Los chicos, al parecer, habían pedido de cenar: dos camareros, empujando dos carritos repletos de bandejas, llamaban a su puerta.

Durante gran parte de aquella noche, y acompañados por una botella de güisqui y varios cigarros de Nosa que había tenido la buena idea de traerme, Pedrín y yo permanecimos despiertos, atentos al pasillo y a lo que se cocía en la habitación de al lado, conversando. Un par de horas después, cuando escuchamos que la charla y las risotadas se apagaban, pues comenzaban a dar cabezazos y emitir sonoros bostezos, y el grupo se dividía y cada cual se iba a su cama, respiramos aliviados, para qué negarlo. Todo quedó en silencio. Una vez comprobado que todo estaba como es debido, continuamos con nuestra conversación. Como siempre solía ocurrir, acabamos por llegar a entendernos. Dejamos claros los puntos sobre los que podíamos tener dudas, y perfilamos el plan de acción. La verdad es que poco había que planificar: sólo guardar el trasero de Claudia hasta el momento de la firma. Según Pedrín, no había nada que temer por parte del consejo de administración de Jabonox. Sólo deberíamos temer por nuestra integridad física, y estar preparados para lo que pudiera sobrevenir, en el caso de que la niña no firmara el protocolo de cesión. Lo dijo convencido. Y yo, por supuesto, le creí.

Sólo puso alguna pega cuando le mostré mi libreta de gastos. Me miró con cara de no entender nada, y me dijo.

—Eres un rata, Florián. No me jodas, con lo que te vas a llevar y pensando en estas minucias.

Yo me disculpé diciendo que, al fin y al cabo, era una costumbre que me quedaba de mis tiempos de agente a sueldo del gobierno, cuando, con el fin de ahorrar gastos superfluos y controlar los fondos de la agencia —ya sabemos todos cómo somos los hispanos cuando hay fondos reservados de por medio—, estábamos obligados a justificar hasta el último doblón, por muy importante que fuera la misión. Aún así, Pedrín no compartía mi fea costumbre, ni encontró mi justificación válida. Como siempre. Y, lo cierto, es que me sentía un estúpido en esas ocasiones, un mezquino, un rata, como me había llamado antes. Más, si cabe, en aquel momento, terminando un trabajito que me iba a proporcionar pasta de verdad. Sí, lo reconozco, quedé como un puñetero miserias. Pero, qué quieren, no logro quitarme la costumbre, y todos sabemos que, en cuestión de costumbres, las feas son las que más cuesta quitarse. Haciendo un esfuerzo, me prometí no volver a caer en el error jamás. No, al menos, en lo que durase esta misión. Y, si en el futuro me veía en otra de éstas, comportarme con algo más de elegancia y no quedar como un roñoso. Créanme: no lo soy.

Poco antes de amanecer, me quedé dormido. Pedrín, en un gesto que agradecí, me dejó dormir y continuó con nuestra sutil, pero eficiente, guardia.

* * *

Al despertarme a la mañana siguiente, me vi solo en la habitación. Pedrín me había dejado una nota, escrita en uno de los folios con membrete del hotel, de esos tan anacrónicos pero que tanto gustan de usar los clientes que creen tener tanta clase como pasta, en la que decía que había salido a contactar con el consejo de administración de Jabonox, y que antes había comprobado las habitaciones de los chicos, que dormían a pierna suelta, para corroborar que todo andaba bien. También les dejó sendas notas conminándoles a que no abandonasen la habitación hasta que yo mismo les fuera a buscar. Me aseé, me vestí rápido, tipo mili, porque, está claro, no me fiaba un pelo de que Claudia y sus amigos hicieran el menor caso de las indicaciones de Pedrín, y salí en su busca. Por mucho que insistí llamando a las puertas de sus respectivas habitaciones, nadie me contestó. Supuse que estarían desayunando, a su bola, en la cafetería del hotel, pasando de las sugerencias que, con la mejor de las intenciones y el mejor de los criterios, les pudiera haber hecho mi socio.

Bajando en el ascensor, sentí que el corazón me daba un vuelco. Miré mi reloj: era tarde, demasiado tarde, cerca de las doce del mediodía. ¿Y si les había dado por salir a dar una vuelta? Conociéndoles, hasta podrían haber ido a buscar chocolate, en el caso de que sus existencias se estuvieran agotando. Respiré hondo. Al fin y al cabo, Pedrín parecía no concederle excesiva importancia a la seguridad de Claudia. Tal vez no fuera necesario pasarse de precavido. El consejo —al menos, eso parecía— prefería terminar con el asunto de una forma rápida y elegante. Y, si Pedrín tenía todo encauzado para que así fuera, no había, al menos en teoría, necesidad de cometer ninguna barrabasada. Pero me acordé del pobre señor Paperas, y de cómo los secuaces del consejo le dieron matarile tras perseguirle por medio Oikumene, y, qué quieren que les diga, me intranquilicé un poquito.

Al salir del ascensor recibí una llamada de Pedrín. Con ánimo festivo me preguntó si ya me había despertado del todo, y me comentó lo mucho y bien que había roncado aquella noche. Eso le sirvió de introducción para decirme que le esperase en el hotel, que volvía de camino después de haber realizado las gestiones pertinentes, y que ya había hablado con los de Jabonox para cerrar, de manera definitiva, la cita en la gestoría.

—Mañana a las doce, Florián —me dijo—. A esa hora, terminarán nuestros problemas. Día D, hora H.

No le quise alarmar innecesariamente diciéndole que, en ese preciso instante, no tenía ni la más remota idea de dónde se encontraba la niña. Así que desconecté el celular y me dirigí, con el ánimo, como se pueden imaginar, intranquilo, al salón del hotel.

Claudia y sus colegas ocupaban una mesa del enorme salón, vacío a aquellas horas. Devoraban, literalmente, bollos rellenos de crema y sándwiches de fiambre y queso. Al verles, me pregunté: ¿Cómo es posible que estos mendas zampen tanto? ¿Es que no se cansan nunca? Es más, ¿qué tipo de metabolismo tienen? Todos sabemos que el hachís, consumido en cualquiera de sus variantes, otorga un hambre canina. Pero lo de esta gente me tenía maravillado de veras.

Pedí un café con leche y me senté a la mesa que ocupaban. Retirando platos con restos, dejé la taza y les saludé.

—Buenos días, Claudia. ¿Todo bien?

La niña asintió con la boca llena de comida.

—Perfecto —dije—. Si necesitáis algo, lo que sea, sólo tenéis que pedirlo.

—Ya lo hemos hecho —intervino Joao, sonriente—. Y está todo de lujo, tío. ¿Has probado el zumo de pera? Está que se sale.

Ahora tenía que ser sutil. Debía decirles que no dieran un sólo paso sin avisarme, más que nada en aras de mi salud cardiaca. A Pedrín, por supuesto, no le tenía en cuenta en lo concerniente a la relación con la niña y sus colegas. Pero, no sabía cómo decírselo, ni por dónde empezar. Como eran tan raritos y suspicaces, no quería tirar por tierra la confianza que, al menos eso barruntaba yo, me había ido ganando. Tampoco era cuestión de alarmarles en exceso. Así que confié en mi instinto y en mi experiencia.

—Convendría, Claudia, que siempre que fuerais a salir de vuestras habitaciones me dierais un toque —dije, con aire casual—. Está todo controlado, no hay nada que temer, pero nunca se sabe.

Me miraron con gesto bovino y siguieron a lo suyo: devorar. No sé si me hicieron caso o no; no sé tan siquiera si me oyeron. Tantas precauciones con las formas, para no llegar a ninguna parte, me lamenté. Pero, eso sí, al menos no recibí ninguna contestación desagradable.

Al terminar, los chicos decidieron salir a dar una vuelta por Buenos Aires. No me lo consultaron, ni tan siquiera lo propusieron: simplemente se levantaron y se encaminaron al hall de entrada, con la evidente intención de largarse. Por supuesto, fui con ellos. Llegué a la altura de Claudia, y le dije, en voz baja.

—Creo que debería acompañaros.

La niña me miró, asintió en silencio y continuó su caminar. Me fijé en que los chicos no me miraron de manera torva o especial, como si fuera un intruso que iba a jorobarles la excursión. Más bien al contrario, se comportaron como si fuera uno de los suyos, como si fuese algo de lo más natural que les acompañara. ¿Había llegado a tal grado de confianza? No me quise hacer ilusiones. Pero todo indicaba que sí.

—Bueno, cicerone —dijo Claudia, dirigiéndose a mí tras salir del hotel, sonriendo—. Conozco la ciudad, pero hace mucho que no he vuelto por aquí. ¿Qué nos propones?

La miré. Aunque llevaba la misma ropa de siempre, hoy al menos la tenía limpia. Estaba claro que también se había duchado, con seguridad aquella misma mañana nada más despertarse. Lo cierto es que la ropa le quedaba mejor que otras veces. Tal vez fuera porque la talla era más acorde a sus hechuras, o por que la combinación de colores fuera más oportuna, o por que la ropa fuera más bonita. No lo sé. Pero era la vez que mejor la había visto desde que la conocía. Y, como era una chica guapa, guapa de verdad, y tenía buen cuerpo, y como se le había quitado el gesto de mala uva habitual, estaba radiante. Con sinceridad, me sorprendió. Siempre dije que la niña estaba muy rica, que con un par de retoques mejoraría mucho... pero, en ese instante, al verla sonriente bajo el sol de Buenos Aires, me pareció que me había quedado corto en mi juicio. Si esa chica tuviera un poco más de higiene y algo más de sofisticación, no sólo estaría para mojar pan: sería un bombón de primera categoría. Y lo digo en serio. Se preguntarán ustedes: ¿Cómo este tipo puede pensar en esas chorradas cuando hay tanta pasta de por medio? Pues no lo sé, les respondo. Pero no puedo evitarlo: esté donde esté, en la circunstancia que sea, no puedo evitar fijarme en las mujeres, e, incluso, utilizar con profusión mi imaginación. Soy así. Qué le voy a hacer.

—Un momentito —le contesté.

Llamé a Pedrín, comunicándole el cambio de planes. Él, por descontado, accedió, pero me conminó a que siempre le tuviera informado de dónde íbamos. Durante el vuelo hasta Buenos Aires había dejado el trato directo con la niña y sus colegas en mis manos. Y Pedrín, cuando decía que dejaba algo en manos de alguien, es que lo dejaba de veras. Es una de las cosas que me gustan de él cuando trabajamos juntos: si delega en alguien, confía al cien por cien en su criterio. No se inmiscuye, no molesta, y más si se trata de un servidor.

Mandé al portero que nos buscase un par de taxis.

Como no soy buen cicerone, porque no sé, o no me gusta, o ambas cosas a la vez, decidí pasar por alto las típicas visitas turísticas a los monumentos y demás zarandajas. Además, supuse que a Claudia le habría parecido una insoportable cursilada, tanto o más que a mí.

Así que decidí llevarles de copas, algo que sabía les iba a gustar mucho más, para terminar comiendo en casa Pessotto. Ni que decir tiene que quedé como un señor ante la niña y sus colegas. Pagué religiosamente todas las consumiciones, que fueron treinta y cinco cervezas y un par de botellas de vino riojano, sin contar con la comida, un auténtico festín a base de carnes a la brasa y chorizo criollo. También cayeron unas cuantas copas de brandy para rematar la faena.

Habrá quien, después de haber leído esto, opine que emborraché a los chicos. Es más, que soy un inconsciente. A los malpensados les diré que se emborracharon ellos solitos, sin ayuda de nadie, y que, como ha quedado demostrado con anterioridad, no les hacía falta ningún estímulo exterior para estar, siempre que podían, e incluso cuando no, colocados. Dicho lo cual, que nadie me haga culpable de lo que no soy.

A eso de las seis, cuando tras las últimas copas de coñac la sobremesa decaía, pues una de las chicas se quedó dormida, y la otra nos regalaba con sonoros bostezos y cabezazos sobre la mesa, llegó el momento de plegar velas y volver al hotel. Por supuesto todos accedieron a mi sugerencia, deseosos de dormir la mona. Lo cierto es que se lo habían ganado a pulso. Y eso que, ¡increíble! no se habían fumado un solo porro en toda el día. Al menos, en mi presencia.

Entonces, para sorpresa mía, y posiblemente para cualquiera que estuviera en mi pellejo, justo en el momento en que íbamos a montar en los taxis que había mandado llamar al camarero del restaurante, Claudia se giró hacia mí, tras un par de miradas cómplices a sus colegas, y me dijo.

—No tengo ganas de volver al hotel. ¿Qué me propones?

Estuve tentado de responderle con otra pregunta: ¿qué me propones tú? Evidentemente, me abstuve. Pero me percaté, al mirarla a los ojos, de que la niña se encontraba a gusto... conmigo. Incluso, diría yo, que prefería que nos quedásemos los dos solos. ¿Por qué? No tengo la más remota idea. Menos aún tratándose de una chica con un carácter tan voluble, por no decir directamente desagradable. Si se hubiera tratado de otra mujer, en otras circunstancias, habría pensado en la posibilidad, en absoluto remota, de pasar una tarde memorable y terminar juntos en la cama. ¿Presuntuoso? No creo. No quiero pasar por fantasma, pero me suelo equivocar poco en estos asuntos. Y esa chica estaba dispuesta a pasar la tarde conmigo, y, quién sabe, tal vez a algo más. Al menos, eso me indicaban todas las señales.

La niña se despidió de sus colegas, a los que empaqueté en un taxi; yo aproveché para llamar a Pedrín, con el mayor de los disimulos posible, y comentarle el plan. Los chicos, medio adormilados, volvieron al hotel. ¿Por qué Claudia se encontraba tan despejada? ¿Tal vez había hecho uso de alguna sustancia extra? Pues no lo sé, pero se la veía fresca como una lechuga.

Una vez se perdieron de nuestra vista, me volví hacia Claudia.

—Demos un paseo —propuse—. Después nos tomaremos algo... si tienes cuerpo para aguantar.

—Mira, majo —me contestó—, si no quiero volver al hotel es porque me queda cuerda para rato. Así que déjate de paseítos, y llévame a algún sitio divertido.

—¿Qué pretendes? ¿Emborracharte hasta caerte de culo?

—En cierto modo, esa es la idea —contestó, encogiéndose de hombros, con una sonrisa pícara—. Correrme una buena juerga hasta perder el control y cometer alguna locura. A veces me apetece. ¿A ti no te ha pasado nunca?

—No —negué—. Y mucho menos el día antes de una reunión de la cual voy a salir millonario.

—Pues con reunión o sin ella, no pienso volver tan pronto al hotel. Así que llévame por ahí. O me iré yo sola.

Entonces tuve una idea, brillante, por qué no reconocerlo, y efectiva.

—Tú ganas. Te llevaré de copas por los mejores garitos de Buenos Aires —le propuse—, pero con una condición: antes iremos de compras.

—¿A comprar qué?

—Me hace falta algo de ropa —contesté—. Y, también, convendría comprar algo para ti. Deberías elegir ropa adecuada para mañana.

—¿No te gusta cómo voy?

—A mí me da igual —mentí—. Pero sabes cómo es esta gente del consejo. Te tomarán por una pobretona mamarracha, alguien que se conforma con unas migajas, alguien que no está a la altura de las circunstancias, ni de su familia. No hará falta que te recuerde que, en este mundo al cual tú perteneciste, las apariencias significan mucho.

Pareció meditar unos instantes. Después, sorprendiéndome, asintió con energía.

—Llevas razón —dijo—. Pero luego me llevas de marcha.

Decidí que fuéramos a uno de los centros comerciales más elitistas de Buenos Aires —según presumen sus dueños, «el mejor del mundo» —, donde se concentraban en una planta las tiendas de las marcas más caras y afamadas. No tuve que hacer mucho más. Al llegar, la niña, que conocía de cuna el mundo glamoroso de la elegancia económicamente inalcanzable para el común de los mortales, se dirigió hacia los escaparates de las marcas que eran de su agrado. Como no podía perderla de vista, no me quedó más remedio que acompañarla. Ya hubiera querido yo haberme escaqueado y haberla esperado en alguna cafetería. Pero no pudo ser: estaba trabajando. Aproveché para comprarme, más por disimular que por otra cosa, un par de camisas, calcetines y calzoncillos.

En «Valeriano» eligió unos cuantos vestidos pret a porter, pantalones, blusas, camisetas, y ropa interior; en «La Valenciana», tres o cuatro pares de zapatos; y en «Marroquinerías Pedroche», un verdadero arsenal de complementos. Todo carísimo. Eligió unas cuantas prendas de las que acababa de comprar, y mandó que le llevaran el resto al hotel de manera inmediata, con la soltura y el tono determinante de quien está acostumbrado a hacerlo. Nadie, pese a su aspecto, puso la menor pega. Observé que, en las tiendas, la trataban como lo que era: una niña millonaria, caprichosa, algo excéntrica, alternativa. Pero millonaria. Para eso, para reconocer la pasta aunque no se vea a simple vista, los vendedores se la pintan solos.

Después, sin que hiciera falta que le indicase algo, decidió meterse en una esteticien. Me dijo que lo sentía, que debería aguantar un poquito más, pero que creía que necesitaba unos cuantos «retoquitos». Expresión que, al oírsela decir con aquel mohín en sus morritos, me recordó que estaba tratando con una auténtica niña pera, de las de verdad, no de las fingidas. Se me olvidó su pinta de bruja yonqui en Nosa, su mal vocabulario, su chabacana educación, como si todo eso hubiera quedado atrás, como si fuera una actriz que, tras una actuación, retoma su ser habitual.

En una sala de espera, donde una mesa central repleta de holorevistas —a las cuales, he de confesar, di más de un repaso—, invitaban a su contemplación, esperé pacientemente unas tres tediosas horas. Cuando releía la noticia que hablaba de la ruptura sentimental del sablista Juanito Chorreras, a quien, al parecer, había pillado su mujer encamado con su flamante y mollar secretaria, y me hacía cábalas sobre si eso podía interferir en su rendimiento futuro en el Imperial Vallecas, apareció Claudia.

Dije antes que Claudia me había parecido, con sólo un gesto y una expresión, diferente. Al verla aparecer en aquel momento, debo ser sincero: no es que fuera diferente, es que era otra. Estaba deslumbrante. Se había cortado el pelo en una favorecedora media melena, y, tal vez, se había mandado hacer una limpieza de cutis o algo así. Llevaba puesta ropa de la que acababa de comprar: una camiseta ceñida, unos pantalones negros cortos, unos zapatos bajos. Nada del otro mundo en particular, pero el caso es que el efecto general hizo que me quedara boquiabierto.

Ella debió de darse cuenta del efecto que había causado en mí. Así que hizo lo que suelen hacer las chicas en estos casos: continuar deslumbrando, aumentar si cabe la impresión, pero, eso sí, quitándose importancia.

—¿Mejor ahora? —Preguntó, haciendo un gracioso giro.

Estaba para chuparse los dedos.

Creo que se me cayó la baba hasta el suelo. Y, si no ocurrió tal cosa, no habría sido de extrañar que ocurriera. Cuando salí de mi estupor, acerté a ladear la cabeza, en un gesto con el cual, y torpemente, venía a decir «ya lo creo que sí».

Me levanté, mientras ella pagaba con la solvencia de antes, incluso dando las gracias a las trabajadoras y trabajadores, suelta, competente. Y, madre mía, qué tipazo. Qué muslos, qué piernas.

Salimos del centro comercial. Me fijé, de reojo, en Claudia, pero esta vez con ojos más inquisitivos y menos procaces. Su manera de caminar, de moverse, de realizar el mínimo acto, eran también diferentes a las ya conocidas. Caminaba con aplomo y soltura, con un aire un tanto afectado y, acaso, despreciativo, como si el resto del mundo le diera asco, pero a la vez a ella le pareciera tan insignificante que no mereciera la pena demostrarlo. Vaya, para resumir, un aire de rancia aristocracia. Pero revestido de una gracia salerosa y simpática que lo hacía atractivo. Sí, en efecto, era agradable verla caminar. Nada quedaba de los andares desgarbados y los gestos barriobajeros. Junto a mí iba, sin duda, otra persona. ¿Estaría acompañando a una esquizofrénica? me pregunté. La volví a mirar de reojo. Por cierto, esta vez a sus partes traseras, jugosas y apetecibles. Y me respondí: no sé si es esquizofrénica, pero está como un tren.

Aunque no venga a cuento, dado el cariz que tomaron mis elucubraciones, he de reconocer que me acordé del señor Paperas, y de cuánto habría disfrutado viendo en ese momento a su añorada hija.

Como la niña, ahora en su nuevo papel de mujer fatal, continuaba con ganas de marcha, antes de abandonar el centro comercial me propuso ir a tomar una copa. Con una salvedad, e importante: pagaría ella. Vamos, que la insoportable niñata de Nosa me estaba invitando a una copa. Vivir para ver. Encogiendo la nariz me dijo que era demasiado pronto para enclaustrarse en el hotel, y que así me resarciría de las horas de espera que había tenido que sufrir. Por supuesto, acepté.

—Entonces, sorpréndeme, Florián —me ordenó.

Durante un momento pensé dónde convendría llevarla. Hasta que un golpe de inspiración me indicó el sitio correcto.

Tomamos un taxi y fuimos al bar de Manolito Roncero, famoso por sus tangos arrabaleros y su cerveza helada. El tal Manolito, más conocido, no sin sarcasmo, como «el oráculo», un conocido mío de muchas noches de juerga en Buenos Aires, había montado el bar tras sufrir un terrible accidente de trabajo mientras desarrollaba su anterior carrera. Adivinen, amigos. Sí, fue bailarín. De tangos, para más señas. Y muy bueno, por cierto. Pero una noche loca, en mitad del frenesí del tango, su pareja le falló —eso dice él, pero los que lo vieron insisten en que llevaba un pedo de mil demonios y que tropezó él solito, qué más da— y, tras hacerse un esguince de rodilla, cayó con estrépito y de mala manera sobre una mesa de mármol, con tan maldita fortuna que se escoñó varias vértebras, se torció el cuello, se abrió la cabeza, y casi se mata. Los médicos dijeron que podía dar gracias por seguir vivo y andando, ya que bien podría haberse quedado en el sitio, o, en el mejor de los casos, vivo pero paralítico. Aunque, por culpa de algo que no quedó bien del todo, su coordinación motora se vería resentida para el resto de su vida. Diagnóstico: un milagro, pero debía abandonar el baile. Así que Manolito, con los ahorrillos que tenía y un par de sablazos a colegas, montó el bar. Y ahora se dedicaba a seguir bebiendo tanto como antes —o más— y a aconsejar técnicamente a los bailarines. Consejos, he de decir, que ofrecía gratuitamente a todo el mundo aunque no se los pidieran, y que caían en saco roto, pues nadie le hacía ni puñetero caso. Pero él se lo pasaba pipa creyéndose el maestro.

Por supuesto, elegí el bar con toda la intención. Después de ver en vivo a la Orquesta Dominó, en aquella terrorífica actuación de Nueva Bahía, tal vez a alguno de sus miembros le esperase un destino similar al de Manolito, o quién sabe, incluso peor. Así que, aunque no tengo gran propensión a la didáctica, determiné que aquel ejemplo le podría venir muy bien a la niña, que lo transmitiría después a sus colegas. Piensen que soy un blando, o lo que quieran, pero aquel grupo de saltimbanquis me caía bien. Decididamente, les había reservado un hueco en mi corazoncito. Y, ya que había que tomarse una copa, qué mejor que hacerlo en un lugar del cual se podría aprender algo útil, unas enseñanzas básicas que se resumen así: las drogas y la bebida no deben mezclarse con los bailes violentos en sitios apretados, y menos aún cuando debes bailar todas las noches. O, para resumir, el antiquísimo refrán español: cuando las barbas de tu vecino veas pelar, echa las tuyas a remojar.

Nada más llegar, cuando todavía no había saludado a Manolito, me llamó Pedrín, preocupado por mi falta de noticias. Me dijo que había visto volver a toda la banda menos a nosotros y que, cuando preguntó que dónde nos habíamos quedado y por qué, todo el mundo pasó de él, y sólo obtuvo por respuesta la sonrisita pícara de una de las chicas. Le expliqué dónde habíamos estado, a lo que me respondió que le parecía muy lógico. Le dije también que ahora nos disponíamos a tomar unas cervezas en casa Manolito, y el muy cabrito decidió apuntarse, ya que no lo encontraba tan lógico.

—Espérame ahí, Florián —me conminó—. Y no vayas a hacer alguna de las tuyas, landrú.

Para ponerles en antecedente por si algún día deciden visitarla, Casa Manolito es un local cutre, pero de los cutres de verdad, en donde nada parece funcionar —de hecho, no funciona, siempre hay alguna bombilla fundida, o falta el agua en los servicios—, y todo parece estar fuera de sitio. Es pequeño, mal iluminado, huele a perro muerto, la pista de baile es ínfima y llena de baches por culpa de un suelo de madera mal colocado, la barra está en el lugar menos propicio para que los clientes se sientan a gusto, está lleno de gente patibularia y malencarada... pero tiene ese aire canalla e irresistible que lo hace único. Por eso tiene una clientela fiel, amante y conocedora de los nobles y parejos artes del tango y del bebercio solitario, que se deja la pasta con generosidad. Por supuesto, apunto el dato, aparece en todas las guías de la ciudad como «lugar típico de obligada visita» siempre y cuando «no se viaje en familia». Con la mano en el corazón, se lo recomiendo.

Tomamos asiento a una de las mesas que rodeaban la pequeña pista de baile, vacía aún. El nefasto equipo de música reproducía, a volumen casi inaudible, un tango antiguo, que no logré reconocer. Manolito se acercó, con su andar vacilante, se plantó frente a la mesa y me dijo.

—Macanuda, Florián. Cada día son más lindas tus acompañantes. Y más jóvenes, boludo.

Le presenté a Claudia y, después de un abrazo amplio con el que llegó a palparla el culo y los muslos, dijo.

—Tiene buenas ancas para el tango. Linda mina. Si luego quiere bailar, mejor que no lo haga contigo. Que sea con alguien que sepa de verdad. Así que, nena, ya sabes: habla conmigo.

Pedí un par de cervezas. Manolito se largó, tras guiñar un ojo, y nos dejó solos. Pese a ser un plasta con los clientes que vienen a bailar, y, aunque hacía mucho que no nos veíamos, es un tío que sabe cuándo está de más. Al poco, un camarero mandado por él, con más años que mi difunta abuela, nos trajo las bebidas.

—Me gusta el sitio. Así que es aquí donde traes a tus amiguitas —preguntó Claudia, con un falso gesto de enfado, mirando en derredor—. ¿Qué soy para ti, otra de tus conquistas?

—Olvídate de Manolito —respondí—. Es buena gente, pero suele ser así de bromista. De hecho, siempre que he venido aquí ha sido solo.

—Qué decepción —dijo Claudia, acercándose peligrosamente—. Yo que pensaba que querías seducirme.

Qué bien va todo, pensé. Pero enseguida recapacité: córtate, Florián, qué bien iría, en el caso de que ese «todo» fuera diferente: de que esa chica no fuera tu cliente, de que no tuvieras que cuidar de ella hasta que firmase, de que había sido una insoportable niñata hasta hacía pocas horas, capaz de sacarte de tus casillas, y de cuyo amargo recuerdo no puedes olvidarte, de que es impropio tirarte a la chica que tienes que custodiar, y un largo etcétera. Por cierto, nunca lo había hecho, y nunca lo haría. A lo de acostarme con mis clientas, me refiero. Aunque fuera un rollo de una sola noche, sé que ese tipo de historias nunca terminan bien. Al final acaban mezclándose el buen desarrollo del encargo y el polvo, y terminas haciendo el ridículo. En nuestro gremio lo de los rollitos con clientes está muy mal visto: significa descrédito seguro.

Pero lo cierto era que la niña quería rollo. En ese momento, amigos, lo podía asegurar bajo pena de muerte en caso de equivocarme. Como podía asegurar que estaba cada vez más rica. A la luz suave del bar, sus bellos rasgos, dulcificados gracias al salón de belleza, o tal vez a su cambio de carácter, o a ambas cosas, ahora lo estaban mucho más. Me fijé en sus pechos, turgentes y definidos bajo la ceñida camiseta. En sus piernas, con esos muslos suaves, rotundos, perfectos. Como no pretendo ser cursi, lo resumiré con una frase definitiva: madre mía, qué bombón.

Charlamos de banalidades, mientras la niña se iba poniendo más ardiente. Me eché hacia atrás a medida que la niña acercaba su rostro al mío. Ella se dio cuenta de mi reticencia y, en lugar de echarse atrás, se acercó más aún, agarró mi cuello con una mano, y me besó en los labios. Soy un caballero, y, sobre todo, un profesional serio. Así que decidí mantenerlos cerrados. Pero ella insistió con su lengua, con una pericia capaz de derribar muros, y consiguió su objetivo: que nos comiéramos la boca como tiene que ser. Por cierto: qué bien le sabía.

Ya lo has conseguido, Florián, me dije justo cuando nos separamos. Ya has conseguido estropearlo todo. Llega una niñata que te ha tomado el pelo pero bien durante demasiado tiempo, se hace un poco la interesante, y acaba haciendo contigo lo que quiere. Eres un pringao, Florián. No estaría mal que Pedrín te diera de hostias. Te lo mereces.

Todo eso, créanme, lo pensé en esa milésima de segundo— o centésima, o décima, a ver si algún listo es capaz de precisármelo—, en que acababa de separar mis morros de los suyos y retomaba mi posición. Así somos las personas pensando, que a veces no pensamos nada en horas, y, en otras ocasiones, en un chispazo nos vienen varios y certeros pensamientos a la cabeza. Creo que ya lo he dicho antes, pero no me importa repetirme, porque el asunto lo requiere.

Total, que estaba en éstas cuando ella, viendo que era vulnerable, decidió continuar su ataque. Volvió a morrearme. Esta vez, para conseguir su objetivo, echando encima de la mesa todo su tronco, agarrándome de la cabeza con ambas manos, con fuerza y furia, y casi tirando las cervezas. Algo que le dio igual. Con el rabillo del ojo vi que Manolito, mirando hacia nosotros, sonreía.

Me logré desatar de la presa gracias a una hábil finta aprendida en mis años de Tercio. Ella, sorprendida, me miró como si no entendiera nada de lo que ocurría. Bueno, diría que ella, Manolito, y varios clientes que no perdían detalle. Me puse en su lugar —en el de Manolito y sus clientes, me refiero—: a cualquiera le gusta que un bomboncito le coma los morros. Y, si ves que a ti no te los comen, y que a otro al que se los quieren comer no lo desea, pues te asombras, o piensas que el tipo es un primavera. En cierto modo, me solidaricé con ellos.

—Claudia —acerté a decir—. Podría decirte muchas cosas en este momento. Pero te diré sólo una: eres mi cliente. Nada hará que me enrolle con un cliente. Menos aún por un capricho pasajero del propio cliente.

¿A que suena falso y estúpido? Pues eso mismo pensé yo, y, con seguridad, ella. La niña, haciendo gala de un cuajo que me sorprendió, retomó su posición, con total dignidad, sonriendo, como si sus planes no hubieran sufrido un contratiempo, y bebió de su cerveza, sin dejar de mirarme. Cuando terminó, clavó sus ojos en los míos y me preguntó.

—Florián, ¿te gustan los hombres?

Respondí, raudo y contundente, que no, que no me había entendido, pero que era algo basado fundamentalmente en la honestidad profesional, y que, por otra parte, ella, durante el tiempo que nos conocíamos, jamás me había dado muestras de que le apeteciera tener algo conmigo. Resumiendo: que a cualquiera en mis circunstancias le puede suponer una sorpresa mayúscula que le pidan rollo.

Por cierto, me pregunté por qué demonios a las chicas, últimamente, les parecía que me gustaban los hombres, a qué se debía el absurdo comentario, que, quiero precisar, jamás, en toda mi vida, había escuchado dirigido a mi persona. Joder, algo debía de fallar en mi comportamiento, porque tanta casualidad era muy sospechosa. Lo que hay que aguantar, amigos. Logras ligarte, pretendiéndolo o no, a dos tías de rompe y rasga en tan corto espacio de tiempo, y ambas te hacen la preguntita de marras, que no sé en qué se fundamenta. Pero atormenta, créanme. Decidido a no darle más importancia, obvié el comentario.

—Disfruta y hazme disfrutar —sentenció la niña—. Relájate. Eres buen tipo, pero demasiado estirado.

Se volvió a acercar. Y a mí, amigos, que me gustan más las mujeres que a... —mejor me callo, en aras de lo políticamente correcto, pero elijan el parangón que consideren apropiado—, decidí dejarme llevar por mis instintos. Si esa niña quería que le comiera la boca, pues se la iba a comer. Algo que sucedió. Pero eso sí: que nadie piense que me había vuelto loco y que iba a tirar todo por la borda. Que una cosa es darse un filete, y otra llegar a cosas mayores.

—Aunque te parezca lo contrario, siempre me has caído bien —dijo cuando nos separamos—. Pero si no te gusto, o pasas de mí, dilo. Por mi no hay problema. Es sólo que me apetece echar un polvo contigo, nada más.

Se levantó de su silla, se estiró, enseñándome su cuerpo. Así se las ponían a Fernando VII, amigos.

—Voy al servicio, a empolvarme la nariz.

Me quedé como un bobo mirándola marchar. Y, en éstas estaba, obnubilado, confuso, cuando sentí un golpe en la espalda. No un toque, ni un saludo amistoso. No. Un golpe.

—Ni se te ocurra, mamón.

© José María Boto Bravo, (5.731 palabras) , Créditos