Me giré. Como no podía ser de otro modo, allí estaba mi Pepito Grillo particular: Pedrín. Pero con una cara de mala leche que nada tenía que ver con la del simpático personaje de cuento. Por cierto: en ese instante me di cuenta de que Pedrín no se fiaba un pelo de mí, no al menos hasta el punto que yo siempre había creído. Había venido volando —literalmente— desde el hotel, con la prisa del que va a apagar un incendio. Me sentó muy mal verle allí, y con tan mala cara. Aunque no me pareció tan descabellado su proceder. Hay que entenderle. Y, en el fondo, tal vez llevase algo de razón. O mucha. O toda.
—¿Qué demonios te propones? —me preguntó, sentándose a la mesa—. ¿Estás haciendo manitas con la yonqui?
Le dije que no, con toda la compostura y seriedad que soy capaz de demostrar. Pero a Pedrín, que acababa de verme comerle los morros a Claudia, no conseguía engañarle tan fácilmente.
—Esto es lo último, Florián —sentenció—. Jamás pensé que fueras a hacer una tontería así.
—Entonces, ¿por qué has venido?
—Porque, tonto de las pelotas, estás tú solo con unos cuantos millones de doblones. Míos y tuyos. Con los tuyos puedes hacer lo que quieras, pero con los míos, ¿qué crees que debería hacer?
Hay ocasiones en que de nada sirven las excusas. Ocasiones en que, por mucho que lo intentes, no van a entender tus argumentos —ni, mucho menos, compartirlos—, aunque lleves más razón que un santo. Esa fue una de ellas. Así que preferí mantener la boquita cerrada, e invitar con un gesto a Pedrín a que se sentara. Pedrín, por otra parte, continuó con sus agravios. Recordó en varias ocasiones a mi madre, a mi padre, y a la leche que he tenido el gusto de mamar de bebé. Pero yo le hice el mismo caso que él hubiera hecho a mis palabras: ninguno.
Cuando terminó su perorata, y ya le vi más calmado, me atreví a hablarle. Más o menos le dije esto.
—¿Ya has terminado? Mira que eres tocapelotas, Pedrín. La niña sólo me ha dado un besito. Se ve que está caliente, tal vez hasta intente llevarme al catre. ¿Y qué? Aquí está el tío Florián para decirle que no llegado el momento. ¿Recuerdas? Soy yo quien lleva las relaciones con la niña. Así que confía en mí.
Pedrín me miró de medio lado. No sé si me creyó o no. Aunque apostaría a que no. De cualquier modo, no le quedaba más remedio que fiarse de mí. El caso es que, cuando ya se acercaba la niña a la mesa, dijo.
—Está bien, a tu rollo. Pero lo que he visto no me ha gustado un pelo. Que lo sepas.
Claudia, que gracias a la escasa iluminación no había tenido tiempo de vernos desde que salió del servicio, al llegar a la mesa se quedó parada frente a nosotros y torció el rostro en un gesto de asco insuperable. En un instante, se transformó en la niñata que tuve la ocasión de conocer en Nosa. Señalando a Pedrín con la barbilla me preguntó.
—¿Y éste?
Lo que traducido venía a significar: «¿Qué porras pinta aquí tu amiguito?».
—Nada —acerté a contestar, encogiéndome de hombros, asombrado por la transformación que acababa de contemplar—. Quiere tomarse una cerveza con nosotros, sólo eso.
Sin llegar a sentarse, y mirándome como si fuera un monstruo repugnante, la niña sentenció.
—Me vuelvo al hotel.
—No, nos vamos todos— dije, levantándome.
Dejé sobre la mesa un billete. Pedrín también se levantó, pero le vi dudar si seguirnos o no. Por mí, que hiciera lo que quisiera. En esos momentos, aún me encontraba bajo el shock de haber contemplado la metamorfosis de Claudia, y no pude por menos que recordar al doctor Jeckill y mister Hide, y su pócima asombrosa. Hasta sus andares habían perdido la gracia de antes. No es que hubiera dejado de estar buena, entiéndanme, que seguía estando como un queso, pero juraría que le había salido hasta chepa. Y el gesto de asco de su cara no invitaba, precisamente, a la poesía amorosa.
Creo que Pedrín se dio cuenta de que había metido la pata. Pero el muy cabrito salió con nosotros, llamó a un taxi, y esperó en la acera, silencioso y grave, la cabeza levantada al cielo de Buenos Aires, hasta que montamos en el coche.
El trayecto hasta el hotel fue tan sombrío como si viniéramos de un funeral. Al llegar, la niña se despidió de mí con un gesto displicente de la cabeza y tomó el ascensor, sin esperarnos, demostrando que quería subir sola, como si ya hubiera tenido bastante con aguantar la presencia de Pedrín en el taxi. Aquel gesto de despedida lo entendí como el mejor, más elegante, y único, que podía dedicarme sin menoscabar su orgullo. Unos días atrás, lo habría interpretado de manera muy diferente. Pero en ese momento me di cuenta de que, por fin, empezaba a conocer a Claudia. Y, lo peor, a comprenderla.
Total, que me quedé a dos velas. Si bien jamás hubiéramos llegado hasta el final —no lo habría permitido mi honestidad profesional—, he de reconocer que me apetecía mucho haber seguido el juego. No me tomen por un frívolo, pero un hombre es un hombre. Seguro que habrá quien no lo entienda. Pero seguro, también, que alguien me comprenderá.
Pedrín me sacó de mis cavilaciones de donjuán de medio pelo con uno de sus golpes dolorosos en el brazo. Hay que ver, lo elegante y amanerado que es el muy cabrito, y las hostias que mete.
—Vamos al bar a tomar algo. Tú te habrás puesto las botas con la niña, pero yo llevo sin tomarme una puñetera cerveza en toda la tarde. Contento me tienes, Florián.
Pedimos un par de bourbones con hielo. Como se pueden imaginar, la conversación giró por lo que acababa de ocurrir con Pedrín como testigo, y tuve que aguantar sus recriminaciones con la paciencia —o abulia— que me caracteriza en esos casos. Pero, en esta ocasión, la reprimenda fue bastante más suave que antes. Como el bueno de mi socio estaba más perdido que un piojo en una calva —en cuanto a las relaciones con el estrambótico grupo de clientes que nos había tocado en suerte—, no se atrevía a meter el dedo en la llaga como hubiera deseado. Pero, eso sí, al finalizar su alocución, me invitó.
—Ahora, si eres tan amable, dime qué coño pretendías.
Y yo, que no necesito abogado alguno cuando de defenderme cara a cara se trata, con la misma tranquilidad de antes, le respondí que no pretendía nada en particular, que sólo se trataba de aguantar los caprichos de la niña y tenerla contenta hasta que firmase, que si quería ir de compras y tomar una copa con su guardaespaldas, pues adelante, que no sabía él con quién se estaba jugando los cuartos, pues una heredera caprichosa como ella bien podía mandar todo al cuerno por cualquier nimiedad, y que, si quería pasárselo bien con un madurito interesante, qué mejor que conmigo, no fuera a ser que lo buscase en otra parte y nos trajera peores consecuencias. Y que, por supuesto, no estaba por la labor de llegar con ella hasta el final, sólo a seguirle el jueguecito hasta dejarla en su habitación, a las tantas, y con el único objetivo de que durmiera placenteramente la mona.
Para serles sincero, me sonó irrefutable hasta a mí mismo.
Pedrín asintió, vació la copa de un trago, y pidió más de beber. Después, me agarró de los hombros y me dijo, sonriendo de medio lado.
—Me has convencido, truhán. Pero estarás conmigo en que la niña no tiene desperdicio. No sé, si a mí se me pone a tiro como se te ha puesto a ti... tal vez ahora mismo estaría clavando como un bucanero en la habitación.
Tócate las narices, pensé. Pero no le contesté a Pedrín como se merecía. Preferí pasar del tema.
El camarero nos advirtió de que el bar estaba a punto de cerrar. Así que nos subimos una botella de bourbon a la habitación. Comprobamos que todo andaba bien en las habitaciones de los chicos, y continuamos la charla en la nuestra. Charla que giró, a medida que avanzaba la noche y subía el número de copas ingeridas, en lo buena que estaba Claudia, derivando hasta llegar al tema habitual: lo buenas que estaban las mujeres en general, y las últimas conquistas de cada cual. Yo, por descontado, omití mencionar a Laura. A las tantas, nos quedamos dormidos.
* * *
Es difícil narrar lo que ocurrió el día de la firma de la herencia, tan pedantemente —pero, a la par, tan proféticamente— bautizado por Pedrín como «día D», el día en que se acabaría nuestro trabajo, el día que terminaríamos con el riñón cubierto hasta el fin de nuestras existencias. No sé cómo me saldrá, pero intentaré ser lo más explícito y ameno posible, ya que me tengo por una persona que utiliza la lógica, y —aunque esté mal decirlo— de mente que algunos consideran bien amueblada. Pues fue tal el cúmulo de circunstancias, despropósitos, y equívocos, que el asunto acabó derivando en un delirante vodevil de imposible final. Si opiné que no me quedaba más por ver en la vida, cuando incontrolables fuerzas de la naturaleza nos multiplicaron por cuatro, me equivoqué de cabo a rabo.
Bien, para no liarme, aunque creo con sinceridad que no podré evitarlo, comenzaré por el principio, que fue, como en casi cualquier otro día de la vida de cualquier hijo de vecino, el despertar del reparador sueño. A no ser que empalmes juerga nocturna con el día siguiente, claro está. Pero éste no era el caso, y lo cierto es que, desde un punto de vista racional, el asunto no admite demasiadas bromas. O no las admitió en su momento, ya que, según se mire, y viendo cómo terminó, tampoco es imprescindible ser escrupulosamente serio y parco. Además, qué demonios, la vida está para vivirla de la mejor manera posible, y si, ahora, me puedo permitir tomármelo a chufa, pues ole mis pelotas, que para eso fui capaz de salir airoso. Si alguien osa contradecirme, le invito a que se ponga en mi pellejo.
Fue Pedrín quien me despertó aquella mañana, temprano, muy temprano, con sus voces, pues mantenía una conversación a elevado volumen desde su celular. Sumido en la modorra, pude percatarme de que hablaba con la oficina de Vallecas, y sólo escuchaba frases del tipo «¿Qué coño me estás diciendo?», «¿De qué estás hablando?», y, «¿Qué clase de broma es ésta?», acompañadas de improperios, palabras malsonantes, y menciones a la madre del primero que se le ocurriese. Me incorporé en la cama, y dirigiéndome a él, le pregunté.
—¿Problemas?
Pedrín me miró como a un bicho raro, pero no contestó a mi estúpida pregunta. Siguió a lo suyo, lo que aproveché para ducharme y espabilarme del todo. Mientras me vestía, Pedrín seguía con la conversación. Se le veía cada vez más alterado. En un momento dado, y sin dirigirme palabra, salió corriendo de la habitación. Le oí llamar a la puerta de la de Claudia, escuché algún retazo de una conversación rápida. Al fin, volvió, jadeante, miró alternativamente a su celular y a mi rostro, y se quedó parado, con cara de duda, juraría que a punto de echarse a llorar o de romper algo, mientras me preguntaba.
—¿Qué está pasando, Florián?
Yo, que, evidentemente, no sabía qué estaba pasando, pero que me alteré un montón al ver a Pedrín en ese estado, repetí mi pregunta de antes, es decir, «¿Problemas?». Como única contestación, Pedrín me pasó su celular. En la pantalla, Mónica, la secretaria de la oficina, los ojos muy abiertos, me saludó con un escueto «Florián, ¿es que pasa algo malo?», que me mantuvo tan ignorante o más que antes, y, lo peor, que consiguió alterarme aún más. Para apaciguar los ánimos, pues no sabía de qué iba la cosa, aunque me temía alguna jugarreta de última hora por parte de los tipos de Jabonox, decidí comportarme con tranquilidad. Había que mantener la calma, demostrar que eres un tipo bragado y competente. Eso siempre queda bien, aunque no te lo creas ni tú.
—Mónica, cielo, ¿qué le has dicho a Pedrín para que se ponga así?
La chica, encogiéndose de hombros, me respondió.
—Nada. Que tengo aquí a Laura la Turuta, y a Herminia Claudia, la clienta del caso Jabonox, preguntando que dónde os habéis metido, y que qué es lo que tienen que hacer.
Miré a Pedrín, que me hacía gestos con la barbilla en dirección a la pared que colindaba con la habitación de la niña, mientras asentía como si le hubiera dado un ataque. Tenía ojos de loco.
—No puede ser, Mónica, Claudia está aquí, a nuestro lado —dije, sereno y sonriente.
—Bueno, pues entonces dime tú quién es esta persona —me invitó, encogiéndose de hombros—. Eso es lo que llevo preguntándole a Pedrín un buen rato, y no me ha sabido responder. Porque si se trata de una farsante, estoy acompañada de Giráldez y algunos chicos más.
En la pantalla apareció Claudia, que, al verme, pareció sonreír, como si el hecho de hablar conmigo le supusiera salir de un serio compromiso. Pero hay un fundamental detalle que quiero que conste: no era la Claudia de la tarde anterior, ni mucho menos. Vestía como siempre le había visto vestir, y tenía su habitual gesto agrio. Estaba despeinada, con el pelo largo y churretoso de antes de pasar por el salón de belleza, y evidentes síntomas de cansancio en el rostro. Creo que me quedé sin respiración.
—Para fiarse de ti —me saludó—. Desapareces en la Espartero, me dejas a mi suerte, y te vas a Buenos Aires a tu rollo. Vaya guardaespaldas, o lo que quiera que seas. Creo que hemos tenido suficientes problemas para que ahora vayas por libre. Ya estás viniendo a buscarme.
Amigos, eso que dicen de que el corazón te da un brinco es cierto. Puedo dar fe de ello. El mío, al menos, se puso patas arriba, arrastrando en su giro venas, arterias, nervios, y todo lo que tuviera enganchado. Sentí que me temblaban las canillas y un hormigueo en los pies que no auguraba nada bueno. Menos mal que estaba cerca de la cama, a donde fui a parar, cayendo tan cual largo soy. Pero sin soltar el celular, ni dejar de mirar a la pantalla.
—¿Qué te pasa? —Me preguntó Claudia—. ¿Te has vuelto loco, o estás borracho? Parece que estuvieras viendo un fantasma.
Pero esas fueron todas sus recriminaciones. Después de decir eso permaneció silenciosa. Noté cómo le cambiaba el gesto, pasando de la altanería a la indefensión. Respirando hondo, como si recapacitase, la niña, con la mirada temerosa y húmeda, me dijo.
—Ya me advertiste sobre los cabrones de Jabonox, pero nunca pensé que llegarían tan lejos. Si te hubiera hecho caso antes, seguro que ahora no nos encontraríamos así. De verdad, Florián, te pido disculpas. Me he comportado como una estúpida.
Comenzó a llorar. Sin comentarios.
Para acabar de rematar la faena, apareció en la pantalla Laura. Creo que, en ese instante, me quedé sin el poco aire que aún permanecía en mis pulmones.
—Florián, no me toques las pelotas. Según me dijiste, hoy era el día de la firma, ¿no? Pues aquí me tienes, cumpliendo mi palabra.
Entonces, en un chispazo, recordé el agujero de gusano y sus infaustas consecuencias, la conversación mantenida con los tipos de investigación de la Armada a bordo de la Espartero. Asaltaron mi mente todos las elucubraciones fantásticas y sueños que había tenido durante la última etapa de aquel aciago viaje hasta la Tierra, cuando me dio por sopesar las posibilidades de que alguna de las naves clones, y su pasaje, quedase campando a sus anchas por éste nuestro extraordinario e incomprensible universo. No sé si fue por falta de aire o por el shock, o por ambas cosas a la vez, pero el caso es que me dio un cuqui que me hizo perder el conocimiento. Menos mal que estaba despanzurrado en la cama, ya que, sino, habría tenido un fin parecido al de Manolito Roncero.
Pedrín, dándome de hostias con saña, me espabiló. Yo, que aún sostenía el celular con fuerza, pude ver de nuevo la imagen de Laura, que me miraba como si no entendiera nada.
—¿Te encuentras bien? —Preguntó—. ¿Qué está pasando?
No sé si fue merced a las hostias que me acababa de propinar Pedrín, o a mi natural predisposición a mantener la calma en momentos de máxima tensión —una de mis mejores y más útiles virtudes—, pero el caso es que me incorporé en la cama, recompuse como pude la expresión de mi rostro, dotándole de la necesaria serenidad, y respiré hondo. Los segundos que duró aquella maniobra fueron más que suficientes para ver el asunto desde otra perspectiva. Al menos, para intentar sostener las riendas de un caballo que corría desbocado. Sé que el símil es cursi y trasnochado. Pero no se me ocurre otro mejor.
—Laura —dije, tras un par de carraspeos—, ahora, tranquilízate. Y cuéntame todo lo que pasó desde que saliste del agujero de gusano.
Por supuesto, Laura me miró como si no entendiese nada de mi pregunta, algo lógico por otra parte.
—¿Quieres que te cuente lo que pasó? ¿Qué ocurre? ¿Sufres un ataque de amnesia?
—Tú comienza. Por favor.
—No entiendo de qué va la cosa, pero te refrescaré la memoria, si así lo deseas —dijo suspirando. Después, clavando su mirada en la pantalla, me preguntó.
—¿Te han metido alguna droga? ¿Qué te han hecho, Florián?
Me encogí de hombros y puse la mejor sonrisa que era capaz de poner.
—Nada serio. Tranquila—, respondí, intentando quitar hierro al asunto.
Y comenzó, reticente y un tanto asombrada por mi petición, la narración de los hechos.
Según Laura, nada más salir del agujero de gusano y regresar al espacio tiempo humano, se vieron —nos vimos— sorprendidos por un incesante bombardeo de torpedos de protones, bombardeo que les supuso una desagradable sorpresa y un susto morrocotudo. Como no sabían a qué se podía deber tan feroz e inusitado ataque, salvaron el pellejo de puro milagro, pues la nave continuó su trayectoria sin variarla ni un milímetro, ya que nadie estaba preparado para una acción evasiva, ni la Niña de los Peines para combatir o esquivar artillería hostil. Afortunadamente, sólo les alcanzó uno de los torpedos, y de refilón, pero logró destrozar los impulsores traseros, es decir, los únicos válidos para navegar por el espacio. Resultado: la Niña de los Peines quedó a la deriva. Intentaron comunicar, desde que comenzó el bombardeo, con el centro de tráfico. Pero parecía que los del centro no querían contestar a sus llamadas de auxilio. Hasta que, al fin, pudieron contactar con otra nave, una nave nodriza de la Armada. Un teniente, que se presentó como Gutiérrez, les informó que estaban de misión. La nave, por descontado, era la Espartero.
El teniente, al que Laura describió como «un tipo con cara de perro que parecía que acabase de llegar de una batalla», les comunicó que estaban realizando una misión de reconocimiento, pues habían detectado la presencia de terroristas en ese cuadrante, algo que a Laura le sorprendió sobremanera, ya que no sabía de la existencia de terroristas que bombardeasen naves con torpedos de protones, ni en ese cuadrante, ni en ningún otro del vasto universo conocido. Pero no era el momento de dudar. Dando gracias al cielo por la mala puntería de los artilleros terroristas, gritaron alborozados. El teniente les indicó que, para su prevención, serían transbordados a la nave nodriza. Así que la Espartero trincó a la Niña de los Peines, y el aterrorizado pasaje desembarcó.
Yo, que escuchaba embelesado a Laura, pues, desde un punto de vista metafísico, lo que me estaba contando también me había pasado a mí, no la interrumpí ni un solo instante. Pedrín, sentado en la cama a mi lado, la boca abierta, parecía aún más interesado que yo. Creo que si le hubiera apagado en un pezón uno de los puros de Nosa que tanto me gustan, ni se habría inmutado.
Laura continuó con su narración.
Total, que fueron recibidos por los jefes de la nave como unos héroes. Les invitaron a permanecer bajo el paraguas protector de la Armada hasta que su nave fuera reparada, algo que, dado el destrozo, iba a llevar mucho tiempo, en el hipotético caso de que dispusieran de todos los recambios necesarios. En resumidas cuentas: que se quedaban en la nave. Pero Laura les insistió en la obligatoriedad de continuar viaje hasta la Tierra, más aún estando ya tan cerca, pues había un tema de profundísimo calado que, necesariamente, no admitía demora. Los mandos de la nave, tras unas cuantas deliberaciones secretas, les dijeron que vale, que de acuerdo, pero que sólo disponían de una nave pequeña, donde podrían viajar, como mucho, cuatro personas. Cerraron el arreglo: viajarían a la Tierra, lo antes posible, Laura, Claudia, y dos pilotos de la Armada. Laura, terminado el asunto, volvería en otra nave de la Armada a la Espartero y retornaría con La Niña de los Peines y el resto del pasaje a la Tierra.
—Recuerda tus palabras, en la cena de la noche anterior —dijo Laura con una sonrisita sarcástica—: Espérame en Vallecas, y, si ves que no llego a tiempo, habla con Pedrín.
Asentí, como si recordase que alguna vez hubiera dicho tal cosa. Me pareció muy juicioso el plan de mi clon, a quien juzgué un tipo competente. No era de extrañar: se trataba de mí mismo.
—Me imagino que los que tú llamas mandos de la nave son el teniente Gutiérrez y el doctor Sánchez Perejil —intervine con aire casual.
—Pues claro, quiénes sino. Esos dos capullos. Como me entere de que tienen algo que ver en este embolado, se van a enterar.
Laura suspiró. Después, continuó su narración.
—Total, que embarcamos en la nave con los dos pilotos, dos tipos que parecían cualquier cosa menos pilotos, hazme caso, Florián. Los mandos insistieron en que se encargarían de cargar en la nave nuestros equipajes. Vamos, como si de verdad fuéramos sus invitadas. Cuando fuimos a echar mano de nuestras cosas, no llevaba ni un mínimo equipaje, todo se quedó en la Niña de los Peines, ni dinero, ni nada. A Claudia le pasa lo mismo. Menos mal que logró guardar su documentación para la firma. Todo ocurrió tan deprisa que estaba con la mosca detrás de la oreja. A todo esto, los mendas de la nave no hacían más que echarnos miraditas de reojo y sonreír como bobos. Pero el verdadero problema surgió cuando estábamos llegando a la Tierra.
—¿Qué pasó? —pregunté.
Laura, chica despierta, y, como ya les he contado, de propensión a la desconfianza, pudo darse cuenta, mientras trazaban los vectores de aproximación, que no pensaban aterrizar en Vallecas. Les recordó que deberían dejarlas en la capital, les amenazó incluso con ponerlo en conocimiento de sus superiores, pero ellos siguieron a lo suyo, haciendo caso omiso a sus recriminaciones. Cuando hubieron terminado de trazar la maniobra, y en un momento de despiste, en el que las chicas hablaban entre sí, comentando la estúpida faena y el modo de viajar lo más rápido posible a Vallecas, las atacaron. Fue un ataque fulminante, propio de especialistas según Laura —y vaya si la creo—, y consiguieron amordazar y atar a Claudia en un pis pas. Pero Laura, avezada en la lucha cuerpo a cuerpo, y que ya andaba más que mosca con aquellos tipos —dos agentes de la Armada, deduje, guardias pretorianos de Sánchez Perejil—, se batió como la loba que era, y gracias al profundo y útil conocimiento de las artes marciales adquirido en el ejército, logró cargarse a los dos de sendos y certeros golpes en la tráquea.
—No sé qué pretendían en definitiva los muy cabrones —se disculpó Laura, nerviosa—. Pero está claro que, lo primero, atarnos y amordazarnos. Y eso no lo iba a consentir. Cuando tomé los mandos de la nave, comprobé que nuestro destino era el centro de investigaciones de la Armada, en Cartagena de Indias. Nada de Vallecas. Y eso que al despedirnos de los mandos de la Espartero quedó claro, por si alguien tenía alguna duda, que nos debían llevar a Vallecas.
Suspirando, Laura clavó sus ojos en la pantalla.
—Y eso es todo, Florián. Aterricé en casa, abandonamos a la carrera la nave. En menudo fregado me he metido. ¿Es posible que los miembros del consejo de administración de Jabonox lleguen tan lejos?
Estuve tentado de decirle que si estaba en ese fregado no era por culpa de Jabonox, y mucho menos por la mía. Pero permanecí en silencio, sopesando lo que acababa de escuchar.
—Ahora, dime cómo has conseguido llegar hasta Buenos Aires antes que yo —dijo—. Y por qué no nos ha recibido Pedrín. Y por qué esta secretaria se muestra tan reticente. Nos estáis tratando como a monstruos.
Así es, querida mía, pensé, como lo que sois: dos monstruos, bellos e inocentes, pero monstruos al fin y al cabo.
Durante un tiempo indeterminado permanecí silencioso, meditando. Por alguna razón, la Espartero no había sido capaz de abatir a la Niña de los Peines. Tal vez, debido a la falta de puntería del artillero de turno —algo probable—, tal vez a que se les acabasen los torpedos —algo probable también—, o tal vez a ambas cosas a la vez —lo más probable—. El caso es que habían determinado cargarse la nave y la tripulación de otra forma. Pero, entonces, ¿por qué dejar vivas a estas dos? ¿Por qué consentir que viajasen a la Tierra? Estaba claro que no pensaban dejarlas sueltas por ahí, que las iban a enclaustrar en el centro de investigaciones de Cartagena. Pero, ¿para qué?
Como no tenía tiempo para reflexionar en profundidad, pues desde Vallecas no dejaban de pedirme explicaciones sobre los pasos a dar, y, por otra parte, tenía a mi lado a Pedrín, y en la habitación contigua a Claudia, y era el día de la firma, decidí que lo mejor era pasar a la acción. Para que me entiendan, cuando digo acción, me refiero a realizar algo que, al menos, quedase bajo mi control. Fue, lo reconozco, un acto reflejo más que una deliberación sopesada. Pero, ya que tenía pocas y malas cartas en la mano, al menos debía jugarlas.
—No os mováis de Vallecas —le dije a Laura—. Ni tú, ni la niña. ¿Queda claro? Tomad habitación en Casa Mingo, bajo el nombre que os de la gana, pero nunca los vuestros. Procurad no salir demasiado por ahí. O mejor: no salgáis nunca. Por descontado, no pases por tu casa, Laura. Paga todo en mano, no utilices tarjetas de crédito, ni nada por el estilo.
Asintió.
—Pero no tenemos de nada —dijo—. Con las prisas y el barullo, estamos con lo puesto. No tenemos ni documentación, ni celular, ni ropa, ni dinero. Nada de nada.
Supe que me iba a hacer caso por encima de cualquier otra circunstancia o consideración. Lo leí en su rostro. Decidí dar el golpe de gracia en ese momento.
—Laura, escucha con atención: es cuestión de vida o muerte. Convendría que te olvidases de la Niña de los Peines para siempre. No intentes recobrarla: te será imposible. Es lo que tiene meterse en tratos con investigaciones de la Armada. Sabes a qué me refiero.
Abrió mucho los ojos, denotando sorpresa, pero siguió asintiendo. Después, con un gesto brusco, como si no pudiese aguantar la presión, desapareció.
Claudia, apareciendo en la pantalla con cara de niña asustada, me preguntó.
—¿Y la firma?
—Deja eso en mis manos. Tú haz lo que te digo, aunque sólo sea por esta vez. Y, ahora, que se ponga Mónica.
Cuando la secretaria apareció en la pantalla, le dije.
—Mónica: dale dinero a la Turuta y llama luego.
La chica, acostumbrada a las frases crípticas y los mensajes subliminales propios de nuestro gremio, entendió que debía llamar no «luego», sino «cuando se hubieran ido Claudia y Laura». Grande y competente, Mónica.
Corté la comunicación.