Jadeando, Rajín se detuvo frente a la valla que delimitaba la finca de Melkara. Había tardado más de dos horas en cruzar la ciudad por las calles menos concurridas, dando rodeos que serían absurdos para un neófito, escapando de la luz y de posibles patrullas... Alejándose del peligro para atacar a su presa sin sobresaltos. Oteó los alrededores. Estaba todo tranquilo y en silencio. Aún quedaba mucho para el amanecer; la noche seguía siendo su aliada.

Una verja, algo más modesta que la de la casa de Barallian, rodeaba la propiedad de Melkara por la parte posterior a la avenida Fleurin. No halló ninguna puerta de servicio que le fuera útil. Así que siguió recorriendo el perímetro, escondido entre las sombras, hasta que llegó frente la entrada principal. Nadie hacía guardia en la puerta de acceso, ni había faroles que la iluminasen. La mansión parecía oscura, y tan silenciosa como el resto de la ciudad. Sonrió satisfecho: creyó que había llegado antes que la noticia del asesinato de Barallian. Su determinación daba los frutos esperados.

Se acercó a la puerta. Encendió una linterna. Vertió sobre el candado unas cuantas gotas de ácido. Entró en la propiedad, apagó la linterna, y se acercó con precaución a la casa a la débil luz de las estrellas. Las ventanas estaban también protegidas por rejas. Buscó una entrada auxiliar. ¿Por qué no repetir los mismos pasos de antes? Al fin y al cabo, habían resultado exitosos.

Rodeando la mansión, llegó a la puerta trasera. Volvió a encender la linterna y observó la cerradura. Sonrió. ¡Estaba resultando todo tan sencillo!

Antes de que llegase a apuntar con su automática a la cerradura, sintió un agudo pinchazo en la base del cráneo. Apenas tuvo posibilidad de girarse: sintió que los músculos se le paralizaban y ablandaban, que las piernas se doblaban. La automática cayó al suelo. A la luz de la linterna que acababa de caérsele, pudo ver a una figura envuelta en una capa negra que se acercaba desde la oscuridad.

Supo que era Spasky. Pese a la señal de alerta, nada en su organismo parecía responder a sus órdenes: se desmoronó sobre el suelo como si su cuerpo estuviera hecho de espuma.

La figura se paró a un par de metros de Rajín. Echó hacia atrás una capucha y se quitó unas lentes de visión nocturna, sin dejar de apuntarle con una pistola de dardos.

—¡Luz! —Gritó Spasky.

Varias lámparas se encendieron. Spasky se acercó más aún. Agachándose, recogió del suelo la automática, la arrojó lejos, y le cacheó con la pericia propia del que sabe qué buscar y dónde. Le quitó la daga y el estuche de venenos.

—¡Vaya! ¿Qué tenemos aquí?

Agarró la mano derecha de Rajín y la volteó.

—¡Si es todo un qassai del Satrai de Gálasti! —Exclamó Spasky con tono alegre—. ¡Tan joven! ¡Qué afortunada sorpresa! Pero, para su desgracia, es tan torpe como todos los demás. Aquí acabó tu carrera, de Sura.

Rajín permanecía absolutamente consciente, pero incapaz de mover un solo músculo. Incluso le costaba respirar, aunque eso no impedía que tuviera el intelecto y los sentidos tan lúcidos como siempre. Salvo el tacto: era como si su mente flotase sobre un lecho blando y ajeno. Spasky le había inyectado una dosis de algún veneno paralizante a través de un dardo. Y justo en la parte alta de la nuca, el punto preciso para que hiciera efecto de modo fulminante. Hizo un esfuerzo por averiguar de qué veneno se trataba. Pero desistió. ¿Para qué? ¿Qué importancia tenía ya? Concluyó con pesar que sus días habían terminado. Cerró los párpados, aunque también le costó hacerlo. Rezó a los dioses, mientras recordaba los sabios consejos de su tío respecto a su alocada y absurda búsqueda de venganza. Se sintió ridículo.

—¡Rápido! ¡Transporte! —Ordenó Spasky.

Melkara, saliendo por la puerta auxiliar, se acercó a ellos. Durante unos segundos observó con interés a Rajín. Al fin, negó con parsimonia.

—En efecto, es el primogénito de los Sura —le dijo a Spasky—. Es todo suyo. Espero que sea más cruel aún de lo que habitualmente es. Esta gentuza sí que se lo merece. Ha traspasado todos los límites.

Spasky sonrió.

—Es usted el nuevo presidente de esta basura de país —comentó con un gesto despectivo, mirando con ojos brillantes a Rajín—. Disfrute del cargo. Yo disfrutaré a mi modo. Un magnífico ejemplar, ¿no cree?

Melkara, como respuesta, miró de nuevo a Rajín con gesto inescrutable y se internó en la casa.

Varios hombres llegaron conduciendo un carro tirado por dos percherones. Spasky ató las manos y los pies de Rajín con bridas de cuero. Entre todos, le arrojaron sin contemplaciones sobre el carro. Spasky subió al pescante, se tapó la cabeza con la capucha, arreó a los caballos, y el carro salió de la propiedad, perdiéndose en las calles de Faneqa.

Rajín contemplaba el cielo estrellado, que se balanceaba siguiendo el traqueteo del carro. Era el cielo el que se movía: él no sentía el movimiento, ni ningún dolor, ni ninguna otra sensación. Flotaba, viendo y escuchando lo que ocurría a su alrededor, en un limbo que podría haber sido agradable en otras circunstancias. Pasaron por calles que pudo reconocer, pese a su escorada perspectiva, por algunos detalles: una farola, el alero de un edificio, las ramas de algún árbol concreto. Al fin, el carro abandonó Faneqa por uno de los caminos secundarios que llevaban a las granjas más cercanas a la ciudad.

—Bueno, de Sura —dijo Spasky con voz jovial—. Creo que no hará falta que me presente. De todos modos, lo haré. Soy Brand Spasky. Y te diré algo: has cometido un tremendo error volviendo a Karamai. Aunque ya da igual. Ahora me perteneces. Tendrás ocasión de vivir unas experiencias que poca gente tiene el privilegio de gozar. Sí. No serás como uno más de esos tipos que pasan por la vida sin apenas haber sentido. Te puedo asegurar que tú llegarás mucho más lejos.

Rajín no permitió que su imaginación comenzase a derivar entre las aterradoras posibilidades que se le ofrecían y decidió ser positivo y valiente. Lo último que debía hacer, pese a lo precario de su situación, era dejarse llevar por el miedo. Tenía claro que iba a morir; pero debía buscar, y hallar, una salida lo más decorosa posible. Era un qassai, y debía comportarse con honor hasta el final. Tal vez, el efecto del veneno comenzase a desaparecer dentro de poco; tal vez tuviera la ocasión de entablar una lucha, aunque la misma le costase una segura muerte. Cualquier cosa antes que terminar como un muñeco en las manos sádicas de Spasky. Cualquier cosa antes que continuar así.

—Dudo que haya otra vida —prosiguió Spasky con su monólogo—. ¿Crees en los dioses? ¡Cómo no! ¡Claro que sí! A veces me olvido de dónde estoy. ¡Los arisios sois tan crédulos, tan infantiles! En todo caso, querido niño, si hay otra vida podrás presumir de haber experimentado el más exquisito dolor, el más doloroso placer, sensaciones desconocidas para todos los demás; y si no la hay... tu vida no habrá sido tan inútil como la del resto del ganado que puebla este repugnante planeta. Afinaré tus nervios, tus sentidos, tu mente, tu alma... ¡Todo tu ser! Vibrarás en armonía con el paraíso y con el infierno a la vez. Majestuoso, ¿verdad? Qué afortunado eres. Sí. Conseguiré que antes del fin me des las gracias por haberte hecho trascender a lo meramente humano. Sólo he conseguido que una vez me dieran las gracias. ¿Te lo puedes creer? ¡Todo mi talento al servicio de los sentidos de un extraño, y una sola persona me lo ha agradecido!

Spasky, tras chasquear los dientes, continuó.

—Eres un muchacho extremadamente fuerte. ¡Qué buen ejemplar de karamoi! Bien, eso es algo que me gusta. Durarás mucho más que cualquier otro, y podré indagar más a fondo, con la seguridad de que no te derrumbarás a la primera. O, al menos, eso supongo. A veces me llevo cada decepción... Aunque, tal vez... No sé, ya veremos.

Rajín intentó no pensar en lo que estaba escuchando, imaginándose qué le haría a un charlatán como su captor si estuviera en plenitud de facultades: cómo le atacaría, como le haría cerrar la boca. Spasky dejó correr el tiempo, mientras parecía meditar, arreando a las bestias con rítmica parsimonia. Con voz grave, dijo al fin.

—Por desgracia, no lo tengo claro del todo. De Sura, es posible que te despiece y te venda por trozos. El caso es que tengo varias peticiones que atender. ¿Sabes lo que puede llegar a pagarse por un hígado joven y fuerte como el tuyo? ¿Y qué me dices de esos deliciosos ojos verdes? Por no hablar de los riñones, o de ese poderoso corazón... Hum. La tentación de disfrutar contigo es fuerte. Pero a veces debe primar el sentido práctico, ¿no crees? De todos modos, ¿qué sabrás tú? No eres más que otro arisio pueblerino.

Abandonaron el camino. El carro transitó sobre un lecho de piedras picudas. Al Oeste, comenzaba a salir Vega Seis. Una claridad de un gris lechoso se iba comiendo las sombras. Amanecía sobre Karamai.

Rajín se preguntó hacia qué lugar se dirigían. Dos opciones se le presentaron: los roquedales siempre olvidados, o alguna granja de los alrededores. Intentó mover los dedos de las manos. Ninguno le respondió. Sin embargo, cada vez le costaba menos respirar o parpadear. Intentó, también, mover la cabeza. Tampoco lo consiguió. Pero algo le indicaba que estaba en el camino correcto, que debía seguir intentándolo, que su empeño al final tendría éxito. Sentía algo que rodeaba su mente, algo que comenzaba a hacerse tangible, algo que era su propio cuerpo. Tal vez Spasky le había inyectado una dosis de veneno poco efectiva para su peso; o tal vez los dioses le ayudasen como había pedido y se merecía.

Entonces, se acordó de su tío Bathus y de Mornadar de Silvestri. Ambos habían llegado antes que él para dar caza a Spasky. ¿Sabrían lo que le estaba sucediendo? ¿Lo llegarían a saber antes de que ocurriese lo inevitable? No pudo sonreír, pues los músculos de su cara seguían sin responderle. Pero, mentalmente, sin necesidad de utilizar un solo músculo, sonrió. Sí. Seguro que Bathus... ¡No, no era ya su tío, era su Satrai! ¡Todo el honroso Satrai de Gálasti! ¡Todos los Satrai de Matsumai! Con certeza, algún qassai estaría cerca para ayudarle. ¿Por qué no?

En aquel instante, Spasky tiró de las riendas como si se hubiera topado con un accidente imprevisto.

—¡Alto! —Gritó.

Los animales detuvieron el paso. Spasky se giró hacia Rajín, le observó durante un par de segundos con los ojos entrecerrados, y saltó con agilidad desde el pescante al carro. Se quitó la capucha.

—¡Ah, demonio arisio! ¡Casi me engañas! —Dijo, sonriente, en pie sobre el carro, apuntándole con la pistola de dardos.

Spasky echó hacia tras su capa. Rajín le vio manipular en un chaleco grueso con muchos bolsillos, un chaleco con apariencia de ser pesado y rígido... un chaleco protector. Había oído hablar de ellos, pero jamás había visto alguno. Sacó un estuche de piel, parecido al suyo de venenos. ¿O era idéntico?

—Ahora, te inyectaré Lengua Vivaracha —dijo, moviendo la cabeza con falsa pesadumbre—. Como bien sabrás, hará que me digas todo cuanto debo averiguar. ¿Pensabas que me ibas a engañar?

Sacó del estuche un frasquito y una jeringuilla que llenó con el veneno. Después, se agachó, buscó una arteria en el cuello, y le clavó la jeringuilla. Mientras apretaba el émbolo, dijo.

—No pienses que soy tan tonto. No penséis ninguno en vuestro Satrai que lo soy. Ahora, me dirás si eres un simple cebo o un payaso imbécil en busca de gloria.

Rajín no llegó a sentir el pinchazo de la jeringuilla. Ni los efectos del veneno: en su estado, era solamente un grado más en la obligatoria dejación en la que flotaba. Si aquel tipo hacía preguntas, iba a contestarlas ateniéndose a la realidad. Es más, ¿podría negarse? No. Estaba bajo los efectos de Lengua Vivaracha. Efectos que no supo distinguir entre el marasmo de falta de sensaciones que le rodeaban. En todo caso, ¿qué más daba? Respondería con la verdad, quisiera o no. Pero esa verdad no le supondría ningún perjuicio. Ni a él, ni a Bathus o Mornadar.

Spasky dejó pasar el tiempo. Encendió una pipa de algo que Rajín reconoció como kash, y fumó, deleitándose en cada calada. Unos minutos después, comenzó el interrogatorio.

—¿Cómo te llamas? —Preguntó Spasky.

—Rajín de Sura —contestó con dificultad, pero sin poder presentar oposición.

—¿Perteneces al Satrai de Gálasti?

—Sí.

—¿Has venido solo?

—Sí.

Spasky tomó aire como si le hiciera falta para respirar y continuó.

—¿A qué has venido a Faneqa?

—A matar a Barallian y Melkara.

—¿Buscando venganza por lo que le pasó a tu familia?

—Sí.

—¿Alguien sabe en tu Satrai que has venido a Faneqa?

—No.

—¿Ni tu tío Bathus de Sura?

—No.

—¿Vienes a título individual?

—Sí.

—Dime dónde está Bathus de Sura ahora.

—No lo sé.

—¿Está en Karamai?

—No lo sé.

—¿Dónde supones que pueda estar?

—En Karamai.

—Pero no te consta.

—No.

Spasky volvió a encender su pipa y fumó con gesto concentrado. Al fin, continuó.

—¿Me han tendido una trampa?

—No lo sé.

—Hum. Debo ser más preciso. ¿Te consta que Bathus o algún otro qassai me esté tendiendo una trampa?

—No.

—¿No estás participando en una maniobra destinada a cogerme o acabar conmigo?

—No.

—¿Alguien sabe que estás aquí?

—Fortunai Visser.

—¿Es otro qassai?

—Sí.

—¿Dónde está ese Visser?

—Supongo que en Gálasti.

Spasky se puso en pie, sin dejar de observarle. De vez en cuando oteaba alrededor, entrecerrando los ojos, fumando concentrado.

—Así que eres un justiciero solitario —dijo al fin—. ¡Perfecto! Aunque tal vez Bathus de Sura ande por aquí, acompañado de alguno de sus odiosos compañeros. No podemos perder más tiempo. ¡Debemos partir de inmediato! Lo importante ahora eres tú. No deseo posponer más la decisión que tome con respecto a ti. Ya tendré ocasión de atrapar a Bathus. Eres grande y fuerte, y los efectos del dardo durarán poco tiempo más, así que debo prepararte para tu futuro inmediato, sea el que sea. ¡No debo estropearte!

Volvió al pescante y arreó a las bestias. Se echó la capucha de la capa hacia adelante tapándose la cabeza, y comenzó a murmurar en voz baja frases que Rajín no pudo escuchar.

El carro inició una bamboleante y alocada marcha por el camino pedregoso. Unos minutos después, Rajín observó cómo se introducían en un pasillo entre rocas, que se iba haciendo cada vez más angosto y de paredes más altas. A la luz incierta del amanecer, parecía que la noche hubiera vuelto a envolverles.

Rajín reconoció el lugar. Así que ahí era donde tenía Spasky su guarida. Retomó los intentos por mover alguna parte de su organismo. No podría asegurarlo, pero creyó mover los dedos de su mano derecha. ¿Era posible? Se concentró en continuar con sus esfuerzos. Bathus y Mornadar no aparecían; con certeza, supuso sombrío, no aparecerían nunca. El tiempo corría en su contra. Comenzó a rezar. Mientras musitaba sus plegarias, sintió que se movía su mano derecha.

Ya se veía la explanada al fondo del camino. Spasky se permitió una sonrisa.

© José María Boto Bravo, (2.549 palabras) Créditos