Después, el Sizzar anotó en un folio un par de direcciones. Guardó la hoja en la carpeta donde estaba el plano dibujado por Latkyi.

—Aquí podréis comprar cuanto necesitéis. Son los proveedores habituales del Satrai de Gálasti. No hará falta deciros que no existen para el resto del mundo. Ahora, firmad el contrato.

Puso delante de ellos un documento que parecía redactado en un pergamino de lo amarillento y grueso que era el papel, escrito con un tipo de letra florido que se parecía al de Karamai, tan conocido por Rajín. Ambos firmaron en el espacio destinado a «Qassai».

El Sizzar guardó el documento recién firmado, se levantó de su sillón, y le entregó a Fortunai el dinero y la carpeta. La figura del Sizzar le pareció a Rajín más imponente aún que la primera vez que le vio. Se acordó de su tío Bathus. ¡Ojalá estuviera allí en ese momento!

Mornadar de Silvestri se levantó también, y miró con ojos inquisitivos a los dos muchachos, encogiendo la nariz y atusándose el bigote.

—Ahora, que los dioses os acompañen —dijo el Sizzar, abriendo los brazos—. Espero que volváis dentro de poco con la noticia de que el sire de Durre ha muerto. Si no es así, no volváis.

—Volveremos, Sizzar —dijo solemne Fortunai—. Lo juro por la memoria de mis padres.

Los dos muchachos agacharon respetuosamente la cabeza y se dirigieron a la puerta.

—Suerte, chicos —dijo Mornadar cuando abría la puerta Fortunai—. Deduzco que la necesitaréis.

—De Sura —advirtió Raduk el Shaim—: espero que no dejes en mal lugar a tu tío.

Cuando hubieron salido, Fortunai cerró la puerta con suavidad y miró a Rajín. Sonreía. Rajín no sabía qué pensar. Le asaltaban una mezcolanza de sensaciones contradictorias: por un lado, se sentía afortunado por su primer trabajo; por otro, no tenía todas consigo de que estuviera preparado para terminarlo con éxito, ni tan siquiera para plantearlo como era debido. ¿Dónde se había escondido su inquebrantable determinación? Sacudió la cabeza, intentando espantar las dudas.

No habían bajado ni tres escalones cuando el secretario les llamó.

—El Sizzar os reclama.

Volvieron al despacho a la carrera. Raduk el Shaim y Mornadar de Silvestri les esperaban en pie, con un gesto autoritario en sus caras.

—¿No os olvidáis de algo? —Preguntó el Sizzar.

Sin dar tiempo a que pudieran buscar una respuesta, él mismo se respondió.

—Vuestras escarapelas. ¿Pretendéis viajar por el mundo sin escarapelas que os libren de una posible esclavitud? ¿Qué clase de qassai sois?

Les entregó dos escarapelas púrpura.

—Esas son las cosas que no me gustan —dijo tras dárselas, negando con la cabeza—. Un asesino debe tener siempre la cabeza fría, y meditar todos los pasos. Os encuentro nerviosos y precipitados.

Los dos muchachos se mantuvieron en silencio, sin saber qué decir.

—Lo tomaré como algo propio de vuestra inexperiencia. Pero, por vuestro propio bien, no volváis a caer en este tipo de errores. Nunca. Ahora, ¿qué esperáis para iros de una vez?

Rajín y Fortunai salieron y cerraron la puerta con delicadeza. No pudieron escucharlo, pero Raduk el Shaim le preguntó a Mornadar de Silvestri.

—¿Crees que he hecho buena elección?

Y el gran asesino contestó, sonriendo de medio lado.

—Si el sire Olafo de Durre tiene familiares, convendría que fueran preparándole un entierro digno.

* * *

Ya en casa de Bathus, Fortunai desplegó sobre la mesa del escritorio el plano del palacio del sire y comenzó a estudiarlo con detenimiento. Al cabo de unos minutos lo volvió a plegar y se giró, suspirando, a Rajín.

—Algo queda claro —dijo—. Vamos a tener que acercarnos mucho a nuestra presa. Las habitaciones que suele ocupar dan a un jardín interior. De ninguna manera podríamos hacer blanco efectivo desde fuera del complejo. Por mucha paciencia que tuviéramos. A no ser que nos crecieran alas.

Rajín asintió sin convencimiento, mientras servía dos copas de vino negro.

—¿Qué pasa? —Le preguntó Fortunai—. No te veo interesado.

—No lo sé —respondió Rajín—. Me encuentro tan interesado como puedas estarlo tú. Pero creo que me hace falta tiempo para digerirlo todo. Han ocurrido tantas cosas importantes en tan poco tiempo. ¡Por los dioses, nos han entregado treinta mil geas!

Desde luego, no ofrecía síntomas de estar tan comprometido como Fortunai, sino más bien desconcertado y torpe, como si lo que ocurría no fuera con él, como si sólo fuera un espectador de lo que pasaba a su alrededor. Nada más abandonar la sede del Satrai, fue Fortunai quien le espoleó para volver lo antes posible a casa de su tío y ponerse manos a la obra. Había que comprar armas, planificar el viaje. El Sizzar había dicho que partieran lo antes posible. Rajín, aturdido, se dejó llevar por el ímpetu de su compañero.

—Sí, es una gran responsabilidad. Pero espabila —le recomendó Fortunai, bebiendo de su copa—. Tenemos una suerte endiabladamente buena. Sólo pienso en terminar el trabajo lo antes posible, y eso deberías hacer tú también.

Rajín, silencioso, asintió.

—En el fondo, y perdona que te lo diga, no eres más que otro arrogante campesino karamoi —dijo sonriendo Fortunai—, un palurdo con aires de grandeza y la tripa siempre llena. Aprende de tu tío. El supo salir de ese mundo ridículo, donde os creéis mejores que los demás. Tal vez, si hubieras tenido que vivir lo que yo, serías más fuerte de ánimo.

—¿Dudas de mi fortaleza? ¿Crees que no estoy a tu altura? —Preguntó Rajín—. Te equivocas. Puedo demostrarte ahora mismo que soy tan duro como cualquiera.

Dejó la copa de vino sobre una mesa y se plantó frente a Fortunai con gesto de desafío. En el fondo, sabía que su compañero llevaba parte de razón. Pero estaba dispuesto a demostrarle que se equivocaba, y a demostrárselo a sí mismo. ¿Era esa una buena forma de hacerlo, encarándose con un compañero? ¿Qué pensaría su tío? En ese instante, llegó a la conclusión de que él no era su tío, y de que nada importaba ya lo que pensase o no sobre él y sus actos. Podía convertirse en un qassai si acababa bien un trabajo que, para un pobre huérfano no karamoi como Fortunai, parecía posible de realizar. Su compañero afrontaba con optimismo el reto. ¿Acaso no sería él capaz de conseguirlo también? Buscó, dentro de sí, su fortaleza de ánimo extrañamente perdida. Y algo de ella encontró.

—Vale, vale, grandullón —dijo Fortunai, sin perder la sonrisa—. Eso es lo que esperaba oir.

Rajín se dio media vuelta y tomó asiento en el sofá de piel. Bebió de su copa.

—¿Has pensado qué armas debemos llevar? —Le preguntó a Fortunai.

—El Sizzar ha dicho que todas las que podamos, pero creo que no conviene exagerar —contestó, encogiéndose de hombros—. Nuestras dagas Rilxe pueden valer de sobra, más unos cuantos venenos y un par de armas automáticas. Creo que con eso será suficiente.

Rajín asintió.

—También estoy pensando algo —continuó Fortunai—. Deberíamos comprar drogas y afrodisíacos. Ya que nuestro amigo el sire es un vicioso, nos podría servir para acercarnos a él.

—No es mala idea. Pero no pienso ir cargado de drogas como un traficante.

—Me refiero a poca cantidad, pero material de calidad. No sé, algo que esté de moda aquí en Gálasti y que tal vez no haya llegado aún a Durre.

Rajín llamó a Denis, que apareció al momento.

—Denis, ¿sabes cual es el mejor modo de llegar hasta Durre?

El mayordomo sonrió discretamente.

—Ni mucho menos, señor. Pero su tío dispone de mapas y planos de todo Matsumai —se acercó hasta una estantería y señaló varias carpetas—, así como guías de las empresas de transporte. Consúltelas, si lo cree oportuno. De todos modos, le diré que parten caravanas desde Gálasti con destino al puerto de Dhula cada tres o cuatro días. Puede ser un buen modo, ¿no cree? En Dhula no les será difícil conseguir pasaje para Durre. También muchos barcos hacen esa ruta. Aunque, si tuviéramos líneas aéreas como en Pálasti, en Yamunai, la cosa sería más sencilla. Desde Pálasti hay una línea que hace el trayecto hasta Durre. Pero creo que las líneas de Gálasti sólo llevan a Pálasti. No conectan con ninguna otra ciudad, ni de nuestro continente, ni de ningún otro sitio. En todo caso, señor —dijo como colofón—, mi opinión es poco válida: no he salido jamás de esta ciudad.

—Suficiente —sentenció Rajín—. A buscar pasaje en el puerto o una de esas caravanas. Otra cosa: ¿dónde podemos conseguir drogas de calidad?

—Su tío no frecuenta ningún fumadero, si se refiere a eso. Pero creo que los establecimientos donde su tío compra sus herramientas suelen proveer también de ese tipo de productos.

—Estupendo. Gracias, Denis. Nos has sido de gran ayuda.

Denis salió del salón con sigilo y regresó a sus quehaceres.

—Volvamos a las armas —dijo Fortunai, sirviéndose más vino—. Debemos precisar lo que necesitamos. No quiero hacer el ridículo cuando vayamos como unos novatos a comprar. Disponemos de nuestras maravillosas dagas. Creo que deberemos llevar también armas de corto alcance, automáticas o de dardos. Tal vez mejor de dardos, ya sabes, son silenciosas. Y, claro, algún veneno mortal. He pensado en Fin Inminente.

Rajín miró hacia el techo, pensativo. Al fin, suspiró.

—Sí, será lo más propio. Tendremos que eliminarle de cerca. Tal vez valga con nuestras dagas o nuestras propias manos, sin que tengamos que utilizar ningún veneno. Pero toda precaución es poca, ¿no? Convendría que llevásemos también Sangre por los Poros. Me gusta ese veneno.

—Pues entonces estamos perdiendo el tiempo —dijo Fortunai terminando su copa de un trago—. ¡A trabajar!

Mandaron a Denis llamar a un taxi y se acercaron hasta la estación de autobuses y caravanas. Allí les informaron de que una sola línea con vehículos a motor hacía el trayecto a Dhula, y que partiría cuatro días más tarde. La publicidad de la empresa prometía que el trayecto duraba un máximo de diez días, aunque el vehículo hacía parada en todas las poblaciones que se encontraba en su ruta. Rajín repasó mentalmente el mapa de Matsumai, se imaginó el estado de los caminos, y concluyó que se trataba de una fanfarronada sin fundamento. En cuanto a las caravanas con tracción animal, más baratas de precio, había una que partía a la mañana siguiente. Pero la duración del trayecto era algo que nadie se aventuraba a pronosticar. Decidieron indagar en el puerto y conseguir pasaje en algún barco.

Caminando, llegaron al sucio y alegre paseo marítimo. Frente a los muelles del puerto habían varias oficinas de empresas de transporte, rodeadas de tabernas y prostíbulos. Las aceras se hallaban atestadas de gente a la búsqueda de placeres baratos y rápidos.

Eligieron la oficina de una empresa que prometía «viajes de calidad a precios razonables». El empleado, tras varias reverencias, les informó que el Estrella del Sur, un barco de pasajeros, partía al amanecer con destino al puerto de Durre, haciendo escala en Dhula. Y quedaba libre un camarote doble.

—Perfecto —asintió Rajín—. Denos inmediatamente dos pasajes.

El empleado rellenó dos tiras de papel azul a las que puso un par de sellos y se las entregó.

—Son cuatro mil geas, señores.

No demasiado convencido del precio, Fortunai no dejaba de encoger la nariz mientras volteaba los billetes en sus dedos.

—¿No es un poco caro? —Preguntó al fin.

El empleado compuso un gesto serio, estudiándoles con discreción.

—Van a viajar como auténticos señores. Porque eso es lo que son ustedes, ¿verdad? El Estrella del Sur es un navío de primera categoría. Dispondrán de un camarote de lujo y la mejor comida.

—¿Cuánto tardaremos? —Preguntó Rajín.

—Eso sólo los dioses lo saben —respondió el empleado, sonriendo—. El tiempo es lo único que no podemos controlar en esta compañía. Pero en todo caso, el Estrella del Sur es un barco rápido y con todas las comodidades posibles. Así que el tiempo es lo de menos, ¿no creen? ¿Desean o no los pasajes?

—Por supuesto —contestó Rajín.

Fortunai, reluctante, le pagó los pasajes al empleado, que, tras contar los billetes, retomó las reverencias y parabienes de antes.

—Que tengan el mejor de los viajes posible, señores. El barco parte al amanecer del muelle dieciséis. Sean puntuales, por favor. Sobre todo si piensan llevar equipaje. Y tengan cuidado por estas calles: dos caballeros como ustedes llaman demasiado la atención.

—Descuide —dijo Rajín con suficiencia—. Nadie se atreverá a molestarnos.

Una vez en el paseo marítimo, a la espera de un taxi, Fortunai se volvió a Rajín. La gente les miraba con descaro. Pero lo cierto es que nadie se atrevió a importunarles. ¿Acaso la gente les tomaba por lo que ya eran, asesinos profesionales? se preguntó Rajín.

—Creo que nos hemos excedido —comentó Fortunai—. Deberíamos ser más humildes.

—Todo lo contrario —repuso Rajín—. Somos qassai. El Satrai ha puesto a nuestra disposición treinta mil geas para que nos comportemos con el señorío apropiado. Olvídate de ese miserable de Marconti.

Fortunai sonrió.

—Vaya, parece que has superado tus dudas. Eso está bien.

—Te equivocas, no he superado nada. Pero he decidido ser práctico —le corrigió Rajín, encogiéndose de hombros—. Ahora, vayamos lo antes posible aquí —señaló una de las direcciones que les había anotado Raduk el Shaim—. Aún tenemos cosas que hacer, y las más importantes.

Montaron en un taxi y le dieron la dirección al conductor.

El establecimiento estaba situado en un barrio cercano al puerto, por lo que el trayecto fue breve. Pero había prisa y nervios, partían al amanecer.

Desde fuera, el negocio parecía una perfumería cualquiera. Y eso era lo que estaba escrito en el cartel de la fachada: «Perfumería del Perfecto Caballero Matsumoi». Colgado de la puerta había un letrero donde estaba escrito: «Venta al por menor exclusiva para socios». En el escaparate había varias estanterías repletas de frascos de perfume cubiertos de polvo, alumbrados por una bombilla sucia. Pero había más diferencias con respecto al resto de comercios: la puerta, metálica, estaba cerrada, y desde el exterior, por mucho que se lo propusiera alguien, no se podía ver nada de lo que había dentro.

Llamaron a la puerta. Se escuchó un ruido. Un farol de luz mortecina se encendió sobre el dintel. Desde una celosía que se abrió en la puerta, el rostro adusto y pulcro de una mujer de mediana edad les observó.

—Esta perfumería sólo vende a socios —dijo con voz seca—. ¿Son ustedes socios, señores?

—Creo que sí —contestó Rajín—. Y esperemos que por mucho tiempo. Nos envía Raduk el Shaim.

La mujer cerró la celosía, entreabrió la puerta, y les dejó pasar. Una vez dentro, les observó con detenimiento.

—Acompáñenme —les invitó tras su escrutinio.

Tres hombres, afanados en sus quehaceres tras un mostrador, examinaron también a Rajín y Fortunai. Éstos siguieron a la mujer, que bordeó el mostrador y se introdujo en otra habitación por una puerta disimulada entre estanterías con frascos de perfume.

En la trastienda había una enorme mesa y varios armarios adosados a las paredes. La mujer les miró de arriba abajo y preguntó.

—¿Tienen una idea aproximada de lo que desean?

Fortunai meneó la cabeza.

—Más o menos —contestó.

—Veo que dudan —dijo la mujer—. Permítanme que les muestre mis productos. Comencemos por las armas.

La mujer sacó una llave de un bolsillo de su bata azul y abrió uno de los armarios. Cogió una pistola automática y la puso sobre la mesa. Después, una pistola de dardos, que colocó al lado de la otra, en perfecta simetría.

—Supongo que dispondrán de sus respectivas dagas Rilxe, ¿verdad?

Los dos muchachos asintieron.

—Pero seguro que no de estas maravillas —continuó, señalando las armas—. Es lo último en armas de corto alcance.

Cogió una de ellas y la empuñó, apuntando hacia una pared.

—Una automática calibre diez, un modelo recién llegado de Yamunai. Distancia de tiro efectivo, treinta metros. Cargador para doce proyectiles. Sopésenla.

Le pasó el arma a Rajín, que la sostuvo durante unos instantes. La pistola, brillante y de aspecto sofisticado, nada tenía que ver con las que había utilizado en Tusha. Asintiendo, se la pasó a Fortunai.

—Y ésta de dardos no se queda atrás —dijo la mujer, cogiendo la otra—. Cargador para cuatro dardos tamaño estándar. Distancia de tiro efectivo quince metros.

—Perfecto —comentó Rajín—. ¿Cuál es el precio de cada una?

—Son caras, la verdad —contestó la mujer—. Se trata de lo último, de armas que les servirán con lealtad durante muchos años. Si me permiten la sugerencia, cada uno de ustedes debería comprar una de cada modelo.

—Prepárenos entonces una pareja para cada uno —confirmó Fortunai con aire de suficiencia.

La mujer asintió. Se dio media vuelta y sacó unas cajas de cartón del armario. Las puso sobre la mesa.

—Ábranlas, si quieren, y comprueben su contenido. Esta casa verifica que funcionan a la perfección, que han pasado todos nuestros controles de calidad. No admitimos devoluciones.

Después, sacó otras dos cajas más. Pesaban más que las otras, y a la mujer le costó colocarlas sobre la mesa.

—La munición. Creo que con cien dardos estándar y doscientos proyectiles con cabeza de plomo será suficiente. ¿Desean más munición?

—Así está bien —dijo Rajín.

—Bien, ahora vayamos con los rifles.

—No —le cortó Fortunai—. No queremos rifles ni fusiles.

—Pues pasemos a los venenos —continuó la mujer encogiéndose de hombros—. ¿Han pensado en alguno en particular?

—Mortales —contestó Fortunai con afectación—, y de acción inmediata. Para utilizar con los dardos o bebibles. Sin antídoto. Hemos pensado en Fin Inminente y en Sangre por los Poros.

La mujer se separó de la mesa y se acercó a otro armario. Lo abrió, y, durante unos instantes, estuvo revisando su interior. Cientos de frasquitos de vidrio de diversos colores llenaban los estantes. Al fin, se colocó unos guantes de goma y cogió un par de ellos.

—Nuestros venenos son de la máxima calidad y garantía —dijo—. Pueden trabajar con ellos con total tranquilidad: nunca les decepcionarán.

Colocó sobre la mesa los dos frasquitos, uno de color verde lechoso y otro morado.

—Aquí tienen Fin Inminente. Perfecto para utilizar con los dardos. Y Sangre por los Poros, que, como saben, es tan eficaz aplicado con una daga o dardo como bebido.

—Bien —dijo Rajín—, no necesitaremos más venenos ni armas.

—¿Seguro?

Los dos asintieron. La mujer se permitió una sonrisa y preguntó.

—¿Les preparo, entonces, la cuenta? ¿No desean ver nada más? Permítanme que les diga algo: estoy segura de que éste es su primer trabajo. Y un profesional nunca debe descuidar sus herramientas. Disponemos de un amplio catálogo de armas que les podrán ser útiles. Es más, serán sus mejores aliadas.

—Gracias. Con esto será suficiente —zanjó Rajín—. Ahora necesitamos algo distinto.

—Ustedes dirán.

—Queremos lo último en drogas y afrodisíacos. Algo que sea diferente a todo lo anterior.

La mujer se rascó la barbilla mirando al techo.

—Algo tenemos, sí.

Abrió otro armario y sacó varias bolsitas de plástico transparente que colocó sobre la mesa.

—Toxina del Pez de Mil Patas del río Aravan —señaló hacia una bolsa que contenía unas ampollas de cristal rellenas de un líquido blanco—, extraída mediante un proceso secreto. El mejor alucinógeno que existe.

—¿Es algo nuevo? —Preguntó Fortunai.

—La droga en sí, no. Pero este producto supera con creces a cualquier otro anterior, gracias a nuevos procesos de extracción y síntesis. Podemos asegurar que sus efectos son extraordinarios. Por supuesto, esta droga no es para primerizos.

—Denos una bolsa.

—¿De diez o de veinte?

—De veinte —Contestó Fortunai.

—¡Precaución en su uso! —Advirtió la mujer levantando un dedo—. Como les he dicho, es para usuarios avanzados.

—Ahora vayamos a los afrodisíacos.

—¿Para damas, o para caballeros?

—Para caballeros.

—Sin duda, éste es el mejor —señaló otra bolsita, llena de pequeñas pastillas verdes—. Su nombre es «Alma de Fuego» y sin duda se hará muy popular con el tiempo. Acaba de venir de Yamunai. Por desgracia, poco puedo decir acerca de su composición: es todo un secreto. Pero Alma de Fuego es capaz de encender la sangre de cualquier anciano moribundo.

—¿Se trata de una novedad también?

—Por supuesto —asintió la mujer, seria—. Si no lo fuera, no se lo vendería como tal. Deberían saber que esta casa recibe las novedades antes que ninguna otra, antes que cualquier proveedor de cualquier tipo —explicó, frunciendo el ceño indignada—. Ustedes, nuestros clientes, merecen lo mejor. No les podemos engañar con productos que les hagan quedar mal en su trabajo.

—Denos otra bolsa de ese afrodisíaco.

—Una bolsa contiene cincuenta dosis, y es la cantidad mínima que vendemos. Su precio es algo elevado, pero merece la pena. ¿Desean algo más?

—Gracias —contestó Rajín—. Con la toxina y el afrodisíaco será suficiente. Ha terminado nuestra compra.

—Supongo que la toxina y el afrodisíaco no serán para su uso particular, ¿verdad? —Preguntó la mujer.

Ambos negaron con la cabeza.

—Perdónenme, pero me permito aconsejarles que no los mezclen con ningún veneno. No está comprobada la interactividad de ambas sustancias con venenos. Quién sabe, igual Sangre por los Poros no tiene la efectividad habitual si lo mezclan con el afrodisíaco, por poner un ejemplo. Que quede claro que no nos hacemos responsables de un uso indebido de nuestras sustancias.

—Señora, somos qassai miembros del Satrai de Gálasti —dijo Fortunai, elevando la barbilla—, y sabemos lo necesario de venenos como para no cometer tal estupidez.

La mujer asintió en silencio sonriendo de medio lado, y devolvió al armario las bolsas que sobraban. Envolvió las dos elegidas en papel de estraza y se las entregó a Rajín. Después, metió las cajas con las armas y la munición en un saco de tela, y los frasquitos de veneno en una caja de cartón que guardó también en el saco. Hizo todo con mucha delicadeza.

Después, sacó una libreta y un lapicero y comenzó a escribir.

—Son dieciséis mil cuatrocientas cuarenta y dos geas —dijo cuando terminó de hacer la cuenta, arrancando la hoja de la libreta y enseñándosela.

Rajín y Fortunai se miraron. Pero no dijeron nada. ¿Era caro? ¿Les estaba engañando? Antes de quedar como unos patanes, prefirieron comportarse como caballeros solventes. Al fin y al cabo, les habían entregado ese dinero para que hicieran uso de él, como había dicho antes Rajín. Fortunai sacó la bolsa de cuero y extrajo de ella un puñado de billetes. Fue contando hasta llegar a las dieciséis mil quinientas geas. Puso el dinero sobre la mesa.

La mujer le observaba con indisimulado asombro. Al fin, cogió el dinero y sonrió.

—Permítanme que les haga un pequeño obsequio —dijo, agachando la cabeza—. Un detalle de bienvenida a nuestros nuevos clientes.

Abrió otro armario y sacó dos cajas pequeñas de cartón. Las abrió y puso delante de ellos su contenido: dos estuches de cuero.

—Aquí tienen este estuche, con agujas de diferente longitud, jeringuillas, y cuentagotas. Verán que tiene varios apartados para poder llevar tubos de veneno, y una bolsita de polvos adormecedores. Es discreto y cabe en cualquier bolsillo. Les será muy práctico.

Rajín y Fortunai cogieron uno cada uno y se lo guardaron. La mujer rebuscó en un bolsillo y les dio el cambio. Agarraron el saco y abandonaron la trastienda. Al pasar junto a los tres hombres que seguían trajinando tras el mostrador, éstos les saludaron con un leve movimiento de cabeza. Rajín les correspondió. Fueron gestos simples, aparentemente intrascendentes, pero se sintió, por primera vez desde mucho tiempo, seguro y convencido de que había conseguido su objetivo. De que ya era lo que se había propuesto.

—Espero verles pronto —dijo la mujer a modo de despedida cuando les abrió la puerta—. Suerte.

© José María Boto Bravo, (3.921 palabras) Créditos