Serían cerca de las dos cuando entraron Herminita y sus colegas. No me equivoqué: venía acompañada por Joao el mulato, el rubio, y dos bailarinas. A una la reconocí: era la que cojeaba tras la actuación que tuve la desgracia de ver. Seguía cojeando; pero, tal vez por solidaridad con ella, tal vez por un infortunado pero previsible accidente, la otra bailarina también cojeaba. No era de extrañar, determiné, dedicándose a actividades de máximo riesgo como la suya.
Herminita, como siempre: una falda larga, con cientos de manchas, con los bajos sucios porque iban limpiando el suelo a su paso, y una camisa que podría haber pertenecido, años atrás, a un luchador de sumo. El mulato vestía unas mallas negras ajustadas, marcando —pero bien— culo y paquete, y una camiseta blanca de tirantes llena de ronchas. Las chicas, el uniforme de baile, con minifalda de lentejuelas verdes. El rubio, al menos, había tenido la decencia de quitarse el traje oficial de la orquesta: lucía camiseta de prolipropileno expandido, pantalones de cuero artificial y botas de campaña. Pero, eso sí, todo limpio. Sin duda, el mejor vestido del grupo.
Herminita me localizó con la mirada, puso un gesto de fastidio, como si fuera una coincidencia desagradable en vez de una cita, y el pequeño grupo se dirigió a nuestra mesa. Cuando llegaron, me levanté.
—Herminia Claudia, te presento a Laura, capitana de la Niña de los Peines.
Laura se levantó también, con la sana intención de saludar a la niña. Pero ésta se limitó a asentir en su dirección mientras tomaba asiento, dejando a Laura con la mano extendida. Joao, en cambio, y aunque no fuera él el presentado, correspondió al saludo y le dio la mano a Laura.
—Encantado —dijo—. Soy Joao.
Debería comenzar a revisar mis valoraciones sobre el mulato, razoné. Pese a todo, parecía un tipo competente, al menos en comparación con el resto. No sé por qué, en aquel momento supe que sería con él con quien tendría que tratar. Bueno, para ser sincero, es algo que empecé a barruntar al recibir su llamada. Al fin y al cabo, estábamos ahí gracias a él. ¿Qué pretendía el mulato? ¿Pillar cacho de la fortuna de su amiguita Claudia? Algo razonable, lícito, y merecido, deduje, tras echar un vistazo general a la niña, que hoy venía peor que en cualquiera de las otras ocasiones en que la vi. De talante y de higiene, me refiero.
Los otros tres acompañantes de Herminita tomaron asiento en cuanto vieron a la jefa hacerlo, saludando con gestos de la cabeza en dirección a Laura y a mí. Tenían pinta de cansados. O, para ser más preciso, de estar hechos polvo del todo, como si regresaran de la guerra habiendo sido aplastantemente vencidos.
—Bueno, Herminita —dije para comenzar—, veo que has venido acompañada. Muy bien. Por mi parte, como podrás comprobar, no hay problema.
—¿Quién has dicho que es ésta? —Preguntó la niña, señalando despectivamente con el mentón a Laura.
—Laura —contesté—. Capitana de la nave que nos va a llevar a la Tierra.
Recé, mientras contestaba a la niña, para que Laura no interviniera, lo que significaría una tácita aceptación. Me imaginé una reacción de Laura, un cruce de insultos... Pero Laura, gracias al cielo, permaneció silenciosa.
—¿Y qué pinta aquí? —siguió preguntando la niña.
—Va a llevarnos en su nave... ¿A ti qué te parece?
—¿Qué pasa? ¿Suele cenar con todos sus pasajeros? ¿Se tiene que enterar de la vida privada de todos y cada uno de ellos?
—Bueno, si es lo mejor, me voy —dijo Laura, levantándose—. Herminia tiene razón. No suelo cenar con mis clientes.
—Tú te quedas —intervine, sujetándola del brazo.
Lo hice, no por nada en especial —en el fondo tal vez llevase razón Herminita—, sino porque no quería ceder ante la niña, no quería quedar como un don nadie delante de Laura, y, sobre todo, delante de mí mismo. Ella podía asistir a una conversación privada acompañada por tres colegas que no pintaban nada —bueno, el mulato comenzaba a caerme bien, así que no le incluí en la lista—, y yo no podía ir a la misma conversación con la persona que nos iba a llevar en su nave. La cosa no tenía pies ni cabeza, y no lo iba a consentir.
Miré a Herminita con severidad.
—Esta mujer es de mi absoluta confianza, y se ha ofrecido a llevarnos en su nave a la Tierra, dentro de tres días —le dije, serio—. Algo que va a hacer como favor personal. Si prefieres buscarte tú la nave, adelante. Pero creo que intuyes que la rapidez y la discreción son fundamentales. Como no vas a ser capaz de hacerlo, acostúmbrate a no querer llevar siempre la voz cantante. Así que compórtate con un poquito de educación, ¿vale?
Herminita se encogió de hombros y me miró con desprecio.
—Mira, muerto de hambre, me puedo comportar con la educación y los modales más exquisitos, pero eso no contesta a mi pregunta. ¿Qué pinta aquí?
—Pues lo mismo, o más, que tus colegas.
—Al fin y al cabo, ese es problema mío, como tú dijiste.
—Y mío. No olvides que yo también puedo compartir lo que me dé la gana con quien me dé la gana. No te equivoques, Claudia: el asunto no te pertenece en exclusiva. Es más, yo diría que es en un ochenta por ciento de mi propiedad. Yo sí que puedo compartir información con quien quiera. Por tu propio bien, deberías hacerme caso y dejar de poner trabas.
«Si tú supieras», pensé.
Herminita estaba a punto de decir algo. Pero, en ese momento, se levantó Joao de su silla.
—Paz, chicos, paz —intervino, sorprendiéndome, enseñando la palma de sus manos con rostro sonriente y un gesto de suficiencia que consideré un tanto sobrado—. Si Florián cree que esta mujer es de confianza, deberíamos creerle. ¿Verdad, Claudia?
La niña se encogió de hombros y volvió su mirada y su atención a la carta del restaurante. Miré al mulato con sincera admiración: había sido capaz de calmar a esa fiera. ¿Por qué? Deduje que Herminia, tal vez consciente de su poco fiable capacidad de raciocinio, o a saber el motivo, había delegado en el mulato el asunto, hasta el punto de permitirle hacerla callar en público. Joao, después de conseguirlo, me hizo un gesto de complicidad, y volvió también su atención a la carta.
En ese momento se acercó un camarero a tomar nota. Laura y yo pedimos cerveza y una ración de chili con carne a medias. El resto, una cena pantagruélica, con varios platos por cabeza, cerveza, y tequila por litros.
Nos sirvieron de inmediato. Herminita y sus colegas, pasando de todo lo demás, se dedicaron a engullir como leones hambrientos. Supuse que ésa sería la única comida decente de todo el día, y que los bailarines no sólo deberían recuperar fuerzas después de la sesión recién terminada, sino también acapararlas para la próxima. Por supuesto, Laura y yo mantuvimos un silencio plagado de miradas de asombro —había que verlos devorando la comida, todo un espectáculo—, un silencio respetuoso que sólo terminó cuando Joao, después de limpiarse con la servilleta, sirvió tequila en su vaso y me dijo:
—Entonces, Florián, si todo está preparado, ¿qué propones hasta el momento de partir?
Miré a Herminita. Charlaba en voz baja con las bailarinas, a su rollo. Asentí. Parecía estar claro que la niña había decidido dejar el tema en manos del mulato. Todo el tema. Tal y como había supuesto horas antes, él sería mi interlocutor. Mi cliente, en cierto modo. Sonreí.
—Propongo discreción —le contesté—. Claudia debería ocultarse hasta ese momento.
Joao negó lentamente con la cabeza. Por cierto: parecía a gusto en su papel de hombre de confianza. Y, para ser justo, no lo hacía del todo mal.
—Eso le he dicho, y créeme, de eso he intentado convencerla —me dijo—. Pero no accede. Así que se quedará con nosotros. ¿Crees que eso puede suponer algún peligro?
—Depende. No puedo asegurarlo con certeza. Pero, en todo caso, me gusta extremar las precauciones.
—Estoy de acuerdo contigo, pero olvidémoslo —sentenció Joao con gesto de falso hastío—. Claudia no quiere, y punto. Mira que le he dicho que yo mismo podría estar informado del lugar donde se ocultase... pero nada. De todos modos, sólo nos quedan dos o tres días para partir, ¿no?
—¿Nos quedan? —Pregunté, encogiendo la nariz.
Me temí lo peor.
—Por supuesto, acompañaremos a Claudia —aseveró Joao—. No la dejaremos sola en esta situación, como puedes comprender.
Me quedé en silencio. Miré a Laura, que parecía preguntarme con la mirada no sólo por la cantidad de plazas extras que tendría que habilitar en su nave, sino también si todo aquello iba en serio, como durante la procesión de Mocambo. Sí, en el fondo, era una mirada parecida. Eso, al menos, deduje. A todo esto, Herminita a lo suyo, charlando, ahora más animadamente, con las bailarinas. De vez en cuando sonreía. La niña estaba acostumbrada a que los demás le solucionasen la vida, eso quedaba claro. ¿Por qué no iba a suceder ahora lo mismo?
—No es que no nos fiemos del todo de ti, pero debes comprenderlo —continuó el mulato, encogiéndose de hombros—. Es nuestra amiga.
Laura me miró, componiendo un gesto de sorpresa.
—Florián —me dijo Laura, negando con la cabeza —me dijiste que sólo ibais a venir tu cliente y tú. No tengo más sitio en la nave.
—Pues ésa es una de las condiciones innegociables —dijo Joao—. O vamos todos o no va nadie.
¿De qué iba esto ahora? ¿Quién se creía que era el mulato?
—¿Innegociables? ¿Todos? —Pregunté.
—Bueno, Claudia, Espe, y yo, al menos —precisó Joao—. Paquito no puede venir, es imprescindible en la orquesta.
Estuve tentado de decirle al mulato que el concurso de Paquito en la orquesta era tan irrelevante como el de, al menos, cinco bailarines, incluyéndole a él, que lo único que hacía era asustar a los espectadores... por no hablar del pequeño escenario en el que tenían que moverse, con capacidad, a lo sumo, para dos bailarines decentes. Así que, basándonos en esa premisa, todos los habitantes de la buhardilla podrían acompañar a Claudia en su viaje, sin menoscabo de la capacidad artística de la orquesta y el cuerpo de baile de la Orquesta Dominó. Pero me callé. Al menos, hice algo bien. Cuando no es necesario para tus intereses ser irónico, mejor déjalo.
Sé que no actué de forma correcta, pero me puse la mano en la frente, agaché la cabeza, y comencé a moverla negando. Aquello, lo reconozco, me superaba. Laura, mientras tanto —algo que pude observar por el rabillo del ojo—, me miraba con gesto de incredulidad y confusión. Deduje que mi integridad como profesional estaba bajo mínimos, al menos a sus ojos. Y, para ser sincero, a los de cualquiera con dos dedos de frente.
—¿Cuántos pensáis venir? —Preguntó, al fin, Laura.
—Lo que has oído —contestó Joao—. Tres, como mínimo.
Laura negó contundentemente, con la solvencia de siempre. Era una capitana, y tenía un trabajo que hacer. Envidié su profesionalidad y resolución. Yo, mientras ella iba a lo práctico, me perdía en darle vueltas al asunto. Cogí el chupito de tequila y bebí un sorbo, intentando recomponer, sino mi estado de ánimo, al menos mi apariencia externa. Tienen que comprenderme: eran demasiadas sorpresas en un sólo día. Así que, como casi siempre, dejé que la conversación siguiera, y alguien terminase por decir algo sensato a lo cual aferrarme. Porque, si por mi fuera, créanme, me habría levantado de la mesa, habría cogido a Laura de la mano, y nos habríamos largado de allí. Y eso que el tequila que nos sirvió el mulato estaba de muerte: bueno, pero bueno de verdad.
—Verás, Joao —le dijo Laura al mulato, con su voz cadenciosa y convincente —estoy aquí por hacerle un favor a Florián, que me comentó que necesitaba dos plazas en mi nave. Dos plazas, ¿entiendes? La suya y la de Herminia. Vosotros podéis viajar a la Tierra como queráis. Pero, en mi nave, no.
—Entonces —sentenció Joao con una sonrisa y mirándome de medio lado—, hay que buscar otra nave. Porque no vamos a dejar a Herminita sola con Florián. Compréndelo, Laura.
No me gustó un pelo el tono, entre chulesco y de confidencia cómplice, con el que lo dijo. Le miré con la peor de mis miradas, de esas chungas de verdad. ¿Estaba intentando ligar con Laura? ¿Intentaba hacerse el listo? ¿Quedar por encima de mí en mis propias narices? Lo cierto es que el muy cabrito no era feo, más bien todo lo contrario: cuerpo de atleta, un pelazo negro en caracoles, ojos de gacela, con los que miraba a Laura de una manera —eso creí —seductora... Hasta ahí podíamos llegar, majete, determiné. ¿Eran celos infundados? Lo que me faltaba.
—Allá tú —dijo Laura, encogiéndose de hombros—. Entonces, buscad otra nave.
Por fin, mosqueado por los gestos y maneras del mulato, y sacando fuerzas de flaqueza, salí de mi ensimismamiento y dije, intentando —y creo que consiguiendo— ser concluyente:
—Alto ahí, chaval. No te hagas el listo. ¿Sabes cómo conseguir pasaje en una nave privada sin llamar la atención? ¿Tenéis dinero suficiente para hacerlo?
Quería, además de poner a cada cual en su sitio, poner también un punto de cordura en la conversación. Quería dejar claro que ningún bailarín de medio pelo estaba en condiciones de tratar de tú a tú conmigo, por muchas atribuciones que Herminita le hubiera dado. Quería dejar claro que, si aquello se iba de madre, no iba a ser por mi incompetencia.
—No, ahora no —negó el mulato, sonriendo con suficiencia, como si ese punto careciera de importancia—. Pero se trata de una minucia que se puede adelantar de la herencia, ¿no crees?
—No, no creo —contesté con suavidad, sonriendo también, como el jugador de mus que está a punto de ganar un órdago a pares con cuatro reyes a otro jugador con duplex de reyes caballos que se cree ganador—. Nadie va a adelantarlo, ¿entiendes?
Debió de pillarle por sorpresa. Con seguridad nunca pensó que se iba a encontrar con un problema tan simple. Pero así es la vida, sentencié. A veces, las cosas en apariencia más simples son las más complicadas de resolver. Si pensaban que yo iba a prestarles la pasta, lo llevaban claro.
—No quiero pasar por desagradable —continué, tranquilo—, pero éste es un tema que no creo necesario tratar contigo. Sólo te diré, para terminar, que las aduanas de los espaciopuertos están controladas. Si Claudia toma una nave de pasajeros normal, sabrán cuándo y dónde llegará a la Tierra. Eso es algo que, como puedes comprender, es mejor evitar. La niña, por lo tanto, debe viajar en una nave privada y de estranjis.
Dejé pasar un momento, para que el mulato comprendiera en profundidad el mensaje. Cuando creí que así era, proseguí:
—¿Conoces a alguien que lleve al grupo a la Tierra y que parta en dos o tres días? ¿Puedes conseguirlo? Insisto: ¿Tenéis dinero suficiente para pagarlo?
—Supongo que, si Claudia quiere, el dinero no es problema —contestó, mirando de soslayo a la niña—. No sé de cuánto dispone, ni hemos hablado del tema, pero creo que tendrá de sobra.
—Pues nada, adelante —le invité con un gesto de las manos—. Consigue pasajes para todos los que quieras, de forma discreta, por supuesto. Pero tenéis que partir de inmediato. Porque dentro dequince días, Claudia debe estar sana y salva firmando en la notaría. Por cierto, ¿te comprometes personalmente a velar por su seguridad? Hay muchos intereses en juego. Creo que el asunto te supera, chaval.
El mulato me miró —puedo aseverarlo —como un alumno pidiendo disculpas a su maestro por una metedura de pata que acabara de realizar. Tal vez, llegó a la conclusión de que se estaba extralimitando en sus atribuciones. Tal vez, se dio cuenta de que el asunto, como le había dicho, le superaba, y estaba jugando a algo en lo que, con toda seguridad, acabaría perdiendo. O tal vez recordó nuestro primer encuentro, donde salió con el rabo entre las patas, y me juzgó más competente que él para este tipo de cosas.
—Mira —dije, intentando no parecer demasiado descortés—, el problema que tienes, Joao, es que te has enterado tarde y mal del asunto, y no tengo ganas de volver a repetirlo. La niña debe pasar lo más desapercibida posible hasta el momento de la firma. Si estás en esto, debes entenderlo en toda su dimensión... Si no, elige: deja a tu amiga a su aire, o asesórala tú, con tu gran experiencia, sobre lo que tiene que hacer.
Joao se volvió a servir más tequila, y nos sirvió también a Laura y a mí, obviando a sus colegas. Parecía que se daba cuenta de la situación, o, al menos, que recapacitaba sobre el asunto. Bueno, al tipo, a medida que pasaba el tiempo, lo juzgué cada vez más competente. Cuando alguien es capaz de reconocer sus errores o limitaciones en público, me tiene ganado para su causa —sobre todo si me da la razón y soy consciente de que la llevo—. Es más, da igual lo que antes hubiera pensado de esa persona: desde ese momento la juzgo juiciosa y capaz. No es vanidad, créanme, ni que me guste que me regalen los oídos. Es respeto, es educación, es inteligencia... es que tengo como premisa hacer caso de los que saben más que yo del tema que esté tratando.
—No tengo ni la más remota idea de cómo hacerlo —confesó con voz sincera, después de beberse de un trago su chupito—. Jamás he salido de Nosa, ni conozco a nadie que se dedique al transporte interestelar. Sólo soy un simple bailarín. Lo más seguro es que acabásemos dando el cante. Llevas razón, Florián —suspiró—. Me pongo en tus manos. Pero ahora me queda lo peor: convencer a Claudia.
Imagínense la cara que puse. Yo, como no me vi, no puedo decirlo. Pero Laura, sorprendida, casi asustada, como si me hubiera dado un infarto o algo así, me zarandeó del hombro, mientras me preguntaba: Florián, ¿te encuentras bien?
El mulato debió de notarlo también, ya que, de inmediato, compuso una sonrisa de circunstancias y me dijo, abriendo mucho los ojos:
—Nada que no pueda conseguir, por supuesto. Ya he logrado lo más difícil. Esto es coser y cantar. No te pongas así, hombre.
No acerté a decir nada concreto. Estaba a punto de partirle la cara. Pese al respeto que comenzaba a sentir por él, era algo que deseaba hacer con todas mis fuerzas. A él, a la niña, y a la madre que los parió. Laura, dirigiéndose al mulato, dijo con voz tranquila:
—Vamos a zanjar el asunto de una vez por todas. Pasado mañana parto para la Tierra. Florián, y la niña, si quiere, vendrán conmigo. El resto, que hagan lo que quieran. ¿Queda clarito?
Joao asintió, mirándome. Algo le debía de picar en los bajos, porque se rascó con saña. Sin cortarse. ¿Iba dedicado a un servidor? ¿O era una simple necesidad? Como, aunque tiendo a ser malpensado, suelo comportarme pensando más con la cabeza que con otras partes de mi organismo —corazón, etcétera—, deduje que sería más oportuno suponer que se trataba de la segunda opción. Es lo malo de llevar mallas tan ceñidas.
Dejamos transcurrir unos minutos en silencio, bebiendo tequila a sorbitos y sumidos cada cual en lo suyo, uno a rascarse, otra a mirarme de soslayo, yo a nada en concreto, salvo a cagarme en Pedrín, en Paperas, y en este desbarajuste en el que, en el fondo, estaba metido hasta el cuello por culpa propia. Bueno —deduje al fin, no demasiado convencido, y más por buscar una solución rápida y limpia—, parece ser que se ha alcanzado un acuerdo definitivo. Otro problema, que no existía antes —al menos no tenía constancia de ello—, que se había presentado de sopetón, y que se había... ¿resuelto?
Herminita, a todo esto, a lo suyo, de charla con las bailarinas. Pero no parecía ausente del todo: nos miraba a intervalos, como si estuviera pendiente de ambas conversaciones. Posiblemente, así fuera. Creo que disfrutó viéndome mosqueado. Seguro.
Había otra cuestión que quería descubrir, aunque ya me la imaginase. Tenía ganas, y necesidad, de saberlo. Siempre es conveniente conocer las motivaciones de los demás, sobre todo cuando éstos son con los que tienes que tratar. Así que me lancé de frente contra el mulato.
—Bueno, Joao, hay algo que me tiene desconcertado. ¿Se puede saber a qué viene tan repentino y profundo interés en ayudar a Claudia en este asunto?
Se encogió de hombros, como si la pregunta fuera irrelevante. No te hagas el tonto conmigo, pensé.
—Ya te he respondido antes: es nuestra amiga. No podemos dejar que desperdicie tanto dinero. Ni que le pase nada malo, por supuesto.
—Ajá. Y tú, que eres un buen amigo, deseas ayudarla. ¿Tienes pensado algo con respecto a su dinero? ¿Tal vez una pequeña inversión?
Joao sonrió. Después, acercándose hacia el centro de la mesa y hablando en voz más baja que antes, como si estuviera haciendo una confidencia, algo posiblemente cierto, dijo:
—Pues ahora que lo dices, sí. Formaremos nuestra propia compañía de samba, con orquesta, bailarines, y todo lo que sea necesario. Con un pequeño pellizco de la fortuna de Claudia, pasaremos a ser empresarios. Estamos hartos de dejarnos el pellejo por unas migajas, y tenemos mucho arte en nuestras venas para desperdiciarlo con empresarios vampiros.
Por supuesto, no estaba de acuerdo en este punto. En lo del arte en las venas, me refiero. Pero no era el momento de contradecirle.
—Lo haremos a lo grande —terminó con ojos soñadores, mirando al techo—. No nos faltará de nada. Seremos la mejor compañía de Nosa.
Estaba claro que Joao se imaginaba el futuro prometedor y halagüeño. Lo cierto es que no me pareció mala idea, sobre todo tras haber podido comprobar la escasa intendencia y el bajo nivel de sus representaciones. La idea era justa, decente, hasta bonita, sin nada que ver —en apariencia— con la codicia. Cualquier otro noviete se dedicaría a pensar en cómo disfrutar el dinero de la niña... sin pegar palo al agua, por supuesto. El bueno de Joao pensaba en cómo invertir una pequeñísima parte en algo relacionado con su trabajo y el de sus colegas, incluyendo a Claudia. Algo que les haría mejor la vida a todos.
—Muy bien —asentí, sincero.
Consideré que la niña, al menos por lo que la conocía, no se merecía tener amigos así. Merecía un caradura que le sacase hasta los ojos, para que espabilase un poco.
—Claudia, por supuesto, será la presidenta —explicó Joao, como si tuviera que excusarse.
—¿La convenciste con ese argumento?
Se volvió a encoger de hombros.
—Si quieres que te sea sincero, creo que iba a ir de todos modos a la Tierra, pero no contigo. No se fía de ti ni de tu historia. Al menos, no al cien por cien, ¿entiendes? Tal vez se crea que su madre ha fallecido de verdad, pero del resto... supongo que no se cree una sola palabra. Pero, estoy seguro de ello, iba a viajar a la Tierra.
—¿No lo sabes con certeza?
—Claudia es una mujer muy introvertida —me respondió, elevando las cejas—. No suele compartir sus asuntos con nadie, y tiene un carácter un tanto brusco. Así que es mejor dejar que tome ella sola sus propias decisiones.
Ahora sabía las verdaderas motivaciones del mulato. Ahora podía presionarle para que me hiciera caso. En el fondo, supuse que Joao intuía que, haciendo lo que yo proponía, las cosas terminarían bien.
—Bueno, amigo Joao, pues si queréis tener vuestra propia compañía de samba, ya lo sabes: ella y yo, solitos, en la nave de Laura a la Tierra dentro de dos días. ¿De acuerdo? Estate pendiente del teléfono. Te llamaré para concretar.
—De acuerdo —sentenció solemne. Parecía un hombre de negocios de verdad cerrando un trato.
Me levanté de mi silla, invitándole a Laura con un gesto a que también lo hiciera. No había más que hablar. O, yo al menos, no tenía más que decir, ni ganas de escuchar, ni de decir, ni de sopesar nada más. Una vez de pie, dirigiéndome a todos, me despedí:
—Buenas noches.
—¿Ya os vais? —Preguntó sorprendido Joao. Rápido como un rayo, extendió su mano, primero en dirección a Laura, a la que le dijo «ha sido un verdadero placer» con voz aterciopelada y entrecerrando sus ojazos, y luego a mi, manteniendo el pico cerrado.
Dejé sobre la mesa el importe exacto de nuestra cena y nos fuimos en silencio.
Herminia, sonriendo, y en apariencia a su conversación, nos observaba alejarnos camino de la puerta. Pero pude darme cuenta de que no nos quitó ojo de encima hasta que salimos del restaurante.
Decidimos pasear de vuelta al hotel. Hacía una noche estupenda, y Laura me sugirió que sería lo mejor para terminar de digerir los nachos con guacamole y el chili con carne. Durante los primeros minutos, mientras cruzábamos Mocambo camino del paseo marítimo, estuvimos en silencio. Pude notar que Laura se encontraba desconcertada... pero también interesada en el asunto. Con seguridad creyó que la cita se desarrollaría de una manera más seria, cerrando acuerdos de pasaje, precios, ese tipo de temas, sin discusiones ni novedades de última hora, sin problemas estúpidos basados en caprichos. Vamos, como siempre. Pero ella, ahora, no era ya una simple capitana de una nave de transporte. Durante la conversación, de forma consciente o inconsciente, se había convertido en algo más. De vez en cuando me miraba de soslayo, como si se estuviera preguntando cómo se me podía ocurrir meterme en tratos con esos niñatos inconscientes. Algo que, estoy seguro, estaba rondando por su cabeza. Como, también, el razonamiento que sigue a esa pregunta: cuánta pasta podría llevarme si era tan paciente como para soportar a esos cretinos. Conozco a Laura. Bueno, conozco, en general, al ser humano. Sé que, a la gente, cuando te conoce, ese tipo de detalles no le pasan desapercibidos.
Llegamos al paseo marítimo, bullicioso y alegre pese a las horas que eran. El tráfico de vehículos y personas era complicado, como en cualquier ciudad en hora punta, muchos puestos callejeros ofrecían sus artículos, las mesas de las terrazas de los restaurantes y cafeterías se encontraban casi todas ocupadas, la gente paseaba contemplando el mar a la luz de las estrellas. Señaló una mesa vacía en una de las terrazas de una cafetería.
—¿No te apetece un café, Florián? —Me preguntó—. Anda, invítame a uno.
Nos sentamos a una mesa, bajo una sombrilla. ¿Por qué estaban las sombrillas, y sobre todo, abiertas, a esas horas de la noche? me pregunté. Pero, como no quería perder la concentración en tontunas, olvidé enseguida el asunto, que dejo en el aire para cualquiera que me quiera responder. Pero, antes, diré mi respuesta: por motivos estéticos. Porque lo cierto es que quedan de lujo.
Sabía que, aunque era posible que le apeteciese tomar un café, el motivo principal era que me quería asediar a preguntas. Lógico. Yo, como profesional de lo mío, había quedado muy lejos del estándar. Laura estaba en todo su derecho de pensar que le había puesto en un compromiso, o al menos que le había utilizado deliberadamente, como si me fuera necesario su concurso para acabar de convencer a mis clientes. Al fin y al cabo, ella, como capitana de la nave, tuvo que dar las explicaciones necesarias para zanjar el asunto. Creo que, durante la cena y el trato con Joao, y por mucho que intentara lo contrario, quedé como un intermediario de medio pelo, o como un simple asesor con ínfulas, a lo sumo. Por supuesto, eso no le cuadraba: me conocía lo suficiente como para saber que suelo comportarme y llevar mis asuntos de manera muy diferente.