Macumba era un barrio tan parecido a Macambira o a cualquier otro antiguo de la ciudad que tenía la impresión de irme a tropezar con el hostal Mari Luz en cualquier momento. Callejeé hasta encontrar lo que buscaba: el restaurante La Sanabresa. Me senté a una mesa y pedí de cenar comida casera y contundente: sopa de marisco, autóctono, claro, y filmón, un pez parecido al bacalao, también de los mares de Nosa, a la vizcaína. Todo ello regado con buen vino del país —algo dulzón, pero excelente a mi modesto entender—, y, de postre, flan con nata y una copa de aguardiente. Antes de irme, cuando el dueño, Sebastián, me invitó a la segunda copa de aguardiente, le pregunté por la localización exacta de la calle Mazaronni.

Con el cuerpo y el ánimo reconstituido por la zampa, el vino, y el aguardiente, me dirigí a la calle Mazzaronni. Aviso para navegantes: cuando intuyes que una noche va a ser dura, mejor ir bien cenado. Aunque no iba de juerga, me tendría que tomar algunas copas en, al menos, dos garitos. Y a saber qué brebajes acabarían en mi estómago. Mejor ir bien cenado, por si las moscas, como con los teléfonos, con los disfraces, como con todo en la vida.

Di con ella. Era, más que una calle, una hendidura larga y estrecha entre edificios. Pasé por delante del número veintitrés. No había portería, ni nada similar, algo lógico en un edificio modesto de un barrio modesto. Miré hacia arriba. No había luz en las ventanas de las buhardillas. La troupe estaría a punto de actuar, deduje. Eso, si no había partido de Nueva Bahía a otra ciudad. Llamé al videoportero de la buhardilla derecha. En efecto, no había nadie. O, al menos, nadie me contestó. Tal vez, ni siquiera funcionaba.

Pregunté a la gente que pasaba por la calle por el Charro Feliz. Hubo algo que me chocó: todo el mundo iba maquillado. Algunos la totalidad de la cara, otros sólo la mitad superior del rostro, de nariz para arriba. Los chicos lucían tonos que iban del azul oscuro, casi negro, al cian; las chicas, del ciruela al malva. Sería el último grito en la ciudad: no tenía conocimiento de esta costumbre de otros viajes a Nueva Bahía, ni que fuera habitual en otros lugares del Oikumene. Y también me llamó la atención el vestuario de la gente. Parecía que un circo hubiera llegado a la ciudad y se hubieran escapado a tomar una copa todos los payasos, eso sí, con uniforme de faena.

Nadie parecía saber dónde estaba concretamente el Charro Feliz, nadie me supo indicar el camino correcto. A algunos les sonaba, a otros también, otros decían ser clientes habituales. Pero lo cierto es que, siguiendo las indicaciones de estos personajes, estuve un buen rato dando vueltas sin sentido y sin que, en ninguna parte, viera el famoso Charro Feliz.

Al fin, tras demasiado tiempo de búsqueda para mi gusto, en el que, estoy seguro, pasé varias veces por el mismo sitio, lo encontré por pura insistencia o por pura casualidad. Eran cerca de las doce de la noche cuando di con él.

El Charro Feliz era un local más bien pequeño, como los que estaban de moda en cualquier ciudad de la Hispanidad, con un neón en la entrada con su nombre, la fachada pintada de oscuro, y una puerta que parecía la abertura de una cueva. Entré. El interior estaba en penumbra, como también solía ser habitual. Sólo había luz en la barra, a la izquierda de la entrada. Cuatro o cinco personas bebían en silencio, separadas entre sí. Me acerqué a la barra y tomé asiento. Me vino a la mente, como un flash, la espantosa imagen de la doctora Love en el bar de la nave.

El camarero, un mulato alto y musculoso, llevaba el rostro maquillado con tonos ocres, y una mezcla de prendas de ropa que me pareció, al menos, curiosa: una camiseta rosa ceñida con el nombre del local escrito con lentejuelas de colores, un tutú de ballet bajo el cual se veía un tanga negro, y botas camperas. En resumen: una locaza enorme que daba miedo verla. Porque cualquiera de mente que sea un tanto cerrada, y que no haya viajado lo suficiente, se plantea: ¿quién puede vestir así? Y la respuesta viene por sí misma: solamente un pervertido. Yo no pertenecía a este grupo, claro. Estoy acostumbrado a las excentricidades en el vestir, a las modas chocantes, rompedoras. Soy de la capital, y viajo mucho. Pero siempre, en un lugar u otro, acaban sorprendiéndome. Y, desde un punto de vista profesional, tampoco es que me desagrade este tipo de personas: aparentemente suelen ser banales, sólo preocupadas por su aspecto externo, frívolas, pero también fieles y con más carácter de lo que aparentan. Y buena gente. Como mi amigo Fermín, por ejemplo. ¿Por qué? Misterio. No tengo ni idea.

Estaba hablando en voz baja, cuchicheando más bien, con uno de los clientes. Me miró de soslayo, comentó algo con el cliente y se echaron a reír. Al fin, se acercó. Se me quedó mirando fijamente, como si me conociera de algo o le asombrase algo de mi.

—¿Eres extranjero, verdad? —Me preguntó al fin.

—Sí, de vacaciones. Como millones de personas en Nosa. Ya ves, soy todo un excéntrico.

—No, te lo digo por el maquillaje —me dijo, como excusándose—. Aquí acostumbramos a maquillarnos para salir de noche. ¿No te has dado cuenta?

—Pues sí, me he dado cuenta, amigo. Pero demasiado tarde, ¿me entiendes?

Levantó el índice de su mano derecha y cerró los ojos, mientras negaba con la cabeza.

—Eso se puede solucionar.

Salió de la barra y se me acercó. Me bajé del asiento. Me sacaba una cabeza y tenía unos brazos que parecían jamones ibéricos. Me cogió con suavidad de la barbilla e hizo que levantase el rostro. Reticente, accedí.

—A ver, a ver... creo que te vendría bien un naranjita pálido. Pero en todo el rostro, ¿eh? Y nada de tonos azules. Ya están demodés.

¡Qué manía tenía la gente de esta ciudad con maquillarme! pensé, aunque ahora sospeché que la insistencia de Fermín en hacerlo estaba justificada. Torcí la cabeza, mientras negaba.

—Gracias, déjalo.

—¿Cómo? ¿No quieres que te maquille? —Preguntó, con cara de absoluta sorpresa.

—Pues no —respondí—. No veo la necesidad.

—Pero no pretenderás ir por ahí con esa facha, ¿verdad? Mírate. Tan pálido, tan... —dejó las palabras colgando del aire—. Pareces una vieja loca y enferma de las que vienen a tomar las aguas. Es una pena, porque no estás mal del todo.

Me le quedé mirando de arriba abajo. Juro que estuve a punto de contestarle «mira quién fue a hablar». Pero preferí no hacerlo, mientras me fijaba en sus muslazos desnudos —demasiado cercanos a mi cuerpo para mi gusto—, ya que el tipo, a su modo, parecía simpático y, por otra parte, era mucho más fuerte que yo. Además, necesitaba llevarme bien con él. ¿Por qué? se preguntarán. Pues, primero, porque es importante llevarte bien con los camareros y, segundo, porque podría conseguir información de Herminita de primera mano y con todo lujo de detalles.

—Verás, acabo de llegar a la ciudad, y sólo quiero tomarme una copa —le dije con una sonrisa—. Hoy no me apetece maquillarme. Pero, igual mañana sí. Deja que me acostumbre poco a poco a los cambios.

—Está bien, como quieras —Se encogió de hombros, mirándome como si fuera un bicho raro—. Allá tú.

Volvió tras la barra y se plantó frente a mí con cara de haber recibido el mayor de los desprecios.

—Está bien, viejaza, ¿qué quieres que te ponga?

—Cerveza. Bien fría, por favor.

—Cerveza... —dijo, negando con la cabeza— Bendito sea el señor.

Con gesto hosco y modales bruscos, estuvo un buen rato rebuscando por las cámaras del local, como si no hubiera cerveza o le fuera muy difícil encontrarla.

—Déjalo —le dije—. Ponme cualquier otra cosa. Te dejo elegir.

—Será lo mejor —sentenció—. Cerveza. ¿Quién bebe cerveza, por el amor de Dios? Deja que te prepare un cóctel de la casa. Por supuesto, creación de muá.

¿Recuerdan lo que les dije de ir bien cenados? Pues eso.

El camarero comenzó a llenar un vaso de cóctel con el contenido de varias botellas. A la tercera, perdí el interés. Al fin, tras removerlo y echármelo en una copa con hielo, lo plantó frente a mí.

—Bebe, guaperas —me invitó—. Verás cómo te gusta.

Di un sorbito. Lo cierto es que estaba muy bueno.

—Oye, está bueno —dije—. ¿Qué nombre le has puesto?

—Oh, todavía ninguno —me contestó—. Pero si tengo que ponerle uno, no sabría por dónde empezar.

—Llámale maquillaje —propuse—. O desmaquillador. ¡A ver, camarero, póngame un maquillaje! ¿Qué tal suena?

—¡Oh, si! —asintió—. ¡Qué buena idea! ¿Sabes? Me gusta.

Elevó la voz, para que la clientela pudiera oírle.

—¡Ya tenemos nombre para el cóctel! Se llamará maquillaje.

Todos me miraron, como si supieran que yo tenía algo que ver en el bautizo. Alguno, incluso, levantó su copa en mi dirección. Mientras, el camarero borró del holograma móvil la frase «cóctel de la casa» y escribió «cóctel maquillaje». Su precio, en doblones hispanos y lusitanos, me pareció un tanto excesivo.

—Me caes bien, forastero —dijo el camarero—. Y eso que vas hecho un adefesio. Bienvenido al Charro Feliz. Me llamo Ambrosio. Pero todos me conocen por Dulcinea.

Acercó su rostro para que le plantara dos besos. Cosa que hice, mientras dije.

—Pues yo me llamo Florián.

—¡Uy, Florián! —dijo—. ¿Qué nombre es ése? ¿Se puede saber de dónde vienes? Porque con esas pintas, y bebiendo cerveza, pareces un paletorro, hijo.

—De la Hispanidad. Pero de la auténtica, la de mamá Tierra. Concretamente, de Vallecas.

—¿De la capital de la Hispanidad? —Preguntó asombrado—. Pues, permíteme que te lo diga, parece que vienes de cualquier poblado de uno de esos horribles planetas mineros. O de alguna granja, ya sabes, de sitios así.

—¿No te gusta mi ropa?

—Cariño, es simplemente horrorosa. Y antigua. En la Tierra parece que os habéis quedado atrás. Una cosa es vestir así —me señaló, encogiendo la nariz— para ir a trabajar. Y otra muy distinta para salir a divertirse. ¿No hacéis esa distinción en Vallecas?

«Hay que joderse», pensé. Yo, que me gasto en ropa de calidad buena parte de mi sueldo, criticado por ese espantajo que parecía haberse vestido con lo que encuentras en un vertedero.

—Bueno, el caso es que me he cruzado con mucha gente esta tarde en Nueva Bahía y no he visto a nadie como tú —dije, pero sin acritud—. Más bien, iban como yo. Incluso peor.

—¡No te quedes con la primera imagen! Verás cómo la cosa cambia con la noche.

Di otro sorbito a mi cóctel. Enseguida, me volvió a llenar el vaso.

—¿Y qué? ¿Piensas quedarte mucho tiempo?

—No tengo fecha fija para regresar a casa —contesté—. Necesitaba cambiar de aires. Ya sabes, desconectar, y todo eso.

—Pues has acertado. Dentro de una semana comienzan las fiestas de Nuestra Señora. Tenemos las mejores procesiones de todo el Oikumene. ¡Verás qué divertido!

Si me preguntaran en un examen el motivo por el cual cierto tipo de gays son los más fervientes seguidores de las ceremonias más dramáticas del catolicismo —procesiones de semana santa, etcétera—, y casi los únicos que siguen encendiendo velas en sus casas a imágenes de santos y vírgenes olvidadas por la mayoría de los creyentes, seguro que suspendía. Pero lo cierto es que es así. Por cierto: es sabido que las procesiones de Nueva Bahía en honor de Nuestra Señora son algo digno de ver. Pese a ello, jamás había estado en ninguna.

Entraron en el local un grupito de chicas jóvenes, todas maquilladas, claro, y vestidas de la misma peculiar forma que Dulcinea, pero sin llegar a su nivel de originalidad. En comparación, parecían normales. Y, lo más importante para mi gusto, eran tías. Aunque también iban que daba pena verlas.

Les sirvió y, de nuevo, volvió a ponerse frente a mí. Bueno, parecía que yo había pasado a ser su cliente favorito.

—¿Cuándo viene la gente? —Pregunté—. Parece que no tienes demasiada clientela...

—Ahora comenzarán a llegar. Pero no tengas prisa —me sonrió, pícaro, mientras pasaba sus manazas por su torso—, ya has visto lo más interesante que ofrece este local... ¡Ah! ¡Dios mío! Con tanta conversación, se me ha ido el santo al cielo.

Se giró y accionó en un reproductor de música. Al momento, los acordes iniciales de una ranchera comenzaron a atronar en el local, que pareció despertarse de repente. Varios focos de colores se encendieron.

—Tú querías que te dejara de querer... —cantó Dulcinea a través de un micrófono.

Todos los clientes le miraron y contestaron, siguiendo la canción.

—Y lo has conseguidooo...

Y, aunque éramos pocos, comenzó la fiesta. Todos cantaban, bailaban, bebían, hablaban entre sí. Me giré para contemplarlos. Entraron más clientes en el local, y más, y más, hasta que se abarrotó. Llegó otro camarero para ayudar a Dulcinea, que se las veía y se las deseaba para servir a la concurrencia.

Así fueron pasando las horas, yo bebiendo cócteles y contemplando el panorama, y la gente pasándoselo pipa. Pero ni rastro de Herminita. En un momento dado, mis ojos, involuntariamente, comenzaron a cerrarse. ¿Cuántas horas llevaba despierto? ¿Cuándo fue la última vez que dormí con dios manda? Preferí no responderme a ninguna de las dos preguntas.

Dulcinea pareció darse cuenta. Se me acercó y puso frente a mí, en la barra, una pastilla azul.

—Toma, invitación de la casa. Esto es lo que solemos tomar en Nueva Bahía cuando, ¿cómo decirlo? tenemos sueño y queremos seguir de fiesta. Yo también me tomaré otra.

Aunque reconocí lo que me ofrecía, y como soy de natural desconfiado, partí con sigilo la pastilla por la mitad y me tomé solamente uno de los trozos. Diez minutos después, sucedió lo previsto: estaba como una moto. Varias chicas, estrafalarias pero de buen ver y mejor comer, me invitaron a bailar y a beber con ellas. Pero yo, haciendo gala del autocontrol que me caracteriza, a lo mío. Algo que apreció, sin duda, aunque equivocadamente, mi nuevo amigo Ambrosio.

Alrededor de las cinco de la madrugada, el local se encontraba más abarrotado que en ningún otro momento de la noche. Pero, después de cinco horas largas de cócteles y ocasionales charlas con Dulcinea, que comenzaba a dejarme claro sus aviesas intenciones, me comenzaba a aburrir. Creí que había llegado el momento de marcharse. Probaría suerte en el Culito Loco. Y, si tampoco conseguía ver a Herminita, a la cama. Iba a pagar a Dulcinea, cuando le vi torcer el gesto hacia alguien que se había acercado a la barra a pedir de beber. Me giré, y, entonces, la vi. Ahí estaba la niña de Paperas. Mis esfuerzos no habían sido en vano.

Iba sin maquillar y con un atuendo que nada tenía que ver con la moda de la noche bahiana. Llevaba el mismo tipo de prendas que en las fotos, ropa vieja y de algunas tallas más de la suya. Pidió de beber a Dulcinea. El camarero le sirvió, y la chica desapareció con tres copas entre el gentío. Vi mi oportunidad.

—Vaya, parece que no soy el único en vestir diferente —le comenté a Dulcinea con aire casual.

—¡Oh! ¿Lo dices por esa niñata?

—Pues, con un simple vistazo, a mi ya me cae bien. Al menos, hace que no me sienta raro.

Como pude, seguí a Herminita con la mirada. Tras sortear a la gente, tomó asiento en un sofá, en la pared opuesta a la barra, junto a alguien que no pude precisar.

—Olvídate, donjuán. ¿No me dirás que te gusta esa tiparraca? —Me preguntó Dulcinea, con una entonación que me hizo creer que estaba poniéndose celoso.

—No. Pero parece una chica interesante, con personalidad... —dejé caer.

—¡Ja! ¿Personalidad? Es una auténtica bruja, te lo digo yo.

—¿Cómo eres tan malo? Opinar así de una persona por su forma de vestir no es propio de mentes abiertas. ¿Acaso la conoces?

—Tengo que sufrirla casi todas las noches —contestó, asintiendo y abriendo mucho los ojos—. A ella, y a sus amigos. Te lo aseguro, es la persona más desagradable que he visto en mi vida. Al parecer, también es de la Hispanidad terrestre, como tú.

—¿Ah, si? ¿Una compatriota? ¿También de vacaciones?

—¿Te alegras? —Preguntó, negando con la cabeza—. Debe de ser de familia de dinero, ya sabes, una niña de papá. Porque no se dedica a nada útil y, aunque vaya hecha una facha, gasta y gasta sin parar en todos los caprichitos que se le antojan. Por ejemplo, en el último. ¿Ves a ese morenazo que está a su derecha? Se encoñó con él, y ahora se lo está tirando. Le paga todos los vicios, y lo que haga falta.

Miré. En un hueco breve entre el gentío, alcancé a ver a un tipo a su derecha, un joven de cuerpo atlético, también mulato como Dulcinea, que bebía en silencio con aire cansado.

—Es un bailarín de una orquesta de samba —comentó Dulcinea, con tono de confidencia—. Ya ves cómo es la niña. Le vio un par de veces por aquí, y se lo compró. Pagará todas las copas que se tomen, y toda la droga que se metan. Después, se lo follará como una perra. ¿Sabes? Me han comentado que es una auténtica salvaje.

—¿Te parece mal? —pregunté, con absoluta sinceridad—. Si a la niña le gusta y el tipo no pone objeciones...

Dulcinea no supo qué contestar. Creo que le di en la línea de flotación de su modernidad. Me miró, entrecerrando un ojo, como si me estuviera evaluando.

—Por supuesto que no me parece mal —dijo al fin, con aire digno—. Pero no soporto a la gente maleducada y que, además, no sabe vestir.

—Yo, al menos, no soy maleducado, ¿verdad?

—Tú lo que eres es un bombón.

Alerta roja. La conversación derivaba de forma peligrosa. Tenía que conseguir que volviera al tema que me interesaba. Así que me hice el loco.

—No sé, no sé. Pero esa chica me suena. ¿Cómo has dicho que se llama?

—Yo no he dicho nunca su nombre —dijo, molesto—. Pero, si tanto te interesa, aquí la conocemos como Claudia.

Claudia. Así que utilizaba su segundo nombre. Una forma de desvincularse más aún de su madre, de su pasado, deduje.

Bueno, ya había visto lo que había ido a ver. No era ni el momento ni el lugar para hablar con ella, así que decidí largarme, antes de que la cosa con Ambrosio / Dulcinea se pusiera peor.

—Estoy reventado, Dulcinea. Llevo sin dormir bien no sé cuántos días. Me voy.

Dulcinea me miró sorprendido. Sin duda, esperaba más de la noche. Y, lo verdaderamente preocupante, más de mí.

—¿Ya? ¿Tan pronto? Toma, bobo.

Cogió un pastillero de la barra y me ofreció otra pastilla. Negué con determinación.

—Mañana, mañana. Ahora debo descansar. Dulcinea, ha sido un placer conocerte. Mañana nos vemos.

—No te vayas, corazón...

Sin darle tiempo a que dijera o hiciera algo más, me giré y abandoné el Charro Feliz. Antes de salir, me fije en Herminita, que bebía, silenciosa, rodeada de dos tipos, el mulato, y un rubio con aspecto de ido. Controlé mis impulsos de acercarme a ella, contarle lo que le esperaba en su futuro, y convencerla, si es que era necesario, cosa que dudaba, para partir a la Tierra lo antes posible. Pero, repito: las cosas deben hacerse en su momento y lugar. ¿Quién iba a creer a alguien que se te acerca a las tantas de la madrugada, en un garito donde atruenan las rancheras, con aspecto de llevar toda la noche bebiendo, y que te cuenta que acabas de heredar un reino? Es más, ¿estaría ella en condiciones de entenderme?

Unas calles más allá, tomé un taxi. Llegué al hostal Mari Luz, me desvestí, me duché y me metí en la cama. Me dormí, pese a la pastillita de marras, de inmediato.

* * *

A la mañana siguiente, me desperté tarde, pero descansado y con las fuerzas recobradas. Dormí en el hostal Mari Luz como siempre solía hacerlo: como un lirón careto. Ducha, afeitado, maqueo general y, hala, al tajo.

En el pequeño y acogedor comedor, decorado con fotografías enmarcadas de familiares de doña Mari Luz y un enorme espejo, me esperaba un desayuno opíparo: zumo, café con leche, y magdalenas caseras, de las cuales me comí al menos cinco. Tras despedirme de la patrona, salí a las calles de Macambira.

Ahora me quedaba algo que, desde un principio, supuse difícil: entablar conversación con Herminita y convencerla. ¿Cómo hacerlo? ¿Sería conveniente presentarme en la buhardilla, donde convivía con varias personas? Sabiendo las tormentosas relaciones de la niña y su familia, ¿no saldría de allí a puntapiés? ¿La esperaría en la calle y la abordaría al verla salir? En ocasiones, estos asuntos aparentemente triviales son los más complicados de realizar. ¿Qué hacer?

Me metí en uno de los bares del barrio, y pedí una copa de chinchón y un puro, mientras seguía dándole vueltas a la cabeza, intentando encontrar algún modo efectivo de entrarla. Ojeé sin interés un periódico. Y, allí, como ocurre muchas veces, sin pretenderlo, encontré la solución, en un anuncio de una empresa de mensajería.

Salí del bar y cogí un taxi, que me llevó a la oficina de la empresa de mensajería «La Rápida». Escribí un mensaje, escueto pero contundente. Debía epatarla desde la primera frase, no dejar que dudara. Ordené que lo mandaran, inmediatamente, a nombre de Herminia a Mazzaronni, 23. Con acuse de recibo, por supuesto.

Si quieren, lean lo que escribí en el mensaje.

A la atención de Herminia Claudia de Castro Urdiales y Amendoeira da Foz.

Su madre ha fallecido. Su padrastro, por si no lo sabe ya, también. Puede heredar usted todos los bienes de ambos. Pero, para ello, discreción. Corre peligro. Le espero en la cafetería del Hotel Meliá hoy a las seis de la tarde. Me manda, con los documentos correspondientes, su padre biológico, alguien que la quiere de verdad. No hable de este tema con nadie.

Salí de la oficina y consulté mi reloj: las doce. Me di un paseo hasta Macambira, algo más de una hora de caminata. En uno de sus bares me tomé un vermú y una tapa. A las dos llegué al hostal Mari Luz, con la sana intención de pegarme un homenaje a base de buena comida casera. Cosa que hice, pues la patrona tenía un menú para quitarse el sombrero: cocido madrileño completo. Sin comentarios.

Después, la preceptiva siesta. Y, a eso de las cinco, salí camino del hotel, con mi bolsa hortera y la carpeta de los documentos dentro.

Inciso: también me escondí mi automática. No suelo llevar armas, pues no suelen ser imprescindibles en mis trabajitos, y, como dice el dicho, las armas las carga el diablo y las disparan los pendejos. Pero, no sé por qué, en aquel momento me pareció necesario llevarla. Por si acaso, supongo.

© José María Boto Bravo, (3.847 palabras) , Créditos