Se presentaron en el Satrai a mediodía, aún resacosos, pero con el ánimo alegre. Rajín se había vestido con uno de los trajes de su tío, y se había perfumado con esencia de ámbar naranja. Fortunai había tenido la suerte de ser de complexión parecida a Denis. Así que el mayordomo le había prestado uno de sus trajes particulares.
—Quédese con él el tiempo que quiera, señor—le dijo Denis—. Le vendrá bien de momento.
—Jamás había estado tan elegante —comentó con asombro Fortunai al verse reflejado en el espejo de cuerpo entero del vestidor—. Denis, eres un gran tipo.
El aspirante que les recibió les llevó directamente ante la puerta del despacho del Sizzar, sin disimular un constante gesto de frialdad que podría pasar por envidia: ambos eran más jóvenes que él, habían tenido la fortuna de pasar por Tusha, y ya se podían considerar qassai.
Tuvieron que esperar más de media hora hasta que entraron al despacho. Rajín fue a comentar algo con Fortunai, pero otro aspirante le indicó con un gesto severo que guardase silencio. Los dos clavaron la vista en el techo y decidieron ser pacientes, o al menos demostrarlo. Cuando al fin entraron, el Sizzar, sin levantarse de su sillón, les recibió sin efusión.
—Os han entregado un documento en Tusha, ¿verdad? —dijo a modo de saludo—. ¿A qué esperáis para dármelo?
Los dos muchachos, que llevaban sus cartas en la mano, se las entregaron con rapidez. Raduk el Shaim ojeó por encima los documentos de Dukakis y los guardó en una carpeta. Después, se quedó pensativo durante unos instantes, las manos cruzadas frente a su rostro, mirándoles con interés. Al fin, se levantó del sillón y se acercó a ellos. Caminando despacio les rodeó, sin dejar de mirarles, como si los estuviera evaluando.
—Por lo que deduzco, os habéis corrido una buena juerga —dijo al fin con gesto serio—. Bien, es lo propio. ¿Por qué venís juntos? ¿Os lleváis bien?
—¿Quiere decir si somos amigos, Sizzar? —Se atrevió a preguntar Rajín.
—Quiero decir si os compenetráis como profesionales. El resto me es indiferente.
—Se podría decir que hemos trabado una buena amistad en Tusha, Sizzar —contestó Rajín—. Considero que Visser será un buen asesino.
—¿Y tú, Visser? ¿Piensas lo mismo de de Sura?
—Sin duda, Sizzar —respondió Fortunai.
Raduk el Shaim asintió y continuó con su escrutinio.
—Puede valer —dijo, crípticamente—. Volved los dos esta tarde, a las cinco. Es posible que tenga un trabajo para vosotros. Conoceréis a Mornadar de Silvestri, un qassai a la altura de los más grandes. Ahora, podéis iros.
Los dos muchachos reclinaron respetuosamente la cabeza y salieron del despacho.
—No me lo puedo creer —exclamó sonriendo Fortunai mientras cruzaban el jardín del Satrai—. ¡Nuestro primer trabajo! ¿Tiene tu tío algo que ver con esto?
—No creo —respondió Rajín, mirando hacia las urnas de cristal. No sabría explicar el motivo, pero no compartía el positivo estado de ánimo de Fortunai.
* * *
Mornadar de Silvestri era un hombre alto y delgado, de modales refinados y porte elegante. Tenía un fino bigote de puntas redondeadas que no dejaba de atusarse, el rostro perfectamente rasurado, unos rasgados ojos marrones de mirada penetrante, y el ondulado pelo rubio siempre peinado y engominado. Despedía el olor propio de alguien que se perfuma en exceso; pero en su caso era algo pasable, como una más de las barrocas filigranas de su camisa, o una de las flores de colores de su pañuelo de cuello. Otro adorno más, redundante, superfluo, pero que parecía no desentonar en el contexto general. Como las hebillas de oro de sus botas relucientes.
Era considerado un verdadero artista del asesinato, un virtuoso capaz de satisfacer al cliente más difícil de contentar. Aquel que tuviera un ansia de venganza en verdad terrible, que contratase a Mornadar de Silvestri. El asesino superaría con creces los sueños de venganza más imaginativos, gracias a su portentoso, exquisito, y despiadado talento. Era toda una leyenda, temido, odiado, respetado. Había quien decía de él que era un pervertido, un sádico que disfrutaba haciendo el mayor daño posible, no sólo durante el desempeño de su trabajo, sino también en cualquier otro momento de su vida. Y tal vez fuera cierto. Pero de su vida privada sólo se podía saber lo que se deducía al tratarle: amaba la buena mesa, los buenos trajes, los buenos vinos y licores, el dinero, el sexo con mujeres jóvenes y bellas. La discreción más absoluta con respecto a su persona era otra de sus virtudes.
Estaba sentado frente al Sizzar, con las piernas cruzadas, observando con interés las punteras de sus botas. A un par de metros a su derecha estaba sentado un hombre joven, bien vestido, de rostro aniñado y lacio pelo rubio, que giró la cabeza con rapidez en cuanto el aspirante abrió la puerta. Entre Mornadar de Silvestri y el desconocido había dos sillas vacías.
—Sizzar, Rajín de Sura y Fortunai Visser.
Raduk el Shaim asintió e hizo un gesto con la mano invitándoles a entrar, mientras terminaba de revisar unos documentos. Rajín y Fortunai se quedaron en pie, frente a la mesa, esperando instrucciones.
—Bienvenidos —saludó al fin el Sizzar—. Tomad asiento.
Rajín y Fortunai se sentaron en las dos sillas libres, entre Mornadar y el desconocido.
—Por favor, ahora que estamos todos, sea tan amable de repetirnos qué desea —se dirigió el Sizzar al hombre, abriendo las manos.
El joven tomó aire y, sin despegar la mirada del rostro de Raduk el Shaim, dijo.
—Quiero que eliminen al sire de Durre, Olafo Ben-Durre.
Rajín miró de soslayo a Mornadar y al Sizzar. No supo qué pensar. ¿Sería esa la misión que le iba a encomedar el Sizzar? ¿Por qué estaba allí Mornadar de Silvestri? ¿Qué era eso de eliminar a un sire?
—Bien —asintió Raduk el Shaim—. ¿Nos puede decir su nombre, o en nombre de quién habla, y su ocupación?
—Hablo en mi nombre, y soy Sharre Latkyi, productor de teatro y dueño de la compañía «Sueños de Amor y Muerte»
—Gracias, señor Latkyi. ¿Nos puede explicar sus motivos? Ya sé que ha puesto al día de todo el asunto al señor de Silvestri, aquí presente, pero le pido un poco de paciencia. ¿Sería capaz de repetir su historia? ¿Sí? Gracias.
—No crea, no me es tan sencillo —dijo con tono de disculpa el hombre—. ¿Por dónde empezar? Supongo que, valga la redundancia, por el principio. Nací en Durre, la capital de las Islas Arrecifes Occidentales, en el seno de una familia de sirvientes del señor local, sire Alvaro Ben-Durre. Mis padres trabajaban en el palacio: mi padre como mayordomo mayor, mi madre como cocinera. Y digo trabajaban porque no eran esclavos, sino hombres libres que iban y venían a su antojo, sujetos a los caprichos del sire, sí, pero libres. No eran malos tiempos... sobre todo, después de comprobar que el mundo no era como yo me lo había imaginado. Era hijo único; así que fui formado, desde temprana edad, en los asuntos de palacio. Mi futuro estaba claro: sería mayordomo mayor del sire cuando mi padre dejase este triste mundo. El pobre hombre se mostraba tan orgulloso y confiado... Así que, con cuatro o cinco años, me llevaban a diario a palacio para aprender el que sería mi trabajo y mi único objetivo en la vida: servir al sire.
»Si han viajado por las Islas Arrecifes Occidentales el palacio del sire no le será desconocido, puesto que se trata, sin duda, de la construcción más llamativa de esa parte del mundo. Si no lo conocen, les recomiendo que hagan todo lo posible por verlo. En sí no es un palacio, sino una pequeña ciudad, con varios palacios rodeados de exuberantes jardines y los edificios necesarios para el esparcimiento del sire y el mantenimiento del complejo. Detenerme ahora en describirlo me llevaría demasiado tiempo. Así que sólo diré, como ejemplo de la magnificencia del lugar, que la servidumbre del sire necesaria para mantener el palacio ascendía a más de doscientos esclavos y cerca del centenar de sirvientes libres. Aún recuerdo con nostalgia el brillo de las cúpulas doradas a la puesta de Vega...
—Bien, señor, queda claro que es usted un hombre de teatro —intervino el Sizzar—. Le ruego que sea más breve.
—Es que los antecedentes son importantes. El señor de Silvestri me dijo que expusiera mi caso con toda la extensión necesaria.
—Continúe entonces.
Latkyi asintió y prosiguió su narración.
—En palacio había un mayordomo eunuco, Abdek Sadi, que hacía las veces de consultor para toda la servidumbre en los asuntos cotidianos, y que tenía también la misión de formar a los futuros sirvientes, además de controlar y servir a las mujeres del harén. En sus manos me dejaron. El viejo debía de tener cien años, o al menos los aparentaba, y me enseñó a leer, a escribir, las matemáticas básicas que me serían útiles en palacio, el nombre de las cosas... En una palabra: todo. Le recuerdo con veneración y agradecimiento. Aunque al principio no era más que otro alumno por pulir, con el tiempo creo que fui cayéndole en gracia. Y, según fui creciendo, llegó a sentir un afecto especial por mí. Creo que, en cierto modo, supuse para él la figura del hijo que jamás llegó a tener. O, teniendo en cuenta lo avanzado de su edad, el nieto.
»Así pasaron mis primeros años. Los días enteros en palacio, aprendiendo protocolo, tramitación de correspondencia, a llevar los libros de cuentas... Por las noches, ya en casa con mis padres, les preguntaba acerca de sus quehaceres. Mi padre me enseñaba cómo se ajustaban los libros, cómo hacer los pedidos, me decía cómo me tenía que comportar para no disgustar al sire, el número exacto de reverencias según la orden recibida, y un montón de cosas por el estilo. Mi madre, desde el fogón, sonreía satisfecha, y yo me iba a dormir con el estómago lleno y la sensación de ser el niño más afortunado del mundo. ¿Acaso no lo era?
»Una mañana cualquiera de aquellos años, Abdek Sadi me llevó a la biblioteca de palacio. El sire tenía una colección soberbia, de cerca de cinco mil volúmenes. Abdek Sadi me dijo que también tendría que aprender a ordenar los libros, a saber dónde se encontraba cada cuál cuando el sire me pidiera alguno, a controlar los préstamos del sire a sus amistades, a registrar las novedades. Aquello, a mis ojos de niño, me pareció imposible, viendo las paredes forradas de libros hasta el techo. El viejo se rió. Y me dijo que, para comenzar a entender la biblioteca, debería empezar por comprender los libros, debería comenzar por leerlos. Yo le pregunté por qué me tenía que encargar de la biblioteca. Al fin y al cabo, mi padre era el mayordomo mayor, yo sería el mayordomo mayor, y, que yo supiera, mi padre no se encargaba de eso. Tampoco sería el eunuco encargado del harén. Él me respondió con una sonrisa triste que aún recuerdo. Era el viejo mismo quien se encargaba personalmente de la biblioteca. Y, mucho antes de que yo estuviera preparado para ser el nuevo mayordomo mayor, dejaría este mundo. No quedaba mucho tiempo; por lo tanto, debía prepararme lo antes posible para ocuparme de la biblioteca del sire. Al menos, hasta que yo pasase a su servicio directo. Debería relevar, no ya sólo a mi padre, sino también a Abduk Sadi. Me sentí orgulloso de la confianza que todo el mundo depositaba en mí.
»Así fue como, para poder llevar la biblioteca con eficiencia, comencé a leer. El viejo me iba dando libros siguiendo un orden que estableció, como entendí con posterioridad, con buen criterio, cuyo objetivo era hacerme capaz de distinguir los distintos géneros, qué autores pertenecían a los mismos, y de qué manera ordenarlos en la biblioteca para poder encontrarlos con rapidez cuando el sire quisiera consultarlos. Leí filosofía, novela clásica, tratados científicos, teatro, poesía... Fueron unos tiempos felices. Algunas veces me han preguntado por mi pasión por el teatro. Allí fue donde la adquirí, leyendo a los clásicos.
»De ese modo tranquilo fue transcurriendo mi niñez, entre el aprendizaje diario en palacio y los ocasionales juegos con otros niños de la servidumbre. Las noches, placenteras, en casa con mis padres, contándonos los avatares del día en la cena.
»Pero, cuando contaba quince años de edad, una serie de acontecimientos aciagos cambiaron por completo mi vida. En primer lugar, el viejo Abdek murió. No quisiera pasar por desagradecido, pero su muerte no fue lo más importante que ocurrió en aquellos tiempos, pese a la admiración y cariño que le profesaba. Lo verdaderamente importante que ocurrió fue la muerte del sire Alvaro. El duelo duró un mes en palacio, aunque en mi corazón durará tanto como los dioses quieran que viva.
»El puesto del viejo sire fue ocupado por su primogénito, Olafo. ¿Qué puedo decir de este personaje? La prudencia me aconseja refrenar mi lengua, pero no puedo hacerlo. Si estuviera obligado a describirle con un único adjetivo, éste sería «pesadillesco». Y me quedaría corto.
»El nuevo sire tenía veinte años de edad. Era un niño mimado e irresponsable además de un loco peligroso, que odiaba y envidiaba abiertamente a su padre desde su infancia. Los motivos se escapaban a la comprensión de la gente, puesto que el viejo sire siempre le había tratado con un cariño propio del mejor de los padres, excesivo diría yo, pues le daba todo cuanto pedía, procurándole todos sus extravagantes caprichos y recriminándole cuando era necesario con serenidad y ternura. Pero todo el mundo en palacio conocía los verdaderos sentimientos del joven: era una verdad susurrada, que en principio no pasó de ser un simple cotilleo cortesano al que nadie dio importancia. La servidumbre, en general, se mostraba despreocupada por su irascible carácter, aunque ya había tenido varios enfrentamientos con el servicio que terminaron en despidos o castigos con el látigo, que él mismo propinaba con evidente placer. Cuando terminaron los duelos por el viejo sire, que los dioses le tengan en su gloria, reunió a la servidumbre. Despidió a casi todos los sirvientes libres que habían trabajado para su padre, e hizo matar a los esclavos que más tiempo llevaban en palacio. También a las treinta y tantas mujeres del harén de su difunto padre. ¿Motivos? Quién sabe. ¿Alguien, acaso, puede comprender la mente de un loco? Y esa sólo fue la primera de las barbaridades que el malnacido llevó a cabo.
»El ambiente en palacio, pues, había pasado de la tranquilidad al pánico. Mis padres fueron despedidos, después de toda una vida de servicio abnegado. Yo pensé, aterrorizado, que había llegado el momento de tomar el testigo de mi padre. Pero el destino quiso que no fuera así.
»A los pocos días de despedir a la servidumbre afecta al viejo sire, el joven sire nos reunió a los que quedábamos con el fin de que conociéramos las líneas maestras de sus intenciones. Sus ideas estaban claras: abiertamente partidario de los esclavos, consideraba un despilfarro tener que pagar a la gente por su trabajo. El terror al látigo hacía trabajar a la gente con mayor entusiasmo que la paga semanal, nos dijo. Así que los pocos trabajadores que quedábamos, hijos casi todos de los antiguos sirvientes de su padre, deberíamos aprender a valorar el favor que nos estaba haciendo al permitir que continuásemos trabajando como hombres libres en palacio. Nuestro sueldo se vería recortado; y nuestros errores tendrían el mismo castigo que el de los esclavos: látigo o, incluso, la muerte.
»El panorama no se mostraba muy halagüeño que digamos. Consulté con mis padres sobre mi futuro. Pero algo estaba claro: desde pequeño me había formado para servir en palacio, no sabía hacer nada más. ¿Cuál sería mi porvenir? Obedecer sin rechistar al nuevo sire.
»Los cambios del joven sire no se hicieron esperar: trajo nuevas esclavas para que hicieran las veces de asistentes personales, e hizo desaparecer la figura del mayordomo mayor. Pero, pese a todo, aquel inmenso palacio no se llevaba sólo con esclavos. Hacían falta profesionales, sobre todo en determinados momentos. Muy a su pesar, cumplió su palabra de mantenernos en plantilla a una decena de hombres libres, pero sin un cometido específico, para que nunca fuéramos necesarios del todo. Sin mayordomo mayor, sin secretario, la administración del palacio fue tornándose caótica. Pero a él no parecía preocuparle. Como tampoco estaba demasiado interesado en la biblioteca, me fueron asignadas otras obligaciones diferentes a las que parecía destinado. Pasé a formar parte del servicio de cámara. Yo, que me había formado con tan altas miras, ahora tenía que llevar a veces bandejas en las fiestas. ¡Y si eso hubiera sido todo!
»Las fiestas del joven sire con sus amigotes, tan retorcidos como él, se hicieron famosas por aquellos tiempos. Lo cierto es que el palacio sólo estaba destinado a aquellas juergas. Se descuidaron el resto de las obligaciones, y el servicio sólo tenía que preocuparse de servir en las fiestas y limpiar al día siguiente todo para poder preparar la próxima. No había semana que no diera varias. Bebían hasta emborracharse por completo, y luego fornicaban en cualquier sitio con las esclavas. Si el viejo sire Alvaro hubiera visto cómo había cambiado el palacio, en qué antro de perversión se había convertido tan venerable lugar, con seguridad se habría revuelto en su tumba.
»Fue una de esas noches cuando los acontecimientos se precipitaron. La fiesta fue más escandalosa que nunca, más larga que nunca, más bestiales los invitados, que bebieron y fornicaron más que nunca. El joven sire, hastiado de las emociones de siempre, estaba deseoso de probar otras nuevas. Uno de sus amigos, que acababa de llegar de un viaje al continente, había traído afrodisíacos. Todos los consumieron, y en dosis considerablemente más altas que las recomendadas. Cuando se cansaron de las esclavas, decidieron investigar nuevas sensaciones. El sire mandó traer varias niñas, hijas de las esclavas. Las pobrecillas sirvieron para divertimento de aquellos pervertidos. Cuando se saciaron con ellas, mataron a algunas. Allí mismo, sobre la mesa del salón principal. Y, después, siguieron bebiendo hasta el amanecer.
»Quien escuche esto dirá: ¿es que nadie hizo nada por evitarlo? Y yo le responderé: no sabe lo que está diciendo. Hablamos del sire. Sólo los dioses pudieron evitarlo. Pero ni tan siquiera ellos lo hicieron. A veces, algo se remueve en mi conciencia. Que los dioses me perdonen, pero pienso de ellos que, en ocasiones como ésta, se comportan como auténticos demonios. Y, entonces, me surgen demasiadas dudas.
»Comenzaban a retirarse los invitados a sus aposentos, si es que lograban encontrarlos, cuando el sire me llamó. Se ve que al maldito demonio aún le quedaban ganas de esparcimiento. Según me acercaba hasta él, escuché las carcajadas de los amigos que le rodeaban. Uno de ellos decía: «Hazlo. Verás cómo no te arrepientes». Y todos reían. Yo temblaba de terror. El sire me habló, apretados sus labios en una sonrisa infame. «Tú te llamas Sharre, ¿no es cierto? Y bien, Sharre, ¿deseas ver a tu sire feliz?». No sabía qué responder. Asentí con la cabeza. «Sharre, ¿sabes que eres un jovencito muy guapo? Ven aquí, y haz feliz a tu sire ». Todos reían a carcajadas. Uno de ellos le repetía «Pruébalo, pruébalo, verás cómo repites». «Hagámoslo varios a la vez» propuso otro de los amigos. « sire , no seas egoísta, que nos dé placer a varios a la vez». «Yo también quiero...» Todas estas frases quedaron grabadas a cincel en mi memoria.
»Durante unos segundos me quedé paralizado por el terror. Sabía perfectamente a qué se refería. Mi padre, en alguna ocasión, me había comentado el gusto que algunos señores tenían por los esclavos jóvenes. Algo habitual en cualquier palacio.
»Pero yo no era un esclavo. Ni jamás me había imaginado que acabaría siendo el juguete sexual de mi señor y sus amigos.
»Todo ocurrió muy rápido. Los amigos me rodearon, intentando sujetarme, pero estaban tan torpes por la bebida y las drogas que me pude zafar. Salí corriendo al jardín, perseguido por el sire y sus secuaces. Por supuesto, no lograban darme alcance. Escuché disparos: uno de aquellos malnacidos había cogido una escopeta del pabellón de caza. De inmediato, sentí dolor en mi hombro derecho: uno de los disparos había logrado alcanzarme de refilón. ¿Se lo pueden creer? ¡Qué mala fortuna! Un borracho, de noche, lograba hacer blanco en mi infausta persona. Luego pensé que no debía quejarme: el disparo podría haberme dado de lleno en la cabeza.
»Llegué a la puerta posterior de servicio, de la que tenía llave, y abandoné como pude el recinto de palacio. No sé de dónde saqué fuerzas, pero corrí como un poseso hasta la casa de mis padres.
»Mi vida, aquella noche, cambió por completo. Había perdido mi trabajo en palacio, al cual no volvería de ninguna manera. Al llegar a casa, jadeante y herido, y contar lo sucedido, mi padre no entendió mi actitud. Mientras mi madre me lavaba la herida, me conminó varias veces a que volviera al palacio y obedeciese al sire. Al fin y al cabo, dijo mi padre, no era más que un aprendiz. ¿A qué me iba a dedicar el resto de mis días? Ellos no tenían con qué mantenerme, y era demasiado mayor para comenzar a aprender otro oficio. Mi padre, cansado de escuchar mis explicaciones, pretendió llevarme de vuelta al palacio. ¡Pobre viejo! Los años de servicio le habían borrado la poca dignidad que nos está permitida a los pobres.
»Huí de casa de mis padres también. No tenía dónde ir. Pero estaba decidido a ganarme la vida como fuera.
—Y, por lo que podemos deducir, no lo hizo del todo mal —asintió el Sizzar—. Bien, señor Laktyi, el Satrai valorará su propuesta. En los próximos días nos pondremos en contacto con usted para formalizar el contrato, en el caso de que aceptemos.
—Gracias.
—Pero antes deberá responderme algunas preguntas. ¿Cuándo ocurrieron esos incidentes?
—Hace quince años.
—Hum. Ha pasado mucho tiempo, ¿no cree?
—Hasta ahora no he tenido ocasión de vengarme como es debido —se disculpó Latkyi.
—¿Sabe si Olafo Ben-Durre sigue siendo el sire? Tal vez haya sido destituído, o haya muerto.
—Por desgracia, lo sigue siendo —contestó asintiendo Latkyi—. Estoy al tanto de lo que ocurre en mi tierra, señor el Shaim, y las noticias que me llegan son desalentadoras en cuanto a las actividades de ese malnacido.
—¿Viven sus padres?
Latkyi agachó la cabeza.
—Murieron hace unos años.
—¿Tuvo algo que ver el nuevo sire?
—Lo desconozco. Aunque no me extrañaría.
—Pero no lo puede asegurar.
—No.
—Bien, es todo cuanto necesitamos saber —concluyó el Sizzar, levantándose de su sillón—. Como le he dicho antes, nos pondremos en contacto con usted. Que tenga un buen día.
Shurre Latkyi se levantó de su silla, agachó la cabeza a modo de despedida, y se marchó del despacho. El Sizzar volvió a tomar asiento y miró serio a Rajín y a Fortunai.
—Fortunai Visser, ¿qué opinas? —Le preguntó.
—Sizzar —contestó Fortunai sin dudar—, me parece excesivo el castigo que el señor Latkyi pretende imponerle al sire de Durre. Tal vez sería más justo un susto sin amputaciones que un asesinato. Se trata de un sire, de una autoridad. No se puede actuar contra él de cualquier manera.
—Muy acertado. ¿Y tú, Rajín de Sura?
Rajín meditó durante unos instantes, recordando las advertencias de su tío sobre que era preferible mantenerse callado antes que decir una estupidez. Así que hasta que no hubo sopesado su respuesta, prefirió guardar un silencio concentrado.
—Haré lo que diga el Satrai —respondió carraspeando.
—Muy acertado también. Aunque creo que deberías empezar a entrenar tu criterio. En todo caso, el asunto está decidido. Para poneros en antecedentes, os diré que ésta no es la primera petición que ha recibido un qassai contra el sire Olafo de Durre. Desde hace unos años, tanto Mornadar de Silvestri como otros compañeros han recibido demandas de asesinato. Como podéis deducir, no ha habido posibilidad de aceptar alguna, siempre por culpa del dinero. Así que fueron desviadas al Satrai, como ha ocurrido con la petición del señor Latkyi. Pero invariablemente acabábamos desestimándolas. Creo que ahora ha llegado el momento de aceptar.
Abrió un cajón de la mesa y extrajo una carpeta. Durante unos segundos estuvo hojeando en su contenido, hasta que encontró lo que buscaba. Sacó un documento y comenzó a repasarlo.
—Petición formal de la señora Palotai, estudiada por el Satrai hace un par de años, presentada por Julius Jantar —dijo en voz alta—. La señora Palotai tenía, sin duda, muchos más motivos para vengarse que el señor Latkyi, ya que su hija de diez años fue violada y asesinada personalmente por el sire Olafo. Como se trata de una mujer libre y no de una esclava, no hay duda de que sus deseos de venganza están justificados.
Raduk el Shaim se levantó de su sillón y fue hasta la puerta. La entreabrió y le pidió a su secretario que les trajeran unas copas de licor y una jarra de agua. Después, continuó con su exposición.
—Fue desestimada, básicamente, por carecer la señora Palotai de capital suficiente, y no encontramos ningún principiante que se hiciera cargo del trabajo por la exigua cantidad que la clienta estaba dispuesta a pagar.
Entró el aspirante con una bandeja y una botella de licor y sirvió en las copas. El Sizzar, con un gesto de la cabeza, indicó a los presentes que cogieran una. Sólo Mornadar aceptó la invitación. Rajín pensó que no era propio beber licor delante de un Sizzar, aunque fuera él quien le invitara. ¿Sería una demostración de respeto, u otra equivocación de las suyas? Raduk el Shaim, observando a los dos muchachos de reojo, bebió un sorbo largo de su copa, que la vació. El secretario, atento, la volvió a llenar y se marchó.
—Los motivos, pues, del señor Latkyi, pese a que no sean suficientes, están ampliados y refrendados por otras peticiones formales —sentenció al fin, volviéndose a sentar.
—Sin duda, ese tipo es un monstruo —comentó Rajín.
Mornadar de Silvestri se giró y miró a Rajín frunciendo el ceño, como si no entendiera el comentario o no estuviera de acuerdo.
—¡Alto ahí, de Sura! —Exclamó Raduk el Shaim—. Nosotros no juzgamos tan a la ligera. Y nos importa muy poco que nuestros objetivos sean santones o demonios. Sólo valoramos si los motivos del contratante están justificados, en el caso de que el cliente no pueda pagar lo debido o de que se trate de autoridades. Nada más.
Rajín asintió. Iba a disculparse, pero prefirió mantenerse callado.
—Ahora, vayamos al verdadero problema —expuso el Sizzar con una sonrisa condescendiente—: el señor Latkyi desea contratar a Mornadar de Silvestri. Pero, pese a que se considera rico, carece de capital suficiente para una empresa de tal envergadura. O, tal vez, no desea gastarse tanto. Por otra parte, y dado que se trata de una autoridad, hemos estudiado el tema en profundidad y estamos de acuerdo en que la venganza está justificada. Y, ya que el señor Latkyi no puede hacerse cargo de la minuta de un asesino de la categoría de Mornadar de Silvestri, he decidido que os encarguéis vosotros. Si lleváis a cabo la misión con éxito seréis admitidos en el Satrai y servirá como pago por vuestra educación.
Rajín y Fortunai se miraron con cara de sorpresa.
—¿Nosotros, Sizzar? —Preguntó Rajín con la voz temblorosa. No le importó volver a quedar como un ignorante—. ¿Asesinar a un sire?
—¿Por qué no? ¿No os sentís capaces? ¿Ni tan siquiera los dos juntos?
—Sí, sí, por supuesto, Sizzar —balbuceó Rajín.
—Entonces, el señor de Silvestri os dará unos cuantos consejos. Dinos, Mornadar, ¿cómo habías pensado plantear el asunto?
—Bueno, Sizzar, para ser sincero de ninguna manera —contestó Mornadar con una media sonrisa—. En cuanto traté el tema de mis honorarios con el señor Latkyi dejé de interesarme en el caso. Pero en algo sí puedo ser útil a nuestros jóvenes colegas.
Se giró para encararse con Rajín y Fortunai.
—Asesinar a un sire extranjero es más sencillo de lo que puede parecer en principio —expuso, mirándoles a la cara—. Os diré algo: nosotros, aquí, en Matsumai, en casa, somos gente respetada, incluso por los propios sires, presidentes regionales, o como quiera que sea el título que lleven los gobernantes. Pero, en cuanto abandonamos Matsumai, los señores de otras tierras parecen no tenernos demasiado en cuenta. No nos tienen el debido respeto. Al fin y al cabo, están acostumbrados a vivir protegidos de sus propios enemigos. Como tampoco es muy frecuente que actuemos contra ellos, no consideran tal posibilidad. O, si la consideran, no le otorgan la importancia que merece. Esto, que puede considerarse negativo para nuestros intereses, es, sin embargo, un punto a nuestro favor.
»Al parecer, nuestro sire es un hombre descuidado... bajo nuestros parámetros, claro está. Vive rodeado de seguridad, pero una seguridad creada pensando en los rivales cercanos, no en nosotros. En el fondo, es una presa fácil para un qassai con talento. Vosotros tal vez no tengáis aún la astucia de un veterano como yo, pero contáis con otras virtudes. Por ejemplo, vuestra juventud.
Se miró las uñas de sus manos durante unos instantes, y después, con una sonrisa irónica, continuó.
—Yo, en vuestro lugar, aprovecharía mi belleza y lozanía para ser invitado a alguna de sus orgías, aunque fuera en calidad de víctima. Una vez dentro, me sería muy sencillo envenenarle o clavarle una daga. Sois muy guapos, muchachos.
Mornadar y Raduk el Shaim sonrieron como si el asesino hubiera contado un chiste.
—En todo caso, eso queda a vuestro criterio —dijo al fin el Sizzar—. Ya sabéis, planificación sobre el terreno. Una vez en Durre, seguro que encontraréis el modo más adecuado.
—Pero también podría optar por otras alternativas —continuó Mornadar—. Se me ocurre un disparo desde larga distancia, por ejemplo. Algo sencillo y limpio. Esperáis a que salga de paseo o de farra, apostados en algún lugar con fácil escapatoria, disparáis y os marcháis. Eso sí, un consejo que os doy: no se os ocurra intentar envenenar su comida. El sire tiene probadores para todo lo que ingiere. Además, es vuestro primer trabajo y no resulta conveniente emborronar vuestra hoja de servicios con acto tan deleznable.
Rajín, aturdido, asintió, imaginándose las escenas posibles. ¿Cómo podía especular con algo así, si ni tan siquiera sabía dónde estaba Durre? Por primera vez se sintió como un simple campesino karamoi que acababa de dejar atrás la infancia, superado por unos acontecimientos que escapaban a su control, tremendamente limitado para comportarse a la altura que se le exigía. Había terminado la pantomima que era la escuela de Tusha, y se daba de bruces con la cruda realidad. Nada tenía que ver lo que le planteaban en ese instante con aprenderse de memoria centenares de normas, o con clavarle dardos y agujas envenenadas a un animal doméstico. Creyó que, tal vez, se había excedido en sus pretensiones de llegar a ser asesino. Había llegado el momento de demostrar, y demostrarse, que su sueño de convertirse en un profesional como su tío era algo más que eso, un simple sueño de un muchacho demasiado presuntuoso, un delirio de grandeza. ¿Estaría a la altura? Se acarició con discreción los fetiches del pecho, buscando ánimo.
—Bueno, ¿cómo lo veis? —Preguntó el Sizzar.
Fortunai hizo un gesto despectivo.
—Sizzar —contestó—, por lo que deduzco, nada se puede plantear hasta que estemos allí. Pero veo sencillo el trabajo. Como ha dicho Mornadar de Silvestri, parece un hombre descuidado con su propia seguridad, convencido de su poder, y que sólo piensa en satisfacerse.
Raduk el Shaim asintió.
—¡Ese es el espíritu que busco! —Exclamó—. Bien, os daremos dinero más que suficiente y partiréis lo antes posible. El modo de llegar a Durre lo podéis elegir vosotros. Pero para volver os recomiendo que no lo hagáis por los medios habituales: dos desconocidos que escapan tras el asesinato del sire llaman demasiado la atención. Por lo que sabemos, la guardia personal del sire no es demasiado numerosa y está tan fuera de forma como su propio amo. Pero conviene no confiarse en exceso. Siempre es conveniente evitar problemas innecesarios.
—Por supuesto, hay unos cuantos barcos que llevan polizones desde el puerto de Durre —intervino Mornadar—. Polizones oficiales, podríamos decir. Ese sistema es utilizado por gente que no tiene dinero para pagarse un pasaje. Les cobran mucho menos, no les piden visados ni acreditaciones... aunque las condiciones del viaje, como podéis suponer, difieren bastante de las ideales. Deberéis coger plaza en alguno de ellos y volver a Matsumai de la forma más discreta. Ampliando lo que acaba de decir el Sizzar, evitar los problemas es preferible a superarlos. ¡Quién sabe! Tal vez, a alguien de la guardia personal del sire no le preocupe en exceso eliminar, o intentarlo al menos, a un par de qassai de un Satrai. Aunque luego recibiera su justo castigo.
—Os recomiendo que llevéis todas las armas que podáis —continuó el Sizzar—. Ahora os daré las direcciones donde podréis comprar lo que necesitéis. ¿Alguna pregunta?
Rajín negó. ¿Alguna pregunta? Por su mente corrían varias. Demasiadas. Fortunai, elevando su vista al techo, parecía buscar alguna duda en las vigas de madera. Al fin, clavó su mirada en Raduk el Shaim.
—¿Tenemos más datos, Sizzar? —Le preguntó—. Ya me entiende, fotografías del sire y sus amistades, si tiene la costumbre de salir del palacio a determinada hora y lugar, si suele frecuentar alguna taberna o prostíbulo, esas cosas.
—Muy buena pregunta, Visser. Pero, por desgracia, debo contestarte que no. Vosotros sois los primeros en aceptar el trabajo, así que deberéis abriros camino por vuestra cuenta. Lo único con lo que contamos es con un plano del palacio, dibujado por el señor Latkyi, que tal vez os pueda servir.
Señaló con el dedo una carpeta y la acercó al borde de la mesa.
—Eso es todo. Te veo dubitativo, de Sura. ¿Algún problema?
Rajín negó rapidamente.
—Ninguno, Sizzar. Haré lo que el Satrai me ordene.
Raduk el Shaim torció la cabeza, en un gesto que parecía dar a entender que no estaba demasiado convencido ni con la respuesta ni con la actitud de Rajín.
—Me consta que es vuestro primer trabajo —expuso con voz tranquila, cruzando sus dedos frente al rostro—. Y se puede considerar una misión de cierta envergadura. Por eso he decidido mandaros a los dos. Os apoyaréis mutuamente, valoraréis el asunto desde dos perspectivas, lo que puede ser muy útil. Pero necesito vuestro total compromiso. No quiero dudas ni temores. Os vais a convertir en qassai, que es lo que queríais. ¿Alguien os dijo en alguna ocasión que iba a resultar sencillo? Este es un negocio serio; si me comprometo con el señor Latkyi es porque le garantizo que se cumplirán sus expectativas. No le va a costar tanto como si fuera Mornadar de Silvestri el elegido, pero aún así pagará una suculenta cantidad de dinero. Así que, antes de dejar en mal lugar a vuestro Sizzar, quiero que seáis sinceros. ¿Juráis que cumpliréis con vuestra obligación?
Fortunai se levantó de su silla.
—Cuente conmigo, Sizzar. Lo juro.
Rajín le imitó. Pero se levantó tan rápido que tiró la silla hacia atrás. Se sintió torpe, y algo peor: fuera de lugar.
—Por supuesto, Sizzar —contestó, ruborizándose.
—Pues no hay más que hablar.
Raduk el Shaim sacó una bolsa de cuero de un cajón de su escritorio.
—Ahí tenéis treinta mil geas, dinero más que suficiente para esta misión.
¡Treinta mil geas! Se asombró Rajín. ¡Toda una fortuna! Jamás había tenido a su alcance ni tan siquiera cien geas. Y, ahora, el Sizzar les entregaba treinta mil, dentro de una bolsa de cuero que tiró con desprecio encima de la mesa.