¿Y quién demonios es Pedrín, se preguntarán? Pues Pedrín es un colega, un viejo conocido de tiempos pasados, con quien trabé sincera amistad en mi época en la agencia de inteligencia... pero bueno, esa es otra historia. Tiempo después coincidí con él de casualidad. Me vino muy bien: comenzó a proporcionarme de vez en cuando clientes, en una relación que nos satisfizo a ambos. Pero también es un pedazo de cabrón de cuidado, uno de esos tipos con los que es mejor no irte de juerga. Molan mucho al principio, pero acabas en comisaría o llegando a casa en ambulancia. Te suele meter en todo tipo de fregados de los que, por otra parte, él suele salir indemne. Y, al día siguiente, te recuerda «lo bien que lo pasamos». ¿Pedrín? ¿Qué tendría que ver ese tipo con él?
Y eso fue lo que le pregunté.
—¿Qué tiene usted que ver con Pedrín?
Sonrió de medio lado, como dando a entender que por fin me había dado cuenta de algo que tendría que haber sabido desde el principio, y me invitó a acompañarle, señalando la mesa con la cabeza.
—Siéntese, por favor.
Con una seña, de esas que sabemos sólo los que estamos acostumbrados a tomarla en los bares, le pedí el camarero más de lo mismo de antes. Entendió a la perfección.
—Sí, pida algo, le hará falta —opinó Paperas.
Se me quedó mirando, sonriente, con cara de estar varios metros por encima de mí, como si hubieran cambiado las tornas. De hecho así podía considerarse: estaba tan interesado en saber qué tenía que ver Pedrín con este buen señor, como él en contármelo.
El camarero dejó mi copa sobre la mesa. Encendí un cigarrillo, saltándome a la torera la prohibición de fumar. Bueno, qué demonios, también estaba prohibido mearse en los asientos y, si no lo estaba, debería estarlo.
Paperas parecía disfrutar. Me miraba silencioso, no arrancaba, tal vez esperando una súplica por mi parte, una petición educada al menos. Pero, otra cosa que sé, es que, si alguien quiere contarte algo, ya te lo contará, sin necesidad de arrearle. Le dejé que se hiciera el interesante un rato más. Al fin, suspiró, y comenzó una narración que, a no ser por el copazo y los pitillos, no habría podido digerir con facilidad.
—Su amigo el señor Pedrín es un gran tipo, sin duda —comenzó—. Gracias a él casi he podido terminar con éxito mi investigación. Fue él quien me recomendó viajar en esta nave... ya que, en ella, viajaría usted. Y llegado el caso, si las circunstancias lo imponían, podría ayudarme. Pedrín le tiene en alta estima. Pero estoy seguro que eso es algo que no se le escapará.
»Me dedico a la investigación genealógica, en una empresa cuyo nombre prefiero omitir —continuó—. No le quiero aburrir con excesivos datos técnicos, así que le haré un resumen. Hace unos meses, llegó a nuestra oficina una petición formal de búsqueda genealógica, a la sección parientes lejanos vivos. Una de tantas, pensamos. Pero, cuál fue nuestra sorpresa al percatarnos de que quien buscaba herederos era, nada más y nada menos, que la dueña de Jabonox.
Como no hice ningún comentario o gesto de sorpresa, algo que sin duda esperaba el señor Paperas, abrió sus manos y sus ojos y repitió:
—Sí, hombre, Jabonox. El mayor holding empresarial dedicado a la cosmética y la limpieza del hogar.
Rebusqué en mi memoria. No me sonaba de nada.
—Tal vez no sepa de qué se trata —continuó, moviendo la cabeza, perplejo ante mi falta de información—. Pero es un conglomerado empresarial que factura al año cinco billones de doblones.
—¿Cinco billones?
—Así es, querido Florián —asintió, satisfecho por el efecto que me habían causado sus palabras—. Las principales marcas de cosmética y drogas en general son suyas. Con certeza, la colonia, el desodorante, las cremas que usted utilice serán de Jabonox.
Sonreí. Estuve a punto de decirle que no estaría mal que él también las utilizase de vez en cuando. En vez de eso, dije:
—Uso buenos perfumes, créame. Y jamás escuché el nombre Jabonox.
—No crea que su actividad se ha circunscrito a los productos de gama baja —comentó—. También a las producciones más elevadas y caras. París, Nueva York, Mallorca... Las mejores firmas pertenecen en todo o en parte a Jabonox.
—Cuando alguien factura cinco billones... —Encogí la boca, incrédulo.
—Así es, querido amigo. Continúo —dijo, tras beber otro sorbo de refresco—. El caso es que Ferdinand de Pucherón y Llangostera, el presidente del consejo de administración y propietario, el patrón, acababa de fallecer.
—Le acompaño en el sentimiento...
—Sin herederos —continuó, clavándome sus ojillos tristes con algo que pretendía simular enfado—. Sin hermanos, ni sobrinos, ni parientes de ningún tipo. El único que le quedaba era un tío abuelo paterno, vinculado también a la firma, que murió un par de meses antes que él.
—Vaya... —acerté a decir.
—Salvo uno —continuó—: su esposa, la señora doña Herminia de Castro Urdiales y Salgueiro da Foz. Pero su esposa, que fue quién nos encargó el trabajo, estaba enferma, en fase terminal.
—¿No tuvieron hijos?
Algo parecido a una sonrisa triste cruzó la cara del señor Paperas.
—No tuvo hijos con él.
—Ya —Me encogí de hombros—. ¿Y?
El señor Paperas apuró su vaso de refresco e hizo un gesto al camarero para que le trajera otro. Tomó aire, miró al techo con sus ojos tristes.
—Su esposa, doña Herminia, murió hace un par de semanas, si el tiempo a bordo de este cacharro no nos engaña. Cuatro días antes de partir de Nova Getis.
Bebí de mi copa. La historia, aunque se embarullaba y me sonaba a culebrón, me interesaba. ¿Qué tendría que ver Pedrín en este lío? ¿Qué tendría que ver un servidor? Además, he de decir que el señor Paperas era buen narrador: sabía dar el efecto oportuno, hablaba pausado, pero contundente, utilizaba las inflexiones adecuadas.
—Y, ahora, para un mejor conocimiento, debo contarle una historia, señor mío.
El camarero trajo el refresco de naranja. Bebió un buen sorbo, que le dejó marcas en las comisuras de los labios, y, sin limpiarse, continuó.
—Hace años, yo era un hombre apuesto y emprendedor, con ganas de comerse el mundo. Ya sé que cuesta creerlo viéndome ahora —abrió los brazos y movió la cabeza, como si sintiera pena de sí mismo. A mí, desde luego, me la dio—. Pero tenía un serio defecto: era un pobre estudiante de heráldica y genealogía, dedicado en cuerpo y alma a mis estudios, sin forma de ganarme la vida. Mi familia era muy ilustre, de rancio abolengo catalanoaragonés, pero pobre. Siempre nos sobró tanta nobleza como nos faltó dinero. Nunca pudieron ayudarme en mis estudios. Vivía en pensiones, en habitaciones compartidas con otros estudiantes, ganándome el sustento a base de trabajos de fin de semana. En uno de esos trabajos, de bailarín en una barra china, conocí a una mujer.
Me imaginé al señor Paperas de gogó. Y en una barra china, uno de esos lugares donde van las mujeres de negocios a emborracharse y ligar con uno de los chicos. De ninguna manera asocié la imagen de aquel tipo con aquello que me contaba. Ni en tus mejores sueños, guapetón, pensé.
—Una auténtica belleza, una dama de los pies a la cabeza, de la cual me enamoré al instante —prosiguió—. Y fue mutuo: ella también de mí. Tengo alguna foto —sonrió con tristeza—, luego si quiere se las enseño. El caso es que entablamos relación, pero no crea: una sincera amistad, un amor que fue creciendo, paseos por las tardes... un noviazgo clásico, en toda regla. Como no podía ser de otro modo, viniendo de donde veníamos, ambos de buenas familias, con diferente suerte, pero con la misma nobleza.
Hice un esfuerzo por imaginármele de gogó, bailando en calzoncillos. ¿Esa era la nobleza a la que se refería? Poco a poco se iba corroborando mi deducción: estaba completamente chiflado.
—Ella provenía de una de las mejores familias de Buenos Aires, yo era un pobre pelado, que bailaba para pagarse una carrera que, por otra parte, tampoco me daría demasiado dinero que digamos cuando la ejerciese. Sus padres, al enterarse de nuestro romance, vieron con malos ojos nuestra futura unión. Pero, anteponiendo el amor a los intereses, unos meses después nos fuimos a vivir juntos. Abandoné mi carrera, busqué trabajo de pasante en una empresa de heráldica... Nunca conseguí nada que estuviera a mi altura de cuna e intelectual. Malvivimos como pudimos, con mi escaso sueldo. Debido a las tensiones, rompió lazos con su familia, y su padre cerró el grifo. Ella no tenía ningún ingreso, pues nada práctico sabía hacer, ya que era una dama, nacida y criada para ser servida, no para servir.
Tomó aire de nuevo, dio otro sorbo. Yo pedí otra copa.
—Todo el mundo me dijo que aquella unión acabaría mal. Yo no hice caso, cegado por el amor. A los dos años de penurias nos tuvimos que separar. Cuando nació nuestra hija, Herminita. Ella comenzó a dar muestras de impaciencia, su carácter se fue agriando, la convivencia resultó imposible. No la culpo: quería lo mejor, no ya para sí, sino para su hija, algo que yo no estaba en disposición de darles. Una mañana se fue con el fruto de nuestro amor. Nunca más las volví a ver. Lo intenté, al principio. Con el tiempo y los sinsabores, me fui percatando de que ella se había atrevido a hacer algo que yo no hubiera hecho jamás. Pero no sólo por amor: también por cobardía. En cierto modo, deshonré a mi estirpe. Hasta en eso era mejor que yo, superior a mí.
»Esa mujer, años después, acabó casándose con Pucherón. Desconozco la causa, pero no tuvieron hijos. Al morir ella, su hija es la única heredera del imperio Jabonox. Y es a quien busco.
—Para entregarle en sus manos lo que no pudo darle antes.
—Me ha entendido, joven. A la perfección.
Durante un rato largo me quedé mirando al señor Paperas, mientras apuraba un cigarrillo. No sabía qué pensar sobre su historia. Ni sobre él. El caso es que no parecía mentir. O era tan buen actor que podía engañar a cualquiera.
—Herminia se desvinculó de su hija, de nuestra hija —dijo, medio hipando. Le temblaba cómicamente la papada—. Según he podido saber, Pucherón jamás la aceptó como suya. Acabó harto de sus andanzas. Creo que fue poco después de cumplir la mayoría de edad cuando la niña se largó con un talón y el compromiso de no volver jamás. La madre, aunque le pueda parecer mentira, aceptó el trato. No volvieron a tener contacto.
—Qué extraño —comenté. Al escucharme, me sorprendí de mi mismo: parecía una marujona interesada en un culebrón—. Una madre no se olvida así como así de una hija.
—Herminia estaba profundamente enamorada de Pucherón —explicó—. Tanto como para eso y más. El le dio todo aquello por lo que había suspirado. Todo lo que siempre mereció. Tenga en cuenta que Herminia era la tercera de cuatro hermanos. Nunca heredaría nada de la fortuna de sus padres. Salvo que fallecieran el primogénito y el segundo en la línea sucesoria, claro está.
—Pero aún así...
—He de decir que la niña era un tanto díscola —me cortó, molesto por mis interrupciones—. Una de esas criaturitas que no tienes por qué soportar si no son tuyas. Y, si lo son, tampoco. De hecho, montó varios sonoros altercados y fue detenida en varias ocasiones. No sigue la prensa de sociedad, ¿verdad?
Negué con la cabeza.
—Herminita jamás quiso a Pucherón. Ni como padre, ni como padrastro, ni como marido de su madre, ni como nada. Es la sangre de los Rocafort: sólo quieren lo que es suyo de ley. La niña, falta de referente paterno, se dio a la bebida, las drogas y el lumpen. Frecuentó los peores antros, acompañada por los personajes más patibularios de la alta y la baja sociedad —dijo sin tristeza, como si se alegrase—. Hasta que terminó por hartar del todo a Pucherón, y desapareció para siempre.
—Con el bolsillo lleno de pasta.
—Por supuesto. Estoy convencido de que su madre no hubiera permitido que fuera de otra manera.
Pensé que a su madre le importó en su momento muy poco ese detalle. Con certeza, estaba tan harta de la niñita que le jorobaba sus fiestas de sociedad y tiraba por tierra su buen nombre, como el mismo Pucherón.
—Hay algo que no entiendo —dije—. ¿No hizo testamento Pucherón? Podría tener algún favorito en el consejo, algún trabajador que le pareciese competente. Ya sabe, el hijo que nunca tuvo.
—No. Pero, de todos modos, de nada habría servido —expuso didáctico Paperas—. Las leyes de herencia en la Hispanidad y la Gran Lusitania son claras y taxativas. Sólo familiares. De no encontrar a nadie, a las arcas de la hacienda pública. Así de sencillo.
Yo no tenía la más remota idea de leyes sobre herencia, ni acostumbraba a tratar con nadie que tuviera problemas de este tipo. Por desgracia, lo único que heredé de mi padre es una desagradable propensión a crear exceso de cera en los oídos. Pero concluí que el señor Paperas no tenía por qué engañarme.
—¿Sabe la de conflictos que se han evitado con estas leyes? —Me preguntó.
—Me lo imagino.
—No pretendo abrumarle. Pero, si quiere, échele un vistazo a las fórmulas clave. Son ecuaciones sencillas y elegantes, pura armonía social.
Intentó extraer de una cartera de plástico algún documento. Yo se lo impedí con un gesto taxativo. Hasta ahí podíamos llegar.
—No será necesario. Desde mi punto de vista —expuse—, sólo sirven para perpetuar el dinero en unas cuantas familias.
—¿Y acaso le parece mal que el dinero esté donde debe y con quien debe? ¿No estarán las fortunas mejor en manos de sus legítimos propietarios que en las de unos advenedizos?
¡Oh, no! pensé, estoy frente a un clasista. Uno de esos extraños tipos que, sin tener un mísero doblón en el bolsillo, protegen a los aristócratas y potentados durante toda su vida, con una decisión más grande aún que la de los propios interesados. Un nuevo tipo de ciudadanos que nació hace algunas generaciones. He conocido a varios. Suelen ser gente extraña, lunáticos, con aire de falso noble, de hidalgo fingido. No son demasiados, pero tienen partidos políticos, luchan por sus ideas en el parlamento, llegan a pedir la vuelta del feudalismo. Y, curiosamente, cada vez tienen más partidarios. Su filosofía es la siguiente: no quiero dejar de ser un mandado, pretendo convertirme en un explotador. Quiero que todo siga igual, incluso que vaya a peor, pero, eso sí, yo al otro lado de la balanza. Dada la proliferación de títulos de nobleza que hay en toda la Hispanidad y la Gran Lusitania, y que, quien más, quien menos, desciende por alguna línea lejanísima de algún noble, han acabado por formar un notable grupo de presión. Todos esperan que, un día u otro, la empresa de genealogía a la que encargan sus estudios mande los títulos de nobleza a su domicilio, y comiencen la vida que siempre merecieron. Mientras tanto, se llaman por los títulos que sueñan ostentar en un futuro no demasiado lejano: buenas tardes, señor duque, qué tal, señor marqués. Da risa verlos saludarse en las calles de las ciudades, con sus trajes baratos y sus zapatos gastados, mirando a los demás por encima del hombro, aunque sean simples barrenderos. Por eso hay tantas empresas de genealogía y heráldica, como en la que decía trabajar Paperas. A mí, esas empresas siempre me parecieron en engañabobos. La nobleza, tanto en la Hispanidad como en la Gran Lusitania, es algo puramente decorativo. Los títulos quedan bien, pero no dan dinero.
Conclusión: estaba frente a un chiflado en toda regla. Y su locura le venía por varios frentes a la vez. Me asaltó, como una pesadilla, la imagen de Paperas bailando en calzoncillos.
Como no me gusta hablar de política, y mucho menos con un desconocido que me acaba de confesar sus preferencias, cambié de tema. También, porque empezaba a sentirme confundido.
—Bueno, dígame, que me estoy liando, ¿qué tiene que ver Pedrín en todo esto?
Paperas dio otro sorbito de su refresco.
—Ha sido capaz de localizar a Herminita. Vive en Nosa desde hace unos años.
—Y, ¿qué pinto yo?
Bajó la voz y miró a la puerta, vacía como antes. Después, recorrió con la mirada el salón.
—Me siguen cuatro tipos, ya los conoce. Todo su afán es que no lleguen los documentos que porto en esta cartera —me enseñó una andrajosa carpeta de plástico con el anagrama de una marca de galletas, sin duda un regalo publicitario— a manos de Herminita.
—No lo entiendo. ¿Por qué no quieren que lleguen a sus manos? ¿No me ha dicho antes que, si no hereda ella, no hereda nadie?
Se encogió de hombros.
—No lo entendería.
—¿No serán de hacienda? Joder, cómo está el patio.
Paperas me miró con desprecio. Nunca imaginé que un esperpento como aquel fuera capaz de mirarme así. Me sentó como una patada en la entrepierna.
—No diga burradas.
—Vale, hacemos una cosa —le propuse—: yo no digo burradas y usted no vuelve a mirarme así jamás. En toda su asquerosa vida. ¿De acuerdo?
—Perdone si le he ofendido, son los nervios —se excusó.
—Bien, y ahora, ¿quiénes son esos tipos?
—El tema es largo y complejo. No sé si lo entenderá.
—Pruebe —le invité con una sonrisa irónica—. Aunque le parezca mentira, soy un chico muy listo.
—Varios miembros del consejo de administración tienen contactos en hacienda. En cuanto la empresa sea requisada, ellos ofrecerán una cantidad considerable, aunque menor a su valor real, para quedarse con ella. La intención de hacienda es subastarla entre sus competidoras. Como eso lleva mucho tiempo, alegarán motivos sociales para hacerlo con la mayor premura: Jabonox tiene más de treinta mil trabajadores en nómina, gente que se quedará en el paro hasta que se solucione todo. Ningún secretario de estado se negará a hacerlo. No, desde luego, el actual, que ya está sobornado.
—Pues, ya ve usted, lo he entendido perfectamente. Y estos cuatro tipos son matones mandados por los miembros del consejo de administración.
—Correcto.
—Si puede saberse, ¿por qué no le han robado los documentos antes?
—No saben que los tengo.
Negué con la cabeza.
—¿Por qué le persiguen, entonces?
—Digamos que soy el vínculo con ellos. Y con Herminita.
No entendía nada. De acuerdo, no tengo pajolera idea sobre testamentos y esas zarandajas, pero llevo lo suficiente en este mundo como para saber que no podía ser tan complicado. ¿O si?
—Supongo que habrá depositado en alguna notaría los originales —dije.
—Por supuesto.
—Entonces, todo queda pendiente de que se presente la susodicha Herminita. Se la manda buscar, se la empaqueta en una nave, y punto.
—Incorrecto. Si les llevo hasta ella, la matarán. Y a mi también, para que no haya testigos.
—Y los documentos que lleva en la carpeta...
—Es para convencer a la niña de la veracidad de mis palabras.
—Entonces su verdadera misión es...
—Llevar a Buenos Aires a Herminita antes de que expire el plazo de cortesía. Y conseguir que tome posesión de lo que es suyo.
—Insisto, ¿qué pinto yo en este lío?
Paperas cruzó los dedos delante de su cara, me miró fijamente, y dijo, con una media sonrisa y voz temblorosa:
—Usted encontrará a Herminita y la llevará ante el notario.
Me tomé lo poco que quedaba de mi copa y pedí otra. No abrí el pico hasta que me la trajo el camarero y le di otro trago.
—A ver, a ver —dije entonces—... ¿que yo voy a hacer qué?
—El asunto está claro —me contestó tranquilo—. Los tipos me seguirán a mí. Yo les despistaré. Mientras tanto, usted a buscar a mi niña. Cuando la haya encontrado...
—¿Cómo que a buscar? ¿No me dijo que estaba localizada?
—Sabemos que está en Nosa, en Nueva Bahía. Pero poco más.
Lo primero que pensé en ese instante fue: me cago en tus muertos, Pedrín.
—Ha sido víctima de un malentendido, señor Paperas. Yo he venido a hacer un trabajo, que nada tiene que ver con usted, y, cuando termine, me vuelvo a casita. Olvídese de mí.
—Pero Pedrín...
—Me cago en la leche que ha mamado Pedrín —le corté, elevando la voz—. ¿Quién demonios se cree que es para comprometerse en mi nombre? En todo caso, señor Paperas, no estoy obligado a cumplir la palabra de Pedrín. Cumplo la mía propia y creo que no se la he dado a usted en ninguna ocasión.
—Entonces, ¿Pedrín no ha hablado con usted?
—Adiós, señor Paperas. Muy interesante y amena su historia, pero hasta nunca.
Me levanté de la silla. El hombre me miraba con cara de no entender nada, pero dejó que me alejase un par de pasos hasta decir:
—¿Tampoco le ha hablado de los quinientos mil doblones que le esperan a su vuelta?
Me giré. Por supuesto, me volví a sentar. Encendí un cigarrillo y le dije, intentando parecer digno:
—Explíquese.
—Pensé que Pedrín le habría puesto en antecedentes, por supuesto. Los honorarios que estamos dispuestos a pagar, si Herminita llega a tiempo, son quinientos mil doblones.
Resoplé. No se me ocurrió hacer otra cosa. Pero no permití que la cifra me obnubilara.
—¿Estamos dispuestos, ha dicho? —Pregunté.
—Herminita los pagará de buen grado, se lo puedo asegurar.
—Esa es una suposición muy poco demostrable...
—En absoluto. He incluido una cláusula en el codicilo en virtud de la cual soy el administrador plenipotenciario de su fortuna personal. Todo el dinero que queda al margen de Jabonox —explicó—, reservándome un pico para gastos varios. Pura ingeniería legal. El mejor trabajo que haya realizado en toda mi carrera.
¡Viejo zorro! Al final, había pegado el braguetazo. Unos cuantos años después, pero lo había conseguido. Sonreí y le pregunté:
—En primer lugar: ¿dónde está, concretamente, Herminita?
—Su amigo Pedrín la localizó en Nueva Bahía, la capital de Nosa. Vivía en el barrio de Macumba. Al parecer, compartía piso con varios artistas. Pero no parece disponer de un domicilio permanente.
Con pasta y en Macumba. ¡Menuda vidorra se debía de estar dando la niña!
—Los tipos que le siguen no saben nada de esto...
—Tienen conocimiento, por supuesto, de la existencia de Herminita. Pero no saben dónde está. Por eso me siguen a todas partes. Por eso también, en vez de viajar directamente de la Tierra a Nosa, hice escala en Canutto, intentando perderles el rastro. No lo conseguí, y aquí los tenemos.
—Sí —corroboré—. Eso demuestra que no saben dónde está la niña.
Me miró con gesto de triunfo.
—Ya se lo dije. Yo soy su único nexo.
—Por el momento —apunté—. Siempre y cuando no lleguen a enterarse de lo mismo que ha conseguido saber usted...
—Por tal motivo, la rapidez es fundamental. Cuanto antes encontremos a Herminita y la devolvamos a casa, tanto mejor.
Me quedé pensativo durante unos instantes. Caí en la cuenta: como ya me había ocurrido en otras ocasiones, sin percatarme del todo de ello, ya había aceptado el encargo. Es lo que me pasa, que me hablan de mucha pasta y se me abren las carnes.
—¿Acepta, entonces, la misión? —Preguntó serio Paperas. Noté que el muy canalla sabía que ya la había aceptado.
—De momento, sí —contesté, haciéndome el profesional, aunque no podía olvidar la cifra, que me daba vueltas en la cabeza—. Pero, antes de nada, debo ponerme en contacto con Pedrín. Una vez haya hablado con él, le daré una respuesta definitiva.
—Me parece correcto —asintió. Después, se levantó, se estiró y, sonriéndome, me ofreció su mano—. Bien, me ha quitado un peso de encima. ¿Ve? Hablando se entiende la gente. Creo que ahora iré a descansar.
—Yo también tengo cosas que hacer —dije, apretándole la mano pegajosa. Les juro que no me importó—. Descansemos. Hasta dentro de unas horas.
* * *
Ahora debo contarles qué pintaba yo en la Virrey Morcillo. En cualquier otra circunstancia no se me ocurriría hacer tal cosa, pero ahora me importa bien poco. Al fin y al cabo, disfruto de un estatus que me protege de casi todo. Ese maravilloso estatus se llama tener pasta.
Estaba realizando un trabajito para una persona —omitiré su nombre, por la debida discreción— que consistía en pasar doblones desde Canutto a Nosa. Evasión de capitales, lo llaman. Bien, yo me dedicaba, por una comisión del diez por ciento, a efectuar lo más engorroso del asunto, es decir, todo: recoger el dinero, pasar las aduanas, los controles y, una vez en destino, depositarlo en el banco. Nada que no se pueda hacer, desde luego. Les diré, créanme, que era un trabajo sencillo y bien remunerado. Todo consistía en dar la propina debida a quien tenía que hacer la vista gorda. Así de sencillo. Y pasaba con mis maletines llenos de pasta por los controles de aduanas repartiendo saludos. Lo más complicado de aquel trabajo era contener la avaricia de los polis. Era lo único que requería diplomacia y buen hacer. El resto, era coser y cantar.
Así que fui a ver, como siempre que viajaba en la Virrey Morcillo, al padre Críspulo, el capellán de a bordo. Un buen amigo al que recurría cuando me dedicaba a la evasión de capitales. Hasta que llegásemos a Nosa, él me guardaba los maletines en la caja fuerte de la sacristía, donde, con buen criterio, también guardaba lo poco de valor que había en su capilla. Por supuesto, me cobraba una pequeña comisión. Pero se la pagaba gustoso, ya que me evitaba estar pendiente siempre de los maletines y, además, porque me permitía dormir con la conciencia tranquila. El bueno del padre Críspulo destinaba íntegramente los pellizcos de dinero que conseguía en la nave a las misiones que tenía la Iglesia en Nosa para niños huérfanos. Y, a mí, siempre me ha gustado colaborar con las buenas causas.
Tomamos un café juntos y quedamos en hacerlo como siempre: al tomar tierra, me esperaría frente al control de pasajes, donde me daría los maletines. Me despedí, deseándole buenas noches, y me fui a dormir. O a intentarlo, al menos, ya que no pude pegar ojo en toda la falsa noche de la nave. No podía quitarme de la cabeza el asunto de Paperas, y, por supuesto, el medio millón de doblones.
* * *
Antes de comenzar las maniobras de deceleración, el padre Críspulo, subido a un púlpito portátil a la entrada de la sala de maniobras, dio la bendición a todos y deseó que la delicada operación terminase con éxito. También, por supuesto, confesó y dio la comunión a cuantos quisieron. Por cierto: cómo somos los seres humanos. La nuestra es una raza que nunca deja de sorprenderme. Había que ver cómo tipos chungos de verdad comenzaban a ponerse pálidos y, con ojos de niño arrepentido, escuchaban embelesados las palabras del padre y levantaban la mano con suma educación cuando preguntaba quién quería confesarse y comulgar. Sobre todo tras escuchar por megafonía al comandante que, como siempre, alarmó a los menos avezados en vuelos espaciales. Qué demonios, y a todos los demás. Nos aterrorizó literalmente contándonos las muchas posibilidades que teníamos de desaparecer si lo más mínimo fallaba o algo en apariencia insignificante salía mal. Nos consoló en parte, también, al decirnos que, bueno, eso habría podido ocurrir miles de veces en nuestra travesía por el agujero de gusano. Terminó con un «y si sale mal, de algo hay que morirse, coño», que me dejó pasmado.
Como supuse, las viejas fueron las primeras en ponerse en la fila de los pecadores arrepentidos. Después de esperar a que el padre Críspulo expiara culpas pero no temores, todos sentaditos, amarrados a las sillas de plástico. Al fin, tras tres horas que no se las deseo a nadie, en las cuales la banda estaba tan asustada que hasta las viejas y los yonquis se olvidaron de mearse, la Virrey Morcillo aterrizó en el puerto espacial de Nueva Bahía entre aplausos y vítores —la inmensa mayoría, por no decir la totalidad, sinceros— de los pasajeros. Abandonamos felices la maloliente sala de maniobras, a la que nadie se le había ocurrido pasar antes de que nos sentásemos un mocho, y recogimos nuestros equipajes —si viajan en la Virrey Morcillo en alguna ocasión, no se les ocurra dejar que los lleven hasta la terminal los operarios encargados de hacerlo, un consejo que les doy—. Me crucé con Paperas, al que ni siquiera saludé. Pero, al llegar a su altura, le pregunté, mirando para otra parte, siguiendo el juego: ¿Dónde le llamo? Y él, en voz baja, moviendo los ojos como un pirado, buscando espías, me contestó: Hotel Intercontinental. A las cinco le llamo, me despedí. No alcancé a ver a los cuatro tipos, pero seguro que andaban por ahí, al acecho. O eso, o me había contagiado su paranoia el señor Paperas. Consulté mi reloj: eran las siete de la mañana, horario de Nueva Bahía. Increíblemente, habíamos llegado con adelanto sobre la hora prevista.
Recuperé las maletas prestadas al padre Críspulo, fui a ver al jefe de aduanas, un antiguo colega que estuvo conmigo en el tercio, pasé los controles con la cotidianidad de siempre, ingerí mis pastillas de vacunación —obligatoria la que te libra de las picaduras de los búzanos, unos repelentes y peligrosos insectos-pájaro autóctonos de Nosa—, y, ya fuera del complejo, y sin perder tiempo, tomé un taxi hasta el banco donde deposité, en la cuenta cifrada correspondiente, el dinero que llevaba menos mi comisión del diez por ciento. Hala, así de sencillito. Otro trabajo que había terminado bien. Después, tomé otro taxi y me dirigí donde siempre iba al llegar a Nueva Bahía: a tomar habitación en el hostal Mari Luz.
Cuando hacía un trabajito del tipo «evasión de capitales» solía quedarme una semana en Nueva Bahía, disfrutando, qué leches, que uno también se lo merece. Después, volvía a casa —por supuesto, en una nave que no fuera de La Línea—, y siempre en primera clase. En esta ocasión, y habiendo medio millón de doblones por medio, ni se me ocurrió la posibilidad de volver sin la niña, ni de disfrutar de Nueva Bahía, ni de cualquier otra cosa. Estaba decidido a meter la cabeza hasta el fondo, si era necesario, y si no, también. Pero eso no era óbice para que me estableciera en casa de Mari Luz, donde me trataban a cuerpo de rey.