Llegó la noche. Tras la cena y los rezos en cubierta, Rajín y Fortunai volvieron al camarote a esperar el momento en que fueran llamados. Un marinero entró poco después de que se hubieran echado en sus camas, y gritó los nombres del segundo grupo de trabajo. Rajín y Fortunai bajaron resignados de sus literas. Asama Kang apareció desde los aseos sonriendo con chulería, con caminar pasmoso y mirada amenazadora. Los tres, al fin, siguieron al marinero hasta cubierta.
En un pequeño almacén se encontraba el material de limpieza. Les fueron asignados diversos útiles.
—Ahora os toca limpiar los pasillos interiores —dijo el marinero—. Hacedlo en silencio, hay gente durmiendo y gente trabajando que no quiere que les molesten. Empezad por los más cercanos a cubierta. Después, pasáos por la bodega Dos. Debemos amarrar mejor algunos contenedores, y nos hacen falta hombres fuertes como vosotros.
Se introdujeron en el castillo de popa. Los pasillos de madera se antojaban kilométricos. Fortunai, que jamás había cogido un utensilio de limpieza, miró ceñudo su fregona.
—¿Cuándo se ha visto hacer este tipo de trabajos a un noble? —Replicó Asama—. Esto es un ultraje.
El marinero le respondió sin tan siquiera mirarle.
—Hacedlo, y no tendréis problemas. Vuestros compañeros del otro turno terminaron su trabajo como estaba previsto.
—¿Y si no lo hacemos? —Replicó nuevamente Asama. Los ojos, muy abiertos, le brillaban.
—Sólo cumplo órdenes —contestó el marinero, encogiéndose de hombros—. No me hagáis llamar al contramaestre. No juzgo si las cosas están bien o mal. Son como son y hay que aceptarlas. Hacedlo por vuestro bien. Y dáos prisa en la limpieza: los contenedores nos llevarán varias horas.
—Pues yo no pienso hacer nada —dijo Asama, arrojando un escobón lejos de sí—. Llama a quien quieras.
—Si eso es lo que deseas...
—¡Eh, oye, que nosotros no queremos problemas! —Exclamó Fortunai, dirigiéndose al marinero—. El único que no acepta esta situación es él.
El marinero asintió y se fue. Rajín y Fortunai se miraron en silencio. Comenzaron a limpiar el pasillo.
—¿Por qué lo hacéis? —Asama, poniéndose frente a ellos, les cortaba el paso—. Los pasajeros somos siete hombres. Podemos negarnos y no tendrán posibilidad de obligarnos.
—Sí la tienen —contestó Rajín—. Son muchos más que nosotros, y van armados. He visto a hombres como tú morir por menos de lo que estás haciendo.
—¿Y tú lo dices? ¿Un valeroso e indomable asesino profesional? Creo que me engañásteis cuando dijísteis que eráis asesinos. No sois más valientes que dos niños de teta.
Rajín le miró durante un momento y enseguida volvió la cabeza. Se acordó del duque Ball. Sí, sin duda era posible que fueran en verdad familia: tenían evidentes lazos en común. Ambos eran dos inútiles, dos majaderos con ínfulas. ¡Qué curiosa era la vida! Acababa de asesinar al duque, y ahora le provocaba un sobrino suyo. ¿Debería enfrentarse también a él?
—Más que dos niños, parecéis dos esclavos —siguió atacando Asama—. O dos futuros esclavos. Sí, tenéis el mismo ánimo que los asquerosos esclavos de mi familia.
Rajín le volvió a mirar con un gesto mezcla de diversión y desprecio a la vez.
—Tú no sabes lo que significa ser esclavo —dijo, serio—. Y reza a los dioses porque nunca lo sepas. Y, ahora, quítate de mi camino.
Le empujó con violencia. Lo que implicó que Asama fuera a parar al suelo, varios metros más allá. Se estaba levantando cuando entró Melquíades el contramaestre, a medio vestir, acompañado por varios marineros. Llevaban armas de fuego en cartucheras acopladas a sus cinturones.
—Se acabó, muchacho —dijo, dirigiéndose directamente a Asama—. Conozco a los que son como tú. Drogadictos, ladrones, gentuza que merece ser esclavizada de por vida. Te niegas a pagar tu viaje y tu comida con trabajo. Irás a parar al mar.
Le cogieron entre varios marineros, mientras Asama se debatía por liberarse.
—Soy un hombre libre —protestó—, y miembro de la aristocracia. Seré dentro de poco un asesino cofrade. Soltadme o lo lamentaréis.
Y el contramaestre le dijo con sorna.
—Tú no llegarás a nada en esta vida. Y vosotros —se dirigió a los marineros—, registradle los bolsillos.
Le registraron, forzándole los brazos en la espalda. Uno de los marineros encontró una bolsita de plástico, que entregó al contramaestre. Éste la miró y asintió.
—¡Ajá! Así que era esto. Letalmina. Esto es lo que te daba la valentía y fortaleza. ¡A la borda con él!
—¡Ayudadme! —Chilló Asama, dirigiéndose a Rajín y Fortunai.
Cuando se dio cuenta de que ambos permanecían impávidos ante su petición, gritó.
—¡Esos dos son asesinos profesionales, y van armados!
Aparentemente, nadie le hizo caso.
Le sacaron en volandas hasta la cubierta, Asama pataleando, mientras el contramaestre, meditabundo, observaba el contenido anaranjado de la bolsa de plástico. Los gritos del infortunado llegaron desde cubierta, rompiendo el silencio del buque. Fueron creciendo en intensidad, cada vez eran más desgarradores, más angustiosos. Melquiades se giró hacia Rajín y Fortunai. Escrutó sus rostros con detenimiento, como si esperase encontrar alguna reacción concreta. Rajín, indiferente, se limpiaba una uña. Fortunai miraba alternativamente a su escobón y al contramaestre, sin rastro de temor alguno.
—Vayamos a cubierta —les dijo el contramaestre cuando terminó su examen—. Podréis observar cómo se castiga la desobediencia en el Espectro de Arena.
Dejaron las escobas y siguieron a Melquíades. Los marineros se habían acercado ya hasta la borda del buque. Asama colgaba entre ellos como un pelele, debatiéndose con inútil furia. Cuando llegaron hasta el grupo, Melquiades agarró por el pelo a Asama, girando su rostro.
—Una lástima que no nos dirijamos a Fenai —le dijo, mirándole con fijeza a los ojos—. Allí podrías haber sido vendido como esclavo, y algún beneficio habríamos obtenido de una escoria como tú. Reza a los dioses. Porque aquí termina tu viaje.
Y, mirando hacia las oscuras aguas del Mar Interior, dio la orden en voz baja.
—Tiradle al mar.
Asama se abrazaba con furia a los marineros, a sus cuellos, sus brazos, sus ropas. Entre dos le sujetaron las manos, otros le cogieron de los pies, con facilidad, como si estuvieran acostumbrados a hacerlo. Comenzaron a balancearle. Durante unos instantes, Rajín pensó que, tal vez, estaba presenciando un juego grotesco, algún tipo de broma macabra carente de gracia que terminaría siendo sólo un buen susto. Hasta que los marineros, cuando creyeron que había cogido la inercia suficiente, le soltaron. El cuerpo de Asama describió un arco, ascendió sobre la baranda del barco, y cayó del otro lado. Todos se acercaron a la borda. En la oscuridad de la noche sólo se oyó un grito apagado y un lejano chapoteo. El contramaestre sujetó la bolsa de droga ante sí, durante un breve momento, y luego la lanzó al mar.
—Las drogas, cualquier tipo de droga, están prohibidas en el Espectro de Arena. Que os quede claro. Y, ahora, volved a vuestro trabajo. Os mandaré a un pasajero del otro grupo para que os ayude.
—Con permiso, señor contramaestre —dijo Fortunai con voz tranquila, como si el asunto careciera de importancia—. Nosotros llevamos drogas, señor. Pero no para consumo propio. No queremos problemas. ¿Se las damos?
—¡Inmediatamente! —Gritó el Contramaestre—. ¿No acabáis de oír lo que he dicho?
—No lo advirtió antes —arguyó Rajín, con la misma tranquilidad de su compañero—. Si nos lo llega a decir, se las entregamos al momento.
Bajaron al camarote, acompañados de la pequeña guardia de marineros armados. Fortunai sacó las bolsas con lo poco que quedaba de Alma de Fuego y toxinas.
—Como le hemos dicho, no son para nuestro uso —explicó Rajín—, ni para traficar con ellas. Digamos que son las sobras de un regalo que hemos hecho a unos amigos que estaban a punto de morir.
El contramaestre cogió las bolsas, sin apartar la mirada de los dos.
—¿No tenéis más?
Ambos negaron.
—Las drogas irán al mar —sentenció—. Ahora, continuad con vuestro trabajo.
Melquíades y los marineros se marcharon. En silencio, Rajín y Fortunai volvieron al pasillo. Unos minutos después, un hombre soñoliento se unió a ellos. Era otro pasajero, un tipo desastrado, barbudo, y con aspecto de trotamundos.
—Me llamo Dimitri —se presentó—. He tenido mala suerte: hoy no podré descansar. El contramaestre me ha dicho que me una a vosotros. Al final, ese bobo de Asama ha hecho alguna de las suyas, ¿verdad?
Rajín y Fortunai asintieron.
—Supe que ese chico sería un problema —dijo Dimitri, mientras fregaba el suelo—, en cuanto le vi consumir letalmina mientras esperábamos en el puerto. No me gusta ese Asama. No es más que un perdonavidas sin clase. Se acercó al grupo presentándose con aires de gran señor y tratándonos como si fuéramos sus criados. Un completo imbécil.
—El hecho de que alguien consuma drogas siempre es un problema —asintió Fortunai, sonriendo—. En este caso, y en algunos otros, muy grave.
Dimitri se volvió.
—¿Lo han tirado por la borda?
—Sí. A él y a su droga.
—Mejor para todos.
Rajín sonrió sombrío.
—Supongo que él se lo buscó —filosofó—. Conocemos la letalmina: transforma al hombre más cobarde en el más valeroso de los guerreros. En una travesía en barco su consumo es inadmisible. Tarde o temprano se habría cargado a algún miembro de la tripulación, o a cualquiera de nosotros. O vete a saber lo que habría podido hacer. Tal vez algún sabotaje, o cualquier locura imprevista. Estoy seguro de que el contramaestre no le ha matado por simple desobediencia. Algo debió de advertirle.
—¿Algo? —Preguntó sardónicamente Dimitri—. Más bien todo.
—Sí. Está claro que la gente de mar sabe cuidar de sus intereses y sus vidas. Tal vez, desde el primer momento, le delató algún gesto desproporcionado y el contramaestre comenzó a sospechar. Ahora, el asunto está en manos de los dioses. Sigamos con nuestra labor.
Rajín, mientras decía esas palabras, se imaginaba qué hubiera podido ocurrir si Asama Kang hubiera encontrado sus armas. Torció la cabeza y siguió limpiando. Fortunai debió de imaginar algo similar: se giró hacia Rajín y le dijo en voz baja.
—La próxima vez que enseñes lo que no tienes que enseñar, yo mismo te tiraré por la borda, karamoi de los demonios.