La astronave navegaba como solían hacerlo todas las de clase «Torrevieja»: a trompicones. Pero aquélla, la «Virrey Morcillo», por motivos obvios relacionados con la profesionalidad de la tripulación y la honestidad de la empresa, mucho peor aún. Habíamos partido del puerto espacial de Nova Getis en el planeta Canutto —también conocido como Nuevo Logroño» — hacía diez días terrestres; en teoría, deberíamos llegar en unas pocas horas a nuestro destino. Pero todos —tripulación y pasajeros, incluso los polizones que habitualmente utilizaban las naves de La Línea— sabíamos de antemano que se trataba de un imposible. Eso era lo malo de viajar con La Línea: nunca sabías cuándo llegarías a destino. Para ser sinceros, tampoco era seguro que llegases. Lo único bueno, como se puede comprender, era el precio: mucho menos de la mitad de lo que costaba en cualquier empresa decente. Y, también, el escaso interés que demostraban en comprobar las credenciales personales. Por lo que el pasaje de las naves de La Línea estaba formado, casi en exclusiva, por maleantes en busca de nuevos horizontes, chorizos de poca monta con órdenes de busca y captura y necesidad de desaparecer por un tiempo, profesionales sin suerte de cutres y extravagantes actividades —adivinos, curanderos, parapsicólogos—, furcias, vagos, y pobres en general. Y, en ocasiones, algunas despistadas parejitas que creyeron encontrar el chollo de sus vacaciones ahorrándose la mitad del precio del pasaje. Pobres pardillos. Se les veía con cara de susto desde el primer momento. Insistían en sus quejas, reclamaban sus derechos, hasta que se daban cuenta de que habían cometido un gran error, y terminaban por emplear todos sus esfuerzos en que no les robasen o les hiciesen algo peor. Yo, qué quieren que les diga, como no soy remilgado y me importa muy poco lo que piensen de mi, me podría incluir en cualquiera de los primeros grupos. O en todos a la vez. ¿Que a qué me dedicaba? Ya les iré contando.
Los vaivenes y zarandeos habían sido tan fuertes en las últimas horas que el comandante había creído necesario que ocupáramos nuestros asientos en la sala de maniobras. Las explicaciones que se escucharon por la megafonía alarmaron a los pasajeros. Con la voz aguardentosa y desagradable que habíamos tenido la desgracia de oír durante el viaje en varias ocasiones, dijo algo ininteligible sobre un agujero de gusano que era tan poco fiable como sus navegantes, a los cuales, acabó insultando. A ellos y también «a la madre que los parió». El caso es que —lógico— se produjo un pequeño revuelo, aumentado por las sacudidas y por momentáneos fallos de la gravedad artificial, que hizo que nos encontrásemos corriendo por los pasillos, levitando, y chocando unos contra otros para, de repente, caer al suelo y seguir chocando. Hubo varios heridos, algunos de consideración. Pero nadie quiso que ser atendido por el servicio médico. Preferían el dolor de una sana magulladura al seguro sufrimiento provocado por la matasanos de abordo, la doctora Love, una borracha con pinta de espantapájaros que jamás se encontraba en el botiquín: siempre en el bar, despeinada y sucia, insultando a los camareros e intentando ligar con cualquiera con que se cruzase. Al final, sin tener que lamentar ninguna baja definitiva, ocupamos nuestros asientos.
Fuertemente atados a éstos —y cuando digo atados, es atados, porque la mayoría de los enganches de los cinturones de seguridad no funcionaban, y los azafatos, no demasiado educados en sus gestos y modales, tuvieron que anudarlos como pudieron—, ocupando cada mochuelo su olivo, podías comprobar quiénes estaban acostumbrados a viajar en La Línea y quiénes no. Un grupo de viejas, diez o doce, que distaban mucho por facha y modales de ser ancianitas adorables, maquilladas y vestidas de tal guisa que parecían lo que en fondo serían —prostitutas retiradas—, sentadas en la parte delantera, se quejaban no se sabe bien de qué ni a quién. Daba lo mismo: llevaban haciéndolo, no sin razón, desde que subieron. Algunas se frotaban las rodillas y los codos, magullados por los golpes de antes, otras la cabeza. Una de las más gordas, con la que choqué levitando cuando la falta de gravedad —más que chocar, hundí mi cabeza en su trasero y casi me comí sus bragas— se tapaba la cara con un pañuelo lleno de sangre. Se había abierto una brecha en la ceja. Lo que unido al despendole general de pelos, al rimel corrido, y a los varios kilos de maquillaje que se le habían desparramado por la cara, le daban un aspecto terrorífico, de monstruo del lago negro. Pero ahora no se quejaban solamente de eso: se estaban orinando. Después de los golpes y los zarandeos, llevaban demasiado tiempo sentadas como para que sus vejigas no estuvieran ya protestando. Como tenían pinta de tener pasta suficiente para conseguir pasaje en otra empresa, y de utilizar La Línea, por lo tanto, por pura avaricia, que se aguantaran. Eso pensé yo, y creo que el resto de los pasajeros. Y, por supuesto, la tripulación, que no les hacía ni el más mínimo caso. Poco después, llegó hasta la zona que ocupaba yo, la trasera, un fuerte olor a orín. Las muy —mejor me callo, no quiero parecer irrespetuoso con el influyente grupo de ciudadanos que, por edad y experiencia, pertenecen a la Cuarta Edad— estaban haciéndoselo encima.
Al contrario que las viejas, el tipo calvo de unos cuantos asientos a mi derecha, con los hombros asombrosamente siempre nevados de caspa, le daba tan poca importancia a todo lo que ocurría que parecía estar a punto de dormirse. Tenía pinta de vendedor ambulante de artículos de baja calidad, o algo por el estilo: traje barato y arrugado, poca higiene personal, trato hosco, que sólo variaría —pensé— cuando tuviera la posibilidad de una venta. Pero, en cambio, se le notaba la costumbre de utilizar La Línea o similares. La mayoría de los pasajeros, al ver el cascajo que era la Virrey Morcillo en el puerto de Nova Getis, en el cual tendrían que viajar a través del espacio, jadearon asustados. Él, en cambio, cargado con sus maletas de cartón duro, continuó hacia la nave. Un joven con pinta de yonqui, a su lado, señalaba una grieta soldada en el casco que me recordó a las del cráneo del monstruo de Frankenstein. La soldadura podría haber sido hecha perfectamente por un aprendiz en su primer día. O por un experto soldador, eso sí, borracho o drogado.
—¿Has visto eso, tronco? —Señaló el joven los varios metros de retorcido cordón metálico oxidado—. ¿No crees que puede ser peligroso?
El calvo ni siquiera miró al joven, ni se encogió de hombros, ni nada. Pasó del tema y siguió adelante. Desde ese momento, el huraño y desastrado tipo me comenzó a caer bien. O todo lo bien que me puede caer alguien a quien no conozco de nada. Pero me pareció el tipo de persona al que no le importa una mierda morir en un viaje. Su vida, en todo caso —eso deduje—, sería tan horrible como para llegar a esa conclusión y a muchas otras más. Y posiblemente peores: por un sinfín de motivos, me pareció el perfecto candidato a suicida.
Las sacudidas, como era de esperar, no terminaron tan pronto como era deseable. Tras una hora amarrados a los asientos, de los cuales no nos podíamos levantar —ya se encargaban los azafatos de recordarlo con violentos empellones si alguien persistía en el intento— las viejas comenzaron a protestar de manera más airada aún.
—¡Tenemos que ir al servicio! —Chillaban— ¡Esto es inhumano!
—¡Oh, no! —Protestó alguien—. ¡Ahora se van a cagar!
Los azafatos se miraron entre sí. Al fin, uno de ellos, que parecía de mayor graduación —si es que había graduaciones entre los azafatos, tema que ignoro y que me importa un pito—, se acercó a ellas y comenzó a desanudar sus cinturones.
—Bajo su responsabilidad, señoras —les dijo, arrastrando la ese final con retintín—. Si se escoñan no es problema nuestro. Pero cuidadito con la falta de gravedad y las deposiciones. Les advierto: lo que ensucien, lo limpian.
Las viejas corrieron dando tumbos hacia el pasillo que llevaba a los retretes, empujándose unas a otras. Se acabó la solidaridad, pensé. A la mierda la amistad, y nunca mejor dicho. El resto del pasaje resopló aliviado, y un servidor el primero, ya que noté algo en el suelo y, al agacharme, vi que un chorro de orines pasaba entre mis pies. He de dar un detalle: los asientos de la sala de maniobras eran de plástico, con unas ranuras justo en su centro, como los de los estadios al aire libre. ¿Por qué ese tipo de asientos en una sala de maniobras de una nave espacial? Se preguntarán. Pero la cosa no queda ahí. El suelo estaba curvado como si fuera una caída de aguas. ¿Por qué el suelo de una sala de pasajeros de una nave espacial estaba curvado o tenía caída de aguas? Absurdas preguntas sin respuesta. O sí que la había: estábamos en La Línea. El caso es que parecía que mi asiento se hallaba sobre un desagüe. Eso sí, taponado: los orines comenzaron a formar un charco. Esa es la suerte que he tenido a lo largo de mi vida, que, por algún extraño motivo, todo tipo de heces me acaban encontrando. Me levanté, intentando no pisar las meadas, y busqué otro asiento donde instalarme. Al verme, el supuesto jefe de azafatos se me acercó.
—Usted, a su asiento. Inmediatamente.
—No te lo crees ni tú —le contesté—. Mira lo que tengo debajo.
El azafato pasó de mí.
—A su asiento he dicho. Si no lo hace, me veré obligado a utilizar la fuerza.
—Quítate de en medio o te doy de leches.
El tipo pareció apreciar desde otra perspectiva el asunto. Tal vez fuera a causa de mi cara de mala uva, tal vez a que me coloqué en posición de combate. Y todo el mundo sabe que la posición de combate de un luchador de Fujitsu acojona bastante. No hizo falta decirle que era todo un cinturón arco iris.
—Vale, vale, tío— me dijo, encogiéndose de hombros y mostrándome las palmas de las manos—. Buen rollito.
Detrás de la fila de asientos que había ocupado hasta ese momento, y hasta la pared del fondo, sólo quedaban otras dos filas más. Calculé, imaginando la inclinación del suelo, que la zona más cercana al pasillo estaría libre de orines. Y, allí, había dos asientos libres.
—Ocupe si quiere alguno de estos dos —me invitó el azafato al pasar a su lado —Sus ocupantes están en la enfermería... o en algún otro sitio, no sé.
Me senté en uno de ellos. Comprobé que el suelo estaba seco. Y no olía tanto a pis. Pero, cual fue mi sorpresa, cuando vi que se acercaba a ocupar el asiento de mi lado el calvo.
—Oiga usted —le dijo el azafato al calvo—. ¿Pero qué coño se ha creído?
El calvo pasó del tipo y ocupó el asiento. Al hacerlo, me miró y sonrió. Pero fue una sonrisa breve y extraña, como la de un moribundo.
—Bien hecho, joven —me dijo con voz cascada—. En la vida hay que tener agallas. Y demostrar que se tienen llegado el momento.
No dije nada, porque no tenía nada que decir. Seguí a lo mío: cotillear entre los pasajeros, una diversión barata y estimulante.
En total, cerca de doscientos nos hacinábamos en la sala de maniobras de la Virrey Morcillo. Además de las viejas de las que ya he hablado, el tipo calvo, y yo, la mayoría eran hombres que viajaban solos, pero que habían comenzado a formar grupitos según sus gustos y aficiones. Unos cuantos —los que estaban situados tras las viejas y mi anterior asiento —parecían dormir la mona. Había varios drogotas despiertos, unos cuantos delincuentes de poca monta, algún que otro tipo cuyas actividades, si no estaban totalmente dentro de la delincuencia, la bordeaban, unos cuantos desastrados como el calvo, varios trileros y tahúres, que no perdían ocasión de jugarse los cuartos —en el sitio más insospechado montaban una timba—, y un grupo de cuatro tipos serios, que viajaban juntos, mucho mejor vestidos que los demás, de aspecto cuidado, incluso sofisticado, y que no hablaban nunca con nadie, ni siquiera entre ellos. No había reparado en su presencia hasta ahora; nunca me crucé con ellos en los días de travesía. No pasaban desapercibidos, daban el cante pero bien. ¿Qué serían? —Comencé a elucubrar— ¿Por qué utilizaban este vertedero volante? Si las viejas parecían tener suficiente pasta para pagarse otro transporte, éstos mucha más. ¿Serían burlangas afortunados? Lo parecían. Tenían pinta de haber hecho saltar la banca de algún casino la noche antes de montar en la nave. Pero, ¿por qué en ésta precisamente? ¿Huirían de alguien?
Me sacó de mis cavilaciones la voz del calvo.
—No los mire, joven. Son gente muy peligrosa.
En ese momento me volví y le miré directamente a los ojos. Durante unos segundos estuve contemplándole con interés, hasta que sentí que empezaba a azorarse. Me fijé en su rostro ancho y sudoroso, macilento, cerúleo, cuajado de puntos negros y enormes poros, con una abultada papada. Barba de dos días, al menos. Sus ojos, de color indefinido, asomaban tristes entre los párpados hinchados y violáceos. El traje —no es excusa que fuera del peor corte y calidad—, le sentaba fatal. Como estaba entrado en carnes, y tenía algo de chepa, se le deformaba y estiraba en los lugares menos deseables desde un punto de vista estético. No era demasiado mayor, pero había dejado atrás lo mejor de su vida, e incluso aparentaba algunos años más. Y tenía un aspecto general de enfermo en las últimas que daba grima. Me equivoqué en mi primera apreciación: no parecía un candidato a suicida, sino más bien el cadáver de un suicida. Y olía como tal.
—¿A qué se refiere?
—Me queda poco tiempo —continuó, mirando a los relojes que, en la pared frente a nosotros, daban la hora y el día de diversas ciudades de varios planetas—. Aunque, con estos cacharros de mierda, no hay quien se entere. ¿Se ha dado cuenta? Hay que ver, estos inútiles de La Línea no saben ni mantener unos cuantos relojes en hora.
Asentí. No a la primera apreciación del calvo, pero desde luego que sí a la segunda. Todo el mundo sabe que mantener el sistema horario terrestre en todos los planetas colonizados es, aparte de una estupidez, un engorro. Pero bueno, así son las cosas, y, pese a los enredos que acaban montándose —hasta que alguien, con dos dedos de frente, acabe con este sistema anacrónico, claro—, mal que bien funciona. Menos en La Línea, donde los relojes, desajustados con respecto al horario gmt terrestre, al del meridiano correspondiente de cada planeta, al de la ciudad con respecto a su meridiano, y entre sí, marcaban horas y días imposibles. Algunos incluso estaban parados.
El calvo consultó su reloj de pulsera, un Multirolex más falso que un pollo de goma, pero que, sin ningún género de duda, funcionaba mejor que los de la nave.
—En efecto —dijo para sí mismo—. Llegaremos según mis cálculos. Para mañana a primera hora, sobre las nueve. Aunque allí estaremos en pleno día...
Eso pasa por mantener días de veinticuatro horas en planetas con días más largos o más cortos —estuve tentado de decir, continuando con la conversación—. Pero antes de hacerlo, y de meterme en el tema órbitas y tal, recordé el principio de la perorata que me estaba regalando el calvo.
—¿Se refería usted a esto al decir que le quedaba poco tiempo? ¿Para llegar a Nosa?
Nosa era nuestro destino. En verdad, el planeta se llamaba «Nossa Senhora das Estrelas de la Epifanía de Tudos os Santos da Buena Esperança», pero todo el mundo abreviaba y le conocía como Nosa. Ya sabemos cómo se las gastan los portugueses cuando de poner nombre se trata.
—No, joven —contestó—. Me queda poco tiempo de vida.
Reprimí el deseo de hacer un chiste fácil y decirle que parecía que ya llevaba muerto un par de días. El calvo lo dijo con tanta seriedad y con una voz tan lúgubre que se me quitaron las ganas. Permanecí callado.
Empezaba a estar claro que el pobre hombre tenía ganas de entablar conversación conmigo, así que volvió a la carga.
—Por su acento, deduzco que es usted paisano mío, ¿no es así?
—No sé de dónde será usted, caballero —le contesté—. Pero yo tengo el orgullo de ser de la mismísima capital de la Hispanidad: Vallecas.
—¡Vaya, de Vallecas! He tenido la suerte de ir allí en algunas ocasiones —sus ojos miraron al techo, tal vez recordando tiempos mejores—. En concreto, siempre a uno de sus barrios, Madrid. Bonita ciudad Vallecas. Y grande. Y hay de todo.
Si intentaba engatusarme con sus comentarios, no lo logró. Al notar que a mí me daba lo mismo si le gustaba o no la ciudad en la que tuve la suerte o desgracia de nacer, prosiguió.
—Yo soy también peninsular, español de pura cepa. Aunque nací en Buenos Aires, mi familia procede de Benidorm. Y he recorrido, por motivos laborales, toda la Hispanidad de cabo a rabo.
Por supuesto, no dije nada. No me gusta ser descortés, pero he desarrollado, a fuerza de palos, la costumbre de no hablar de mi vida con extraños. Ni en las peores circunstancias.
—Pero, caballero, permítame que me presente. Me llamo Gonzalo Paperas y Rocafort.
Me extendió su mano derecha. Vi que la tenía sucia y sudorosa. Así que me giré, me puse frente a él y le di una palmadita amistosa en el hombro.
—Encantado de conocerle —dije sin ganas.
—No mire, no mire...
¿Por qué tendrá la gente la manía de advertir a los demás sobre no mirar a algún sitio concreto o a alguien cuando no estás mirando a ese sitio ni a esa persona, ni tienes la más mínima intención de hacerlo? Es algo absurdo: por más que te lo digan, o precisamente porque te lo dicen, los humanos tendemos a mirar hacia nos dicen que no lo hagamos. El caso es que yo, inconscientemente, sin motivo claro, miré hacia los cuatro tipos, que a su vez, se habían girado para mirarnos.
—Le he dicho que no mirara —me recriminó.
—¿Que no mirara? ¿Adónde?
—A esos tipos. Los peligrosos.
Hay veces en la vida en que te das cuenta de que una conversación o situación se va tornando absurdamente delicada de una manera sutil pero incuestionable. No sabes el motivo, no sabes qué lo ha causado, ni siquiera qué has hecho para estar metido en ese charco, pero tienes la certeza de que es así. De que como continúes por ese camino vas a tener problemas. Eso sentí en aquella estúpida conversación, algo que empezaba a inquietarme. No es que considerara al calvo un peligro para mi integridad física, pero nunca se sabe. Soy muy mal pensado, y la gente me ha demostrado que existen muchas formas de hacerte pupa. Y, como prefiero evitar los problemas antes de que surjan, hice lo que siempre solía hacer: salir por patas.
—Ha sido un placer charlar con usted, señor Paperas —me despedí, levantándome—. Pero prefiero los orines de las viejas.
—Da lo mismo —se encogió de hombros—. Me han visto hablando con usted. Está casi tan pringado en esto como yo.
—¿Tan pringado? ¿En qué?
—Chsss. Silencio —me ordenó, haciéndose el interesante—. Nos están controlando.
Yo le pregunté, y lo juro —el calvo me estaba empezando a tocar las narices—, indignado de verdad:
—¿Por qué carajo me está intentando asustar?
—Vuelva a su asiento de antes. Quéjese de los olores, de lo que quiera, pero que le puedan escuchar —me dijo en voz baja, abriendo mucho los ojos y moviéndolos con rapidez en todas direcciones—. Cuando podamos abandonar la sala de maniobras, le espero en el bar. En la cuarta mesa a la izquierda, la que está tras el biombo.
Como ya había tomado la determinación de largarme, retomé el camino hacia mi anterior asiento. No sé bien por qué lo hice. En cualquier otro momento, tal vez habría obviado mis lógicas precauciones, me habría vuelto a sentar, y le habría invitado al tipo en cuestión a largarse, de buenas maneras en un principio y como fuera después —se me ocurrieron en ese instante varios modos: el pellizco en el pezón, por ejemplo—. Pero, entonces, hice lo que hice. La ridícula situación, el calvo guarrete, todo me pareció divertido. Pero no tanto como para continuar con el rollo. Lo cierto es que le tomé por un chiflado que me había elegido como diana de sus locuras. Volví a mi asiento. Al pasar al lado del jefe de azafatos, le dije:
—No hay quien se libre de este olor. Allí huele casi peor que donde estaba antes.
El azafato miró al calvo y me dio la razón asintiendo con la cabeza.
Volví a sentarme en el asiento del principio, donde los orines habían formado un charco considerable: aparte de las viejas, algún que otro yonqui de los que dormían la mona se había meado. O tal vez todos. Hice una uve con mis piernas y, como pude, tomé asiento.
Los cuatro tipos me miraron, girados descaradamente, durante un breve instante. Después miraron al calvo y, al fin, se volvieron. La situación, hasta entonces estrambótica y estúpida, comenzó a inquietarme. Levemente, pero a inquietarme.
* * *
Un par de horas después, la voz del comandante nos invitó a abandonar la sala de maniobras. Al parecer, según nos dijo, las turbulencias espacio temporales habían cesado. Juro que escuché por megafonía risas de fondo: en la cabina de pilotaje se lo debían de estar pasando bomba. Así que todos, sin excepción, nos levantamos de nuestros asientos y atestamos los pasillos. Pese a que mi vejiga no estaba tan deteriorada como la de las viejas, lo primero que hice fue ir a los servicios, como dios manda. Servicios que, por cierto, se encontraban abarrotados por la mayoría del pasaje, que esperaba pacientemente turno. Después, ya aliviado, me dirigí al bar. No se piensen que para encontrarme con el calvo, pues ya me había olvidado del asunto. Demasiadas cosas tenía en la cabeza como para darle importancia a la charla de un pirado, por muy inquietantes que fueran los cuatro tipos que parecían controlarle. Por cierto, lo eran. Vaya elementos. Eran tan inexpresivos, tan mecánicos, que parecía que les hubieran hecho un molde de su cara y luego se lo hubieran puesto encima de manera permanente. Pero, yo, a lo mío.
En el bar, vacío casi siempre por culpa de los abusivos precios, se encontraba como única cliente la doctora Love, sentada en un taburete fijo frente a la barra. La luz de un foco le caía desde la vertical. Seguro que había pasado las últimas horas allí sentada, bebiendo. Al menos, lo parecía: estaba borracha como una cuba, se bamboleaba sobre el taburete para, de repente, erguirse, recomponerse —lo que podía— y sonreír de una manera boba. Llevaba una bata blanca llena de lamparones, y el pelo tan despeinado que parecía una fregona vuelta del revés a la que hubieran aplicado electricidad estática. Dado que era fea como un demonio, y de hechuras desagradables, la visión fue un auténtico espanto, que no llegó a asustarme del todo porque soy un tipo bragado. Al pasar a su lado, me miró de arriba abajo y desabrochó un par de botones de su bata, dejando ver su pecho, falto de canalillo. Tenía dos tetillas blandas y aplastadas, que parecían dos lenguados.
—Ven aquí, pimpollo —me dijo—. Que te voy a curar todos tus males.
El camarero movió la cabeza con actitud conmiserativa.
—Tú qué miras, ¿eh? —le recriminó la doctora—. Si el caballero quiere invitar a una dama a un chupito, ¿quién eres tú para impedírselo?
Me senté unos cuantos metros más allá de la doctora, dejando como parapeto varios asientos. El camarero se puso frente a mí y me hizo un gesto con la cabeza, alargando la barbilla, como preguntándome «¿Qué desea tomar?» Ni buenas tardes, ni leches. Había dos opciones: el muy cabrito, o era mudo, o tenía menos educación que un mono.
—Una copa de chinchón —le dije—. Del seco y con hielo.
—¿Y a la princesita? —Preguntó, señalando con la cabeza a la doctora. Por lo visto no era mudo, así que deduzcan—. ¿Le ponemos un chupito de parte del señor?
—Ni lo sueñes. Y confianzas, amiguito, las justas. ¿De acuerdo?
El camarero, como antes el azafato, como tantos otros en otras ocasiones en esa mierda volante llamada Virrey Morcillo, cambió su tono chulesco por otro algo más educado.
—Perdone el señor.
Y me sirvió mi copazo de chinchón. La doctora, pasándose la lengua por los labios sin quitarme ojo de encima, me sonrió e intentó guiñar un ojo. Digo intentó porque fue eso: un intento. Frunció la mitad de la cara en un gesto repugnante, que, por otra parte, dejó el ojo medio abierto. Me volví, sintiendo a la vez pena y asco, y, viendo que no le hacía caso, comenzó a mascullar en voz baja, girándose al fin y clavando su mirada en los botelleros tras la barra.
—Perdone de nuevo, señor —me dijo el camarero, señalando con su barbilla tras de mí—. El caballero de la mesa desea invitarle.
Me volví. Detrás del biombo de la cuarta mesa, vi la cabeza del señor Paperas, que me hacía gestos para que me acercara. Vaya, se me había olvidado, lo juro. El muy plasta me había citado, recordé, en la cuarta mesa, tras el biombo. Y allí estaba ahora. ¿Cuándo había entrado? ¿Cómo? ¿No había ido, como todo el mundo, al váter?
Molesto, me bebí de un trago la copa de chinchón que me había propuesto beberme lentamente a sorbitos y me levanté. Le pedí la cuenta al camarero. En ese momento, sentí que me tiraban de la manga.
—¿No pensará irse? Venga a la mesa conmigo. Y discreción. Mucha discreción.
Miraba sin cesar a la puerta de entrada, donde no había nadie. Me desasí de la mano de Paperas con un tirón seco.
—Hasta el momento he sido respetuoso —le dije, serio—. No me he reído de usted, no le he ofendido. Pero como no me deje en paz, se va a enterar de un par de cositas.
—Déjese de estúpidos orgullos y acompáñeme. Lo que tengo que contarle será muy beneficioso para usted.
En ese momento, lo primero que pensé fue: ¿Será este tipo un bujarrón? Lo cierto es que yo, falsa modestia, no estoy del todo mal. Y, viendo la catadura y las hechuras del pasaje de la nave, no era de extrañar que generase lúbricos deseos en gentes como la doctora Love o el señor Paperas. Pero, para mi desgracia, en ninguna tía buena. Algo, que, por cierto, no había tampoco en la nave.
—O me sueltas, o te doy una hostia —le dije—. Se acabó la tontería.
—Venga conmigo —me conminó serio y digno—. No me tome por lo que no soy. Me envía el señor Pedrín. Porque usted es Florián Mayo, ¿verdad?
Asombro, estupefacción. ¿Pedrín?