Se escucharon unos cuantos, pocos, aplausos. Ocho músicos, uniformados con unos espantosos trajes azul celeste y pajaritas negras, aparecieron por los dos lados del escenario y tomaron asiento en unas sillas de tijera frente a sus correspondientes atriles. Cuando estaban todos sentados, apareció el que sería el director, batuta en mano, saludó al respetable y, si esperaba que la gente le correspondiera con más aplausos, se llevó un buen chasco. La gente, a lo suyo.
Reconocí, entre los músicos, al rubio con cara de pánfilo. Parecía a punto de dormirse. Tocaba el clarinete. O, al menos, simulaba tocarlo.
La orquesta atacó una melodía rápida. Algunas parejas se levantaron de sus asientos y comenzaron a bailar en un pequeño espacio que quedaba entre las mesas y frente al escenario. Todo el mundo iba en pantalones cortos y camisetas. La media de edad de la concurrencia debía rondar los ciento veinte años.
No es que la orquesta tocase mal del todo, pero sonaba como si faltase o sobrase algo, o algún instrumento o varios estuvieran desafinados o desacompasados. Una sensación un tanto desasosegante.
Cuando el ritmo y el volumen crecieron, aparecieron los bailarines por donde antes lo habían hecho los músicos. Eran diez, y entraron dando brincos acrobáticos que poco o nada tenían que ver con el ritmo de la música, y tropezándose en ocasiones entre ellos, ya que el escenario era demasiado pequeño para tanta vehemencia y tanto bailarín. Iban todos, chicos y chicas, vestidos con camisas de rumbero, ellos con pantalones ajustados y ellas con faldas de lentejuelas. Verdes, por supuesto. Reconocí al mulato, que miraba al público con ojos de loco, mientras pegaba unos saltos bestiales. ¿Qué se habrá metido? pensé. Los bailarines siguieron con su espasmódica y absurda danza. Me maravillé de que ninguno recibiera una patada en la cara o en cualquier otra parte comprometida de su anatomía. También, de que el poco fiable escenario soportase la zapatiesta. Pero a la gente parecía gustarle.
La pieza terminó. Los bailarines, tras un último salto que, supongo, debía ser al unísono pero que fue descompasado, terminaron en el suelo, jadeantes. El mulato, que ocupaba la parte central del escenario, sudaba como un condenado. Se oyeron tímidos aplausos. Todos, músicos y bailarines, saludaron.
Pero de Herminita, ni rastro. Por supuesto, nunca pensé que perteneciera al cuerpo de baile de la orquesta, ni que tocase algún instrumento. Tal vez, llegué a especular, de tocar algo serían las maracas, algo relativamente sencillo, que no obligaba a demasiada concentración ni profundos conocimientos musicales. Miré entre el público. Nada. Tal vez, pensé, estaría en los camerinos, ayudando a sus colegas. Pero, ¿dónde estarían los camerinos, si es que había?
Tras el escenario había un camino delimitado por vallas que llevaba a los vestuarios de la piscina. Así que los vestuarios serían los improvisados camerinos de la Orquesta Dominó. Joder, qué deprimente.
Tocaron y bailaron otra canción, y luego otra más. Después, los bailarines desaparecieron sudorosos por el camino, y la orquesta hizo un alto.
Pedí otro pelotazo de ron y me dediqué a cotillear.
Al rato, aparecieron de nuevo los músicos y los bailarines, que se habían cambiado de ropa. La otra debería de estar más sudada que la toalla de una sauna. Me dediqué a controlar la entrada a los vestuarios. Comenzó otra canción, acompañada de los temerarios saltos y piruetas del mulato y su banda de saltimbanquis. El público aplaudió, esta vez con mayor intensidad. ¿Sería producto de las copas que se habían tomado? Con sinceridad, no entiendo cómo le podía gustar a alguien aquel esperpento, aquel insulto al bello arte del baile. Por muy borracho y con ganas de marcha que estuviera.
—Ese mulato se va a matar —comentó alguien en la mesa más cercana a la mía.
Y, en ésas, el mulato dio un salto pavoroso. Se abrió de piernas al máximo, rozando con sus pies la jeta de dos bailarines. Al caer, trastabilló, dio un par de pasos hacia atrás, y, de no ser por una bailarina que se interpuso, se habría comido los teclados y al teclista. Pero él, como si nada. Se dirigió al público, abriendo la boca como una bestia salvaje, meneando frenéticamente la cabeza, y con los ojos más feroces que nunca, como si fuera a abalanzarse sobre la gente con la intención de devorarlos a todos.
—La madre que lo parió —dijo la misma voz de antes, con tono de asombro.
Total, todo un espectáculo.
Al fin, apareció Herminita por el camino. Saltó una valla, algo que le costó realizar por culpa de los faldusqueos que llevaba, y se dirigió a la barra. Al menos, se había cambiado de ropa. Pidió algo de beber, que se tomó allí mismo, acodada, contemplando el espectáculo. Comprobé entre la concurrencia. Nadie la miraba. Nadie se fijó en ella.
El espectáculo terminó media hora después, con Herminita clavada en el mismo sitio. El número final de despedida, una especie de ceremonia vudú o similar, acabó de forma agónica, con los bailarines sin fuerzas, exhaustos, y más patosos que de costumbre. Sin embargo, fueron despedidos con más aplausos que nunca, como si la gente, ya borracha la mayoría a todas luces, reconociera, sino su arte, al menos su esfuerzo. No sé si sería por efecto de la iluminación, pero me pareció ver sangre en el escenario.
Herminita se marchó camino de los camerinos, supongo que a ayudar a sus amiguetes. Salí del hotel, un tanto deprimido por el penoso y cutre espectáculo que había contemplado, crucé el paseo, y me aposté en un sitio desde el que podía controlar la salida de servicio.
A los pocos minutos —deduje que el tiempo justo para una ducha rápida y vestirse— aparecieron los miembros de la Orquesta Dominó. Unos se despidieron de otros, tomando caminos distintos. Herminita, el mulato, el rubio, y dos chicas más, una de las cuales cojeaba, se montaron en un coche, un utilitario barato y en evidente mal estado de conservación, y enfilaron el paseo marítimo en dirección al centro. Por supuesto, nadie vigilaba a la niña.
Llamé a un taxi. Supuse que Herminita y sus amigos irían a comer algo, sobre todo ellos, después del esfuerzo sobrehumano que acababan de realizar, pero que terminarían o bien en el Charro Feliz, o bien en el Culito Loco. Desestimé volver por el Charro. No quería encontrarme de nuevo con Dulcinea, por varios motivos. ¿Y si me reconocía? ¿De reconocerme, me intentaría llevar al huerto? ¿De no reconocerme, también? Tenía que vigilar, aunque fuera de lejos y de una forma poco ortodoxa, a Herminita, no podía perder el tiempo en salvar la integridad de mi ano.
Así que le dije al taxista que me llevase al Culito Loco. El taxista me miró por el retrovisor con gesto de duda, se encogió de hombros, y, un rato después, me dejaba frente al local, en una plazoleta abarrotada de puestos callejeros.
La fachada del Culito Loco destacaba precisamente porque no había nada destacable en ella. Unas planchas de metal cubrían toda la fachada, iluminada por dos focos de luz suave. En una placa de bronce estaba escrito el nombre del local. A ambos lados de la puerta, dos maromos gigantescos controlaban a la clientela que pretendía entrar.
—Señor, ¿no quiere perfumarse?
La pregunta me sorprendió. Al girarme, vi a una chica que me ofrecía un frasco de perfume con una sonrisa.
—Son sólo dos doblones...
Miré el frasco. Era el típico perfume, ya pasado de moda en otros sitios, cargado de feromonas masculinas. En su momento, hace unos cuantos años, estuvieron en boga, ya que prometían a los chicos seguras conquistas sexuales con sólo perfumarse antes de salir. Pero luego el asunto se complicó: primero, sacaron perfumes específicos para chicas. Imagínense el encontronazo y saturación de feromonas. Después, añadieron a los perfumes para chicas contra-feromonas masculinas. Los chicos se volvían locos, y las tías, como siempre, a elegir. Por supuesto, los perfumeros también sacaron al mercado perfumes masculinos con contra-feromonas femeninas. En fin, un lío. Al final, acababan llevándose el gato al agua los mismos de siempre. Así que los perfumes feromonados cayeron en desprestigio —ante todo, porque eran de baja calidad y tenían un aroma vulgar, muy poco depurado—, y la gente se fue olvidando de ellos. Aquí, en Nueva Bahía, al parecer, no. Sonreí. En algo estábamos más avanzados que ellos. Por cierto, ¿estaría Jabonox tras todo aquel embrollo? Lo cierto es que fueron años en los que algunos, con la tontería de las conquistas sexuales, ganarían mucha pasta.
Negué con la cabeza a la propuesta de la chica, y me dirigí a la entrada del Culito Loco. Un grupito de chicas esperaba frente a la entrada, vestidas a la moda bahiana. Para resumir: iban de cacería. Los maromos, al parecer, no les dejaban pasar o les ponían algún tipo de traba. Me acerqué a la puerta, pasé con determinación entre los porteros con un «buenas noches» rotundo, y me introduje en el local.
El Culito Loco era la antítesis del Charro Feliz. Me recibió una música suave, melodiosa, llegué a distinguir el sonido de un arpa, y estaba semivacío. La iluminación, suave, provenía de la parte inferior de la barra del local. Había varias mesas, donde la gente, bien vestida, charlaba en voz baja, y un pequeño escenario al fondo, con capacidad para tres músicos a lo sumo. En el aire flotaban hologramas psicodélicos, de formas vaporosas y colores cambiantes. Me fijé en el de los precios. No me extrañó que estuviera tan flojo de clientela el local. Ni tampoco entendí que los porteros fueran tan exigentes.
Pedí un combinado de la casa. El camarero, un tipo estirado y elegantemente vestido, puso delante de mí un serpentín de cristal relleno con un líquido verde. Bebí un sorbito, con la sensación de estar participando en algún experimento médico. Por supuesto, como conejo de indias. Ah, por cierto: sabía a rayos.
Para quitarme el mal sabor de boca, y porque me apetecía, pedí un puro. El camarero, sin hablarme siquiera, me señaló un holograma, que flotaba en ese momento en una esquina del local, que formaba el símbolo universal de prohibido fumar y, por si acaso no lo entendías, con el lema PROHIBIDO FUMAR escrito debajo del símbolo en seis idiomas.
Pedí la cuenta, que pagué con todo el dolor de mi corazón, y me largué. Por supuesto, lo anoté en mi libreta de gastos.
Caminé por las calles de Mocambo, dándole vueltas a la cabeza. ¿Serviría de algo que vigilase hasta ese punto a Herminita? ¿Qué conseguiría acercándome hasta el Charro Feliz? ¿Tenía ganas de hacerlo? En fin, que prefería irme a la piltra a seguir de copas. Es más, mi cuerpo ya comenzaba a notar el raro ritmo horario de Nosa, y eso que, durante esos días, coincidían, más o menos, los horarios de Nueva Bahía con los terrestres. Porque llegaría el momento en que, a las tres de la tarde, estaríamos en plena noche. Es algo que me ha asombrado: ¿cómo podía aquella gente vivir ajustándose a esos horarios cambiantes hasta ese punto? Pues, me respondí como siempre, porque el ser humano se acostumbra a todo. Dame pan, y llámame tonto.
Llegué hasta la calle del Charro Feliz. En ese momento, tuve la intuición de que lo mejor sería entrar. ¿Motivo? Ninguno. Pero fue una de esas corazonadas, tal vez basadas inconscientemente en el sentido del deber, tal vez con origen en otras fuentes más difíciles de explicar. Quién sabe. Lo cierto es que pertenecer al Tercio durante tres años, pasarme otros cuatro en la escuela de técnicos múltiples, y formar parte de los servicios de inteligencia de la Hispanidad durante otros cinco, graba en tu cabeza unas formas de comportamiento muy determinadas. Por ejemplo: si tengo que hacer algo, lo hago. ¿Podía ser ése el caso?
Me dejé de chorradas y entré en el Charro Feliz.
Se encontraba abarrotado de gente. Pero Herminita y sus amigos no estaban. Me acerqué a la barra, por la parte donde servía el otro camarero. Pedí un cóctel maquillaje, lo pagué, y me alejé. Milagrosamente, encontré asiento. Estaba fuera del alcance de la vista de Dulcinea, algo que elegí a propósito. Por si acaso. El bueno de Dulcinea, me fijé en ello de un vistazo, llevaba la misma ropa del día anterior, y estaba atareado en atender a la numerosa clientela. Me pregunté cómo debía de oler el tutú. Así que, a salvo de ataques, me dispuse a cotillear un rato, pero sin perder de vista la barra. Si, por un casual, veía acercarse a Dulcinea, saldría pitando del local.
Esa noche, aparte de la avifauna habitual, había más locazas que la otra vez. Enormes, explosivas, clones de Dulcinea, y con una particularidad: todas llevaban un pañuelo azul claro anudado al cuello. Me fijé bien. Era el pañuelo identificador de una peña, una especie de atuendo oficial, que sólo podían llevar los miembros. Concretamente de la Hermandad Mocambera de Nuestra Señora de Nueva Bahía. Las procesiones y fiestas estaban cercanas, y los peñistas ya estaban preparándose. Pese a que Nueva Bahía era un destino habitual para mi, nunca había estado en una procesión. Me pregunté cómo serían: no me pude imaginar a todas aquellas petardas llevando la imagen de la virgen. ¿Irían vestidas así, con su uniforme habitual de combate? ¿O se pondrían de luto riguroso con mantilla y peineta? En cualquier caso, daba espanto el hecho de imaginarlo. O, tal vez, aunque chocante, fuera divertido de ver. Algo tenían que tener las procesiones cuando eran tan famosas.
Herminita llegó muy tarde, a mi entender, que para ellos sería pronto, con el mulato, el rubio, y las dos chicas. Pidieron de beber y lo tomaron en su lugar habitual. Por supuesto, estaba todo tranquilo. Ni rastro de alguno de los peligrosos, ni de nadie sospechoso de controlar a la niña. Encogiéndome de hombros, aburrido como una ostra, deseoso de irme a dormir, pagué el cóctel y me fui al hostal Mari Luz. Mi intuición, en esa ocasión, me falló. De manera estrepitosa. Menos mal que, de Dulcinea, nada de nada. Estuvo el pobre trabajando sin parar toda la noche.
* * *
A la mañana siguiente, me despertó la llamada de mi colega de aduanas. La «Niña de los Peines» acababa de aterrizar en Nueva Bahía. Tengo que darle una buena propina, anoté mentalmente. Por supuesto, a cargo final de Paperas, o de quien fuera quien pagase. Me aseé y me vestí lo más rápido que pude y, con un café con leche en el cuerpo, partí en taxi hacia el espaciopuerto.
Cuando llegué, crucé a paso vivo la terminal principal, bastante más concurrida que en otras ocasiones: las fiestas de Nuestra Señora estaban cada vez más cercanas, y los turistas llegaban en manada. Varias naves, de clases «Esforzada» y «Primorosa», y alguna que otra de clase Torrevieja, vomitaban gente vestida con ropa de colores alegres en las pistas. Los chicos de aduanas trabajaban a tope. Fui directamente a la zona técnica de vuelos privados. No me costó acceder, y jamás tuve que echar mano de mi amistad con uno de los jefes. Aunque no me crean, así suelen ser las cosas. En muchas ocasiones, basta con que te lo propongas para conseguirlo. Caminas con decisión, con prisa, sabiendo dónde vas y para qué, como si fueras a hacer algo sumamente importante, con la naturalidad de quien lo hace todos los días, y la gente te mira pasar sin fijarse en ti. En una ocasión, un vigilante me preguntó que dónde iba. Yo, sin dejar de caminar, le dije, con cara de hastío: «muelle veinticinco. Ya sabes, a lo de siempre. Acaba de aterrizar otra nave». Y el tipo asintió, sin saber qué decir. Eso sí, cuando quiso despedirse con un «hasta luego» y un gesto de su mano, como si al final me estuviera permitiendo el paso, yo ya estaba a más de quince metros de él.
Laura la Turuta estaba en uno de los mostradores de las oficinas, rellenando impresos, realizando el papeleo habitual. Dios mío, cómo le sentaba el mono de vuelo a aquella mujer. Algo indescriptible, de verdad.
Me acerqué a ella por detrás, sin que me viera, y sin poder apartar mi vista de donde cualquier hombre —o mujer, que para gustos se hicieron los colores— la tendría clavada. Al llegar a su altura, le di un toquecito en el hombro.
—Laura, ¿cómo andas?
Se volvió rápida. Al verme, sonrió, gratamente sorprendida.
—¡Hombre, Florián! ¿Cómo tú por aquí?
Nos dimos dos besos y un abrazo. Qué bien olía.
—Pues a invitarte a un café y pedirte un pequeño favor.
Me miró componiendo un gesto de extrañeza.
—¿Problemas?
—No, no te preocupes. ¿Hace ese café?
Terminó de rellenar los impresos, los dejó sobre el mostrador, y pasó su tarjeta de vuelo por un terminal. El oficinista que la atendía la miraba embobado. Pensé, como siempre, que Laura, con una simple sonrisa, conseguiría todo lo que se propusiera.
Fuimos a la cafetería principal del espaciopuerto. Durante el paseo le pregunté lo de siempre: qué tal el viaje, y tal. Ella me respondió sonriente «los he tenido mejores» y me comentó lo que ya sabía: que acababa de dejar en Nueva Bahía a unos ancianos que venían a las fiestas de Nuestra Señora.
—No veas el viajecito que me han dado —comentó—. Te lo juro: no vuelvo a llevar grupos organizados. Y menos aún si son grupos de viejos ricos.
Pedimos dos cafés y nos sentamos a una mesa. Me miró y me preguntó:
—Florián, a ver, cariño, ¿qué te pasa?
Fui directo al grano.
—Te necesito. A ti y a tu nave.
—¿Cuándo?
—Lo antes posible.
—¿Para qué?
—Para volver a la Tierra.
—No hay problema, hombre —comentó, encogiéndose de hombros—. Tengo que regresar dentro de diez días, y me sobra sitio para un pasajero más. Cuenta con ello. Pero me has defraudado: creí que me necesitabas para otra cosa.
¡Ay, si tú supieras! pensé. Pero, centrándome en el asunto, pospuse los coqueteos y las bromas para después.
—No, no me has entendido —dije—. Debo partir de inmediato.
—Pues entonces no cuentes conmigo, desagradecido. Tengo pactado, como puedes suponer, el viaje de ida y vuelta a la Tierra. He de esperar en Nueva Bahía hasta que terminen las fiestas. La salida está prevista para el día dos del mes que viene.
—Hay mucho dinero de por medio —intenté convencerla, aunque sabía que ese argumento no me sería válido. Por cierto, lo de «desagradecido» me sonó a música celestial.
—Por mucho que haya —negó—. ¿Qué pretendes, que deje tirado a un grupo de ancianitos forrados de pasta aquí en Nueva Bahía? ¿Que me quiten la licencia de navegación? ¿Que me cuelguen de los pulgares en casa? Ya me conoces. Yo me he comprometido, y punto. Si me diera tiempo a ir a la Tierra y volver a por ellos, no te pondría ninguna pega. Pero sabes de sobra que eso no es posible. Además, ya te lo he dicho muchas veces: no me gustan tus últimas ocupaciones. No quiero que me metas en ningún lío, delincuente.
—En esta ocasión, se trata de volver con una persona, nada más.
Me miró, inquisitiva. Hablando despacito, moviendo de una manera deliciosa sus gordezuelos labios, me preguntó:
—¿Me puedes decir a qué vienen tantas prisas?
Entonces, yo me derretí. Por supuesto, le conté toda la historia, con pelos y señales, que escuchó con interés.
Al terminar, se encogió nuevamente de hombros.
—No veo el problema por ninguna parte. Mi nave es rápida. Si todo va bien, tarda aproximadamente la mitad que cualquier otra en realizar el trayecto. Si partieras hoy mismo en una nave, pongamos de clase Torrevieja, llegarías sólo cuatro días antes de lo que lo harías si viajas conmigo. Aunque partamos dentro de diez días.
—Pero ya te he contado lo de los tipos que siguen a Paperas...
—Bueno, no parecen suponer un problema inmediato. En todo caso, convence a la niña y escóndela por ahí. Y, si no, busca otra nave.
—Sabes que te prefiero —dije, meloso—. Así que haré lo siguiente: si no encuentro pasaje en otra nave privada, iremos a la Tierra contigo.
—Tú verás. Sabes que siempre que puedo echo una mano a mis colegas. Pero te lo advierto: no me metas en líos.
—Te puedo asegurar que no.
Me creyó, como no podía ser de otra manera. Asintió seria y después sonrió. Con esa manera deliciosa que tiene de hacerlo.
—Por cierto, hablando de colegas, ¿cómo anda Pedrín? Hace tiempo que no le veo...
—Pedrín, estupendo, pero yo mucho mejor —contesté.
—Así me gusta, que te muestres celoso.
—¿Celos? ¿De ti? Por supuesto que sí —dije con absoluta sinceridad—. Sabes que te quiero sólo para mí.
Sus siguientes palabras me sorprendieron de la manera más agradable que mi imaginativa mente pudiera soñar. Significaron ese tipo de promesas que pueden hacerte cambiar de planes, incluso para una vida entera si te pillan en un momento de debilidad.
—Pues mira, tenemos diez días —me dijo, mimosa—. Para ti y para mí. Puedes empezar invitándome luego a unas cervezas. ¿Vale?
Bien, bien, y mil veces bien. Prometo que, en aquel instante, me olvidé por completo del asunto Paperas, del medio millón de doblones, y de lo que hiciera falta. Laura y yo, sin haber llegado —para mi desgracia, y no por falta de insistencia por mi parte— a enrollarnos, manteníamos una estupenda relación, aunque nos viéramos de cuando en cuando. Nos conocíamos desde hacía varios años, nos llevábamos de maravilla, y este tipo de flirteos inocentes formaban parte habitual de nuestras conversaciones. Siempre pensé que le gustaba, aunque fuera un poco. Y no suelo equivocarme en estos casos. Creo que la gente, hasta el más tonto, sabe cuándo le gusta o no a alguien. Ahora, por fin, tenía una oportunidad dorada. Has triunfado, campeón, pensé.
—Bueno, me tengo que ir a cambiar —dijo, levantándose— y, antes, debo terminar con todo el protocolo. ¿Me recoges luego, y damos una vuelta? Estoy en el Meliá. ¿Te parece bien a eso de las ocho? ¿O tienes algún plan mejor?
Que le den morcillas a Herminita, a su padre, a su difunta madre, y al imperio Jabonox, decidí. Sé que no es muy profesional actuar de esa manera. Pero no me importa reconocerlo, por muy recriminable que fuera mi actitud. Quien no piense así, que se ponga en mi lugar.
—A las ocho, princesa.
Laura se despidió con un par de besos en mis mejillas, que me supieron a gloria bendita, a sueños que se podían cumplir, y se marchó. En ese momento, era el tipo más feliz de todo el Oikumene. Puedo asegurar que tenía motivos fundados para sentirme así.
Salí del espaciopuerto y volví a Macambira en taxi. De camino, llamé —he de reconocer que con sospechas, y también ganas, de que ocurriera lo que luego ocurrió— a Herminita. No me equivoqué. Atendió la llamada, en esta ocasión al séptimo tono, el mulato. Aquello era de chiste. El escaso o nulo interés que tenía la niña en todo el asunto, incluso en salvaguardar su propio pellejo, me sirvió de excusa perfecta para relajarme y dedicarme en exclusiva a planificar los próximos días en compañía de Laura. Un abanico de gozosas posibilidades se abría ante mí, y una oportunidad así la tienes pocas veces. No iba a desperdiciarla por una niñata estúpida, desagradecida, e inconsciente. Cuando, tras unos minutos, se puso Herminita al aparato, le dije:
—Saldremos a la Tierra dentro de diez días.
—Pues vale, tronco —me contestó apática y cortante. Al escucharla, tuve la sensación de que la muy estúpida pensaba que me estaba haciendo un favor. Y, es más, de que no le apetecía en absoluto hacérmelo.
Increíble. Parecía importarle un pito todo. Pues si a ella no le importaba, quería dejar claro que mucho menos a mí.
—Además, será si me da la gana —continuó con tono de despedida. Deduje, por su voz, que estaba a punto de cortar la comunicación—. Así que menos órdenes y menos dar por hecho las cosas.
—No me cuelgues, guapa —advertí, ya hasta las narices—. Hasta que nos vayamos, deberías irte a un lugar alejado, donde nadie te pueda encontrar. Si no quieres, no me lo digas ni tan siquiera a mí. Pero eso es algo que no estás dispuesta a hacer, ¿verdad?
—En efecto —contestó—, eso es algo que ni me planteo. Yo, a diferencia de ti, no vivo acojonada. Por nada ni por nadie.
—Pues haz lo que te dé la gana, bonita —dije, para terminar la conversación—. Ya te llamaré cuando esté todo preparado. Si quieres, vienes, y si no quieres, te quedas. A tu rollo.
Finalicé la llamada, sin darle ocasión a que dijera alguna estupidez más. Acto seguido, no tanto porque me preocupase en exceso, sino sobre todo para ponerle en antecedentes, volví a intentar localizar al señor Paperas. Le diría cuatro cositas sobre su niña, y sobre lo mucho que le iba a costar que su idea terminase con éxito. Pero nada de nada, en ninguno de los cuatro números.
Al llegar al barrio, fui directo al locutorio. Hoy no estaba la señora. Pedí una cerveza, y esperé pacientemente hasta que apareció Pedrín en la pantalla.
—Dime —me saludó.
—He hablado con Laura. Saldremos dentro de diez días.
—¿Cómo que dentro de diez días? ¿Por qué esperar tanto tiempo?
—No he encontrado ninguna nave que nos pueda llevar —mentí—. Y, como soy muy buen chico y siempre hago caso de los consejos de mis amigos, no tomaremos una línea regular.
—Busca, Florián —dijo, con gesto de no haberme creído una sola palabra—. Alguna otra debe de haber. Convence a la Turuta, haz lo que sea. Pero mejor que no esperes tanto tiempo, ¿vale?
—Lo intentaré, no te preocupes.
Por supuesto que iba a intentar convencer a Laura. Pero no de eso, precisamente.
—Ah, por cierto —me dijo—. Te mando unas cosillas que he encontrado de la niña.
—¿Interesantes?
—Júzgalo tú mismo.
—¿Has averiguado algo más?
—Nada. Por cierto, ¿qué sabemos de Paperas?
—Que sigue perdido, con suerte.
—Vaya... A ver si va a haber palmado.
—Desde luego, Paperas tiene muy mal aspecto —asentí—. Creo que, para morirse, no le son necesarios los cuatros tipos. Él solito se basta y se sobra.
—No jodas, Florián...
—Hay un asunto que me preocupa —dije, serio. Era una posibilidad que había sopesado desde el primer momento, pero que no había querido mencionar antes—. Si palma Paperas, ¿cómo demonios cobraríamos?
—Pues si que das ánimos...
—Además, creo que medio millón es poco. Deberíamos pedir más. Tú no sabes lo que es aguantar a la niña de las pelotas. En primer lugar, dudo que quiera regresar a la Tierra. Y, de hacerlo, nos pondrá en dificultades cada dos por tres. Aunque, de todos modos, algo me dice que no vamos a ver ni un sólo doblón.
Pedrín asintió, como si él también hubiera llegado a esa funesta conclusión. Pero se recompuso de inmediato. Pedrín no era de los que abandonaban antes de llegar al final.
—Paso a paso, Florián. Primero, a ver si damos con Paperas, ¿vale?
Descargué los documentos. Cuando terminé, me despedí de Pedrín.
—Te llamo, socio.
—No sé qué te traes entre manos, pirata —me dijo con una sonrisa pícara—. Pero no te desvíes del objetivo, ¿de acuerdo?
—Vale.
Corté la comunicación y salí del locutorio. Me sentía feliz y dichoso, agradecido a la vida. Fui a tomarme unas tapas y unas cañitas, que me supieron a gloria. De acuerdo, lo cierto es que siempre me saben así, pero aquel día, si cabe, más. Después, al hostal, a comer. Hoy, doña Mari Luz había hecho de menú sopa de ajo y rabo de toro estofado, bueno, de toro no, porque no hay toros en Nosa, pero de un animal muy parecido. Decididamente, era mi día de suerte.
Después de la pitanza y de la posterior siesta, me decidí a comprobar de qué iban los documentos que me había mandado Pedrín. Tenía tiempo de sobra hasta la hora de la cita, y repasarlos no me supondría ningún esfuerzo. Había varios, muchos más bien, y parecían abarcar la vida entera de Herminita. Pedrín y sus currantes estaban trabajando de lo lindo.