—El artefacto ha dejado de emitir.

El operario de comunicaciones informó del acontecimiento sin darle mucha importancia y tampoco lo hizo el capitán del destructor que procedió a trasmitir el hecho al Anquises.

—Detectado un posible pulso EPR.

—¿Un EPR? —preguntaron al unísono Marco y el joven capitán del Fidus. Los sistemas de transmisión instantánea de información eran complejos, tenían la mala costumbre de romper el entrelazamiento que habilitaba su funcionamiento en una de cada tres inmersiones y confirmar que el fenómeno cuántico en que se basaba un pulso EPR, no era factible.

—Posible EPR —corrigió el operario.

—Comuniquen al Anquises que el objeto puede disponer de un EPR activo.

—¿Lo ves? —murmuró Estrabón— «conoceréis a vuestro peor enemigo».

Marco lo definió más tarde como una revelación, un escalofrío que le recorrió la espalda.

—¿Capitán?

—¿Sí? —Claudio Coratella, no era amigo de llevar en su nave oficiales de más rango o con su misma graduación y mayor antigüedad. Su respuesta resultó más brusca de lo que pretendía. Era hombre educado y se arrepintió al instante, claro que tampoco había sido tan brusco como para tener que pedir disculpas. Una nueva notificación del operario de comunicaciones le sacó del aprieto.

—Nuestro peor enemigo —Repitió Estrabón.

—¿Qué diablos está diciendo? ——preguntó extrañado Coratella.

Marco Nuño era un hombre frío en casi todos sus razonamientos, abierto a cualquier novedad por radical que pareciese si era factible someterla a pruebas empíricas. Su razón le decía que por motivos desconocidos, tal vez por recalentamiento, el prodigioso cerebro de Estrabón vagaba perdido cerca de la locura, su instinto en cambio...

Activó el modo de combate de su traje y del de Estrabón uniéndolos con un cable de seguridad.

—¿Qué hace? —Coratella comenzó a pensar que el almirante le había endosado un par de locos.

—Capitán —explicó Marco— deberíamos activar el escudo y pasar a alerta uno.

—¿Por qué?

No hubo tiempo para dar detalles.

* * *

Poco antes, respondiendo al plan de acción trazado hacía medio siglo por una mente desconocida, la CC del artefacto, que sin ser una sibila se manejaba bien en lo suyo, consideró que no necesitaba recoger más información sobre la presa atraída por su reclamo. Cortó la emisión, codificó lo que tenía y envió el mensaje a su base. Configuró la materia del casco para formar algo parecido a un misil, activó los motores a la máxima potencia, cruzó en segundos los doscientos metros que le separaban del destructor que curioseaba en los alrededores y golpeó contra su casco al tiempo que hacía estallar su reactor de aniquilación.

El Fidus reventó esparciendo por el espacio el diez por ciento de su masa en pedazos poco más grandes que un ser humano, el resto, tripulación incluida, no pasó de polvo cósmico y partículas elementales. Una supernova en miniatura de la que sólo dos objetos fueron expulsados indemnes, gracias a la noofibra de la buena, que habría dicho Cecilio, y a que el puente de mando se encontraba en la cara opuesta a la zona del impacto.

* * *

Aulio Jofman asistía al espectáculo desde la seguridad de la distancia y cuando las imágenes trasmitidas desde el Fidus se esfumaron en un golpe de luz alzó las cejas y abrió la boca.

—¿Qué ha sido eso? —consiguió preguntar.

Igual que Marco unos minutos antes, nadie tuvo tiempo de sugerir explicaciones.

—Detectadas signaturas SD.

—¿SD? ¿Dónde? ¿De quién?

—Justo encima y no se corresponde a nada que conozcamos.

—¿Cuántas?

—Cincuenta y subiendo.

Ya se ha dicho que Aulio Jofman era hombre prudente, cincuenta naves ya triplicaban sus fuerzas y la prudencia aconsejaba buscar el vacío donde poder activar los escudos, más allá de la atmósfera de Tertia-5. Una decisión fácil de ver y difícil de poner en práctica. Las naves desconocidas, una vez confirmada la presencia y composición de la flota romana se aproximaron al planeta bloqueando la salida. Sabían dónde encontrarlos. No era ningún alarde de genialidad, una vez detectado el satélite que ejercía de repetidor de señal, deducir la posición de la flotilla romana era una consecuencia natural que convertía el escondrijo en trampa.

Cien, la sibila finalizó el recuento y estimó unas características similares y un tamaño algo mayor que un destructor romano estándar. Armamento y potencia de fuego eran desconocidos.

—Deberíamos intentar comunicarnos con ellos —dijo Cecilio.

—¿En qué idioma?

—A Estrabón se le habría ocurrido algo.

—Estrabón está muerto.

—Podemos probar con pi.

Aulio se tragó unas cuantas blasfemias, atrapados en la atmósfera de un planeta, sin posibilidad de protegerse tras el escudo y con una desventaja de cien a quince, su única esperanza residía en la remota posibilidad de que la potencia de fuego de las naves enemigas fuese ridícula. En esas bien valía intentarlo con pi o con las doce tablas en latín antiguo.

—De acuerdo, trasmitan el número pi y cualquier otra cosa que se les ocurra. Motores a un tercio, indique a la flota que bordearemos el planeta por el polo norte para intentar salir por el otro lado.

—Están desplegando artillería.

El monitor táctico mostró la imagen de un cilindro alargado de diseño muy parecido a los arietes que cargaba la flota.

Lógico, pensó Aulio, un escudo SD bloqueaba todo en los dos sentidos, cualquier fuerza de combate basada en esa tecnología se vería obligada a desarrollar técnicas de ataque con dispositivos externos.

—Nos siguen.

Las naves desconocidas continuaron lanzando cilindros y bloqueando cualquier ruta de escape.

—¿Alguna respuesta?

—Nada.

—Ni pi ni leches —se dijo Aulio.

—Largad todo lo que tengamos.

Ocho mil piezas que unidas a las baterías fijas no llegaban ni a un tercio de las fuerzas contrarias.

¿Qué decía el manual en casos como ese? ¿Salir por piernas? Algo así, con otras palabras, el único problema era que tenían que correr hacia el enemigo.

—Sesenta mil, el enemigo ha completado el despliegue, dijo la sibila.

¿Enemigo? ¿Por qué han de ser el enemigo? El almirante Jofman no pudo dedicar más tiempo a tan profundas reflexiones.

La artillería enemiga avanzó.

—Podemos rendirnos —sólo Cecilio se atrevió a romper el silencio.

—¿Cómo? —escupió el almirante.

Aulio Jofman no era un cobarde y aceptó con fatalismo el destino que se abría ante él aunque hubiese preferido algo menos heroico y que su fecha de deceso no figurase en la misma nota histórica donde se le recordaría como el comandante de la primera nave romana en contactar con una inteligencia alienígena.

—Salgamos de aquí —dijo con serenidad inesperada—. Formaremos una cuña con la artillería en punta contra el ala izquierda de la formación enemiga para atravesarla y alcanzar una zona de inmersión segura. En cuanto nuestra línea se rompa que cada uno se las apañe como pueda y se olvide del resto. El único objetivo es que alguien logre salir e informar a Domus Prima.

Sus siguientes pensamientos fueron para Sexto Aquila y el segundo destructor enviado hacia el objeto alienígena. No podía saber si otras fuerzas enemigas habían emergido al otro lado de Tertia-5, contando con la suerte del inútil del comandante, seguro que no.

* * *

«Conviene que nuestro jefe de ingeniería supervise la operación sobre el terreno para asegurarse de que se toman las decisiones correctas». Había dicho el almirante con aquella risita suya que pensaba borrarle de la cara en cuanto regresaran a Prima. Sexto Aquila maldecía su mala fortuna cuando el espacio que rodeaba al Fidus estalló en un fogonazo de luz blanca.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Ulpiano Alen, capitán del destructor Palante.

—¿Me lo pregunta a mí? —Sexto se envaró dejando claro su mayor rango y dignidad.

No se lo preguntaba a nadie en particular pero la sorprendida réplica de Ulpiano no llegó a producirse.

—Capitán —informó el operador de radio—, hemos perdido el contacto con el Anquises, el satélite de enlace no responde. También hemos detectado lo que pueden ser signaturas SD aunque la masa de Tertia-5 no permite confirmarlo.

¿Signaturas SD? Una nave de enlace desde Prima o Domus Secunda ¿Qué otra cosa podía ser? Se dijo el capitán. Tendría que esperar a que el Anquises enviara un nuevo satélite para restablecer las comunicaciones, de momento, el Fidus había desaparecido y lo más urgente, decidió, era buscar y en su caso socorrer a los supervivientes.

—Continuamos adelante. Siga intentando comunicar con el Anquises.

* * *

Marco despertó en medio de la nada y, tanto él como sus pensamientos, a la deriva. La superficie negra del visor a pocos centímetros de su cara y un par de indicaciones luminosas que parpadeaban en rojo le dieron la primera pista, el resto de sus recuerdos se completaron poco después.

La armadura había sufrido daños, la noofibra estaba trabajando en ello pero su integridad no llegaba al cincuenta por ciento, el próximo grano de polvo lo bastante grueso que impactara contra él podía ser el último. La segunda luz roja se refería al oxígeno, una fuga en el depósito reducía su reserva a dos horas largas y... Un bulto que podía ser Estrabón flotaba al otro extremo del cable de seguridad sin dar señales de vida, poco más podía hacer por él que confiar en que las condiciones de su traje fueran similares o mejores que las del suyo. Si la ayuda tardaba en llegar, los dos tenían muy claro su futuro. La radio no funcionaba, pero la señal de socorro automática sí y se dispuso a esperar, rogando por que la explosión no les hubiese alejado demasiado de la ruta del segundo destructor enviado a la zona.

© Jacinto Muñoz Vivas, (1.574 palabras) Créditos