Dos jornadas después de abandonar la casa Rumm, en las que cayó a intervalos una lluvia fina, llegó al cruce de Saraq. Durante aquellos dos días, Rajín tuvo motivos sobrados para echar de menos la efímera comodidad perdida, hasta el punto de llegar a recordar a los señores Rumm como si fueran de su propia familia, como gente conocida de siempre. Conocida y querida. Y valorar, también, el poco tiempo que estuvo bajo su techo como unos momentos de dicha que merecían ser rememorados por siempre. Supo que aquellas horas pasadas con los Rumm suponían un vínculo irrompible que iba a perdurar durante todas sus vidas: por su parte, siempre que tuviera que evocar unos momentos de placer en medio de las penalidades; por parte de ellos, porque con su presencia les recordó, sin duda, a su hijo perdido, y por lo bien que se sintieron ayudando a otro pecqoi, la catarsis que les supuso. El caso es que —llegó a determinar—, si pasase por la casa Rumm dentro de unos años, con seguridad ellos le acogerían mejor aún si cabe que en aquella ocasión, como a un familiar al que se lleva tiempo sin ver. Y, para él, que apenas durmió una noche en aquella casa, sería de alguna forma como volver a su propio hogar. ¿Por qué? ¿Cómo era posible? Tal vez, ése era otro más de los misteriosos y divinos logros de la peregrinación: formar irrompibles vínculos de por vida con personas y lugares anteriormente desconocidos.

El cruce de Saraq, en realidad, no era más que una bifurcación que obligaba a doblar a derecha o izquierda, a este o a oeste. El camino que Rajín había seguido torcía al oeste, obligándole a continuar paralelo a los montes Spey, ya cercanos. El camino que salía a su derecha, mucho más estrecho y menos hollado, una simple vereda, ocasional y marginal, parecía carecer de interés para la mayoría de viajeros que llegasen al cruce. Llevaba a la población de Saraq, que, según supuso Rajín viendo tan poco importante camino, no debía de ser gran cosa, pese a dar nombre al cruce. Rajín observó inquisitivo durante largos minutos el camino hacia el oeste, el que llevaba al páramo de Qu, como si pudiera de algún modo sonsacarle respuestas a sus dudas. Unos ralos arbolillos le flanqueaban; en la lejanía se entreveían las piedras y arenas del páramo, envueltas en una neblina dorada. Cayó en la cuenta de que no vio a nadie: ni a ningún lugareño, ni a ningún pecqoi. Durante las últimas jornadas, pensó que con seguridad se toparía con alguno de sus compañeros de peregrinación al llegar al cruce. Aquella absoluta soledad... ¿Era buena señal? ¿Mala?

Mirando hacia el norte, el suelo se retorcía y elevaba en un pedregal terrible y descorazonador, que moría en un interminable desfiladero que parecía recorrer de este a oeste toda la longitud de los montes Spey. Llevaba razón el señor Rumm, y todos cuantos habían transitado por aquellos parajes: la manera más sencilla de llegar a su destino era atravesar el páramo de Qu. A nadie en su sano juicio se le ocurriría abandonar el camino, ni dar un solo paso más hacia la cordillera. En esa dirección no existía sendero alguno; y, de haberlo, Rajín concluyó que yacería sepultado bajo las rocas. Daba la impresión de que aquel paisaje estaba producido por una lluvia constante de piedras de todos los tamaños que eran escupidas por la cordillera, formando así los desfiladeros imposibles y el campo de rocas afiladas de abajo.

Rajín miró por última vez el camino que se perdía hacia el oeste, se giró, y enfiló hacia la cordillera de los montes Spey, en dirección norte. Había tomado una decisión. Para bien o para mal, habría de llevarla hasta sus últimas consecuencias. ¿Era temor ocasionado por las palabras del señor Rumm? No. Era prudencia. Y respeto.

Tomó aire y miró al frente. Tras los primeros pasos, supo con certeza que comenzaba una lenta y tortuosa andadura, que lo más duro de la peregrinación estaba por venir.

* * *

Atravesó durante fatigosas jornadas campos de rocas, bosques plagados de trampas en forma de oquedades y matojos con espinas largas como un brazo, de serpientes y otras alimañas que abrían sus fauces al verle aparecer, al ver a aquel ser extraño en su territorio. Además, llovía. Caía a rachas una lluvia fina y dura que le calaba hasta los huesos. Por el día el problema no era tan grave, aunque sí molesto; pero, por la noche, cuando bajaba la temperatura, el asunto se tornaba mucho más serio. Buscó —y, por fortuna, siempre encontró—, lugares protegidos para pasar la noche y algo de madera para hacer un fuego. Sólo pedía un vivac lo suficientemente cómodo para dormir, y un fuego lo suficientemente cálido para secarle algo las ropas y calentarle el cuerpo. Como lo encontraba, daba gracias a los dioses. Daba gracias también por aquellas camisetas de los Rumm, que tan bien le estaban sirviendo. Daba gracias por la carne de serpiente, que no tuvo más remedio que atreverse a cazar, daba gracias por las bayas. Y por el agua clara, que manaba con abundancia entre las rocas. Tuvo la previsión, una vez que se vio capaz de cazar las serpientes, de almacenar toda la carne que pudiera.

Porque aquella tierra, aunque perteneciera a su civilizado y querido país, no era lugar para seres humanos. Era el sitio propio para que morasen las bestias legendarias que fueron expulsadas por los valerosos antepasados, aquellas aterrorizadoras alimañas que poblaban las leyendas. Se laceró los pies, los tobillos, las espinillas y las manos, avanzando a trompicones por aquel terreno imposible, por aquel infierno puesto en la querida Karamai por los dioses para recordar a los buenos creyentes que el infierno existía. Fueron jornadas absolutamente agotadoras. Para avanzar, aunque fueran unos pocos metros, tenía que utilizar toda su pericia y coordinación en cada movimiento, evitando por encima de todo acabar con un tobillo lastimado, algo que podía resultar fatal. Miraba con justificado asco sus chanclas de peregrino, y añoraba sus habituales botas de caña alta. Por descontado, de los cuidados que tuvo en la casa Rumm ya no quedaba ni rastro. Las ampollas y rozaduras eran tan tremendas que a veces le parecía que no podría continuar caminando. Cualquier otro pecqoi, cualquier otro habitante de Karamai que no tuviera el temple de Rajín de Sura, habría desistido a los primeros días. O muerto de haber continuado.

Pero todo llega. Y una tarde, al fin, se plantó frente a las estribaciones del Pico del Azor Azul. Ocurrió de repente, sin previo aviso, sin que hubiera habido alguna señal que lo anticipara.

Rajín salió de sopetón de un denso bosque de coníferas, un bosque oscuro enmarañado por matorrales espinosos donde las ramas de los árboles llegaban hasta el suelo, el ignoto bosque que llevaba demasiadas jornadas atravesando, y se encontró en un claro sembrado de rocas y bañado por las últimas luces de Vega Seis. Ya no le rodeaba aquella oscuridad húmeda y sempiterna. El aire era más fino y más puro, más fresco. Una sorpresiva luminosidad le envolvió. Y, frente a él, se alzaba la majestuosa e inconfundible silueta del Pico del Azor Azul. Rajín de Sura, el sufrido pecqoi, acarició de inmediato, casi sin tiempo de disfrutar de la maravillosa visión, los fetiches de su pecho. Agachó la cabeza y comenzó a orar a los dioses en agradecimiento.

Esa noche vivaqueó en el despejado pedregal, bajo las estrellas, al lado de un fuego. Cenó carne seca de serpiente y frutos del bosque. Se limpió las heridas. Durmió con la placidez de un recién nacido.

* * *

La ascensión le pareció más sencilla de lo que le habían comentado. Encontró una de las veredas abiertas por los pasos de los pecqoi, veredas que venían del páramo de Qu, que se antojaba familiar y placentero desparramado al sur. Orgulloso, contempló el páramo desde la altura y no vio nada especialmente peligroso, salvo un desierto de arena y piedra, que brillaba a la luz del día como una moneda nueva. Aún así, sintió un vacío en su corazón: algo le indicaba que aquello no era normal, y en cualquier caso, negativo. Nunca deseó encontrarse con otro pecqoi, ni tener que acelerar o disminuir su marcha de toparse con alguno para no coincidir. Pero aquéllo le pareció extraño y en cierto modo desconcertante. Habían salido muchos pecqoi desde la lejana Faneqa. Con alta probabilidad debería de haberse encontrado con alguno, tal vez no necesariamente antes, pero sí en ese momento, tan cerca del objetivo final. Desde donde se hallaba, dominando los accesos a la montaña desde el páramo, no vio a nadie, ni señales de que alguien hubiera pasado. Repasó la vereda, escrutando indicios de que algún pecqoi hubiera transitado por ahí hacía poco. No encontró señal alguna. Pensó que su imaginación le estaba traicionando, tal vez influida por las palabras del señor Rumm. Aunque algo en su corazón le dijo que no era así. Encogiéndose de hombros, continuó, con el ánimo un tanto sobrecogido, el ascenso. Desde luego, el camino era menos duro de lo que había sufrido hasta entonces, lo que servía para que su ánimo fortalecido se elevase sobre los malos augurios.

* * *

La vereda, transitada por miles de pecqoi durante mucho tiempo, sorteaba con pericia todos los impedimentos que pudiera haber: rocas, desmoches, desfiladeros, paredes... haciendo giros en apariencia absurdos, pero al final siempre prácticos. De tal modo que la ascensión le supuso a Rajín una simple caminata con excesiva inclinación. Nada más que eso. Nada demasiado complicado para un endurecido pecqoi como él. A medida que iba ascendiendo, la temperatura bajaba ostensiblemente y tenía que luchar además contra dos impedimentos: o el viento arreciaba con más fuerza, o las nubes eran más compactas y constantes. Rajín, en cierto modo ajeno a las dificultades de la intemperie, extrañamente abstraído del sufrimiento de su cuerpo, dio de nuevo las gracias por las camisetas de los Rumm: ya llevaba tres bajo la túnica. Poco a poco, paso a paso, llegó hasta una zona despejada de matorrales y vida vegetal, donde las rocas se hacían dueñas absolutas del paisaje. No había bayas que comer, ni serpientes o alimañas que cazar. Pero aún conservaba carne suficiente para una dieta de subsistencia. Rajín siguió subiendo por la vereda ya inexistente, pero en cierto modo predecible, camino a su objetivo, cada vez más cercano.

Hasta que por fin, una mañana, tras una terrible noche de tormenta que pasó al abrigo de una roca, llegó hasta cerca de la cima del Azor Azul. Tan cerca que parecía que pudiera tocarla con las yemas de sus dedos.

Ya lo había conseguido. Arrodillado, satisfecho y orgulloso, terriblemente cansado pero a la vez imbuido de una fuerza incontrolable, acariciando los fetiches de su pecho, rezó.

Después, sonriendo, triscó hasta la cima, ascendiendo los pocos pasos que le quedaban con la fuerza y el ánimo que tenía cuando salió de su casa.

Ahí, en lo más alto de Karamai, en la frontera entre su país y el resto de Matsumai, el resto del mundo, miró hacia abajo. Era aquél un día despejado de nubes, y el viento era suave y fresco, vivificante. El sol brillaba con fuerza. Hacia el norte, la tierra de Matsumai era una sobrecogedora e interminable extensión de páramos ocres, salpicados de bosquecillos verdeazulados, un río ancho, y algunas aldeas a su lado, destacando como tachuelas sobre un mapa. Se imaginó la vida en aquellas tierras, que deberían de ser tan distintas de su querida Karamai, esas tierras que se le antojaban frías e inhóspitas, habitadas por gentes blandas, buenos creyentes pero malos conquistadores, que no habían sido capaces de domeñar a la naturaleza. Hacia el sur, su país: el páramo de Qu, los bosques que había atravesado, la extensión de campiña y tierras de labor que se desparramaban orillando el páramo. Hacia oeste y este los montes Spey, que se perdían en la distancia envueltos en una niebla brillante.

Plantó sus cintas votivas en la cumbre pisándolas con una pesada piedra, con la pretensión de que los vientos no las arrancasen, y se tumbó. Necesitaba descansar. Debía descansar. Contempló, antes de dormirse, las decenas de cintas que tremolaban al viento atadas a palos o sujetas como las suyas por piedras. Ninguna tenía aspecto de haber sido colocada hacía poco.

* * *

Para Amil de Sura y su familia, la vida transcurría tranquila. Bathus, mientras su hermano y cuñada se dedicaban a las labores del campo, recorría las tabernas de Faneqa, charlaba con viejos conocidos, flirteaba con cualquier mujer que se le pusiera a tiro, y gastaba el dinero con generosidad en las tiendas, comprando los productos más selectos y caros, que acababa luciendo o regalando a su gente. En definitiva, se podría decir que aquellas jornadas, más que de descanso, le sirvieron para acrecentar su leyenda entre la población. Varias veces se topó con alguno de los adláteres de Melkara o Barallian, los habituales hombres de confianza que los terratenientes locales solían tener. Por supuesto, desviaban la mirada al cruzarse con el reputado asesino. Aunque acababan sonriendo de lado y mascullando por lo bajo, algo que a Bathus, acostumbrado a leer el peligro en los rostros de la gente, no le acababa de gustar.

Una noche, bebiendo cerveza de troka en la taberna de Hank, la taberna de peor reputación de la ciudad, escuchó de manera casual una conversación entre dos hombres, forasteros, comerciantes sin duda, que bebían de pie en la barra a unos metros de donde él se encontraba. Ambos portaban las escarapelas pertinentes para recorrer los caminos del Matsumai Central, y, cabizbajos, parecían rumiar con pesar acontecimientos desagradables. Los dos lucían trenzas a ambos lados de la cabeza, trenzas ralas que contenían el poco pelo que les quedaba en las sienes, a la manera de los hombres del norte. Prestó atención, pues algo había, tal vez el tono con el que hablaban, tal vez alguna palabra o frase perdida, que le forzó a interesarse. Aunque no era dado a meterse demasiado en la vida de los demás, tener a un sobrino en peregrinación era un motivo de peso para informarse de cómo andaban las cosas por el mundo.

Pudo entender que ambos hombres hablaban de una banda de esclavistas que operaba por la zona del páramo de Qu. Los comerciantes, en apariencia cada vez más apesadumbrados a medida que profundizaban en la conversación, negaban de continuo con la cabeza. Aguzó el oído y se acercó. Escuchó retazos de la conversación.

—No puede ser. Alguien deberá poner orden, tarde o temprano.

—¿Alguien? ¿El resto de bandas? Demasiado ocupadas están en extorsionarnos.

—Pues algo tendrá que pasar.

Bathus, definitivamente interesado, se colocó a su lado y, haciendo una seña al camarero, se dirigió a los dos hombres.

—Caballeros, ¿me permiten que les invite?

Ambos le miraron entornando los ojos. Antes de que su susceptibilidad les obligase a declinar la invitación o a cerrarse al desconocido, Bathus continuó:

—Perdonen mi inexcusable falta de educación. No me he presentado; me llamo Bathus de Sura y soy qassai. Oh, no, no se preocupen. No estoy trabajando. Pero estoy muy interesado en lo que estaban hablando. Les estaba escuchando, señores, y creo haber entendido que una nueva banda de esclavistas opera por el norte de Karamai. ¿Es cierto?

Tal vez fuera por el hecho de presentarse como qassai, o tal vez por la rapidez con la que intervino, o por ambas cosas a la vez, pero lo cierto es que la desconfianza de los comerciantes desapareció, y más aún cuando el camarero cambió sus jarras vacías de cerveza por dos llenas.

—Pues sí, caballero —contestó uno de ellos—. Desgraciadamente, así es.

—En cualquier caso, eso no les supondrá demasiados problemas —dijo Bathus, señalando sus escarapelas—. Veo que están al corriente de pago.

—Ahí radica el problema —asintió apesadumbrado el otro—. Esta banda parece no ser de por aquí, o no saber nada con respecto a las costumbres. El caso es que capturan a todos, estén al día en los pagos o no, y, después de saquearlos, los matan o los esclavizan, según estimen oportuno.

—Que extraño —dijo Bathus, acariciándose el mentón—. Usted ha dicho que es posible que esa banda no sea de por aquí. Yo casi les diría que estoy convencido de ello. A nadie en su sano juicio se le ocurriría montar una banda y dedicarse al pillaje. No, estoy seguro. Todo el mundo sabe que eso no es posible. No me gustaría estar en su pellejo cuando Rettman Caradepiedra se entere.

—Dicen que vienen del sur —dijo uno de los comerciantes—. Pero de muy lejos, de más allá del mar. De las lejanas Islas Arrecifes, ¿ha oído hablar de ellas?

Bathus asintió.

—Pues bien, eso dicen —continuó—. Nosotros no les hemos visto, así que no podemos juzgarlo. Ni tan siquiera sabemos con seguridad si es verdad o no que operen por la zona. Pero ya sabe cómo son estas cosas. Por desgracia, las malas noticias suelen resultar ciertas.

—Lo peor del asunto es que nosotros dos hemos de ir al norte de Karamai —intervino el otro comerciante—. Como puede comprender, no nos encontramos demasiado tranquilos, aunque no sepamos si son ciertos o no los rumores. Pero en mi caso, que he tenido mala venta esta temporada, que me capturase una banda supondría el fin definitivo de mi negocio, la ruina segura. No pienso en mi seguridad. Pienso en mis hijos, en la cooperativa de recolectores y fabricantes de mi tierra, en todo eso. ¿Me entiende? A mis años, tanto me da morir a manos de una banda que de cualquier otra manera. No le tengo miedo a la muerte, pues soy buen creyente y he llevado una vida digna. Pero tengo cinco hijos que alimentar a mi vuelta. Y muchas familias dependen de mis ventas.

Los dos hombres, con ojos tristes, parecieron consolarse o solidarizarse asintiendo en silencio. Bebieron de sus jarras. Bathus supo por sus gestos que algún temor cierto les comía el ánimo.

—Insisto, no deja de ser extraño —dijo Bathus, asintiendo a su vez—. Una banda extranjera operando en el norte de Kamarai y con tan malas artes. Pero cosas más raras se han visto. Y se verán. Señores, ha sido un placer charlar con ustedes. Buenas noches.

Bathus dejó sobre el mostrador un billete, suficiente para pagar todo lo que se había tomado, la invitación a los comerciantes, y varias rondas más. Salió de la taberna con el ánimo ensombrecido. No habría sabido dar un motivo concreto, pero el hecho es que así se encontraba.

Llevaba todo el día, desde temprana hora de la mañana, bebiendo de taberna en taberna. Apenas había comido, y, pese a su legendario aguante con el alcohol y las drogas, se encontraba embotado y cansado. No llegaba a estar embriagado, pero sí parecía fatigado, como si hubiera sufrido una agotadora jornada de trabajo en las cepas de su hermano. Desistiendo de volver a casa a lomos de su cabalgadura, la dejó a cargo de los mozos de la taberna. Pidió también que llamasen a un carruaje de alquiler. Mientras esperaba su llegada, apoyado sobre la fachada de piedra de la taberna, no podía dejar de pensar en la conversación que acababa de mantener con aquellos dos desconocidos. Se oyó un trueno lejano y un soplo de aire vino cargado de olor a tierra mojada. De inmediato se acordó de su sobrino Rajín.

© José María Boto Bravo, (3.241 palabras) Créditos