Entre la Estepa Central de Matsumai, al sur, y las suaves elevaciones de los montes Spey, al norte, se extiende una lengua de tierra confinada por los ríos Sarrun y su afluente el Albant, a la que se conoce como el País de Karamai. Lo que la mayoría de sus habitantes ignora es que el nombre proviene de un dialecto ya olvidado, venido de lejanas tierras y tiempos con los primeros pobladores, y que significaba tierra afortunada. Sin duda, quienes le pusieron tan sonoro nombre no se equivocaron: era fértil y rica, de clima más suave que las regiones vecinas y naturaleza menos hostil con el ser humano. En Karamai no falta jamás el agua, ni sobra el calor en verano ni el frío en invierno. Pero tampoco falta el trabajo agotador.
Karamai, como el resto del continente y el propio planeta Aris, tiene dos estaciones diferenciadas: por analogía con las clásicas se las conoce como verano e invierno. El verano, como corresponde, es seco y caluroso; el invierno, lluvioso y de temperaturas notablemente más bajas. En Karamai, al contrario que en los países vecinos, la nieve y las heladas no suelen ser en invierno tan habituales. Ni el tremendo calor en verano. El régimen de lluvias, la humedad de las tierras, el paso de los dos Grandes ríos, y la cercanía de una cordillera, aseguran al país una protección contra sequías y frentes fríos.
El paisaje de Karamai lo forman frondosos bosques de argas y erdes en las orillas de los ríos; más hacia el interior, pero aprovechando aún la humedad constante, mimados cultivos de frutales. Viñedos y campos extensos de cereales ocupan la zona central del país, donde también se cría ganado: los bien aprovechados jures, animales parecidos a los bueyes terrestres; y peuls, híbrido de cabra terrestre y una especie de vaca enana autóctona. Las tierras duramente labradas proporcionan a sus habitantes una alimentación variada: frutas, hortalizas, pan y carne; los ríos, la necesaria agua, cangrejos gigantes, castores, y peces.
Las gentes de Karamai son laboriosas y altivas. Muy altivas. Desacostumbradamente arrogantes en Matsumai y en todo Aris. En el fondo no les falta razón: mantienen un bienestar conseguido a base de la sangre y el sufrimiento de sus antepasados que les distingue de los habitantes de países vecinos, donde, según su creencia, los hombres se dejaron llevar por la molicie. Para encontrar una explicación convincente habría que retrotraerse a los tiempos de la primera colonización, llevada a cabo por gentes arriesgadas que se establecieron definitivamente en el país exterminando a los terribles depredadores y al resto de la fauna que no les era propicia. Cuando lo consiguieron comenzaron a labrar sus tierras, importaron semillas, mantuvieron a raya a las bestias salvajes que provenían de países vecinos, y prosperaron, comenzando a crear el vergel actual. Aquella ardua tarea hizo que desarrollaran un orgullo de estirpe que se transmite de generación a generación, de modo inalterable, como si se hubiera grabado en su genética. Las canciones y poemas karamoi hablan siempre de los tiempos de los pioneros, gente temerosa de los dioses, buenos creyentes, hombres y mujeres recios que desafiaron al destino y crearon su propio paraíso. Al no contar con fuentes escritas de las gestas del pasado, son las únicas en las que se pueden basar para explicar su procedencia. Pero son preciosas, y tal vez ciertas. Verdaderas obras de arte, que cantan las mujeres karamoi al atardecer con sus bebés en brazos en el porche de sus casas y toda la familia arrobada alrededor. El padre, como manda la tradición, tañe un violón. Y mira al cielo con ojos lacrimosos, dando gracias a sus antepasados, contemplando a sus hijos como el futuro aún mejor por llegar. Y los niños, mirando a sus padres, a los fértiles campos, la abundancia y la civilización, comprenden que todo lo que les rodea es un legado del pasado que deben preservar y aumentar.
Los karamoi se consideran a sí mismos como los más afortunados de Matsumai, y tal vez no les falte tampoco razón. Trabajan de sol a sol, en jornadas extenuantes, pero disponen de lo mínimo indispensable para una vida decente: una casa digna y comida. Lo que no es poco en un planeta como Aris. El resto de los habitantes del continente les miran con envidia: los karamoi son más altos de estatura y de complexión más robusta, debido quizá a la buena alimentación y a unas condiciones de vida más salubres. Étnicamente son una amalgama de varias procedencias, sin que ninguna predomine del todo. Caminan siempre con la cabeza alta, limpios y razonablemente bien vestidos. Con su sola presencia, con una simple mirada, parecen querer insultar al resto. Al menos, eso es lo que opinan de ellos los demás.
Celosos de su intimidad y de su contrastada prosperidad, los karamoi apenas tienen relaciones con extraños, sólo las indispensables para el comercio y poco más. En el trato con los países vecinos suelen mostrarse distantes y herméticos, con unos modales tan exquisitos y pretenciosos que en ocasiones pasan por insultante grosería. Por supuesto, no admiten que ningún extranjero se instale en Karamai, sólo aquellos que son familiares venidos de otras tierras, y previa autorización del Consejo. Algo que, en algunas ocasiones, ha ocurrido. Los matrimonios mixtos entre karamoi y extranjeros, sin llegar a ser habituales, no son tampoco extraños, y suelen estar bien vistos. El extranjero que contraiga matrimonio con un karamoi para a ser desde ese mismo momento un miembro más de la comunidad, con todos los derechos y deberes. Al tratarse de una sociedad patriarcal, donde los bienes se heredan de padres a hijos, suele ser habitual el matrimonio entre mujeres extranjeras y hombres karamoi. En cualquier caso, a los recién llegados jamás se les recuerda su procedencia inicial: para toda la comunidad es como si hubieran nacido allí. Por todo ello, muchos hombres jóvenes de países vecinos cortejan —en la mayoría de los casos infructuosamente— a las mujeres karamoi. Los jóvenes karamoi en edad de casarse, si no encuentran novia a su gusto en el país, suelen recibir solicitudes de jóvenes extranjeras, casi siempre hijas de comerciantes que ven con buenos ojos su futuro en el seno de una sociedad próspera.
Aunque la sociedad karamoi, desde fuera, se percibe cerrada y homogénea, incluso endogámica, lo cierto es que no es así. Clasista, se divide en dos grupos marcadamente diferenciados: los propietarios de tierras y los que no lo son. Sobra explicar más. Pero, aunque existen las lógicas tensiones entre ambos grupos, acostumbran a alcanzar acuerdos mutuamente satisfactorios y acaban trabajando por el bien común. Las eventuales disputas, si no llegan a un pronto fin, terminan siendo solucionadas por el Consejo, cuyas decisiones son acatadas sin reservas por la totalidad de la población.
Desde el exterior, la sociedad karamoi parece una roca sin fisuras. Una sólida roca en la que apetece vivir.
En la lengua de Karamai, un dialecto del deformado terrestre estándar arisio, no existe el plural ni el singular, ni el género, para identificar a un karamoi: la propia palabra karamoi sirve tanto para un individuo masculino o femenino como para la totalidad de los habitantes del país. Sin entrar en valoraciones de índole lingüístico, es algo habitual en los dialectos de Matsumai y de todo Aris. Pero en Karamai se eleva, al menos a los ojos de un extranjero, a su máxima expresión.
Los karamoi son fervientes practicantes de la religión ortodoxo-panteísta, aunque no llegan a los límites de fanatismo de otros matsumoi. Pero, sin alcanzar esos niveles, son considerados buenos creyentes y practicantes. Nunca abandonan sus fetiches, ni la costumbre de rezar. Sus ceremonias se rigen por la más pura ortodoxia litúrgica, y son las más admiradas de todo Aris.
Karamai cuenta con tres poblaciones de importancia: Faneqa, Civan, y Lianya, desde donde se administra el país y se coordinan las exportaciones e importaciones. El resto de la población vive en pequeñas aldeas o en ranchos desperdigados en las extensas estepas, en casas de adobe, humildes y limpias, que, aunque a ellos les puedan parecer modestas e incluso incómodas, son consideradas por la mayoría de los habitantes de Matsumai casi como palacios.
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El primer día del segundo mes del verano comienza en todo el planeta, pues se trata de una festividad propia de la religión ortodoxo-panteísta, mayoritaria en Aris, la tradicional ceremonia de la peregrinación, que en cada región se lleva a cabo de manera diferente, adaptándose a las peculiaridades autóctonas. Esta es una ceremonia de carácter obligatorio para todos los jóvenes masculinos de diecinueve años, los pecqoi, y tiene por fin último que los jóvenes encuentren su camino en la vida guiados por los dioses. Las chicas, mientras tanto, se dedican a evaluar, siempre bajo la supuesta tutela de los dioses, a sus pretendientes. Seleccionan a varios, esperan a que terminen el rito, y después, si hay mutuo acuerdo, se dejan cortejar. Al fin, tras unos cuantos años de noviazgo y conocimiento con sus escogidos, que no excluye las prácticas sexuales, eligen a uno. Cabe destacar que los pecqoi de algunas regiones de Aris, cuando comienzan la peregrinación —si es que la comienzan—, están ya casados y son padres de varios hijos. No se conocen casos así en Karamai, donde se considera que un pecqoi casado y padre no llegará nunca a ser un hombre de provecho. Por supuesto, desprecian a aquellos malos creyentes extranjeros con costumbres tan bárbaras.
En Karamai se estableció, nadie sabe cuándo, que el rito comenzase con una serie de abluciones y rezos comunes —el bautismo— en la confluencia de los ríos Sarrun y Albant, la frontera meridional del país. Después, los jóvenes son separados entre sí para, en solitario, comenzar una peregrinación que les debe llevar hasta los montes Spey, la cordillera chata que supone la frontera natural al norte. Una peregrinación dura, que significa cruzar en su totalidad el país de sur a norte, y que deben realizar con la túnica ceremonial y las chanclas de fibra de madera como único vestido y calzado, y sin llevar más equipaje que sus fetiches, los penachos votivos de colores, su puñal, y una cantimplora de agua del río santificada. Los jóvenes deben confiar en sus propias habilidades, y en última instancia en la caridad de sus vecinos, para terminar satisfactoriamente el rito. Una vez en las estribaciones de los montes Spey, deben ascender hasta el pico del Azor Azul, frontera septentrional de Karamai, y clavar en su cima sus penachos de cintas de colores. Junto a ellos permanecen rezando dos días con sus dos noches, en ayuno obligatorio, para después descender, retomar el camino de sus casas, y regresar triunfantes al hogar, exhaustos y como nuevos hombres, entre el alborozo de sus familias.
La llegada de los hijos es motivo de las más célebres fiestas de cada casa, y las familias compiten entre sí por hacer la más sonada y con mayor número de invitados. No falta la mejor comida, ni el mejor vino, ni la música y los fuegos artificiales. Sin embargo, algunos pecqoi jamás regresan. Se considera que los dioses les han acogido en su seno de manera temprana, o que les han indicado un camino distinto, y los padres cuelgan, con orgullo, cintas votivas idénticas a las que llevaron sus hijos en la peregrinación sobre el dintel de la puerta principal de sus casas. Siempre esperan que vuelvan. Si, al cabo de unos años, no lo hacen, rezan humildemente a sus dioses en agradecimiento por haberles guiado a una vida mejor. Y toda la gente, cuando pasa frente a sus casas, se toca sus fetiches y murmura las plegarias debidas: el conocido salmo Esa familia es gente de honor, que los dioses les protejan.
Ni que decir tiene que la ceremonia del bautismo es uno de los días más señalados en la sociedad karamoi, y se preparan fastuosas fiestas comunes en las praderas que se extienden en la confluencia de los dos ríos. En los días previos, el aire de Karamai parece tenso, vibrante. Las familias con hijos participantes reciben familiares venidos de lejos, que son agasajados con lo mejor de cada casa; el Consejo prepara la ceremonia del bautismo, haciendo trabajar sin descanso a los cocineros, y ultima los preparativos logísticos; los pecqoi, festivos y orgullosos, salen a jugar al campo o al río con sus amigos por última vez. Fanfarronean con los más pequeños, que son objeto de bromas, se pegan entre ellos, se desafían en competiciones atléticas, se sienten el centro del mundo. Aprovechan los últimos estertores de la infancia para divertirse jugando. Ya no volverán a hacerlo jamás.