En el transcurso de la comida en el Delicatessen, entre plato y plato a cual más sofisticado, Bathus informó de que partiría, si no habían cambios de última hora, al día siguiente en busca de Spasky. Lo dijo con tranquilidad y aire neutro, como si no diera importancia a que Raduk el Shaim y su Satrai confiasen en él para un asunto de tal magnitud. Como compañero de viaje tendría a Mornadar de Silvestri.

—La elección viene determinada porque ninguno de los dos estamos trabajando en estos días —explicó Bathus, encogiéndose de hombros—. Aunque creo que también ha pesado nuestra experiencia.

Rajín no supo qué decir. Permaneció silencioso y meditabundo, la vista clavada en el plato. Su carácter impetuoso le estaba dando demasiados disgustos últimamente, así que decidió meditar un poco antes de abrir la boca. Pero, ¿acaso no tenía derecho a equivocarse como todo el mundo? De acuerdo, había insinuado que su tío era un cobarde. Pero, ¿era eso motivo suficiente para que le tomaran por un tonto? ¿Es que no tenía razón en su necesidad de venganza?

Fortunai, molesto con el comportamiento de su compañero, prefería sumergirse en el lujoso ambiente del restaurante. Miraba con deleite las lámparas de plata con incrustaciones de aguamarina, los pulidos cubiertos de alpaca, o las sillas de roja y pesada madera tallada. Disfrutaba con las langostas salvajes con salsa de flores, con los gusanos transparentes confitados. Sí, definitivamente esa vida no tenía nada que ver con la que llevaba el antaño gran Marconti.

—Del Satrai de Adenas han partido ya tres qassai —siguió Bathus con la explicación—. También participarán los Satrai de Alan-Aden y Tobe. Tal vez, para cuando lleguemos nosotros, Spasky haya dejado de ser un problema. Aunque lo dudo. ¿No tenéis nada que decir?

Fortunai, mirando de soslayo a Rajín, se atrevió a intervenir.

—Hay algo que no me cuadra, señor —dijo con modestia, saliendo de sus ensoñaciones—. Si Spasky es tan escurridizo, ¿cómo es posible que ustedes se hayan enterado de que trabaja para esos tipos de Faneqa? Es más, ¿cómo ha aceptado un trabajo así?

—Son buenas preguntas, sin duda —contestó Bathus—. A mí también me parece un proceder muy poco juicioso por parte de Spasky. Y poco habitual, añado. Quién sabe, tal vez sólo sean rumores, y andemos sobre una pista falsa. En todo caso, habrá que extremar las precauciones.

—Puede tratarse de una trampa —comentó Fortunai.

—Sí. Eso es lo primero que he pensado. Visser, eres bastante perspicaz, ¿lo sabías? Llegarás lejos en el gremio, si utilizas siempre tu cerebro con tanta rapidez y eficiencia.

—La inteligencia o la astucia, llámela como quiera, es una virtud muy fácil de encontrar entre quienes hayan tenido que sobrevivir en la calle desde niños —replicó Fortunai—. No queda más remedio que utilizarla para salir adelante. Si careces de ella, no duras mucho.

Bathus miró sonriente al muchacho y asintió.

—Tengo otra pregunta, señor. Bueno, muchas más —continuó Fortunai—. Usted ha dicho que cuando Spasky llegó del extranjero traía nuevos procedimientos y que utiliza venenos distintos a los nuestros. ¿Dónde los consigue?

—No lo sabemos. Algunos expertos creen que puede tratarse de mezclas complejas de los venenos ya conocidos; otros opinan que proceden de su país, un lugar remoto de Yamunai llamado Titinda. Nadie lo sabe con certeza. Aunque tampoco está claro que el propio Spasky sea de Titinda. Se sabe que estuvo allí durante unos años, pero hay quien dice que procede de Lira Cinco o de la Tierra. Como veis, ese hombre es un misterio.

»En cuanto a las armas, las mandaba hacer de encargo. Cuando le era necesaria alguna, la diseñaba él mismo y conseguía que en los hornos de Alan-Aden se la fabricasen según sus modelos. Cada maestro herrero hacía una de las piezas, de tal modo que nadie sabía cuál era el destino final de la pieza que con tanta precisión había hecho, ni tan siquiera para qué servía o podía servir. Los Satrai investigaron. Pero sólo encontraron referencias vagas. Por supuesto, Spasky de deshacía de los diseños en cuanto tenía su arma y obligaba a los herreros, por contrato o por miedo, a hacer lo mismo.

—¿Y la munición? —Preguntó Fortunai.

—Al parecer, adaptaba sus armas a las municiones habituales. Aunque hay quien asegura que le llegaban cajas desde la Tierra, vía Pálasti, con munición terrestre. Por supuesto, ese punto no está comprobado.

Bathus se sirvió más vino y suspiró. Continuó con su narración mirando al techo de color turquesa.

—Todas sus armas eran insólitas, complejas, pero terriblemente potentes y eficaces. El Satrai de Gálasti le instó de forma oficial a que compartiera sus secretos. Nunca dijo una sola palabra al respecto. Ni tan siquiera dejaba que alguien tocara sus armas. Y todo el mundo mostraba un temor reverencial ante él y sus conocimientos. Pero lo peor de todo eran los procedimientos, el uso que hacía de ellas.

»Solía llevar un maletín con herramientas de tortura, de una sofisticación y diseño que escapaba a nuestra imaginación. Nos las enseñó algunas veces, aunque jamás explicó su funcionamiento. Le gustaba fanfarronear, airear sus conocimientos, su superioridad, pero no hasta el límite de compartir sus secretos. Aquellas herramientas eran extrañas y tan retorcidas como su mente, hechas de brillante metal, del tamaño de un puñal, con formas extravagantes y en apariencia caprichosas. Decía que con ellas y algunos venenos podía procurar el dolor más espantoso y ejecutar las torturas más refinadas; decía que era capaz de extraer un ojo y hacer que el infortunado lo contemplase con el otro, e incluso que se lo terminara comiendo; que era capaz de extraer cualquier órgano y volverlo a implantar, con plena consciencia del interesado. Decía que llevaban al paroxismo del dolor.

Volvió su vista al plato y, dando por terminada su explicación, se dirigió a Rajín.

—¿Y tú, sobrino? ¿No tienes nada que decir? ¿Qué opinas de todo esto?

Rajín, ensimismado pero atento a la conversación, levantó la cabeza de su plato.

—Creo que ya está todo dicho. Deberéis tener cuidado.

—Bien —sentenció reluctante Bathus—. Mañana partiremos Mornadar y yo a Faneqa. En cuanto a tus padres, esta noche les daré dinero más que suficiente para que comiencen los trámites de la compra de la granja. Ayúdales, si quieres. O, si lo prefieres, algo que te recomiendo, comienza una fructífera carrera de asesino. Pero no molestes con tus infantiles deseos de venganza.

Rajín, silencioso, asintió.

Bathus, con una sonrisa fúnebre, pidió café.

* * *

Al día siguiente, antes de amanecer, Mornadar de Silvestri y Bathus de Sura partieron a Gallia con la intención de remontar el río Sarrun hasta Faneqa. Habían esperado el momento en que el Pez Volador levase anclas río arriba. El hecho había supuesto unos cuantos días de espera en Gálasti, pero les proporcionaría a cambio un viaje más cómodo y rápido.

Bathus se despidió de su familia con un gesto vago de la mano y entró en el vehículo a motor apostado en la avenida. Dentro, Mornadar de Silvestri le esperaba con rostro serio, consultando unos documentos bajo la tenue luz de una bombilla interior. El famoso asesino tenía un aspecto fantasmagórico y terrible, grave. Parecía haber perdido parte de su arrogancia natural. Rajín les vio partir desde la ventana del salón, acompañado por su familia. Después, se dio media vuelta y bajó a la calle oscura.

En algo tenía razón su tío: no sabría explicar por qué, pero no se mostró interesado en la nueva granja que sus padres iban a comprar, ni quiso acompañarles a los trámites que se llevarían a cabo esa misma mañana. Sus padres tenían prisa por comenzar una nueva vida cuanto antes y dejar tranquilo a Bathus. Demasiado les estaba ayudando, según el criterio de Anna. Rajín tuvo la impresión de que su padre, superado el mal trago, hacía gala del mismo sentido práctico que su tío. Había que adaptarse a las nuevas circunstancias, y cuanto antes se llevase a cabo esa adaptación, mucho mejor. ¿Llevaba razón su tío cuando le decía que se olvidase completamente del pasado? ¿Acaso su propio desinterés no demostraba que era lo más natural?

Sumido en sus meditaciones, decidió caminar hasta la posada donde se había establecido Fortunai, cerca del puerto. La posada, un lugar infecto, ocupaba la planta baja de un cochambroso edificio. Sentado a una mesa del sucio y maloliente salón, pidió te y licor de bayas, y mandó avisar a su compañero.

Fortunai apareció poco después tras una puerta que daba al salón, acompañado de una mujer de la que se despidió con un pellizco en el trasero. Pidió un desayuno y tomó asiento al lado de Rajín.

—¿A qué se debe esta visita tan temprana? —Preguntó a modo de saludo, torciendo el gesto y mirando con ojos sesgados a Rajín—. ¿No irás a proponerme algún plan descabellado?

—Mi tío y de Silvestri han partido hace un rato.

—¿Y bien? Eso era lo previsto, ¿no?

Rajín apuró de un trago su copa y pidió otra.

—Me propongo seguir sus pasos. Pienso ir a Faneqa a impartir justicia.

Fortunai guardó silencio. El camarero se acercó y dejó una tetera humeante y un plato con tostadas sobre la mesa. Rellenó la copa de Rajín y se marchó.

—Lleva razón el gran Bathus de Sura —dijo Fortunai, carraspeando—. Eres un imbécil.

—No he venido a que me insultes.

Fortunai se levantó y sacó de un bolsillo la bolsa de cuero del dinero del Satrai. La vació sobre la mesa y contó lo que había. Hizo dos montones. Acercó uno de ellos a Rajín.

—Toma. Esto es tuyo.

Rajín miró el dinero con desprecio.

—Tampoco he venido a por esto.

—Pero te vendrá bien, si sigues con la absurda idea de viajar a Faneqa en busca de una muerte segura. En cualquier caso, en busca de un seguro descrédito.

Sentándose, se sirvió té en una taza. Mientras sorbía, miraba a Rajín, que tardó en hacer la pregunta esperada.

—¿Me acompañarás?

Fortunai dejó con cuidado la taza sobre la mesa y se mesó el pelo. Levantando su vista al techo, contestó.

—No.

—Bien. Me llevaré lo que es mío.

Rajín cogió con violencia uno de los montones de monedas que estaban sobre la mesa y se lo guardó. El camarero, atento, observaba con estupor a sus dos únicos clientes y al dinero al que parecía que no dieran importancia.

—Me voy, entonces —dijo Rajín, levantándose—. Al menos, deséame suerte. Para serte sincero, no creo que me fueras de mucha utilidad.

—No te lo tomes a mal —se excusó Fortunai—. Pero no me apetece quedar como un estúpido, ni morir ahora que por fin soy qassai. Y tú tampoco deberías ir. No sé cómo puedes ser tan cabezota. ¿Quieres venganza? Pues espera el momento adecuado.

—Adiós, Fortunai Visser.

Fortunai sonrió con amargura.

—Parece mentira —dijo, negando con la cabeza—. Tú, que siempre me recomendaste paciencia, haciendo esto ahora. No sé cómo he podido aguantar tus impertinencias en Durre. ¿En qué han quedado ahora todos tus consejos? En nada.

Volvió a coger su taza y a sorber despacio. Rajín, silencioso, prefería no cruzar la mirada con él.

—En fin, que tengas suerte, Rajín de Sura —dijo, encogiéndose de hombros—. Quién sabe. Tal vez nos volvamos a encontrar en el futuro.

Rajín se dio media vuelta y caminó hacia la puerta. El camarero, detrás de la barra, le chilló.

—¡Eh, tú! ¿Quién va a pagar lo que has consumido?

Rajín clavó en el tipo unos ojos salvajes. Era un muchacho joven, más o menos de su edad, esbelto y bien parecido, guapo hasta el punto de que tenía cierto aire femenino. Pero, sin duda, acostumbrado a hacerse valer ante los clientes de su local.

El camarero no pareció amedrentarse. Rajín, como respuesta, sonrió mientras le lanzaba unas monedas que cayeron al suelo.

—Yo, por supuesto —contestó—. Pero te convendría no tratar así a tus clientes.

Con rapidez y habilidad, el camarero salió del mostrador y se plantó a unos metros de Rajín, desafiante. Con su mano derecha agarraba con fuerza una barra de hierro.

—Tranquilo, Marinai —se escuchó la voz de Fortunai—. Es un amigo. Perdona sus modales. Es demasiado impetuoso.

El camarero asintió reluctante, sin dejar de mirar a Rajín, que abandonaba el local.

Rajín tomó un taxi y volvió a casa de su tío.

Tardó poco en hacer el equipaje y dejarlo preparado para cuando llegara el momento de marcharse. ¿Cuándo? Debía dejar correr el tiempo hasta que Bathus y Mornadar se encontrasen navegando rumbo a Faneqa. Según comentó de pasada Bathus, estaba previsto que el Pez Volador levase anclas antes de mediodía. Así que dedicó el resto de la mañana a holgazanear en la casa. Denis le miraba de soslayo cada vez que pasaba por el salón, hasta que por fin se atrevió a decirle algo.

—Aproveche para hojear los libros de su tío—sugirió, señalando la estantería llena de libros y carpetas—. La sabiduría y el conocimiento nunca sobran en un asesino.

—Estoy harto de libros—negó Rajín—. Ya tuve suficiente en Tusha. No pienso volver a coger un libro en toda mi vida. Mis problemas no se van a resolver gracias a unos cuantos tomos viejos.

Denis sonrió irónicamente.

—¿Tiene pensado desobedecer a su tío y partir a Faneqa?

Antes de contestar, Rajín se tomó su tiempo. Al fin, dijo.

—Supongo que esperaré otro momento más propicio.

—Juiciosa decisión —apuntó Denis, con un tono que dejaba claro que no estaba convencido del todo de la veracidad de las palabras de Rajín—. Lo digo porque he visto su equipaje preparado.

—Pienso establecerme en otra parte.

Silencioso, Denis asintió y siguió dedicándose a sus quehaceres. Rajín decidió bajar a pasear y comer fuera de casa. Se sentía agobiado por la presencia constante del mayordomo, y necesitaba poner en orden las ideas. La decisión estaba tomada, y no veía la necesidad de tener que dar explicaciones a nadie, ni de eludir preguntas comprometedoras.

Cuando volvió, sus padres habían regresado de efectuar la transacción. Dentro de lo que cabía esperar en un karamoi, estaban radiantemente felices. Incluso exultantes. La granja que acababan de comprar, situada en una población cercana a Gálasti, estaba dedicada en exclusiva a la explotación de frutales. La casa, de dos plantas, era mucho mejor que la anterior. Al menos, eso dedujo Rajín de los planos.

—¡Cuesta una fortuna! —Comentó Amil, mirando el mapa de la granja que había extendido sobre una mesa—. ¡Seremos propietarios! Y todo se lo debemos a Bathus. Gracias a su ayuda saldremos adelante, seguro.

—Mañana mismo nos estableceremos —dijo Anna—. Hay mucho trabajo por hacer. La casa necesita varios arreglos, y las plantaciones están casi abandonadas.

Rajín asintió.

—Me alegro.

—¿Y tú? —Preguntó su padre—. ¿Qué piensas hacer?

—Soy un qassai. Dedicarme a lo mío.

—Sabes a qué me refiero.

Como antes con Denis, Rajín prefirió esquivar la respuesta. Su padre, desde el primer momento, estuvo de su lado. Pero, ¿lo estaría ahora? ¿Es que él era el único que conservaba algo de orgullo?

—De momento, me buscaré acomodo en otra parte. Hoy mismo.

—Ten cuidado —le recomendó su padre.

—¿A qué te refieres?

—Ya lo sabes.

© José María Boto Bravo, (2.517 palabras) Créditos