Sentado en una mecedora en el porche posterior de la casa, Rajín de Sura miraba las hileras de viñedos con gesto hosco. A la luz incierta del atardecer, los racimos rebosantes de negras y gordas uvas apenas se veían; pero él sentía sus espinas lacerantes mientras se rascaba las palmas de las manos, heridas por el trabajo que acababa de terminar. No compartía el ánimo festivo del resto de los chicos de su edad, y permanecía sumido en hondas meditaciones, mientras acariciaba los fetiches que colgaban en su pecho de collares de cuentas de colores.

Rajín de Sura era un muchacho alto, más aún que el resto en un país de gente alta, de musculatura desarrollada, con fuertes brazos de hombre adulto. Tenía la misma mirada seria que su padre, de quien había heredado unos rasgados ojos verde esmeralda de brillo salvaje, y el pelo rojo de su madre, en una larga melena de rizos coriáceos. Se percibía al mirarle una fuerza animal, una determinación invulnerable, y una valentía mayor aún que su fuerza física. Era considerado por todos cuantos le conocían como un chico serio y formal, sin duda demasiado para su edad, independiente, impetuoso, y testarudo cuando tomaba una decisión, pero también alegre como nadie llegado el momento. Todos, sin excepción, creían que le esperaba un futuro prometedor.

—Tienes buen aspecto —le había dicho su tío Bathus unos minutos antes, al saludarle, apretándole con fuerza la musculatura de los hombros y los brazos—. Y ya eres más alto que yo. No desesperes, sobrino: creo que ha llegado el momento.

Lo cierto es que Bathus de Sura, un hombre delgado, elegante, y demasiado afectado para el común de los karamoi, comprobó en ese instante que su sobrino era más fuerte que él, que en una pelea sólo le valdría la astucia para superarle. Según su criterio, su sobrino estaba a punto. Gratamente sorprendido, se pasó la mano por su cabeza rapada, sonrió, y se introdujo en la casa.

Desde el interior de la casa le llegaron a Rajín retazos de la conversación que mantenían su padre y su tío Bathus. Rajín rezaba a los dioses para que su padre le hiciera caso de una vez.

—Amil, ¿me lo llevo o no? —Alcanzó a escuchar que preguntaba su tío Bathus.

—Ya veremos, ya veremos —carraspeó su padre, Amil de Sura—. Cada vez estoy más dispuesto a daros la razón.

—Bueno, pues hagamos lo siguiente: esperaré aquí hasta que el chico vuelva de la peregrinación. No tengo prisa, puedo quedarme con vosotros el tiempo que sea necesario. Después me lo llevaré. ¿De acuerdo?

—Ya veremos —repitió incómodo su padre—. Me tenéis loco con vuestra cabezonería. Los dos. Los tres. En el fondo sois iguales. Dejad por una vez que sean los dioses quienes le indiquen el camino.

—Los dioses están de su lado, no lo dudes —intervino Anna, la madre de Rajín.

—¿Qué demonios ves de malo en la propuesta? —preguntó con voz alegre Bathus—. El chico tiene aptitudes. Cuando termine la peregrinación, podrá decidir libremente su futuro.

Bathus de Sura era, además del hermano pequeño de su padre, un reputado qassai, un asesino profesional. Se estableció en la lejana Adenas mucho antes de nacer Rajín, entró en el Satrai local por sus propios méritos, sin recomendaciones de ningún tipo, y era, por supuesto, el orgullo de la familia. Desde siempre, Rajín le miraba con patente devoción cada vez que venía a casa, con sus trajes caros y sus regalos, y pretendía, por encima de todo en la vida, seguir sus pasos. No le gustaba el campo, ni la vida miserable de trabajo extenuante que le esperaba en el futuro. Le gustaba una vida de aventura, donde poder sacar partido a su destreza y fuerza. Quería vivir bien, como Bathus, siendo un hombre respetado e independiente. Jamás entendería a su padre. ¿Es que no encontraba lógico que su hijo mayor se dedicase a una carrera de provecho como la de qassai? ¿A qué venía tanta cabezonería? ¿Alguien podría entenderlo?

El, desde luego, no. Como tampoco su tío, su único valedor en la familia. Su padre, por causas que ignoraba —y, de conocerlas, no llegaría a comprender—, no quería que se dedicase al digno trabajo de qassai. Su madre, ¡quién sabe! tal vez en el fondo le apoyara, aunque tampoco se colocaba abiertamente de su lado. Pero Bathus disfrutaba de la autoridad innegable de un profesional de prestigio, de un triunfador. Rajín, armado de paciencia, confió desde un primer momento en que la lógica acabara imponiéndose.

* * *

—Lo cierto es que lo estoy valorando —dijo su padre— y, al final, me voy a ver obligado a daros la razón. Aquí las cosas se están poniendo cada vez peor. ¿Sabes la última? El malnacido de mi arrendador, Melkara, que los demonios se lo lleven, pretende llevar a sus hijas a estudiar a Gálasti. ¡Habráse visto hombre tan pretencioso! Y, ¿a que no sabes de dónde piensa sacar el dinero para tal dispendio?

—Me lo imagino...

—Subiéndome el arriendo un veinte por ciento. Así de fácil.

—¿Lo has puesto en conocimiento del Consejo?

—¿El Consejo, dices? Sabes de sobra quiénes lo forman. No confío en que me den la razón.

—Entonces, otro motivo más para que el chico se vaya —concluyó Bathus.

—Ya veremos.

Durante unos instantes, ninguna palabra llegó hasta Rajín. Después, su tío Bathus rompió el silencio con una voz que había perdido, como la conversación, el tono risueño anterior.

—Amil, hermano, si quieres me puedo encargar personalmente. Aprovecha que estoy aquí, firmamos un contrato, y asunto concluido. Melkara deberá conseguir dinero de otra parte si quiere llevar a sus feas hijas a Gálasti.

—Deberíamos meditarlo... —propuso Anna.

—Dejémoslo por el momento, Bathus —sentenció Amil—. Y vayamos al pueblo los tres a tomar algo. Es hora de celebrar tu llegada.

—Yo me quedo —se oyó la voz de Anna—. Tengo que terminar de bordar la túnica.

Rajín escuchó salir de la casa a los dos hermanos, montar en sus cabalgaduras, y el sonido cada vez más lejano de los cascos.

Sonrió. Su tío sí que tenía soluciones. Para todo. Escupió a la lejanía y se levantó de un salto. Bordeó con andar cansino la casa, la mirada baja, pensativo. Le apetecía quitarse la ropa de trabajo, darse un baño, y lavarse las manos con orina de peul, a ver si por fin conseguía hacer desaparecer el escozor. Al llegar a la entrada principal de la casa, se encontró con una inesperada visita.

—Hola, Rajín.

Rajín dio un respingo.

—Nava... ¿qué te trae por aquí?

La recién llegada sonrió, elevando sus ojos al cielo. Era Nava Barallian, una de las chicas más atractivas de Faneqa y su zona de influencia, con fama entre todos los muchachos de ser de carácter tan difícil como hermoso era su cuerpo. Rajín sabía de sobra a qué se debía su visita. Con seguridad, cualquiera de sus amigos se sentiría orgulloso de que Nava le admitiese como pretendiente. ¡Cuánto más si era la propia Nava quien te elegía! Además, era hija de propietario; pertenecía, pues, a esa casta, que nunca perdería. Emparejarse con ella, y, por qué no, llegar a casarse, era el sueño de cualquiera. Doblemente bella, doblemente encantadora... Sí, para cualquiera. Pero Rajín no era como los demás, y tenía otras cosas más importantes en las que pensar. De acuerdo, concluyó tiempo atrás, cuando se percató del interés que despertaba en Nava y en alguna otra chica, Nava estaba muy bien, sería todo un placer compartir experiencias... Pero no podía perder su tiempo en juegos amorosos. Su mente y su interés estaban enfocados en otro objetivo. Y debía continuar concentrado en cumplirlo.

—Eres un tipo extraño, Rajín de Sura —dijo la chica, encogiendo la nariz y clavando en él la mirada de sus almendrados ojos azules. Llevaba un vestido a cuadros rojos y blancos con cintas rosas en el pecho, y el pelo negro recogido en una larga coleta. Se colocó la coleta sobre el escote generoso en un gesto cargado de dulce sensualidad.

—Camino de tu casa te he visto —continuó—, ahí atrás, sentado en el porche, pensativo como un viejo. Tal vez deberías aprovechar tus últimos momentos como joven inconsciente antes de la peregrinación, como hace todo el mundo.

Rajín permaneció silencioso, mirando hacia las nubes de polvo que las cabalgaduras de su padre y su tío formaban en el camino.

—¿Qué supones que me trae por tu casa? —Preguntó Nava, colocándose en su campo de visión—. ¿No lo adivinas?

—No lo sé. Sácame de dudas.

—Toma, maldito desagradecido —le ofreció una cinta de suave tela color violeta, que llevaba sujeta al cinturón de su vestido—. Llévala contigo durante tu peregrinación: está bendecida y te traerá suerte. No sé porqué me he fijado en ti, pero para mi desgracia, así ha sido. Tienes mi permiso para cortejarme a tu vuelta. Quiero que sepas que sólo he elegido tres pretendientes.

Nava tomó aire y sonrió, aún con el brazo extendido y la cinta colgando de dos dedos de su mano derecha. Rajín, al verla en ese instante, no pudo evitar imaginar que el sol había vuelto a salir. Así era Nava: una sonrisa suya hacía que el mundo pareciera mucho más bello.

—Depende de cómo te portes a tu vuelta —continuó—, tienes muchas posibilidades de acabar casándote conmigo.

Rajín de Sura miró la cinta de tela encogiéndose de hombros.

—No pierdas tu tiempo. Mejor será que se la des a otro.

Nava abrió los ojos como si estuviera frente a un monstruo. ¿Sorpresa? ¿Incredulidad?

—¿Cómo? ¿Cómo has dicho?

Pequeñas gotas de saliva, procedentes de la explosión que tuvo lugar en la boca de Nava, salpicaron el rostro de Rajín, que se limitó a limpiarlas con el dorso de la mano y a darse, muy despacio, media vuelta. Mientras, la muchacha se irguió. Parecía más alta aún de lo que era. Nadie le había hecho jamás un desprecio así. Nunca imaginó que alguien se lo hiciera.

—¡Desgraciado! ¡Muerto de hambre!

Rajín, a punto de cruzar la puerta de entrada a la casa, se dio la vuelta.

—Vete en paz por donde has venido, Nava. Vete, y no vuelvas a insultarme. Jamás.

Algo debían de tener las palabras de Rajín de Sura, o el tono autoritario con que fueron pronunciadas, ya que la muchacha calló de inmediato. Cuando salió de su estupor, resopló, elevó la barbilla con altivez, dio media vuelta con un giro brusco, y se perdió en el camino.

Rajín de Sura entró en su casa sin volver la cabeza y cerró la puerta. Tenía que probarse la túnica ceremonial, a la que su madre le daba los últimos retoques. Pensó en el aspecto que tendría, en la mirada de admiración de su hermano Roddan, tres años menor que él, al verle con ella puesta. Se olvidó por completo de Nava.

* * *

Las praderas que bordean los márgenes de los ríos Sarrun y Albant, al sur de la ciudad de Faneqa, se encontraban atestadas de gente la mañana del bautismo de Rajín de Sura y el resto de pecqoi. Era una luminosa jornada de verano, la fiesta común más importante del año en Karamai, y gentes de todo el país habían venido a seguir la ceremonia y divertirse. Aquellos que no eran familiares directos, vestidos con ropas de gala, revoloteaban entre las mesas dispuestas en largas hileras, charlaban, se daban mutuos parabienes. Las mesas dispuestas por el Consejo ofrecían todo tipo de viandas típicas: cangrejos asados con salsa picante, salchichas de castor, empanadas, carne asada, tartas de frutas del bosque, y vino y cerveza por barriles. Varias orquestas, desde templetes dispuestos a lo largo de las orillas de los dos ríos, tocaban música festiva.

Los pecqoi, vestidos con las túnicas tradicionales, se sumergían en el río, para después salir y continuar con sus rezos, ajenos a la fiesta que se desarrollaba a su espalda. Los maestros de ceremonia controlaban con gesto austero las evoluciones de los jóvenes, con los pies, como manda la tradición, sumergidos en el agua.

Rajín de Sura, en la margen oriental del río Sarrun, repetía las salmodias. Se había separado voluntariamente del resto del grupo. Si de ahora en adelante le esperaban varias semanas de soledad, ¿por qué no empezar lo antes posible? Los otros jóvenes rezaban también, unas decenas de metros más allá, sobre la punta de la península de tierra donde se juntan los ríos. Elevaban sus brazos al cielo, los bajaban despacio. Los familiares directos, varios pasos tras ellos, repetían sus gestos.

Acabados los primeros rezos los familiares podían acercarse, por última vez, a los pecqoi. Ya no volverían a tener contacto con ellos hasta que retornaran de la peregrinación. Las madres aprovechaban para dar los últimos achuchones a sus retoños, los abuelos, padres y hermanos mayores los últimos consejos.

Rajín de Sura abrazó a su madre, que le dio un beso en la mejilla empapado en lágrimas. Su padre le abrazó a la manera matsumoi, aferrándole con firmeza los antebrazos y haciendo chocar sus pechos: un gesto que venía a significar que ya le consideraba un hombre.

—Cuando vuelvas de la peregrinación, te irás con tu tío —le dijo, muy serio, mirándole con fijeza a los ojos—. Espero que los dioses te indiquen el mismo camino que ahora señala tu corazón.

Rajín de Sura no pudo ocultar su satisfacción. De no estar prohibido, habría mostrado una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Cómo se te ocurre ofender así a la hija de Barallian? —Preguntó su padre, rompiendo la armonía del instante, desviando la mirada del rostro de Rajín y elevándola al cielo azul—. ¿Es que te has vuelto loco o qué?

Anna agarró del brazo a Amil de Sura.

—Ahora no, Amil.

El padre asintió silencioso, volvió el rostro a su hijo y se despidió.

—Que los dioses te acompañen y te guíen, hijo.

Su hermano Roddan se acercó, le dio dos besos en las mejillas, y se separó agachando respetuoso la cabeza.

Rajín se giró un instante para ver marchar a sus padres y su hermano. Atento a las indicaciones del maestro, volvió a penetrar en las aguas del río.

Mientras, Bathus de Sura charlaba animadamente, bajo una sombrilla y con una jarra de cerveza de troka en la mano, con varios vecinos de Faneqa, que le escuchaban embelesados y atentos. Bathus era una celebridad local; podía comprobarlo cada vez que volvía a su tierra, cada vez que se encontraba con alguien. Al ver llegar a Amil, Anna, y su sobrino Roddan, dejó la conversación, y se unió a ellos.

—Mira quién se acerca por ahí... —dijo Amil en voz baja a Anna.

Unas decenas de metros tras Bathus, Oskar Barallian, el padre de Nava, se acercaba al pequeño grupo formado por la familia de Sura, acompañado de varios familiares y repartiendo alegres saludos a su paso. Cuando por fin llegó frente a Amil, instantes después de que llegase un alegre Bathus, se paró en seco y borró la sonrisa de su rostro. Elevando la barbilla, habló con la voz más áspera que pudo encontrar un hombre de por sí áspero.

—Amil de Sura, espero que hayas recriminado severamente a tu hijo por su incalificable comportamiento...

—¡Oh, ya me he enterado! Pero te recuerdo que la disciplina dentro de mi propia familia corre de mi cuenta —le cortó serio Amil—. Por supuesto, te ruego le disculpes. Todos sabemos que son momentos de tensión para cualquier muchacho.

Barallian negó varias veces con la cabeza.

—Mi hija menor, herida en su amor propio, ridiculizada por el hijo de un arrendatario, ha decidido quedarse en casa y no asistir a las celebraciones —miró en torno suyo, como si buscase confirmación a sus palabras—... por culpa del desaire que le hizo tu pecqoi. Mi mujer, a su vez, se ha quedado con ella para consolarla. ¿Te imaginas cuál es mi estado de ánimo?

Bathus, con su jarra de cerveza en la mano, sonrió brevemente para después cambiar su gesto: se percató de la seriedad del asunto en aquella sociedad campesina. Amil compuso una expresión conciliadora.

—En nombre de mi familia y en el de mi hijo, te ruego les lleves mis más sinceras disculpas a tu hija y a tu mujer —dijo ceremonioso.

Barallian se volvió y paseó su mirada por sus acompañantes, como si quisiera comprobar que no se equivocaba al encontrar escasas las disculpas recibidas. Después giró la cabeza y se dirigió, señalándole con el índice, a Amil.

—Últimamente, tú y tu familia os comportáis de una manera insultante. Hasta el momento erais gentes de bien, cumplidores de las normas. Ahora, por alguna extraña razón, os dedicáis a molestar a la comunidad. Siempre encontráis el modo: bien sea con vuestra negativa a pagar una justificada subida de arriendos, o agraviando a la hija de un propietario.

—No veo la relación entre ambos hechos —se encogió de hombros Amil—. Se trata de una coincidencia sin importancia.

—¿Tú crees? —Preguntó sardónico Barallian—. Varios miembros del Consejo no opinan así. De hecho, tienen planeado un castigo ejemplar para tu hijo cuando vuelva de la peregrinación, si es que tiene el valor suficiente para terminarla.

Amil se envaró. Bathus, serio, miró a Barallian entrecerrando los ojos.

—Digamos que será complementario a tu disciplina interna —continuó en un tono más amigable Barallian, después de percatarse de que Bathus le miraba—. En cualquier caso, ya tendrás noticias: el Consejo piensa llamarte a comparecer dentro de unos días.

Y, tras estas últimas palabras, se alejó, acompañado por su corte. Amil le vio marcharse, suspiró, y volvió la mirada a su hermano.

—Creo que nos va a venir bien que te quedes en casa a esperar a Rajín. Ahora, olvidémonos de este desagradable incidente y vayamos a comer algo.

Bathus clavó sus ojos, con la mirada más seria que pueda tener un qassai matsumoi, en Amil, que le respondió asintiendo; después, pasó su mirada a su cuñada Anna, que asintió seria también. Y, después, se unieron a la fiesta como otra familia más.

—Entonces, a divertirnos —concluyó Amil.

© José María Boto Bravo, (2.999 palabras) Créditos