Las jornadas pasaron monótonas. El Rata del río hizo la primera de las paradas previstas. Rajín descendió del barco en Unita, una aldea miserable, apenas una veintena de casas cercanas a un minúsculo embarcadero de madera, rodeadas por un bosque de erdes descuidado y lleno de basura como si fuera un vertedero. Aprovechó para informarse en la taberna. Allí se enteró de que el Pez Volador había hecho también escala en Unita hacía casi dos días.

Rajín decidió no volver a descender en ninguno de los puertos que quedaban. ¿Para qué? Sabía que su tío le sacaba una distancia más que prudente, y que el Pez Volador seguiría ganándoles terreno a medida que transcurrieran las jornadas. Algo ideal para sus intereses.

Sin haber trazado algún plan previo, sin contemplar la necesidad de tenerlo, Rajín se repetía constantemente: «Planificación sobre el terreno», tal como en su día les recomendó el Sizzar. Y no les había ido nada mal en Durre. Pero, en aquella ocasión, algo en su interior le decía que no iba a resultar tan sencillo, que debería trazar un plan meticuloso desde antes de llegar a Faneqa. Si todo se había complicado hasta el punto que había dicho Bathus, y todas las señales indicaban que así había sido, debería medir bien sus pasos. Eliminar a Barallian y Melkara, tan sólo unos días antes, habría supuesto para él un juego. Ya no lo era. Recordó el rictus de seriedad de Mornadar de Silvestri, dentro del vehículo donde vio por última vez a su tío. Recordó una por una las palabras de Bathus. No, no iba a resultar sencillo. Pero él lo haría.

* * *

Era aún noche cerrada, y el Pez Volador navegaba con los motores apagados, lento, empujado por un flojo viento del este, arrimado a la costa boscosa. Quedaban aún unos cuantos kilómetros para llegar a Faneqa.

Desde la cercana aldea de Chamint le llegó al capitán Lynn el resplandor de un solitario farol sobre la puerta de la posada. Mandó echar el ancla y soltar un bote. Después, bajó a despertar a Bathus y Mornadar.

A la llamada del capitán, los dos asesinos se levantaron y se calzaron. Habían dormido vestidos, pendientes de ese momento. Se lavaron la cara con agua de un cubo y cogieron sus equipajes.

Sacaron sus automáticas y las comprobaron. Gestos mecánicos, de profesionales, en cierto modo innecesarios. Después, se miraron serios y asintieron.

—Caballeros —dijo el capitán Lynn—, no se demoren. Hemos echado el ancla en el punto acordado. A cubierta.

Un bote flotaba amarrado al barco.

—Ahí está Chamint —señaló con su mentón—. Bajad al bote. Precaución, amigos. Suerte.

Un marinero se asomó a la baranda, alumbró con una linterna, y descendió por una escala. Bathus abrazó al capitán.

—Gracias, Glastic. En mi nombre y en el de mi compañero.

—¡Bah! Déjate de dar las gracias, y vuelve. Invítame a beber en cualquier taberna de Arvan. Con eso me sentiré pagado.

Mornadar inclinó la cabeza en dirección al capitán como señal de respeto. Después, descendió por la escala. Bathus le siguió. Cuando los dos estuvieron sentados en el bote, el capitán soltó la maroma. El bote se fue separando del barco.

Bathus encendió la linterna, mientras el marinero hundía los remos en el agua oscura.

El bote se deslizó con suavidad hasta topar con el limo de la orilla. Bathus y Mornadar saltaron a tierra. En silencio, alumbrados por la linterna, caminaron hasta llegar a la posada. Bathus miró al cielo estrellado, la mirada perdida en la noche, mientras golpeaba la aldaba.

El posadero tardó en aparecer. Bostezando, les invitó a entrar.

—¿Qué se te ofrece, Bathus de Sura? —Preguntó en voz baja.

—Alojamiento y disponer de un par de monturas. Y que te olvides de mi nombre. No le digas a nadie que me hospedo en tu casa, ¿entendido?

El hombre asintió, como si corroborara algo pensado con anterioridad.

—Problemas, amigo —masculló, serio y cabizbajo—. Tendrás muchos problemas. No diré ni una palabra, puedes estar seguro. Pero eso no te evitará tenerlos. Las cosas están difíciles allí en Karamai.

El posadero les llevó hasta una habitación en la planta superior, donde dejaron su equipaje. Bajaron al salón y tomaron té recién hecho, contemplando en silencio el amanecer a través de una ventana.

—Bueno. Ha llegado la hora —suspiró, al fin, Mornadar—. Voy a echar un vistazo.

Salió de la posada, montó en el caballo que le ofreció un mozo. Siguiendo el camino que le había indicado Bathus, cabalgó a paso lento, estudiando con detenimiento el entorno. Cruzó el bosquecillo que llevaba al puente del Albant; antes de que el animal pusiera una pezuña en el puente, lo forzó a detenerse en seco. Mornadar abrió los ojos con asombro; inconscientemente, agarró su automática y la desenfundó. Lo que estaba contemplando no era para menos, aún tratándose de un qassai veterano. A cada lado de la entrada del puente habían dos postes de madera, clavados con precipitación y falta de pericia: ambos se torcían. Y atados a ellos, daban la bienvenida a la ciudad dos cadáveres desnudos. Mornadar descendió del caballo y se acercó al cadáver que tenía más cerca. Era el cuerpo de un hombre joven y delgado, con el rostro congestionado por el dolor. Examinó el cadáver más de cerca aún. Parecía llevar muerto entre cuatro y siete días. Se fijó en varios detalles: la faltaban las puntas de los dedos de los pies y de las manos, también las rótulas de las rodillas. Se acercó al otro cadáver. Era el de un hombre algo más mayor, corpulento, pero con la misma cara desencajada. A éste le faltaban las manos y los pies. Mornadar volvió a su caballo, montó en él. Se acercó de nuevo al segundo cadáver. Con cuidado, le levantó la cabeza. Pese a todos los inconvenientes, pudo reconocerle. Era Omar Flatt, del Satrai de Adenas. Se acarició los fetiches del pecho y musitó una oración breve. Mirando alrededor, dijo en voz baja.

—Está claro el mensaje, hijo de todos los demonios. Está claro.

Elevó la cabeza, se atusó el bigote, y oteó alrededor, conteniendo la respiración. Soltó el aire de golpe y cruzó el puente.

Repasando mentalmente el plano de la ciudad que le había dibujado Bathus, callejeó hasta que localizó la cervecería de Hank. La gente con la que se cruzaba parecía presurosa y grave. Casi todo el mundo caminaba con la cabeza baja, con aire temeroso, pero con ese aura de suficiencia tan propia de los karamoi, con su famoso orgullo de estirpe. Al reparar en él, le miraban con descaro durante un instante para después girar el rostro. Reconocían su condición de extranjero. ¿Acaso también la de qassai? A Mornadar, por supuesto, no le agradó aquella situación. Sin llegar a ponerle nervioso, sí le hizo extremar las precauciones.

Descendió del caballo y entró en la taberna, pensando en lo extraños que eran los karamoi... y sin poder borrar de su mente la imagen de los dos cadáveres que Spasky había colocado como advertencia.

El local se encontraba vacío de clientes, oscuro, silencioso. Se acercó a la barra.

—¿Alguien sirve una copa a un viajero? —Gritó—. ¿No atiende nadie en esta casa?

Un hombre bajo y musculoso apareció tras una puerta. Le miró con una mezcla de temor y sospecha durante un tiempo que a Mornadar se le antojó demasiado largo.

—No quiero problemas, amigo —dijo el hombre, mordiendo las palabras.

—Ni yo. Sólo quiero tomarme una copa de rake. ¿Es posible?

El camarero, reluctante, cogió una botella del mostrador y llenó una copa. La puso ante Mornadar con brusquedad, sin dejar de observarle.

—No me gusta usted —concluyó al fin, cuando terminó su escrutinio—. Creo que es otro de esos asesinos. Han venido varios, pero todos han terminado mal. Puede verlos colgando en el puente del Albant, o en el puerto.

—¡Vaya! Así que esos dos cadáveres son de asesinos —dijo Mornadar simulando sorpresa—. Y dice que hay más en el puerto...

—Otros tres.

—¿De asesinos, dice?

—Así es. Bébase su copa y váyase de aquí.

—¿Qué le hace suponer que soy un asesino?

—Como le he dicho antes, no quiero problemas.

Mornadar se sentó en un taburete con tranquilidad y cogió la copa. Se mojó los labios con el licor.

—Buen rake, sin duda. No tiene por qué alterarse; sólo soy un negociante de paso por la ciudad —dijo, encogiéndose de hombros—. Por cierto, le estaba buscando a usted.

—¿A mí? ¿Para qué?

—Para proponerle un negocio que no querrá rechazar.

—Estoy servido de todo —negó—. Tengo todo lo que necesito.

—Pero le puedo hacer ganar mucho dinero. A cambio, sólo pido un rato de su tiempo.

—¿Mucho dinero? ¿Cuánto?

—Pongamos cien geas.

—¿Me ofrece dinero? ¿Qué se supone que debo hacer?

—Acompañarme a visitar a un viejo amigo suyo.

El hombre dio un paso hacia atrás sin despegar la mirada de Mornadar.

—Explíquese.

—Bathus de Sura.

Un silencio ominoso se adueñó de la estancia. Mornadar, con parsimonia, bebió de su copa. Tras chasquear la lengua, se dirigió al sorprendido hombre.

—Ahora saldré y cogeré mi caballo. Dentro de una hora saldrá usted. Le esperaré en el bosque que hay tras cruzar el Albant por el último puente.

—¡Bathus! —Exclamó el camarero—. ¿Dónde está?

—No se lo voy a decir. El trato es el que le he explicado. Le llevaré hasta Bathus de Sura y le daré cien geas. ¿Le interesa, o no?

—No quiero problemas.

—Es usted un pesado y un cobarde, caballero. No tiene por qué tenerlos. Bathus sólo desea charlar un rato.

—¿Quién me dice que usted no ha sido enviado por el Consejo?

—Absurdo. ¿Para qué iba a enviarle alguien el Consejo? ¿Están buscando conspiradores, espías? ¿Aquí, en su taberna?

—Es posible.

—No entiendo sus recelos. Si alguien quisiera eliminarle lo haría en cualquier momento, sin excusas ridículas. Yo mismo ahora, si me lo propusiera. ¿Para qué invitarle a una excursión? No sea ridículo, caballero.

El camarero torció la cabeza.

—Son tiempos difíciles y raros.

—Está bien —sentenció Mornadar, levantándose con gesto de hastío—. Tengo por norma respetar el miedo ajeno. En cualquier caso, le esperaré en el lugar acordado. Si viene, bien. Si no lo hace, tampoco creo que Bathus pierda mucho. Desde luego, usted perderá cien geas.

Dejó una moneda sobre el mostrador y se dio media vuelta, encaminándose a la puerta. Antes de salir del local, mientras sentía aún la mirada de Hank clavada en su espalda, dijo.

—¡Ah, por cierto! Usted tampoco me gusta a mí, miserable karamoi de los demonios.

Salió del local y montó en su caballo. A paso lento deshizo el camino hasta el puente. Aunque parecía ensimismado en sus pensamientos, escrutaba todo con ojos entrenados. La gente con la que se cruzaba le observaba de esa manera fugaz y desconcertante. Mornadar, desasosegado, deseaba salir de la ciudad cuanto antes. Cuando cruzó el puente, tras pasar al lado de los cadáveres de sus compañeros qassai, volvió la cabeza hacia Faneqa y escupió al suelo. Algo en su corazón le decía que aquella tierra le vería morir.

Se internó en el bosque. Eligió un lugar desde el cual pudiera controlar el puente y desmontó. Se dedicó a repasar una y otra vez las armas que llevaba encima: la automática, la daga, el estuche de venenos. No tenía otra cosa mejor que hacer, y debía dejar correr el tiempo. Estar en contacto con sus armas le calmaba, le hacía sentirse más seguro.

Estaba a punto de irse cuando un carromato se detuvo nada más cruzar el puente. Algunos carros y jinetes habían pasado en ambos sentidos, pero ninguno se había detenido. Como mucho, habían parado para contemplar los cadáveres durante un momento; pero, de inmediato, retomaban camino.

Del carro descendió Hank, que se despidió del conductor levantando el brazo. El carro se perdió en el bosque, mientras Hank permanecía en pie, intranquilo a todas luces, sin saber qué hacer.

Mornadar montó en su caballo y se acercó a él.

—Suba —le indicó—. Rápido.

Hank montó en el caballo. Mornadar lo espoleó y tomaron el camino en dirección a Chamint.

—¿Se puede saber dónde vamos? —Preguntó Hank.

—A Chamint.

Siguieron en silencio. Al fin, llegaron a la posada. Dentro, Bathus les esperaba en el salón, sentado a una mesa apartada. En cuanto les vio llegar se levantó.

—¡Alabados sean los dioses! ¡Bathus de Sura! —Dijo Hank, saludándole.

—Silencio —recomendó Bathus—. Siéntate.

Los tres tomaron asiento a la mesa.

—¿Qué haces aquí, amigo? —Preguntó Hank—. ¿Has venido a...?

—¡Calla! —Le cortó Bathus—. Y no levantes la voz. Si estás aquí es porque deseo charlar un rato contigo, no para que nos corramos una juerga.

Hank asintió y guardó silencio.

—Bien, deseo que me contestes con franqueza a algunas preguntas. Circunscríbete en tu contestación sólo a lo que te pregunte. ¿Has entendido?

Hank volvió a asentir.

—Perfecto. La primera pregunta es, ¿cuántos asesinos han llegado hasta hoy a Faneqa?

—Cinco.

Mornadar de Silvestri, haciendo una floritura con sus manos, se levantó.

—Voy a pedir algo de beber —dijo—. Pero añadiré un comentario a las palabras de tu amigo el cervecero que creo es de gran interés: los cinco están muertos. A dos de ellos les he visto colgando del puente. Con las manos y las piernas mutiladas o cercenadas. ¿Te suena de algo?

Y se fue a la barra.

—Así que han venido cinco —musitó Bathus—, y los cinco están muertos. Bien, Hank, ¿sabes qué les ha podido ocurrir?

—¡Cómo no! —Respondió con una sonrisa—. Ha sido obra del tipo que ha contratado el Consejo.

—¿Sabes cómo se llama esa persona?

—No.

—¿Has llegado a verle?

—No.

—¿Se deja ver en la ciudad?

—Que yo sepa, no.

—Entonces, ¿cómo estás tan seguro de que es obra suya?

Hank se rascó la punta de la nariz encogiendo los ojos.

—Se sabe, y punto —contestó—. El tipo nunca se ha dejado ver en público. Pero todo el mundo sabe que está en la ciudad a las órdenes de Barallian y Melkara.

—¿Vive en la ciudad, en alguna posada, en casa de Barallian o Melkara?

—Lo dudo. En todo caso, que yo sepa, no.

—Tal vez en algún barco amarrado al puerto...

—No me consta.

Mornadar regresó con dos jarras de cerveza. Puso una delante de Bathus. Sentándose, bebió de la suya mirando a Hank.

—Bien, Hank —dijo Bathus—. Entonces algo está claro: el tipo actúa, pero nunca se deja ver. ¿Correcto?

—Sí.

Bathus se acarició el mentón asintiendo despacio, como si corroborase algo que ya intuía.

—¿Ha promulgado algún decreto últimamente el Consejo? —Preguntó.

—No. Creo que el último fue el que os expulsó a los Sura de Karamai. Al nuevo Consejo no le son necesarios los edictos para gobernar, ni los comunicados, ni los decretos.

—Luego no hay constancia oficial de que ese tipo trabaje para el Consejo.

—No, no la hay. Pero eso no quiere decir que no sea del dominio público que trabaja para Barallian y Melkara. Tal vez no lo haga para el Consejo, pero sí para ellos.

—Ya. Entiendo. Otra pregunta: ¿Alguien ha molestado a Barrallian o a Melkara?

—¿Qué quieres decir? ¿Alguno de los asesinos?

Bathus asintió.

—¡Por supuesto que no! Ni ellos, ni nadie.

—¿Seguro?

—Una noticia así sería del dominio público en cuestión de minutos. No. Ellos viven en sus mansiones, a salvo de cualquier peligro. Cuando salen a pasear o al salón del Consejo van acompañados de sus hombres.

—Ahora, dime: ¿cómo están las cosas en Faneqa?

Hank, encogiéndose de hombros, negó despacio con la cabeza.

—Más o menos como siempre. La única diferencia es que esos dos propietarios mandan de forma abierta y descarada. Antes también lo hacían, aunque de un modo, digamos, encubierto. Por lo demás, la vida sigue. Hay miedo en las calles, es cierto. No estamos acostumbrados a ver cadáveres colgando en nuestra ciudad, y la gente procura no discutir con los propietarios o con los vecinos. Ha habido alguna que otra subida excesiva de arriendos; pero es mejor no discutir, ¿no crees? Cada cual va a lo suyo. La gente cumple con las leyes ancestrales y se ajusta a la realidad.

—¿Nadie se ha quejado por las subidas?

—Algunos lo han hecho. Pero no les ha servido de nada. Han vuelto cabizbajos a sus quehaceres, convencidos de que no queda más remedio que cumplir y aguantar. A mí, sin ir más lejos, me han subido un veinte por ciento el arriendo, y debo pagar un impuesto especial. ¿Qué he hecho? Pagar y callar. ¿Acaso tengo otra opción?

—Cambiemos de tema. ¿Sabes cómo se llevaron a cabo los asesinatos de los tipos que hay colgando?

—No. Te despiertas una mañana, y te sorprenden con la noticia de que hay un cadáver mutilado colgando de una soga en el puerto. Vas a verlo, y te preguntas qué demonios ha podido pasar. Pero nadie se atreve a mover un pelo, ni a hacer demasiadas preguntas. Si el Consejo lo permite, ¿quiénes somos los demás para cuestionarlo? Al día siguiente cuelga otro; y otro, y otro... Todo el mundo sabe lo que está ocurriendo. Pero todos seguimos con nuestras vidas, procurando no acabar como esos desdichados.

—Sabéis que se trata de asesinos profesionales. ¿Por qué?

—Al parecer, no pasaron inadvertidos del todo. Según fueron llegando a Faneqa, tomaron habitaciones en las posadas del puerto, donde es mucho más fácil pasar desapercibidos. Al fin y al cabo, aunque modesto, es un puerto, y siempre hay gente de paso, marineros, comerciantes... Ignoro si se presentaron como asesinos. Pero te puedo asegurar que, a las pocas horas, todo el mundo lo sabía en la ciudad.

—Otra pregunta. Aparte de los cadáveres colgantes, ¿se ha visto algo extraño?

—¿A qué te refieres?

—Algo que se salga de lo habitual. Un vehículo aéreo, por ejemplo.

—¿Qué? —Preguntó Hank, abriendo mucho los ojos.

Mornadar volvió su mirada a Bathus, con un gesto de evidente extrañeza dibujado en su rostro.

—Tu perplejidad ha contestado mi pregunta —apuntó Bathus—. Bien, Hank, creo que no tengo más preguntas que hacerte. ¿Deseas añadir algo?

—Poco puedo añadir —contestó, encogiéndose de hombros—. Todos esperamos que vengan tiempos mejores; mientras tanto, seguimos a lo nuestro. Las cosas han cambiado, pero tampoco te creas que demasiado. Al fin y al cabo, los ánimos siguen encrespados por lo que les pasó a los pecqoi en la peregrinación. En general, se piensa que con un Consejo fuerte esas cosas no volverán a pasar. A nadie le gusta que aparezcan cadáveres colgando, pero no son de karamoi. Son de extranjeros, de desconocidos, asesinos para más señas. Hay quien opina que les está bien merecido por venir a nuestra tierra, y que el Consejo, o quien sea, debe saber defenderse. ¿Entiendes lo que te quiero decir?

Bathus, meditabundo, asintió. Las palabras de Hank ratificaban algo que siempre supo. Así eran los karamoi, y no esperaba de ellos otro proceder.

—Puedes irte, amigo.

Hank miró de soslayo a Mornadar. El qassai sacó una billetera de su chaqueta y le dio un billete.

—Adios, Bathus de Sura —se despidió Hank, mientras se levantaba—. Tal vez vuelvas algún día por mi casa a beber cerveza. Si es así, estaré encantado de volverte a ver.

—Por supuesto, no comentes con nadie que me has visto.

—¿Me tomas por tonto? Perdería más que tú.

—En todo caso, cierre el pico, ¿está claro? —intervino Mornadar—. Caballero, antes me repitió en varias ocasiones que no quería problemas. No se los busque conmigo.

Hank dio media vuelta y se marchó. Mornadar levantó el labio por un lado, mientras le veía salir de la posada.

—Hemos regalado cien geas a ese tipejo —dijo—. ¡Menuda información nos ha proporcionado!

—Tal vez lleves parte de razón. Pero debía intentarlo. Aunque hay algo interesante en lo que ha dicho... o en lo que ha dejado de decir.

—¿Me he perdido algo?

Bathus miró serio a Mornadar.

—Como te dije en su momento, Hank, aparte de un viejo amigo, es uno de esos taberneros que están más preocupados por la vida de los demás que por su propio negocio. Y por su taberna pasa mucha gente, mucha, de todo tipo. Hank acaba enterándose de todo lo que ocurre en Faneqa. Sin embargo, no sabe dónde puede estar establecido Spasky.

—Lo que corrobora mi tesis del regalo.

—Si Spasky estuviera en la ciudad, Hank sabría dónde, tenlo seguro. Por muchas precauciones que hubiera tomado. Faneqa es una ciudad pequeña, recogida en sí misma. Las noticias vuelan más aún que en cualquier otro lugar, y Hank es curioso y dispone de un medio inmejorable para informarse.

—¿Adónde quieres llegar?

Bathus bebió de su jarra y sonrió sombrío.

—Conclusión: Spasky no está en la ciudad. No de un modo permanente, al menos. Pero sí está en contacto con los dos tipos del Consejo, que le mantienen informado. Cuando le es necesario, viene a la ciudad y asesina. Después, se vuelve a largar.

—Hum. Eso supone disponer de unos medios técnicos nada despreciables. ¿Te referías a eso cuando hiciste la extraña pregunta del vehículo aéreo?

—¿Recuerdas cuando fuimos tras sus pasos? Ningún qassai, ninguno, de ningún Satrai, fue capaz de cazarle, y eso que estrechamos el cerco como nunca antes se había hecho. ¿Cómo pudo escapar?

—Es escurridizo, hábil, desaparece con rapidez—contestó Mornadar.

—De acuerdo. Pero, ¿cómo consigue escapar? ¿Qué medio utiliza? ¿Y adónde va?

Mornadar, como respuesta, elevó sus cejas. Bathus continuó.

—He dado muchas vueltas a todo lo que ocurrió en aquellos días, y lo que está sucediendo ahora confirma mis deducciones. He llegado a otra conclusión: Spasky dispone de un vehículo aéreo.

—Imposible —negó contundente Mornadar—. Eso está fuera de su alcance. ¡Vehículos aéreos!

—Atengámonos a los hechos. El Consejo tiene muchos hombres a su servicio, una eficaz red de chivatos. Barallian y Melkara están informados al momento de cuanto ocurre en Faneqa. Avisan a Spasky y éste viene desde donde quiera que esté. Es la única explicación lógica. ¿O prefieres pensar que es un fantasma?

—¿Sabes lo que estás diciendo? —Preguntó Mornadar, con gesto de sorna—. ¿Te refieres a una nave aérea? ¿Por qué no una nave espacial?

—No hablo de ningún yate. Debería tratarse de un vehículo pequeño, para dos o tres pasajeros como máximo.

Bathus, tras estas palabras, tomó aire y compuso un gesto serio. Había llegado el momento de soltar todo lo que llevaba dentro.

—He estado investigando sobre este asunto durante años. Me he estado informando a conciencia. Al parecer, los vehículos aéreos serán habituales dentro de poco en Aris. Mucho más que ahora, al menos. Por supuesto, no están ni estarán al alcance de cualquiera; pero varias empresas los utilizan en Yamunai y Fenai. Se trata de vehículos ligeros, con autonomía para trayectos cortos.

—Sólo sé de dos personas que dispongan de uno: el Gobernador de Matsumai, y Deirde Ballum, el dueño del Banco de Aris.

—Te propongo que uses tu conocida capacidad deductiva. Veamos, ¿de dónde procede Spasky? Nadie lo sabe con certeza.

—Se sabe que estuvo en Yamunai, en Titinda. Sobre ese punto no hay dudas. Y no creo que en la apartada Titinda, en la otra punta del continente, tan lejos de Pálasti, dispongan de ese tipo de vehículos.

—Estoy convencido de que Spasky procede de fuera de Aris. Al menos, ha estado en otros planetas. Seguro. Esa fue la conclusión a la que llegó también Raduk el Shaim.

—Lo sé. Pero eso no implica que tenga el dinero suficiente para conseguir uno de esos cacharros.

—Creo también que, cuando vino a Aris, trajo consigo muchas cosas aparte de sus venenos y sus armas.

—¿Se trajo un vehículo aéreo? —Preguntó con sorna.

—Ahí quería llegar. No, no creo que se lo trajera. Los vehículos aéreos vienen en naves espaciales desde la Tierra, donde se fabrican. Aquí no se venden directamente. Pueden pedirse por encargo; tras un tiempo, llegan a Pálasti. Como bien dices, sólo hay dos en Gálasti. En el resto del planeta, apenas cien más. Sé a quién y cuándo se los vendieron, incluso para qué. Tengo un listado. Casi todos son propiedad de empresas dedicadas a prospecciones geológicas. Por supuesto, ninguno pertenece a particulares que pudieran ser Spasky.

—Entonces, ¿te refieres a una nave espacial?

—¿Por qué no?

Mornadar negó con la cabeza risueño. Pero había algo en sus gestos que indicaba que no estaba del todo disconforme con lo que escuchaba, o que al menos lo sometía a análisis.

—Es una locura —dijo al fin—. Pero eso explicaría muchas cosas.

—Hay modelos pequeños, con capacidad para una o dos personas, muy útiles para la navegación de cabotaje... y que también sirven para desplazamientos aéreos, por supuesto. Son máquinas discretas y rápidas, pensadas para el transporte individual. Te permiten aterrizar en cualquier parte, hacer lo que tengas que hacer, y escapar sin que nadie te vea. En unas horas puedes estar en la otra punta de Matsumai... o de camino a Lira Cinco, por ejemplo.

—Pareces saber mucho al respecto.

—Conseguí gran cantidad de información. ¡Incluso me mandaron folletos publicitarios! Estoy dispuesto a asegurar que el modelo que tiene Spasky es uno de éstos.

Bathus sacó un papel de un bolsillo interior de su chaqueta y lo desdobló. Escrito a mano, había una lista.

  • * Saltador Venture. Corporación Dálmata.
  • * C108. Kassa Entreprises.
  • * Sable Plateado. Iberian Cosmical.
  • * Douce Promenade. Tracia Motors and Space.

Mornadar la repasó con detenimiento, pero con gesto de duda. Bathus encendió su pipa.

—Por supuesto —explicó, exhalando el humo—, la lista es antigua, de modelos que Spasky pudo adquirir antes de venir a Aris. Dudo que haya cambiado de nave en los últimos diez o doce años.

Mornadar le devolvió el papel sin variar su semblante de perplejidad.

—He de admitir que no tengo ni la más remota idea de todo esto —dijo apesadumbrado—. Nada sé sobre naves espaciales, o sobre otros planetas. El mero hecho de pensar en ese tipo de cosas me parece un capricho extravagante. Además, para serte sincero, no veo de qué nos puede servir.

—Reconoce, al menos, que existe la posibilidad de que disponga de una nave.

—Aún reconociéndolo, ¿qué más da el nombre del modelo?

—Oh, bueno, es sólo una forma como cualquier otra de perder el tiempo.

—En todo caso —sentenció Mornadar incorporándose y dándole unas palmadas amistosas en el hombro—, el trabajo de documentación es excelente. Bien, este aspecto, por descontado, jamás lo había tenido en cuenta, ni se lo había oído mencionar al Sizzar. ¿Supone una variación importante de nuestro plan inicial?

Bathus sonrió mordaz.

—¿Plan? ¿Qué plan? Sólo contamos con una serie de recomendaciones. Todas las reuniones que mantuvimos con el Sizzar se pueden resumir en dos palabras: prudencia y suerte. Recuerda que incluso se planteó la posibilidad de que Spasky ya estuviera muerto cuando llegásemos nosotros. Como supusimos, se trataba de una quimera.

Mornadar ladeó la cabeza.

—Tampoco se podía hacer mucho más desde Gálasti —opinó—. Pero ahora nos encontramos en su terreno de caza.

Después, abrió los brazos sonriendo sesgadamente.

—Te conozco, Bathus. Seguro que has pensado algo al respecto.

—El asunto es simple: ponerle un cebo, hacerle trabajar. Averiguar cómo llega hasta Faneqa, dónde desciende de la nave. Cuando regrese a su nave, tenderle una trampa y acabar con él.

—Discrepo. A mí no me parece tan simple.

—Spasky no desciende en el lugar donde opera. De hacerlo así, alguien habría visto su nave en alguna ocasión. Por lo tanto, lo hará en algún sitio lo suficientemente apartado para no llamar la atención. Una nave es algo que no pasa desapercibido, ¿no crees?

Mornadar asintió.

—Bien, Bathus, supongamos que llevas razón. Pero en todo este asunto hay muchos aspectos que me siguen sin cuadrar. Los llevamos dando vueltas desde el primer momento, y sigo sin encontrar respuestas convincentes. ¿Cómo es posible que Spasky haya sido contratado por estos palurdos? ¿Para qué, con qué objetivo? Liberaste a tu hermano, les diste un buen susto. ¿Justifica eso su contratación?

—Ya sabes que no me suelen importar demasiado las motivaciones ajenas; me atengo a los hechos demostrados. Pero te puedo contestar.

—Adelante —le invitó con una reverencia burlona.

—Ignoro cómo Barallian y Melkara supieron de la existencia de Spasky. Ignoro también cómo pudieron contactar con él y contratarle. Pero lo que nos importa es que ocurrió. ¿Motivos de Barrallian y Melkara para hacer tal cosa? Autoprotección, por ejemplo, o simple vanidad. Vayamos ahora con Spasky. ¿Por qué crees que aceptaría un trabajo así? Tal vez lleve tiempo sin trabajar, y le haga falta dinero. Algo dudoso. No creo que esos dos tipos puedan pagarle sus tarifas habituales.

Bathus suspiró, mirando al exterior a través de la ventana.

—O, tal vez, quería dejarse ver —continuó, siguiendo la argumentación—. Quería que supiéramos que está aquí. ¿Para qué? Para seguir cazándonos. Me imagino que disfruta haciéndolo. ¿Te son suficientes estas explicaciones?

—Por supuesto que sí —respondió irónico Mornadar—. Pero, con sinceridad, esperaba que me sorprendieras con un abanico de posibilidades que no fueran tan evidentes.

Bathus, rascándose la barbilla y volviendo su atención a su compañero, prosiguió.

—Como parece claro que Spasky no está en la ciudad, propongo que nos acerquemos a alguno de los dos tipos que le han contratado. Darles un susto, ya me entiendes, obligarles a que le avisen. Spasky tardará poco en venir.

—Es decir, dejarnos ver.

—En efecto, pero no aún. Antes debemos buscar algunas pistas. ¿Estás de acuerdo?

Mornadar de Silvestri se atusó el bigote.

—Desde luego, prefiero morir luchando cara a cara que escondido como un vulgar ratero. Aunque algo me dice que eso no hará falta: de alguna manera, Spasky ya sabe que estamos aquí. Estoy convencido de ello.

Bathus bebió un trago largo de su jarra. Después, con parsimonia, comenzó un parlamento en voz baja, como si hablase para sí mismo.

—Los qassai que nos precedieron cometieron varios errores, unos por desconocimiento y otros por falta de precaución. Según todos los indicios, el hecho de que Spasky trabajara para el Consejo no les supuso algo de importancia. Tenían un objetivo, Spasky; el resto de consideraciones eran secundarias. Sin embargo, nosotros sabemos que ese punto sí es importante. Sabemos qué ocurrió para que esos dos tipos se sintieran amenazados hasta el punto de contratarle. Sabemos que pretenden dominar Karamai con la fuerza del terror. O, más bien, que ya la dominan. Y, lo verdaderamente importante, también sabemos que pueden convertirse en un cebo.

—Te entiendo —asintió Mornadar—. Se trata de un doble juego: Spasky hace saber que está aquí, y nosotros acabamos en sus redes; pero también podemos utilizar a sus contratadores para que caiga en las nuestras.

—En efecto. Me imagino que los cinco qassai se dedicarían a moverse por la ciudad, indagando, haciendo preguntas... la forma habitual de proceder. No les critico, que conste, ni dudo de su profesionalidad. Aunque, ¿de qué modo se extendió la noticia de que Spasky estaba aquí? Al principio, era un simple rumor, pero, ¿cómo se hizo correr? ¿A quién o a quiénes les interesa que se sepa? A nuestros compañeros no les importó tampoco ese punto: llegaron, y se pusieron a buscarle. Por desgracia, los resultados de esa estrategia fueron desastrosos.

—Veo dónde quieres llegar —dijo Mornadar—. Pero, para eso, debemos ser rápidos.

Bathus, asintiendo sombrío, rebuscó en un bolsillo interior de su chaqueta hasta que sacó una fotografía. Estaba arrugada, manoseada, falta de color como si el hecho de haber sido vista tantas veces por tanta gente la hubiera desgastado. La miró y, torciendo la cabeza, la depositó con cuidado sobre la mesa. En ella se veía a Spasky; la foto estaba hecha poco tiempo después de que tomara contacto con el Satrai de Adenas. Spasky estaba acompañado de un qassai, charlando, y aparecía sonriente, con su conocido aire de suficiencia. Su imagen era la de un hombre aún joven, de frente amplia y almendrados y relucientes ojos marrones, nariz recta y labios finos, todo enmarcado en un rostro alargado de facciones serenas, pero que emanaba un aura de incontestable crueldad. Tal vez fuera el gesto, tal vez otra cosa; pero al mirar aquel rostro en apariencia suave, se percibía algo muy diferente. La piel era tan pálida que parecía traslúcida; contrastando, en algunos puntos era rabiosamente rojiza. Tenía el pelo castaño y fino cortado a cepillo. Hombros anchos, brazos fuertes, en un cuerpo ágil y esbelto. Bathus observó por enésima vez la foto.

—Habrá cambiado de aspecto —comentó—. Con seguridad, no se parecerá al de antes.

Mornadar de Silvestri echó hacia atrás la cabeza y miró la foto de reojo, como si le diera grima el mero hecho de verla.

—Ya era diferente la última vez que me enfrenté a él. A saber cómo cambiará de aspecto ese demonio.

Bathus, mientras recogía la foto, masculló.

—Utiliza la cirugía a su antojo.

—No sé concretamente de qué me hablas; me imagino que será sobre algo tan extravagante como las naves espaciales. Pero lo que sí sé es que no podemos permitir que nos atrape antes de haberle tendido la trampa.

—Por ese motivo, pagaremos y nos largaremos ahora mismo. Tenemos mucho camino por recorrer aún.

—¡Un momento! Es ya la hora de comer. ¿No pretenderás hacerme cabalgar por estos andurriales con el estómago vacío?

© José María Boto Bravo, (5.521 palabras) Créditos