Viajar junto a su tío significaba para Rajín una inagotable fuente de conocimientos. Durante el aburrido trayecto por el Sarrun, Bathus aprovechaba cualquier momento para aleccionarle sobre la vida y el mundo. Bastaba cualquier detalle en apariencia nimio para que comenzase la lección. Unas veces, sobre la forma de vivir de las gentes cuando pasaban frente a una aldea, y la importancia que otorgaban a sus propias vidas; otras, sobre los animales que veían o escuchaban, y sus peligros o utilidades; casi siempre, sobre aspectos puramente personales. En todo caso, Rajín no dejaba de aprender. Aunque a veces le irritaba sentirse en un examen permanente e interminable.
La noche anterior a llegar a Arvan, tras cenar y los acostumbrados rezos —que también en esa ocasión pasó por alto Bathus—, miraban las estrellas tumbados sobre unos fardos en la cubierta. Bathus fumaba una pipa de algo oloroso que no se parecía en nada al tabaco de Karamai. Daba unas caladas profundas, cerraba los ojos, y expulsaba el aire con delectación. Permanecía en un silencio concentrado hasta que al fín dijo:
—No, no es tabaco lo que fumo. Es kash. Con el tiempo, terminarás por fumarlo tú también. Relaja, y es de sabor agradable. Ahora, fíjate bien. Mira el cielo. ¿Ves todas esas estrellas?
Rajín no contestó. ¿Qué se proponía ahora su tío? Como bien le había enseñado, era mejor callar que decir algo estúpido.
—¿Qué supones que son? —Preguntó de nuevo Bathus.
Rajín se encogió de hombros.
—Todo el mundo lo sabe —contestó—. Las estrellas son las moradas de los dioses.
Bathus se rió. Siguió con la mirada perdida en la inmensidad del cielo. Señalaba de cuando en cuando alguna estrella con la boquilla de la pipa.
—¿La morada de los dioses? No, sobrino, ni mucho menos. Cada una de ellas es una estrella como nuestro sol, Vega Seis. Algunas de ellas tienen planetas como el nuestro. Unos cuantos de esos planetas tienen gente, como pasa aquí, en Aris. Tal vez, en alguno de esos lejanos planetas, alguien esté mirando al cielo como lo hacemos nosotros ahora.
Rajín, desconcertado, protestó.
—Pero los sacerdotes...
Su tío le interrumpió, sin perder la sonrisa.
—Olvídate un rato de los sacerdotes, ¿quieres? y escúchame. Ya sé lo que dicen los sacerdotes sobre el universo. Como también conozco la historia de nuestro pueblo que nos cuentan. Pero te diré que no es del todo cierta, que hay cosas que ignoran y otras que se han inventado. Y ambas cosas, la historia y el universo, están relacionadas. Que se sepa, hay varios planetas habitados en el espacio. Pocos, pero algunos. De hecho, los hombres provenimos de uno llamado Tierra. Todos los hombres, ¿entiendes? Los karamoi, los matsumoi, todos los que estamos en Aris. Y todos los demás que están en otros planetas.
Era la primera vez que Rajín escuchaba algo así. Era extraño, era desconcertante, era absurdo. ¿Sería, incluso, una herejía? Dubitativo, miró a su tío, que continuó hablando.
—Te encontrarás con que la mayoría de la gente de Matsumai y de todo Aris desconoce lo que te estoy contando. Lógico: lo cierto es que de poco nos vale que haya muchos planetas, o pocos, o ninguno. Eso no es importante para nuestras vidas. Demasiado trabajo tenemos con salir adelante, ¿verdad? como para perder el tiempo en esas estupideces. Hay también quien opina que se trata de leyendas; otros, incluso, se mofan de quien lo dice. Pero, en todo caso, es cierto. Cuando vayas a Pálasti, lo verás con tus propios ojos.
Rajín no supo tampoco qué decir en aquella ocasión. Volvió su mirada al cielo estrellado. Buscó las conocidas constelaciones, donde, según le habían explicado, moraba cada uno de los dioses. Pero sintió que algo había cambiado. No sabría explicarlo, pero las vio de manera diferente, como si hubieran perdido parte del brillo y el misterio que antes tuvieron. ¿Sería posible que su tío llevase razón? Primó su sentido práctico: decidido a no meterse en asuntos que le superaban, concluyó que si él lo decía, es que así era. Además, no era tan importante como para seguir dándole vueltas. Si los dioses no vivían allí donde siempre le habían dicho, lo harían en otra parte.
—¿No tienes nada que decir? —Preguntó Bathus.
—No —contestó Rajín—. Sólo hacerte una pregunta. ¿Es eso importante para ser un buen qassai?
Bathus rompió a reir hasta casi atragantarse.
—No, Rajín. En absoluto. Eso es sentido práctico, sí señor.
* * *
El puerto de Arvan es el más importante en el curso alto del Sarrún, lo que le otorga a la ciudad importancia y vida. Arvan es laboriosa y alegre, dedicada al tráfico fluvial y al comercio de los productos agrícolas y ganaderos de la zona, que son muy apreciados por su calidad río abajo. Sus edificios son de un estilo parecido al karamoi, de madera y piedra y escasa altura, pero, a diferencia de Faneqa, sus calles empedradas parecen trazadas con tiralíneas.
De Arvan parten varias rutas que la enlazan con las principales ciudades del continente, por lo que es el centro de reunión de todas las gentes de esa parte del mundo. En sus calles se pueden ver caravanistas del sur, con sus turbantes blancos cubriendo sus cabezas, viajantes de las cooperativas de manufactureros de la Estepa Central, siempre de negro, comerciantes de Adenas que lucen sus escarapelas, funcionarios, gente de paso.
Siguiendo la corriente del río, a oriente se extienden los muelles para carga y descarga de mercancías pesadas, tras los cuales se hallan los almacenes de los mayoristas y el astillero. A occidente, el muelle reservado para viajeros y mercancías ligeras. Tras éste, la oficina de correos y varios hoteles y tabernas. La ciudad rodea los muelles y se desparrama por la campiña, siempre siguiendo su orden geométrico.
Rajín contó los barcos que estaban amarrados en ambos muelles. Eran veintidos, ninguno tan lustroso y elegante como el Pez Volador. Nunca había visto tantos barcos juntos, ni en los días más atareados del puerto de Faneqa. Olía a brea, a madera vieja, y a pescado. Y a muchas otras cosas que no supo concretar.
Un enorme puente de piedra une las dos partes de la ciudad. Sobre él había una especie de mercado al aire libre como el de Faneqa, con tenderetes de lonas de colores. Estaba abarrotado de gente.
—Arvan es buena ciudad —dijo Bathus con ojos soñadores—. No tan grande como Adenas, ni mucho menos como Gálasti, pero importante a su modo. Ya verás que tu pequeño mundo, que se reduce a Karamai, se va a ir ampliando. Si alguna vez me retirase me compraría una casa aquí, cerca del río. Me casaría con una de sus mujeres y me dedicaría a beber en sus tabernas, esperando una muerte tranquila. Un lugar encantador, sin duda. Aunque demasiado cercano a Karamai. ¡Olvida lo que he dicho! —Exclamó risueño—. Creo que prefiero quedarme en Gálasti.
El Pez Volador se arrimó al muelle y fue amarrado. Los hombres colocaron una pasarela y descargaron unas pocas cajas y las monturas y equipaje de los Sura. El capitán Lynn, sonriente como siempre, se acercó a Bathus, le abrazó, y dijo:
—Hasta otra, pirata.
Y luego, dirigiéndose a Rajín:
—Haz caso siempre a tu tío. Suerte.
Después, dio media vuelta y siguió dando órdenes a sus hombres.
Los Sura descendieron del Pez Volador y montaron en sus caballos.
A Rajín le sorprendió tanta actividad. Había gente por todas partes, gente de todo tipo: atareada, ociosa, campesinos, marineros, mujeres en las esquinas, comerciantes... y nadie vestía a la manera karamoi.
Salieron de los muelles. Rajín, cabalgando al lado de Bathus, se cruzó en una calle con dos sacerdotes que iban a pie. Agachó respetuosamente la cabeza. Pero ellos parecieron no haberle visto y siguieron a lo suyo.
Las calles eran anchas; aún así, parecían no poder soportar tanto trasiego. Los comercios estaban abarrotados, y lucían carteles recargados con sus nombres.
—Me habría gustado seguir viaje por el Sarrún—dijo Bathus—. Podríamos haber llegado hasta Gallia, relativamente cerca de Gálasti, y así habríamos evitado tener que cabalgar. Un viaje sin duda más cómodo. Pero tenemos que pasar por Adenas. He de ir a al Satrai de Adenas sin falta.
Tomaron una calle larga, a la que no se le podía adivinar el final. Rajín miraba todo con asombro.
—Lo siento, Rajín, pero no nos podemos detener —continuó Bathus—. Tenemos que seguir camino. Ya volverás en otra ocasión.
Al final de la avenida, cuando las casas comenzaron a dejar paso a cuadras y almacenes, se encontraron con una plaza en cuyo centro había un obelisco de algo parecido a mármol. Bathus se acercó a él. Sin descabalgar, acarició con la palma de su mano la piedra desgastada.
—Tócala —le dijo a Rajín—. Es una tradición. Nos dará suerte en el viaje.
Rajín se acercó y posó su mano sobre la piedra. Se fijó en que estaba tallada la palabra Adenas en bajorrelieve con unos caracteres planos, ramplones, sin ningún tipo de ornamento, que le parecieron del todo diferentes a los de uso común en Karamai.
—Lleva aquí muchísimo tiempo —le explicó su tío—. Tal vez sea obra de los pioneros. Quién sabe. Pero yo diría que sí.
Tras el obelisco se abría un camino de tierra ancho y concurrido. Los Sura, a paso lento, abandonaron la avenida empedrada.
La ruta a Adenas se encontraba abarrotada de caravanas. Unas salían de Arvan, otras venían. También habían grupos de jinetes, que charlaban entre sí, y algún que otro viajero que cabalgaba solo. Rajín se extrañó: había supuesto que el viaje junto a su tío sería tan solitario como el que hicieron de regreso a casa tras escapar de los esclavistas de Nofel; encontrarse rodeado de gente, como si se tratara de un día festivo en su tierra, le supuso una auténtica sorpresa.