Para cualquier viajero habitual habrían sido jornadas largas y tediosas, con Vega seis luciendo esplendorosa, masacrando con su calor. Para Rajín de Sura, todo lo contrario. Algunos jinetes se acercaban a charlar con ellos, a comentar su vida y sus proyectos. En ocasiones, era su tío quien se acercaba a hablar con alguien al que había reconocido, y cabalgaban juntos durante un trecho. Había gente de todo tipo, de toda condición, con innumerables motivos para estar ahí. El mundo, tal y como había dicho su tío, era inmenso, y las gentes que lo recorrían, diversas y siempre extravagantes a ojos de un joven karamoi.

Durante el día paraban sólo para comer. Por la noche tomaban habitación en alguna de las ventas y posadas. Bathus había recorrido muchas veces ese camino, y sabía si tenían que acelerar o disminuir el paso para llegar a una hora determinada, o para evitar los lugares demasiado concurridos. Presentaba a su sobrino a todos los posaderos y personas de interés con que se encontraba, y siempre le decía:

—Recuerda su nombre, su cara. Nunca te olvides de alguien que yo te presente: puede serte de utilidad en el futuro.

Una tarde, cuando comenzaba a anochecer, cruzaban un bosque de coníferas, enmarañado, de árboles muy juntos, infestado de arbustos espinosos. Iban por un camino estrecho de tierra y agujas aplastadas, el único que parecía transitable entre aquellos muros verde-morados. Delante de ellos, una caravana de cinco grandes carros hacía que la marcha de todos los que iban detrás fuera más lenta; para poder adelantarla, había que introducirse en el bosque oscuro cuando se encontraba algún hueco en la espesura. Algunos jinetes solitarios lo hicieron, espoleando con furia a sus monturas, que parecían resistirse. Pero, salvo esos pocos, el resto de los viajeros prefirió continuar con su cansino cabalgar.

Bathus, suspirando, elevó su mirada al cielo. Comenzaba a caer una lluvia fina.

—No llegaremos a la posada —suspiró—. Tendremos que hacer noche en el bosque. Debería haber elegido la otra senda. Pero ahora es tarde para lamentaciones.

—¿Por qué no les adelantamos? —Preguntó Rajín, señalando a la caravana.

—No es recomendable —respondió, sonriendo condescendientemente—. En este bosque es mejor no abandonar la senda trazada. ¿Ves esos arbustos? —Señaló con su mentón a los muros vegetales que prosperaban en los reducidos espacios que dejaban los troncos—. Son todos venenosos. No hay una sola senda que los evite. Si alguna montura se pincha con varias agujas, y es lo más probable, ya puedes despedirte de ella y continuar viaje a pie. Si te pinchas tú, mejor que saques tu cuchillo y te cortes las venas. Es, sin duda, una muerte preferible a la que ibas a tener. Al veneno que contienen sus agujas se le conoce como Epícula Montisse, y más familiarmente con el nombre de Picor Insufrible. Un buen veneno, que nos es muy útil a los qassai. Estos arbustos crecen en muy pocos lugares. Por desgracia para esos intrépidos, en este bosque hay más que en cualquier otro lugar.

—Entonces, ¿cómo es posible que alguien se atreva?

Bathus se encogió de hombros.

—Ese es su problema. Puede ser por causa de la ignorancia o por simple imprudencia. En el mundo hay gente para todo.

—Pero, ¿es que no lo saben? ¿Y nadie les avisa?

—Nunca intentes comprender las motivaciones ajenas; céntrate en las tuyas.

Se acercó más a su sobrino y continuó, agarrándole del brazo y mirándole a los ojos.

—De cualquier modo, nunca debes hacer caso a los imprudentes o a los ignorantes, y mucho menos seguir sus pasos. La caravana se detendrá en algún claro limpio de esas plantas, con total seguridad antes de que caiga la noche. Nosotros lo haremos con ellos. El lider de la caravana es alguien avezado, que tiene bajo su responsabilidad las vidas de todos los viajeros, y que responde con su cuello de las mercancías que transporta. Sabe lo que tiene que hacer.

Rajín asintió. A veces, como en aquella ocasión, pensaba que su tío le tomaba por tonto. ¿Acaso no lo era? se preguntó. Todo lo que le rodeaba era extraño. Si por él hubiera sido, su ímpetu le habría llevado a cometer la misma estupidez que los jinetes que pretendieron ser más listos o audaces que los demás. Según Bathus, ahora se encontraría moribundo. Miró a los arbustos retorcidos, plagados de largas agujas moradas, como si fueran más peligrosos aún que los esclavistas de Nofel. Al fin y al cabo, contra un hombre, o contra muchos, se podía luchar. Por supuesto, también se podía morir. Y esa sería una muerte digna de un karamoi, de alguien que vendía cara su vida. Pero, ¿morir porque te pinche una planta? Era, sin duda, una muerte ridícula, propia de la ignorancia a la que siempre se refería su tío.

Unos fanales de luz brillante fueron encendidos en los carromatos de la caravana. En la oscuridad creciente, aquellas luces se convirtieron en el único punto de referencia. Rajín miraba a ambos lados del camino; apenas se podía vislumbrar sus límites. La caravana giró bruscamente a la derecha y se introdujo en una vereda secundaria. Bathus y Rajín la siguieron. Volviéndose, comprobaron que los jinetes que iban tras ellos realizaban la misma maniobra, y que en algunas de las carretas que continuaban viaje encendían también linternas. Se escuchaban voces lejanas que aconsejaban a los viajeros seguir las luces.

—Gente lista —opinó Bathus.

La caravana llegó a un claro herboso, invisible desde el camino principal. Varios hombres saltaron del primer carro, portando faroles; otros, armados con guadañas, fueron limpiando el terreno de todo aquello que considerasen peligroso o molesto.

—¿Has visto? —Indicó Bathus—. Saben proteger sus vidas. Ahora tenemos que ver al jefe de la caravana. Estamos obligados a presentarle nuestro respeto y gratitud.

Los carromatos fueron apostándose uno al lado del otro, en el centro del claro. Bathus cabalgaba despacio, comprobando el terreno. Al fin, a una indicación suya, descendieron y amarraron las monturas a unos árboles.

Los hombres de la caravana que habían limpiado el terreno comenzaron a montar tiendas de tela y a encender hogueras. Un cocinero dispuso una pequeña cocina de campaña. Bathus y Rajín, junto a otros jinetes que acababan de descabalgar, se acercaron a la carreta principal. Una mujer, de pie sobre el pescante, brazos en jarra, observaba las evoluciones de sus hombres.

—Gracias por tu generosidad —dijo Bathus a modo de saludo, agachando la cabeza—. ¿Nos permites hacer noche junto a tu grupo?

La mujer se giró hacia Bathus, le observó durante un instante, y asintió.

—Por supuesto. Estás invitado.

Después, descendió de un salto del carro. Era aún joven, hermosa, de abundante y encrespado cabello negro, piel oscura, y penetrantes ojos. Iba vestida como los caravanistas, con ropa ajustada de cuero y botas altas de montar. En su pecho resaltaban varias escarapelas.

Los viajeros que iban llegando la admiraban con ojos brillantes. La mujer, obviando a los demás, se quedó mirando con fijeza a Bathus.

—¿Eres asesino cofrade? —Preguntó.

—En efecto. Bathus de Sura, a tu servicio.

—¿A qué cofradía perteneces?

—A los Satrai de Adenas y de Gálasti —respondió.

—Es todo un placer para mí tener un huesped tan ilustre. Me llamo Sadia Mentis, y soy la jefa de esta humilde caravana.

—A tus pies —dijo, ceremonioso, Bathus—. Me acompaña mi sobrino, Rajín de Sura.

La mujer se acercó a Rajín, sonriente. Era de estatura media, por lo que Rajín parecía un gigante a su lado; pero comprobó que era en verdad bella, y arrebatadoramente atractiva.

—Bienvenido seas —le saludó la mujer, elevando la cabeza—. Tomad sitio.

El resto de los jinetes que estaban tras ellos fueron presentando sus respetos a la jefa. Bathus y Rajín se sentaron cerca de una de las fogatas que comenzaba a crepitar sobre unas esterillas que habían colocado a su alrededor. Había dejado de lloviznar, pero el suelo estaba húmedo. Alrededor de otros fuegos fueron sentándose los viajeros de la caravana de Sadia Mentis.

De uno de los carros que acababan de llegar al claro descendió una figura oronda, que se puso a la cola de los que querían pedir permiso a la jefa. Bathus y Rajín, le miraron.

—Mal asunto —comentó Bathus—. ¿Ves? Ese tipo no lleva ninguna escarapela, nada que le libre de una posible esclavitud. Ni a él, ni a quien le acompañe. Tal vez tenga suerte y no se tope con ninguna banda de esclavistas. Quién sabe. Pero yo no me jugaría mi libertad ni la de los míos de una manera tan temeraria.

—No lo llego a entender —comentó Rajín.

—Ni tienes por qué.

El hombre, claramente incómodo, se colaba entre los jinetes con el fin de presentarse antes que los demás. Del carro del que acababa de descender bajaron dos chicas jóvenes y una mujer mayor entrada en carnes. Bathus torció el gesto.

—Un imprudente, sin duda —sentenció.

El hombre se presentó a la jefa.

—Me llamo Bil Edia —dijo a gritos con gesto de molestia, como si no encontrara necesario aquel protocolo.

Y, después, dio media vuelta. El resto de los viajeros que iban llegando, tras presentar sus respetos a Sadia Mentis, se fueron sentando alrededor de la hoguera donde se calentaban los Sura. Cada cual comenzó a preparar su cena.

La jefa se acercó a los otros fuegos y charló con la gente, mirando de reojo a Bathus. Al fin, tras dar las últimas órdenes a sus hombres, se sirvió un tazón de caldo en la cocina de campaña y se sentó sobre una estera al lado de Bathus. Como los Sura no llevaban comida, les invitó a que tomaran al menos caldo caliente, a lo que accedieron. Un cocinero, a una orden de Sadia, les trajo dos enormes tazones con humeante caldo de carne y verduras.

Unos metros más allá, el hombre gordo tomó asiento en una silla plegable cerca del fuego; su mujer y sus hijas comenzaron a preparar la cena.

—¿Podemos usar tu fuego? —Pregunto la mujer a Sadia.

—Adelante —contestó, encogiéndose de hombros.

—Muchas gracias —intervino Bil Edia—. Es la primera vez que nos vemos obligados a acampar al aire libre. Hasta ahora, hemos podido hacer uso de las posadas y dormir como personas. Es bueno encontrarse con gente dispuesta a ayudar.

—Mi fuego no se lo niego a nadie —comentó Sadia, quitándole importancia al hecho—. Así ha sido siempre y así seguirá siendo. Veo que no estáis muy acostumbrados a viajar, ¿me equivoco?

—Es la primera vez que salimos de Arvan —dijo con tristeza el hombre—. Jamás pensé que tuviéramos que abandonar todo cuanto poseíamos. Pero así es la vida.

—¿Algún mal negocio? —Preguntó Bathus.

—En efecto. Varias malas cosechas, acompañadas de peores transacciones. Los prestamistas se han quedado con todo lo mío. En definitiva, queridos amigos: la ruina absoluta. Ya ven cómo nos encontramos ahora, tirados en mitad del campo por culpa de la mala suerte. Que los dioses nos acompañen.

—¿Adónde se dirigen?

—A Adenas. Allí vive mi hermano. Espero que en la ciudad nos vayan mejor las cosas.

Sadia asintió; pero murmuró en voz baja, cerca del oído de Bathus:

—Mucho me temo que irán a peor.

El resto de los viajeros comenzaron a participar en la conversación. Unos daban ánimos al hombre y su familia, otros comentaban sus propias vicisitudes. Rajín escuchaba con atención. Para su asombro, nadie le preguntaba a Edia por qué no había pagado la bula a los esclavistas. En todo caso, la respuesta parecía clara: no debía de tener suficiente dinero, y confiaba en la suerte. Mientras, Bathus y Sadia charlaban en voz baja, en una conversación claramente íntima, a la que no deseaban que se uniera nadie más.

Allí, rodeando la hoguera, había una representación amplia de la población del interior de Matsumai: vendedores de productos agrícolas, comerciantes, caravanistas, viajeros silenciosos que no decían una sola palabra sobre su vida o intenciones, un recaudador de impuestos de Adenas, un fracasado,...incluso un qassai. Pero, pese a que por las conversaciones que mantenían pudiera pensarse lo contrario, todos parecían taciturnos y reservados, como si tuvieran algo que esconder o fueran demasiado vergonzosos. Al menos, eso consideró Rajín.

Cuando terminaron la cena, Sadia ordenó a uno de sus hombres que le trajera una botella de su carro. Sirvió tres copas, e invitó a los Sura.

—Por un buen viaje —brindó.

Los tres bebieron el licor de un trago y Sadia sirvió más. Levantó después su vista al cielo y comentó:

—Parece que de un momento a otro se va a poner a llover. Ha sido una dura jornada, y estoy cansada de guiar la caravana por este bosque. Bathus de Sura, ¿deseas refugiarte de la lluvia en mi tienda? Podremos charlar y terminar la botella.

—Será un placer, señora —contestó sonriente.

Después se giró hacia su sobrino y le dijo:

—Traeme mi mochila de armas. Después, monta un vivac y duerme cerca de los caballos. Vigila bien: estos caminos no son los de la dulce Karamai. Aunque las manadas de belfos no suelen acercarse a los campamentos, conviene no confiarse. De todos modos, fíate menos aún de los que tenemos dos patas. Los ladrones abundan en estas tierras y en estas caravanas.

Rajín había oído hablar desde niño de los belfos, esas alimañas que aparecían en los cuentos infantiles, animales terribles, voraces, y terriblemente listos, capaces de asaltar granjas y hacer desaparecer familias enteras. Sonrió. ¿Existirían en verdad, o sería una broma? Se levantó de un salto, se acercó a las monturas, y cogió la mochila de su tío. Cuando volvió, Bathus y Sadia caminaban camino de la tienda charlando en voz baja. Su tío, cuando le sintió llegar, alargó el brazo, sin girarse, atento a lo que le decía Sadia, y agarró la mochila.

Algunos de los viajeros comenzaron sus rezos nocturnos. Rajín, observando la figura de Bathus perderse en el interior de la confortable tienda, se unió a ellos.

* * *

La mañana amaneció brumosa y fría. Había lloviznado durante toda la noche, y el cielo gris presagiaba más lluvia. Pese al vivac que tuvo la previsión de montar, Rajín se despertó a las primeras luces del alba con el cuerpo aterido. Sirviéndose del agua de una cantimplora se lavó el rostro.

Algunos hombres de la caravana, madrugadores, habían avivado el fuego y hacían té. Rajín se acercó con modestia. El cocinero, reconociéndole, le ofreció una taza de té caliente.

Bathus salió de la tienda pocos minutos después. Se acercó a Rajín, tomó otra taza de té, y le preguntó a su sobrino:

—¿Todo en orden?

Rajín asintió.

—Pues estamos perdiendo el tiempo —dijo Bathus tras beberse el té de un par de tragos.

Montaron en sus caballos y abandonaron el campamento. La mayoría de jinetes y carros ultimaban los preparativos. Todos querían partir antes que la caravana y así no tener que seguir su lento paso. Bil Edia subía al pescante de su carro mientras azuzaba a su familia.

—Hay prisa, Rajín —dijo Bathus—. No nos demoremos más.

Tomaron el camino a trote alegre. Delante de ellos no se veía a ningún viajero.

Bathus permanecía silencioso. De vez en cuando volvía la cabeza, como si se acordase de repente de algo, y sonreía. Sin duda, debía de tratarse de algo agradable, concluyó Rajín.

Durante varios kilómetros continuaron rodeados por el bosque. Hasta que llegó un momento en que los árboles comenzaron a estar más espaciados entre sí, y los peligrosos matorrales desaparecieron de los márgenes del camino. Un terreno rocoso y árido se iba adueñando del paisaje. Un par de horas después, habían abandonado definitivamente el bosque. Ante ellos se extendía el camino serpenteando entre tierras baldías, sembradas de rocas grises.

—Observa —indicó Rajín, señalando al frente.

A lo lejos, un grupo de jinetes se acercaba por el camino. Serían poco más de media docena. Bathus aguzó la vista.

—Son hombres de Rettman Caradepiedra.

Los jinetes llegaron al galope hasta colocarse frente a Bathus y Rajín. Se dispusieron en el camino cortando el paso, uno al lado del otro. Todos llevaban armas automáticas y largos machetes. Vestían una especie de uniforme de lona y cuero, de colores terrosos, y botas de montar con anchas suelas. Uno de ellos, que parecía llevar la voz cantante, se acercó a Bathus. Le echó una rápida ojeada e hizo un gesto con la cabeza a sus hombres. Dejaron pasar a los Sura sin cruzar una sola palabra o una sola mirada.

© José María Boto Bravo, (2.731 palabras) Créditos