—Quince minutos —Lucio lo intentó por última vez—. Si nos dispersamos no podrá alcanzar a todos.

—¿Los has estudiado bien? Los destructores no aguantarán ni una salva de honores, nosotros tal vez dos, los cargueros sin escudo están indefensos y con él tardarían horas en llegar a la zona de inmersión.

—Era una sugerencia.

—Ya —En su versión cobarde el augur resultaba menos aburrido.

El acorazado era poco más que una esfera hueca sujeta por vigas radiales, que subían desde la coraza del núcleo hasta el casco y algunas plataformas con barandillas donde se amontonaba la tripulación.

—Zenón, ¿cómo están los nodos?

—Reparados, y los acumuladores SD a plena carga.

Otra vez el mismo dilema, morir escondidos tras el escudo o caer matando, más bien intentando matar.

Todos se volvieron hacia mí, esperando un milagro. Eran lo que quedaba del convoy, de mi flota, de mis hombres. Se merecían volver a casa, se merecían un milagro.

Busqué a Helena, su rostro envuelto en la armadura negra no pudo decirme nada, me hubiese gustado verlo una vez más. El de Máximo me importaba muy poco, pero las órdenes eran para él.

—Avisa al Escipión, abandonamos el buque —dije con toda la calma que pude reunir.

—Almirante —replicó—, el Escipión está aún peor que nosotros.

—Lo sé.

Me observó durante treinta segundos muy largos y comprendió. Quien sabe, después de todo podíamos haber llegado a ser buenos camaradas de armas, con tiempo incluso amigos.

Le ofrecí la mano, la estrechó con su puño enguantado, después se cuadró y saludó.

—Orden de evacuación inmediata.

Su voz sonó tétrica y distante por todos los canales de comunicación.

La sirena comenzó a sonar y Cornelia y sus hombres entraron en acción, tenían algo que hacer y lo hicieron con precisión y eficacia, sin preguntas, en un silencio roto por las carreras y los gritos del ingeniero jefe al ser arrancado de su refugio en lo más profundo del Eneas. En diez minutos todo el personal flotaba en el hemisferio opuesto al vector de ataque de la espiral, rodeados de legionarios que acoplaron sus trajes para formar un remedo de bote salvavidas.

Todos menos Helena, Cornelia, un par de sus hombres y yo.

—¿Qué se supone que vas a hacer? ¡No creas que vas a volver a abandonarme! —fue un grito de miedo, reproche y amor.

Sonreí apenado, invisible tras mi máscara, amaba a aquella mujer, la amaba más que a ninguna otra persona de mi vida. Reconocerlo fue el empuje final que necesitaba.

—Ocho minutos para distancia de fuego.

Ocho minutos no daban para despedidas apasionadas. Alcé una mano y aguardé sin decir nada mientras Cornelia y sus hombres se la llevaban entre gritos, pataleos.

Un capitán se hunde con su barco.

El Escipión se acercó a la zona y se tragó a los náufragos, yo cerré todos los canales de comunicación y ordené al Eneas que se alejara en busca de su último enemigo.

Desvié toda la materia restante, incluido el blindaje del núcleo, al casco, reforzando especialmente los nodos SD. El interior quedó reducido a unas cuantas crucetas y la plataforma del puente con el reactor de aniquilación, sin su carcasa protectora, brillando en el centro como una pequeña estrella rodeada del cinturón de sincrotrones resonantes. El corazón de toda nuestra tecnología bélica, las máquinas que jugaban con la estructura del universo para generar escudos, burbujas de inmersión y brutales haces de partículas.

El de mayor potencia jamás construido para una nave de guerra.

Había jugado con la idea desde que leí el informe del ingeniero jefe, no era para ponerla en práctica, el pobre Zenón habría enloquecido sólo de pensar en ella y la CC, confirmaba con el noventa y nueve coma novecientos noventa y nueve por ciento de certeza, que lo que me proponía era un disparate. Ese cero coma cero, cero uno y la confianza del capitán que conoce bien su barco eran suficientes para mí. El Eneas no me había fallado en todo el viaje y no iba a hacerlo en el momento decisivo. Era una certeza más allá de cualquier cálculo matemático y como os he dicho mi intuición nunca falla.

La espiral vio mi movimiento y se detuvo, la muy puta no tenía prisa, sus sensores tantearon al acorazado cerciorándose de su ventaja. No opuse contramedidas, la dejé que confirmara el desastre, que confiara en su poder, en su indudable capacidad para mandarnos a todos al carajo.

—Tres minutos para distancia de fuego eficaz.

Su casco llenó la pantalla con la protuberancia en forma de espiral que lo recorría de un polo a otro dándole su original nombre, bien visible. Una serpiente cósmica enroscada y dispuesta a morder.

—Un minuto para distancia de fuego.

¿Sabes lo que me jode? Morir sin llegar a verlos, sin poder gritarles a la cara lo que pienso de ellos. Por lo que hicieron en Domus, por estos treinta años de guerra sin sentido.

Y sobre todo lamento no poder llegar a verte.

Ella está quieta, me espera, es el momento de atacar.

* * *

Si has llegado hasta aquí entiendo que mi plan funcionó o que al menos el mensaje que le envié a Helena alcanzó su destino y encontraron la manera de escapar.

Me alegro. Sobra decir que habría preferido contártelo en persona, volver a Roma, abrazar a tu madre y verte crecer, a cambio te dejo esta especie de diario.

Lo comencé cuando me enteré de tu embrionaria existencia, hay mucho tiempo muerto mientras se navega en inmersión, pensé en comenzarlo un poco más atrás, hablarte de tus abuelos, de la historia de tu familia que no está en los documentos de oficiales, al final decidí que el tiempo muerto no daba para tanto y que nada refleja mejor lo que ha sido un hombre que sus últimos momentos.

Es una lástima que mi premonición se cumpliera, que le vamos a hacer, soy así de listo, siempre se cumplen. Habrá que esperar hasta que nos reunamos en el paraíso de los héroes. Eso sí, no tengas prisa por venir.

* * *

La transmisión se recibió unos segundos antes de que todo acabara por un canal cifrado que mi padre había habilitado para ellos dos. Incluía un mensaje privado que Helena jamás me ha contado y esta especie de diario póstumo dedicado a mí. No tengo muy claro cómo supo con tanta certeza que ella estaba embarazada, no constaba en el registro biomédico, supongo que el viejo sátiro que se aprovechó de la inocencia de una jovencita obnubilada, lo manipuló.

Mi madre dice que la noticia no le supuso sorpresa, que fue ella quien le sedujo y que no ha habido ni habrá otro hombre como él. Después de leer estas notas y comprobar en carne propia el alcance de la inocencia de mi progenitora comienzo a estar de acuerdo con su versión.

Es lo de menos.

Hoy he cumplido dieciséis, el día en que visto la toga viril, la fecha fijada por mi padre para entregarme su herencia y os lo he contado a mi manera, que tampoco mejora mucho la del viejo. Es mejor la película oficial, tiene ritmo y rebosa escenas de acción donde hasta el último hombre cumple con su deber sin dudas, ironías, salidas de tono, bromas idiotas o cobardía. Ya es antigua y aún la repiten una y otra vez por todos los canales de Rv estatales como la demostración de que un pequeño grupo de hombres decididos puede enfrentarse con éxito a cualquiera, la prueba de que pase lo que pase, Roma resistirá.

Mi madre reniega cada vez que la ve y nunca pasa de la mitad, a mi me parece entretenida y puedo entender la necesidad de mantener alta la moral de un pueblo que lleva dieciséis años mirando a las estrellas con miedo. No cuenta nada del descenso a Domus, de la realidad que nos espera en caso de derrota y por supuesto Héctor acapara los momentos iniciales, es el gran líder visionario y el almirante, el fiel servidor del estado que reconoce su pecado de orgullo antes de ser liberado del ostracismo. La escena donde se reconcilian deja muy clara la superioridad moral del dictador y su generosidad en el perdón.

Al menos el final es el real, captado en su integridad desde las cámaras del Escipión. Lo he visto muchas veces, la espiral girando furiosa, disparando todas sus baterías contra los restos del acorazado que la embiste aguantando el chaparrón de fuego. Nadie se espera el último asalto, la cometida final del Eneas, acortando de golpe la distancia que le separa del enemigo, dejando jirones de piel en cada metro, buscando el punto exacto.

Es increíble que su blindaje aguantara y más increíble aún lo que sucedió a continuación.

La espiral enemiga, convencida de que se trata de un ataque suicida deja de disparar y alza el escudo, aceptando un choque que terminará sin más esfuerzos con la ruinosa nave que le amenaza y entonces, los nodos SD del Eneas comienzan a brillar, acumulan carga y generan la burbuja de inmersión. Una burbuja que se hincha como un globo de oscuridad y crece hasta mas allá de lo posible, tragándose a la espiral y arrastrándola hasta algún lugar del infinito.

Desde el Escipión asisten anonadados a la victoria y una panorámica del espacio libre de enemigos da pie al momento en que todos, firmes, con rostros encendidos y emocionados, saludan rindiendo el último homenaje al jefe caído antes de reemprender el camino a casa.

Es un final muy logrado donde a duras penas se contienen las lágrimas. En la película, digo, en este relato...

Comenzando por Zenón Montefatto, todos nuestros teóricos aseguran que no se puede mantener estable una Sánchez-Dikoudis de ese calibre, que las dos naves nunca llegaron a emerger y fueron engullidas por el gigaverso.

También decían que es imposible generarla, aunque especulan con peculiares fenómenos de resonancia provocados por la entrada en fase de la burbuja del Eneas con el escudo de la espiral. Un fenómeno tan peculiar que cada vez que ha intentado reproducirse termina en una estallido de energía radiante.

Lo demás es historia, una vez reparados los daños, el resto del viaje a través de las miles de variantes de la zona ancha, transcurrió sin incidencias. En el foco alfa, les esperaban nuestras patrullas. Héctor los recibió con todos los honores, convocó una reunión extraordinaria del senado y dirigió un mensaje al pueblo.

¡Nunca más otra derrota! ¡Nunca más otro exilio!

Un gran discurso que logró calmar al pueblo y contener el pánico, luego puso a todo el mundo a trabajar de sol a sol para evitar que con el exceso de tiempo libre volviesen los malos pensamientos. Según nos contó un senador amigo, también organizó en secreto un plan de evacuación.

Casi dos décadas después se mantiene en el cargo y bajo su férrea mano estamos a punto de reconstruir una flota mayor que la que perdimos.

El Enemigo sigue sin dar señales de vida y una vez más nuestros científicos son incapaces de pronosticar nada que merezca la pena tener en cuenta. Física aberrante, ya se sabe.

Y mi padre tiene su monumento en el foro y su leyenda, son muchos los que creen que el Eneas emergió en el universo remoto, venció a la espiral y continúa surcando el espacio al mando del invencible almirante Julio Malasaña para regresar el día en que el Enemigo llegue a las puertas de Roma.

© Jacinto Muñoz Vivas
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