—No sé si confiar en ti o no. Hasta el momento, no tengo argumentos para hacerlo...
Volvió su rostro a la cámara. Al fin, sacudió la cabeza.
—...en lo que a este caso se refiere —continuó—. Mira, Florián, el asunto se ha complicado más aún. Los miembros del consejo de administración se han puesto en contacto conmigo. No sé cómo habrán conseguido información, aunque me lo imagino. Estoy seguro de que Paperas cantó de lo lindo antes de morir. Con total certeza, no les dijo dónde está la niña, pero sí que había mandado investigar a La Mundial.
—¿Los miembros? ¿Te refieres a los que buscaban a Herminita para cargársela, o los otros?
—Todos. El consejo de administración de Jabonox al completo. Ninguno quiere a Herminita al frente de Jabonox, y todos quieren su parte del pastel. ¿Recuerdas lo que nos contó Paperas? Bueno, pues, al parecer, han llegado a un acuerdo. Han decidido que lo mejor es convencer a la niña, para no provocar una guerra interna. Según deduzco, lo que nos dijo Paperas, aunque posible, podría causar conflictos.
Recordé el rollo que me contó Paperas en su día sobre el consejo de administración, la herencia, y el político sobornado. Qué equivocado estaba ese hombre, deduje. En ese asunto en concreto, y en todo lo demás.
—¿Y?
—Están dispuestos a hacer un trato, a llegar a un acuerdo —dijo, con gesto de duda—. Si ella renunciase voluntariamente a la empresa, se comprometen a darle un capital.
—¿Cuanto?
—No te lo pienso decir, Florián. Ni viene al caso. Muchísimo dinero, y punto.
—¿Y si la niña no quiere?
—Tiene que querer, Florián. No le queda más remedio. Además, tiene que venir para hacerse cargo de la herencia de su madre, que es un pico importante. Convéncela, si quieres, por ahí. Que aproveche el viaje. A mí, desde luego, casi me han convencido. ¿Cómo va a quedar una empresa que da trabajo a más de treinta mil personas en manos de una descerebrada? Tiene que querer, Florián. Y si no...
Entendí a la perfección lo que me quería decir. Si Herminita accedía, estaban dispuestos a pagarle una fortuna para que se la metiese por las venas, o por la nariz, o por la boca, o por donde quisiera. Con certeza, los miembros del consejo de administración preferían esta solución a cualquier otra. Era algo legal y habitual, una simple compraventa de acciones, que no les traería problemas en un futuro, y que, en el fondo, les costaría poco. Pero, si por un casual despreciaba la propuesta, acabaría en el panteón junto a su madre y el señor Pucherón. Eso con suerte. Lo más probable es que terminase como su verdadero padre, enterrada en algún lejano cementerio de menesterosos. Si es que aparecía su cadáver.
—¿Y nosotros? —Pregunté, absolutamente convencido de la gravedad de la situación, y preocupado, como es lógico, por mi pellejo.
—En primer lugar, si la niña accediera, salvaríamos el cuello. Lo cual es digno de tener en cuenta.
Hizo un alto para tomar aire. Después, volvió a mirarme con fijeza.
—Nos tienen bien cogidos, socio —dijo, serio—. Pero, por supuesto, también sacaríamos tajada. Si colaboramos, están dispuestos a pagarnos lo que acordamos con Paperas.
—¿No será algo más?
—No será nada para ti, como sigas tocándome los huevos. Nosotros dos llegamos a un acuerdo con Paperas. Y, posteriormente, a otro acuerdo mutuo. Te llevarás lo que estaba previsto. Si es que hay algo que llevarse.
No era el momento de tratar estos temas. Estaba seguro de que Pedrín habría conseguido —la promesa, al menos— de algo más de pasta. Pero también me pareció lógico que quisiera pillar más cacho. Le miré. Me di cuenta de que, de alguna manera, le tenían cogido del cuello de verdad.
—¿Qué hay que hacer?
—El asunto es muy simple: ellos no saben dónde está la niña, y yo no puedo seguir dándoles evasivas. Les he dicho que estamos tras su pista, nada más. Han accedido a que sigamos investigando... siempre y cuando consigamos presentarles a Herminita convencida de que lo mejor es llegar a un trato. Pero no sé cuánto tiempo podré aguantarles. ¿Qué quieres, que me torturen? Te puedo asegurar que, si viene por aquí alguno de esos tipos siniestros, cuento todo lo que haya que contar. Vamos, que les doy hasta el número de tu carné. Hasta ahora, se manejan como hombres de negocios, tiburones de las finanzas, y todas esas patrañas. Pero no dejan de ser unos mafiosos de cuidado. Así que, coges a la niña, aunque sea de los pelos, y la traes a casa. La convences de que lo mejor para ella es que se avenga al trato. Propondré una reunión en la notaría, la niña firmará, y todos contentos.
—Me da la impresión de que la hemos cagado...
—Pero bien, Florián.
—Vamos a hacer lo siguiente: intentaré por todos los medios traerme a la niña. Si no quiere, les diremos todo lo que sabemos. Intentaremos salir lo más airosos posible.
Pedrín asintió.
—La niña es una mamarracha de cuidado —continué—. Tal y como están las cosas, si, por un casual, me encuentro con alguna respuesta insolente o con algún desplante, sería capaz de pegarla un tiro. Mejor dejar eso para otros, ¿no crees?
—Eso fue lo primero que pensé. Salvemos el pellejo, y a otra cosa, mariposa. Ya no me creo nada. De nadie.
—Te dije que no me gustaba este asunto, Pedrín. No veas hasta qué punto me jode en ocasiones ir de pitoniso.
El rostro de Pedrín volvió a agrandarse en la pantalla.
—Habla con ella, Florián. Y, en un par de horas, me llamas con lo que sea. Tengo un número de teléfono —sonrió triste—, al que llamaré si me dices que la niña no quiere venir.
—No te preocupes. Te llamo. Otra cosa, ¿con cuánto dinero puedo hacerle recapacitar a la niña?
No sé si le pillé por sorpresa, tal vez sí. Tomando aire, para después soltarlo de golpe, me dijo:
—Con veinte millones de doblones, Florián. Suerte.
Salí del locutorio como si me hubieran dado un cate por sorpresa en toda la cara, apabullado por lo que acababa de escuchar. La muy caprichosa, estúpida e inconsciente de Herminita iba a conseguir, con sólo portarse un poquito bien y ser un poquito razonable, la friolera de veinte millones, aparte de lo que mamá Herminia le hubiera dejado como herencia. Qué mal repartido está el mundo, sentencié. Así que anoté en mi libreta de gastos el montante de todas las llamadas que había realizado a Pedrín. Por cierto, una pasta, créanme. Si me lo llego a gastar en copas, en ese momento estaría en la sala de autopsias del hospital general de Nueva Bahía, y mi hígado triturado navegando por las cloacas de la ciudad.
Pero, aparte de mi justificada indignación, estaba preocupado por Pedrín. Bueno, no me haré el valiente, también por mí. Ahora, más allá de que mis esfuerzos beneficiasen a Herminita, sí que me tenía que mover, y rápido. ¿Qué hacer? Como siempre que tenía que pensar sobre algún tema importante, me metí en el primer bar que vi, pedí un copazo, y cogí la prensa del día. Era algo que hacía, más que nada, para serenarme y quitar trascendencia al asunto en cuestión. Y, amigos, me funciona a las mil maravillas. Pruébenlo, verán cómo llevo razón. Sentado a una mesa, ojeando sin demasiado interés un periódico deportivo, que hablaba del inminente comienzo del Campeonato de Esgrima, intenté poner orden en mi cabeza y perfilar un plan de acción. Ya dejaría el estudio pormenorizado de la Liga de Esgrima para otra ocasión. Por cierto, el Imperial Vallecas había fichado por fin al sablista Luisito Chorreras. Esta liga no se nos podía escapar. Me vi con un abono de temporada en un palco de lujo del estadio Payaso Fofó, algo que conseguiría, sin dudarlo, y costase lo que costase, si todo acababa bien.
Bueno, al tema. Lo primero que tenía que hacer: localizar a Herminita e intentar convencerla, por supuesto. De conseguirlo, a buscar nave. De no conseguirlo, llamada a Pedrín, y hasta nunca.
Pero, si conseguía convencer a la niña, ¿cuándo y cómo podría regresar? A Laura le quedaban aún algunos días en Nueva Bahía. Tres, según mis cuentas. ¿Demasiado tiempo? Sería cuestión de comentarlo con Pedrín. Y, según lo que me contestara, a buscar otra nave o no. Deduje, al fin, que tres días de demora más en Nueva Bahía, tal vez no supusieran ningún contratiempo. Pedrín puede llegar a ser muy convincente. Seguro que sabría cómo tranquilizar a los del consejo de administración.
En ese momento, mis pensamientos volvieron a Laura. No creo que pusiera ninguna pega a que viajásemos con ella, desde luego. Pero algo me decía que, tal vez, sí. Laura había resultado ser una persona caprichosa e intransigente. Nunca pensé que una mujer como ella pudiera ser tan anticuada ni tan retorcida. Que tenía mala leche, era algo sabido. Pero que fuera tan irracional... No supe qué pensar. El numerito de la tarde anterior me dejó desconcertado. Si quería cortar la relación, podría haber sido franca. Y si, en los tiempos que corren, era una homófoba convencida —de su homofobia y de mi supuesta homosexualidad o bisexualidad— pues peor aún. Como ya he dicho antes, soy de natural desconfiado, y me gusta tener varias alternativas cuando me propongo hacer algo. Así que tenía que buscar pasaje en otra nave, por si acaso. Y sin perder más tiempo.
Llamé a mi colega de aduanas. No estaba en el espaciopuerto, tenía el día libre, me dijeron. Le localicé, al fin, en su número privado. Cuando le dije que necesitaba que me buscase alguna nave particular que partiera para la Tierra, se desentendió del tema. No volvía al trabajo hasta tres días después, y, por supuesto, no me haría el favor. Lo siento, Florián, me dijo, pero no soy tu secretario. Así que sólo me quedaba Laura o salir pitando a buscar nave. Aunque Pedrín lo veía todo muy fácil, no era algo sencillo ni barato de conseguir. Bueno, al menos un punto quedaba claro.
Llamé a Herminita, rezando para que no hubiera perdido el teléfono o no se encontrase tan pedo que no entendiera la gravedad de la situación. Nadie respondió. Volví a insistir. Cuando estaba a punto de terminarse el tiempo de llamada, contestó al teléfono.
—Qué quieres, plasta —fue su saludo.
Olé mi niña. Genio y figura.
—Tengo que hablar contigo —le dije. Decidí omitir a partir de ese momento el trato de usted con ella—. Inmediatamente.
—Olvídate, no va a poder ser. Me acabas de despertar.
—Escucha, Herminia. Las cosas han variado mucho desde nuestra última conversación. A peor.
No contestó. ¿Se estaba enterando de lo que le decía? Es más, ¿se enteró alguna vez antes?
—Vístete y baja ahora mismo a la calle —le ordené—. Te espero donde te venga bien.
—¿A qué vienen tantas prisas?
—Te están buscando, niña. Más te vale que te lo tomes en serio. Porque te buscan para matarte.
—Vete a la mierda.
Me colgó. No me sorprendí. Ni me lo tomé bien, ni mal. Tal vez, fui demasiado brusco. Pero, qué quieren, ni sé, ni estoy acostumbrado a tratar con niñatas de la alta sociedad que van de alternativas. Bueno, ni con muchas otras personas que no pertenecen a ese selecto grupo.
Apuré mi copa y pedí otra. Ante mí se abrían dos caminos: intentar convencerla de nuevo, o llamar a Pedrín. Cualquiera, en aras de la integridad física de su amigo, habría optado por el segundo. Pero yo, habiendo tanta pasta por medio, decidí darle, al menos, una oportunidad más a Herminita. Si, tras ésta, la niña seguía haciendo oposiciones a cadáver, allá penas. Qué demonios, tenía que intentarlo. ¿Saben? Como ya había conseguido de Laura lo que siempre me había propuesto, el medio millón de doblones volvió a convertirse en mi objetivo prioritario. Salió de las catacumbas de mi cabeza, y se me plantó delante de la cara. Tal vez, conseguir ese medio millón sólo me costase una breve charla. Y, quién sabe, podría obtener algo más. Desde luego, por intentarlo no iba a quedar. No soy, como ya habrán deducido, demasiado codicioso. Pero, sacarle —en el caso de que se pudiera— algún dinero más a la tontorrona de Herminita, estaba dentro de lo razonable, e incluso de lo lícito.
Sin beber ni un sorbo de la segunda copa, pagué y salí del bar. Tomé un taxi y, unos minutos después, estaba frente al 23 de Mazzaronni. Plantado en mitad de la acera, frente al portal, sonreí, encogiéndome de hombros. Si convencía a Herminita, si no había problemas con Laura y volvíamos a la Tierra, habría conseguido, en un sólo viaje, tres triunfos: uno, mi comisión del diez por ciento del propósito inicial de mi viaje; dos, tirarme a Laura, sin comentarios; y tres, cuatrocientos mil doblones... o alguno más. Viéndolo así, no me podía quejar. Y, si no convencía a la niña, habría conseguido dos, y muy importantes, sobre todo el segundo, créanme. En cualquier momento, habría firmado porque todos mis viajes de trabajo se desarrollasen y terminasen así. Cuando no se tiene nada que perder, porque has ganado más de lo que te propusiste en un principio, las cosas se ven desde otro punto de vista.
Llamé al videoportero. Ni puñetero caso. Insistí. Nada. ¿No estaría estropeado? Un par de minutos después, cuando me disponía a llamar a Herminita de nuevo por el celular, sonó una voz desconocida. Me acerqué a la cámara. No funcionaba la pantalla.
—¿Quién es? —Preguntó una voz resacosa y desconocida. Joder, aquella buhardilla debía de ser como la famosa y antiquísima fonda del sopapo, donde todo quisque cabía.
—Dile a Claudia que se ponga. Dile también que, si no se pone, me largo.
—¿Y tú quién eres?
—Tú díselo.
Herminita se puso otro par de minutos después. Sin prisas, para qué. Muy bonito.
—¿Si?
—Tenemos que hablar. Más vale que te lo tomes en serio.
—¿Cómo te atreves a venir a mi casa? Mira que eres plasta.
—Baja ahora mismo, o me largo. No te preocupes: será una despedida definitiva. Ya no te molestaré más.
Tardó en contestar. Al final, dijo:
—Está bien, espérame. Vamos a terminar de una vez con esta historia. Tronco, me estás empezando a tocar las narices.
Vaya, parecía que la niña comenzaba a razonar. No se crean —no soy ningún iluso—, que me hice muchas ilusiones. Pero algo es algo.
Un cuarto de hora después, apareció en el portal. Iba, como siempre, hecha un desastre. ¿Por qué había tardado tanto? No, desde luego, por que estuviera arreglándose. Abrió la puerta, me miró, y compuso un gesto de fastidio.
—No se te vuelva a ocurrir volver a molestarme en mi casa, ¿vale? —dijo como saludo, mirándome con desprecio.
Extraje las últimas reservas de paciencia de mi almacén, de por sí de escasa capacidad. Me mantuve en silencio.
—Pensé que te habías largado con tu rollo a otra parte —continuó, mirándome de arriba abajo—. Pero parece que no eres capaz de cazar las indirectas.
—Corta ya, niña —dije—. Lo que tengo que decirte es muy importante. Si quieres nos sentamos en algún sitio, delante de un café, o te lo digo aquí mismo. A mi me da igual.
—Invítame a una copa, a ver si me espabilo. Al menos, sacaré algo. Allí mismo.
En la otra acera había un bar, donde señaló Herminita. Así que allá que fuimos. Pedí un café para mí y una copa de ron para ella, y nos sentamos a una mesa.
—Quiero ser breve y preciso, y no dispongo de mucho tiempo, así que abre bien las orejas —dije, serio—. Escúchame, y escúchame atentamente. Te pongo sobre aviso, Herminia. A tu padre se lo han cargado.
Fue a interrumpirme, tal vez con alguna de sus salidas de tono habituales. No se lo permití.
—Los mismos tipos que se han cargado a tu viejo vienen a por ti. Es cuestión de tiempo que te encuentren. Me temo que de muy poco tiempo.
Herminita compuso un gesto de asombro, como si no supiera de qué la estaba hablando. Eso sí que me sorprendió. Así que, cuando vi que iba a intervenir, en esa ocasión dejé que hablara.
—Pero, ¿por qué? —Preguntó.
Tócate los huevos. Tanto preocuparte para esto. Había muerto un hombre por salvarla el pellejo y hacerla rica, unos cuantos tipos bragados estaban asustados de veras, y ella ni siquiera sabía de qué iba la cosa.
—¿Recuerdas algo de la primera conversación que tuvimos? —Pregunté, entornando los ojos.
—Algo.
—¿Cómo que algo? ¿No te acuerdas de toda la conversación?
Se encogió de hombros.
—Puede.
Dios mío. Me puse la mano en la frente y miré al techo. Ya no era sólo una niña caprichosa e inconsciente —bueno, y una tocapelotas de cuidado—. Había alcanzado un grado más: era también una auténtica tonta de remate. ¿Por qué no iba a serlo? recapacité. ¿No lo eran sus colegas? ¿No había demostrado de sobra, durante una vida absurda, repleta de situaciones y decisiones absurdas, que lo era? A ver si el tonto, a esas alturas, era yo... Algo que, se lo puedo asegurar, comencé a plantearme.
—No te voy a volver a repetir lo que dije. Así que, si te acuerdas, bien, y si no, también. Total —proseguí, abrumado—, los tipos te buscan para darte pasaporte. ¿Me entiendes, bonita? Pero tienes aún una salida.
Ella pareció recordar algo. Me señaló con el dedo mientras entornaba un ojo.
—Sí, volver a la Tierra contigo y tomar posesión de la herencia, ¿no? —Dijo, como si las cosas le fueran cuadrando en su cabecita. ¿O me estaba tomando el pelo?
—No. Ya no.
—No te entiendo, tío.
—La única salida que te queda, si quieres continuar viva, es aceptar sus condiciones. Verás, desean que renuncies a tu herencia y, a cambio, te darán cierta cantidad de dinero.
—¿Cuánto?
No me lo pensé. Era ahora o nunca. Y siempre, si quieres comenzar algo, hay que dar el primer paso.
—Quince millones de doblones, niña —contesté, con una sonrisa de indiferencia, que, sinceramente, creo que quedó creíble, como si le dijera: tú misma, a mí me da igual—. Piénsatelo. Con eso, tendrás para muchos porros y muchos bailarines. Además, también está por ahí la herencia personal de tu madre.
Como si se lo hubiera recordado con mis palabras —o, tal vez, se lo recordé, vaya visión la mía, qué oportuno—, sacó su estuche de porros, cogió uno, y lo encendió. Durante unos instantes permaneció ensimismada en las volutas de humo, parpadeando con energía, víctima de un tic. Pensé: ya ha desconectado; o, acaso, ha vuelto a conectar... A saber cómo andará su mollera. Al fin, me miró fijamente.
—A mí no me acojona nadie —dijo, como si el canuto le hubiera dado fuerzas o mala leche, o ambas cosas a la vez. Vamos, que se puso chula y desagradable. Su frase favorita, determiné—. O sea, que, si acepto, les entrego Jabonox por quince millones. Y, si no acepto, me pegan un tiro.
—Vaya, lo has entendido —dije, asintiendo—. Así de clarito, guapa. Ahora, te toca elegir.
Abrí mis manos, invitándole a una respuesta. Ella no se dio ni cuenta del gesto, enfrascada en el capullo de su porro, mirando cómo ardía la maría. Negó con la cabeza. Pero muy despacito. Mala señal.
—Si Jabonox es mío, me quedaré con todo —dijo, mientras soplaba a la punta del canuto—. La muy tonta de mi madre fue quien aguantó al baboso de Pucherón, y a mí me corresponde ahora el premio. Sí. Me quedaré con lo poco de mi madre y con todo lo demás.
—Oye, Herminia —observé con voz cansada—, ¿de verdad te hace falta tanto tiempo para asimilar los conceptos? Eso mismo te lo dije la semana pasada. ¿No me creíste, o es que tus procesos mentales son tan lentos? Podríamos estar, ahora mismo, de camino a la Tierra. Con seguridad, las circunstancias serían otras, y esto que propones podría ser factible. Pero, ahora, no.
Alzó la vista de su porro y me volvió a mirar con desprecio. Pegó un lingotazo de su copa de ron. Estuve tentado de levantarme de la mesa. Aguanta, Florián, me animé, que son cinco kilos y pico. Piensa en algo agradable, como tu abono de temporada.
—Mira, eres un mierda —me dijo, con la sonrisa boba de siempre—. Vas de duro, pero te acojona cualquiera. Estoy acostumbrada a tratar con todo tipo de gente. Si tú supieras, pringao... A mí no me asustan tus matones.
—Primero, no son míos. Y, segundo, a mí sí que me asustan esos tipos, de verdad —dije, tranquilo, sin hacer caso de su insulto—. Así que, si deseas hacer lo que dices, vuelve por tu cuenta.
—Tal vez lo haga —asintió, volviendo a mirar al porro—. ¿Sabes? El dinero de Jabonox me lo paso por el coño. Pero, ahora, si intentan asustarme, lo van a pagar caro. Porque me voy a quedar con todo. Aunque, al día siguiente, se lo venda al primero que llegue con la cantidad que me parezca oportuna.
Me levanté de mi silla. Se había acabado la conversación.
—Adiós, Herminia, que tengas suerte. Aunque no te la merezcas.
Fui hacia la barra y pagué al camarero. Después, tras una última mirada a la niña, salí del local. Ella se había levantado también de su silla y, desde la puerta, me gritó.
—Además, no me fío de ti, ni me creo la historia que me has contado. Tú no tienes ni puta idea de todo este rollo.
Cosa que es cierta, concluí, encogiéndome de hombros y continuando mi caminar calle adelante. Llamé a un taxi. Por un instante, creí que la niña, al final, recapacitaría. Más que creerlo, tenía fe en que ocurriera. Pero no sucedió nada. Herminita se perdió en el interior del bar, seguramente preocupada de su ron y su porro, o vete a saber. Yo monté en el taxi y le di al conductor la dirección del locutorio. Mientras me alejaba, pensé que jamás la volvería a ver. Bueno, había perdido, al menos, cuatrocientos mil doblones. Pero había ganado todo lo demás.
En el locutorio, pedí el establecimiento de llamada y esperé. Había decidido no volver a pensar en el tema: regresaría, si podía, con Laura a la Tierra, y fin de la historia. Cuando digo fin, es fin. Las palabras que mantendría con Pedrín serían las últimas que dedicase en el resto de mi vida al tema Jabonox. A partir de ese momento, no habría nada, ni recriminación de Pedrín, ni promesas de mucho dinero, ni amenazas, que me hiciera volver atrás. En esta vida de perros hay que ser práctico, saber cuándo ganas y cuándo pierdes. Incluso, cuando crees que has perdido, alcanzar a extraer conclusiones positivas; porque, a veces, las derrotas acaban tornando en victorias. Algunos amiguetes míos llaman a esta forma de pensar y proceder la filosofía del perdedor. Yo no. De hecho, algunos de estos amiguetes de los que hablo están ya muertos. Yo no.
Como he dicho antes, ese viaje a Nueva Bahía había resultado lo suficientemente beneficioso como para que me sintiera feliz. Que le den morcillas a Herminita, decidí. Definitivamente.
Al fin, Pedrín apareció en la pantalla.
—Dime.
Y, cuando iba a abrir la boca para decirle que podía llamar a los tipos del consejo, para decirles todo lo que sabíamos sobre Herminita, o lo que fuera necesario, sonó mi celular. Hice un gesto con la mano a Pedrín, pidiéndole que esperase. Creyendo que sería Laura, juré y perjuré sobre lo inoportuno de la llamada. Bueno, tal vez, arrepentida por su incalificable comportamiento de la tarde anterior, quería hacer las paces, me dio tiempo a deducir. Una llamada de Laura no era algo para despreciar, menos aún si era para disculparse. Durante un instante me imaginé la reconciliación. No daré detalles.
Miré el visor de mi teléfono y me sorprendí. También, un poquito, me apené. La llamada no era de Laura: era de Herminia.
—Espera, Pedrín —dije, sin poder ni querer ocultar mi asombro, ni mi malestar—. Es la niña.
Pedrín se encogió de hombros.
—¿Pero no has hablado aún con ella?
—Sí —le contesté—. Ahora te cuento.
—Adelante —le dije a Herminia.
Me costó reconocer la voz que escuché. Pero, tal y como eran las circunstancias, no me asombré demasiado.
—Perdona, tronco, soy Joao —dijo el mulato, con voz temblorosa—. Claudia nos acaba de contar la historia, y la estamos convenciendo de que acepte y se vaya contigo.
—Vamos a ver, muchacho. ¿Cómo que la estáis intentando convencer?
—Sí, tío. Esa pasta le vendrá muy bien a Claudia. No puede ser tan tonta de despreciarla, y, además, meterse en problemas.
—Oye, Joao o como te llames, ¿se puede poner Claudia?
A todo esto, Pedrín me miraba con cara de sorpresa.
—¿Qué demonios está pasando, Flori?
—La niña —le respondí—, que, al parecer, se aviene a razones a última hora.
—Vaya...
—Oye, que Claudia no se quiere poner —dijo el mulato—. Pero me ha dicho que te diga que vale, que acepta los quince kilos, y que se irá a la Tierra contigo en cuanto digas.
—Pero bueno —saltó Pedrín—, ¿viene la niña o no? ¿Acepta o no? Joder, Florián, hay que preparar mejor las cosas.
Miré a Pedrín con ojos furiosos.
—Pedrín, te he dicho que ahora hablamos, ¿vale? No me líes.
Hablé después a Joao.
—Mira, dile a Claudia que se ponga ahora mismo. O, si no, corto la llamada.
Pude escuchar al mulato, hablando a Claudia a voz en grito. «Ponte, Claudita, ponte, hostias», logré entender. Al fin, la niña se puso al aparato.
—¿No te lo ha dicho Joao? —me preguntó—. De acuerdo, iré contigo.
—Vamos a ver, Herminia. El asunto es muy serio. ¿Te comprometes a volver a la Tierra conmigo y aceptar el trato?
—Sí —respondió seca.