Con el ánimo sombrío, Rajín se presentó ante Raduk el Shaim. Lo que siempre creyó que sería uno de los momentos más felices de su vida pudo quedar reducido a un mero trámite por culpa de los imprevistos acontecimientos. Llegó a la reunión con aire ausente y serio, sin dejar de pensar en el problema de su familia.

Fortunai, por descontado, estaba radiante. El muchacho, con aspecto resacoso, sonreía feliz. El Sizzar parecía estar también contento. Pero guardando las debidas distancias con sus nuevos compañeros, por supuesto.

Les recibió en su despacho, les invitó a beber con él, y juntos brindaron por el feliz final de su misión. Antes de que los muchachos comenzasen con el ritual oportuno, en el que informarían al Sizzar de la muerte del sire de Durre con las fórmulas protocolarias, pudieron darse cuenta de que era algo que ya se sabía. La noticia de la muerte del sire de Durre había viajado mucho más rápido que ellos. La única pregunta que hizo el Sizzar tras felicitarles por segunda vez fue.

—¿Os resultó complicado?

Fortunai respondió que, tal y como les había dicho Mornadar de Silvestri, asesinar a un sire podía resultar mucho más sencillo de lo que podía parecer en un principio.

—De lo cual me alegro —asintió el Sizzar—. No es imprescindible que me deis explicaciones, ni que me digáis cómo le procurásteis la muerte. Pero espero que el procedimiento haya transcurrido dentro de los márgenes de la ortodoxia.

Se irguió y, mirándoles a los ojos con absoluta seriedad, dijo.

—Ahora, respondedme. ¿Habéis cumplido?

—Hemos cumplido, Sizzar.

Tras su respuesta, abrió con una llave un cajón y sacó una gruesa carpeta de piel y un estuche metálico. De la carpeta extrajo dos pergaminos escritos con letra áspera y picuda en tinta negra. Los colocó con delicadeza sobre el escritorio, delante de los dos muchachos. Cada uno de los pergaminos llevaba escrito el nombre correspondiente. El ominoso y respetado sello del Satrai se superponía a la escueta firma del Sizzar. Eran los contratos oficiales que demostraban que, por fin, ambos eran qassai. Fortunai miró a Rajín, que se permitió un momento de felicidad y sonrió, dejando en un segundo plano sus preocupaciones.

—Extended vuestras manos.

Rajín y Fortunai le ofrecieron sus manos derechas, la palma hacia arriba. Raduk el Shaim extrajo su daga Rilxe de la funda que colgaba de su cintura, y la elevó al cielo.

—¡Ante los dioses hacemos este juramento! —Exclamó—. Desde este momento, pasaréis a ser Qassai Miembros. ¿Sabéis lo que eso significa?

Siguiendo el ritual que les habían enseñado en Tusha, ambos contestaron.

—Sí, Sizzar. Daremos nuestra vida por nuestro Satrai y por nuestros Qassai. Seremos fieles cumplidores de las Normas.

—¡Así sea!

Raduk el Shaim, con gesto grave, agarró la mano de Rajín. Con la daga, hizo un corte en la palma, de lado a lado. La sangre comenzó a brotar. Aplastó con fuerza la mano sobre el pergamino. Repitió la operación con Fortunai.

—Los dioses son testigos de vuestro juramento —dijo con severidad—, y vuestro Sizzar también. Tenéis una nueva línea del destino en vuestra mano, la línea de un qassai vinculado a un Satrai. ¡Estáis obligados a ser dignos de ella! ¡Honor y decencia profesional!

Sin esperar a que la sangre se secara en los documentos, mientras los muchachos se miraban las manos cortadas, abrió el estuche metálico y extrajo una pluma costrosa.

—¡Firmad! —Ordenó, ofreciéndosela a Rajín.

Rajín cogió la pluma; la costra que la envolvía era la sangre seca de los asesinos que antes habían realizado la ceremonia. Firmó en el pergamino. El Sizzar, solemne, le cogió la pluma y se la entregó a Fortunai. Cuando firmó, la recogió con dos dedos y la volvió a encastrar en su estuche. Cogió con delicadeza los documentos, y los guardó a su vez en la carpeta de piel.

—¡Enhorabuena! —Dijo—. Sois qassai.

Rodeando la mesa, se acercó hasta los dos muchachos, a los que saludó con efusividad. Tras hacerlo retornó a su lugar y les ofreció unos pañuelos que mojó con alcohol para que se limpiaran la sangre que aún manaba de los cortes.

—Son poco profundos —explicó—, aunque anchos. Conviene que cicatricen bien.

Elevando su copa al cielo, brindó con ellos por una próspera carrera.

Fortunai, tras dejar su copa, sacó de un bolsillo la bolsa de cuero que aún tenía dinero del que les dio el Sizzar, diciéndole que era lo que les había sobrado. Raduk el Shaim la abrió, volcó su contenido sobre la mesa, y echó un rápido vistazo al dinero. Después, cuando terminó su cálculo, volvió a introducir las monedas y le lanzó la bolsa a Fortunai, conminándoles a ambos a que se quedaran con el dinero sobrante, con la única recomendación de que, en el futuro, fueran más comedidos con sus gastos.

Les despidió diciéndoles que no era demasiado bueno dando discursos, y recordándoles que deberían comportarse siempre con las profesionalidad que habían demostrado. Mirando en exclusiva a Rajín, le recomendó paciencia y que tuviese cuidado. ¿Por qué dijo eso?

Los muchachos abandonaron el edificio dejando al Sizzar embebido en sus documentos.

En la avenida, frente a la puerta de reja siempre abierta, Fortunai insistió en invitar a comer a Rajín en alguno de los caros restaurantes de Gálasti que, durante toda su vida anterior, le habían estado vedados. El cielo, encapotado, amenazaba lluvia, y Fortunai insistía en tomar un coche lo más pronto posible. ¿Qué hacían allí dos qassai, parados en mitad de la calle como unos perdedores? Pero Rajín declinó la invitación, amparándose en problemas personales que debía solucionar lo antes posible.

—¿No pueden esperar? —Preguntó Fortunai.

Rajín negó en silencio.

—Bien, si no me quieres decir qué es lo que te ocurre, allá tú. Pero creo que somos compañeros para lo bueno y lo malo. Tal vez este humilde huérfano te pueda ser útil.

Entonces, Rajín pensó que no era cuestión de ocultar a Fortunai sus problemas. ¿Qué ganaría con hacerlo? Nada. Fortunai le había demostrado una determinación y contundencia que siempre es útil en momentos de crisis. En todo caso, ¿era ése uno de esos momentos? Con certeza, debería partir de inmediato a poner orden en Karamai. ¿O tal vez era mejor esperar? Si su alma inquieta le imponía ir, ¿por qué no acompañado de otro asesino? Concluyó que no podía hacer algo así, contratar a otro asesino. Las normas eran claras al respecto: ni él podía hacerlo, ni Fortunai aceptar el trabajo, si es que Barallian y Melkara seguían dominando Faneqa. Pero, ¿y si nadie le contrataba? ¿Y si lo hacía alguien por propio interés? En cualquier caso, ¿tendría problemas con el Satrai en el que acababa de ingresar? Aún tenía muchas preguntas que hacerle a su tío Bathus. Aunque ya fuera todo un qassai.

Al fin, compartió su pesar con Fortunai. El muchacho, cuando terminó su exposición, se encogió de hombros.

—No entiendo absolutamente nada de las fórmulas sociales karamoi—sentenció—. Pero sé que los hombres mueren, sean de donde sean y quienes sean. Y que gracias a ese miedo a la muerte se puede conseguir casi todo lo que desees. Tomemos algo. Tengo dinero que darte, y tú algo que proponerme.

—Vayamos mejor a casa de mi tío.

En casa de Bathus sólo se encontraban su tío y el sempiterno Denis. Amil, Anna, y Roddan, habían salido a ver unos terrenos, obligados por Bathus con la intención de que se despejasen un poco y asumiesen sus nuevas vidas.

Por supuesto, su tío se alegró cuando Rajín le notificó que ya era formalmente qassai. Felicitó a ambos muchachos con efusión, sonriente, como si no existiera problema alguno. Les ofreció un bote con pomada de hierbas para los cortes de las manos, que sin duda tenía preparado para la ocasión.

—En un par de semanas habrán cicatrizado, y tendréis para siempre la marca de nuestro Satrai. Por cierto, ¿sigues con tu idea de partir a Karamai? —Le preguntó a Rajín.

—Mañana mismo si puede ser.

—¿Cómo has enfocado el asunto?

—Aún tengo muchas dudas, y unas cuantas preguntas que hacerte. En función de lo que me respondas, así será como actúe.

Bathus sirvió vino negro en unas copas y se retrepó en el sillón. Propuso un brindis, que se llevó a cabo.

—Por el futuro. Y, ahora, adelante Rajín. Cuéntame tus planes inmediatos.

—En primer lugar: ¿puedo actuar en nombre propio contra Barallian y Melkara?

—Sí. No existe impedimento alguno.

—Pero soy un qassai y me debo a mi Satrai. No podemos intervenir contra el Derecho Común.

Bathus sonrió de medio lado.

—Siempre y cuando desarrolles tu actividad profesional, sobrino —especificó—. Pero, si nadie te contrata, ¿qué te impide buscar justicia por tus propios medios? Eres un hombre libre. Tienes tanto derecho como cualquier otro a luchar por tus intereses.

—Siendo así, ¿por qué no lo hiciste tú?

Bathus resopló con gesto de cansancio.

—Ya te dije que mandaron una carta al Satrai de Adenas anulando el contrato que tenía con tu padre. En esas circunstancias, estaba atado de pies y manos. El Satrai de Adenas desestimó la justa venganza. ¿Podría haberme cargado a esos dos bastardos? Por supuesto que sí. Pero, tal vez, hubiera tenido algún problema en el Satrai. Tengo una reputación que mantener, sobrino, y me gusta ser respetuoso con las normas. Mi único objetivo era liberar a mi hermano, y eso es lo que hice. ¿Para qué complicarme la vida?

* * *

Tras hablar, miró con fijeza a Rajín.

—¿Qué os han enseñado en Tusha? —Le preguntó, risueño—. Está bien eso de aprenderse de memoria todas las normas, pero creo que os deberían haber predispuesto también a interpretarlas.

Rajín, obviando el comentario, dijo.

—Iré a título personal, y lo haré yo.

—Estás en tu derecho, repito, y me parece que con ello demuestras nobleza de espíritu. Pero quiero que medites sobre algo: las circunstancias son las que son, y veo muy difícil que los Sura volvamos a Karamai. Hay que tener sentido práctico, sobrino. Los lazos entre nuestra familia y Karamai se han roto para siempre. Algo que, por descontado, tampoco me parece negativo. Por mi parte, estoy dispuesto a ayudar a la familia para que se compre alguna granja cerca de Gálasti y se establezca en ella. Creo que es lo más beneficioso para todos.

Bathus apuró su copa y se sirvió más vino. Mirando a Fortunai, le preguntó.

—¿Acompañarías a Rajín en su descabellada aventura?

Fortunai se encogió de hombros mientras contestaba.

—No me lo ha propuesto abiertamente.

—Bien, eso queda en vuestras manos. Pero, antes de que decidáis nada, os quiero advertir: hay un problema añadido.

Se levantó del sillón y comenzó a pasear por la habitación, bebiendo a sorbos breves y observando con detenimiento a los dos muchachos. Cambió el gesto irónicamente risueño que había tenido hasta el momento por uno de categórica seriedad.

—Se ve que mi excursión nocturna no gustó demasiado a Barallian y Melkara —dijo—. Debo avisarte, sobrino: han contratado a un intruso para su protección. Me niego a llamarle qassai, ni tan siquiera asesino, pues no pertenece a ningún Satrai; va por libre, y no es más que eso, otro intruso al cual no hemos podido dar caza aún. Pero el tipo es bueno en lo suyo. Escurridizo, hábil. Y terrible.

—No temo a nadie.

—Pues deberías —replicó Bathus—. O, al menos, te recomiendo que no subestimes a tus posibles rivales.

Se acercó a la ventana, y, mirando hacia el exterior, continuó.

—Ha llegado hasta Gálasti la noticia de que Brand Spasky ha sido contratado por nuestros queridos jefes del Consejo de Faneqa. Te pondré en antecedentes. Spasky es un consumado envenenador, procedente de una remota región de Yamunai, y un sádico pervertido. Todo un maestro del dolor y la muerte. No es uno de nosotros; es otra cosa, una especie de demonio que anda suelto sembrando el terror a su paso.

Se giró hacia los muchachos.

—Sus andanzas en Matsumai comenzaron hace unos diez años. Desde entonces, todos los Satrai han ido tras sus pasos. Huelga decir que han fracasado. Varios reputados qassai han acabado muertos o mutilados a manos de ese hombre. No hablo de asesinos novatos, como vosotros; me refiero a veteranos de renombre. Spasky se ha convertido con el tiempo en toda una leyenda en el gremio. El propio Mornadar de Silvestri podría hablaros sobre el desafortunado encuentro que tuvo con él.

—Vimos a Mornadar de Silvestri antes de partir a Durre —dijo Rajín, encogiéndose de hombros—, y no parecía precisamente muerto ni mutilado. Más bien, todo lo contrario.

—Se salvó de milagro —replicó Bathus—. De puro milagro.

—¿Cómo?

—No seré yo quien os lo cuente. Si tanta confianza tenéis con Mornadar, que os lo cuente él mismo. Además, no viene al caso.

—Si se sabe que Spasky está en Faneqa, ¿por qué no actúa algún Satrai?

Bathus miró con lo que podría pasar por conmiseración a Rajín.

—¿Por qué presupones, sobrino, que no vayan a intervenir?

Rajín se levantó del sillón. Abriendo los brazos y elevando la voz, preguntó.

—¿Cuál es, entonces, el problema? Que cualquier qassai acabe con Spasky. Por mi parte, acabaré con Barallian y Melkara.

Negando con la cabeza, Bathus dijo muy despacio.

—El problema es que alguien, un asesino novato por ejemplo, se entrometa por culpa de una ridícula venganza y entorpezca la acción de varios Satrai. Sólo por dar una lección a dos palurdos prepotentes. Ese es el problema que te tiene que preocupar.

Bathus se sirvió más vino y volvió su mirada al ventanal.

Con la mirada perdida en la avenida que comenzaba a mojarse por la lluvia, continuó hablando.

—Spasky se ha convertido en una obsesión. Como todas, enfermiza. Pero de ninguna manera se puede permitir que continúen sus andanzas. Cuando vino de Yamunai pretendió entrar en el Satrai de Gálasti. Traía nuevas ideas, unos conocimientos sobre venenos y anatomía que superaban con creces a los de los mayores expertos, y nuevos procedimientos, de un sadismo inconcebible y moralmente inaceptable. Aún así, durante un tiempo se estuvo sopesando su ingreso. Pero Spasky demostraba nulo respeto por las normas y un desprecio absoluto por el género humano, incluídos el resto de qassai, por supuesto. Creo que sólo pidió ingresar en algún Satrai para no tener demasiados problemas y poder trabajar, si a eso se le puede llamar así, a gusto. Hay quien opina que pretendía hacerse con el control de algún Satrai, y crear un ente nuevo. Quién sabe lo que pasa por la mente de ese demonio perturbado.

»Cuando le fue denegada su petición tampoco pareció importarle demasiado. Aunque, como carta de despedida, mutiló horriblemente al Sizzar que se lo notificó. Le cercenó los párpados, le arrancó los dientes, y le despellejó vivo. Por causa de unos venenos que le aplicó, y que desconocemos, el infortunado sobrevivió. Es más, parecía que pudiera permanecer así años, torturado por el dolor constante, pero sin que su organismo diera síntomas de ir a colapsar. Me diréis que es algo imposible. Os aseguro que fue así como sucedió. Al final, por pura caridad, le tuvieron que matar para que dejase de sufrir. Todos los qassai de Matsumai fueron en busca de Spasky. Dio igual: había desaparecido como un fantasma en la niebla.

»Como os he dicho antes, es un consumado experto en venenos. Nuestra momificación por parálisis no es más que un juego de niños para él. Pero con lo que de verdad disfruta es con el dolor extremo. Dolor que sabe aplicar como nadie lo haya hecho jamás. Como ninguna mente en su sano juicio haya imaginado jamás.

Tomándose su tiempo, como si estuviera rebuscando en su memoria para proseguir, encendió una pipa con parsimonia. Tras exhalar el humo, observando las evoluciones de las volutas en el ámbito del salón, continuó.

—Es un profundo conocedor del cuerpo y la mente humanas. Hay que reconocerlo, no queda más remedio: todas nuestras artes no son más sólidas que este humo al lado de las suyas. No conoce la piedad ni la mínima decencia, ni se rige por ninguna premisa práctica como la economía de esfuerzos. Si tiene que asesinar a alguien, lo hará del modo más doloroso y rebuscado. Disfrutando, recreándose, intentando superarse. Poco le importa que su objetivo sean niños, recién nacidos, mujeres embarazadas, o el más duro de los esclavistas: no discrimina al procurar el más inconcebible dolor. Es un psicópata que une a su locura una inteligencia terriblemente perversa. Y superior a la de la mayoría de los mortales.

»Se dice que Mornadar de Silvestri es refinado y cruel. No seré yo quien lo niegue. Pero al lado de Spasky no es más que un mocoso travieso; ni siquiera puede considerársele un aprendiz. No se trata de sofisticación, ni de cualquier otro concepto artístico del asesinato o la tortura. Es algo diferente: es maldad suprema. Todos los aquí presentes nos dedicamos a lo mismo. Sabemos matar, sabemos hacer sufrir. Pero Spasky está a otro nivel, en otra dimensión. Por supuesto, ningún qassai debe consentir que un elemento extraño como Spasky, un intruso, un arribista, nos quite el trabajo. Mucho menos que nos supere y nos quite también la reputación.

Bathus de Sura se giró y miró a los dos muchachos, que permanecían atentos a sus palabras, Fortunai boquiabierto, Rajín con gesto inescrutable.

—Ahora, sobrino —dijo—, creo que comprenderás que no es buena idea que vayas a Karamai a buscar venganza. Tanto el Satrai de Adenas como el de Gálasti, y algún otro más, piensan mandar varios qassai con el fin de terminar con Spasky. Porque, créeme, uno sólo difícilmente acabaría con él. ¿Deseas interponerte en el camino de varios Satrai?

Rajín permaneció pensativo durante unos instantes. No tenía por qué desconfiar de su tío, pero tal vez lo que le acababa de decir fuera un intento para hacerle desistir de sus intenciones. Seguramente, no. Tal vez todo fuera cierto, y los Satrai estuvieran preparándose para una guerra con tan duro competidor. En todo caso, no veía la necesidad de alterar sus planes.

—Es justo lo que he dicho antes —contestó al fin Rajín—. Que alguien se cargue a Spasky. Me vendrá bien para hacer mi trabajo. Acompañaré a la expedición de qassai. No molestaré a nadie. Pero, cuando hayan acabado con ese tipo, cumpliré con mi obligación. Al parecer, vuestra venganza está justificada, y la mía no.

—¡Eres aún más testarudo que tu padre! —Exclamó Bathus—. Y aún más necio, si cabe. Nadie te dejará que le acompañes.

—Pues iré tras sus pasos.

Bathus apuró su copa y se sirvió más vino, ofreciendo a Fortunai y Rajín. Sonreía. Pero era una sonrisa amarga.

—Sabía que dirías eso —dijo al fin, asintiendo apesadumbrado—, y es algo que me entristece. Eres como tu padre. En su momento, podría haber cambiado la vida de campesino pordiosero que ha llevado por la de qassai. ¿Lo sabías? ¿No? Despreció mis indicaciones, y las de toda la gente que le apreciaba. Y podría haber sido bueno, realmente bueno. No hagas lo que hizo él. A partir de ahora, Rajín, deberías ser consciente de algo: tu vida ha cambiado. Por suerte, eres ya un qassai, y debes moverte a partir de ahora sólo a golpe de dinero y decencia profesional. Olvídate de Karamai, olvídate del pasado. Tú ya no perteneces a ese mundo. Si te preocupa tu gente, llevará mejor vida aquí que antes.

—¿Me pides que olvide una afrenta como la que ha sufrido mi familia? —Preguntó Rajín, encarándose con Bathus—. ¿Te has vuelto un cobarde?

Bathus dejó con parsimonia su copa y su pipa sobre una mesa y le miró serio. Con gesto tan serio como jamás le hubiera visto con anterioridad Rajín.

—No sólo eres un testarudo, sino además imbécil —dijo, tranquilo—. Si no fueras mi sobrino, te haría pedazos ahora mismo. A ti, y a tu amigo. ¿Quién te crees que eres para venir a mi casa a insultarme? ¿Crees que eres superior a mi? Prefiero pasar por alto tus insultos. Aunque te convendría saber que no soy hombre que los soporte.

Después, con movimientos lentos, volvió a coger su copa y su pipa. Se plantó frente a Rajín y le dijo, mirándole a los ojos.

—Te he advertido sobre lo que no tienes que hacer. He procurado ser un buen consejero y te he ayudado todo cuanto he podido. Pero me doy cuenta de que no eres más que otro estúpido campesino karamoi. Y lo peor es que creo que nunca aprenderás. Si no cambias, siempre serás un necio, un torpe, un palurdo ebrio de supuesta fama. Puedes creerte el mejor, pero nunca llegarás ni de lejos a parecerte a un buen qassai. Nunca. Te creía más inteligente, sobrino. Me has decepcionado. O tal vez es culpa mía, y quien se equivocó fui yo.

Rajín, dándose cuenta del gravísimo error que había cometido, intentó disculparse. Pero Bathus no le dejó. Levantó su rostro y le dijo.

—Te lo voy a preguntar una única vez: ¿Me vas a hacer caso?

Rajín agachó la cabeza. No sabía por dónde comenzar a disculparse. Asintió.

—Perdona. Me he excedido.

—De acuerdo —asintió a su vez Bathus, muy serio—. Ahora, harás lo que te diga. Si prefieres ir por tu cuenta, lárgate de mi casa de inmediato. ¿Está claro? No cuentes con mi apoyo para nada. Nunca más.

Fortunai, mientras, observaba la escena con evidente estupor, pero con cierta distancia. Lo que decía un reputado asesino como Bathus de Sura, por definición, era cierto. Entonces, ¿por qué Rajín insistía en dudar de su palabra, o en sus intentos por llevar a cabo algo imposible? Concluyó que su compañero, sin duda, era lo que siempre había pensado: un karamoi prepotente, como tantos otros que había conocido. Al fin, se encogió de hombros y dijo en voz alta.

—Señor Bathus de Sura, yo me voy. Aquí sobro.

—Aquí sobramos todos ya —dijo Bathus, retomando su gesto irónico de siempre—. Os invito a comer en el Delicatessen. Esperad un momento a que coja algo de abrigo.

Y se marchó, camino de las habitaciones. Fortunai, cuando Bathus desapareció por la puerta, agarró por el brazo a Rajín.

—¿Estás loco o qué? —Le preguntó—. ¿Cómo se te ocurre comportarte así?

Cuando le iba a responder, entró Denis en el salón. Miró a Rajín y, negando con gestos perentorios de la cabeza, dijo.

—Perdóneme que se lo diga, pero es usted un inconsciente y un maleducado. Su tío no merece un trato así. Hágale caso en todo lo que le diga. Y nunca le soliviante. Jamás. Además, usted no es contrincante para un hombre como él. Tenga siempre mucho cuidado de lo que dice y a quién se lo dice.

Rajín, aún aturdido, pero lleno de la soberbia karamoi que antes no había podido liberar, le preguntó.

—¿Quién eres tú para decirme cómo tengo que comportarme?

—Alguien que es capaz de vencerle en cualquier combate y en cualquier circunstancia, señor —contestó Denis, impávido—. Al menos, de momento. Y, por supuesto, alguien con mejor educación que usted, si me permite la apreciación.

Fortunai miró con seriedad a Rajín. En su fuero interno pensaba que las cosas se podían torcer más aún por culpa del cabezota de su compañero. No sabía por qué, pero Denis le recordaba al viejo profesor Chang de Tusha. Por si acaso, dio un par de pasos hacia atrás.

Afortunadamente, Rajín, sobrepasado por los acontecimientos, esbozó una sonrisa, y le dijo a Denis.

—Sí. Tal vez lleves razón. Pero en cuanto a que me podrías vencer...

—No lo dude, señor —le cortó Denis, sonriendo—. No lo dude.

Apareció Bathus, luciendo una elegante levita de piel de algún animal que Rajín no supo reconocer. Miró a su sobrino y, como si con esa mirada fuera suficiente para hacerse una idea de lo que estaba ocurriendo, negó con la cabeza.

—¿Ahora estás molestando al bueno de Denis? —Preguntó—. No te lo recomiendo.

© José María Boto Bravo, (3.973 palabras) Créditos