Rajín, aburrido y a la vez ansioso, partió esa tarde. Mandó llamar a un vehículo a motor y se despidió de los suyos con el mismo aire de intrascendencia de su tío unas horas antes. Llevaba una mochila con sus armas, una maleta con ropa, y el dinero que le había dado Fortunai. Más que suficiente, juzgó, para llevar a cabo lo que se había propuesto.

—A Gallia —le dijo al taxista, echando un último vistazo a las ventanas del primer piso del edificio. Nadie estaba allí, viéndole partir. Mejor así.

El conductor se quedó mirándole con gesto de duda.

—Gallia está muy lejos —dijo, girándose—. Le costará un buen dinero.

—Tú llévame.

Salieron de la ciudad por una carretera paralela a la costa, que dejó de ser carretera apenas sobrepasados los arrabales de chabolas para convertirse en simple camino. Sin duda, Gálasti es grande y rica, pensó Rajín. Pero, contemplando aquellos poblados de casamatas, o los ya conocidos barrios del puerto, meditó sobre los extraños, o habituales, giros del destino. No todo el mundo había prosperado en Gálasti, por mucho dinero que hubiera en la ciudad. Más bien, al contrario. A él le parecía fácil hacerlo. Pero, ¿acaso las gentes que llegaron antes que él a Gálasti no pensaron que sus vidas prosperarían? ¿Sería él capaz de conseguirlo? Y, para empezar a ser un verdadero triunfador, ¿no debería hacer caso a todo lo que le recomendara Bathus? Su tío jamás le había fallado. Le libró de la esclavitud, le presentó en el Satrai. Era un qassai gracias a él. ¿Por qué, según todo el mundo, no mostraba el respeto debido? Al fin, concluyó que así era su carácter, y nada ni nadie podría doblegarlo. Bajo su criterio, jamás había faltado el respeto a su tío. Si él lo consideraba así, era problema suyo. Rajín de Sura sólo pedía lo que le correspondía por derecho. ¿Testarudo? Sí, lo era. Pero, para él, era una virtud. Jamás un defecto.

La noche cayó cuando aún quedaban unos cuantos kilómetros para llegar a Gallia. La costa era ya imposible de percibir; la carretera se había desviado hacia el interior. Avanzaban rodeados de granjas y terrenos de cultivo, bordeando pequeñas poblaciones de luces escasas y mortecinas. Nada que ver con la gran ciudad. Rajín se imaginó a su familia viviendo en alguna de esas granjas. ¿Era mejor eso que Karamai? Dándole íntimamente la razón a su tío, pensó que sí. Aquí no había Consejo, ni terratenientes, ni nada por el estilo. Aquí contaban con Bathus. La vida era tan dura o más que en Karamai. Pero, con dinero, todo se podía conseguir.

Entraron en Gallia cruzando arrabales deprimentes, como en cualquier otra ciudad de Matsumai que Rajín conociera. El conductor preguntó en voz alta.

—¿Dónde le dejo?

—Búsqueme alojamiento cerca del puerto. Si es de mi agrado, le daré una propina.

El conductor callejeó con soltura entre el tráfico escaso a esa hora. Al fin, tomando una avenida que discurría paralela al río Sarrún, detuvo el vehículo. A un lado, el río, atestado de barcos amarrados a lo que se podría considerar un puerto sin principio ni final, un puerto caótico; al otro, edificios de piedra, parecidos a los de Arvan. Varias posadas y comercios llamaban la atención de los viandantes con llamativos y refulgentes luminosos de colores. Las calles despedían un hedor profundo y constante.

* * *

—Ahí tiene la taberna El Arco. Pida alojamiento a Luys, el jefe.

Antes de bajar del vehículo, Rajín se colocó la escarapela. El conductor le miró con admiración cierta. ¿Le era necesario ponérsela? No. Los esclavistas trabajan en los caminos, siempre lejos de las ciudades. Pero él había visto a Bathus hacerlo en multitud de ocasiones, incluso en la tranquila Karamai. Lucirla en el pecho en circunstancias como aquélla era sólo un gesto de arrogancia propio de los qassai. Aunque también, concluyó, servía para abrir muchas puertas y evitar problemas. Se acarició el corte de la mano.

La taberna estaba a rebosar de clientes, marineros en su mayoría, y era del mismo tipo de taberna portuaria que se podía encontrar en cualquier ciudad del río. Rajín encogió la nariz. ¿Se estaba acostumbrando a la buena vida, a los establecimientos de categoría? ¿Tan pronto había olvidado quién era, de dónde venía?

Pidió alojamiento para esa noche y preguntó al posadero cómo conseguir pasaje inmediato a Faneqa. El posadero encogió el rostro sudoroso en una mueca.

—Casi todos los barcos terminan ruta en Arvan —comentó—. Veré si alguno llega tan lejos. Póngase cómodo mientras pregunto, y tómese algo. ¿Desea cenar?

Rajín prefirió beberse una jarra de cerveza de troka, apoyado en la barra.

Una media hora después, el posadero le presentó a un tipo sucio y maloliente, a un paso de una segura borrachera.

—Éste es Matt, capitán del Rata del río, un carguero que parte mañana.

El hombre miró a Rajín, se fijó en la escarapela y en sus ropas, y asintió.

—Nos queda hueco para algún pasajero —dijo—. ¿Desea ir hasta Faneqa? Es un viaje largo... Le cobraré cuatrocientas geas.

Rajín negó.

—Como mucho doscientas.

Comenzaron un regateo que duró demasiado para el gusto de Rajín. Estaba claro que se podía permitir el lujo de pagar lo que le pedían, pero, ¿por qué regalar el dinero? No estaba escrito en ningún libro que un qassai tuviera que ser estúpido.

Al fin, ajustaron el precio en trescientas geas.

—Pensaba haber cogido pasaje en el Pez Volador —comentó Rajín—, pero no logro encontrarle.

Matt sonrió.

—Dudo que su capitán le hubiera llevado por menos dinero. En todo caso, olvídese: ese barco partió esta mañana.

* * *

El Rata del río abandonó Gallia pasado el mediodía. Los estibadores del puerto y los marineros del barco estuvieron durante toda la mañana cargando el navío con mercancías de última hora. Llevaba artículos procedentes de Gálasti, hechos en la ciudad o distribuidos desde ella, todos de calidad, destinados a los terratenientes del interior de Matsumai: ropas y telas, muebles de hueso y madera, repuestos de maquinaria, lámparas de bronce y cristal... Tal vez, pensó Rajín, aquellos muebles de hueso que llevaban en pesados contenedores fueran los que vendía el señor Pula en la lejana Durre.

El navío era más grande que el Pez Volador, pero más antiguo también. Y sin duda peor conservado. Ancho y abombado, de oscura madera comida por el musgo en algunos puntos, tenía dos palos con velas remendadas, y un motor de explosión que producía una vibración molesta y persistente, como si algunas piezas no estuvieran bien engranadas, o fuera menos potente de lo necesario. Un barco lento y poco maniobrable, destinado a cargas pesadas.

Rajín era el único pasajero que llevaba el Rata del río en aquel viaje. El capitán Matt ordenó que le prepararan una cama en la habitación del segundo de abordo y le reservó un asiento a su lado en el comedor. Desde el primer momento se mostró solícito con él. ¿Se habría dado cuenta de que era un qassai y por eso se mostraba tan respetuoso? Rajín, orgulloso, concluyó que sí.

Desde que abandonó el puerto de Gallia, el barco navegó relativamente cerca de la orilla, evitando la parte central del cauce, donde la corriente descendente era más poderosa. Esa parte del río estaba reservada para los barcos que hacían el camino inverso. Pero eso no suponía ningún problema: el río era tan ancho que costaba distinguir la orilla contraria. Jamás chocarían dos barcos, por muy torpes que fueran sus capitanes.

A la mañana siguiente de su partida, Rajín observaba el paisaje, tan parecido al de su tierra: praderas herbosas, bosquecillos de erdes rojos, alguna casa en la lejanía. El capitán se colocó a su lado y le invitó a fumar, ofreciéndole tabaco de su bolsa.

—No tengo pipa, ni esa costumbre —rehusó la invitación Rajín.

—Ese problema se puede solucionar. Esta noche, tras la cena, el Rata del río le obsequiará con una buena pipa de espuma. Llevamos varias cajas llenas de pipas de primera calidad. Una menos no se va a notar.

Rajín aprovechó para preguntarle cuántas escalas harían hasta llegar a Faneqa.

—Las habituales —contestó—. Unita, Crisan, Mund, y Adenas. Pero, salvo en Adenas, pararemos poco tiempo. Lo justo para descargar un par de cajas y beber algo en sus tabernas.

—¿Cuánto tardaremos?

—Hum, eso es difícil de precisar. El río baja fuerte por el invierno, y no es seguro que los vientos del este soplen como nos gustaría. Como mínimo, quince días.

—¡Es demasiado tiempo! El Pez Volador tarda mucho menos en hacer la ruta.

—El Pez Volador es un barco más ligero y rápido que éste —contestó el capitán con tranquilidad, sin asomo de sentirse ofendido—. Aún así, no creo que nos aventajen en más de tres o cuatro días.

* * *

Indiferentes al entorno, embebidos en sus íntimas meditaciones, Bathus de Sura y Mornadar de Silvestri paseaban por cubierta. Desde que partieron de Gálasti habían intercambiado pocas palabras, las justas para no parecer poco caballerosos ante un compañero, las justas para que el otro no pensase que había miedo. En todo caso, poco se tenían que decir.

El Sizzar reconoció que había sido una suerte que ellos dos estuvieran libres de contrato. Sabía, aunque nunca lo reconoció públicamente, que haber mandado a cualquier otro qassai habría sido dictar una sentencia de muerte contra él. Tal vez Omar Cenduk, famoso por su puntería con los dardos y agujas proyectables, habría estado a la altura del rival. Según los deseos del Sizzar, si Cenduk no se hubiera encontrado trabajando en un complicado asesinato, habría acompañado a los dos elegidos. Para el Satrai, toda precaución era poca frente a Spasky.

Raduk el Shaim les despidió diciéndoles, en lo que ambos consideraron un intento de liberar tensiones, que tal vez cuando llegasen a Faneqa se encontrasen con la grata noticia de que otro compañero ya había acabado con Spasky. La posibilidad existía, sin duda; aunque Bathus la consideraba un ejercicio de excesivo optimismo. No es que dudara de la competencia de otros compañeros, pero prefería no caer en la tentación de sobrevalorar tal posibilidad. Mornadar, por descontado, compartió desde el primer momento su escepticismo.

Aquella mañana, Mornadar de Silvestri bebía a sorbos lentos licor de rake de una copa, mirando con ojos entornados al frente. Su rostro contraído y ausente evidenciaba una febril actividad intelectual, como si su mente fuera de un recuerdo a otro, de una idea a otra, de una posibilidad a otra. Al fin, negó con la cabeza, mientras se acariciaba el hombro.

—Aún te acuerdas —comentó Bathus.

—¡Cómo olvidarlo! —Asintió Mornadar—. El muy ladino me envenenó sin que ni siquiera tuviera tiempo de darme cuenta.

—Eso pasó hace mucho tiempo.

—Pero me hizo, y me sigue haciendo, dudar de mi capacidad.

Mornadar elevó su mirada al cielo. De repente, su aspecto meditabundo cambió. Enseñando los dientes, su rostro se abrió en un gesto de ferocidad. Con rabia, tiró la copa todo lo lejos que pudo; traspasando la cubierta, se hundió en el río.

—¡Dioses! ¿Cómo pude caer así? Exceso de confianza, sin duda. ¿Quién iba a imaginar que Spasky sería también un maestro consumado del disfraz? ¡Y hasta ese punto! Pasó a mi lado en el mercado de Adenas, como cualquier transeúnte más. Soy un hombre atento al entorno, y estaba tras su pista. ¿Qué importancia tuvo? Ninguna. Me rozó el hombro con una cuchilla minúscula impregnada de Senso. No sentí absolutamente nada: sólo el roce de un cuerpo, algo habitual en cualquier mercado lleno de gente. No tuvo más que seguirme, disfrazado de anciana, hasta que llegué al hotel. Unas horas después, yo era un pelele paralizado a merced de sus caprichos. Había que haberle visto. En mi habitación pareció que crecía medio metro, que su joroba se alisaba, que su cara cambiaba. Aquella vieja harapienta se transformó en Spasky delante de mis propias narices, y yo paralizado por el veneno, tumbado en la cama. El malnacido sonreía, con esa cara de psicópata, mientras preparaba sus herramientas de tortura. Terrible.

Bathus, sin despegar su mirada de Mornadar, suspiró. No consideraba apropiado rescatar asuntos desagradables del pasado; aunque también sabía que no estaba de más recordarlos de vez en cuando, repasar su desarrollo, buscar los fallos cometidos... siempre que supusieran un aliciente, un estímulo útil. En aquellas circunstancias, ante aquel temible rival, tal vez fuera oportuno. Pero tampoco convenía sobrevalorar a Spasky: eso podía llevar a un fracaso seguro. Difícil equilibrio.

—Insisto, olvídalo —dijo al fin Bathus—. Nos vamos a enfrentar a él. Conviene que no nos dejemos llevar por el desaliento. Piensa que no es más que un intruso sin honor ni decencia. ¿Cuándo se ha visto que un asesino inocule veneno de esa manera, como un cobarde? No es más que chusma.

Mornadar de Silvestri asintió desganado.

—Tú dirás lo que quieras. Plantéate el asunto como estimes oportuno. Pero estoy vivo gracias a que llegaste a tiempo a mi habitación. De no haber sido así, me habría desmembrado. Tal vez me habría obligado a comerme mis ojos o mi propio hígado.

—Pero no ocurrió tal cosa. Y nunca ocurrirá.

—Te conviene recordar también lo que te hizo a ti. Cómo consiguió escapar, con qué rapidez se desenvolvió, y eso que estaba pendiente de mí y de sus artilugios en exclusiva. ¿De dónde sacó esos polvos incapacitantes? Los llevaría en la bocamanga de la chaqueta, seguro. Pero fue capaz de proyectártelos a la cara, y tú no pudiste acertar ninguno de los dos disparos. ¡Tú, famoso por tu puntería! Aún así, le asustaste lo suficiente para que se largara. Siempre te estaré agradecido, compañero.

Mornadar se volvió, encarando a Bathus. Agarrándole de los hombros con fuerza, le miró con gesto grave.

—Quiero que te comprometas, Bathus de Sura —le dijo con voz ronca—. Ahora mismo y ante los dioses. Te lo pido por nuestro Satrai. Si estuviera a punto de caer en manos de Spasky, o me encuentras en su poder, mátame.

—Eso no será necesario.

—¡Júralo! —Gritó Mornadar.

—Te mataré —aseguró Bathus, sin asomo de duda—. No temas por ello.

Mornadar asintió a su vez. Tras haber escuchado lo que quería oír, se permitió una sonrisa triste. Soltando los hombros de Bathus, volvió su mirada al cielo gris.

—He vivido razonablemente bien, como un hombre libre y digno —dijo, sin perder la sonrisa—. He disfrutado de muchos caprichos que la mayoría de los mortales jamás disfrutarán. Estoy en paz con los dioses y conmigo mismo. Si me ha llegado la hora de morir, que sea del modo más rápido.

© José María Boto Bravo, (2.418 palabras) Créditos