Tusha era una hacienda que se encontraba a unos veinte kilómetros al norte de Gálasti, sobre un promontorio rocoso de la accidentada costa oriental de Matsumai. Rajín, siguiendo las indicaciones de su tío, descendió del autocar en la taberna Tushairen, en la aldea del mismo nombre, a escasos dos kilómetros de su destino. No llovía; por lo que decidió tomar asiento en unos bancos corridos bajo un emparrado, pidió una cerveza, y suspiró. Necesitaba calmar su ánimo, que se fue alterando a medida que el autocar iba acercándole a su destino.
Cuando se sintió más tranquilo, preguntó por el camino a la hacienda.
Tomó una senda bordeada de arbustos tumbados por el viento, que ascendía por un paisaje pedregoso y despejado hasta el borde de los acantilados. Poco después, se encontró frente al edificio. Ningún cartel, ninguna valla que lo delimitase, nada indicaba que allí se formaban futuros qassai. Era un caserón de piedra, con tejado de tejas oscuras y musgosas, y grandes ventanales de cristales de colores. Dos plantas de altura. Le rodeaban unos jardines de arbustos de diferentes especies, formando parterres macizos de color verde, o lavanda, o rojo, o negro.
Un paseo empedrado llevaba hasta la puerta principal. Rajín tomó aire, y anduvo los últimos metros de su largo viaje recordando su partida del lejano puerto fluvial de Faneqa.
La puerta se abrió antes de que llegase a llamar. Dos hombres serios y elegantemente vestidos salieron del edificio y se colocaron frente a Rajín, como si hubieran estado esperándole. Podría considerárseles aún jóvenes, de la edad de su tío. Y compartían algo más: ambos estaban mutilados. A uno le faltaba el brazo derecho. El otro tenía un ojo de cristal, y aspecto de no ver demasiado bien con el otro.
—¿Qué deseas? —Preguntó el manco.
Rajín extrajo de su mochila el documento que le había entregado el Sizzar y lo mostró.
—Vengo a ingresar —contestó.
Los hombres, antes de coger el documento, asintieron.
—Tú debes de ser el sobrino de Bathus —dijo el del ojo de cristal, entornando el otro ojo. Después, cogió el documento que le ofrecía Rajín y se lo pasó a su acompañante—. Bienvenido, Rajín de Sura. Me llamo Amber Zarkovsky, y seré maestro tuyo.
Después, le saludó a la manera matsumoi.
—Yo soy Josef Maretta —dijo el otro hombre, saludándole a su vez con su único brazo—. Ven, te llevaremos ante la directora.
Se introdujeron en el caserón, sombrío y húmedo, de techos altísimos. A Rajín le recordó la sede del Satrai de Gálasti, tan adusta, tan pétrea. Se escuchaban sonidos y voces lejanas, amortiguadas por la distancia; pero se fueron perdiendo a medida que avanzaban por uno de los pasillos, hasta que les rodeó un silencio que parecía ser sólido.
Los dos hombres llamaron a una puerta y la abrieron sin esperar contestación. El despacho de la directora era tan sobrio como el resto de la mansión, similar al de Raduk el Shaim: piedra, madera ardiendo en una chimenea oscura, y una sola concesión al color en las vidrieras de las ventanas.
Tras la mesa de despacho una mujer joven levantó la mirada. Había dos muletas de madera apoyadas en el borde de la mesa. Maretta le entregó el documento de presentación. Lo ojeó por encima y lo dejó caer.
—Espero que estés a la altura de las circunstancias —dijo al fin, con voz seria—. Hasta ahora, nadie había sido recomendado por Raduk el Shaim. Ahora te enseñarán tu dormitorio. Estarás aquí hasta que consideremos oportuno. Depende de tu aplicación y talento. Puedes irte.
Se giró hacia los dos profesores.
—Acompañadle al dormitorio y presentadle al mentor Chang.
Después, volvió su atención a unos papeles que estaban sobre la mesa.
Rajín y los dos profesores abandonaron el despacho y siguieron pasillo adelante hasta que llegaron a una enorme habitación, con filas de literas y armarios metálicos. Un hombre se acercó a ellos. Era anciano, encogido y arrugado, de una edad que Rajín no supo calcular. Tenía una calva llena de manchas marrones y los ojos tan rasgados y pequeños que parecía que llevase los párpados cerrados. Iba envuelto en una túnica mugrienta que despedía un desagradable olor.
—Este señor es Chang —dijo Maretta—. Será tu mentor. Bueno, en realidad es el mentor de todos los aspirantes. Haz todo lo que te diga, cuando lo diga, y como lo diga. Procura ser obediente: no admite dudas ni vacilaciones.
—Así es —asintió Chang—. Bienvenido a Tusha, muchacho. ¿Cómo te llamas?
—Rajín de Sura.
—Ah, sí, el sobrino de Bathus. Acompáñame.
Siguió al anciano mientras los dos profesores daban media vuelta perdiéndose por el pasillo. Llegaron frente a una litera y Chang señaló la cama de abajo con una mano pequeña y nervuda de largas uñas.
—Esta será tu cama. La mantendrás siempre limpia y recogida. Tras el cabecero de la cama está tu armario, el número cinco. Deja ahí tus cosas en orden.
Rajín asintió, pero se quedó parado frente a la cama, sin saber bien qué hacer.
—¡Ya! —Explotó Chang— ¿Es que acaso estás sordo? Lo que nos faltaba en Tusha, aspirantes con taras.
Rajín corrió a deshacer su equipaje y colocarlo en el armario. Mientras, Chang comenzó una conversación en voz baja que más parecía un monólogo.
—Termina pronto muchacho, iremos al comedor, ya es casi la hora de comer, después te presentaré al resto del profesorado... a tus compañeros ya les irás conociendo, sí, qué bueno, quién fuera joven ahora, quién tuviera tu edad, qué suerte ser joven y fuerte.
Rajín, cuando terminó, se colocó frente a él. Chang, rodeándole, comenzó a caminar hacia la salida de la habitación sin dejar de musitar palabras ininteligibles y que ya nada tenían que ver con Rajín de Sura.
* * *
A la vista de los últimos acontecimientos, el presidente Emmen Luxi decidió de manera inmediata convocar una reunión urgente del Consejo. Esa misma tarde había regresado la expedición que partió en busca de los pecqoi; cuando la gente vio llegar a los hombres, cabizbajos y derrotados, casi se monta una revuelta. El comandante de la partida, con el mejor de los criterios, no comentó nada con nadie —y prohibió a sus hombres que lo hicieran—, hasta que hubiera informado al presidente Luxi. Pero lo cierto es que no sirvió de nada. Luxi, tras escuchar su informe breve, pero concluyente, le dio permiso para irse a su casa, saludar a su familia, y volver de inmediato junto a los dos pecqoi que habían regresado con él, mientras mandaba avisar al resto de los miembros del Consejo. El asunto no admitía demora. No iba a permitir que los rumores crecieran hasta que provocasen alguna crisis.
Así que, poco después, el Consejo de emergencias en pleno estaba reunido. Una muchedumbre expectante atestaba la plaza a la espera de noticias que confirmasen lo que ya sabían, o nuevos planes de acción para corregir los errores anteriores. En todo caso, un hilo de esperanza al cual aferrarse. El comandante, a instancias del presidente, explicó con calma el desarrollo de la expedición. No encontraron a los esclavistas de Saim Nofel, y dudaba que incluso hubieran conseguido acercarse a ellos. Habían llegado tarde, demasiado tarde. Nadie supo o quiso darles noticias sobre la caravana de esclavos. Con un suspiro, reconoció que se habían dedicado a vagar en busca de fantasmas, hasta que, cansados y decepcionados, decidieron regresar. El destino de los pecqoi y del resto de karamoi capturados era un enigma.
En el camino de regreso se toparon con dos pecqoi cerca de la frontera. Había sido pura casualidad, no habían intervenido en absoluto en su salvamento. Simplemente, se los habían encontrado. Los dos pecqoi, Roman Spin y Renzel Bora, lograron escapar de los esclavistas por sus propios medios y se habían extraviado en su vuelta a casa. Poco más podía decir el comandante de la infructuosa expedición. Devolvió el dinero que le habían entregado para el rescate, agachó la cabeza, y tomó asiento.
Emmen Luxi se dirigió a Roman Spin. Le pidió que hiciera un informe detallado de lo que le había ocurrido. Y Roman comenzó a narrar sus aventuras desde que fue capturado en el páramo de Qu. Todo el mundo escuchaba en un silencio concentrado. Hasta que Barallian y Melkara comenzaron a cuchichear.
El presidente se giró hacia ellos y les ordenó silencio. Barallian se puso en pie.
—Sin duda es muy interesante lo que nos está contando este pecqoi —dijo—. Pero no es relevante. Ya sabemos que fueron capturados. También sabemos que tres de ellos, contando a de Sura, han conseguido escapar. ¿De qué le sirve al Consejo el relato de Spin? De nada práctico. Sólo es un bonito cuento para una noche de invierno frente al fuego.
—No entiendo sus quejas, Barallian —dijo Luxi, molesto—. Si a usted no le interesa, a los demás miembros del Consejo, sí.
Barallian sonrió. Obviando al presidente, se dirigió a Roman.
—Vamos a ver, pecqoi, quiero que nos respondas a una pregunta, y que no te andes por las ramas. Roman Spin, ¿cómo conseguiste escapar?
Roman elevó la barbilla y miró al presidente que, después de recorrer con la mirada a los miembros del Consejo, asintió.
—Cuando se escapó Rajín de Sura —comenzó Roman—, se armó un gran revuelo. Al amanecer nos despertaron a gritos y patadas. Dos de los hombres de Nofel, los que montaban guardia, habían sido asesinados. En el recuento se dieron cuenta de que faltaba Rajín. Saim Nofel montó en cólera. Ya les he contado lo que había ocurrido con la mujer karamoi; Nofel decía que era demasiado aguante el que había tenido con sus hombres, que eran todos unos inútiles, y cosas por el estilo. Utilizó el látigo con su gente y con nosotros. Aquello, en lugar de servir para fortalecer el orden, se acabó convirtiendo en un caos.
—Ah, sí, de nuevo Rajín de Sura —masculló Barallian—. ¿Sabes cómo pudo escapar?
—No. Por lo que decían los esclavistas, debía de ser obra de alguien con muchos conocimientos, tal vez de un equipo completo, pues habían utilizado ácido para derretir el candado y habían matado a dos hombres sin hacer ni el más mínimo ruido. Los hombres de Nofel se intranquilizaron. Él también. Diría que, incluso, tenía miedo.
—Prosigue.
—Continuamos camino, a paso rápido. Había prisa, al parecer. Una noche paramos cerca de un bosque. Mientras cenábamos, me percaté de que los hombres de Nofel se encontraban especialmente nerviosos. Se montaron dos grupos: los que estaban a muerte con su jefe, casi todos lugartenientes, y los demás, que sufrían demasiadas afrentas, según se quejaban. El caso es que la guardia se relajó. Los hombres —todos— bebieron en exceso; algunos fueron en busca de mujeres, de las pocas prisioneras que había. Hubo un enfrentamiento entre los lugartenientes de Nofel y los más impulsivos. El caso es que tuvo que intervenir el mismo jefe para poner orden. Algunos de sus hombres amenazaron con abandonar, y le exigieron que les pagase. Dos o tres de los más alborotadores murieron a manos de Nofel, que tuvo que emplear la espada. Busqué con la mirada a mis compañeros de infortunio, intentando encontrar un gesto de complicidad: había llegado el momento. El campamento parecía un corral alborotado. Incluso llegué a pensar que aquellos tipos acabarían matándonos en lugar de vendernos como esclavos, para después matarse entre sí. Renzel, Sander Ardoq, y varios más, nos pusimos de acuerdo para atacar. Llevábamos planeando nuestra fuga desde antes de que escapase Rajín, como ya he dicho antes, y era el momento propicio. Ahora o nunca.
Roman Spin tomó aire y prosiguió.
—Como he dicho, esa noche se montó un buen barullo. Cuando el jefe pudo poner orden era ya madrugada. De hecho, alguno de sus hombres ya dormía la borrachera tirado en cualquier parte. Como siempre, nos echamos en el suelo. Zosim, el del látigo, fue dando la vuelta habitual para controlar que todo estuviera en orden. Esta vez venía solo, y estaba muy bebido. Al pasar por mi lado le hice la zancadilla, y, con rapidez, nos abalanzamos sobre él. Le dejamos inconsciente de un golpe, le quitamos las llaves de los candados. No esperé más: me solté, le pasé la llave al compañero siguiente y corrí como alma que llevan los demonios. Me paré al quedarme sin resuello, protegido por la noche en un cercano bosque. Escuché que alguien se acercaba. Era Renzel Bora. No perdimos tiempo y continuamos corriendo.
—Ya. Después fuísteis encontrados por la expedición —asintió Barallian—. Muy bien, Spin. Y, ¿se puede saber dónde os encontrábais cuando escapaste?
—No lo sé con exactitud —respondió, encogiéndose de hombros.
—En todo caso eso es fácil de calcular —intervino Luxi—. Pero ya no sirve de nada. ¿No cree, Barallian?
—Yo lo que creo es que Bathus de Sura podría haber hecho algo más por esos desdichados —contestó—. Y no lo hizo. Los dejó a su suerte. Parece claro que esos esclavistas no son tan peligrosos como nos quieren hacer creer si dos pecqoi encadenados son capaces de reducir a uno de ellos y escapar. Hay algo que no me cuadra. ¿Sabías, Spin, que Rajín de Sura fue liberado por su tío Bathus el asesino?
—Me enteré cuando nos encontró la expedición.
—¿Y qué opinas? ¿No lo consideras una traición?
—No sé qué decir. Por supuesto, me habría gustado que Rajín se hubiera acordado de mí. Pero si no lo hizo, sería por algún motivo. Supongo.
—¿No crees que Bathus de Sura podría haber llegado a algún acuerdo particular con Nofel? —Preguntó Barallian, acercándose a Roman y mirándole a los ojos—. Algún acuerdo mediante el cual dejase libre a Rajín de Sura a cambio de que vosotros continuáseis en su poder.
Roman, a modo de contestación, puso cara de desconcierto. Barallian se volvió y habló para el Consejo.
—Todo el mundo conoce las excelentes relaciones que mantiene Bathus de Sura con los esclavistas de Matsumai. Tal vez se valió de ello para conseguir la libertad de su sobrino, a cambio del resto de karamoi.
—Puedes sentarte, Roman Spin —dijo el presidente Luxi, sin ocultar su malestar por el derrotero que estaba tomando el interrogatorio—. Y no será necesario que intervenga el otro pecqoi, Renzel Bora. Si lo deseáis, podéis volver a vuestros hogares. Otra cosa más: este Consejo considera que habéis terminado la peregrinación con éxito. Podéis consideraros adultos.
Los dos muchachos saludaron respetuosamente al presidente y abandonaron la sala. También se levantó el comandante de la expedición y pidió permiso para retirarse. Con la cabeza baja, derrotado, se marchó.
Los miembros del Consejo se miraron entre sí. Barallian elevó la voz entre el murmullo general.
—Señor presidente —dijo con voz solemne—. Pido oficialmente que se disuelva el consejo para emergencias. Su existencia carece ya de sentido.
—Hagamos primero un comunicado oficial para la población —propuso Luxi—. Después, se declarará disuelto. ¿Acaso tiene usted prisa por irse?
Barallian sonrió. Pero no contestó a su pregunta.
El secretario fue redactando el comunicado, tomando nota de lo que iban apuntando los miembros del Consejo. Media hora después estaba terminado. Venía a decir que, lamentándolo profundamente, nada más se podía hacer y nada se haría por parte del Consejo en la cuestión de los pecqoi desaparecidos.
—Desde este momento, declaro disuelto el Consejo para emergencias —proclamó Luxi tras la lectura del comunicado—. Todos los que no sean del Consejo habitual que abandonen la sala. Y gracias por su desinteresada colaboración.
Varios terratenientes y los sacerdotes se levantaron y abandonaron la sala. Sólo se quedaron los siete miembros habituales. Con un añadido: Barallian y Melkara, que continuaron sentados.
—Ustedes también pueden irse —dijo Luxi, invitándoles con un gesto a marcharse.
Melkara se levantó de su asiento. Miró a los miembros del Consejo uno por uno, clavando sus ojos de manera desafiante.
—Ni mucho menos —dijo al fin—. Ahora, creo que llega el momento de tomar en consideración algunos puntos que de ninguna manera podemos pasar por alto.
Luxi, temiéndose lo peor, preguntó.
—¿A qué se refiere?
—A la absoluta incompetencia de este Consejo —contestó—. Nunca ha estado a la altura de las circunstancias, ni ha sabido solucionar el problema. El fracaso de la expedición es el fracaso del Consejo. Muchos karamoi se debaten entre la esclavitud y la muerte por su culpa.
—Sabe que eso no es cierto —dijo Luxi con voz tranquila.
—La noble población de Karamai exige gobernantes que estén a su nivel. No han sabido ni querido gestionar la crisis como es debido. Eso lo sabe la gente —señaló con la cabeza hacia el ventanal que daba a la plaza—. Todo el mundo imploró soluciones, que no han sabido ofrecer. Ahora exigen otra cosa.
Luxi sonrió irónicamente.
—Usted está pidiendo mi cabeza, ¿no es cierto? No se conforman con ser los propietarios más poderosos de Faneqa; además, quieren mangonear en el Consejo. Pues no se lo voy a permitir.
Melkara, obviando al presidente, continuó.
—Deberían haber hecho caso a Bathus de Sura cuando pidió por primera vez una reacción inmediata. No lo hicieron. Eso es del dominio público. ¿Cómo se lo van a explicar a los familiares de los pecqoi?
—¿Se atreve a hablarme de Bathus de Sura? —Preguntó Luxi, en voz baja—. ¿Usted? Creo recordar que se opuso, junto con su amigo Barallian, a que le hiciéramos caso. Como se opuso a que el dinero para el posible rescate saliera de los fondos comunales.
—No recuerdo tal cosa. Ninguno de los presentes la recuerda, ¿verdad? —Negó Melkara, encogiéndose de hombros—. En todo caso, es usted el máximo responsable, y deberá responder por este fracaso. Pido, de manera oficial, que sea destituído el presidente Luxi y sea elegido, esta misma noche, un nuevo presidente y un nuevo Consejo.
—Usted no puede pedir tal cosa —intervino el secretario, Sper Ottman—. Hay unos cauces establecidos para esas peticiones. Ni siquiera es usted miembro del Consejo. ¿Cómo se atreve a pedir algo así?
—Lo hago en nombre del pueblo —contestó Melkara—. Y usted, si pretende seguir con su puesto de secretario, debería replantearse la situación y dejar de cometer errores que le pueden costar caro.
Emmen Luxi se levantó, se colocó el bicornio con parsimonia y se dirigió a Melkara y Barallian.
—Fuera de aquí. No tienen derecho a estar en esta sala, ni nosotros obligación alguna de soportar sus bravatas.
—Entonces, el pueblo actuará —dijo Barallian—. ¿Quieren que sea asaltada la sede del Consejo dentro de unos minutos? ¿Quieren terminar colgados por el cuello del balcón? Eso es lo que está deseando hacer la multitud que atesta la plaza.
—Pero llegar a ese punto no será necesario —expuso Melkara con parsimonia—. Momentos excepcionales requieren medidas excepcionales, ¿no es cierto, caballeros? Estoy seguro de que el resto del Consejo sabrá estar a la altura.
Emmen Luxi fue consultando con la mirada a los siete miembros del Consejo. Todos evitaron enfrentarse directamente con él y bajaron la cabeza. Comprendió la situación. Sin perder la sonrisa irónica, se quitó el bicornio y lo colocó sobre la mesa.
—Pongo a disposición del Consejo mi cargo —dijo con voz lúgubre—. Dimito.
—Bien, veo que ha prevalecido la inteligencia —asintió Melkara—. Y ahora, señores, admitan la dimisión de Emmen Luxi, que tanto daño ha hecho a Faneqa y a Karamai como presidente, y elijan como presidente a Oskar Barallian y como segundo presidente a un servidor. El actual segundo presidente, Attal Ademir, también dimitirá de su cargo.
* * *
Así que la población de Faneqa se encontró esa noche con dos comunicados del Consejo: el primero, que hablaba de manera oficial del fracaso en el rescate de los karamoi esclavizados, y el segundo, con la noticia de la constitución de un nuevo Consejo tras la dimisión del presidente Luxi y el vicepresidente. La población, en general, consideró lógico que se hubiera formado otro Consejo tras el fracaso del anterior, y, en todo caso, no juzgó demasiado importante el asunto. Y, a medida que pasaban las horas, se fueron calmando los ánimos. Los familiares de algunos pecqoi decidieron partir de nuevo en busca de sus hijos, aunando esfuerzos y gastos: irían juntos, formando una segunda expedición. A media tarde, partieron de Faneqa. El resto de familiares volvieron a sus casas y sus obligaciones, rezando para que la intervención divina fuera la que trajera a sus hijos de vuelta. La gente comprendió que se había terminado aquel triste asunto. Ya formaba parte de la dura historia del pueblo karamoi, de la leyenda perdurable. Tal vez, esa misma noche, algún músico crease una canción narrando aquellos terribles acontecimientos.
El Consejo no perdió el tiempo. A media tarde había redactado algunos decretos más. Cualquier observador imparcial diría que la familia de Sura era la más poderosa o conflictiva de todo Karamai, pues iban dedicados en exclusiva a ella. El primero de los decretos derogaba los pactos anteriores sobre subida de arrendamientos a Amil: quedaban establecidos en un veinte por ciento. El segundo instaba a que se presentaran ante el Consejo de manera inmediata Bathus y Rajín de Sura, bajo pena mayor en caso de no hacerlo. El tercero era una carta oficial del presidente del Consejo dirigida al Satrai de Adenas, con copia para el de Gálasti, mediante la cual se pedía la derogación del contrato que implicaba a Amil de Sura con Barallian y Melkara, a la sazón autoridades locales, basándose en la vulneración de las normas de los Satrai que suponía. Eran autoridades, y ejercían el derecho común. Ningún qassai podría actuar en su contra.
Amil fue informado, antes de que le llegase la orden oficial, por su amigo Rado el emisario. Sabía lo que significaba. Era algo más que una desproporcionada subida: era una venganza consumada. Con seguridad, si no pasaba por el aro, se tendrían que ir de su casa, de sus tierras. Y, por supuesto, debería advertir a su hijo y a Bathus de que nunca volvieran por Faneqa, si no querían acabar presos o muertos. Sin perder tiempo, montó en su cabalgadura más rápida y se acercó hasta el puerto fluvial de Faneqa. Buscó uno de los barcos que hacían la ruta hasta Gallia. Encontró al Dama del Sarrun ultimando los preparativos para partir. Le entregó a su capitán una carta dirigida a Bathus de Sura, en Gálasti, en la que le indicaba el rumbo que habían tomado los acontecimientos. El capitán, que conocía personalmente a Bathus, se comprometió a entregarla en mano si era preciso. Después, Amil volvió a casa. Cuando llegó se encontró con que la policía del Consejo, capitaneada por el nuevo presidente y su segundo, sacaba a empujones a su familia. Todo el mundo sabía, y Barallian y Melkara más aún, que su hijo y Bathus no estaban en casa. Pero, para Barallian y Melkara, los motivos del registro eran otros: humillar a la familia de Sura, dejar patente su poder, y disfrutar de su momento de gloria.