los de la Hispanidad, que los otros no sé—, pero estarán conmigo en que era —y es, y será— mejor evitar saber lo que no debes saber en el caso de que te trinquen. Más que nada por aquél a quien intentas salvar, porque tú ya lo tienes claro: te han jodido pero bien.
Tal como supuso la Turuta segunda, les había llevado la mañana entera.
—Pero ya las tenemos, Florián —dijo satisfecha, enseñándome un documento de identidad—. Sólo queda poner el holograma definitivo en el pasaporte. Tenemos tarjetas de todo: seguridad social, carné de conducir... hasta del paro.
Le pregunté por cómo habían pasado la noche. Como era previsible, igual o peor que yo. Por supuesto, no comenté una sola palabra de la visita que había recibido en mi casa la noche anterior. Ya habría ocasión de hacerlo, si es que encontraba el momento —algo que dudé—, pues a nadie le debe de agradar enterarse de que existe gracias a que fue considerado un esclavo sexual. Además, no quería preocuparlas en exceso; en aquellos momentos lo único necesario era que no se despistasen de su objetivo final, estando ojo avizor, y sin bajar nunca la guardia.
Les recordé que, según habíamos quedado la noche anterior, debía proporcionales un vehículo para su desplazamiento a Valencia. Me dijo que no era necesario, pues ya, con sus identidades nuevas, y previo pago por adelantado, habían alquilado uno. Lo que consigue la pasta, amigos. Vaya, para resumir: no me necesitaban para nada. Mejor que mejor.
—Nos vamos ahora mismo. Te llamo, Florián.
—Suerte. Y mucho cuidado, Laura. Al loro, ¿de acuerdo?
Me vestí con uno de mis mejores trajes, me puse mis mejores zapatos, y, mucho más tranquilo, bajé a la calle. Tenía toda una vida por delante para disfrutar de mi condición de rico ocioso, y no pensaba desperdiciar ni un solo minuto.
¿Por qué —se preguntarán ustedes— un tipo metido en ese berenjenal se dedica a la vida contemplativa y derrochadora? Es más, ¿por qué lo cuenta? Pues porque, en el fondo, y pese que me tiré toda mi vida currando hasta ese momento, tiendo a la golfería y la vagancia, y no me importa reconocerlo.
Por cierto: nadie de investigaciones a la vista. Demasiado tendrían con seguir esperando a las chicas en la pensión, y con solucionar sus gravísimos problemas, como para tener en consideración a un pringado como yo. Bueno, o no tan pringado, deduje al fin. Saben que no me gusta fanfarronear, pero podía meterles en un serio compromiso un tipo que, como un servidor, ha servido en dos guerras —con saldo vencedor para los gloriosos ejércitos de la Hispanidad, para más señas, aunque aún no acierto a comprender cómo pudimos ganar—, una de ellas en una unidad de combate de primera línea, y otra en inteligencia militar. Al final, mi paso por el Ejército me había resultado provechoso.
* * *
Pasé dos —o tres— días enteros entre restaurantes de lujo, salones de masaje —ya me entienden lo de los masajes, que a mí no me duele nada—, compras a tutiplén, y copazos en garitos de moda. Vaya, que me pegué la vida padre. Dado mi ánimo tendente al ocio —constructivo o no—, conseguí encontrarme radiante y pleno. Si me quedaban muchos años de tan grata e infructífera existencia, iba a ser el tipo más feliz de todo el Oikumene. Algunos dirán que soy un parásito, otros que un hedonista, otros que un diletante, otros que todo eso más algún epíteto crítico más, como, por ejemplo, inútil y haragán. Me la suda, amigos. Que piensen lo que quieran. Tal vez, hasta lleven razón en el fondo. Yo, a lo mío: feliz como una lombriz.
A lo que iba: al segundo o tercer día —no recuerdo bien, pues iba lúcidamente pedo siempre, pero no tan lúcido como para darme cuenta de esos insignificantes detalles—, recibí una llamada en mi celular, en el segundo me refiero, el que estaba a nombre de Construcciones No Sé Qué. La llamada era, como era previsible, de Laura Segunda.
—Ya estamos en Vallecas, Florián —me saludó—. Todo en orden.
Miré la pantallita del celular. De acuerdo, son pequeñas y no dejan apreciar demasiados matices, pero la chica que me hablaba no se parecía a Laura salvo remotamente. Había algo que me decía que se trataba de ella, de su cara, pero no lograba adivinar qué era en concreto.
Intenté focalizar la mirada. Tal vez fuera la borrachera continua, tal vez mi miopía nunca corregida del todo, tal vez un poco de las dos, pero no lograba reconocer a la Laura que siempre había conocido. Estaba, para que se hagan una idea, más guapa aún.
—Bueno, cariño, ¿y ahora qué?
Laura Segunda había dicho en una conversación, que, cuando se hicieran las documentaciones falsas y la cirugía estética, no las iban a reconocer ni la madre que las parió. Yo no sé qué diría su madre, pero un servidor estaba tan sorprendido que a punto estuvo de decirle a la extraña que tenía el celular de Laura Segunda que se lo diese a su verdadera propietaria.
—¿Te gusta? —preguntó Laura Segunda cuando se percató de mi estado—. Creo que he quedado bien. Aunque aún queda un poquito para que baje del todo la hinchazón.
«¿Que si has quedado bien?» —Me pregunté. Por cierto: no encontré ninguna antiestética hinchazón en su rostro—. Incapaz de articular palabra, Laura Segunda prosiguió.
—Bueno, dime dónde quedamos.
—Por supuesto, no vayas a tu casa —le recordé. No estuve muy fino que digamos, pero es que me quedé, insisto, sin palabras—. Así que iros a algún hotel, y me llamas.
—Parece mentira, Florián, me tomas por tonta. Venga, luego te llamo.
Intenté espabilarme a base de café solo, vitaminas, y una ducha fría. Tenía que estar lúcido —de verdad y enteramente— y operativo. Lo conseguí a medias, no crean. Haber visto el rostro de la nueva Laura Segunda me supuso un verdadero shock. Por supuesto, me dirán, hasta el más tonto sabe que cuando alguien se hace una operación de cirugía estética cambia de aspecto; por supuesto, diré, que esperaba verla cambiada. Pero una cosa es hacerte a la idea, y otra muy distinta es verlo frente a ti.
Laura Segunda me volvió a llamar un par de horas después. Habían tomado habitación en un hotel cercano al aeropuerto, uno de esos lugares de paso de cierta categoría, precio elevado, y pésimo servicio. Nuevamente tuve que reconocer que Laura Segunda hacía las cosas bien: ese tipo de hoteles son un continuo ir y venir de gente cabreada que ha perdido un vuelo —casi siempre por culpa de las compañías aéreas—, gente que no repara en nadie— pues demasiado tiene con protestar continuamente por su insufrible desgracia—, gente que no deja de hablar desde sus celulares ni un segundo y que espera ansiosa el momento de partir. Los empleados, relajados, poco serviciales, incluso groseros, tampoco reparan en sus clientes, pues saben que no van a volver, con lo que se ahorran el ser detallistas y obsequiosos. Vaya, que era como la pensión Cifuentes, pero sin fulanas y con más clase. Además, estar cerca de un aeropuerto con el tráfico del nuestro suponía una rápida vía de escape en caso de que surgieran problemas.
Tomé un taxi en la parada más cercana a mi casa. Por descontado, no hará falta que les diga que me preocupé de que no me siguiera nadie. Y nadie me seguía. Pero, aún así, tenía que comportarme como el profesional del escaqueo y el trinque que era. Ya saben: por si acaso. El taxista debió de pensar que estaba chiflado, pues le hice dar un rodeo enorme por medio Vallecas, conminándole a detener el vehículo sin orden ni sentido en cualquier esquina, como si esperase encontrarme con alguien, para al fin bajarme del taxi una hora después a pocas manzanas de mi casa. Le pagué, le di una buena propina, y asunto concluido. Cogí otro taxi unas calles más allá, esta vez, ya sí, con destino al hotel.
Había quedado con las chicas en el bar de la planta baja. Les dije que me buscasen ellas, pues yo no estaba demasiado seguro de reconocerlas a la primera. Ni a la primera ni a la cuarta, para ser sincero. Y así fue. Laura Segunda, sentada a una mesa, me vio entrar y quedarme como un panoli frente a la barra, mirando de reojo por si era capaz de localizarlas. Me pedí una cerveza helada, me puse de medio lado, y continué mi infructuosa inspección. Escuché a mi espalda una voz conocida.
—Hola, Florián —me saludó Laura Segunda sonriente—. Ven.
Si verla en la pantalla del celular me supuso el shock que antes he comentado, tenerla frente a mí fue como si me dieran un par de bofetones. Estaba guapísima y absolutamente irreconocible. A primera vista, diría que se había remodelado los pómulos, la nariz, los labios —ahora más gordezuelos— y la barbilla. Incluso la frente o el inicio del pelo, que ahora llevaba negro. Se había cambiado también el color de los ojos por un gris desvaído que le aportaba un aire melancólico, de dama romántica en apuros, pero a la vez decidida y competente. Una mezcla difícil pero interesante de rasgos y carácter. En fin, tenía una belleza sofisticada e incontestable, la de un ser que, si es de este mundo, está muy por encima de los demás. Limitado como soy para las letras, no puedo describirla mejor. Pero, para resumir y dejarlo más claro, diré que era lo que le faltaba a ese cuerpazo de vértigo para conseguir la matrícula de honor, y pasar a la Historia como una de las mejores hembras que ha visto el Universo. ¿Exagero? Con sinceridad, no lo creo. A mí, al menos, así me lo parece. Ya saben que para gustos se hicieron los colores, y que sentía debilidad, y una atracción irresistible, por aquella chica.
Viendo su asombroso aspecto, y como no soy un entendido, y ya que lo importante era el resultado final sin tener que entrar en detalles más o menos escabrosos, y dado también que opino —fruto de un miedo atroz a todo lo relacionado con la medicina, tal vez por culpa de un trauma infantil—, que los médicos y la cirugía cuanto más lejos mejor, y sólo si son imprescindibles, decidí no continuar con mis divagaciones, que ahora derivaban hacia cómo le habían conseguido hacer tales cambios en su rostro a base de bisturí.
La seguí, observando si también, ya metida en gastos, había decidido hacerse algún otro retoque en otra zona del cuerpo, en este caso su famoso e imperial trasero. Afortunadamente, no. Ni falta que le hacía, amigos.
Llegamos a la mesa, nos sentamos. No podía despegar mi vista de Laura Segunda y su nuevo rostro. Si ustedes hubieran estado en mi lugar, créanme, habrían hecho lo mismo.
Cuando pude reponerme de mi papanatismo, me di cuenta de que no estaba la niña.
—¿Y Claudia? —pregunté.
—Ha salido fuera a fumarse un chirifú —contestó Laura Segunda—. No le he dejado fumarse ni uno sólo desde que nos operaron, así que tiene que tener un mono del copón.
—Estás preciosa —dije, carraspeando, por decir algo coherente—. Desde luego, han hecho un buen trabajo.
—Pensaba que te gustaba antes también —dijo, componiendo un sabroso mohín. Sé que no viene a cuento, pero me imaginé lo grato que resultaría comerle los morros.
—Sabes que sí, princesa. Pero te han dejado muy bien, incluso mejor.
—No era esa mi intención— dijo, seria—. Estaba muy a gusto con mi cara de siempre.
Volvió la cabeza para otro lado, como si estuviera ofendida por lo que dije. ¿Lo estaría de verdad? Pues no lo sé. Pero creo que, probablemente, sí. ¿Acababa de meter la pata diciéndole que estaba mejor que antes? Y yo qué sé, amigos. Nunca acierto con esta chica. Bueno, ni con ésta, ni con otras muchas. Soy así de torpe.
—De lo que se trataba es de que estuvieras irreconocible, y lo estás —me excusé.
Laura Segunda no contestó. Se limitó a asentir con la mirada desviada hacia otro lado. Como no tenía otra cosa que hacer, bebí de mi cerveza. Bueno, ya saben —y si no lo saben, se lo digo— que para quitar la resaca o la tontería inherente a un consumo previo desmesurado de alcohol, nada mejor que una cerveza helada. ¿Lograría quitarme la resaca? Tal vez. ¿La tontería? Lo dudo. Por muy buena y muy fría que estuviera la cerveza.
Claudia Segunda, viniendo desde la entrada, se acercó a la mesa. La reconocí, nada más verla, por su caminar y por su cuerpo, que si hubiera sido por su cara, no lo habría conseguido. Tampoco por su ropa: se había vestido como la otra Claudia, la primera, con ropa cara que le sentaba como un guante a la jodida, y se había cortado y arreglado el pelo.
—Hola, Florián —me saludó, sentándose.
Si la Turuta había quedado increíblemente guapa, no podía decir lo mismo de la niña. No tengo ni idea de cómo se hacen esas cosas —las operaciones de estética, me refiero—, pero supongo que antes de meterte mano te dan a elegir sobre lo que se puede mejorar o no en tu careto a partir de la idea que tengas. Si es así, Claudia Segunda eligió rematadamente mal, o tuvo una pésima suerte con el cirujano. No es que estuviera fea, que no lo estaba, ni mucho menos, pero le habían dejado una expresión de mala leche que daba miedo. Eso sí, por decir algo en su favor, muy acorde al talante de la Claudia que conocí en Nueva Bahía.
También se había cambiado la cara entera. Para no entrar en detalles: toda. Pero, en lugar del semblante sofisticado y melancólico de Laura Segunda, la niña tenía aspecto de pedir sangre a gritos. Incluso sonriendo, como estaba en ese momento, te daba la impresión de que te iba a acuchillar de un momento a otro. ¿Serían esas cejas arqueadas al límite? ¿Esos ojos inquisitivos? ¿La mandíbula, tal vez? No lo sé. Pero, insisto, daba miedo. Y morbo. Mucho morbo. Por cierto: llevaba un escote de escándalo. ¿Habría aprovechado para retocarse los senos? ¿O era cosa de la ropa?
Resumiendo: que estaba buena de veras, pero con cara de psicópata.
—Bien, ¿qué te parece? —Me preguntó la niña.
—Oh, estupendas las dos. Muy guapas y muy diferentes. Muy diferentes de como erais antes, me refiero.
—Perfecto, Florián —masculló la niña, mirándome incrédula, como si supiera que su jeta en nada tenía que ver con la de Laura Segunda, y que lo de diferentes era por otra causa—. Pues, ahora, no sé si te lo ha dicho Laura, nos tienes que ayudar a irnos. Lo antes posible.
—A ver, a ver —la corté—. ¿Iros? ¿Adónde?
—Bueno, ya sabes lo que pienso hacer —intervino Laura Segunda—. Me acercaré a Nosa y me encontraré con mi otra yo. Le pediré lo que me corresponde, y me largaré.
—Sí, bueno, algo sobre eso dijiste —comenté, pensándome lo peor.
—Ya me conoces, Florián. Si digo algo, lo cumplo.
Bebí lo que quedaba de mi cerveza, mucho menos fría que antes, y pedí otra al camarero, que paseaba entre las mesas sin hacer ni puñetero caso de las peticiones de los pocos clientes. Para ser preciso, a un servidor, como estaba acompañado de dos tías buenas, sí que le hizo caso. Algo que agradecí, pues supe que esa cerveza me iba a hacer falta.
—¿A Nosa? —Pregunté, sorprendido.
—A Nosa, cariño —me contestó—. Que es donde se encuentra ella ahora mismo.
Dejé que pasara el tiempo unos cuantos minutos, silencioso, mientras meditaba en lo que estaba escuchando. Resultado: no llegué a conclusión alguna, tal vez por culpa de la caraja que aún no me había terminado de quitar del todo; o tal vez porque, barrunté, me hacían falta más elementos de juicio. Tampoco, aunque me cueste reconocerlo, estaba uno para muchos desafíos mentales.
Mientras, las chicas se pusieron a charlar sobre lo que consideré banalidades, asuntos tales como lo bien que te queda esta camiseta o lo bien que te sienta ese peinado, y cosas así. «¿Serían en el fondo banalidades?», llegué a preguntarme. «¿No estarían comportándose con la naturalidad propia de alguien que ya ha tomado una decisión? ¿No sería mi menda, como siempre, el que estaba perdido pero se creía por encima de los demás».
Llegó el camarero con la birrita fría, bebí de ella un trago, y, aproveché, antes de que se fuera, para pedir otra ronda para todos. Las chicas, para mi sorpresa, pidieron té helado. Lo que me dejó más asombrado aún.
—Te equivocas, Laura —dije al fin—. Laura, la otra Laura, me refiero, está en Buenos Aires. Al menos, allí la dejé hace unos días. Me imagino que si no está allí, estará aquí, en Vallecas.
—Te equivocas tú, Florián —contestó, rauda, sonriendo—. Ha dejado la Niña de los Peines en manos de la Armada y ha salido por patas a Nosa. ¿Por qué? No lo sé. Aunque me imagino alguno de sus motivos.
—¿Cómo lo sabes?
—Me he puesto en contacto con ella.
—¿Qué?
—Lo que te digo. He hablado con ella y le he dejado muy claritas mis intenciones.
—¿Y?
—Me ha dicho que aquí no puede hacer nada, que es peligroso, que mejor que quedemos en Nosa para finiquitar el asunto. Que me comprendía.
A beber, amigos. No me quedaba otra.
Así que Laura Segunda, pasándose por el arco del triunfo todas mis indicaciones —y el sentido común—, había hablado con Laura para ponerla en antecedentes. Estuve a punto de pedirle al camaruta, que no se apartaba demasiado de nuestra mesa, sin duda atraído por el espectáculo gratuito de aquellas dos chavalas, que me trajera una aspirina. Por cierto: no sé cómo puedo ser tan tonto. En ese momento supe que era muy fácil identificar a las chicas entre desconocidos, por mucho que hubieran cambiado: sólo tenía que localizar a las dos tías más buenas del local. Que, además, estarían solas. Detalles de los que te das cuenta tarde. Es lo que ocurre cuando te pasas con el bebercio hasta el límite que rebasó, sobradamente, un servidor.
—¿Tú te fías? —Le pregunté. Me salió un gallo horroroso.
—Ni un poquito, Florián. Pero iré a Nosa, y hablaré cara a cara con ella. Tiene tanto que perder como yo. O que ganar, según se mire.
—Yo también pienso ir —intervino Claudia Segunda—. No he llegado a hablar con mi otra yo, pero sé que alcanzaremos un acuerdo.
Lo que me faltaba.
Me acabé la cerveza de un trago. El camarero, solícito y simpático el muy ladrón, sin apartar la mirada del escote de la niña, trajo inmediatamente la otra ronda. Me encendí un puro. No es que tuviera demasiadas ganas de fumar, pero algo tenía que hacer. Entre que enciendes el puro, que le das la calada, que observas las evoluciones del humo, y tal, pasa el tiempo y la gente que está a tu alrededor cree que estás tomando una decisión justa y apropiada aunque te estés tirando el rollo de mala manera. ¿Por qué piensa eso la gente? No lo sé. Pero es así.
—¿Os habéis vuelto locas? —Pregunté, al fin—. ¿Qué queréis, que os maten?
—Al parecer, ya estamos muertas —contestó Laura Segunda, sonriendo de medio lado, como si no necesitase, que no lo necesitaba, decir algo más.
Claudia Segunda, poniendo cara de niña buena —dentro de lo posible—, incorporándose sobre la mesa y enseñándome el entreteto, fabuloso por otra parte, dijo también.
—Contamos contigo, Florián. Nos tienes que ayudar.
—Sí —aseveró Laura Segunda, mordiéndose sensualmente los labios—. Y te aseguro que sabremos recompensarte.
Pegué una calada imposible al puro, bebí un trago de la cerveza helada, y me dije: «Adelante, Florián». Como pude ser tan lila, amigos.
—Pues nada, chicas. Todos a Nosa.
—No es necesario que nos acompañes. Basta con que nos dejes dinero —dijo Laura Segunda sonriendo—. Salvo si quieres pasarte unas buenas vacaciones...
Tragué saliva.
—Iré con vosotras.
—Como quieras, pero deja de beber tanto— apuntó Laura Segunda—. No tienes buena cara y conviene que te mantengas en forma.
—He pasado una mala noche —me excusé.
—Y un jamón —negó Laura Segunda—. A mí no me engañas. Lo que te pasa es que has estado bebiendo como un cosaco.
No recuerdo bien qué dije, pero salí del paso como pude. Torpemente, por supuesto, pero salí. Me propuse pensar con claridad, no quedar en evidencia delante de las chicas, que me demostraban una competencia, si no fuera de dudas, sí al menos superior a la mía. Al fin, obviando la recriminación de Laura Segunda, pregunté.
—¿Cómo y cuándo pensáis viajar?
—Lo antes posible, cariño —contestó Laura Segunda—. Cogeremos plaza en algún vuelo privado. La ruta de Nosa suele hacerla Alfredito El Bombas con su nave. ¿Te acuerdas de él?
Claro que me acordaba del muy chiflado y malhadado de Alfredo Buenaventura, alias «El Bombas», un cabo artillero del Tercio junto al que combatimos en la Primera Guerra de Expansión Sideral. Pero es de esos tipos que, sin caerte del todo mal, tampoco te caen del todo bien, y, lo más importante, no te ofrecen garantía de éxito a su lado. Para nada de lo que hagas, sea lo que sea. No sabría explicar por qué, pero no me gustaba la idea de que dos fugitivas viajasen en su nave. Bueno, tal vez, porque Alfredito es —como Pedrín— de esos tipos que siempre te acaban metiendo en algún lío, aunque sea de la manera más extravagante y por los caminos más azarosos. Y, a diferencia de lo que ocurría con Pedrín, nunca consigues sacar tajada. Aparte de por «El Bombas», también se le conocía por «El Marronero». Teníamos motivos sobrados para utilizar ese sobrenombre.
—No sé por dónde andará, pero le localizaré —continuó Laura Segunda.
Negué con contundencia. La idea de Laura Segunda no me gustaba en absoluto.
—No me parece buena decisión, Laura. Hay otras alternativas.
—Para eso estás aquí, Florián —sonrió Claudia Segunda, invitándome a ayudarlas y acercándose al centro de la mesa, mostrándome todo su esplendor a escasos centímetros de mi rostro.
Porque uno es un hombre serio y no estaba en ese momento para demasiadas alegrías, que si no, me lanzo como un tigre a por ese suculento manjar. La niña estaba rica de veras. Por el amor de Dios, vaya tetamen. Entre las dos chicas me estaban poniendo más caliente que la llama de un soplete.
Entonces, obviando mis más lúbricos instintos —algo que me hace perder el norte en más ocasiones de las deseables—, les comenté lo apropiado que sería para sus intereses viajar en una línea regular que no exigiera documentaciones, una línea donde con pagar el billete era más que suficiente, una línea que presentaba a las autoridades portuarias las hojas de pasaje tarde y mal, autoridades que, por otra parte, jamás las revisaban, pues no transportaba más que viajeros de cuarta categoría —por ser suave, que bien podrían denominarse desechos humanos—, una línea, en definitiva, y como ustedes bien recordarán, como «La Línea».
Laura Segunda compuso un mohín de asco. Pero, al final, sonrió.
—Llevas razón, Florián. Viajaremos en La Línea.
—¿Decidido, entonces? —Pregunté. Las chicas asintieron—. Pues dejadlo en mis manos.
Pese a mi lamentable estado, había conseguido hallar una solución fácil y rápida. No es que hubiese descubierto la vacuna contra el Baile de San Vito, enfermedad que manda al huerto de los callados —y sigue mandando, hasta que le encuentren solución— a gran parte de la población, pero me sentí útil, lo que consiguió espabilarme un poco más aún.
No había tiempo que perder. Me sobrevino el puntito trabajador y competente. Así que me despedí de las chicas, las dejé en el hotel pidiendo la comida, y me largué a buscar pasajes.
Bendito sea el Señor, cómo estaban de ricas aquellas dos mujeronas. Tanto o más aún que los originales. En cierto modo, y aunque parezca improcedente, me solidaricé, muy en el fondo —eso sí—, y de manera subconsciente, con el salidorro de Perejil.
Que tonto, lo que se dice tonto, no era.