Rajín no se había hecho ninguna idea concreta de lo que sería una academia de qassai. Pero, desde luego, nunca imaginó que fuera algo ni siquiera remotamente parecido a lo que era Tusha.
En un planeta caótico y atrasado como Aris, los Satrai o Cofradías de Asesinos gozaban de un prestigio fuera de toda sospecha, precisamente por tratarse de organizaciones estructuradas y serias, con normas que se cumplían con escrupulosa fidelidad. Nada parecía funcionar en Aris, salvo los Satrai. Un cliente que contratase a un asesino profesional sabía que aquél iba a cumplir con eficiencia y pulcritud su trabajo. Y los Satrai se empeñaban en que su funcionamiento, y el de sus asesinos, fueran siempre un ejemplo de formalidad. Por eso, años atrás, decidieron fundar Tusha: para adiestrar mejor a sus futuros miembros, para evitar errores innecesarios que les hicieran perder el prestigio duramente ganado. Por descontado, no todos los asesinos pasaban por Tusha, ni era algo imprescindible para ejercer la carrera. Pero el que lo hacía podía considerarse un privilegiado, y estaba llamado a convertirse en el referente de los demás. Tal vez, en un futuro Sizzar.
El profesorado de la academia estaba compuesto por diez antiguos qassai que tuvieron que dejar su profesión por culpa de diversos daños físicos. Unos eran medio ciegos, otros cojos o mancos, otros demasiado viejos, como Chang. Pero todos compartían alguna tara física, producto de algún accidente profesional, o un impedimento lo suficientemente importante como para hacerles abandonar su carrera. En sus buenos tiempos habían malgastado sus fortunas, casi todos en el juego, y se habían encontrado sin nada cuando les sobrevino la adversidad. Ninguno parecía disfrutar con su nueva actividad; en cualquier caso, todos añoraban tiempos pasados. Algunos profesores parecían llevar su nueva vida con ánimo menos negativo, procurando con mayor o menor éxito adaptarse a las nuevas condiciones; otros, agrios y melancólicos, ni siquiera intentaban disimular su tristeza. Eso, sin duda, influía en la relación con los alumnos.
La directora de Tusha, la aún joven Fedora Dukakis, era el mayor exponente de los profesores amargados. Años atrás fue una reputada asesina que trabajó por todo el planeta, y cuyos servicios eran solicitados desde la lejana Pálasti, en Yamunai. Un absurdo accidente le costó la pierna derecha. Pese a ello, siguió trabajando algún tiempo, en un vano intento de volver a ser la que fue. Durante un trabajo a punto estuvo de morir, entorpecida por su daño físico, y le ocurrió algo incluso peor: fracasó. No le quedó más remedio que abandonar su carrera en la flor de la vida. Como favor y pago a sus méritos le concedieron la posibilidad de dirigir Tusha. Aceptó. Pero no fue capaz de adaptarse. Su vida consistía en un continuo ir y volver del pasado brillante a un presente que consideraba sombrío.
Maretta y Zarkovsky impartían clases sobre venenos. Wick, ex qassai de las Islas Arrecifes Orientales, Artes Asesinas Antiguas y Modernas. Fue quien entregó una daga Rilxe a los alumnos el primer día de clase, arma de la que nunca, durante toda su estancia en Tusha, se deberían separar, y que deberían mantener siempre limpia y dispuesta para su uso.
—Pero, evidentemente, no la utilizaréis a no ser que os lo digamos los profesores —especificó Wick—. ¿Queda claro? ¡Expulsión inmediata para aquel que la desenfunde sin permiso!
Chang, además de ser el mentor de los alumnos —una especie de vigilante permanente—, daba clases de lucha en el segundo nivel. Parvis, estrategia y planificación, también en el segundo nivel. Nentucco, un apasionado conocedor de la obra de Fleurin, impartía la clase de Normas, y torturaba a los alumnos exigiéndoles memorizaciones imposibles. A Gamir, Remo, y Ferdinand Deq, se les podía considerar profesores auxiliares. Ayudaban a los demás a impartir clases. Eran más jóvenes que el resto, y mucho más animosos. Rajín pensó que tendrían un papel más importante en el segundo nivel.
Pese a todo, no podía decirse de ellos que fueran malos profesores. Simplemente, enseñaban lo que tenían que enseñar, y de la manera más conveniente para hacerlo: comenzando por la pasiva teoría, árida y muchas veces casi incomprensible. Si los alumnos habían soñado con una aventura perpetua desde el primer día, era problema suyo. Según Dukakis, un buen qassai tenía que demostrar paciencia y, por supuesto, disponer de conocimientos amplios. Aleccionaba a los alumnos diciéndoles que, para poder disfrutar en la parte final de sus estudios, debían superar esa fase, por muy aburrida que les pareciera, y que aquel que no lo consiguiera podría despedirse de ser un qassai competente.
Los compañeros de Rajín eran de procedencia matsumoi en su mayoría, aunque también había un par de chicos de Yamunai y otro de Fenai. Habían ingresado gracias a la recomendación de qassai, y parecían disfrutar de su estancia tan poco como Rajín. Sin duda, todos pensaron que aquella experiencia iba a ser diferente.
Eran treinta y dos, de los cuales tres eran chicas. Los más veteranos apenas llevaban un mes. La directora Dukakis se congratuló de que todos supieran leer y escribir.
—Aunque una cosa es que sepáis escribir vuestro nombre, y otra bien distinta que comprendáis lo que tenéis que estudiar —les dijo con cara de hastío—. En todo caso, me alegro de no tener que enseñar a nadie a leer y escribir. Lo odio.
El plan de estudios era muy simple: en primer lugar, aprendizaje de las normas para qassai y Satrai, a fondo, hasta la extenuación, con el fin de que todo aquel que saliera de Tusha no cometiera jamás un error en ese sentido. En sí, ningún Satrai disponía de normas escritas: pasaban de generación a generación de manera oral y práctica. Dado que todo el mundo las conocía no era necesario tenerlas por escrito. Pero un antiguo director de la academia había compilado las normas de los Satrai matsumoi en un volumen que conservaban en Tusha como un tesoro. Así pues, los alumnos debían aprenderse de memoria el «Compendio de Normas para los Satrai y Asesinos Miembros o Qassai» del profesor Fleurin, que incluía los «Apéndices al Compendio» de Barin. Obra, por cierto, que jamás había salido de Tusha, y cuya existencia era desconocida por muchos qassai. Sólo unos cuantos, los que hubieran tenido alguna relación con Tusha, o los Sizzar de los Satrai, sabían que existía esa secreta joya. En ocasiones era consultada, previa petición, casi siempre en juicios de complicada resolución.
Además de las normas, los aspirantes debían aprenderse, también de memoria, el «Venenos de Aris» de Kolto, y el «Artes Asesinas Antiguas y Moderna s» de Andurel. Ambas obras suponían la parte en verdad teórica de la futura praxis. Pero los alumnos, pese a ello, las consideraban aburridas y difíciles de asimilar. «Venenos de Aris» trataba a fondo el asunto, incidiendo en lo que se podría considerar pura química, sin apenas ejemplos prácticos, sin caer en la truculencia que tanto parecía gustar a los jóvenes. «Artes Asesinas Antiguas y Modernas» hablaba de armas y métodos de lucha, incluso trataba de soslayo estrategia y planificación. Pero lo hacía de un modo tan frío que tampoco conseguía incentivar la imaginación de los futuros asesinos.
En definitiva: según el profesorado, para empezar era más que suficiente con esos tres libros.
Del mantenimiento del edificio y de la comida se encargaban unas mujeres que venían a diario desde la aldea de Tushairen, gente callada que realizaba su trabajo en el más absoluto silencio, que jamás cruzaba una palabra con nadie, y que procuraba no mirar directamente a la cara.
Rajín, desde el principio, trabó cierta amistad con un aspirante, Fortunai Visser. Los futuros asesinos eran por lo general introvertidos y desconfiados, y preferían pasar el poco tiempo de descanso en soledad. Tal vez se viesen unos a otros como enemigos potenciales. Si no llegaban a tanto, al menos se consideraban rivales entre sí. Fortunai era un muchacho de veintidos años, huesudo, de escasa estatura y extremadamente delgado, con ojos vivos y labios finos. Parecía, incluso, frágil. Pero nada más lejos de la realidad. Era tan fuerte como el mismo Rajín, y de carácter más duro aún. Natural de Adenas, se quedó huérfano a los seis años. Había pasado parte de su infancia en un orfanato, etapa de la cual prefería no hablar. A la edad de doce años le echaron del orfanato y volvió a sobrevivir en las calles hasta que trabó relación con Josef Marconti, un qassai del Satrai de Adenas, al que ayudó en un trabajo. Desde ese momento, pasó a ser una especie de asistente de campo de Marconti. El asesino, en agradecimiento, le recomendó para Tusha. Poco más se le podía sacar a Fortunai de su vida. Pero no hacía falta ser muy observador para poder apreciar que de su sufrida infancia había heredado una capacidad de supervivencia, un inquebrantable estoicismo, y una fortaleza, superiores a las del resto de aspirantes.
—¿Acabaste tu peregrinación? —Le preguntó Rajín en una ocasión.
Y Fortunai Visser, acariciando los fetiches de su pecho, respondió.
—He estado dedicado a otras cosas más importantes, como trabajar para sobrevivir. Los dioses saben que si no he cumplido con el rito no ha sido por pereza, y que soy tan buen creyente como el que más. ¿Lo dudas, karamoi?
Una de las aspirantes más destacadas desde el principio era Six Ascombe, una chica que venía de una pequeña población costera del norte. Con el paso del tiempo llegaría a convertirse en una famosa asesina, especialista en venenos. Six Ascombe era una muchacha en verdad encantadora, de físico más que agraciado y trato refinado y agradable. Lo que, como decía acertadamente la directora, sería una de sus mayores ventajas como profesional. Pero, al igual que con Fortunai Visser, tampoco convenía equivocarse con las apariencias: no sólo sabía defenderse, sino que podía llegar a ser cruel, fría, y despiadada, algo que demostraba en cuanto tenía ocasión. A la segunda semana de estancia de Rajín en Tusha, un aspirante de los que llevaban más tiempo, Rusky Maltus, intentó propasarse con ella. Estaban a punto de meterse en la cama, y Maltus no dejaba de fanfarronear con un grupo de alumnos, que no le prestaban demasiada atención. Maltus, un muchacho alto y fornido casi tanto como Rajín, pretendía dejar claro quién mandaba entre los aspirantes. Six, sin dejar de sonreír, le dejó que se acercara, mostrándose entre intimidada y agradecida porque el supuesto macho dominante del grupo la eligiese como víctima de su lujuria. Cuando estuvo a su altura le hizo un par de llaves de lucha, de una clase que Rajín no había visto jamás, le tiró al suelo, y le clavó las uñas de los pulgares en los ojos.
—¿Aprieto? —Preguntó sin dejar de sonreír, como si se tratase de un simple juego.
Maltus, humillado, forcejeaba con todas sus fuerzas para liberarse de la presa. Pero le era imposible. Six, sentada sobre él, parecía no tener que gastar muchas energías en doblegarle. Aquello era demasiado para Maltus. Todos los aspirantes, absortos, comentaban la situación. Alguno se reía de Maltus sin disimulo.
—¡Suéltame, bruja! —Chilló al fin—. Me has cogido por sorpresa. ¡Te vas a enterar!
Six clavó sus uñas, afiladas, en los ojos de Maltus. Como los había cerrado, sólo le supuso un par de cortes en los párpados.
Chang, alertado por el alboroto que alteraba la paz nocturna, entró en el dormitorio. Se acercó a Six y le ordenó.
—Suéltale.
Pero cometió un error: agarró a la chica del hombro. Six, sin aflojar su presa, enganchó con una mano los testículos del viejo mentor, clavándole las uñas con una presión ligera. Con la otra mano seguía torturando los ojos de Maltus.
—Nunca me toque por detrás, señor Chang —dijo Six, sin perder la sonrisa—. No se lo consiento a nadie.
Chang asintió y puso sus manos a la vista.
Después, Six se levantó, liberando a Maltus de la presa, y separó su mano de la entrepierna de Chang. El viejo sonrió por lo bajo y le preguntó.
—¿Por qué te has visto obligada a atacar a este torpe grandullón?
—Estábamos jugando —contestó Six—. Era sólo un juego.
—Ya. ¿Qué tienes que decir tú, Maltus?
El muchacho tardó un instante en responder. No sabía bien dónde mirar, ni qué hacer.
—Sí, era un juego —masculló al fin, mirando a Six con ojos de odio mientras se incorporaba.
—Ya —repitió Chang—. Maltus, coge tus cosas y márchate de Tusha. Inmediatamente.
Maltus comenzó a quejarse. Pero Chang, impasible, parecía no escucharle. Al fin, se acercó a él, le dio dos bofetadas, y le empujó hacia su armario.
—Coge tus cosas —le repitió—. A gentuza como tú no la queremos en Tusha.
Chang, serio, se volvió hacia los demás aspirantes.
—¡Prestad atención! Un qassai debe comportarse siempre con honor. ¡Sobre todo con otro compañero! No podemos enseñaros qué es el honor... ¡Pero sí podemos castigar su falta!
Después, se dirigió a Six, le agarró la mano, y se la puso en la entrepierna.
—Aprieta —ordenó.
Six negó con la cabeza. Chang, antes de que nadie pudiera darse cuenta, se había girado y agarraba a Six por detrás. Con ambas manos le apretaba la nuca y el cuello, inmovilizándole a la vez los brazos. Con una de las piernas le bloqueaba las rodillas. Fueron movimientos rápidos, imprevisibles, que dejaron a los aspirantes boquiabiertos.
—Hagamos un trato —propuso el mentor—. Nunca te tocaré por detrás, y tú nunca me amenazarás. No soy tan torpe como ese estúpido. ¿De acuerdo?
Six, que comenzaba a ponerse morada por la falta de aire, asintió levemente. Pero no perdió su sonrisa.
Así era la dulce Six Ascombe.
En general, la vida en Tusha discurría tranquila. No había altercados ni roces entre los aspirantes, que demasiado tenían con estudiar. El valedor de Maltus, al enterarse de que su recomendado había sido expulsado deshonrosamente, rogó que le volvieran a aceptar. Y Maltus fue admitido poco después, tras hacerle prometer que se comportaría con la caballerosidad y compañerismo propios del gremio. El muchacho, francamente arrepentido, sobre todo por lo mal que había quedado con su valedor, juró por su vida que se comportaría con honor. Todo quedó como un incidente aislado.
* * *
Cumpliendo una orden extraordinaria del Consejo, la familia de Sura fue expulsada de su casa tres semanas después de efectuado el registro en la esperpéntica búsqueda de Bathus y Rajín. El edicto era breve pero preciso: no se iba a permitir que una familia vulnerase de manera continuada las sagradas normas de convivencia que los karamoi se habían autoimpuesto desde tiempos inmemoriales. En definitiva, que no importaban ya ni la desproporcionada subida de arriendos ni los improcedentes castigos, se trataba de una expulsión en toda regla. Los Sura abandonaron a la fuerza su casa y sus tierras una mañana gris de invierno. Dentro de lo grave, eso no era lo peor: el Consejo les obligaba a abandonar Karamai. Sin haberles notificado previamente la sentencia, sin ningún miramiento. Sin un gesto, sin que hubiera trascendido tan sólo un simple rumor que les hiciera prever el destino que les esperaba.
Ninguno de los trabajadores del Consejo quiso participar en el desahucio. Rado y el resto se negaron, aún a sabiendas de lo que eso implicaba. Pero aquella demostración de solidaridad y civismo karamoi no supuso algo que el nuevo Consejo fuera a tomar por importante, ya que todos los antiguos trabajadores fueron relevados de sus cargos como castigo. Una nueva hornada de funcionarios a las órdenes directas del Consejo fue reclutada entre los hombres más leales de Barallian y Melkara.
Amil se resistió cuanto pudo. Al principio, amparándose vanamente en la ley y la costumbre; después, desesperado, con lo que se podría considerar fuerza bruta, nada despreciable, por cierto, pues les costó bastante a los trabajadores del Consejo reducirle. Sólo le supuso lo que estaba esperando el nuevo Consejo: una excusa para torturar más a la familia de Sura. Así que Amil fue encarcelado en Faneqa, sin necesidad de juicio previo, con los cargos comprobados de resistencia continuada a las decisiones del Consejo y manifiesta oposición a las leyes ancestrales, mientras Anna y Roddan tomaban un barco que partió ese mismo día hacia Arvan, donde, si los dioses lo querían, se encontrarían con Bathus. Ese era el acuerdo al que ambos hermanos habían llegado si las cosas se torcían como el desconfiado de Bathus imaginaba, ya que Amil jamás pensó que algo tan terrible pudiera llegar a suceder. Madre e hijo no llevaban nada de dinero, sólo ropa y algunos enseres personales, lo único que les permitió sacar de su casa el Consejo. El capitán del barco les ocultó de posibles miradas curiosas hasta que mandó partir, antes de lo previsto dado que había prisa. Cuando se alejaron de Faneqa, les cedió su camarote particular, y se puso a su disposición para todo lo que les hiciera falta. El capitán se llamaba Glastic Lynn, y su barco era el Pez Volador.
* * *
Tras cuatro meses de tedioso estudio, la directora anunció durante la comida que habían llegado al final del proceso de aprendizaje teórico. Habría un examen que deberían superar los aspirantes para pasar a la siguiente fase de su preparación. Para desconsuelo de los alumnos, dijo que la teoría volvería a ser recordada las veces que fueran necesarias, y por todos los alumnos, incluso los que superasen el examen.
—A los que no lo superéis, os espera volver a incidir hasta que lo consigáis —sentenció.
—¿Cuándo será ese examen? —Preguntó un alumno.
—Ahora mismo, tras la comida.
Todos los aspirantes se miraron.
—Un qassai debe superar lo imprevisible —explicó Dukakis, encogiéndose de hombros—. La sorpresa debe ser vuestra aliada, no vuestra enemiga.
Los profesores siguieron comiendo, charlando en voz baja entre ellos. Hasta que Dukakis se limpió lentamente con una servilleta, gesto que daba por terminada la comida, y llamó a uno de los aspirantes.
—Coge una silla y acércate a la mesa —le indicó Dukakis—. Hablaremos en voz baja, ¿de acuerdo? Nadie tiene por qué saber lo que te pregunto y si lo respondes bien o no.
Unos minutos después llamó a otro aspirante. Y luego a otro, y a otro más. Hasta que dijo en voz alta.
—Rajín de Sura.
Rajín se acercó y se sentó en la silla.
—¿Te has aprendido el resumen de las Normas? —Preguntó la directora.
—¿Para Asesinos o para Satrai?
—Comencemos por Asesinos.
—Por supuesto que sí.
—Adelante.
Fleurin hizo en su día un resumen de las más de trescientas normas que compendió en su obra, lo que se conocía como el «Decálogo de Normas de Obligado Cumplimiento para Asesinos Miembros o Qassai». Sin duda, el bueno de Fleurin pensó en futuros alumnos al redactar su decálogo, que, en sí, contenía más de diez normas. Incluso alguna de las Normas contenía varias en esencia. En definitiva, un resumen caótico que a los alumnos les parecía un suplicio memorizar.
Rajín tomó aire y elevó su mirada al techo. Después, comenzó.
—Norma Primera: Un Qassai que haya sido contratado jamás actuará en contra de los intereses o la propia vida del contratante.
»Norma Segunda: Como extensión de la Norma Primera, un Qassai sólo puede actuar contra su contratante si éste no le paga lo establecido, o si es deliberadamente engañado, y siempre dando cuenta de ello al Satrai local del que dependa, al que haya sido el depositario del contrato, o al más cercano a donde estuviera desarrollando el trabajo, y deberá atenerse al dictamen del correspondiente según el caso.
»Norma Tercera: El Qassai deberá pactar con el contratante, y quedará debidamente registrado en el contrato, el nombre del objetivo u objetivos y el precio total del trabajo. Una vez firmado el contrato por ambas partes, no se admite ningún tipo de alteración. Cualquier trabajo, sea del tipo que sea, y bajo las circunstacias que fueren, deberá ser registrado en el contrato, y éste será depositado en el Satrai de procedencia del Asesino o, en su defecto, en el más cercano a donde se haya redactado.
»Norma Cuarta: El Qassai está obligado a especificar claramente en el contrato la naturaleza de su trabajo, que se divide en cuatro tipos básicos: muerte, susto mortal con amputaciones, susto mortal sin amputaciones, y paliza simple, así como el nombre de su objetivo. Si se trata de trabajos sin objetivos claramente definidos, al menos constarán los precios por tales supuestos. Cada Satrai dispondrá de modelos similares de contratos. Los Asesinos Miembros están obligados a hacer uso de ellos, pero tendrán libertad absoluta para elegir sus tarifas. El Qassai está obligado a realizar el trabajo personalmente, sin posibilidad de que alguien, mediante el pago o la coacción, lo lleve a cabo en su nombre.
»Norma Quinta: Un Qassai deberá encontrar justos, bajo su criterio, los motivos del contratante. De no ser así, estará obligado a elevar su tarifa habitual para ese tipo de actuaciones. No podrá actuar en contra del Derecho Común, ver apéndices...
—¡Ja! —Rió Dukakis—. Creo que no es necesario que seas tan preciso.
—... ni actuar en contra de autoridades, a no ser que se demuestre y justifique fehacientemente ante el Satrai correspondiente la necesidad de la actuación.
»Norma Sexta: Un Qassai jamás actuará en contra de niños menores de diez años. Por extensión, tampoco contra las mujeres embarazadas.
»Norma Séptima: En caso de duda sobre un trabajo, o sobre una Norma o su interpretación, el Qassai deberá consultar obligatoriamente con su Satrai antes de actuar o tomar decisión alguna.
»Norma Octava: El Asesino Miembro o Qassai está sujeto a las leyes propias de su Satrai y a las generales del Gremio, y deberá respetarlas, so pena de juicio sumarísimo. Por descontado, deberá aceptar la sentencia del tribunal de su Satrai, fuere cual fuere.
»Norma Novena: Todos los Qassai están obligados a pagar el veinte por ciento de los emolumentos de todos sus trabajos al Satrai del que dependan. En el caso de que la distancia suponga un serio impedimento, al más cercano.
»Norma Décima: Un Qassai jamás actuará contra otro qassai.
»Norma Undécima: Todas estas normas son válidas incluso para los Asesinos independientes que tengan poca relación con su Satrai de origen.
—¡Alto! Está bien así —dijo Dukakis asintiendo—. Puedes irte.
—¿Debo suponer que paso al siguiente nivel?
—Sí. Pero no te confíes. En cualquier momento te podemos sorprender con una pregunta que has de responder de forma satisfactoria.
Después, volviendo su atención a un papel, llamó en voz alta a Fortunai Visser.
Cuando el aspirante ocupó el lugar que acababa de dejar Rajín, le preguntó.
—Tipos de venenos.
Fortunai estiró el cuello y comenzó.
—Según su composición, dos tipos: simples y combinados. Según sus efectos, tres tipos principales: mortales, incapacitantes, e hipnotizantes. En función de la rapidez con que causan efecto, dos tipos: inmediatos y lentos. En función de que la víctima tenga consciencia o no, dos divisiones: con consciencia de la víctima, y sin consciencia.
—Correcto.
—Según el medio de transmisión a la víctima, cuatro tipos: bebible, inyectable, respirable, y táctil. Según dispongan de antídoto o no, dos tipos: reversibles e irreversibles. Según su procedencia, tres clases: animales, vegetales, y sintéticos.
—Perfecto. Puedes irte.
—¿Ya?
Dukakis no le contestó. Ignorándole, llamó a Six Ascombe, que cruzó decidida el comedor hasta tomar asiento.
—Principales venenos —dijo la directora.
—¿Simples o combinados? ¿Por tipos y subtipos?
Dukakis se giró para mirar a Maretta, que estaba a su derecha. Sonriendo, ambos profesores comentaron algo que no pudo escuchar nadie más.
—Por popularidad en su uso —especificó.
—¿Debo hacer una descripción completa o sólo nombrarlos?
—Haz una descripción simple. Con eso será suficiente.
Six Ascombe levantó su vista al techo, como si rebuscase en su memoria.
—Kolto no es muy preciso en cuanto a ese punto —dijo al fin—, ya que cada qassai tiene sus venenos preferidos. Pero creo que podría ser más o menos de la manera siguiente, aunque...
—Empieza de una vez —le sugirió Dukakis.
Six carraspeó y comenzó dubitativa.
—Primero: Muerte Cruel. Proporciona una muerte dolorosa y lenta, con total consciencia de la víctima. Segundo: Destino Final. Muerte segura a las pocas horas de su uso. Indoloro. Tercero: Picor Insoportable. Ideal para sustos sin amputaciones. En dosis elevadas, mortal. Cuarto: Lengua Vivaracha. Anula la voluntad de la víctima. Se accede a lo más profundo de su cerebro. Quinto: Sangre por los Poros. Acción inmediata. La víctima se desangra a través de la piel. Lento.
Hizo un receso para tomar aire, y prosiguió.
—Sexto: Pasta de Flor. También conocido como Destroza Hígados. Tarda unos días en hacer efecto completo. Séptimo: Demencia Controlada. Actúa sobre la voluntad de la víctima, obligándole a hacer cualquier acto que el Asesino quiera. Útil en falsos suicidios. Octavo: Sueño Dulce. En el momento de su administración, borra de la memoria de la víctima los sucesos ocurridos durante la última hora. Útil como complemento de otros venenos como Demencia Controlada o Lengua Vivaracha. Noveno: Perdición. Causa ceguera y sordera. Décimo: Permanece y Sufre. Décimoprimero: Fin Inminente...
—Basta —interrumpió Dukakis—. Tu orden no es del todo acertado. Deberás volver a repetir la teoría. No pasarás al siguiente nivel.
Six Ascombe se sorprendió tanto como si le hubieran dado un bofetón en la cara. Cuando pudo reaccionar, sólo llegó a decir.
—Pero...
—El orden es un tanto arbitrario —expuso Maretta en apoyo de la directora—, y te han faltado muchos datos, incluso para una descripción breve. No has concretado si son simples o combinados, o el modo de administración.
—Te vendrá bien un poco de humildad y paciencia —intervino Dukakis—. Puedes irte.
Llamó al siguiente de la lista, Rusky Maltus, mientras Six caminaba hacia su asiento negando con la cabeza.
—Maltus, háblanos de la daga Rilxe.
El muchacho sonrió.
—Es mi arma favorita, señora —dijo—. La mejor de todas. Un arma verdaderamente arisia, creada en Matsumai. Su longitud máxima es de treinta y cinco centímetros, contando la empuñadura. La hoja es curva y debe tener una anchura máxima de cinco centímetros y una mínima de cuatro, y es conveniente que sea de buen acero de los hornos de Alan-Aden. La hoja tiene cinco oquedades a lo largo del filo, donde se introducen los venenos que se vayan a utilizar. Desde la empuñadura, mediante los botones, se proyectan los venenos de cada uno de los orificios. Hay un botón para cada uno de ellos, colocados en el mismo orden.
—¿Qué se puede conseguir con este arma? —Preguntó Maretta.
—Cualquier efecto. Desde la muerte hasta un simple susto. Depende del veneno que inoculemos, o de que no utilicemos ninguno. Evidentemente, para que la daga sea mortal no es necesario que esté cargada —rió Maltus—. En definitiva, todo queda en manos del qassai y de su pericia.
—Enséñame tu daga —ordenó Dukakis.
Maltus extrajo la daga de la funda de serpiente cornuda que llevaba atada a su muslo. La directora la revisó.
—Está limpia y en perfecto estado de uso. Puedes irte, Maltus. Pasas al siguiente nivel.
Hasta el mismo Rusky Maltus se asombró de lo sencillo que había sido su examen. Sonriendo, se levantó de la silla, saludando con la cabeza.
Y Dukakis llamó al siguiente de la lista.