Bathus fue a buscar el carro. Recogió las armas y el chaleco de Spasky, repasó el entorno por si olvidaban algo, y echó todo lo que fue encontrando al carro. Contempló durante un instante la nave, aquel artilugio fabuloso que costaba una fortuna, pero que en esas circunstancias era de tan poco provecho como cualquiera de las rocas de alrededor. Seguro que dentro de ella Spasky guardaba un arsenal de armas sofisticadas, incluso dinero y objetos valiosos. Pero, ¿merecía la pena averiguarlo? ¿Y si Spasky había colocado algún tipo de trampa? Habían cumplido con su objetivo; debía dejar de lado otras consideraciones que podrían ocasionarles un grave disgusto. Mornadar, por supuesto, ni siquiera reparaba en la inevitable presencia de la nave, como si no estuviera allí, a su merced, abandonada en mitad de la explanada. Sacudiendo la cabeza, Bathus decidió seguir a lo suyo.
—¿Puede ayudarme alguno de vosotros? —Preguntó, mirando el cuerpo de Spasky.
—Aún tengo un brazo sano —contestó Mornadar.
Entre los dos subieron el cadáver al carro. Rajín se había puesto en pie, pero aún le costaba caminar. Sus pasos eran dubitativos y temblorosos. Bathus le quitó la capa y envolvió con ella el cuerpo de Spasky.
—Iré a por los caballos —dijo cuando terminó, sacudiéndose las manos—. Quiero largarme de aquí cuanto antes. Y conviene que te vea un médico.
—Ya no sangro —precisó Mornadar, mirándose el brazo, mientras guardaba sus venenos y accesorios en la mochila—. Aunque esto tiene mala pinta. Mira cómo tengo los dedos. Hinchados y negros.
Bathus, asintiendo ceñudo, se marchó. Poco tiempo después llegó con los caballos.
—Bien, Rajín —dijo serio—, nosotros nos vamos. ¿Qué tienes pensado hacer?
—Aún me queda por cumplir la mitad del trabajo. Acabé con Barallian, pero no con Melkara.
Bathus elevó su mirada al cielo y suspiró.
—Haz lo que te plazca. Debes dar gracias a los dioses de que me encuentre radiante de felicidad porque hayamos conseguido acabar con Spasky. De no ser así, terminaría el trabajo que empezó. ¡Tus locos deseos de venganza casi te cuestan la vida!
—Si no llego a dispararle, ambos estaríais muertos —alegó molesto Rajín—. Lo único que nos debe importar en este momento es que todo ha acabado bien.
Asintiendo con una sonrisa irónica dibujada en su rostro, Bathus se volvió hacia Rajín.
—No pensaba decírtelo, pero creo que en el fondo te mereces saberlo. Spasky tenía un localizador. Quién sabe, tal vez nos habría descubierto si no hubiera tenido la cabeza ocupada planeando la manera más dolorosa de despellejarte... y nosotros no nos hubiéramos distraído intentando evitarlo.
—¿Ves? —Dijo Rajín, abriendo teatralmente los brazos—. A eso me refería. ¿Quién sabe qué habría ocurrido en otras circunstancias? Sólo los dioses lo saben. Como he dicho antes, lo importante es que todo ha terminado de manera satisfactoria para el Satrai... y para nosotros en particular. Si no hubiera sido por mi determinación en buscar venganza, ambos estaríais muertos ahora. El destino es caprichoso. ¿O acaso ya está escrito por los dioses y somos meros instrumentos de sus deseos?
—¡Vaya! ¡Eres todo un filósofo! —Exclamó Mornadar con ironía mientras terminaba de desmontar el fusil—. ¡Qué imaginación! ¡Y qué sentido práctico a la vez! Aunque más te valdría pensar que si no nos hubiéramos encontrado tu tío y yo aquí, ahora estarías muerto... o quién sabe cómo.
—Cambiemos de tema —propuso Bathus—. Así que has matado a Barallian. Seguro que te resultó sencillo, ¿verdad?
—Sí. Pero cuando me disponía a asesinar a Melkara, Spasky me cogió por sorpresa.
—¿Y qué esperabas? Seguro que Barallian disponía de medios para hacerle venir cuando fuera necesario. ¿Acaso no te había advertido sobre Spasky? ¿Es que no has visto los cadáveres de varios qassai colgando por la ciudad?
—No he visto ningún cadáver. Salvo el de Barallian... y ahora el de Spasky.
—Bien, vayámonos. No tenemos nada más que hacer aquí.
Mornadar y Bathus se echaron sus mochilas a la espalda. Bathus subió al pescante del carro, Mornadar en uno de los caballos.
—Quédate con un caballo —dijo Bathus—. Te hará falta. Adiós, sobrino. Suerte.
Sin volverse, arreó a la bestias.
Rajín, meditabundo, les vio partir. ¿Qué debía hacer? Por una parte, ardía en deseos de quedarse un tiempo más en Faneqa y terminar su misión. Asesinar a Melkara formaba parte del plan. Pero algo en su corazón le decía que debía volver con sus dos compañeros. ¿No le servía con haber asesinado a Barallian? Se había vengado, había hecho justicia. Barallian era el presidente del Consejo, el máximo responsable de lo que le había ocurrido a su familia. Melkara pasaría el resto de sus días pensando en el fin que tuvo su compinche, intranquilo, esperando el momento en que le tocase a él. Ya no contaba con la colaboración de Spasky; debía confiar su seguridad a los inútiles de sus sicarios, unos pueblerinos que no estaban a la altura del desafío. ¿No era suficiente con eso?
Entonces, tuvo una idea. A veces olvidaba que ya era un qassai, y que debía comportarse como tal. Sí, tal vez pudiera resarcirse de otra manera. ¿Y si le pedía dinero a Melkara por olvidarse de él? El nuevo presidente del Consejo estaría deseoso de terminar con este asunto cuanto antes, y no vería con malos ojos la propuesta. Le pediría una pequeña fortuna a cambio de su vida.
Montó en el caballo con dificultad. Lo espoleó, determinado a acompañar a Bathus y Mornadar. Sí. Llegaría a Gálasti con ellos dos y el cadáver de Spasky.
—Tenía pensado regresar en barco —dijo Rajín cuando llegó a la altura de sus compañeros, que hablaban en voz baja—. ¿Cómo lo haréis vosotros?
—No lo habíamos decidido —contestó Bathus—. De momento, iremos a que un médico vea el brazo de Mornadar.
—En Faneqa.
—No. En Chamint. Cruzaremos el Albant y abandonaremos Karamai. En Chamint conozco a un médico bastante competente... para tratarse de estas tierras. En cuanto haya curado a Mornadar, saldremos hacia Arvan. Allí cogeremos un barco. ¿Estás de acuerdo con nuestros planes? ¿O no se adaptan a tus gustos?
—He decidido pedir una compensación a Melkara a cambio de su vida. Cuando la consiga, me olvidaré para siempre de Karamai.
—¡Por fin piensas y actúas como un qassai! —Exclamó Bathus—. Buena idea. Al menos, algo sacarás de provecho de tu absurda aventura.
—Si no me reúno con vosotros en Chamint, continuad camino. Ya os cogeré más adelante. Por cierto, Mornadar, ¿cuánto pagó Latkyi al Satrai por el asunto del sire de Durre?
Mornadar se giró hacia él componiendo un gesto de duda.
—¿A qué viene eso ahora? Sesenta mil geas.
—Hasta la vista, entonces. Tengo cosas que hacer.
Arreó al caballo y se perdió en la garganta.
* * *
Melkara releyó por enésima vez la carta que le había enviado Rajín de Sura y la tiró sobre la mesa del despacho. Dejándose caer en el sillón, resopló abatido. Por supuesto, había comprobado que no se trataba de una extorsión sin fundamento. Era más que evidente que no. Su vida dependía de pagar lo que le pedía.
—¿Qué piensa hacer? —Preguntó su ayudante y hombre de confianza.
Durante un buen rato, Melkara le miró con ojos inquisitivos, sujetándose la cabeza con las manos, con los codos apoyados en la mesa. Al fin, como si el hecho de examinarle le hubiera servido para corroborar su decisión, dijo, negando con la cabeza lánguidamente.
—El asunto se nos ha ido de las manos, y hay que buscar la salida más provechosa o menos perjudicial. Siempre pensé que contratar a ese Spasky era un error. El tiempo me ha dado la razón. ¡Bah! Ya da igual.
Sacó un sobre grueso de un cajón de la mesa. Se levantó con aire cansado y cruzó la estancia. Abrió la caja fuerte oculta tras una puerta de un mueble y cogió varios fajos de billetes que fue tirando sobre la mesa. Volvió a sentarse, mirando con ojos vacíos hacia el montón de dinero. Con desgana, fue introduciendo los fajos en el sobre contando en voz baja. Cuando llegó a la cantidad acordada, lo cerró y lacró.
—Lleva este sobre al Rata del río y entrégaselo al capitán Matt —ordenó, apuntando hacia el sobre con un dedo—. De inmediato. No quiero dedicarle a este asunto ni un minuto más.
—¿Piensa pagar?
—¡Por supuesto! ¿Me queda otra opción? No deseo morir como Barallian. ¿O acaso vas a evitarlo tú? Spasky ha muerto a manos de los Sura, unos asesinos que han resultado ser más peligrosos que él. ¡El terrible Spasky, el invencible! La única protección con la que cuento sois vosotros. ¿Podéis enfrentaros a Rajín de Sura o a otro asesino? ¿Y a varios a la vez? En eso llevaba razón el pobre Oskar: no se puede vivir perseguido por la sombra de un asesino. Contéstame. ¿Deseas morir por protegerme?
Como respuesta, su ayudante agachó la cabeza.
—Al fin y al cabo —continuó Melkara—, de Sura no pide nada que comprometa mi futuro ni mi posición. Sólo dinero. Soy el nuevo presidente del Consejo, y lo seguiré siendo. Puede considerarse un trato beneficioso para todos. Toma —le dio el sobre—. Respondes de él con tu vida.
El ayudante guardó el sobre en una bolsa y salió camino del puerto. Localizó el barco. Desde el muelle, mandó que avisaran al capitán.
Matt apareció de inmediato y saltó a tierra. Cogió el sobre que le ofrecía y sin decir ni una palabra volvió al barco, internándose en el castillo de popa. Rajín observó la operación desde el puente de mando. El hombre de Melkara había venido solo, tal como exigió en la carta.
—Aquí tiene —dijo Matt, entregándole el sobre a Rajín—. Todo suyo.
Rajín abrió el sobre y comprobó su contenido. Sacó un fajo, ante la atenta mirada del capitán. Separó unos cuantos billetes.
—Tome. Lo prometido.
Matt cogió el dinero sin apartar la vista del sobre. Se irguió, serio. Con aire solemne, dijo.
—He de decir que es un placer haberle tenido como viajero en mi barco. Señor, el Rata del río y su capitán estarán siempre a su disposición.
—Cuento con ello. ¿Está preparada mi barca?
—Acompáñeme.
Rajín guardó el sobre en la mochila y se la echó al hombro. Siguió al capitán a cubierta. A una orden del capitán, varios hombres echaron al agua un bote. Uno de ellos descendió por una escala y se puso a los remos.
—Hasta otra —se despidió Matt.
Rajín saludó al capitán con efusión y bajó al bote.
El marinero comenzó a remar y se alejaron del barco hacia la parte central del río. El sol brillaba en un cielo limpio de nubes, una maravillosa y suave mañana. Rajín se sentía pletórico, como nunca antes se había sentido, ni tan siquiera cuando regresaron Fortunai y él a Gálasti después de su primer trabajo, ni cuando fue investido qassai. Contempló Faneqa tras los barcos amarrados al puerto, consciente de que era poco probable que alguna vez volviera.
—Adios, Karamai —musitó en voz baja—. Hasta siempre.
Tras dejar atrás Karamai, la barca derivó hacia la margen oriental del Sarrún. El marinero guió el bote hasta tocar tierra.
—Chamint —señaló con su mentón.
Rajín descendió del bote y se encaminó a la posada. Mornadar y Bathus tomaban té, sentados a una mesa. Se habían bañado, afeitado, y cambiado de ropa, abandonando el anterior aspecto montuno y desaliñado. Ante él estaban los dos sofisticados caballeros de Gálasti de siempre. O casi.
—Veo que he llegado a tiempo —dijo—. ¿Qué ha dicho el médico?
Los dos qassai le miraron con sorpresa y alegría.
—¿Médico? —Preguntó Mornadar con sorna—. No era más que un chamán.
Enseñando un aparatoso vendaje que le cubría el hombro y la mitad del brazo, continuó.
—Tenía un proyectil dentro, que me ha destrozado el hueso. Al menos, ese brujo me lo ha extraído. Pero me duele como si me estuvieran arrancando el brazo. Dudo que vuelva a ser el de antes.
—¿Y bien? —Preguntó Bathus—. ¿Cómo ha ido el negocio?
—He conseguido sacarle a Melkara sesenta mil geas.
—¡Enhorabuena! —Exclamó Mornadar—. Así que has considerado que ese tipo está a la altura de un sire. Muy juicioso.
—Tómate un té—dijo Bathus—. Nos vamos. Hay mucho camino que recorrer.
—Sí. Y creo que no hice del todo bien la momificación de Spasky —comentó Mornadar arrugando la nariz—. Me ha parecido percibir que está empezando a oler.
* * *
Bathus de Sura, Mornadar de Silvestri, y Rajín de Sura, se presentaron una mañana de sol radiante ante la figura imponente del Sizzar Raduk el Shaim en el Satrai de Gálasti. Habían llegado unas horas antes al puerto fluvial de Gallia, donde se engalanaron con trajes y calzado apropiados para la ocasión, y alquilaron un vehículo a motor. El Sizzar, avisado desde días atrás de la previsible llegada de sus qassai, esperaba ansioso el momento bajo el arco de entrada al jardín, junto a la avenida. Les saludó con la contención propia del cargo, pero con alegría imposible de disimular.
A una indicación de Raduk el Shaim, varios aspirantes sacaron de la parte trasera del vehículo el rulo de mantas y trapos donde estaba envuelto el cadáver de Spasky. Lo introdujeron a la carrera en el edificio del Satrai.
—Pasad. Sed bienvenidos —dijo el Sizzar, invitándoles a entrar—. ¿Habéis cumplido?
—Hemos cumplido —contestaron Mornadar y Bathus al unísono, siguiendo el protocolo.
Entraron en el jardín y caminaron por el paseo de piedras, observados con admiración por los aspirantes. El Sizzar dejó que traspasaran antes que él la puerta principal, todo un detalle de respeto. Al fin, llegaron al despacho. Un aspirante les abrió la puerta y les sirvió rake en unas copas de cristal de plomo y plata.
—Por vosotros —brindó Raduk el Shaim.
Los cuatro bebieron. Les sirvieron más licor. El Sizzar, sentándose en su sillón, les invitó con un gesto a que hicieran lo mismo.
—Pongámonos cómodos, señores. Ahora debería regalaros un discurso sobre lo orgullosos que se encuentran vuestro Sizzar y el Satrai, elogiando vuestro talento, celebrando cómo habéis sabido estar a la altura de las circunstancias. Pero creo que no es necesario; todo eso os consta. Por favor, dejemos aparte las formalidades y contadme vuestra aventura.
Mornadar, atusándose el bigote, miró a Bathus y comenzó la narración de los hechos. Un relato sobrio, que incidía en datos aparentemente intrascendentes para un profano, pero ajustado a los hechos, preciso. Raduk el Shaim escuchaba concentrado, bebiendo en silencio, apoltronado en su sillón. De vez en cuando enfocaba su mirada hacia Bathus, asintiendo. No mostró sorpresa con la noticia de que Spasky disponía de una nave espacial.
Sólo cuando Mornadar llegó en su relato a la súbita aparición de Rajín, el Sizzar salió de su abstracción, mirando al joven qassai con los ojos entornados y sonriendo por lo bajo.
—Y aquí estamos ahora, Sisar —dijo Mornadar como colofón—. Así se acaba nuestra historia.
Raduk el Shaim cruzó los dedos sobre su rostro y se dirigió a Rajín.
—Rajín de Sura, explícame. ¿Cómo es posible que al final te vieras envuelto en el asunto de Spasky? Creo recordar que sólo mandé dos qassai a la misión.
—Sizzar, tal como ha dicho Mornadar, fue una coincidencia. Pero sí, participé en acabar con ese malnacido.
—Al final, hiciste lo que tanto temía Bathus: ir en busca de venganza.
—Así es, Sizzar. Pero fui a título personal, sin comprometer al Satrai. De todos modos, conseguí extorsionar a uno de los objetivos. Como qassai, quiero entregarle al Satrai lo que me corresponde.
—No es obligatorio —negó Raduk el Shaim—. Ni existe ningún contrato, ni puede existir, ni el Satrai estaba al corriente. Fuiste a título personal; no estás obligado con el Satrai.
Rajín puso encima de la mesa un sobre con el dinero.
—Pero es mi deseo, Sizzar.
—De acuerdo, pues. El Satrai lo acepta.
El Sizzar cogió el sobre y lo guardó en un cajón.
—Es un gesto que te honra y que el Satrai valora como se merece —reconoció, clavando una mirada seria en Rajín—. Aún así, debes saber que en otras circunstancias me vería obligado a castigarte severamente. Desatendiste los consejos de un qassai veterano, inmiscuyéndote en una misión. Aunque, si no hubiera sido por tu afortunada aparición, tal vez tus compañeros habrían tenido problemas. Al menos, serviste para despistar con tu presencia al siempre atento Spasky.
Girando la cabeza hacia Bathus, preguntó.
—¿Me puedes enseñar ese localizador?
En ese instante, un hombre entrado en años, envuelto en una bata blanca, abrió la puerta.
—Ya está todo preparado, Sisar —dijo con gesto malhumorado—. Pero he de advertir algo: el cuerpo ha venido en muy mal estado. La mezcla no debió de ser correcta, o no estaba bien proporcionada— miró a Mornadar torciendo la boca—. En todo caso, ha pasado demasiado tiempo desde su muerte. He hecho todo cuanto he podido.
—Gracias.
El hombre cerró la puerta. Poniéndose en pie, el Sizzar señaló con su mentón a la puerta.
—¿Nos vamos? El maestro embalsamador siempre tan quisquilloso... No le hagamos esperar. Ya habrá tiempo para continuar con esta conversación.
En el jardín, rodeada por varios aspirantes y el viejo de la bata, había una nueva y reluciente urna de cristal. Los hombres fueron retirándose dejando que los recién llegados la vieran.
Dentro de la de urna estaba el cuerpo de Brand Spasky, desnudo y encogido. La cabeza miraba al frente, hacia la avenida. Tenía en su rostro el mismo gesto de terror supremo que al morir, y su cuerpo la misma postura crispada. Pero la piel había tomado un tono cárdeno y un aspecto apergaminado. Viendo aquel cadáver inofensivo y patético, nadie diría que se trataba del principal azote de los todos los qassai de Matsumai.
Raduk el Shaim elevó la cabeza orgulloso. Había una nueva urna en el jardín. La más esperada, la más importante de todas. El mejor ejemplo del poderío del Satrai.
—Sizzar, nosotros nos vamos —dijo Bathus—. Le dejamos disfrutando de su nueva obra de arte.
Los tres qassai se despidieron del Sizzar y salieron a la avenida, sin apartar la mirada de la urna de Spasky.
—Ha quedado horrible —opinó Mornadar—. Seguro que fallé en algo. Luego vendré a contemplarle con detenimiento en soledad. Tengo muchas cosas que decirle.
—¡Qué más da cómo haya quedado! —Exclamó Bathus con una carcajada—. ¡Por favor, no seas tan perfeccionista!
Rajín comparó los cuerpos de las urnas. El de Spasky parecía uno de los que más tiempo llevase expuesto.
—Bueno, Rajín. ¿Qué tienes pensado hacer ahora? —Preguntó Bathus.
Rajín elevó su mirada al cielo. Sin bajarla, como si no quisiera encontrarse con la de Bathus, contestó.
—Dispongo de bastante dinero, y tengo tiempo de sobra. Buscaré a un hombre llamado Zosim que maneja un látigo.