La noticia voló hasta llegar al Consejo y a las familias que esperaban ansiosas. De madrugada, Faneqa entera lo sabía: Rajín de Sura había regresado. ¿Sabría algo del resto de pecqoi? ¿Tendría algo que ver que su tío hubiera ido a buscarle? Los más audaces se atrevían a preguntar en las tabernas: ¿Por qué no hizo caso el Consejo a Bathus, todo un asesino profesional, cuando les advirtió de lo que ocurría? Emmen Luxi, que fue despertado por su mayordomo, resolvió salir de dudas lo antes posible.

Un emisario del Consejo se presentó poco después de amanecer en la casa de la familia de Sura, con la orden —que, en realidad, era más bien un ruego— de que Rajín y su tío Bathus les acompañara.

—Hay mucha gente expectante —se excusó, sin bajar del caballo.

—Que esperen —dijo Amil—. ¿O es que ya no se va a respetar ni el descanso de un hombre que vuelve de la peregrinación? Tómate una copa de mi orujo.

El emisario descabalgó y entró en la casa, mientras Anna iba a despertar a su hijo.

—Te doy la enhorabuena, Amil de Sura —dijo el emisario, saludando a Amil a la manera matsumoi—. En el fondo, todos sabíamos que llevabas razón.

—Este Consejo es blando, y está maniatado por los terratenientes —dijo Amil—. Deshonra a nuestros antepasados.

—Sabes que me está prohibido hablar sobre el particular —apuntó el emisario con una sonrisa tras servirse una copa de orujo—. No me pongas en un compromiso.

Bathus de Sura, engalanado como en sus mejores días, llegó al comedor y se sirvió una taza de té. El emisario se levantó y agachó la cabeza.

—Que los dioses te acompañen, Bathus.

—¿Así que ahora tienen prisa? —Comentó irónico Bathus, dándole una palmada en la espalda al emisario—. Tómate otra copa, Rado. Mi sobrino se merece descansar.

—A vuestra salud —brindó el emisario.

Los tres hombres esperaron charlando sobre Faneqa y lo rápido que corrían las noticias, fueran buenas o malas. Rado, a la tercera o cuarta copa, le dijo a Amil a modo de confidencia:

—He escuchado cosas, y no me gustan. Barallian y Melkara creen que no es una simple coincidencia que sólo haya regresado tu hijo. Andad con cuidado. Sabes que se ha creado un Consejo de emergencia, ¿verdad? Pues ambos forman parte de él, y te tienen ganas.

—¿A qué te refieres?

—No lo sé, pero te pongo sobre aviso —contestó el emisario, sirviéndose más licor.

Los dos hermanos se miraron. Ambos supieron que los problemas no habían terminado.

Rajín apareció poco después, acompañado de Anna y Roddan. Tenía el mismo aspecto impecable de sus mayores, el mismo porte de su tío, la misma determinación en el rostro de su padre, la dureza de la mirada de su madre. Rado el emisario se levantó y le saludó con todos los honores que merecía alguien como él.

—Vaya, parece que me he convertido en alguien importante —comentó, mientras se sentaba a la mesa.

Así que, cuando Rajín terminó de desayunar, la familia de Sura al completo olvidó por aquel día las labores del campo y partió a Faneqa, cabalgando junto al emisario.

Ni tan siquiera los días de fiesta o los de mercado la ciudad presentaba un aspecto más vivo. Una multitud, que taponaba las calles y plazas, esperaba con ansiedad la llegada de Rajín de Sura, a quien acosaron a preguntas desesperadas. Rado, haciendo gala de su autoridad, tuvo que abrir paso a la pequeña comitiva entre la concurrencia para poder llegar hasta la puerta del edificio del Consejo.

—No hables con nadie —aconsejó a Rajín.

Les recibió un nervioso bedel en la puerta principal, que les llevó a la carrera a la sala del Consejo. Todos, menos Roddan, que se quedó fuera con el bedel, y Rado, entraron.

Los miembros habituales del Consejo, sentados en sus sitios, levantaron la mirada al verles aparecer. Pero no sólo estaban ellos: también varios sacerdotes, y los miembros del consejo ciudadano para emergencias, compuesto por una decena de propietarios, entre ellos Barallian y Melkara, que torcieron el gesto.

—Bienvenidos seáis —dijo ceremonioso el presidente Luxi—. Como os imagináis, este Consejo extraordinario tiene prisa. Hemos formado una partida de ciudadanos que está esperando nuestra orden para marcharse.

—A tu disposición... —dijo Amil.

Luxi dirigió su mirada a Rajín.

—Rajín de Sura... En primer lugar, enhorabuena en nombre del Consejo —continuó Luxi—. Y, ahora, dinos si son ciertos los rumores que hablan de que los pecqoi han sido capturados por esclavistas. Y bien, ¿son ciertos?

Rajín de Sura se adelantó un paso y contestó, asintiendo.

—Son ciertos, señor presidente.

Barallian y Melkara se miraron entre sí.

—Entonces, ¿cómo has podido escapar?

—Gracias a mi tío, aquí presente. Vino una noche, y me rescató.

El presidente, con gesto cansado, dirigió su mirada a Bathus.

—Bathus de Sura, ¿es eso cierto?

—Así es, señoría.

Los miembros del Consejo comenzaron a cuchichear entre sí, sin dejar de mirar al asesino profesional. Algunos negaban con la cabeza, otros se encogían de hombros. Parecían más nerviosos y dubitativos aún que el resto de habitantes de Faneqa.

Barallian pidió la palabra, se levantó y, dirigiéndose a Bathus, preguntó:

—¿No hiciste nada por intentar salvar al resto de pecqoi?

—Nada pude hacer —contestó, tranquilo—. Mi objetivo era salvar a mi sobrino. Demasiado ocupado estuve en conseguirlo.

—¿Por qué no lo intentaste al menos?

—Insisto, no era mi objetivo. Y, aunque lo hubiera sido, me habría resultado imposible.

—¿Cobardía, tal vez?

Se podría pensar que un hombre como Bathus de Sura se indignara por tal comentario. Nada más lejos, al menos en apariencia. Sonrió de medio lado, intentando obviar la impertinencia.

—Creo que tuvimos la osadía de proponer a este Consejo medidas drásticas al respecto no hace mucho —contestó—. Pero fueron desoídas. Si este Consejo se hubiera tomado el asunto con la misma seriedad que nosotros, con seguridad las cosas ahora serían diferentes.

Volvieron los cuchicheos. El presidente, al fin, puso orden. Se levantó de su asiento y continuó con el interrogatorio.

—Es todo muy extraño, Bathus de Sura —dijo—. Es posible que hayas sido capaz de liberar a tu sobrino. Y es posible que no. Al fin y al cabo, ibas tú solo. ¿No habrás llegado a algún acuerdo con los esclavistas? Tal vez nos estés ocultando algo.

—Le recomiendo al Consejo que no pierda más tiempo, y que alguien vaya a buscar a los pecqoi —expuso Bathus tranquilo—. Esa es mi única y última recomendación. Por mi parte, abandono esta reunión. Nada más tengo que decir.

—¿Te piensas ir ya, Bathus de Sura? —intervino Melkara, levantándose—. ¿Y crees que no debemos pensar que ocultas algo?

Bathus se volvió y encaró al presidente, obviando al propietario.

—Supuse que tendría que responder a otro tipo de preguntas. «¿Dónde estaban los esclavistas cuando liberaste a tu sobrino?» o «¿Cuántos hombres eran?» me parecen acertadas. En cambio, me encuentro con que se duda sin ningún motivo de mi palabra y de mi familia. Inaceptable.

Emmen Luxi se levantó de su sillón y rodeó la mesa del Consejo. Caminando con aire cansino, se acercó a Bathus hasta situarse frente a él.

—Llevas razón —dijo—. Por lo que mí respecta, ése debería ser el camino.

Después, se volvió hacia el resto de los miembros del Consejo.

—Esta reunión queda clausurada. Bathus de Sura se quedará con nosotros y con el comandante de la partida para ultimar detalles. Nada más se debatirá, y nada más quiero escuchar.

Después, se volvió hacia Rajín.

—Podéis iros. Y bienvenido seas, Rajín de Sura.

Barallian y Melkara se disponían a protestar. Pero bastó una mirada de Luxi para saber que aquél no era el mejor momento para hacerlo. La familia de Sura, a excepción de Bathus, abandonó la sala.

A instancias del presidente, entró el comandante de la partida de voluntarios. Frente a un plano de Matsumai extendido sobre la mesa, Bathus fue trazando líneas, indicando dónde podría hallarse la caravana de esclavistas, dónde deberían dirigirse los hombres para encontrarse con ella, cuál podía ser su destino final: el puerto de Dhula. Por supuesto, los aspectos técnicos fueron tenidos en cuenta. Lo cierto es que resultaron desalentadores, pues todos dudaban de que fueran capaces de vencer al pequeño ejército de Saim Nofel en el caso de que tuvieran que luchar... si es que llegaban a tiempo para evitar que los pecqoi fueran embarcados. Imperó el sentido común: llevarían, como último recurso, una cantidad considerable de dinero que le sería entregada al esclavista a modo de rescate. El dinero provenía de los fondos comunales, algo a lo que se negaban los propietarios, que exigían que los aportaran los familiares implicados. Emmen Luxi, tajante, desestimó escuchar más quejas.

Bathus fue invitado a acompañar a la delegación. Pero se negó a ir, argumentando que debía volver a sus quehaceres cotidianos.

—Por otra parte, que vaya o no con ellos no variaría nada —dijo—. A estas alturas deberán pagar el rescate que les exija Nofel. Es indiferente que lo haga yo o cualquier otro.

Barallian y Melkara cuchichearon entre sí y con los propietarios más cercanos. Pero nada más dijeron en aquella reunión.

Al fin, pasado el mediodía, la delegación partió. Bathus, bebiendo en La flor de Faneqa, les observó marchar. Sabía que poco o nada iban a conseguir. Supuso que incluso ellos mismos eran conscientes de la inutilidad del esfuerzo: no había más que ver sus caras abatidas. Aburrido, cogió su caballo y se encaminó al puerto fluvial con la determinación de marcharse al día siguiente. Nada más podía hacer ya en Faneqa. Siempre que volvía a su tierra acababa ocurriendo lo mismo: las absurdas tensiones pueblerinas le hacían sentirse incómodo, fuera de lugar. Suponían para él una ridícula forma de perder el tiempo y la paciencia. Había ayudado a su hermano, había disfrutado de su familia; ahora, tenía que volver a trabajar, a hacer lo que sabía y para lo que se sentía en verdad hábil, y olvidarse de los pleitos entre campesinos y propietarios avariciosos, de las envidias vecinales, de todo aquel mundo atrasado y receloso. Al menos, hasta su próxima visita. Además, tenía que presentar a su sobrino en el Satrai de Gálasti. Un largo viaje que convenía emprender cuanto antes.

Un barco de carga partía a la mañana siguiente río Sarrun abajo, el Pez Volador, propiedad de un viejo conocido. Reservó pasajes para él, su sobrino, y las correspondientes cabalgaduras, y volvió a la casa familiar.

La noticia fue acogida por la familia con entusiasmo, aunque Amil no entendía las prisas. Insistió en que su hijo se quedase algunos días más con ellos, arguyendo que se encontraba aún un tanto débil después de lo que había sufrido. Pero Rajín, obviamente, no opinaba igual que su padre.

—Sí, lo mejor será que te marches —accedió al fin Amil—. Las cosas no van bien, y mucho me temo que van a ir a peor. En cuanto a ti, Bathus, no te puedo pedir que te quedes indefinidamente para salvarnos el pellejo.

—Hermano, no creas que me voy del todo tranquilo —dijo Bathus—. No me fío de esos dos tipos, y tampoco me gusta lo que está pasando. Noto algo en el ambiente que me inquieta. Si algo extraño ocurre, manténme informado. Ya sabes cómo. Ahora, me voy a hacer el equipaje —se giró hacia Rajín—. Te convendría ir preparándolo, sobrino.

* * *

A la mañana siguiente, Bathus de Sura y Rajín partieron de la granja. Montaban las cabalgaduras que les habían traído desde el campamento de Nofel, y llevaban otro caballo más para el aparatoso equipaje de Bathus. La despedida fue, por supuesto, lacónica. Anna se mostraba orgullosa de que por fin su hijo, ya convertido en todo un hombre, encaminase su vida hacia horizontes más placenteros. Amil, por su parte, se había convencido definitivamente de que era lo mejor que podía hacer. El único que se pudo permitir el lujo de derramar alguna lágrima fue Roddan: al fin y al cabo no era todavía un adulto, y mostrar signos de debilidad aún le estaba permitido.

Llegaron en silencio al puerto fluvial de Faneqa. Bathus, durante el camino, parecía abstraído en sus pensamientos, y Rajín prefirió no molestarle. Se dedicó a disfrutar del momento; por fin se iba a convertir en un qassai, el sueño de toda su adolescencia. ¿Estaba feliz Rajín de Sura? Por descontado que sí. Pero, fiel a la tradición karamoi, prefirió mantenerlo dentro de la más absoluta intimidad. Que nadie, ni tan siquiera su tío, notase que le embargaba la satisfacción.

Bathus saludó con efusión al capitán del Pez Volador, un hombre que juzgó Rajín jocoso y serio a la vez, diferente en su comportamiento a cualquier karamoi, y que parecía conocer desde siempre a su tío. Vestía de una manera desacostumbrada a la habitual: pantalones blancos ajustados, camiseta de lino, y chaleco de cuero. No llevaba botas, sino mocasines de cuero negro, y un corte de pelo que consideró extravagante: rapado de tal modo que el pelo dibujaba un pez en su cabeza. Un tipo raro, opinó Rajín.

Bathus le presentó al capitán, cuyo nombre era Glastic Lynn, y montaron en la nave.

El Pez Volador era un navío de madera dura y bien barnizada, largo y grácil, de apariencia veloz. Rajín se asombró de que aquella aguja de madera flotase sobre el río y fuera capaz de transportar tantas cosas como estaban subiendo. Tenía dos palos altos, con las velas recogidas, y la cubierta repleta de fardos y cajas.

—Quedáos en cubierta —indicó el capitán—. Tenemos que terminar de colocar la carga.

Así que se apostaron en la baranda a contemplar el paisaje, mientras dos hombres se hacían cargo de sus monturas y equipaje. El sol brillaba con fuerza, una fresca brisa soplaba del norte. Al sur, el río Sarrun discurría lento entre los árboles y las praderas de las orillas, ajeno al puerto y la ciudad.

—Despídete de Faneqa —le dijo Bathus a su sobrino—. No volverás a ver esta ciudad en mucho tiempo. Una pena Karamai. Es el país más hermoso del mundo; pero tiene una gente absurda, idiota. Han olvidado las tradiciones, la fuerza de sus antepasados.

Al principio, los Sura pasaron desapercibidos entre el trajín de los muelles. Pero alguien debió de percatarse de que las dos personas más famosas en aquel momento se iban de la ciudad. Y ese alguien debió de comentarlo. Con el paso de los minutos, se fueron formando grupos de personas que les miraban con interés y descaro, mientras cuchicheaban entre sí. Bathus, incómodo, deseaba que el barco partiera de inmediato.

Al fin, una multitud se agolpó en el muelle. Algo totalmente desacostumbrado: ver partir a un barco no era en verdad algo tan interesante. Incluso para aquellos pobres palurdos, pensó Bathus. También se habían acercado hasta el muelle Barallian y Melkara, acompañados de su corte habitual. La gente observaba a los Sura con ojos escrutadores, como si fueran dos fugitivos que escapaban. Al menos, eso sintió Bathus. Lo que consiguió intranquilizarle más aún.

—¿Os pasa algo? —Preguntó Bathus dirigiéndose al grupo más cercano al barco.

Nadie contestó. Concluyó, encogiéndose de hombros, que aquellos paletos eran en verdad insoportables.

Un grupo de gente, entre los que se encontraban Barallian y Melkara, se acercó más aún al barco. Miraron con gesto desafiante y sonrisas cómplices hacia Bathus y Rajín. Asentían, como si hubieran corroborado alguna hipótesis.

—¿Os marcháis? —Preguntó Barallian.

—Eso parece —contestó Bathus.

—¿Y adónde, si puede saberse?

—No creo que deba darte cuenta de mis actos.

—Quién sabe, tal vez algún día tengas que pagar por ellos. Eso, al menos, es lo que espero. Es todo muy irregular, Bathus de Sura.

—¿Me estás amenazando?

Barallian y Melkara no le contestaron; dieron media vuelta y se unieron al resto de curiosos.

Los minutos que pasaron hasta que por fin el capitán mandó soltar amarras se hicieron interminables para Bathus. En cambio, Rajín parecía ajeno a todo. Miraba a la gente con gesto inescrutable. Parecía que no le importara en absoluto lo que pensaran, ni que tan siquiera se hubiera dado cuenta de su presencia, como si fueran invisibles.

El barco se alejó del puerto con suavidad, llevado por la corriente. Los marineros comenzaron a desplegar las velas. Bathus seguía con la mirada puesta en el muelle, donde la gente permanecía aún.

—Tal vez no haya sido buena idea marcharnos tan rápido —dijo—. Temo por tus padres.

—No se atreverán a hacer nada —opinó Rajín, tranquilo—. Tú les apoyas. Además, ahora somos dos. Si se atreven a tocarles un pelo, volveré y les mataré.

Bathus de Sura miró a su sobrino con sorpresa y admiración. Le vio más adulto y duro que nunca. Concluyó que, sin duda, tenía madera para llegar a ser un buen profesional. Tal vez hasta mejor que él.

Técnicamente, al alejarse de la península sobre la que se situaba Faneqa, abandonaban su país y se internaban en lo que para un karamoi era el resto del mundo. Rajín contempló con cara de satisfacción las praderas que se perdían en la distancia, donde realizó sus abluciones de pecqoi tiempo atrás, y acarició los fetiches que colgaban en su pecho.

Navegaron el resto de la jornada a ritmo lento, siguiendo la suave corriente, sin que apenas influyera el viento leve que deformaba las velas. Sí, habían abandonado Karamai. Pero el paisaje era el mismo, el río era el mismo. Sólo se trataba de otro pedazo más de Matsumai, una tierra que aún era igual a lo ya conocido: arboledas de argas junto a las orillas del río, y terreno llano salpicado por ocasionales poblados de pescadores y granjas.

Bathus, acodado en la baranda, miraba a su sobrino, que observaba todo con cara que parecía de hastío. Nada que ver con cualquier otro karamoi, que se dedicaría a preguntar una y otra vez cuánto se habían alejado de su amada tierra, y a intentar hallar diferencias notables entre ésta y la que le rodeaba. Se alegró del detalle.

—No es la primera vez que sales del país —le dijo, a modo de confidencia—. Cuando te rescaté ya habíais cruzado la frontera unas jornadas atrás.

—Eso supuse —asintió Rajín.

—Seguiremos el río hasta Arvan —explicó su tío, suspirando—. Allí desembarcaremos y continuaremos camino a caballo hasta Adenas. Sin duda, la parte más dura del viaje. Pero nuestro periplo no termina allí. Tengo pensado presentarte en Gálasti. Así que vas a ver mucho mundo, Rajín.

—¿Cuánto tardaremos?

—Eso nunca se sabe a ciencia cierta —se encogió de hombros Bathus—. Algo que debes aprender es a desestimar hacer cálculos sobre cosas que no controlas del todo. Si contamos con el beneplácito de los dioses y con la suerte, treinta jornadas. Pero, si surgen imprevistos... ¿Quién sabe? Tal vez no lleguemos nunca.

Rajín se giró para mirar a su tío, que prosiguió su discurso con la vista clavada en el río, como si hablase para sí mismo.

—Tienes que tener muy claro que la vida es una continua lucha. Procuramos salir siempre victoriosos, pero en ocasiones se nos tuerce la suerte. Podemos perder sólo tiempo, o podemos perder la vida. Intervienen muchos factores en las decisiones que tomes, y en cómo influyen éstas en el devenir de los acontecimientos. Como no controlamos todos esos factores, estamos predispuestos a perder tarde o temprano. Lo importante es que tengas eso siempre presente, y afrontes la muerte con desdén, como lo que en el fondo es, parte inevitable de la vida. Sí. Vivir temeroso de la muerte es no vivir, es como si ya estuvieras muerto. ¿Me entiendes? Nada de temores, nada de miedos. Pero, para continuar vivo, no basta con llegar a ese convencimiento; para sobrevivir conviene también que no menosprecies nunca ninguno de los factores a los que antes me refería.

—¿Previsión?

—Sí. Y entrenamiento. Y el buen criterio necesario para elegir siempre la mejor de las opciones.

Se escuchó una campana que llamaba a la cena. Bathus miró a oriente, donde Vega Seis se hundía por el horizonte. Sonrió y dio una sonora palmada en la espalda de Rajín.

—Vayamos a cenar. Creo que hay salchichas de castor.

—Has dicho que me presentarás en Gálasti. ¿Comenzaré mi carrera tras ese momento?

—Ni mucho menos —negó con contundencia Bathus—. Te presentaré en el Satrai para conseguirte una plaza en la escuela de Tusha. Allí aprenderás el oficio hasta que tus mentores consideren oportuno.

—Entonces, ¿no me enseñarás tú?

—No. Tal vez más adelante te sean útiles mis consejos, pero quiero que aprendas la profesión de la mejor manera posible. Es importante empezar con buen pie.

—No me has hablado mucho de Tusha —se quejó Rajín—. Has dejado caer el nombre en alguna ocasión, y poco más. Deduzco que es una especie de academia de qassai.

—Justamente. No es que sea imprescindible para un qassai pasar por Tusha, pero te vendrá bien. Ya lo verás.

Bajaron hasta el comedor, donde la tripulación había comenzado a cenar. El capitán, en cambio, esperaba la llegada de sus pasajeros, a los que reservaba asientos a su lado. Bathus, tras saludar a los comensales, se sentó a la derecha del capitán y se sirvió un vaso de vino. Rajín atacó con avidez las salchichas.

El capitán, mientras cogía una pieza de fruta, sonrió.

—Tiene buen apetito tu sobrino. Eso está bien. Es un muchacho grande, y necesita alimento.

Bathus cogió un racimo de uvas y empezó a comérselas.

—Espero que olvide tan fea costumbre en cuanto vaya a la academia —dijo—. Ya se dará cuenta de que comer en exceso no es bueno para un qassai. Es propio de campesinos y gente de baja estofa.

Rajín tragó el trozo de salchicha que estaba masticando y miró a su tío.

—Tienes las costumbres propias de nuestra tierra —suspiró Bathus, mirándole—. Te aconsejo perderlas, al menos en parte. Fíjate en mí, o en el capitán. Para estar siempre atento y dispuesto debes tener el estómago limpio. O te convertirás en otro más de los estúpidos karamoi, sólo pendientes de llenar sus buches. Aunque eso no es algo único de Karamai; en todo Matsumai la gente se preocupa en exclusiva de estar cada vez más gorda y torpe.

—Así son las cosas —intervino el capitán, sonriendo—. Tiene que haber de todo.

—Estamos de acuerdo. Pero mi sobrino quiere ser un qassai competente.

—Déjale en paz, Bathus —dijo el capitán, sirviendo más vino en las copas—. Ya aprenderá. También conocí a un asesino gordo: Flem Resq. ¿Te acuerdas? Estaba rechoncho como un tonel, apenas se podía mover. Pero era muy bueno.

—Sí. Pero acabó muriendo en un trabajo —asintió Bathus—. Víctima de su estupidez y torpeza. Por cierto, su objetivo escapó.

—No sé cómo lo haces, pero siempre encuentras algún argumento para sostener tus teorías.

Rajín volvió a mirar su plato. Cuatro enormes y sabrosas salchichas de castor brillaban a la luz de los fanales. Pero prefirió apartarlo.

La cena terminó. El capitán dio permiso a sus hombres para subir a cubierta y rezar a los dioses antes de ir a descansar. Rajín esperó a que la tripulación abandonase la sala. Su tío y el capitán permanecieron sentados, bebiendo y charlando en voz baja. Rajín se volvió a su tío.

—¿No subes?

Bathus le miró con ojos cansados.

—Otra cosa que te convendría aprender es a estar en paz con los dioses sin necesidad de tanta beatería. Sube tú, sobrino. Yo lo haré a mi modo.

Y continuaron su conversación.

Rajín, asombrado, subió a cubierta pensando en la posibilidad de que su tío no fuera un buen creyente, un auténtico karamoi como lo era todo el mundo que conocía. ¿Sería posible? En ese instante cayó en la cuenta de que jamás le había visto rezar. Nunca. En ninguna ocasión. Se mostraba tan respetuoso como cualquier otro, pero parecía no intervenir de modo directo en la liturgia. Llevaba sus fetiches, por supuesto, pero no solía acariciarlos, ni musitaba salmodias. Jamás le había visto hacerlo.

Pero él rezó, porque tenía mucho que agradecer a los dioses. Después bajó al camarote. Bathus dormía ya.

© José María Boto Bravo, (4.001 palabras) Créditos