Evidentemente, no tenía el número del doctor Perejil, ni podía comunicar con la Espartero. Pero sí el de Laura y los códigos de comunicación de su Niña de los Peines, que debería de estar siendo desarmada en esos momentos por los técnicos de la Armada, valga el juego de palabras. Así que llamé a la Turuta.

—¿Ya tienes lo mío? —Fue la respuesta a mi llamada. Mejor omitiré lo que pensé.

—Así es, Laura. Ya lo tengo.

—Perfecto —me cortó. Cambió su gesto serio por una sonrisa—. Dime dónde quedamos, ladrón. Tenemos muchas cosas que contarnos. Invítame a una cenita. Hemos compartido tanto...

Así que ahora volvía a ser la engatusadora de antaño. Qué quieren, no pude dejar de soñar con una reconciliación sabrosa y salvaje. Así soy; así creo que somos la mayoría de los tíos, que con un par de zalamerías nos llevan al huerto. Pero sólo en ocasiones, que conste, que en aquélla, por muchas ganas que tuviera de volver a zafarme con ella en una cama, no estaba para esos trotes.

—Antes deberás hacer algo: ponerte en contacto con Investigaciones de la Armada.

—¿Ponerme en contacto? —Bramó la Turuta—. ¿Estás borracho? Sabes que ya lo estoy.

—Pues mejor. Y si no nos sirven los de aquí, avisa a la Espartero. Al doctor Perejil, o al tenientucho con cara de perro. Al que prefieras. Y diles que han sobrevivido dos clones.

Silencio. Estaba claro que este tipo de noticias sobrecogen al más pintado. A Laura, desde luego, sí. Miré de reojo a mi colega, para comprobar si escuchar aquellas palabras producía algún efecto en él. Pero a Pedrín no le impresionaba en absoluto. Como se imaginarán, mi colega seguía convencido de que todo se trataba de un timo, que usar ese tipo de términos era una especie de clave entre compinches. No se lo reprocho.

—¿Cómo? Explícame...

—No hay nada que explicar, Laura. Tú ponte en contacto con ellos. Dales mi número, y que me llamen. Yo les proporcionaré los datos precisos.

Más silencio. Como sé que lo único que te quita la tontería es el dinero o el sexo, o ambas cosas a la vez, opté por ser directo.

—Llámales de manera inmediata. Ahora mismo. En cuanto reciba la llamada de investigaciones, quedamos y te doy tu pasta. ¿Está claro?

No saben cómo me dolió tener que decir aquello. Había decidido no darle un doblón a Laura, no se lo merecía. Era como si me traicionase a mí mismo.

Tardó en responder. Supuse que estaría sopesando la importancia del tema, y, sobre todo, que cobrar lo que le debía dependía de una única y simple llamada. Asintió, como la mujer competente, seria, y avariciosa que era.

—De acuerdo.

Le devolví el celular a Pedrín. Levantando la mano, llamó al camarero.

—Por cierto, come algo, si quieres —me dijo—. Que, entre tu charla y el mal rollo de tu historia, no has probado bocado. Yo, en cualquier caso, he terminado de comer. Una pena que tengas que pagar un dineral por una suculenta comida que no has catado. Pero eso es lo que suele ocurrir cuando traicionas a tus amigos: no te quedan ganas ni de comer. Ni tiempo.

Pidió una botella de brandy y puros de Nosa, y cruzó los dedos frente a su cara. Silencioso, sin dejar de mirarme, esperó a que volviese el camarero y nos sirviese las copas. Cuando se hubo ido, espetó de golpe, moviendo la cabeza de arriba abajo.

—¡Vaya movida que me has contado, Florián!

Frase lapidaria que consideré absolutamente ajustada a la realidad. Me encogí de hombros. No podía hacer, ni decir, nada.

—Pero ya lo tienes encauzado, ¿no? —Continuó, con socarronería—. Ahora, siguiendo la lógica de tu historieta, los chicos de investigaciones darán matarile a las supuestas clones, o lo que sean, y asunto concluido.

Asentí. Pero no lo debí de hacer con demasiada resolución, ya que él me preguntó.

—¿No es así?

—Supongo que sí —respondí—. Aunque con estos de investigaciones nunca se sabe. Ya te he contado lo de los artilleros de la Espartero. En el fondo no son más que unos chapuzas.

—Ya —dijo, sonriendo, como si estuviera participando en una broma—. Nada como el Tercio, ¿eh?

Levantó su copa y la puso en el centro de la mesa para que brindáramos. Le había cambiado el gesto: parecía despreocupado, como si no le importase un pimiento lo que le estaba diciendo. Pero, aún así, le noté duro, lejano.

—Por el Tercio —dijo—. Por los viejos tiempos. Que les den a esos mingafrías de la Armada.

Brindamos y bebimos un buen trago. Después, Pedrín cogió su puro y lo encendió. Mirándome con esa mirada que no me gusta nada, dijo.

—Debemos estar seguros de que todo vaya por los cauces deseados, Florián. No quiero tener problemas con los de Jabonox. Ni tú tampoco.

Di otro trago de mi brandy que casi vació la copa. Por cierto, con el estómago vacío, me sentó como un tiro. Nunca mejor utilizada la comparación.

Pedrín, al quite, me sirvió más. Tenía cada vez la expresión del rostro más seria.

—No sé de qué va esta historia que te estás montando, y me importa un pepino todo este rollo. A mí sólo me preocupa trincar mi dinero y salir airoso. Eso lo he conseguido, así que lo demás me la suda. Me has dicho que ellos se van a encargar, ¿verdad?

Se acercó al centro de la mesa, clavó esa mirada chunga en mis ojos.

—Y, si no lo hacen ellos, te vas a encargar tú. ¿Está claro?

No piensen que suelo consentir ese tipo de órdenes. Pero no me quedó más remedio que reconocer que era lo más lógico y, también, lo más sensato.

—Pienso desaparecer por algún tiempo, Florián —dijo con parsimonia, exhalando una nube de humo—. La Mundial tendrá vacaciones indefinidas. Les daré a mis chicos una buena paga y les mandaré a casita. Yo, por mi parte, me iré a algún sitio a disfrutar de unas buenas y largas vacaciones. Si todo va bien, volveré a su debido momento y abriré de nuevo La Mundial. Más que nada por darles curro a mis colaboradores. Son tan leales... Si, por un casual, el asunto no camina de manera satisfactoria... Entonces, puedes tener absoluta certeza, te encontraré. Y te daré matarile, colega. Puedes estar seguro.

Tampoco suelo consentir que me amenacen de esa manera tan contundente. Bueno, ni de esa manera, ni de ninguna otra. Como no estaba el horno para bollos, preferí olvidar mi dignidad herida y suavizar la situación.

—No es necesaria tanta suspicacia, Pedrín. Me juego tanto o más que tú en esto.

—Por eso confío en tu solvencia, Florián —dijo, socarrón—. Por eso confío en ti. Sólo te lo diré una vez: no me la juegues.

Se levantó y, haciendo un gesto ambiguo con la cabeza a modo de despedida, se fue del restaurante.

¿Qué podía hacer? Tenía ante mí una bandeja con cuatro gambas, dos langostinos, un carabinero, y otra con un entrecot de choto que se había quedado frío. También dos botellas de vino a medio terminar —de blanco y de tinto—, otra botella de brandy a medio empezar. Y un camarero solícito y, ahora, con mal mirar. Decidí pedirle al camarero que me calentase un poquito la carne, y comencé a pelar el marisco. Al mal tiempo, buena cara. De nada serviría desperdiciar aquella suculenta comida.

Decidí darle un par de horas a Laura para que contactase con los de investigación y éstos —como no podía ser de otra manera— conmigo. Mientras tanto, debía dejar pasar el tiempo de la mejor manera posible. Conociendo a Pedrín, sabía que habría ido al hotel a por su equipaje y, con seguridad, ya estaría camino de cualquier parte. Era un tipo, como todos los de nuestro gremio, que se movía con rapidez y discreción. No volvería a tener noticias suyas en mucho tiempo. En algo tenía razón: si los de investigación no finiquitaban el asunto, tendría que hacerlo yo. ¿Sería capaz de darle pasaporte a dos bomboncitos como aquéllos? En principio, con sinceridad, no. Pero las circunstancias no me dejaban otra alternativa. De tener que hacerlo, ya buscaría un modo elegante, limpio, y rápido. Se trataba de salvar sus cuellos o el mío.

Terminé la comida —hay que ver qué bueno estaba todo—, me tomé otra copa de brandy, que con el estómago lleno me sentó de maravilla, y me fumé uno de mis queridos purazos de Nosa. Cuando el camarero me trajo la cuenta casi me da un vuelco el corazón. Pero, bueno, me debería ir acostumbrando a mi nueva situación. Así que, enseguida, me recompuse y pagué sonriente. Había dejado de ser un pringadete con más o menos dinero, con más o menos pretensiones, para pasar a ser un potentado con todas las letras. Muchas más veces tendría que pagar cuentas como aquélla, e incluso superiores. Lo cierto es que, si me diera la gana, comería y cenaría todos los días de mi vida en restaurantes como el Termidor. Creo que, para ser la primera vez en mi nueva vida de rico, lo hice bien. El camarero cambió su cara de mala uva por una mucho más sonriente, y no paró de dedicarme parabienes y atenciones, el muy mamón. Salí del restaurante como el millonario que ya era.

Como no tenía prisa por ir a ninguna parte, y me encontraba un tanto nervioso esperando la llamada de los de investigación, decidí pasear hasta que la recibiera o hasta que se me hubieran pasado los nervios. «Relax, Florián», me repetía. Dos o tres calles más allá, caminando resuelto fumando mi puro, recibí una llamada en mi celular. Miré la pantalla. Era de un número oculto. O sea, de la Armada o algún organismo oficial.

—Aquí Florián Mayo —dije, serio.

—Señor Mayo, volvemos a encontrarnos —me respondió una voz que en un principio no logré reconocer, de lo cascada que estaba, aunque sí que reconocí el careto—. Soy el doctor Perejil. Creo que tiene algo que decirme.

—Así es, herr doctor. Se les han escapado dos clones, amigo mío. De la manera más chapucera que uno se pueda imaginar.

—Hasta ahí llegamos, señor Mayo —Se encogió de hombros—. No son noticias nuevas, precisamente. De todos modos, muchas gracias por su inútil información. Por supuesto, estamos en su búsqueda. Pero deduzco que usted sabe dónde se encuentran, ¿verdad?

—Sí, así es.

Pude notar un gesto de alivio en su rostro. Deduje que el muy cabrito estaba más nervioso y jodido que yo. Se había metido en un problemón. Y yo era su ángel salvador.

—Pues está tardando en decírmelo.

Entonces, como una ventolera traicionera, una idea sobrevoló mi cabeza.

—¿Qué gano yo con decírselo, doctor?

Durante unos instantes, Perejil elevó su mirada al techo mientras suspiraba. Después, sonriendo, me dijo muy serio.

—La vida, amigo. Su vida. ¿Qué le parece el trato?

«¡Qué injusto es todo!» —me dio tiempo a pensar. Justo después, me acordé de Pedrín. Y se me quitó la tontería.

—Están en Vallecas.

—Eso también nos consta, señor Mayo. Dígame dónde concretamente. Piense que tienen tras de sí a toda la Armada. ¿Lo entiende? Es cuestión de tiempo que las encontremos. En cuanto a usted, ¿también desea tenernos en su contra?

Créanme si les digo que sentí un nudo en la garganta. No solamente por la amenaza de Perejil, sino también porque mis palabras iban a mandar a la muerte a aquellas dos chicas. Pero no me quedaba más remedio. Invito a cualquiera que lo dude y que me recrimine por ello a que se ponga en mi lugar.

—En casa Mingo.

El doctor Perejil asintió muy despacio. Después, mirando fijamente a la pantalla, se despidió.

—Es usted un buen patriota, señor Mayo. Gracias. Siempre le estaremos agradecidos. Y muy atentos a sus movimientos.

Sin más, cortó la comunicación.

Bueno, ya estaba hecho. En cierto modo, después de superar el mal rollo que me entró al saber que mandaba al otro barrio a dos preciosidades inocentes, me sentí cercano a la euforia. Estaba tentado de llamar a Pedrín y ponerle al día, para evitarle innecesarios sufrimientos, y para evitar también que pensase en mí como una posible presa. Pero no era lo más conveniente. Había que dejar correr el tiempo. El asunto, definitivamente, estaba lejos de mi alcance, no dependía ya en absoluto de mí. Seguí paseando, más relajado. Aunque a veces, inexplicablemente, me temblaban las canillas, y a punto estuve de tropezar en un par de ocasiones.

Decidido a dejar de comerme el coco y pasar a lo práctico, consulté una guía para ver dónde se encontraba una sucursal de mi banco. Localizada, me dirigí a ella e hice el ingreso del cheque en mi cuenta. Los empleados de la sucursal, atónitos, contemplaban el cheque como si de un Picasso auténtico se tratara. Tras los tediosos trámites de rigor, que duraron bastante más de lo que hubiera deseado, salí del banco, con el director —podría jurarlo— intentando besarme los pies. Ah, por cierto, me regalaron uno de esos aparatitos de transferencia inmediata de capitales. Para qué negarlo, me hizo ilusión.

Bueno, quiero apuntar algo: saqué mi ajada libreta de gastos, la repasé por última vez, y rompí, una por una, todas las hojas que tenían anotaciones del asunto Jabonox. Hice pelotitas con ellas y las fui tirando en las papeleras que me encontraba en el paseo. El resto de la libreta, ya en blanco, tuvo el mismo destino. Por si no lo he dicho antes, éste era uno de los actos que solía realizar cuando daba por terminado un trabajo. Borrón y cuenta nueva, pero a lo bestia. Supe que aquella libreta que acababa de tirar sería la última de mi vida. Ya no me haría falta ninguna otra.

Había sacado del banco, por disponer de efectivo en metálico —algo que siempre viene bien, sobre todo en determinados ambientes—, cierta cantidad de doblones. Cantidad elevada, es verdad; pero aún tenía que para pagar a Laura, amén de los imponderables que pudieran surgir. Así que la llamé en cuanto hube salido. Laura se puso tan contenta como era de prever habiendo dinero fresco de por medio, y quedamos para cenar en un restaurante céntrico. Volví al hotel a relajarme un rato y cambiarme de ropa. Por descontado, Pedrín ya se había largado.

* * *

Varias horas después, sentado a la mesa del restaurante, repasaba lo acontecido durante aquel memorable día. Me acordé del sobresaltado despertar, de la llamada desde Vallecas, de los clones en la pantalla, del resquemor lógico de Pedrín, de su cara de loco, de todo. El repaso lo hice a conciencia, como si estuviera viendo una película de holovisión, recreándome en las escenas, intentando observarlas desde todos los ángulos, repitiéndolas las veces que fuera preciso. Era algo que solía realizar cada vez que terminaba un trabajo, fuera con éxito o sin él. Una especie de ejercicio catártico que me servía para pasar página, en el caso de que todo hubiera terminado de forma satisfactoria, o para no volver a repetir los errores cometidos después de analizarlos a fondo. En aquella ocasión omití centrarme en los errores, pues, aunque los había de todo tipo y de grandísimo calado, la mayoría no eran culpa de un servidor, sino de una desgraciada cadena de acontecimientos que jamás estuve en disposición de controlar. No quiero engañarles: el cargo de conciencia que tenía unas horas antes, con relación al funesto destino de las dos clones de Vallecas, lo había dejado atrás. Sonreía, satisfecho y feliz, consultando mi terminal de vez en cuando para comprobar que sí, que era un tipo verdaderamente rico.

Laura llegó. No me quiero extender en descripciones, así que sólo diré que estaba como en sus mejores momentos: radiante y sonriente. La muy cabrita. Aunque noté algo en su mirada, o tal vez en los rasgos de su cara, que le quitaba brillo y le daba un aire taciturno. Lo acontecido en las últimas jornadas no era para menos: la tensión soportada hacía estropearse a cualquiera. A Laura, desde luego que sí. No mucho, pero algo sí.

Como no tenía ganas de demasiada charla, ni cuerpo para soportar las conocidas tiranteces de Laura, ni me apetecía participar en nuestros habituales flirteos, decidí ir directamente al grano. Me lo había propuesto: por mucho que me gustase Laura, por mucho que ella quisiera —si es que quería —acostarse conmigo, esta vez la iba a dar calabazas. Aquella espina que clavó en mi corazoncito con su inexplicable y áspero comportamiento a bordo de La Niña de los Peines, seguía en el mismo sitio. No me gusta que me traten así. Qué demonios, a nadie le gusta. Pero yo soy capaz de sobreponerme a mis deseos, así de orgulloso soy. O de tonto, según se mire.

Dicho lo cual, tampoco me extenderé demasiado en la narración de lo que aconteció durante aquella fría cena, fría no por la comida en sí —los callos abrasaban literalmente, la pizza de almejas no se podían ni coger—, sino por el ambiente. Pagué en mano a Laura lo prometido en Nosa. Laura, tras recoger el sobre del hotel donde había metido los billetes, y guardarse el dinero, me sonrió, acercándose y acariciándome la mano.

—Al final ha salido todo bien, Flori. Has cumplido.

—No debería haberte dado ni un mísero doblón —dije, con toda la mala leche y seriedad de las que soy capaz—. Pero me comprometí a darte cincuenta mil, y aquí los tienes, aunque no te merezcas ni uno sólo. Puedes dar suerte de que soy un hombre de palabra.

Noté que se ponía zalamera. Desistiendo de intentar comprender las motivaciones que la impulsaban a comportarse de manera tan cambiante, opté por tirar de dignidad.

—Adiós, Laura —me despedí, levantándome—. Me gustaría decir que ha sido un placer trabajar contigo. Aunque me temo que no ha sido así. Más bien, todo lo contrario.

Cuando había dado un par de pasos camino de la puerta, me giré hacia ella.

—Ah, se me olvidaba: te has quedado sin la gratificación que pensaba darte. Has perdido mucha pasta, avariciosa traicionera.

Me largué del restaurante, dejando a una boquiabierta Laura verme salir. Posiblemente no diera crédito a lo que estaba sucediendo, a que Florián, ese admirador que comía de su mano como un pollito, le diera calabazas. O, tal vez, pensaba en la pasta que había perdido por su mala cabeza. O en las dos a la vez. Me dio igual. Estaba harto de tener que darle explicaciones cuando no era necesario, e incluso de pedírselas cuando se comportaba como una grosera. En ambas ocasiones no me había servido de nada. No iba a ponerme, ahora, acabada la historia, a darle razones sobre mi frío comportamiento. Hasta ahí podíamos llegar, amigos. Para mí, la relación con Laura terminó de forma definitiva en aquel triste pasillo del aeropuerto. O seguramente antes.

Volví al hotel. Mientras esperaba al ascensor, cambié de idea y decidí acercarme hasta el bar y tomarme una copa. Sí, me apetecía. En el fondo, aunque pueda parecer lo contrario, y aunque tuviera motivos más que justificados, haberme comportado tan fríamente con Laura me había dejado mal cuerpo, y no tenía ganas de enclaustrarme en la habitación, ni sueño, ni cansancio. Sabía que si me metía en la cama en aquel momento, no dormiría en toda la noche. Eran demasiadas e importantes las novedades que habían ocurrido aquel día como para irme a la cama sin sueño. En esas circunstancias, lo digo por experiencia, es mejor irse a dormir después de unas horas y unas copas, es decir, cuando el cuerpo en verdad te lo pida.

Camino del bar iba meditando sobre el extraño comportamiento de las dos mujeres con las cuales había tenido contacto en aquel trabajo. Había sido, sin duda, una cuestión de mala suerte. Durante mi vida había conocido muchas mujeres con las cuales había tenido trato que podía considerarse «en profundidad», como dicen los cursis, y ninguna de todas ellas —que eran, repito, muchas, sin falsa modestia—, había demostrado jamás un carácter tan voluble y extraño como el de Laura, o tan desagradable, y voluble también, como el de Claudia. Sí, había sido cuestión de mala suerte. Nunca pensé que Laura la Turuta fuera tan rarita. Bien pensado, nunca imaginé que llegaría a comerme un rosco con ella. Y la cosa terminó no sólo comiéndome un rosco, sino una pastelería entera.

Concluí que, pese a todos los malos rollos, y desde cualquier punta de vista, había triunfado.

En ésas estaba, acodado en la barra y tomándome un bourbon, cuando escuché tras de mi la voz de Claudia.

—Señor cínico, qué agradable encontrarle. ¿Viene a por lo suyo?

Me miraba sonriente y picarona. Yo, por mi parte, corroboré de nuevo la veracidad de mis conclusiones acerca de lo extrañas que eran las chicas del tema Jabonox. Me la quedé mirando durante un buen rato, recordando los tiempos en que me trataba peor que a una rata pulgosa. Sonreí también, pero con desgana.

—Creo que me lo he ganado, Claudia.

—Tomaremos antes una copa, ¿no?

Pidió de beber al camarero y tomó asiento a mi lado.

—¿No estaríamos mejor en una mesa?

—No —respondí—. Aquí estamos muy bien.

Lo dije con sequedad, y ella lo notó.

—Vaya, pensaba que estabas tan interesado como yo en continuar la cita que nos estropeó tu amigo.

—Tal vez en otro momento, Claudia.

La niña se encogió de hombros.

—Como prefieras. Tú te lo pierdes.

Extrajo el aparatito de transferencias.

—Dame tu número de cuenta y te lo envío.

Le di el número. Hizo la operación con la solvencia habitual.

—Ya está. Te he incluido también una pequeña gratificación. Creo que ya no te debo nada, ¿verdad?

—¿Gratificación?

—Me dijiste que recibiría quince millones del consejo, y han sido veinte —dijo, componiendo un gesto de incredulidad—. No sé cómo alguien puede equivocarse en una cifra tan grande, en cinco millones. Pero aún así me siento lo suficientemente agradecida.

—Cosas de la gente de Jabonox, supongo —dije con aire neutro, como si la cosa no fuera conmigo—. Se ve que a última hora cambiaron de opinión.

—Da igual. Tengo cinco millones más. Eso es lo importante.

Vaya metedura de pata la mía, amigos. Imperdonable, lo reconozco. Ya ven, todos nos equivocamos, empezando por un servidor.

La miré. Claudia no parecía en verdad preocupada por el detalle. Tenía un mohín de niña enfadada, molesta por algún chasco que se hubiera llevado. ¿Habría sido mi negativa a compartir una mesa con ella? Se había cambiado la ropa seria que había llevado a la notaría por otra más juvenil, pero no menos cara. Es decir, ropa para vestir de manera informal, pero que se note la pasta y el gusto. Llevaba unos pantalones ajustados que destacaban su jugosa anatomía, zapatos de tacón de piel auténtica, una camiseta escotada. El pelo suelto, formando ondas suaves alrededor de la cara. Estaba preciosa. Aquella noche había despreciado una invitación. ¿Debería despreciar otra? Tal vez sí, razoné. Pero, al igual que a veces me comporto con cordura, otras me dejo llevar por mis instintos. Como en aquel momento.

—Llevas razón, Claudia. Creo que estaremos mejor en una mesa.

—No sé —dijo—. No te veo muy interesado. Si lo vas a hacer para agradecerme que te haya pagado, mejor déjalo.

—Olvídalo, Claudia —me disculpé—. Ha sido un día muy intenso. Todos estamos un poco nerviosos.

—A mí me lo vas a decir. Te recuerdo que he sido yo quien ha asistido al testamento de su madre. Tú, al fin y al cabo, te has dedicado a permanecer impasible y trincar un montón de pasta.

Me mordí la lengua. Claudia se levantó, cogió su copa, y caminó hacia una mesa libre al fondo. La seguí.

No había rastro de sus colegas. ¿Dónde los habría dejado? ¿Se habrían ido ellos de marcha, a su aire? ¿Habrían dejado sola a Claudia porque pretendía encontrarse conmigo? Quién lo sabe. Por otra parte, a quién le importaba. Estábamos los dos solos, y ella —todo lo indicaba—, con ganas de rollo conmigo.

—Anda, que te invito —me dijo, sonriente—. Estás frente a una mujer muy rica. Debo reconocer que es, en gran medida, gracias a ti. Gracias, Florián.

Si me quedaba algo de resistencia, allí cayó. En todo aquel maldito asunto, nadie —repito, nadie—, me había dado las gracias. Ni en una sola ocasión. Había soportado lo peor del caso, me habían multiplicado por cuatro, me habían amenazado por varios frentes a la vez... Pero gracias a mi insistencia, todos habían salido ganando. Esa era la verdad. Bien podía haber desistido en Nosa, ante la falta de interés de Claudia, o haberlo mandado todo a la porra incluso antes, tras mi conversación con el señor Paperas. De acuerdo, es cierto que en mi decisión de continuar pesó, sobre todo, el amor que todos los humanos sin excepción tenemos por el dinero. Pero, sopesándolo con frialdad, yo era el que menos tajada había sacado y el que más había puesto de su parte. Y sólo la niña, en aquel instante, me había dado las gracias. Suficiente para desarmar al más pintado.

—Sé que me he comportado como una niñata —prosiguió—. Pero eso lo puedo arreglar.

—No tiene importancia. Lo pasado, pasado está.

—Ya te lo dije anoche, me caes bien —dijo suspirando—. Eres todo un personaje, Florián. Diría que el único hombre de verdad que he conocido.

Puse tal gesto de desconcierto que la niña debió de pensar que había dicho una enorme burrada. Así que se dispuso a darme explicaciones.

—Antes de irme de casa sólo conocí patanes fatuos, niños de papá. Pedantes ridículos que me daba grima mirar. Mi mismo padre adoptivo era uno de ésos. Presumiendo de negocios bien hechos, de dinero, de poder. Al final, todos esos tipos eran unos blanditos en los temas más importantes. En aquéllos que determinan de verdad el grado de hombría. No sé si me entiendes —me miró, buscando mi complicidad—, no me refiero sólo a la cama, por supuesto. Ninguno de aquellos mamarrachos valía más que los gemelos de su camisa.

Bebí de mi copa, armándome de paciencia. La nena pretendía contarme su vida. Una buena charla, sin duda. Pero que me interesaba poco o nada, para ser sincero. Bueno, el premio final bien lo valía.

—En Nosa fue diferente, por supuesto —siguió atacando—. Los tipos que conocí, como puedes comprender, no tenían nada que ver con los de antes.

Me acordé de Joao y sus mallas ajustadas, de Paquito, incluso me vino a la memoria, no sé por qué, pero así de traicionera es la mente, el bueno de Dulcinea.

—Pero tampoco es que me llenasen del todo —continuó—. En el fondo no eran más que unos porreros, unos vagos sin ninguna pretensión y menos futuro aún. Una especie de nihilistas pobres, sin oficio ni beneficio, abocados a una segura mendicidad o a vivir a costa de alguien.

Ahí la corté. No sé dónde pretendía llegar, ni estaba dispuesto a comprobarlo. Si pretendía contarme sus rolletes y aventuras, por ahí no iba a pasar. No sé qué les pasa a las chicas, que siempre terminan por contarte cómo eran sus novios anteriores, o sus rollos, o sus maridos. Creo que ninguna sabe que a la inmensa mayoría de los tíos nos importa un pimiento.

—Ya. Bueno, Claudia, no es necesario que prosigas.

—Pero quiero hacerlo —insistió—. Lo cierto es que he conocido pocos hombres como tú. Me has demostrado muchas cosas. Me has dado una verdadera lección de lo que es cumplir con una obligación. Me ha fascinado tu terca insistencia, tu paciencia, tu autocontrol. Sabes lo que quieres y luchas por ello.

—Anoche sólo querías echar un polvo, y hoy parece que me vayas a proponer matrimonio.

—No exageres —dijo con una sonrisa nerviosa—. Pero a todo el mundo le gusta que le regalen los oídos, ¿no? Si tienes alguna virtud, está bien que tu amante, aunque sea ocasional, te la recuerde.

¿Amante? ¿Ocasional? Vaya, la cosa pintaba de rechupete.

—Como yo hay muchos tipos vagando por el Oikumene, Claudia. Lo único que te ha ocurrido es que has salido de un círculo que te resultaba poco agradable, y te has metido de cabeza en otro que tampoco es que sea mejor que el anterior. Pero hay muchas más posibilidades. Explóralas.

Se acercó hacia mí, me agarró la cabeza y me besó. Yo, por supuesto, le correspondí. Dejando a medias nuestras copas, decidimos subir a mi habitación. Así, sin más. No iba a dejar escapar, ahora que todo había terminado bien, una oportunidad como aquélla.

Vaya si la niña exploró otras posibilidades, encarnadas en mi humilde persona. Ya lo creo que sí.

© José María Boto Bravo, (4.783 palabras) , Créditos