1 Sitio de Ciencia-Ficcion - El Serial - LAS AVENTURAS DE FLORIÁN MAYO - 18. Acomodando a los saltimbanquis - José María Boto Bravo

Salí de la cabina y me acerqué hasta el camarote de la tripulación. Las salas y los pasillos de la nave se encontraban desiertos, todos los pasajeros y tripulantes habían descendido a tierra hacía tiempo. Se escuchaban ruidos lejanos, las compuertas cerrándose y encajando en el fuselaje, la actividad de los operarios que descargaban los equipajes de las bodegas, los ruidos de los motores de los vehículos que circulaban por la pista. En cierto modo, era triste ver así a la Niña de los Peines: tenía el aire de un palacio recién abandonado a su suerte después de una fiesta. Quedaban rastros de la actividad de los últimos días, papelitos por los suelos, olores, calor humano. En el ambiente se podía sentir la vida que había inundado la nave. Casi se podía oír la música festiva, los chachachás y las sambas. En el fondo, y salvando, por supuesto, el tema del experimento, había sido un buen viaje. Y podría haberlo sido mucho mejor si la avariciosa de Laura no nos hubiera metido en aquel fregado. Y, también, no habría existido tal viaje si la idiota de Claudia no se hubiera comportado en Nosa como se comportó, y hubiéramos partido a la Tierra al día siguiente de ponerle al tanto del asunto. Pero así es la vida: hay que saber asumir, con la mejor de las disposiciones, los imprevistos, por muy negativos que sean. ¿Se imaginan lo que pensaba yo, lo que pasó por esta cabecita que se han de comer los gusanos? Aquél, a priori, era un trabajo sencillo, bien pagado, pan comido para un profesional... y me sentí, nada más comenzarlo, desquiciado por la niña, con ganas de abandonar. Y, cuando por fin conseguía el objetivo —viajar hasta la Tierra con la niña—, acababa desquiciado también por Laura, multiplicado por cuatro, irradiado a saber con qué y, por si todo esto fuera poco, con Pedrín mosqueado y desconfiado, esperándome a mi llegada acompañado de Macarrón el despellejador. Demasiados problemas, ¿no creen? Pues me lo tomé con tranquilidad. Así suelo comportarme: cuanto mayor sea la tensión que deba soportar, más frío y calculador me vuelvo. Es curioso, porque en ocasiones menos estresantes las circunstancias consiguen ponerme nervioso, o, para ser sincero, sacarme de quicio. Hay quien dice que me pongo como un energúmeno. Y, quien, equivocadamente, al verme saltar por cualquier aparente nimiedad, piensa que sería incapaz de controlar una situación de riesgo. Qué poco me conocen quienes opinen así.

Estaba, gracias a Dios, vivo. Podía conseguir ganar mucha pasta, retirarme, dedicarme a la vida contemplativa y ociosa que tanto me gusta y para la que tengo tanta predisposición natural. Tenía —estaba obligado a ello— que llegar hasta el final. «¡Ole tus huevos, Flori!» me animé.

Al llegar al camarote de la tripulación, tras el breve pero fructífero paseo, comuniqué a Claudia las novedades. Después, volví a llamar a Pedrín.

—Vente para la nave. Nos vamos de inmediato. Olvídate de Macarrón y de Giráldez: ellos no vienen.

Sonriendo, me dijo.

—Voy para allá, socio.

Volví a la sala de maniobras, dispuesto a tomar asiento y esperar, paciente y aburrido, como estaría cualquier pasajero, a que partiéramos. Había subido a bordo el oficial del que me había hablado Laura y se encontraba con ella, en la parte de proa de la sala, en el momento que podríamos denominar «fase de presentaciones». Era un tipo bajito, escurrido y flacucho, que lucía un bigotito fino y brillante, como si se lo hubiera peinado con gomina, un bigote que jamás había visto en nadie y que debía de haber estado de moda —si es que alguna vez lo estuvo— siglos atrás, y con cara de pocos o ningún amigo. Se movía a impulsos repentinos, violentos, y exagerados, como si fuera un autómata mal lubricado o una marioneta de hilos. Un tipo raro, de verdad que sí. Llevaba el uniforme de faena de la Armada, y galones de alférez de navío. Le vi entrar, con su peculiar forma de caminar, en la cabina de pilotaje tras Laura. Por cierto: el tipo sería raro y parecería un monstruito, pero no quitaba ojo de las nalgas de Laura. Otro listo que, pese a lo que fuera o pareciera, no tenía mal gusto, y la libido a tope.

No pasaron ni cinco minutos cuando hizo su aparición Pedrín. Entró con decisión en la sala, miró hacia todas partes, se echó el flequillo hacia atrás, y silbó asombrado. Vestía, el muy cabrito, tan bien como siempre: un sofisticado y carísimo traje de primavera hecho a medida, lustrosos zapatos también manufacturados, cuyo precio no sería menor que el del traje, y despedía un agradable olor a agua de colonia —sin feromonas, por supuesto— que inundó la sala.

—Cómo se lo monta la Turuta —dijo, a modo de saludo.

Después, sonriendo de medio lado, se dirigió hacia donde estaba yo, con los brazos abiertos.

—Bribón, te voy a pegar dos tiros —me dijo, abrazándome—. Si supieras cómo me las has hecho pasar...

Si supieras tú, pensé.

—Pero, bueno, estamos aquí, que es lo que importa —continuó. Después, recorrió con la mirada la sala—. Por cierto, ¿dónde está Herminita?

—Está en el camarote de la tripulación. Ahora viene.

—Bien, bien —dijo sonriente, y tomando asiento—. Tengo ganas de conocerla en persona. Parece que la heredera es alguien bastante particular, por lo que tengo entendido.

Dejó que sus palabras tuvieran alguna respuesta por mi parte. Me limité a mirarle a los ojos, serio. No me hicieron falta artificios de actor, ni nada por el estilo, para dejarle claro que bromitas, las justas.

—Ahora, Florián, tenemos todo un viaje a Buenos Aires para que me detalles los motivos de tu incomprensible torpeza. Te recomiendo que, en el nombre de nuestra amistad, seas lo más convincente posible.

Sentí ruido tras de mí, y me giré. Claudia, Joao, Paquito, Paz, y la otra, cuyo nombre desconocía y aún sigo desconociendo, aparecieron por el pasillo de popa. Tomaron asiento al fondo de la sala, charlando animadamente entre ellos, obviándonos como si no estuviéramos, a su rollo, como siempre. Me llegó el inconfundible olor de la marihuana. Como no podía ser de otra manera, se habían metido algún porrito para el cuerpo —y continuaban con la labor—, durante la descarga del personal. Por cierto —me pregunté—, ¿Cuánta marihuana, costo, y drogas en general, llevaban como equipaje? ¿Tal vez el cincuenta por ciento del volumen de sus maletas? Me fijé en Joao: lucía —es un decir— las mallas de siempre.

Pedrín les vio por el rabillo del ojo. Después me preguntó, señalando a Claudia con el mentón.

—¿Es ésa, verdad?

Asentí como respuesta. Sin decirme nada, se levantó del asiento y se dirigió hacia la trouppe, con determinación en su porte y una sonrisa de vendedor a domicilio en su rostro. Rostro que, pese a los intentos de Pedrín, parecía falso y estúpido a partes iguales. Al llegar frente a Claudia, extendió su mano. ¡Qué gran error estás cometiendo, Pedrín! me dije. Esperé que Claudia se comportara, al menos, de una forma la mitad de desagradable de como se había comportado conmigo habitualmente. Con semejante carta de presentación, Pedrín tendría suficiente para poder hacerse una idea aproximada de lo que suponía tratar con la niña.

—Señorita de Castro Urdiales y Cardoso da Foz, tengo el gusto de presentarme. Soy Pedro Pérez de Retamares. A su servicio.

La niña se le quedó mirando como si estuviera frente a un tipo más extraño aún que el oficial que yo acababa de ver. Después, bajó la cabeza con cara de asco y le dijo.

—Lárgate, mariposón.

Como pueden entender, la situación me satisfizo sobremanera. Sonreí.

—Señorita, igual ha sido culpa mía y no me he expresado con toda la claridad debida —siguió atacando Pedrín—, pero soy la persona que le sirve de enlace...

No pudo terminar la frase. Joao se incorporó y se plantó frente a él.

—¿No te ha dicho que no la molestes?

—Pero, bueno, es que yo...

—Que te vayas, pringao —sentenció Claudia.

—¡Pero bueno! —Estalló Pedrín—. ¿Es que no va a dejarme hablar? Sepa que soy...

Joao, sin esperar orden alguna, se subió a su asiento, pegó un acrobático brinco, se puso frente a él en el pasillo, y le propinó un empujón, mientras le decía, con la voz chulesca que ponía en esos casos, que se largase. Pedrín trastabilló, se recompuso, y, durante unos segundos, permaneció firme, frente a ellos. Cuando estaba a punto de levantarme, ya que sabía lo que podía suceder a continuación, que Pedrín se enzarzase en una pelea con el mulato —pelea de la cual Joao saldría trasquilado, y nuestra misión perdida del todo—, el bueno de Pedrín, haciendo gala de un sentido común acorde con su elegancia, dio media vuelta, borró la sonrisa estúpida de su rostro, y volvió hacia su asiento con cara de asombro.

—Joder con la puñetera niña —dijo, como único comentario al sentarse a mi lado.

Yo, por supuesto, permanecí callado. Pero, que quede claro —por si a alguien le entran dudas—, que me alegré de que le hubieran tratado así. Si Claudia le hubiese tratado de otra manera, más educada, o menos desagradable... No sé, pero me parece que me habría sentado como un tiro. Y que, tal vez, me habría levantado y le hubiera dado a la niña el par de hostias que, sin duda, y desde el primer momento, merecía.

El sobrecargo y Máximo subieron a bordo, y comenzaron las labores de comprobación rutinarias. Al pasar a nuestro lado, miraron con sorpresa a Pedrín. Le dije a Máximo en voz baja que estaba todo controlado, que no se preocupase, que no era momento de molestar a Laura por una nimiedad, y menos delante del oficial de la Armada. Máximo, ausente —o, al menos, no demasiado preocupado por el tema—, se encogió de hombros y continuó a lo suyo, que era vagar como un espíritu realizando unas supuestas comprobaciones, las cuales —me jugaría el pescuezo— le traían al fresco.

Pedrín se volvió hacia Claudia y sus chicos. Después, mirándome, me preguntó.

—¿Quién demonios son esos mendas que van con ella?

—Sus colegas, Pedrín —respondí—. Sin los cuales, de ninguna manera habría venido.

—¿Es que era imprescindible que viniera acompañada?

—Creo que ya hemos hablado, Pedrín, de la nula predisposición y del extraño y repugnante carácter de la niña —dije, con voz cansada—. Hazte a la idea de que, sin ellos, jamás habría accedido a viajar. Y no hagas más preguntas absurdas, que ya tengo suficiente con aguantar todo lo que me está pasando desde el momento en que me metiste en este asunto.

Pedrín, como si se solidarizase conmigo, asintió. Permaneció mudo y pensativo, mirándose las uñas.

Unos minutos después, arrancaron los motores atmosféricos. La voz desganada de Laura se oyó por megafonía, instándonos a cumplir con los requisitos habituales en materia de seguridad, y el blablablá de siempre. Nos elevamos sobre el espacio puerto, y comenzamos viaje. Pedrín, volviendo la mirada de forma subrepticia de vez en cuando hacia Claudia, me dijo al fin, negando con la cabeza y con voz seria.

—Esto no puede continuar así, Florián.

—¿A qué te refieres? —Pregunté, sabedor de que tenía toda la razón del mundo. Pero no era problema mío que la niña fuera idiota, o se comportara como tal. Ni de que Pedrín creyera que, con su simple presencia, bastaría para hacerla comer de su mano.

—No entiendo nada —suspiró—. Si ella no quiere proceder como una persona adulta y razonable, al menos nosotros sí debemos hacerlo. Dentro de unas horas habremos llegado a Buenos Aires. Tengo habitaciones reservadas para la niña y para nosotros. Pero nada para sus acompañantes, por supuesto. En cualquier caso, lo importante de veras es que pasado mañana estaremos en la gestoría, firmando la documentación. De ninguna manera se puede consentir que estemos sin hablarnos con ella hasta entonces, o que nos dirija la palabra cuando le venga en gana. Es absurdo, ridículo. Hay que perfilar demasiados puntos para que, cuando me acerque a ella con la mejor de las disposiciones, me trate como a una mierda.

—Vete haciendo a la idea.

—No, no pienso hacerme a ninguna idea, Florián —repuso con brusquedad—. Ni pienso consentir que todo se vaya al garete por chiquilladas. Así que encárgate tú. Te pondré al día, y tú se lo comunicarás. Pero no quiero deslices, ni malentendidos, ni tonterías, ¿entiendes?

Claro que lo entendía. Pedrín, a su modo, también se la había estado jugando aquí en casa para encontrarse ahora con esta ridícula situación. Veía, como vi yo desde el primer momento que traté con Claudia, que podía perder una fortuna. Eso sin contar con las explicaciones que debería dar al consejo si las cosas no iban por el buen camino... Y las consecuencias, posiblemente funestas, que eso le podía acarrear.

—Vayamos por pasos, Pedrín —expuse, tranquilo—. Como creo que la voy conociendo, lo mejor es ir poco a poco. Una vez consigamos un objetivo, a por el siguiente. Primero, iré a decirle que tenemos reservas hechas. Después, tendremos que conseguir habitaciones para sus colegas. Tal vez, hasta me sea necesario convencerla de que es lo mejor. No sé, igual tienen otros planes. Cuando ya estemos establecidos, le comunicaré lo que sea necesario. Pero punto por punto, nada de demasiadas propuestas de golpe. ¿Entiendes tú ahora?

Pedrín asintió.

—Así que, dime, ¿dónde has reservado habitaciones?

—En el Hilton.

—Pues llama inmediatamente al hotel y reserva, al menos, dos habitaciones dobles más. Yo iré a decírselo a la niña.

Me levanté y me dirigí hacia la trouppe. Al llegar frente a Claudia, tomé asiento y me giré hacia ellos.

—Qué triste se ha quedado la nave —dije, recorriendo con la mirada la sala—. Lo cierto es que ha sido un buen viaje. Yo, al menos, me lo he pasado en grande.

Joao me sonrió. La niña, nada, a lo suyo, cuchicheando con los otros.

—Sí, no ha estado mal —dijo el mulato—. La gente se ha divertido, que es de lo que se trataba.

Vaya, pensé, ahora resulta que, de lo que trataba este viaje, es de que los pasajeros se lo pasaran bien. Manda narices.

—Habéis demostrado ser unos auténticos profesionales de la animación —dije. Lo cierto es que, aunque lo dije por cumplir, era la pura verdad—. Os doy mi enhorabuena. Aunque no os haga falta para nada: ya sabéis vosotros que sois la caña.

Claudia me miró y asintió con una sonrisita cargada de ironía. Bueno, la cosa no iba del todo mal.

—Hemos reservado habitaciones para todos en el Hilton —comenté, de pasada, como quien no quiere la cosa, mirando a la niña—. Dentro de dos días firmarás los documentos, Claudia, y serás una mujer muy rica. Cuando forméis vuestra propia compañía de samba, me tenéis que invitar, ¿de acuerdo?

Me fijé en que a Joao le brillaron los ojos. La niña, mirando por encima de mi hombro, señaló con el mentón hacia donde estaba Pedrín.

—¿Quién es ese pintamonas? ¿Te está molestando? —Preguntó Claudia.

—Perdonadle —le excusé—, pero es un tanto empalagoso. Es un colega mío... y de tu padre. Es quien se ha encargado de tu búsqueda desde el primer momento, y quien está llevando los trámites de tu herencia. Te recuerdo que por encargo de tu padre.

—No me gusta.

—A mí tampoco me gusta demasiado —dije—. Pero es de fiar. Y, la verdad, ha realizado un buen trabajo. Gracias a él, y a mí, vas a coger mucha pasta, Claudia.

—Me da lo mismo. Dile que no se acerque a mí.

—No te preocupes. Tratarás sólo conmigo. ¿De acuerdo?

Claudia no dijo nada, ni hizo ningún gesto significativo. Definitivamente, las cosas iban bien.

—Creo que puedo considerar que me he ganado vuestra confianza —recorrí con mi mirada al grupo—. No os he fallado. Y no pienso hacerlo.

Sin esperar respuesta, me levanté y volví a mi asiento.

—¿Qué? —Me preguntó Pedrín.

—Al menos, ha accedido a venir al hotel.

—Ha accedido a venir al hotel —repitió mis palabras, con voz incrédula, negando muy despacio con la cabeza—. ¿De qué va todo esto, Florián? Trabajando desde casa he podido deducir muchas cosas, pero me parece que me he perdido las más importantes.

—Recuerda los cursos de psicología que dimos en Inteligencia. Adaptarse, Pedrín. Ponerse en la piel del otro.

—Florián, comienza desde el principio —dijo, levantando su mirada al techo—, y déjate de psicología ni de gaitas. Explícame por qué demonios esta estúpida parece reticente a hacerse multimillonaria. Porque te juro que tengo unas ganas de levantarme y darle de hostias al mulato, y a la Herminia de los cojones, que no te puedes imaginar.

Hasta nosotros llegó el olor inconfundible de la marihuana. Pedrín encogió la nariz, olisqueando el aire.

—¿Se están fumando un porro? —Preguntó, con cara de asombro—. Antes me había parecido oler a maría. ¿Es que estos mendas van siempre colocados?

Asentí. Y entonces comencé a narrarle, con pelos y señales, mis peripecias en el caso desde el fatídico momento en que me abordó el señor Paperas en la Virrey Morcillo. No olvidé ningún acontecimiento, ni oculté las impresiones que me produjeron: las ganas de abandonar, los absurdos contratiempos que fueron surgiendo, la escasa motivación que llegué a tener cuando parecía que ya estaba todo arreglado, el tufo a extraño... el mal rollo, en general, que me produjo este caso desde el principio. Le conté también mi affaire con Laura, aunque de un modo superficial, omitiendo detalles, como si me hubiera sido imprescindible enrollarme con ella para conseguir que nos llevase de extranjis a la Tierra. Vamos, que si alguien piensa que le abrí mi corazón con respecto a Laura, se equivoca. Por supuesto obvié todo lo acontecido abordo de la nave. ¿Para qué contárselo? ¿Se lo llegaría a contar a alguien, alguna vez? me pregunté. Y, de hacerlo, ¿alguien me creería?

Cuando terminé mi relato, que Pedrín escuchó con interés, arribamos a Buenos Aires. Laura, tras los agradecimientos acostumbrados, que más bien parecían un réquiem por el tono de voz con el que los dijo, nos advirtió por megafonía de que, debido a problemas técnicos, habíamos tomado tierra en el aeropuerto internacional «Montoneros», en lugar de en el espacio puerto. Algo extraño, la verdad, para tratarse de una nave espacial. Supuse que sería cosa de los militares.

En cuanto nos dio permiso para desalojar la nave, me acerqué a Claudia y sus colegas y les dije que recogieran sus equipajes —algo que también hice—, y que no se separasen de mí. Así que todos permanecimos juntitos, en la sala de maniobras, con nuestras maletas, esperando que alguien se dignase abrir la puerta, algo que hizo el sobrecargo. Les dije que fueran bajando y me esperasen en la pista.

Unos minutos después, Laura salió de la cabina, miró de pasada a Pedrín, me hizo un gesto con el mentón para que la siguiera, y descendimos tras ella. Era noche cerrada, y había poco tránsito en el aeropuerto. Claudia y sus colegas me esperaban, sobre la pista oscura, como pasmarotes. Al menos, los chicos habían sido obedientes.

En la escalerilla me acerqué a ella, y le pregunté, casi en susurros, por el militar, y por cómo habían ido las cosas. Ella se limitó a encogerse de hombros y a preguntarme.

—¿Y mi dinero?

Le dije que no se preocupase, pero que, como podía comprender, nadie llevaba encima en ese momento tanto dinero.

—Terminemos con esto cuanto antes —me dijo—. Me pondré en contacto contigo mañana mismo. Pero quiero mi dinero. No lo olvides.

Caminamos agrupados tras la capitana hacia la zona técnica del aeropuerto. Los chicos no dejaban de mirar alrededor, como si pudieran ver algo de interés en un aeropuerto de segunda fila, de noche, y mal iluminado. Pero, al fin y al cabo, era la primera vez que pisaban otro planeta y se les notaba nerviosos, expectantes. Claudia, por el contrario, colgada del brazo de Paquito, parecía intentar dormir mientras caminaba. ¿Era por efecto de los porros que se fumaron durante el trayecto? ¿O era el hastío propio de alguien acostumbrado a viajar, que había visto demasiados aeropuertos en su vida? Al llegar al primer edificio, vacío y silencioso, Laura señaló un pasillo medio a oscuras.

—Seguid por ahí. Yo me encargo de todo. Si alguien os pregunta, ya sabéis qué decir: sois tripulantes de mi nave.

Y, volviéndose hacia mí, me dijo.

—No tardes en llamarme.

Ésa fue su única despedida. Se giró y caminó a paso vivo, perdiéndose en otro pasillo.

Había terminado todo. Todo lo concerniente a la relación entre Laura y yo, me refiero. Me sentí extrañamente vacío, mientras la veía perderse en la semi oscuridad, con su andar decidido, su porte orgulloso y serio, sin volver ni una sola vez la vista atrás. Es difícil explicarlo. Fue como si me quitase un peso de encima, pero, a la vez, como si fuera consciente de que perdía algo importante e irrecuperable. Fui asaltado por un cóctel de sentimientos contradictorios, con la capacidad de dejarme laxo, desganado, y, en el fondo, triste. Había pasado muy buenos momentos con ella en Nosa; tal vez, hasta incluso me había hecho —inconscientemente— algunas ilusiones de cara al futuro. Y todo terminaba así, con miradas huidizas y frases secas, como dos desconocidos que por alguna razón se caen mal, de madrugada, en un oscuro y triste aeropuerto. Sin una pizca de afecto, en un entorno extraño y frío. Tuve la certeza definitiva de que nuestra relación jamás volvería a tener el mismo grado de intimidad— o de complicidad, al menos—, que había tenido desde siempre. Es más, intuí que jamás volveríamos a tener alguna relación, del tipo que fuera. Había tenido tiempo para deducir que todo iba a acabar así, había tenido ocasión de hacerme a la idea, e incluso no me pareció del todo mal, como ya saben. Laura, desde hacía demasiado tiempo, había conseguido mosquearme de veras, había perdido para mí aquel encanto que antes la hacía irresistible. Había conseguido que pensara que sólo era una buscavidas más, egoísta, desleal, falsa. Y, además, por si todo lo anterior fuera poco, insoportable. Pero, en ese instante, en el momento justo en que se desviaban nuestros caminos, no pude evitar sentirme vacío. Nuestras vidas, para bien o para mal, se estaban separando para siempre.

Pedrín me cogió del brazo.

—Vamos —me dijo—. ¿Te pasa algo?

Me encogí de hombros y negué con la cabeza, haciéndome el sorprendido. Pedrín y yo encabezamos la comitiva y continuamos pasillo adelante. Cruzamos una sala vacía, y salimos por fin al exterior del complejo. En serio: qué triste y vacío estaba todo.

Tras unos minutos de caminata, pues la salida de personal estaba demasiado alejada para mi gusto de la de viajeros, llegamos hasta la parada de taxis. A la hora de montarnos en los vehículos —tal y como preví—, surgieron dudas y discusiones. Así que la distribución en los taxis fue la siguiente: Claudia, Joao, y yo, en uno. Pedrín, Paquito y las dos chicas, en otro. Como pueden imaginar —ya conocen el absurdo y caprichoso carácter de la niña—, Claudia se negó a viajar en el mismo vehículo que Pedrín. Así que, acompañada de su escudero, accedió a montar en el mismo que yo, eso sí, con la condición de que no se separase demasiado un taxi del otro. Los taxistas nos miraban como si fuéramos lo que en realidad éramos: unos puñeteros excéntricos. Para que se hagan una idea, les diré que aquello me recordó las excursiones colegiales de mi infancia, donde todos los amiguitos querían sentarse juntos en la parte trasera del autobús, y habían empujones, insultos, incluso peleas, entre los grupos de niños más malos, que por alguna ignota razón querían ocupar esa parte, hasta que llegaba un profesor a poner orden y colocarlos. Pues eso.

Llegamos al Hilton, tomamos nuestras habitaciones —que el bueno de Pedrín había pedido, haciendo alarde de su buen criterio, consecutivas— y dejamos nuestros equipajes. Pedrín y yo compartimos una doble, Claudia y Joao compartieron otra, y el resto la tercera. Una vez acomodados, los reuní a todos en la habitación de Claudia, y le dije a la niña que, si por un casual, en cualquier momento, y por cualquier motivo, me tenía que despertar, que lo hiciera. Ella asintió. Pedrín y yo nos marchamos de la habitación, dejándoles a su bola, liándose otro petardo. Al llegar a la nuestra, Pedrín me miró muy serio, y me dijo.

—Estos dan el cante pero bien. Hay que mantenerse alerta, Florián. Tenemos que estar despiertos, por si acaso.

Asentí.

—No te fíes un pelo de ellos, Pedrín. Nunca. Pueden hacer cualquier barrabasada en el momento menos oportuno.

—Pues a controlar a estos saltimbanquis porretas —ordenó Pedrín.

—A la orden, jefe. Además, aprovecharemos el tiempo. Debes contarme todo lo que se ha cocido por aquí, en casa. Hasta el momento, sólo yo he puesto las cartas sobre la mesa.

¿Era cierto? Pues, posiblemente, no. Pero es que este tipo de frases quedan muy bien cuando pretendes hacerte el interesante. A veces, que conste. ¿Me hice el interesante delante de Pedrín? Sinceramente, lo dudo. Pero, así lo dije, y así queda. Y, de hecho, Pedrín me miró de soslayo, como si no supiera bien a qué me refería o no me creyera. Vamos, como hubiera mirado yo a cualquier otra persona que me viniera con tan absurdo comentario.

Escuchamos ruido fuera. Pedrín y yo nos acercamos a la puerta, la entreabrimos.

© José María Boto Bravo, (4.246 palabras) , Créditos