Rajín dormía junto a Roman. Ultimamente tenían suerte: acampaban en praderas herbosas, de suelo blando y esponjoso. Preferible, sin duda, a un pedregal. Con lo que los cautivos, hartos del traqueteo de los carros, dormían a pierna suelta. Aquella noche, antes de cerrar los ojos y después de rezar, intuyó que algo iba a pasar. Pero no le comentó nada a su compañero de infortunio: no quería sembrar la inquietud en gente tan necesitada de estímulos, aunque fueran infundados. Así que se durmió con la certeza de que los dioses no le habían abandonado por completo.

Se escuchaba el cantar de los insectos nocturnos, y, de vez en cuando, el ruido que hacían las cadenas de los apresados al moverse en sueños. Sólo quedaba encendida una hoguera, en el centro del campamento, y varias antorchas repartidas a lo largo de su perímetro interior. Dos hombres, los encargados de montar guardia, charlaban en voz baja junto a la hoguera, sentados en el suelo.

Bathus de Sura, apostado tras unos setos de arbustos, contemplaba con ojos calculadores el campamento y su distribución a través de los huecos entre los carros. Le costó, pero logró encontrar a Rajín, que dormía cerca de otro carro, enganchado por el tobillo a una cadena.

Volvió sigiloso a los caballos, atados a un árbol en un bosquecillo a unos centenares de metros del campamento. Encendió una débil luz. Durante unos instantes permaneció meditabundo, mirando el contenido de un estuche que extrajo de su mochila. Eligió al fin dos de los frasquitos de vidrio. Cogió una ballesta, comprobó sus armas automáticas. Regresó hasta el lugar desde el que había estado controlando el campamento.

Impregnó las puntas de dos dardos con el líquido de uno de los frasquitos. Cargó su ballesta con uno de los dardos. Se colocó los binoculares con lentes que permitían ver en la noche, apuntó hacia los hombres que hacían guardia al lado del fuego a través de la mira telescópica. Uno de ellos le daba la espalda, el otro estaba frente a él. Ambos se hallaban silenciosos, no se escuchaban ya los cuchicheos de su conversación anterior, parecían dormitar. Eligió como primera pieza al que estaba más alejado. Se incorporó, se quitó los binoculares, pues consideró que no le eran necesarios para presas tan cercanas a una fuente de luz, elevó su mirada al cielo, volvió a apuntar, contuvo la respiración, y apretó el gatillo. El dardo se clavó en su objetivo, que apenas tuvo tiempo de llevarse la mano al cuello. Cayó hacia atrás. Durante ese instante, apenas dos segundos, Bathus había vuelto a cargar la ballesta y disparaba al otro hombre. Un suave silbido y el dardo se clavó en su nuca.

Agarrando con fuerza su pistola, salió de detrás del arbusto y rodeó por el exterior el campamento hacia la zona donde estaba Rajín. Se introdujo por un hueco entre dos carros. Comprobó que no se había equivocado: Rajín dormía apenas unos metros más allá. Reptando, llegó hasta su sobrino. Sacó el otro frasquito y vertió unas cuantas gotas del líquido sobre el candado que unía la argolla del tobillo de Rajín a la cadena. Se colocó encima de él y le tapó la boca con la mano. Rajín abrió los ojos.

—Chsss. Soy yo —susurró, llevándose un dedo a sus labios.

Bathus levantó la cabeza y miró en derredor. El campamento dormía.

El ácido derritió un centímetro del hierro del candado. Un olor metálico y picante impregnó el ambiente. Procurando no hacer ruido, Bathus le liberó de la argolla. Le hizo un gesto con la cabeza para que le siguiera. Sobrino y tío, caminando agachados, se escabulleron tras el carro más cercano. Una vez fuera del campamento, Bathus comenzó a correr a toda la velocidad que le daban las piernas hacia los caballos. Rajín, tras él, no podía seguir su ritmo, por lo que su tío se tuvo que parar a esperarle y ayudarle en un par de ocasiones.

Llegaron a los caballos, montaron. Bathus, acariciando a la bestia, como si le estuviera pidiendo sigilo, abrió el camino. Se alejaron en la dirección opuesta a la que había seguido la caravana, despacio al principio. Tras unos minutos, cuando llegaron a un camino de tierra apisonada, cabalgaron a más velocidad. Rajín espoleó a su caballo y se puso a la altura de su tío.

—Pensé que nunca llegarías —le dijo a modo de saludo.

Bathus de Sura, sonriendo, le dijo a su vez:

—Y yo que ya te habrías escapado.

Después, girándose en el camino, habló con voz seria.

—Dejemos la conversación para otro momento. Ahora, silencio. No perdamos tiempo; debemos alejarnos con rapidez.

—¿Crees que nos seguirán? —Preguntó Rajín—. ¿Con todos esos carros?

—Nunca se sabe. Pero debemos ser precavidos. Pueden mandar patrullas en nuestra busca. Deja de discutir mis órdenes y espolea tu caballo, pecqoi del demonio.

—Ya no soy ningún pecqoi —repuso Rajín orgulloso—. Logré terminar mi peregrinación. De no haber sido por esos indeseables, ya llevaría varios días en casa.

—Enhorabuena —dijo con sinceridad Bathus, asintiendo.

Después, espoleó a su caballo.

* * *

Cabalgaron durante toda la noche por caminos imposibles que sólo un buen conocedor del terreno se atrevería a transitar a la débil luz de las estrellas. Rajín miraba de vez en cuando la vaga silueta de su tío con orgullo y asombro: apenas le podía ver, pese a que estaban a un par de metros de distancia; y, sin embargo, Bathus guiaba a los caballos con decisión y soltura.

Poco antes de amanecer llegaron a una aldea de casas de madera, levantadas en mitad de un bosque de argas aprovechando algunos claros entre los árboles, a la orilla de un riachuelo. Se detuvieron frente al edificio más grande, que hacía las veces de posada, taberna, y tienda de suministros. Varias cabalgaduras descansaban en las cuadras. Bathus descendió de su caballo, cogió su mochila. Rajín de Sura descendió también. Le dolían terriblemente las piernas, que tenía entumecidas. Su tío le agarró del brazo, pensando que iba a trastabillar y caerse.

—Estoy bien —dijo Rajín con una sonrisa forzada.

Su tío le miró de arriba abajo, le giró para verle por detrás. La túnica ceremonial se había convertido en una ristra de harapos malolientes. Se fijó en su espalda. Prefirió no comentar nada al respecto: su sobrino tenía un aspecto terrible.

—Comamos algo —dijo al fin—. Creo que tienes una interesante historia que contarme.

Dejó las cabalgaduras en manos del mozo de cuadras de la posada, con la orden de que les dieran inmediatamente de beber y comer, y entraron. Unos pocos parroquianos, que tomaban licor charlando en la barra, se callaron y les observaron entrar con indisimulada sorpresa.

—¡Posadero! —Llamó Bathus de Sura.

El aludido se acercó. Tenía su vista clavada en la escarapela.

—Diga, señor.

—Prepare un baño. Y consiga ropa nueva para este hombre —señaló a Rajín—. ¡Vamos! ¡Hay prisa! Yo, mientras, tomaré algo de desayunar.

El posadero llenó una taza con caldo que bullía en una olla. Después sirvió vino en un vaso.

—Esto valdrá para mí —asintió Bathus—. Pero mejor que vayas preparando algo más contundente para mi acompañante.

—Sígame —le dijo el posadero a Rajín.

Ambos desaparecieron por una puerta.

Como no podía ser de otra manera, Bathus había llamado poderosamente la atención de aquellas gentes. Uno de ellos, el más anciano, se atrevió a preguntarle:

—Señor, ¿no es acaso un pecqoi quien le acompaña?

—Así es —asintió.

—Hemos escuchado rumores más que inquietantes en los últimos días —continuó el viejo—. Hablan sobre esclavistas que han capturado a los pecqoi y a más personas, buenos creyentes karamoi. ¿Sabe usted algo?

—Les haré una pregunta —dijo Bathus tras sorber de su taza de caldo—. ¿Tienen familiares que hayan desaparecido últimamente?

Los parroquianos se miraron entre sí y negaron con la cabeza.

—Pues tienen suerte —sentenció.

Todos entendieron el mensaje.

Rajín, en una habitación contigua, se desprendía de los harapos y de sus chancletas, mientras el posadero y uno de sus ayudantes llenaban una bañera con agua fresca del río a base de cubos.

—Tiraré todo esto —dijo el posadero, señalando los harapos—. Eres un muchacho grande, pero creo que tengo ropa para ti. Ahí te dejo jabón y una esponja, y ahí tienes toallas.

Rajín se introdujo en la bañera y se frotó vigorosamente con la esponja. Al igual que aquella vez en casa de los Rumm, que le pareció lejana en el tiempo como si hubieran pasado muchos años, dio gracias a los dioses.

A los pocos minutos apareció de nuevo el posadero. Dejó sobre una silla unos pantalones, una camisa, y un chaleco de cuero. Un muchacho del servicio trajo unas botas negras de caña alta y ropa interior. Todo nuevo, doblado y planchado, a estrenar. Rajín salió de la bañera, se secó. Se puso las prendas. El agua de la bañera había quedado ennegrecida, con el color y la textura del betún.

—¡Vaya cambio! —Exclamó su tío al verle—. ¡Estás impecable!

Se sentaron a una mesa. El posadero puso delante de Rajín una vaso de leche de peul recién ordeñada, pan caliente, miel y queso.

—Será suficiente —asintió Bathus.

Rajín, levantando la vista al techo, volvió a dar gracias a los dioses.

Atacó con avidez el desayuno. En pocos minutos había devorado todo lo que había sobre la mesa. Miró con ojos suplicantes a su tío.

—Debemos seguir cabalgando —comentó Bathus, encogiéndose de hombros—, y no es bueno hacerlo con el estómago demasiado lleno.

Después de hablar, bebió de su vaso de vino, cruzó los dedos bajo la barbilla, y adelantó la cabeza. Rajín supo lo que tenía que hacer: contarle sus aventuras.

Y así lo hizo. Intentó ser breve, y no se demoró demasiado en detalles que consideró insignificantes, aunque sí en aspectos tales como el número de hombres, la disposición de los carros durante la marcha, el número de animales de tiro, los tipos de armas que llevaban los esclavistas... Bathus pensó que su sobrino estaba haciendo un resumen propio de un profesional.

Para terminar, insistió Rajín en dos puntos: deberían hacer algo por intentar salvar al resto de los pecqoi, en especial a Roman Spin, y en el deseo de venganza que sentía sobre Zosim.

Su tío asintió.

—Es muy comprensible que desees ayudar a tus compañeros —expuso con tono didáctico—. Pero nada podemos hacer. En todo caso, te diré que el Consejo tiene pensado mandar ayuda. Tal vez sea demasiado tarde, o tal vez no.

—Para cuando quieran encontrarlos ya estarán vendidos como esclavos, o a bordo de algún barco —se quejó Rajín.

—Insisto, nada podemos hacer —continuó Bathus—. Hay guerras que se deben librar en solitario, por tu propia cuenta. Ésta es una de ésas.

Rajín sonrió. Era la misma conclusión a la que él había llegado en su momento. ¿Coincidencia? Prefirió pensar que se trataba de algo más que una simple casualidad.

—En cuanto a la venganza, te diré que es muy lícito albergarla —dijo Bathus—. Tienes motivos más que sobrados. Pero no es el momento, ni el lugar. La vida te dará la ocasión, sobre todo si la buscas. Sobrino, te diré algo importante: nunca dejes que te ciegue la venganza. Obnubila tu mente, entorpece tus actos, y acabas fracasando. Es mejor estudiar a fondo los pasos que vayas a dar, esperar el momento, actuar con contundencia... y disfrutar después.

Después, rebuscó en su mochila hasta que encontró algo.

—Toma.

Le entregó un puñal a Rajín, parecido al que le robaron los esclavistas. Tenía la funda curtida por el tiempo, de un color casi negro. Rajín extrajo el puñal y lo contempló con admiración.

—Éste es el que llevé en mi peregrinación —explicó Bathus—. Espero que sirva para compensar la pérdida del tuyo.

Se levantó y llamó al posadero.

—Ahora, lo mejor será que continuemos camino. Otro consejo que te doy: nunca te creas a salvo de los peligros. Hemos tomado una ruta que muy poca gente conoce; con seguridad, mucho menos aún los esclavistas de Nofel. Pero conviene ser precavido. Lo importante es regresar lo antes posible a casa.

Pagó al posadero una generosa cantidad de dinero. Fueron despedidos con parabienes y alabanzas a su gratitud y astucia, como si fueran héroes, y montaron en sus cabalgaduras. Abandonaron el poblacho con trote alegre.

—Así que Saim Nofel te propuso entrar a formar parte de su banda —comentó Bathus, mirando al cielo—. Algo muy lógico. Si pretende continuar con sus incursiones en Karamai, debe contar con gente que conozca el terreno. ¡Vaya, vaya, sobrino! Eres una fuente de sorpresas.

* * *

Definitivamente, los malos presagios se habían hecho comunes en Faneqa. En los últimos días había llegado gente desde todo el país, e incluso de fuera de Karamai, alentada por los rumores. El Consejo tenía que recibir a diario a muchas familias que venían pidiendo información sobre el paradero de sus hijos. La situación no admitía más demora. El presidente Emmen Luxi, tras una reunión de emergencia con los sacerdotes, leyó un decreto desde el balcón de madera del edificio del Consejo. Lo antes posible partiría una delegación de voluntarios con el fin de indagar sobre el paradero de los pecqoi. En el fondo, y aunque los familiares y el propio Consejo se negaban a admitir tal posibilidad, todo el mundo creía que los pecqoi habían sido capturados como esclavos.

Bathus de Sura y Rajín regresaron al hogar la noche anterior a que se pusiera en camino la delegación de ciudadanos. La familia de Sura, cuando escuchó el trotar de los caballos, salió al porche de la casa a esperarles. Tanto Amil como Anna recibieron a su hijo con la alegría contenida propia de los karamoi. Para cualquier extranjero, habría resultado un recibimiento frío. Amil, cuando Rajín descabalgó a la puerta de su casa y se abrazó a su madre, dijo como único comentario:

—Parece que vinieras de una fiesta.

Pero lo dijo con orgullo. Con el orgullo propio de un padre que recibía a su hijo tras una peregrinación terrible plagada de trágicos imprevistos, sabedor de que había pasado mil calamidades, contento de que la dureza de la vida no afectase a su retoño, que presentaba un aspecto inmejorable. Y lo más importante: había sobrevivido para volver a casa. Abrazó con fuerza a su hijo a la manera en que lo hacían los hombres, subió a una escalera que estaba apoyada en el porche, y retiró las cintas votivas. ¿Acaso podía haber algún padre más orgulloso en Karamai que Amil de Sura en aquel momento?

© José María Boto Bravo, (2.411 palabras) Créditos