Durante los últimos días, Bathus de Sura se había dejado crecer el pelo, la barba, y el bigote. Iba vestido con ropas modestas, como cualquier carretero, y llevaba por todo equipaje una mochila y sus armas.
Desmontó del caballo y lo ató a un árbol del bosque. Frente a él, el último puente que cruza el Albant, el último puente que une Karamai con el resto del continente. Lo cruzó con paso cansino.
Faneqa dormía plácida. No había guardias de ronda, ni patrullas armadas. Desde los muelles del Sarrún llegaba el crujir de las maderas de los barcos, lo único que podía escucharse en la noche.
Caminó por las solitarias calles de Faneqa, hasta que encontró la puerta que buscaba. La golpeó con la aldaba, observando si se encendía alguna luz en las ventanas cercanas. Al fin, la cabeza de Rado se asomó por una ventana del piso superior. No hizo falta más: apenas unos segundos después, abrió la puerta.
—Bathus, creo que no ha sido buena idea —dijo en susurros como saludo.
—Sólo quiero informarme. ¿Qué sabes de mi hermano?
Rado invitó a pasar con un gesto a Bathus. La mujer de Rado se asomó desde la escalera. Después, con cara de desagrado, desapareció.
Rado avivó el mortecino fuego del hogar y puso a calentar una tetera.
—Siéntate, Bathus. Tu hermano está en la prisión —explicó, suspirando—. Creo que no saldrá en mucho tiempo. Eso es lo único que sé.
Una sala pequeña hacía las veces de comedor, cocina y salón. Bathus tomó asiento a la mesa.
—Vengo a llevármelo —dijo en voz baja—. Espero hacerlo por las buenas. Pero, si no me queda más remedio, lo haré como sea. Para empezar, pediré audiencia al Consejo y expondré mis motivos.
—Ni se te ocurra. Hay una orden contra ti. Te encerrarán o te matarán. Anda con cuidado. Por muy asesino que seas.
—¿Qué me aconsejas?
Rado se quedó en silencio durante unos instantes que a Bathus se le antojaron demasiado largos. Era como si estuviera buscando una respuesta convincente y definitiva. Al fin, se mesó el pelo y resopló. Cogió la tetera y sirvió té apenas templado en dos tazas.
—No puedo ayudarte de ninguna manera —contestó, al fin—. Me echaron, ¿lo sabías? Lo más probable es que me tenga que marchar de la ciudad y empezar en otra parte. A mis años y con seis hijos. Nadie me da trabajo, y nadie me lo dará. Ya se ocuparán esos malnacidos de que así sea. Tengo mis propios problemas, Bathus. Las cosas han cambiado para siempre en Karamai. Hay un nuevo orden, al que le trae sin cuidado las viejas leyes.
Babió de su taza, y, después, con una sonrisa torcida, propuso.
—Pero, si quieres un consejo, te lo daré: vete por donde has venido y no vuelvas.
Bathus se dio cuenta de que estaba poniendo en un serio compromiso a Rado. Lo último que quería era causarle más problemas.
—¿No puedes decirme nada más sobre Amil?
Rado negó.
—Nada. Ni yo, ni nadie de los amigos de tu familia. No queda ninguno de los antiguos trabajadores del Consejo. Han cambiado a todos por sicarios a sueldo de Barallian y Melkara. ¡Mi buen amigo Amil! ¡Cuántas veces hemos bebido juntos! ¿Qué será de él? ¿Qué será de todos nosotros?
—Entonces, no te molestaré más —dijo Bathus, levantándose—. Espero que tengas suerte.
Y le ofreció su mano. Un saludo extraño, que Rado interpretó como una más de las excentricidades foráneas de Bathus de Sura. Cuando Rado correspondió al saludo, notó algo al apretar. Al soltar la mano, miró. Eran dos billetes de mil geas.
—Para tus necesidades —explicó Bathus—. Hasta siempre, Rado.
Se saludaron como los dioses mandan. Y con contenida pero verdadera emoción, como buenos karamoi.
—Cuídate, de Sura —le despidió en voz baja al abrir la puerta—. Que los dioses estén contigo y tu familia.
Bathus caminó pensativo y silencioso. Había creído que el bueno de Rado, siempre fiel, siempre informado, podría comentarle algo sobre cómo estaban los ánimos en el Consejo. Había sopesado la posibilidad que de, pagando algún dinero, dejaran libre a su hermano. Al fin y al cabo, a todo el mundo —y Barallian y Melkara no eran una excepción—le gusta el dinero. Sí, había decidido llegar hasta ese punto si fuera necesario. Pero, como supuso desde el primer momento, ni tan siquiera tendría esa posibilidad. No sólo fueron sus palabras: algo en el tono con que fueron dichas y en los ojos de Rado le indicaba que era una pésima idea presentarse ante el Consejo. Sólo querían vengarse de la familia de Sura, y no se daban por satisfechos con lo que habían conseguido. Tal vez, todo aquello fuera sólo una advertencia para el resto de karamoi. Sí. Como había dicho Rado, había un nuevo orden en Karamai.
En el peor de los casos, Bathus había pensado preguntarle a Rado por la ubicación de la celda donde tendrían preso a su hermano, sobre quién solía estar de guardia y cosas así, datos imprescindibles si quería liberarle por la fuerza. Desalentado, cruzó el puente sobre el Albant y montó en su caballo. No tenía a quién recurrir, ni sabía qué hacer. Por primera vez en muchos años se sintió perdido, casi inútil.
Llegó a la posada en la aldea de Afran. Se echó sobre la cama de su habitación y estuvo meditando el resto de la noche.
Al amanecer, había tomado una decisión. No había otra opción: si quería liberar a su hermano tendría que ser con una intervención audaz y de incierto resultado.
Pasó el resto de la mañana descansando. A la tarde, montó en su caballo y se dirigió a Chamint, río abajo, una población costera en la margen oriental del Sarrún. Compró dos caballos y los dejó en depósito en el establo de la posada.
—Es posible que venga a por ellos esta misma noche —le dijo al posadero, dándole una generosa propina—. Tenlos preparados.
Después, cabalgó hacia Faneqa. Antes de cruzar el puente, ató el caballo donde la noche anterior.
Cruzó el puente a paso vivo. Era ya noche cerrada y las calles estaban desiertas. Sólo había algo de actividad en las tabernas cercanas al puerto. Llegó hasta los muelles del Sarrún. Buscó entre los barcos y botes amarrados hasta que encontró lo que necesitaba. Se subió en la pequeña barca y soltó los amarres. Bordeó Faneqa dejando que le llevase la corriente y, cuando se encontró con el Albant, arrancó el pequeño motor de explosión. La barca ascendió la corriente del Albant hasta llegar de nuevo al puente. Amarró la barca cerca de donde tenía el caballo.
Montó de nuevo en su caballo. Cayó en el detalle de que esa sería la última vez que entrase en Karamai. En mucho tiempo, al menos. O tal vez para siempre. Involuntariamente, se encogió de hombros.
Al trote llegó hasta la casa de Barallian, una de esas mansiones rústicas de madera típicas de los propietarios. Descendió frente a la entrada principal, ató a su bestia a cubierto de miradas, y rodeó la finca. No había guardia. No había motivo para que la hubiera: al fin y al cabo, Barallian no era tan importante como para disponer de guardia personal. Pero, tal vez, a un tipo prepotente como él le gustase protegerse como si fuera un sire. En todo caso, sonrió Bathus, en aquella ocasión no le habría venido mal a Barallian unos cuantos hombres de guardia. Eso le pasaba por arrogante, por sentirse intocable, por confiado. En el fondo no era más que otro palurdo ignorante. Vivía del miedo que provocaba en sus paisanos, gentes que no eran capaces, ni tan siquiera, de pensar en la idea de no vivir en Karamai. Gentes que aguantaban lo que fuera necesario con tal de seguir creyendo que eran los mejores del mundo. A Bathus le dio tiempo de pensar todo eso. Algo que le hizo enojarse aún más.
Saltó la valla y se encaminó a la casa. Un edificio de menor tamaño quedaba a su derecha: las cuadras y la vivienda del servicio. No había ninguna luz.
En la planta baja de la mansión sólo había luz en la parte posterior. Echó un vistazo a través de una ventana. Era la cocina. Una mujer se afanaba sobre los fogones, y un tipo de espaldas a la ventana cenaba en silencio. Llamó a la puerta que tenía la cocina al exterior. Pudo ver cómo el hombre miraba inquisitivo a la cocinera y se levantaba.
—¿Quién es? —Preguntó el hombre, sin llegar a abrir la puerta.
—¿Está el presidente Barallian?
—¿Quién eres, y para qué le quieres?
—Soy el correo del Consejo de Lianya —respondió Bathus, serio—. Abre de inmediato.
—Más te vale que sea urgente. Por cierto, ¿cómo has entrado?
—La puerta principal está abierta.
—Voy a dar una paliza al chico —se escuchó.
El hombre entreabrió la puerta y miró al exterior. Bathus le apuntó con su automática mientras terminaba de abrir la puerta de una patada.
—Llévame ante Barallian.
—Bathus de Sura... —dijo el hombre, sorprendido—. ¿Eres tú?
—Vamos, hay prisa. ¿Eres criado suyo? ¿Tienes las llaves de la casa?
El hombre asintió. Bathus le miró serio.
—No quiero problemas de última hora, ¿entendido? Y usted —dijo, refiriéndose a la cocinera—, acompáñenos. Delante de mí los dos.
Salieron de la cocina. Tomaron un ancho pasillo que desembocaba en la entrada principal.
—¿Hay alguien más en la casa?
—La familia —contestó el hombre.
—¿Y el resto del servicio?
—Están en el edificio auxiliar.
—¿Dónde está Barallian?
—Supongo que ya estará acostado —dijo el criado—. ¿No pretenderás que le moleste? Piensa bien en lo que estás haciendo.
Bathus le clavó el cañón de su arma en la espalda.
—No quiero matarte. No me obligues a hacerlo.
Subieron una escalinata. En la planta superior el hombre se paró ante una puerta.
—¿A qué esperas? —Preguntó Bathus.
El criado abrió la puerta sin llamar. Dentro, Barallian leía a la luz de una lámpara de noche, acostado en la cama. Abrió los ojos con pánico en cuanto vio la escena.
—Levántate, Barallian —dijo Bathus—. Vienes conmigo.
La mujer de Barallian se despertó. Dio un agudo grito.
—¡Silencio! —Ordenó Bathus—. ¿A qué esperas, Barallian? No pienso repetirte las órdenes. Cúmplelas a la primera.
—Eres un loco peligroso —dijo, mirándole con desprecio—. Esto te va a costar caro. Muy caro.
—A quien le va a costar muy caro es a ti si no obedeces —replicó Bathus, sereno—. Venga, rápido.
Barallian bajó de la cama con una sonrisa irónica en sus labios y comenzó a vestirse con parsimonia. Se puso una camisa y un pantalón que estaban sobre una silla. Se calzaba las botas cuando Bathus se acercó a él.
—Suficiente —dijo—. Mejor que vayas descalzo.
Sacó una cuerda.
—Pon las manos en la espalda —le ordenó.
Le ató las manos con la cuerda. Un nudo fuerte, que hizo protestar a Barallian.
—Vamos. Delante de mí.
Barallian comenzó a andar reluctante.
—Me llevo a tu jefe —dijo Bathus al criado—. Tú, mientras, ve a buscar a Melkara y dile que quiero a mi hermano. Esperaré en el último puente del Albant. Si no viene en una hora, mataré a Barallian. ¿Ha quedado claro?
El hombre asintió. La mujer de Barallian volvió a gritar. Pero esta vez fue un grito ahogado.
—Saldrás en cuanto nos hayamos ido —continuó Bathus, dirigiéndose al criado—, y no hagas ninguna tontería. Ahora, ábrenos el camino. Y usted —le dijo a la cocinera—, quédese con la señora. Y no salgan de la habitación, ni pidan auxilio, o estos dos morirán. ¿Me han entendido?
El criado miró de soslayo, con claro temor, a Barallian, y sacó un llavero. Las mujeres, abrazadas en la cama, asintieron en silencio.
Bajaron la escalinata y salieron al exterior de la mansión. El criado abrió la puerta principal. Bathus, a base de empujones, obligó a correr a Barallian hasta llegar a su caballo.
—Sube.
Recorrieron al galope la ciudad, a toda la velocidad que podía conseguir la bestia con el peso de ambos. Cruzaron el puente del Albant y Bathus detuvo el caballo. Empujó a Barallian, sin dejarle apoyarse en el estribo. Cayó a tierra.
—¡Estás loco! —Escupió Barallian—. ¿Se puede saber qué te propones?
—Cállate.
Bathus encendió una linterna.
—Ten por seguro que esto se sabrá en todo Matsumai —dijo Barallian con tono de amenaza mientras se incorporaba—. Tu carrera de asesino ha terminado, Bathus de Sura.
—Lo dudo. Vengo a título personal. No soy más que un hombre que busca justicia por sus propios medios.
—Estás acabado. Como toda tu asquerosa familia.
Bathus le dio un puñetazo en la cara. Barallian cayó de nuevo al suelo. De su nariz rota comenzó a manar sangre. Bathus cogió otro trozo de cuerda y le ató los pies.
—He dicho que te calles.
Se acercó al caballo y sacó el rifle de su funda. Se lo colgó del hombro. Cogió su mochila y la dejó en la barca. Barallian, paralizado y encogido, le observaba desde el suelo. Bathus, cuando terminó sus preparativos, sacó su pipa, la cargó de tabaco, y la encendió. Se sentó en el suelo, a unos metros de Barallian, mirando alternativamente a su rehén y al puente.
Fueron pasando lentos los minutos. Barallian intentó en alguna ocasión decir algo, alguno de sus parlamentos llenos de bravatas y prepotencia. Pero Bathus cortó sus tentativas apuntándole con su pistola.
—Tengo frío —se atrevió a quejarse al fin.
Bathus se acercó al caballo, le tiró una manta, y siguió fumando de su pipa.
—Barallian, eso es lo único cierto de todo lo que has dicho en esta noche.
Escuchó ruido a su espalda. Ruido aún lejano, pero perceptible para su oído entrenado. Retirándose de la luz, se alejó con pasos sigilosos. Durante unos instantes permaneció quieto, escrutando con todos sus sentidos la noche. Al fin, se volvió a Barallian y le apuntó con el rifle.
—Silencio —dijo—. O te mato. No te perderé de vista, y sabes que tengo buena puntería.
Apuntó la linterna hacia Barallian y se introdujo en el cercano bosque. Dos hombres, a pie, se acercaban a ellos por el bosque, iluminando el camino con una linterna. La apagaron cuando creyeron que les podrían ver desde la orilla y continuaron, avanzando a trompicones en la oscuridad hacia la silueta de Barallian. Se habían dado prisa los sicarios del Consejo: habían cruzado el Albant lo suficientemente lejos para que no hubiera podido escucharles ni verles, y le tendían una emboscada. Pero eran torpes. Sólo eran unos matones acostumbrados a asustar a campesinos.
Barallian, atento, gritó.
—¡Aquí!
Los hombres, agachados, se acercaban a Barallian parapetándose tras los árboles. Bathus se colocó las lentes y se internó aún más en el bosque. Los sicarios buscaban un lugar desde el que abrir fuego. Pero sólo veían al presidente, sentado en el suelo. Escondido, permitió que pasasen hasta que le ofrecieron sus espaldas.
—¡Cuidado! —Gritó Barallian—. ¡Está escondido en el bosque!
Las siluetas de los dos hombres se recortaron sobre el fondo. Bathus disparó al que tenía más cerca. No había caído aún al suelo cuando disparó al otro hombre. Miró en derredor. Escuchó. No había nadie más.
Se acercó a sus presas. Dos tiros certeros en la base del cráneo. Estaban muertos. Cogió sus escopetas y, saliendo del bosque, se acercó a la orilla y las tiró al río.
Bathus volvió a su lugar de antes y se sentó tranquilamente en el suelo.
—¡Los has matado! —Chilló Barallian.
—No bromeo. Te mataré a ti también si las cosas no van como espero. ¿Queda claro?
Barallian, como respuesta, agachó la cabeza. Parecía haber perdido de golpe toda su altanería.
Ruido de cascos. Un grupo de hombres a caballo se acercaba al puente desde Faneqa.
—No te muevas, si no quieres morir —dijo Bathus—. Ahí, quieto.
Se alejó de la luz y observó con sus prismáticos. Eran cerca de veinte jinetes, algunos armados con escopetas. Viendo al grupo bajo las mortecinas luces de la ciudad, Bathus no pudo reprimir un escalofrío. Eran demasiados. Por muy torpes que fueran, jamás podría luchar contra tantos.
Alejó de la luz a Barallian a empujones. Desde la protección de la oscuridad, gritó.
—¡Alto! ¡Ni un paso más!
El grupo se detuvo a la entrada del puente.
—¡Que venga Amil de Sura! —Gritó—. Solo.
—¡Bathus de Sura! —Se oyó la voz de Melkara—. En nombre del Consejo te recomiendo que te entregues voluntariamente.
—No lo repetiré más veces. Que venga Amil de Sura.
—¿Dónde está el presidente? Quiero verle.
—¡Ya he matado a vuestros dos compañeros! ¿Deseas que muera también Barallian?
Nadie contestó. Los hombres de la partida hablaron entre ellos. Melkara, vuelto de espaldas, parecía impartir órdenes. Al fin, una figura descendió de un caballo. Llevaba una soga al cuello, sujetada por un hombre, y los brazos atados a la espalda. Bathus no pudo escuchar qué decían, pero la figura comenzó a caminar por el puente, ya libre de la soga del cuello. Era Amil.
—¡Aquí! —Dijo Bathus cuando llegaba al final del puente.
Su hermano se acercó. A tientas, Bathus cortó el nudo que le sujetaba las manos.
—Coge la linterna y baja al río. Allí hay una barca. Sube en ella.
Después, agarró a Barallian.
—Vamos a dar un paseo nocturno.
Barallian se levantó. Descalzo y atado, apenas podía caminar. Dando saltitos, impelido por la fuerza de Bathus, llegaron hasta la barca.
—Ya tienes lo que querías —dijo Barallian—. ¿No vas a cumplir tu palabra?
Bathus no le contestó. Elevó de nuevo la voz, para que pudieran escucharle desde la otra orilla.
—Soltaremos a Barallian río abajo. No disparéis. Pensad que podríais darle a él. Si no le dais vosotros, yo mismo le mataré en cuanto escuche el primer disparo.
—¡Ese no era el trato! —Chilló Melkara.
—Si queréis volver a ver a vuestro presidente, haced lo que os digo. ¿Está claro?
No hubo contestación.
Subieron a la barca. Bathus la liberó, arrancó el motor, y se internó en la corriente descendente. Amil, silencioso, miraba hacia el puente. Los hombres de Melkara oteaban el oscuro río, intentando localizar la barca. Algunos montaron en sus cabalgaduras y salieron a escape.
En apenas un par de minutos se encontraron en la confluencia del Sarrún y el Albant. La corriente se hizo más viva aún. Bathus intentaba no perder el control de la inestable barca, pero también mantenerse lejos de las orillas. Era difícil, en noche cerrada. Pero él sabía guiarse. Las luces de Faneqa fueron quedando atrás, cada vez más lejanas.
—¿Qué tienes pensado hacer? —Preguntó Amil.
Bathus no contestó. Giró su cabeza. Tras ellos, pero aún distantes, varias luces resaltaban en la oscuridad del río. Había comenzado el rastreo.
Llegaron a las proximidades de la aldea de Chamint. Bathus encendió la linterna y guió la barca hasta la orilla, lejos del pequeño amarradero.
—A tierra —ordenó, parando el motor—. Tú primero, Barallian.
Cortó con su cuchillo las ataduras de los pies del presidente. Amil y Barallian desembarcaron, tropezando. Bathus cogió su mochila, dio un rápido repaso a su material, y saltó a tierra. Después, empujó la barca río adentro. La barca siguió la corriente del río libre de control.
—¿No irás a matarme, verdad? —Preguntó Barallian con una sonrisa nerviosa, encogiéndose, intentando arrebujarse en la manta—. Aún podemos llegar a un acuerdo. Tal vez el Consejo se haya excedido con la familia de Sura. Habéis demostrado valor y amor por nuestra tierra. Estáis a tiempo de rectificar. El Consejo tenía pensado dejar libre a tu hermano la semana próxima. Y derogar un decreto de exilio es sencillo...
Bathus no dejó que siguiera hablando. Le golpeó con fuerza en el cuello. Barallian cayó al suelo.
Amil se agachó.
—¿Le has matado?
—No. Sólo ha perdido el conocimiento.
—Mátalo.
Los ojos de su hermano brillaban feroces a la luz de la linterna en su cara sucia y barbuda.
—No lo voy a hacer, Amil —rebatió Bathus—. No puedo. Y no debo.
—Pues lo haré yo.
Amil hizo el amago de lanzarse sobre Barallian con los brazos extendidos. Pero no estaba en su mejor forma. El cautiverio y las penalidades le habían convertido en una sombra de lo que siempre fue. Bathus apenas tuvo que emplearse para sujetarle.
—No lo puedo consentir —le dijo, sereno—. He conseguido lo que quería: liberarte. Hasta aquí puedo llegar. No puedo matarle. Ni permitir que le mates.
—¿Por qué? ¿Por tus normas de qassai?
—No estropees las cosas, Amil. ¿Te parece honorable matar a una persona que sufre esta desventaja? ¿Sin que haya un contrato que lo justifique? Es una autoridad. ¿Acaso quieres ser como ellos? Coge la linterna. Venga, rápido.
Bathus comenzó a caminar a paso ligero en dirección a la aldea. Pero su hermano parecía no poder arrancar.
—Tengo las piernas entumecidas —se quejó en susurros Amil.
Bathus le agarró de una axila.
—Ya descansarás.
Llegaron a la posada de la aldea de Chamint. Montaron en los caballos y se perdieron en la noche.