Me desperté tarde, más allá de las diez de la mañana. Claudia no estaba a mi lado en la cama. Supuse que estaría en el cuarto de baño, o que habría pasado a su habitación. Toqué el lugar donde había dormido. Estaba frío. Así que debía de haberse despertado hacía bastante tiempo. Mejor así.

Me duché y vestí. Hice las maletas, y las dejé preparadas al lado de la puerta. Poco me quedaba por hacer; me largaría del hotel, volvería a casa, y me dedicaría a la vida contemplativa que tanto me agrada. Con respecto a Claudia, lo tenía claro. La noche había sido maravillosa, para tirar cohetes, pero no tenía ninguna intención de seguirla en su loca aventura con sus colegas saltimbanquis. Ni, aunque la niña los abandonase, dejándoles a su aire, comenzar con ella una relación seria o de cualquier otro tipo. Y, si me hacía estas reflexiones, fue porque noté, durante los revolcones de la noche anterior, que la niña, en verdad, se había prendado de mí. Diría, si fuera capaz de meterme en la cabeza de alguien, que estaba enamorada. O enamoriscada, tanto da. Me sentí profundamente halagado, lo reconozco. Pero no hasta el extremo de romper con mi vida e irme con ella. Habrá quien me llame tonto; y reconozco que algo de eso tengo. Desde un punto de vista calculador, se trataba de un bombón forrado de millones. Para más escarnio, de un bombón enamorado y agradable. Pero yo no conseguía olvidarme de aquella bruja de Nosa que fue la misma niña poco tiempo antes. No conseguía apartar de mí aquella imagen, aquellas sensaciones. Además, por muy melosa y complaciente que se comportase ahora conmigo, ¿quién me decía que no iba a volver a las andadas? Es verdad, en aquel momento era una señorita agradable, aparentemente en paz consigo misma y con el resto del mundo. Pero mi primera impresión fue la contraria. Todos sabemos que las primeras impresiones son importantes. Hay quien dice que, incluso, son las que más cuentan. No llegaré a tanto. Además, aunque estuviera equivocado, tiendo a ser demasiado independiente como para unirme a alguien. Acababa de salir de la mini relación con Laura —un tanto trasquilado, para ser sincero—, y no me apetecía comenzar nada nuevo.

En resumidas cuentas, que no deseo ponerme pesado: que se fuera olvidando de mí.

No había nadie en su habitación; tampoco en la habitación contigua, la que ocupaban sus colegas. Encogiéndome de hombros, bajé a desayunar.

Al pasar frente a recepción, un empleado del hotel se dirigió hacia mí portando una bandeja, sobre la que descansaba un sobre.

—¿El señor Mayo? Es para usted.

Supe, no sabría decir por qué, que era de Claudia. No había nada escrito en el sobre; pero por algún motivo me constaba que no era de Pedrín, ni de Laura, ni de nadie que conociera. De acuerdo, dirán que no era muy difícil deducirlo, pues cualquiera que quisiera ponerse en contacto conmigo utilizaría los medios habituales, pero aún así, había muchas otras posibilidades.

En la cafetería, frente a un café, abrí el sobre. No me había equivocado.

La carta, escrita con una letra apresurada y laxa, pero que denotaba una buena educación, venía a decir que se había enamorado perdidamente de mí, pero que prefería largarse del hotel con los chicos. Que tenía que terminar con los asuntos pendientes que aún le quedaban en la Tierra por causa de la herencia de su madre, y que prefería hacerlo sola. Que en cuanto finiquitase todo, volvería a Nosa para comenzar lo antes posible a organizar el montaje de la compañía de baile. Que me daba tiempo para pensar si la quería tanto como para comenzar una relación que me prometía iba a ser seria, y que me esperaba ansiosa en Nueva Bahía. Me apuntó —por si fuera necesario, ya ven, como si no lo conociera— su número de teléfono. Junto a su firma, la huella de carmín de sus labios.

Doblé la carta y la guardé cuidadosamente en el bolsillo de mi chaqueta, el que se lleva más cerca del corazón. Me alegró sobremanera que hubiera elegido una forma tan elegante de irse. Odio las despedidas, sobre todo cuando hay mujeres por medio. Más aún, cuando crees que van a ser definitivas.

Mandé que me bajaran las maletas y llamé a un taxi. Una hora después, tomaba asiento —primera clase, por supuesto—, en un avión con destino Vallecas.

* * *

Así, de esa manera tan limpia y beneficiosa para un servidor, podría haber terminado esta narración, y, por consiguiente, los hechos acaecidos durante el asunto Jabonox. Y yo tan contento, por supuesto. Pero el destino me reservaba alguna trampa más.

Me hallaba en el bar del avión, un airbus enorme como un trasatlántico, lujoso y cómodo, tomando un vermú con aceitunas, cuando recibí una llamada. No esperaba ninguna, la verdad. Aparentemente, el asunto Jabonox había terminado. Por mi parte, le había dado carpetazo de forma definitiva y concluyente. Pedrín estaría camino de algún paraíso tropical, Laura había recibido lo que le correspondía, y le había dejado claro que no quería más tratos de ninguna clase con ella, Claudia viajaba a Nosa. En cuanto a los chicos de la Armada, ¿para qué me iban a llamar? ¿Quién sería, pues? Mi primera intención fue no responder a la llamada. Tal vez se tratase de un nuevo trabajo, que, por supuesto, no tenía la más mínima intención de realizar. Pero no pude sustraerme a la curiosidad. Consulté la pantalla. El número desde el que me realizaban la llamada me era totalmente desconocido. Sorbí de mi vermú y suspiré.

—Diga.

En la pantalla apareció el rostro de Laura. Supe que no era la Laura con la que había cenado la noche anterior, sino la otra. ¿Por qué? Buena pregunta. Pero lo supe, amigos, y se me erizaron los pelos de la nuca.

—Ahora te llamo, nena. Mantente donde estés.

Corté la comunicación. Fue un impulso repentino, subconsciente. Tal vez los de investigaciones, que conocían mi número, controlasen las llamadas que hiciera o recibiera. Posiblemente no llegaran a tanto —en el fondo para ellos era un colaborador, y demasiado ocupados estarían siguiendo la pista de Vallecas—, pero mejor prevenir que curar. Y, ¿saben? en ese preciso momento, sin darme cuenta de una manera consciente, comencé a ayudar a las chicas de Vallecas. Fue una de esas veces en que realizas tus actos sin que sepas bien los motivos que te impelen a hacerlos, pero también sabes —o sientes— que estás haciendo lo correcto. Valiente pringado que estoy hecho. En qué hora me dio por hacer de hermanita de la caridad.

En la tienda del avión —el airbus tenía hasta una pequeña tienda de regalos y souvenirs, una especie de duty free volante—, compré un celular. Lo puse a nombre de lo primero que se me ocurrió, en este caso de la empresa «Demoliciones Pinto».

Desde el nuevo celular, llamé a Laura. A la que me acababa de llamar, por supuesto.

—¿Qué cojones está pasando, Florián?

Haciendo verdaderos esfuerzos para no atragantarme con el vermú, intenté recomponerme. Me costaba horrores mantener la vista en la pantallita.

—¿A qué te refieres?

—¿Qué a qué me refiero, pedazo de mamón? —Bramó—. A que nos quieren matar. Me cago en la puta, a qué me voy a referir.

—Cuéntame.

—No hay nada que contar. Salí con Claudia a dar un paseo, y, al volver a Casa Mingo, veo a dos tipos raros en la puerta. Dos matones que nos andaban buscando. ¿Cómo podían saber dónde estábamos?

Dejó la pregunta abierta, como si esperase que yo la respondiera. Me limité a encogerme de hombros en silencio.

—Pues porque tú se lo dijiste —se auto respondió—. Eres un hijo de puta.

—A ver, a ver, Laura. Tranquila. ¿Cómo sabes que eran dos matones y que iban a por vosotras?

Pregunta estúpida. Si Laura lo decía, es que era así.

Comenzó a proferir todo tipo de insultos, atropelladamente. No creo que sea necesario que los reproduzca aquí. Imagínense una selección de lo peorcito del amplio fondo de tacos que tenemos en nuestro idioma, y se harán una idea. Vamos, que, tras escucharla, estuve a punto de volverme a duchar para quitarme toda la porquería que me cayó encima. Varios clientes del bar me miraron. Bajé el volumen de escucha del celular y la corté.

—Para ya, nena. Te dije que no salierais bajo ningún motivo. ¿Se puede saber por qué lo hicisteis?

—A comprarnos ropa, un celular, cosas —rugió—. Estábamos con lo puesto. Menos mal que salimos, cabrón, que si no, nos encuentran y nos fríen a tiros.

—Lo que me cuentas no tiene sentido —dije, procurando parecer conciliador—. ¿Cómo voy a ser yo quien os delate?

—No lo sé. Explícamelo tú.

—No seas paranoica, guapa.

Se tapó la cara con las manos. Cuando las retiró, varias lágrimas resbalaban por sus mejillas.

—No entiendo nada, tío.

Se la veía superada por los acontecimientos. La siempre competente y dura Laura la Turuta, la capitana arrogante, la diosa del espacio, las estaba pasando canutas. Dejé que pasara el tiempo.

—Pues habla con la Armada, Laura —dije, con tranquilidad—. Estás en tratos con ellos, ¿no? Llega a un acuerdo.

—¿Y qué tiene que ver eso con el tema de la niña? —Continuó atacando Laura—. Porque todo esto es por culpa de los gerifaltes de Jabonox. ¿O me equivoco?

—Sí, sí, claro —balbuceé. Me di perfecta cuenta de que estaba comportándome como un memo—. Pero, como conoces a gente de la Armada, no estaría de más que les contases tus problemas. Tal vez te pudieran ayudar, ¿no crees?

—No, no creo Florián.

Volvió a mantenerse en silencio. Me miraba desde la pantalla con gesto de absoluta duda.

—Pero capturaste una nave de la Armada en pleno viaje, maniataste a los pilotos.

—Ya. ¿Y van a mandarme a unos matones por eso? No me jodas, Florián. Además, podría denunciarlos yo misma, por su extraño comportamiento. Pero sólo conseguiría que los arrestasen un par de semanas. Por ahí no van los tiros.

—Quién sabe.

—Hay otra cosa que no me cuadra, Florián —insistió, rehaciéndose—. ¿Cómo pudiste llegar antes que nosotras?

—Amistades que tiene uno, ya sabes.

—Ya.

—Bueno, Laura, lo importante es que os encontráis bien. Voy ahora mismo camino de Vallecas, a buscaros. No os mováis de donde estéis, ¿de acuerdo? Esperadme allí. No hagáis ninguna tontería.

Laura no contestó. Proseguí.

—Princesa, ¿Se puede saber dónde estáis ahora mismo? ¿Me lo vas a decir, o te buscas la vida por tu cuenta?

—Nos hemos metido en el Corte Inglés de Callao —contestó—. Y no pensamos salir de aquí hasta que vengas a por nosotras. Te aconsejo que vengas preparado.

—Bien, pues esperadme ahí mismo. Llego a Vallecas dentro de una hora escasa. Ponle otra hora más hasta que cruce la ciudad —consulté mi reloj—. Creo que sobre las dos estaré allí.

—En la cafetería nos encontrarás —dijo, seria—. Y, por favor, no quiero más meteduras de pata, ni más rollos raros. Tú me has metido en esto, y tú tienes que sacarme. Como me falles, sería capaz de hacer cualquier cosa.

Cortó la comunicación. Así que ella pensaba que yo le había metido en aquel follón. Querida clon —o lo que sea— de Laura, pensé, si te encuentras en estas desagradables circunstancias es por tu propia culpa —de cualquiera de las dos, elijan —y tus trapicheos. En principio, estaba claro lo que tenía que hacer: volver a llamar a Laura —a la otra me refiero, a la que estaba en Buenos Aires—, algo que no me apetecía realizar en absoluto, y que ella le dijese a la gente de la Armada dónde se encontraban las presas. O volver a repetir lo del día anterior, que ella les conminase a que se pusieran en contacto conmigo. Vaya, actuar en plan Pilatos, lavándome las manos, como había hecho hasta el momento.

Cualquiera, con dos dedos de frente, habría optado por hacer algo así. Es más, se habría visto obligado a hacerlo. Además, era lo más lógico, y lo más práctico. Pero un servidor —que por otra parte tiene bastante más de dos dedos de frente, pues las entradas que heredó de su padre son cada día mayores—, actúa como actúa, es decir, a veces como un auténtico gilipollas. Pedí otro vermú, me senté en uno de los mullidos sillones del bar, y me dispuse a meditar.

Por mi parte, había hecho más de lo necesario por facilitarle a la gente de investigaciones el paradero de las clones. Bien podría habérmelo callado, pues no tenía ninguna obligación para con ellos. No era más que otra víctima de una chapuza de proporciones siderales, y, aún así, les había ofrecido las presas que ellos por su incompetencia habían dejado escapar. Si, a posteriori, habían vuelto a meter la pata, no era por mi culpa, ni problema mío. ¿Por qué demonios iba a trabajar para ellos? Las amenazas veladas del doctor Sánchez Perejil, perdonándome la vida como un matón de barrio, sin que fuera para despreciarlas, tampoco me quitaban el sueño. Como se comportasen siempre de manera tan chapucera, podría alquilarme un pisito delante del cuartel general de la Armada sin que en toda mi puñetera vida llegasen a encontrarme. Así pues, ¿por qué iba a mandar de nuevo a aquellas dos chicas a una muerte segura? ¿Qué ganaba yo con eso? Nada.

Luego, estaban las consideraciones puramente metafísicas. O morales, si se prefiere. No he sido, ni seré, sicario, ni chivato, de nadie. En aquella ocasión, lo había sido. Apoltronado en el sillón, me repetía que no del todo, pues las dos chicas de Vallecas no eran ni Laura, ni Claudia. Pero en mi interior, algo me decía que, desde el primer momento, estaba equivocado. No se trataba de que fueran o no las mismas personas: se trataba de que eran dos personas. Que se llamasen igual, que tuvieran su misma apariencia, sus mismos recuerdos, sus mismas vivencias —para ser exacto, hasta el momento de multiplicarse en el agujero de gusano—, no me impedía comenzar a pensar en ellas como en dos personas independientes. Al fin y al cabo, sus personalidades antiguas eran las mismas, compartían el mismo pasado, pero, a partir del infausto momento de la multiplicación, pasaron a ser dos seres distintos, con sus vidas por delante, con sus preocupaciones, con sus sueños. Qué leches, con sus derechos. Según reza la constitución del Oikumene, inalienables y universales. ¿Traicionaría a la Constitución que juré defender cuando entré siendo un pimpollo en el Ejército? ¿Traicionaría mis propias convicciones? De la Niña de los Peines duplicada que atrapó la Espartero no quedaría ya ni el recuerdo. Seguro que los artilleros de la Armada no habrían fallado teniendo el objetivo tan cercano, por muy torpes que fueran. No quedaría rastro, ni de la nave, ni de sus ocupantes— que es lo que importa—, ni de nada que estuviera ligado a ellos. Pero la masacre de aquellos seres no era responsabilidad mía. La de aquellas dos chicas, en parte, sí.

Tenía poco tiempo. Muy poco. Así que decidí lo siguiente: si la Armada me llamaba —algo que sería posible, pues tenían mi número—, preguntándome si sabía del nuevo paradero de las chicas, que no contasen con la patriótica y leal colaboración de Florián Mayo. Que les dieran.

Hay que ver lo tontos que somos en ocasiones, cómo nos llegamos a equivocar. Podía haberme mantenido al margen. Pero no, tenía que ir de bueno por la vida. No es algo de lo que me arrepienta demasiado, pero, insisto, si alguna vez me vuelve a pasar algo similar —espero, y creo, que no— optaré por salvar mi propio pellejo y que cada cual se busque la vida por su cuenta.

* * *

Tuve un final de vuelo relativamente tranquilo, que hubiera podido ser del todo placentero en otras circunstancias.

Parece increíble, y en el fondo lo es, pero no recibí llamada alguna de la Armada. Bueno, ni de la Armada ni de nadie. Hay que ver lo malos que eran esos tipos. ¿Cómo había podido degenerar un cuerpo como investigaciones de la Armada hasta ese nivel tan bajo?

En el fondo me tranquilizó. Tal vez fuera una señal de que no me asociaban ya con las dos chicas; o de que se sentían tan avergonzados que no querían hacer el ridículo delante de mí. Es posible que en el fondo hubieran llegado a la conclusión de que Florián Mayo ya había ayudado de sobra. O, tal vez, ni siquiera se acordaron de mí, me despreciaron como fuente de información. De cualquier modo, mejor así.

Como, de alguna manera, supe que aquellas dos chicas terminarían salvando el pellejo, ya que contaban con dos factores importantes, la incapacidad manifiesta de investigaciones, y mi concurso, decidí renombrarlas para conseguir que se formara dentro de mí la idea de que estaba tratando con personas diferentes. A Laura, la llamaría Laura Segunda; y a Claudia, Claudia Segunda. No es muy original, me consta, pero sí que es práctico, y a mí me serviría para distinguirlas. Porque algo estaba claro: no me quedaba más remedio que contarles todo lo que había ocurrido. Que me creyeran o no, era otra cosa que no dependía de mí.

Nada más descender en Vallecas, a la una en punto, dejé mi equipaje en una empresa de mensajería para que me lo llevasen a casa. Tomé un taxi, y le dije al conductor que me llevase lo más rápido posible a Madrid, al centro, a la plaza del Callao, pues debía estar allí a la dos. El taxista me miró, negó con un movimiento de cabeza y me dijo.

—¿Es usted de aquí, verdad?

Asentí.

—Pues no sé cómo se le ocurre decir tal cosa, jefe. Tenemos media ciudad levantada por las obras; no me queda más remedio que dar un buen rodeo para llegar hasta el centro. Ármese de paciencia: las dos horas no nos las quita nadie.

Acordándome de todos los parientes vivos y muertos de la actual alcaldesa, persona que parecía disfrutar horadando sin piedad el suelo de nuestra querida y vieja ciudad, recordé el sempiterno estado en que se encontraba Vallecas: cuando no era por unas posibles olimpiadas, era por una exposición universal, o por una nueva línea de metro, o por la peregrina idea de un algún político con ínfulas, o por vaya usted a saber. Pero el caso es que la ciudad estaba siempre patas arriba, y era raro no encontrarte con algún cráter de proporciones siderales donde menos te lo esperabas, o con calles cortadas durante años, o con plazas que habían dejado de existir, o con monumentos que, sin explicar los motivos, habían cambiado de ubicación.

Llamé a Laura Segunda. Se puso al aparato, masticando algo.

—Estoy en casa —dije—. Ya voy camino de Callao. ¿Qué tal todo?

—Comiendo algo. Estábamos las dos muertas de hambre.

—Esperadme allí. Es posible que llegue un poco más tarde. Pero no os mováis, ¿de acuerdo?

Laura Segunda asintió y corté la llamada. Había sido buena su idea, permanecer en un lugar público y concurrido donde poder pasar desapercibidas, o donde, en el peor de los casos, poder escaquearse si las circunstancias lo requerían. Siempre es bueno tomar todas las precauciones que estén en tu mano. Por si acaso. Aunque los chicos de investigaciones no irían jamás al Corte Inglés a buscarlas; bueno, ni allí, ni a ninguna otra parte. No, al menos, tan pronto. Montarían guardia durante días en Casa Mingo por si volvían, controlarían el domicilio de Laura en Vallecas. Y poco más. Cuando no las encontrasen, irían tras su búsqueda, indagando por aquí y por allí. De no tener éxito, comenzaría la segunda parte del operativo, que, si las cosas eran más o menos como antes, sería de una manera pasiva: tensar la red y esperar a que cayesen en ella. Aguardar a que apareciesen por algún lado. A eso había que añadir las dos chicas auténticas y sus movimientos, lo que complicaría las cosas mucho. No sé, supongo que al final, si las clones seguían utilizando sus nombres de siempre, es posible que acabasen siendo encontradas. Pero si cambiaban de nombre... sería casi misión imposible. Mal asunto para los de investigación. Bueno para las chicas. A todo esto, había que añadir lo ineptos que eran los de investigación, asunto nada baladí.

A las tres menos cuarto, y gracias a la pericia del taxista, cruzaba las puertas del Corte Inglés. Me van a tomar por un maniático, o por un obseso de su trabajo, pero me aseguré de que nadie me había seguido. Estaba claro que no, pero ya me conocen: toda precaución es poca.

Llegué a la cafetería. Estaba concurrida, la barra abarrotada de hombres solitarios, las mesas de familias y de señoras mayores. Busqué con la mirada. Las encontré, en una mesa situada en la zona central del enorme salón. Laura Segunda estaba más o menos como siempre, eso sí, con cara de mala leche; pero Claudia Segunda tenía un aspecto horrible, no por que estuviera especialmente mal vestida o sucia, que estaba como durante la travesía desde Nosa, sino porque yo había conocido a otra Claudia muy mejorada, y no había comparación posible entre ambas.

Me acerqué. En cuanto me vieron, se levantaron de la mesa. Les hice gestos para que se calmasen, sonriendo. Podría asegurar que, de no haberlo hecho, se habrían abalanzado sobre mí como dos lobas.

—Hola —las saludé, como si fuéramos unos clientes más—. ¿Qué tal va todo?

Miraron alrededor. Estaban a punto de explotar.

—Lo mejor será que nos vayamos —dije, sereno—. Os tengo que contar algo muy importante, y éste no es el mejor sitio.

—¿Es seguro que nos vayamos? —Preguntó Laura Segunda.

—No os preocupéis, seguidme. Iremos a un sitio tranquilo, aquí cerquita.

Las chicas pagaron lo que habían consumido —un pequeño banquete debió de ser, pues les costó un buen pico, se ve que con los nervios les dio por zampar—, y salimos del centro comercial. Arropados por la riada humana, cruzamos varias calles. Yo las veía con ganas de coserme a preguntas, como si las dudas que las atormentaban se hubieran convertido en pólvora y estuvieran a punto de hacerlas reventar. Por cierto, qué bien me ha quedado esta comparación. Un poquito pedante, pero acertada.

Unos minutos después llegamos a una cervecería donde solía ir de vez en cuando, y que a esa hora estaría tranquila. Tomamos una mesa al fondo, y pedí unos cafés. Las dos chicas me miraron con intensidad. Antes de que fueran a decir una sola palabra, decidí ser yo quien comenzase. Disparé con contundencia y precisión.

—Has hecho bien en no ir a tu casa, Laura. Os habrían cazado.

No quise ser tan cínico como para recordarles de nuevo que no deberían haber abandonado Casa Mingo. No llego a tanto, amigos.

—Has perdido la Niña de los Peines, como te dije. Olvídate de tu vida anterior. Y tú también de la tuya —me dirigí a Claudia Segunda—. Esta misma mañana has firmado la herencia. En estos instantes, vas camino de Nosa.

Abrieron los ojos como platos. Aproveché su estupor para continuar. Al ataque, Florián, me animé.

—Lo que os está ocurriendo no tiene nada que ver con Jabonox. No, Laura. Tiene que ver con la Niña de los Peines, y con las innovaciones que introdujo la Armada en la nave. Los tipos que os buscaban en Casa Mingo no eran sicarios mandados por el consejo de administración; eran agentes de investigaciones de la Armada. Lo que os voy a contar ahora es la pura verdad. Sé que os costará creerme. Pero debéis hacerlo, si queréis continuar con vida. Os juro por lo más sagrado que es tan cierto como que estamos ahora aquí.

Entonces, les narré sin omitir detalle toda la parte de la historia que ellas desconocían, todo lo que aconteció desde que salimos del agujero de gusano. A medida que avanzaba en la narración y en las explicaciones, observaba sus caras atónitas. Hallé en sus rostros duda, desconcierto, ira, incluso abierto desprecio hacia mi persona, como si las estuviera contando un cuento chino que no se acababan de creer. Toda una mezcolanza de sensaciones, muy acordes y muy lógicas, asociadas a lo que estaba relatando. Desde cualquier punto de vista, ¿quién me podría creer? Solidarizándome con su situación, compartí su escepticismo. Si a mí me andan persiguiendo unos tipos con intenciones aviesas, y viene alguien que pretendidamente me va a ayudar y me cuenta lo que yo les estaba contando a ellas, lo más probable es que no sólo no le creyera, sino que además le diera una patada en sus partes pudendas.

Por supuesto, mi narración terminó con la firma de los documentos de la herencia por parte de Claudia y su posterior partida hacia Nosa, y omití entrar en las demás consideraciones. Algo muy lógico: no habría resultado oportuno, ni prudente, decirle a Claudia Segunda que me había tirado a la otra Claudia, que, además, se había enchochado de mí.

Bueno, ya estaba hecho. Las cartas sobre la mesa, la suerte echada. Como en tantas otras ocasiones en ese asunto, que me creyeran o no, que hicieran una cosa u otra, no dependía de mí.

© José María Boto Bravo, (4.202 palabras) , Créditos