Pedimos dos capuchinos. Laura, hasta que nos los sirvieron, se mantuvo distante y relajada, contemplando el paseo marítimo y el oscuro mar, como una turista más. Estaba para comérsela. Por cierto, ¿me dejaría subir con ella a su habitación esa noche? Viéndola, el cabello rubio mecido por la brisa, mirando con ojos vivaces el paseo, me olvidé por completo de la conversación con Joao, de la niña, de la cena, y de todo lo demás. Llámenme inconsciente o lo que quieran. Para inconsciente, Herminita, qué demonios.

Al fin, tras un sorbito de su café, Laura comenzó la inevitable y previsible andanada de preguntas. Se acabó el encanto del momento. Y comenzó con una de esas preguntas que desarbolan al más pintado.

—¿De qué va todo esto, Florián? —Me preguntó sonriendo, sin perder su aura de diosa plácida.

Yo le contesté —intentando ser lo más competente y neutral posible, como si el asunto no fuera demasiado importante—, que ella ya lo sabía, pues le había puesto en antecedentes, tanto del asunto en sí, como de los problemas derivados de la inexplicable personalidad de mi cliente. Pero ella pareció no escucharme, o no hacerme caso, y no dejó de sonreír mientras yo la respondía. Continuó preguntándome que cómo era posible que, si Herminita era en realidad mi cliente, y habiendo tanta pasta por medio, tuviera que tratar con el bailarín, alguien claramente incompetente en este tipo de temas. Le respondí que la niña debía de estar acostumbrada a que alguien le solucionase siempre la papeleta. En fin, no quiero aburrirles. Diré que fui sincero, y le contesté con franqueza a todo cuanto me preguntó. Preguntas, todas, basadas en la inusual reunión de unos minutos atrás. Nada, en principio, que trascendiera al asunto del transporte y a la sorprendente disposición de mi cliente y sus colegas. Al fin, compuso un mohín de desagrado o de incredulidad, o tal vez de ambas cosas a la vez, y me dijo.

—Te creo. De acuerdo, la niña es absolutamente estúpida. Acaba de heredar una inmensa fortuna y parece que le importa un pimiento. Pero, Florián, a mi no me la das: no me has contado todo.

Le dije que eso era lo que había, que si ella se encontraba desconcertada, que se imaginase como estaba yo. Puse a parir a la niña, a sus colegas, incluso a Pedrín. Pero algo se debió de oler —desde el primer instante de la cena, tal vez desde nuestra primera reunión en el espacio puerto—, porque me preguntó, esta vez cambiando su sonrisa socarrona por un rictus de absoluta seriedad.

—Florián, respóndeme, y no me intentes engañar. ¿Cuánto te vas a llevar?

No piensen que lo hice por hacerme el importante, ni por demostrarla que era el tipo listo de siempre. Bueno, tal vez, algo de eso hubo. Pero creo que lo hice porque necesitaba convencerme a mí mismo.

—Como te dije en su momento, pacté con Paperas quinientos mil doblones —expuse, tranquilo—, de los cuales cien mil serían, en principio, para Pedrín.

—Es una cantidad considerable. Pero, ¿no habrá algo más? —Me preguntó, encogiendo la nariz.

Bien, me había cogido. Si tenía ya mi corazón, mis pensamientos, y algunas otras partes de mi anatomía, a su entera disposición, no era cuestión de mentirla.

—Pero pretendo pillar algún que otro millón más —dije, encogiéndome de hombros—. A título personal, ya me entiendes.

Puso su mano suave sobre la mía, y, sonriendo, acercó su cara, hasta el punto que pude sentir su aliento tibio en mis labios.

—Ahora sí, Florián. Ahora nos vamos entendiendo.

Después, cogió su taza, terminó el capuchino de un sorbo, y levantó la mano, llamando al camarero.

—Voy a pedirme un copazo. ¿Quieres uno?

—Sí —asentí—, y también un puro.

El camarero, atento, no tardó más de dos minutos en traernos las consumiciones. Mientras tanto, Laura, reclinada hacia atrás en su silla, no dejaba de mirarme, sonriendo silenciosa. Fui consciente de que ella sabía que ejercía sobre mi —háganme caso, y sobre cualquiera— una atracción irresistible. Cuando nos trajeron el ron y el purazo, y una vez que se marchó el camarero, levantó su copa al centro de la mesa.

—Propongo un brindis —dijo—. Por que todo vaya bien... y saquemos buena tajada de ésta.

Chocamos las copas y bebimos el correspondiente sorbo. Antes de que pudiera dejar mi copa en la mesa, me besó en los labios. Un beso rápido y ligero, mojado de ron, suave, placentero. Cuando intenté profundizar el beso, se apartó, sonriendo.

—Es bueno este ron, ¿verdad? —aseguró, mirándome con ojos cautivadores. Ella sabía, y yo también, a qué ron se refería. No al de Nosa, por muy bueno que sea.

Bebí otro sorbo y encendí el puro. Como diría un castizo, no me hubiera hecho falta el mechero para hacerlo.

—Bueno, bueno, Florián —susurró, acariciando el vaso, y mirándome a la vez.

Supe que iba a proponer algo, por supuesto, beneficioso para sus intereses. Lo mejor del caso es que, también, podría serlo para los míos. ¿Cómo despreciar una proposición así? Ambos sabíamos de qué iba la cosa. Sonreí, y le invité con un gesto a continuar.

—El caso es que, desde que me recibiste en el espaciopuerto, he indagado un poco sobre Jabonox —expuso—. No es que no me fiara de ti, pero no me gusta que me engañen mis amigos. Y me he enterado de que la mierda de niñata de marras va a heredar una fortuna incalculable. En ese momento, supuse que pillarías cacho de verdad. Siempre algo más de lo que me dijeras. ¿Me equivoco?

—En absoluto —contesté.

—Bien, pensé, ya me pondrá al día, o ya me enteraré yo —ronroneó—. Y, ya ves, aquí estamos, hasta aquí hemos llegado. Pero creo que debemos llegar un poquito más lejos. Alcanzar un acuerdo. Tú y yo, ¿entiendes? Vais a viajar en mi nave. Tal vez eso me cree problemas. Según tu criterio, ¿debería hacerlo como un favor personal? ¿O cuánto debería cobraros?

—Tal vez me creas, tal vez no, pero siempre fui sincero: desde el primer momento te dije que había mucha pasta en este asunto. Por supuesto, siempre pensé en compartir un porcentaje contigo... si lograba pillar algo más. El porcentaje que tú estimaras oportuno.

—Te creo —asintió, sincera—. De otro me esperaría cualquier putada. Pero de ti, no.

—Princesa, jamás te haría algo así.

Bebió otro sorbo de ron, volvió a posar su mano sobre la mía, esta vez ejerciendo una pequeña y placentera presión.

¡Cómo sabía Laura —sabe y sabrá—, llevarse al huerto a cualquiera! Qué maravilla de mujer.

—De todos modos, Florián, os cobraré cincuenta mil —dijo, sin dejar de sonreírme—. Por dejaros en la Tierra, donde me digáis. Pero, antes, deberás comprometerte a darme cuando lleguemos a casa otros cincuenta mil más.

Sonreí asintiendo. Estuve a punto de hablar y decirle que, si por mi fuera, cien mil y lo que hiciera falta... pero que, para que eso ocurriera, yo tendría que salirme con la mía. No me dio tiempo a decir nada.

—Mira, Florián, creo que, al final, ha ocurrido lo que nunca quise: me he enamorado de ti —dijo, con ojos brillantes. No me pregunten por qué, pero supe que era absolutamente cierto, y no suelo equivocarme—. Eres un buen tipo, nos conocemos de tiempo atrás, sabes hacer el amor muy bien... Pero soy una mujer práctica. Estoy segura de que tú me comprendes.

Dejó correr el tiempo, esperando tal vez una respuesta. Sólo se encontró con una sonrisa bobalicona, que fue lo único con lo que pude contestarle.

—¿Y si me estás engañando, utilizando? —continuó, poniendo cara de corderito—. No te lo perdonaría nunca, cariño. Por muy bien que me lo haya pasado en estos días.

Señoras y señores, se acabó. Sucumbí. Me acerqué a su cara y la besé. Beso que fue correspondido por ella, hasta el punto de que el camarero se acercó a nuestra mesa y carraspeó, pidiéndonos moderación. Parecíamos dos adolescentes calientes.

Sin decir nada más, nos levantamos y caminamos, cogiditos de la mano, hasta el hotel. Subimos a su habitación. Imagínense el resto.

* * *

Durante los siguientes dos días, Laura desaparecía a primera hora, camino del espaciopuerto a ultimar preparativos, y yo invertía mi tiempo en vigilar la buhardilla de Mazaronni con el mayor sigilo posible. Pero, al llegar la noche... al llegar la noche, amigos, las puertas del paraíso se abrían ante mí. Bueno, no me extenderé en detalles picantes, e iré a lo importante: nadie parecía vigilar a la niña. Me puse en contacto con Pedrín en un par de ocasiones para comentarle nuestra inminente partida y en previsión de que hubiera cambios de última hora. Se mostró exultante y confiado. Para él, parecía estar claro que no tenía de qué preocuparme, pues los miembros del consejo de Jabonox cumplirían su palabra. No nos molestarían de momento. Los problemas surgirían si no cumplíamos el trato. Algo que no dejó, pese a su radiante estado de ánimo, de recordarme en cuanto podía.

La mañana de la partida, Laura se levantó muy temprano, pagó la cuenta del hotel, y se marchó al espaciopuerto a dar un último y definitivo repaso a la nave, cumplimentar el papeleo de rigor, y recibir a sus pasajeros. Yo aproveché para acercarme hasta el hostal Mari Luz, recoger algo de equipaje de mano, pues solía dejar ropa y enseres personales en casa de doña Mari Luz, algo que viene de perillas cuando tienes que viajar habitualmente, y pagar religiosamente, prometiéndole a la patrona que me cuidaría hasta mi nueva visita. Al despedirnos, me preguntó por Laura. Cuando le contesté con una sonrisa, ella me miró de medio lado y me advirtió.

—Ten cuidado, hijo.

—¿Lo dice por Laura?

—Eres un hombre de mundo —concluyó—, y sabes de estas cosas más que yo. Pero a mí me parece una lagartona de mucho cuidado.

Camino del espacio puerto en un taxi, no dejé de sopesar la recomendación de doña Mari Luz. No me pregunten por qué, no podría contestarlo. Por supuesto, a mí no me parecía ninguna lagartona, ni pensaba que tuviera que tener cuidado. Es más, si era una lagarta o no, me traía al fresco. Pero la idea no dejaba de rondarme la cabeza. ¿Era posible que me hubiera cegado el amor? Sí, para ser sincero, lo era. Pero, ¿llevaría razón doña Mari Luz? ¿Debería cuidarme de ella? Suelo hacer caso a la gente más mayor que yo, por muchos y obvios motivos. Así que no pude quitarme, del todo, el asunto de la cabeza.

Llamé por última vez a Joao. Era la segunda o tercera llamada que le hacía esa mañana, pero no me importaba quedar como un plasta. El bueno del mulato contestó, con voz de hastío, diciéndome que ya iban de camino. Que no me preocupase, que todo estaba en regla, incluidos los equipajes de todos. ¿De todos? Ay, ay, ay... me temí alguna barrabasada de última hora. Pero, cuando fui a preguntarle que a qué se refería, cortó la comunicación. Y a mis siguientes llamadas no contestó, el muy cabrito. Así que el taxi me dejó frente a la pequeña terminal de privados con el ánimo sobrecogido y alerta ante una previsible nueva sorpresa. Por cierto: comenzó a llover. Con ganas, con saña.

La discreta terminal estaba saturada por un numeroso grupo de ancianos, que parecían resacosos y tristes, vestidos con prendas de playa, sombreros, y gafas de sol. Tras ellos, los mozos de equipajes tiraban de carros enormes con montañas de maletas y bolsas. Debía de ser el grupo de Laura, sin duda. Todos los viejos tenían pinta de tener, en idéntica proporción, pasta y mala leche. Algunas ancianas recriminaban a los mozos el escaso tacto que tenían con sus equipajes, pese a que los chavales hacían todo lo humanamente posible para que no se vinieran abajo las inestables pirámides de maletas que se bamboleaban sobre los carros.

Tras un mostrador, donde un funcionario escoltado por dos azafatas de aduanas revisaba una lista de pasajeros y los pasaportes de la gente, estaba Laura, las manos en la cintura, mirando con gesto concentrado al grupo de vejetes, e indicando a los que pasaban el control hacia dónde se tenían que dirigir. Me vio llegar, dijo algo en voz baja al funcionario, y, sorteando como pude a los pasajeros, me puse a su lado. Sin mirarme siquiera, señaló con su mentón hacia el funcionario.

—Firma en la hoja de salida —me ordenó en voz baja con sequedad—. Os he conseguido hacer pasar por miembros de mi tripulación.

En la mesa, tras presentar mi pasaporte al funcionario y una breve inspección del mismo, y, también, tras aguantar las quejas de los pasajeros que gritaban que no me colase, firmé en la casilla destinada a Florián Mayo, Segundo Sobrecargo. Vi que, en la parte destinada a la tripulación, quedaba un hueco libre a nombre de Claudia de Castro, Animadora Sociocultural.

—Me ha costado una buena propina —me dijo Laura cuando volví a su lado—. Propina que me será reintegrada en cuanto puedas, ¿verdad?

No le contesté. Laura, concentrada en sus pasajeros, saludaba por sus nombres y con una falsa sonrisa a los que terminaban de pasar el control con gesto hosco.

—Encantada de volverla a ver, señora de Cañas —saludó a una señorona que llevaba un imposible sombrero a lo Juanita Banana—. Y tú, lleva el equipaje a la cinta dos —indicó al mozo, que no quitaba ojo del cuerpo de Laura, enfundado —embutido, más bien— en su mono de vuelo.

El chaval casi hace volcar el carro por intentar mirarla el culo. Las dos azafatas del control estaban ricas de verdad, elegantemente vestidas con su uniforme, sonrientes y hermosas, pero el mozo prefirió concentrarse en Laura. No se lo reproché.

Lo cierto es que el chaval tenía buen gusto, y eso es algo que valoro. Miré a Laura, que parecía una diosa interestelar, una diosa del placer y la belleza... Sí, ya sé, dirán que soy un tanto cursi, o que estaba enamorado hasta las trancas, o ambas cosas a la vez. Pero yo me he propuesto narrar todo lo que ocurrió y cómo fue, y todo lo que pensé y sentí, con total sinceridad. En aquel momento, el mero hecho de saber que me la estaba tirando me dio un subidón de autoestima que no se pueden imaginar. Mi mente comenzó a navegar por mares más placenteros, mientras la observaba sin disimulo. Se había recogido el pelo en una coleta, que le dejaba a la vista sus orejitas perfectas, el mono, como ya saben, le sentaba mejor que a ningún ser vivo de todo el Oikumene... y todo, pese a la cara de mala leche que gastaba esa mañana. No se había maquillado, pero a la que es guapa de verdad, tampoco le es imprescindible. Qué más da el buen o mal carácter, determiné, la que está buena, está buena. Al fin, decidí dejarme de tonterías y controlar la entrada. Porque, a todo esto, Herminita sin venir.

Así fueron pasando los minutos, hasta que la fila de pasajeros desapareció. El funcionario, tras un suspiro, se levantó de su silla y se estiró, como si le fuera obligatorio hacerlo tras aquel esfuerzo titánico. El muy vagazo.

—Ya están todos los pasajeros, capitana —dijo, dirigiéndose a Laura—. Yo me largo ya. Es mi hora del almuerzo, y eso es sagrado. Sólo falta un miembro de su tripulación... —repasó el listado en su unidad de comunicaciones— una tal Claudia no sé qué, animadora de no sé qué. ¿Se encarga usted de ella?

¡Hay que ver! ¡Qué eficiencia! —Determiné—. Por delante de las propias narices de ese tipo podrían haber salido del planeta Atila, Gengis Khan, y el Conde Drácula, los tres de la manita y vestidos a su manera, sin que él se hubiera dado cuenta o sin que le interesase un pito.

—Muy bien, ya me encargo yo —le despidió Laura—. Hasta otra, Juanito.

El tipo, que para llamarse Juanito era demasiado entrado en años y carnes, desapareció por el pasillo, dejando a las dos azafatas buenorras mirándose entre sí. Al fin, tras unos instantes de vacilación, decidieron también largarse. Nos sonrieron, agacharon la cabeza, y tomaron el pasillo. Al fondo —me fijé—, un cartel indicaba la cafetería del personal.

—¿Qué demonios pasa con tu cliente? —Preguntó Laura, mirándome con ojos de odio. Le había visto, unos días atrás, esa mirada. La reconocí. Sin duda, tenía un humor de perros aquella mañana.

—Les he llamado mientras venía, y me han dicho que estaban llegando —contesté, encogiéndome de hombros. Volví mi mirada hacia las azafatas que se perdían por el largo pasillo. Lo cierto es que estaban buenas de verdad. De no haber estado enrollado con Laura...

—¿Diste bien las indicaciones? ¿No se habrá equivocado de terminal? —Me sacó de mis lúbricas ensoñaciones con su pregunta.

—No te preocupes.

—¿Que no me preocupe? —Explotó—. Tengo que controlar el equipaje. Tengo que ultimar todos los detalles. Parece mentira que me digas eso. Me cago en la leche, estoy rodeada de inútiles.

—Tranquila, princesa —dije, rápido—. Hay mucha pasta, de la cual tú también vas a pillar. ¿Cuánto te queda por pagar de la nave? ¿Mucho, demasiado tal vez? Si todo sale bien, te habrás quitado un gran peso de encima.

¿Por qué lo dije? ¿Fueron, acaso, las recriminaciones leves pero contundentes de doña Mari Luz? ¿Fue que, en el fondo, soy un cínico? ¿Fue que, aunque puedan llegar a creer lo contrario, a mí pocos me engañan? Lo cierto es que Laura, tras yo decir eso, cambió su rostro huraño por una sonrisa que parecía sincera, me agarró de la mano y me susurró al oído.

—Perdóname.

—Perdonada —le dije—. Pero deberías comportarte con algo más de educación con tus amigos, ¿no crees?

—Son estos inaguantables viejos ricos, que me sacan de quicio —se excusó, negando con la cabeza—. Sólo pensar que nos quedan toda una travesía a la Tierra con ellos me pone de los nervios. Si en el viaje de ida fueron desagradables, imagínate la vuelta.

En esas estábamos cuando las puertas de cristal de la pequeña terminal se abrieron. Entraron Claudia, las dos bailarinas de siempre, Paquito, y el bueno de Joao, chorreando todos agua por cubos. Venían acompañados por un miembro del personal del espaciopuerto, que les hacía indicaciones y se despedía después con una sonrisa condescendiente. Por el amor de dios, ni tan siquiera habían sido capaces de encontrar por sí solos la terminal de privados. Seguro que estuvieron dando vueltas como moscardones por el espaciopuerto hasta que al fin decidieron preguntar. Ahora, todo el que lo quisiera sabría que Herminia Claudia de Castro Urdiales y Figueira da Foz estaba a punto de partir de Nosa. Viva la discreción y la seriedad. Sonreí con tristeza, ya que la circunstancia no me hacía la más mínima gracia. Más torpe y estúpido no se puede ser. Y, créanme, no lo pensé sólo por ellos: me incluí yo también en la lista de tontos recalcitrantes. Al final, como durase mucho el trabajo, me iba a ver con un tiro en el culo por su culpa. Fijo.

Llegaron al mostrador, calados hasta los huesos, llevando cada uno de ellos una maleta como único equipaje. Parecían un grupo de piojosos desvalidos que acabasen de ser despedidos de alguna mísera prospección de algún planeta minero. ¿Quién, en su sano juicio, creería que, entre ellos, estaba la heredera de Jabonox? Respondo la pregunta: quien estuviera al tanto.

Herminia Claudia nos miró con gesto inescrutable: no sabría decir si con hastío o con asco. Joao, comprimido en las mallas negras de la otra noche, empapado, y marcando pezones en su camiseta sintética de color fucsia, sonrió y, haciendo un gesto con la cabeza, nos preguntó.

—Bueno, ya estamos aquí. Y ahora, ¿qué?

Preferí guardar silencio. La mejor de las opciones posibles, créanme. El mulato tenía por costumbre, al menos en sus actos sociales, o bien marcar culo, o bien pezones, o bien ambas cosas —y alguna que otra más, y de dimensiones envidiables—, a la vez. ¿Cómo fiarse, por muy bien que te cayera el tipo, de tamaño elemento? ¿Podría abstraerme de esa máxima que recomienda obviar el aspecto físico para juzgar a una persona?

No, no pude. Y Laura, para mi desgracia, tampoco.

Porque Laura torció la cara en un gesto de desconcierto supremo mientras observaba al grupo, tan estrafalario y cutre como siempre, o incluso un poco más: venían empapados hasta las cachas de una ducha que, por otra parte, no parecían haberse querido dar, en ninguna circunstancia, de forma voluntaria. Resoplaban y se quejaban como si lo que les hubiera caído del cielo fuera ácido sulfúrico en vez de agua.

Rápido, me dirigí al mulato.

—Que pase la niña. Venga, rápido. ¿Es éste su equipaje? —señalé las maletas que llevaban—. Dejadlas en un carro. Ya me encargo yo.

Se cruzaron fugaces miradas entre sí, pero nadie dijo nada. Juro que, en ese instante, me temí que iba a suceder lo inevitable. Joao se volvió hacia mí, y, sonriendo sin ganas, me dijo.

—Cambio de planes, Florián. Claudia desea que vayamos todos con ella.

© José María Boto Bravo, (3.521 palabras) , Créditos