El Meliá, al igual que el Intercontinental, estaba en el paseo marítimo, pero alejado de éste al menos un kilómetro. Decidí coger un taxi, no por ahorrarme el paseo —soy un buen andarín—, sino por llegar con antelación a la hora de la cita. A las seis menos veinte, entraba en el hotel.

Elegí una mesa en la cafetería, enorme, desde donde controlaba la entrada. Pedí un ron con cola y un puro.

Dieron las seis. Herminita no llegaba.

Seis y diez. Más de lo mismo.

Seis y veinticinco. Pensé que no llegaría nunca. Llamé a la empresa de mensajería. Me confirmaron que el mensaje fue entregado y que firmó el acuse de recibo. Entonces, ¿qué podría haber ocurrido? ¿Se habría tomado mi mensaje a chufla? Deduje que no. A todos nos gusta la pasta. Sobre todo a la gente ociosa y derrochadora que, como Herminita, no sabe ganarla. Su familia, lo quisiera o no, había sido su única fuente de ingresos a lo largo de su vida, lo seguía siendo y, según mi mensaje, lo sería en un futuro, elevado a la enésima potencia. ¿Cómo despreciar algo así?

Seis y media pasadas. Aparece, al fin, Herminita.

Pero no sola. Se había pasado por el forro mi recomendación de discreción. Venía acompañada por dos tipos que enseguida reconocí: uno era el mulato, el otro el rubio con cara de pánfilo. Me levanté de la mesa, le hice un gesto, y se acercaron, reticentes, mirando a todas partes a la vez.

Herminita, creo, llevaba la misma ropa de la noche anterior, o si no, muy parecida. Llevaba un vestido largo, arrugado y sucio, de algodón desvaído, unas sandalias de cuero, y un bolso de arpillera. El pelo, como si acabasen de estar jugando en su cabeza media docena de gatos. Se notaba que se había levantado hacía poco. O, tal vez, que no se había acostado aún. Tenía, en líneas generales, un aspecto horrible. De los otros tipos no hablo. Paso.

—¿Herminia? —Pregunté, a modo de saludo.

—Soy yo —contestó, con voz cascada—. A ver, ¿eres tú el que me ha mandado esto?

Puso delante de mis narices, en un gesto bastante brusco, el mensaje. Asentí.

—Sí. También le dije que convenía ser discreta. ¿Me puede decir qué hacen aquí éstos dos?

—Venimos acompañando a Claudia. ¿Qué pasa? ¿Te molestamos? —Preguntó el mulato, poniéndose frente a mi.

—Siéntate —le ordené—. Contigo no estoy hablando, ni tengo ningún interés en hacerlo. Así que calladito, ¿de acuerdo?

—¿De qué vas, listillo? —Me dijo, poniendo a menos de tres dedos de mi cara su jeta. Eso es algo que nunca he soportado—. ¿Te vas a hacer el duro conmigo? ¿Qué pretendes de Claudia?

Varias gotas de salivilla se estamparon contra mi cara. El aliento le olía a perro muerto, y tenía una mirada de psicópata que, a alguien con menos cuajo que yo, le habría podido asustar. Con todo el sigilo y rapidez posibles, extraje mi automática y se la clavé en las costillas. Y, cuando digo se la clavé, es que se la clavé, con fuerza, para hacerle daño, para hacerle bajar la cabeza, para dejarle claro que no me andaba con tonterías.

—No te lo pienso repetir —le dije—. Siéntate o te vuelo el pajarito.

El mulato, cuando bajó la vista y vio el cañón de mi arma, casi se caga en los pantalones. Perdió la mirada de loco, lo que me hizo pensar que había forzado la suya habitual para intimidarme. Obediente, como un niño bueno, se sentó en la primera silla que vio. Con la misma rapidez de antes, guardé el arma. A todo esto, Herminita contemplaba la escena sin interés, como si todo aquello no fuera con ella. Únicamente, luego de que el mulato se sentara, y cuando los tres cruzaron miradas inquisitivas, le miró con gesto de desprecio absoluto. Después, con suma tranquilidad, me miró, se sentó frente a mí, y sonrió. El rubio tomó asiento también.

—Retomemos la conversación —dijo—. Yo soy Herminia Claudia. Y tú el que me ha mandado este mensaje. ¿Me puedes decir de qué va?

—El mensaje es claro —contesté—. Su madre ha fallecido.

Si esperaba algún gesto por parte de Herminita, no lo hubo. Me miró seria, clavando la mirada de sus ojos azules todo lo posible en los míos.

—Mi madre estaba muy enferma cuando la dejé, hace ya mucho tiempo —dijo, encogiendo los hombros—. Su fallecimiento es una desgracia previsible.

—¿No se apena?

—Por supuesto —contestó con desgana—. Pero, si debo derramar alguna lágrima por ella, ninguno de vosotros sois dignos de verla.

Tenía cuajo, la chica. O, al menos, lo aparentaba. Y educación de colegio caro, de esa que te hace parecer siempre por encima de los demás. Sí, y esa absurda dignidad de la gente de dinero, aprendida en casa, en el colegio, en sus clubes, que les hace supuestamente inmunes a los sentimientos que afectan a los demás mortales. Flema aristocrática. Bajo su aspecto de drogota alternativa trasnochada, había una sólida y anticuada formación.

Dejé transcurrir el tiempo. Herminia siguió mirándome, con los ojos no tristes, sino resacosos. Al fin, volvió su vista al mensaje y comenzó a hablar.

—Vayamos por partes. Según dices, papá Pucherón también ha palmado. ¿Es cierto?

Asentí.

—En esta ocasión, no derramaré ninguna lágrima.

—Allá usted.

—¿Y qué es eso de que he heredado los bienes de mi madre y papá Pucherón?

—Mande a estos dos —señalé al mulato y al rubio— a que se tomen algo. Es un tema que, como comprenderá, prefiero tratar a solas con usted. Si, después, usted cree oportuno contárselo a ellos, será problema suyo.

Herminita miró al mulato y le indicó, con un movimiento de su cabeza, la barra. Un gesto directo y perentorio: largo de aquí. El mulato y el rubio se levantaron y se marcharon, sin dejar de mirarme. Pero no con la chulería de antes, más bien con cierto temor. Qué demonios, había acojonado al mulato pero a base de bien.

—¿Está usted al corriente de las leyes de herencia en la Hispanidad? —Le pregunté.

—Por supuesto que no —contestó, componiendo un gesto de asco, como si fuera un tema despreciable para alguien como ella—. ¿Debería estarlo?

—Sí, sin duda. Sobre todo cuando cabía la posibilidad de que algo así ocurriera.

Tomó aire y sonrió de medio lado. Llamó a un camarero, levantando el brazo. Al hacerlo, asomó la pelambrera del sobaco. Dios, qué visión. Esa chica, de haberlo querido, se podría haber hecho trenzas en las axilas. Juro que, sobrevolando el metro de mesa que nos separaba, me llegó el olor, un pestazo rancio, conseguido a base de mucho sudor y ninguna ducha durante demasiado tiempo. Miré para otro lado, y me propuse olvidarme de todo lo que no fuera imprescindible. En mi profesión, no puedes dejar que aspectos secundarios, desagradables o agradables, te desvíen de tu objetivo.

El camarero se acercó a la mesa, y le pidió una copa de ron. Hasta que volvió el camarero con la copa, permaneció en silencio. Había decidido hacer un alto en la conversación, tal vez por que estuviera meditando, o vete a saber sus motivos. El caso es que la niña lo había decidido y se estaba haciendo.

Después del primer trago, cuando lo creyó oportuno, volvió a la conversación.

—Por supuesto, siempre supuse que me caería algún pellizco —comentó—. Tal vez la fortuna personal de mi madre, sus pocos o muchos bienes estrictamente personales. Pero nunca Jabonox. Eso me lo tienes que explicar bien.

—Yo tampoco estoy muy versado en este tema —dije, encogiéndome de hombros—. Como puede comprender, mi especialidad es bien distinta. Pero el asunto, aunque es largo y farragoso, se puede resumir en dos palabras: heredera universal. Al parecer, al morir Pucherón, su madre heredó el imperio Jabonox. Al fallecer su madre, es usted la heredera. De todo. ¿Lo entiende? ¿Es capaz de comprender las implicaciones de lo que le estoy diciendo?

Durante un largo momento, Herminia permaneció pensativa, mirando al techo, evaluando tal vez la veracidad de mis palabras, o tal vez, haciéndome caso, lo que implicaban las mismas.

—¿Puedes demostrar lo que me estás diciendo? —Me preguntó al fin.

—Por supuesto.

Saqué la carpeta de la bolsa, extraje los documentos y se los entregué. Herminia los ojeó por encima, asintió en varias ocasiones, y, tras un par de minutos, los dejó sobre la mesa.

—Falsificar documentos de este tipo es relativamente sencillo —dijo, con aire neutro, como si no fuera su nombre el que estuviera escrito en ellos.

—Son copias de los originales, por supuesto —le aclaré—. Pero perfectamente válidos.

—¿Y dónde se encuentran los auténticos?

—En la Tierra, en una notaría, a buen recaudo. ¿No pretenderá que los lleve encima?

—Ya —dijo, asintiendo de esa forma tan explícita— ¿Y lo de mi padre biológico?

—Es la persona que me ha contratado para buscarla y llevarla a la Tierra, donde tomará posesión de su fortuna.

—¿Le conoces? Me refiero a si le conoces de una forma directa, si has tratado con él en persona.

—Sí.

—¿Y cómo es?

En ese momento, le brillaron los ojos.

—Su aspecto externo no corresponde con su gran corazón —poeticé—. Ha sufrido mucho, y se le nota. No pertenece a la sociedad de la que usted viene. No es más que un simple trabajador que tuvo que abandonarlas a su madre y a usted por culpa de obsoletas formas sociales. Pero le conocerá en persona, y ya tendrá ocasión de hablar con él todo lo que quiera.

Volvió a asentir. Sus ojos, en un instante, perdieron el brillo luminoso.

—Tengo noticias vagas sobre él. No sé ni cómo se llama.

—Se llama Gonzalo Paperas y Rocafort. Es un caballero que se dedica a la genealogía y la heráldica.

Elevó las cejas al cielo, como si buscase alguna referencia. Al fin, negó.

—Por último, respóndeme —dijo—. ¿De qué tengo que tener cuidado?

—Ciertos miembros del consejo de administración no desean que usted herede Jabonox. Por tal motivo, harán todo lo posible por encontrarla. Quiero serle franco. A su padre le siguen cuatro tipos, cuatro matones, contratados por esos miembros del consejo de administración. Saben quién es usted, a quién busca su padre. Pero no saben, de momento, dónde está usted. Por eso le siguen a todas partes. Tal vez, de no haber dado yo antes con usted, lo hubieran hecho ellos, y poco les hubiera importado que estuviera o no al corriente de la situación. En cualquier caso, la habrían matado. A usted y a su padre.

—¿Dónde se encuentra ahora mi padre?

—Despistándolos. Ni yo mismo sé concretamente dónde está ahora. Lo que es mejor para todos, por supuesto.

Bebió otro trago de ron. Rebuscó en su bolso, hasta que sacó un estuche. Lo abrió con parsimonia. Estaba lleno de porros ya liados. Encendió uno. Tras darle una calada, pasó los dedos de sus manos por el pelo, ahuecándolo y echándoselo hacia atrás. Era el primer gesto coqueto que la veía. Por cierto, la maría, de primera.

—Me imagino que, lo que tengo que hacer ahora, es viajar a la Tierra, y tomar posesión, ¿verdad?

—En efecto.

—Y tú me acompañarás, digamos que, como mi ángel protector.

Lo de ángel protector lo dijo con retintín.

—Es la parte última y más importante de mi trabajo. No la perderé de vista hasta que haya tomado posesión en la notaría. Es el compromiso que he adquirido con su padre.

—Para cuidarme de los tipos esos de los que me hablas, ¿no? —preguntó, abriendo mucho los ojos, haciéndose la incrédula.

—Para cuidarla de lo que sea.

—Ya. ¿Y cuánto te llevas tú?

—Acordé un precio con su padre, una cantidad que me será entregada en cuanto finalice con éxito nuestra pequeña aventura.

—¿Lo pagará mi padre, o yo?

—Supongo que su padre. Pero no me extrañaría que acabara haciéndolo usted.

—Luego trabajas para mi, ¿no?

—Trabajo para su padre.

—Has dicho que mi padre es pobre. ¿Cómo va a pagarte?

—Ignoro el modo —mentí—. Pero el compromiso es firme.

Herminia se me quedó mirando, con una sonrisa irónica en sus labios. Elevó la barbilla, dio una calada a su porro y me echó el humo a la cara.

—Bueno, pues, dado que trabajas para mí, cumplirás desde este mismo instante mis órdenes. ¿Sabes por qué? Por que me he dado cuenta de algo: tú estás más interesado en ese dinero prometido que yo en cobrar mi herencia. ¿A que no me equivoco?

Caí en la cuenta de que la muy cabrita había estado tuteándome todo el tiempo. Seguro que me tomaba por un don nadie. Seguro que, también, quería ponerme las cosas difíciles. ¿Por qué? Lo que me quedó claro es que la niña estaba acostumbrada a mangonear a todas las personas con las que tuviera relación, y que era tan desagradable como me había dicho todo el mundo. Y, es más, que parecía disfrutar siéndolo. Pero, desde luego, tonta, lo que se dice tonta, no era.

—No cumplo órdenes de nadie —dije, serio—. Será más bien al contrario: usted cumplirá las mías. Después, cuando sea la dueña de Jabonox, haga lo que quiera. Pero, hasta ese momento, hágame caso, por su propio bien. Es una recomendación que le doy. Gratis.

—Podría volver mañana mismo a la Tierra, y tomar posesión de lo que es mío —dijo tranquila, encogiéndose de hombros—. ¿Qué me impide hacerlo? ¿Acaso me vas a pegar un tiro con esa pistolita de mierda que llevas para asustar a inofensivos bailarines?

La niña comenzaba a tocarme las pelotas. ¿A qué venía esto? ¿Era sólo por joder la marrana?

—Lo más probable es que no lo consiga —contesté, serio y tranquilo, con el mismo aire de suficiencia que ella—. Por otra parte, ¿sabe dónde se custodian los documentos de la herencia? ¿Sabe dónde tiene que presentarse? ¿Cuándo? ¿Se va a poner por ahí a airear su nueva condición? Haga lo que quiera. Pero, repito, si no me hace caso, lo más probable es que termine mal. Muy mal.

—Por supuesto, no viajaré sola. ¿Me crees tan estúpida?

—¿Y quiénes cuidarán de usted? ¿Esos dos? —Dije, señalando con la cabeza a sus dos amigos, que bebían en la barra—. No sea absurda.

Se echó a reír. Pero no podría precisar si de sus dos amigos o de mi. O de los tres a la vez.

—Aparentas ser un tipo competente —dijo al fin—. Sí, incluso diría que tienes un par de huevos. Bueno, tal vez te haga caso. Al final, ya veremos cómo te has portado. Dependiendo de eso, cobrarás o no.

Tras decir estas palabras, pareció dudar durante unos instantes. O eso, o es que le costaba razonar. Después, dijo con voz chulesca:

—Pero no sé qué haré al final: me la suda toda esa mierda de dinero de Jabonox.

Había llegado el momento. Les juro que, en ocasiones así, me dan ganas de largarme y dejar tirado al cliente en cuestión. Pensé que, si la niña seguía por ese camino, lo mejor sería abandonar. Al fin y al cabo, vivo bien. Nadie en su sano juicio desprecia medio millón de doblones, pero no estaba dispuesto a jugarme el tipo por una niñata consentida. Ni por nadie. Llámenlo dignidad, instinto de supervivencia, o lo que quieran. Pero soy muy capaz de hacerlo. Porque sé, de sobra, que una persona así se las arregla muy bien para meterte en problemas.

Acerqué mi cabeza al centro de la mesa, la miré con fijeza. Cuando quiero ser serio, lo soy. Y, cuando estoy trabajando, suelo serlo.

—Quiero dejar claro algo ahora mismo —le dije, en voz baja—. Hará todo lo que yo le diga. Sin dudas, ni vacilaciones, ni malas caras, ni discusiones. A mi lo único que me interesa es que usted llegue viva y a tiempo de tomar posesión de su herencia. Haré todo lo que sea posible para que eso suceda. Soy un profesional y he cerrado un trato con su padre. Pero, si no consiente voluntariamente, o me va a poner alguna pega, dígalo ahora. Me marcharé por donde he venido, y asunto concluido. Su padre, usted, o quien sea, me va a pagar medio millón de doblones si todo termina bien. Pero no pienso jugarme la vida estúpidamente por ese dinero, ni por usted, ni por su padre, ni por la madre que la parió. ¿Queda claro? Puedo prescindir de ese dinero. Continuaré mis vacaciones en Nueva Bahía y, después, seguiré a lo mío. Usted, con certeza, jamás llegará a tomar posesión de nada, y su padre, lo que más lamento de todo esto, acabará tan mal como usted. ¿Es eso lo que desea? Dígalo, contésteme ahora mismo.

© José María Boto Bravo, (2.776 palabras) , Créditos