Bathus y Mornadar se removieron inquietos en sus puestos. Aguzaron el oído. Esperaban escuchar el sonido de un motor... y se encontraron con el conocido traqueteo de un carro tirado por al menos dos caballos. Mornadar sacudió la cabeza, como si así pudiera espantar la sorpresa; pero se colocó en posición, tumbado en el suelo, y apuntó con su rifle hacia la salida de la garganta. Bathus, agachándose tras una roca, apuntó también con su automática.

El carro apareció en la explanada. Mornadar observó. Una figura lo guiaba, sentada al pescante. ¿Sería Spasky? No podría precisarlo: quien fuera iba envuelto por completo en una capa amplia. Alguien descansaba tumbado sobre el carro. Se quedó boquiabierto cuando comprobó que se trataba de Rajín de Sura. ¿Qué demonios estaba ocurriendo?

El carro avanzó, comenzando una maniobra para rodear la nave hasta su parte trasera. Mornadar se dijo que no podía perder más tiempo. Fuera quien fuese aquel que guiaba el carro, debía disparar. Había muchas posibilidades de que fuera Spasky. ¿Quién iba a ser si no? ¿Algún qassai? Entonces, ¿qué hacía allí?

Bathus, agazapado tras las rocas, padecía los mismos síntomas de asombro y desconcierto que su compañero. Desde su perspectiva, tampoco podía saber quién era aquél que conducía el carro. Ni tan siquiera pudo ver que en él también iba alguien más. Inquieto, esperó a oír el sonido del disparo que le hiciera salir de dudas. El carro iba a rodear la nave, y dentro de unos segundos quedaría fuera de su alcance.

Mornadar apuntó a la cabeza del desconocido. Pero no le ofrecía ninguna seguridad el hecho de que estuviera tapada por la capucha. No sería un blanco preciso. La figura le ofrecía el torso como único blanco fácil y seguro. Apuntó a la altura del pecho. Disparó.

Spasky recibió el tiro en pleno esternón. Una fuerza descomunal le empujó hacia atrás, haciéndole rebotar en el respaldo del pescante. Salió disparado hacia un lado y cayó al suelo. Los animales relincharon, se encresparon. Alborotados, comenzaron a trotar, alejando el carro del lugar donde Spasky había caído.

Rajín, alertado, supo que había llegado la ocasión por la que había rezado. Acaparó todas las fuerzas y toda su voluntad, e hizo un esfuerzo por incorporarse. Lo consiguió. Se quedó sentado sobre el carro; movía con torpeza ambas manos, pero las piernas aún no le respondían. Tenía que encontrar algo con lo que poder cortar las bridas que le atenazaban las manos.

Mornadar se incorporó, agarró su automática y descendió a la carrera hacia la explanada.

—¡Bathus! ¡Rápido! —Gritó.

Bathus había salido de su escondite y corría hacia la figura inerte que descansaba en el suelo.

—¡Al carro! —Gritó Mornadar.

—¿Le has dado?

—Blanco perfecto, en el corazón. ¡Al carro! ¡Está tu sobrino!

Le miró con gesto de sorpresa suprema. ¿Rajín? ¿A qué se refería Mornadar? ¿Qué estaba sucediendo?

Los dos qassai corrieron hacia el carro, que derivaba sin rumbo por la explanada. Mornadar sujetó a las bestias mientras Bathus subía de un salto. Cuando vio a su sobrino, se agachó y le cogió de la cabeza.

—¡Rajín! ¡Por los dioses! ¿Qué haces aquí?

—Cuidado —pudo decir Rajín—. Lleva un chaleco...

—Tranquilo, todo ha pasado. ¿Puedes caminar?

—No.

Cortó las bridas con un cuchillo. Agarró a su sobrino por los brazos y se lo echó a la espalda.

—Ayúdame a bajarle, Mornadar.

Se escuchó un disparo. Bathus se volvió. Mornadar cayó lentamente al suelo, sin soltar las riendas, como si se apoyase en ellas. Tras él, Spasky, caminando con dificultad, apuntaba con una pistola de largo alcance que bailaba en su mano.

—No te muevas, Vatus —dijo Spasky con voz ahogada, como si le costase hablar—. Disponte a morir.

Volvió a disparar. Pero falló. Los caballos se asustaron y desplazaron el carro a tirones. Bathus, cargado con su sobrino, consiguió mantener el equilibrio sobre la inestable superficie.

Spasky tenía que acercarse más, si quería hacer blanco en esas circunstancias. Llegó a la altura de Mornadar y le miró durante una fracción de segundo, dándole una patada.

—Éste ya no será un problema —dijo, escupiendo.

Pasó por encima de Mornadar. En ese momento, Spasky elevó la cabeza, compuso un gesto de dolor, y cayó al suelo. Mornadar sujetaba con su mano derecha una daga Rilxe. Le había cortado el tendón de Aquiles de la pierna izquierda.

—¡Bathus! —Gritó Mornadar—. ¡Ahora!

Bathus soltó a Rajín y se arrojó del carro como si éste estuviera cargado de explosivos que fueran a estallar. Spasky pretendía levantarse, aullando de dolor. Su arma había caído lejos; la miraba con ansiedad, reptando a trompicones hacia ella, mientras rebuscaba bajo la capa, intentando sacar alguna otra. Pero todos sus movimientos eran torpes y atropellados, en apariencia inútiles.

Al caer de nuevo al carro, Rajín notó que se golpeaba con algo. Vio que era la pistola de dardos de Spasky, que habría perdido al recibir el disparo. La cogió. Sosteniéndola con ambas manos, buscó con mirada ansiosa al asesino.

Bathus corrió hacia Spasky, apuntándole, asegurando el blanco. Tuvo claro que si quería matarle debía acertar en la cabeza. Y desde esa distancia, corriendo bajo tensión, no era fácil. Cuando estaba a unos metros, dispuesto ya a abrir fuego, Spasky se irguió de repente, de una manera imprevisible y fulgurante, apuntando a Bathus con un arma. Parecía haber recuperado las fuerzas por arte de magia. Disparó. El proyectil rozó el brazo de Bathus. Pero le alcanzó lo suficiente como para empujar el brazo hacia atrás y hacer que soltara el arma. Bathus, con su mano izquierda, fue a sacar su otra pistola; Spasky, sonriendo de medio lado, volvió a apuntar, su dedo tembloroso apretando el gatillo. Durante ese ínfimo período de tiempo, Bathus se supo muerto.

Entonces, Rajín gritó: «¡Aquí!», llamando la atención de Spasky, y disparó. El tiro le dio en el antebrazo, y soltó el arma con un graznido. Describiendo un giro en el aire, se desplomó de nuevo al suelo, quedando boca abajo, exhausto.

Bathus no podía permitir que volvieran a caer en otro error más. Recogió su pistola del suelo y corrió hacia Spasky. Desplazó de una patada el arma con la que acababa de dispararle y se colocó a su espalda. Echándose un par de pasos hacia atrás, apuntó con su automática a la cabeza de Spasky.

—¡No! —Gritó Mornadar—. ¡No le mates! Paralízale.

Sin dudar, aunque no pudo jamás precisar por qué, y sin dejar de apuntarle, Bathus sacó con la otra mano su pistola de dardos y le disparó en un muslo.

Spasky, con dificultad, se dio media vuelta y sonrió.

—Ya me han disparado un dardo, estúpido. ¿Qué me vais a hacer, qassai? —Preguntó, escupiendo sangre.

Torció con torpeza su mano derecha, y una nube de polvo blanco salió despedida desde la muñeca en dirección a Bathus. La nube apenas se elevó un metro y se dispersó. No había ejercido en el mecanismo la fuerza suficiente; además, se encontraba débil, tirado en el suelo, y Bathus de pie y alejado. De no haber sido así...

De inmediato, Spasky dejó de moverse.

Bathus se guardó la pistola de dardos, pero siguió apuntando con la automática a la cabeza de Spasky. Se agachó y con suma precaución le quitó la capa. Bajo ella llevaba un chaleco protector con varios bolsillos llenos de estuches de venenos. Se lo quitó también y lo arrojó lejos. Le cacheó. Llevaba también otra pistola automática en un muslo, y un puñal de monte en una funda sujeta al cinturón; en un arnés, cargadores de munición para automáticas y pistolas de dardos. Al fin, decidió desnudarle por completo. Encontró varias cartucheras de cuero vacías. En cada antebrazo llevaba mecanismos de expulsión de venenos y polvos.

—Eres un arsenal andante —comentó con sincera admiración, repasando las armas y municiones.

En la muñeca izquierda, Spasky llevaba un aparato parecido a un reloj de pulsera pero más grande y voluminoso, una semiesfera negra sujeta por una cadena metálica. Bathus se lo quitó y lo observó con interés. Sobre el fondo negro, varios puntos blancos parpadeaban. En total, cinco. Observó a su alrededor, presa de una intuición, y comenzó a caminar sin rumbo fijo, moviendo el mecanismo. Los puntos variaban de posición. Explotó en una carcajada. Ahí, en su muñeca, reflejados en simples puntos blancos, aparecían Rajín, Mornadar, los dos caballos... y Spasky. Se puso el aparato en su muñeca.

Sin dejar de reír, volvió su atención a Mornadar, que se había incorporado.

—Creo que me ha destrozado el brazo —dijo con dificultad, sujetándose el hombro derecho y torciendo la cara en un gesto de amargura—. Me ha dado en el mismo lugar donde me inoculó el veneno. ¿Cómo está Spasky? ¿Por qué no ha muerto? ¿Acaso fallé el disparo?

—Llevaba un chaleco protector de aleación. Jamás había visto uno así. Pero el disparo le debe de haber roto varias costillas o hundido el esternón, o algo por el estilo. Respira mal, y sangra bastante por la boca.

—¡Sí, pero ha sido capaz de levantarse para dispararme! ¡Ah! ¡Nunca deja de sorprenderme este demonio!

Sentado en el suelo, buscó alrededor hasta que encontró su pistola, semioculta bajo unas hierbas.

—Acércamela y ve con tu sobrino. No me fío de éste. Si, por casualidad, un soplo de aire hace que se le cambie de lugar un solo pelo, le mataré. Aunque mis planes se vean alterados. ¿Y tú? ¿Se puede saber por qué te ríes como un loco?

—Mira lo que llevaba Spasky —contestó, enseñándole el dispositivo—. Un localizador de barrido.

—Vaya... Hacía mucho tiempo que no veía uno. ¿Funciona?

—¡Por supuesto! —Contestó. De repente, cambió su sonrisa por un gesto agrio—. No sé si estás cayendo en la cuenta, pero si Spasky hubiera estado atento nos habría descubierto. Una simple mirada a su muñeca y habría sabido que estábamos esperándole.

—Entonces, ha sido un golpe de suerte que estuviera distraído con tu sobrino.

—Supongo que sí.

Bathus volvió al carro. Rajín continuaba con sus esfuerzos por mover las piernas. De cintura para arriba podía mover los músculos con cierta soltura, aunque aún de un modo lento y costoso.

—¿Qué tal te encuentras? —Le preguntó Bathus.

—Bien. ¿Y Spasky?

—Inmovilizado. Algo más que tú —rió—. Espera.

Saltó del carro y volvió con la capa de Spasky. Se la echó por encima.

—Cogerás frío, y aún te queda casi una hora para que los efectos del veneno desaparezcan.

—Tal vez menos. Como puedes haber comprobado, ya puedo mover algo.

—Sí. Gracias por tu acertada intervención. Por cierto, ¿cómo te inmovilizó? ¿Con un dardo?

—Sí.

—Déjame su pistola.

La contempló y sopesó durante un momento. Extrajo un dardo del cargador.

—Bueno, sus dardos llevan la carga estándar, así que te queda poco sufrimiento. Descansa. Ya tendrás tiempo de darme explicaciones.

Volvió al lado de Mornadar.

—Bien, ¿qué tienes pensado hacer con nuestro amigo? Si por mí fuera ya estaría rindiendo visita a los dioses.

Mornadar suspiró.

—¡Qué poco original y aleccionador eres! Le vamos a momificar. Quiero verle expuesto en el jardín del Satrai. Es una sorpresa dedicada al Sizzar, y un pequeño homenaje a todos los qassai que este malnacido se ha cargado.

—¡Brillante idea! —Reconoció Bathus—. Nunca me habías comentado nada al respecto.

—No suelo fantasear con sueños que es difícil que se cumplan; prefiero ocultarlos hasta que tenga posibilidades reales de llevarlos a cabo. Ayúdame a levantarme.

Apoyado en Bathus, Mornadar se puso en pie.

—Hazme un favor y ve a por mi mochila —le dijo, mirando con gesto concentrado a Spasky—. Recoge también mi fusil.

Bathus subió hasta el puesto de tiro y cogió la mochila y el fusil de Mornadar. Sonrió. Así que el bueno de su compañero había traído los venenos necesarios para ejecutar una momificación por parálisis en tan precarias circunstancias. Mientras descendía hacia la explanada, sin dejar de mirar a Spasky, pensó que tal vez a Mornadar no le gustase fanfarronear o fantasear; pero, desde luego, sí era previsor.

—Aquí la tienes —dijo, entregándosela—. Ahora iré a por Rajín. Creo que le gustará contemplarte trabajar.

Como antes había hecho, Bathus se echó a Rajín a la espalda. Bajó con dificultad del carro, pero le acercó hasta sentarle cerca de Mornadar.

—¿Puedes mantenerte sentado?

—¿A ti qué te parece? Te recuerdo que acabo de disparar a Spasky.

—Pues observa.

Mornadar, acuclillado en el suelo, desplegaba ante sí el contenido de varios estuches sobre una tela de fieltro negro: ampollas con veneno, jeringuillas, frasquitos de vidrio, un pequeño quemador de alcohol, cuencos de metal... De vez en cuando se quejaba, al mover el brazo. Pero mordía con fuerza y seguía con los preparativos.

—¿Y tú? ¿Cómo te encuentras? —Le preguntó Mornadar a Rajín.

—Cada vez mejor.

—Fue con un dardo —explicó Bathus.

—Quien a hierro mata, a hierro muere —sentenció Mornadar sonriendo irónicamente.

—Bien. Ahora verás cómo se efectúa una momificación por parálisis —dijo Bathus dirigiéndose a Rajín—. Creo que en su día te mostraste muy interesado por el proceso. Ha llegado la oportunidad de que lo contemples en vivo.

Spasky gimió. Los tres se giraron hacia la figura encogida en el suelo que miraba al cielo. Bathus, instintivamente, apuntó a su cabeza.

Mornadar enseñó la palma de su mano en un gesto que venía a pedir paciencia. Después, volvió su interés al tapete. Separó del resto del material dos frasquitos vacíos. Cogió una de la ampollas de veneno. Con una jeringuilla graduada extrajo parte de su contenido y lo vació sobre uno de los frasquitos vacíos.

—Dos milímetros cúbicos de Destino Final —explicó—. La cantidad varía en función del peso de la víctima. Fundamental utilizarlo, por supuesto. Pero en la cantidad precisa para que no haga efecto antes de que la mezcla principal se haya distribuido por todo el cuerpo.

Apartó la jeringuilla que acababa de usar y cogió otra.

—Ahora, tres milímetros de Klatt como excipiente y catalizador. Porque pensamos realizar la operación de una vez, con una mezcla compleja y definitiva. Nada de pincharle primero un veneno y luego otro. No. Todo a la vez. Hay que conseguir que los efectos sean complementarios y no se anulen. ¿Entiendes?

Introdujo Klatt en la jeringuilla. Rajín recordó que se trataba de una base inocua para la mezcla de venenos. Mornadar la vació en el frasquito.

—¿Ves esto? —Preguntó, enseñándole un tarro de cristal con una sustancia oscura y sólida dentro—. Aquí tenemos lo más importante. Es la mezcla principal, solidificada y deshidratada.

Encendió el calentador y pasó la punta de su daga sobre el fuego con suma lentitud, silencioso, deleitándose en el acto. De vez en cuando giraba su vista a Spasky, que continuaba rígido en el suelo.

Cuando la daga estuvo suficientemente caliente, Mornadar abrió el tarro con delicadeza y cortó un trozo de la mezcla, aproximadamente la mitad del total. La echó dentro de un cuenco metálico, que colocó sobre el fuego. Cuando comenzó a licuarse, removió con una cucharilla.

—Ya está.

Cogió la jeringuilla más grande de todas, y la rellenó con la mezcla. La observó.

—Bien, veintitrés centímetros. Hay de sobra.

Volvió a vaciar el contenido de la jeringuilla en el cuenco.

—Ahora, cuatro centímetros de agua, más Klatt, y dos centímetros de Fídula como reactivo.

Con otra jeringuilla echó, uno a uno, con suma delicadeza, el resto de componentes en el cuenco y removió todo con la cucharilla.

—¿Qué lleva la mezcla principal? —Preguntó Rajín.

—Senso, al diez por ciento; Corazón de meteoro, al cuarenta por ciento; Goma de Xanadú, al cuarenta por ciento también; y un veneno único, del que tal vez no hayas oído hablar aún, Plexina de Arce Rojo. Es conveniente llevar la mezcla preparada de esta manera si tienes previsto utilizarla, ya que conseguir sin medios adecuados que sea estable y perfecta es difícil. Hay que agregar los componentes uno a uno, a diferentes temperaturas, y dejando un tiempo de reposo específico para cada incorporación. Por descontado, la proporción ha de ser exacta, sin posibilidad de la más mínima variación. Pero una vez conseguida, solidificarla es relativamente sencillo. Como ves, me gusta ser previsor.

Dejó de remover con la cucharilla y apartó la taza del fuego.

—Esto ya está. Ahora, comprobemos que no hay reacción negativa.

Extrajo cinco centímetros cúbicos de mezcla con otra jeringuilla y la vació en el frasco donde ya había Destino Final. Al entrar en contacto todas las sustancias, la mezcla resultante tomó el color de la arena.

—Perfecto —asintió Mornadar, cogiendo el frasco y acercándoselo a los ojos—. Ahora viene la parte en teoría más complicada. ¿Cuánta cantidad debemos inyectar? A tenor de lo que dicen los maestros, basta con un centímetro cúbico por cada cuatro kilos de peso. No queremos contradecir a los maestros, ¿verdad? Hagámosles caso, pues. Bien, nuestro amigo debe rondar los ochenta u ochenta y cinco kilos de peso. Eso nos obliga a utilizar unos veinte o veinticinco centímetros cúbicos. Tampoco sabemos con exactitud su peso, así que nos está permitido ser un poco creativos en este punto. Le inyectaremos veinticinco. ¡Qué demonios! Hoy me encuentro generoso. ¡Le inyectaremos todo!

Cogió el frasquito que acababa de rellenar con la mezcla y lo vació en el cuenco metálico. Removió con delicadeza.

—Debemos ser rápidos; la mezcla final empezará a solidificarse de nuevo dentro de poco. Y ya no nos valdrá.

Se levantó y se acercó a Spasky, que gemía y chillaba de una manera extraña y patética, sin apenas abrir la boca. Pero sus gemidos eran verdaderamente desesperados, tétricos, cargados de impotencia ante el horror inevitable. Mornadar se reclinó sobre su pecho y le tomó el pulso en el cuello. Después, se sentó cerca de sus piernas.

—Todo en orden. Bathus, haz el favor de alcanzarme el cuenco y la jeringuilla grande. ¡Con cuidado!

Llenó la jeringuilla con la mezcla del cuenco.

—He comprobado que su pulso es aún regular y fuerte —expuso—. Ahora, le inyectaré cinco centímetros en la arteria femoral de la pierna derecha.

Colocó una aguja larga y ancha en la jeringuilla. Palpó el muslo, hasta que encontró el punto exacto. Clavó la aguja y apretó el émbolo.

—Bien. Otros cinco en la otra pierna. Después, cinco en cada arteria braquial, y el resto en la carótida, en el cuello.

Continuó con su operación, mientras Rajín observaba embobado. Jamás había visto algo parecido, ni tan siquiera en las pruebas con animales de Tusha. Ver actuar a un profesional en una acción tan delicada como aquélla era algo en verdad inusual, una ocasión única.

Cuando Mornadar se disponía a inyectar la última dosis, se volvió hacia Rajín.

—¿Quieres hacer los honores? —Le preguntó, ofreciéndole la jeringuilla.

—Será un placer.

Gateando, Rajín tomó la jeringuilla de manos de Mornadar. Ladeó la cabeza de Spasky y buscó la carótida. Durante un instante sintió la tentación de hacer algún comentario jocoso, o de soltar una diatriba explicativa y mortificante, como las que tanto gustaban a Spasky, como las que acababa de soportar. Pero, ¿para qué? No era más que un guiñapo que estaba cerca del fin, y lo sabía. Sus apagados gritos de horror lo ratificaban.

Cogió aire y miró a los ojos de su víctima, abiertos y acuosos, fijos en el cielo de Aris. Sería lo último que vieran. En el fondo, concluyó Rajín, aquel malnacido iba a tener suerte.

Con los mismos gestos diestros que acababa de contemplar, clavó la aguja y apretó el émbolo.

Los tres qassai se retiraron de Spasky como si cumplieran una orden o formase parte del ritual, y permanecieron silenciosos y abstraídos contemplando el cuerpo desnudo.

Spasky no se movió ni alteró su postura, pero sus miembros se crisparon. Los músculos se tensaron de una manera compulsiva y antinatural, encogiéndose, consumiéndose, endureciéndose, como si sus tejidos vivos se estuvieran convirtiendo en piedra y arena. ¿Acaso no estaba sucediendo algo así?

Pasaron los minutos. Sólo se escuchaba el grito de algún pájaro.

—Se acabó —Sentenció al fin Mornadar—. Spasky ha pasado a ser sólo un triste recuerdo del pasado.

© José María Boto Bravo, (3.318 palabras) Créditos