—¡Nadie más se da cuenta! No tenemos ninguna posibilidad contra diez mil grupos de combate. Obligarnos a ir a Domus es enviarnos a todos a la muerte.

«¿Cosas de la guerra, querido Zenón?» No se lo dije, ni le dediqué más atención.

—¿Helena, que decías antes de inmersiones largas?

Estaba enfrascada en sus ecuaciones y tardó en responder, por primera vez con dudas.

—Es sólo una hipótesis.

—Todas son bienvenidas.

—Si... —le costó decirlo con todas las letras, aún en condicional— Si el Enemigo ha aniquilado nuestra flota, es de suponer que su siguiente objetivo será Roma.

La animé a continuar.

—Una suposición razonable.

—No sabemos hasta que punto han avanzado en esa dirección, no hay constancia de ningún avance enemigo más allá de unos pocos encuentros casuales. Todo indica que sigue siendo un secreto bien guardado. Sin más referencias que el punto de partida el único sistema para trazar la ruta es llevar a cabo inmersiones al azar que establezcan intervalos seguros. Dependiendo de los medios que dediquen, puede llevarles años.

—Eso ya lo sabemos ¿y qué? —Lucio se impacientaba, su intervención sólo consiguió avivar a Helena.

—Que hasta que no encuentren otras referencias la profundidad de sus inmersiones será aleatoria, y por lo visto hasta ahora esas pruebas les están llevando hasta mas allá de Beta.

—Eso no tiene ningún fundamento —la réplica del augur fue más por reivindicarse que por convencimiento.

—O sea que según tú —intervine para cortar otra estúpida discusión—, Beta, este intervalo y el anterior, son seguros.

—Sí.

Me gustó su teoría, descartaba la suerte como explicación a la placidez de la última parte del viaje y abría una salida al dilema que rondaba por mi cabeza.

—Es inútil preguntar por el tiempo que durará esa seguridad.

—Sí —Una respuesta tajante.

—Confiemos en que dure lo suficiente. ¿Has terminado los cálculos que te pedí?

La pregunta provocó que Máximo Sanmartín se uniera a las suspicacias de Lucio ¿Qué secretitos se traían entre manos el Viejo y la insoportable navegante? Si ellos supieran. De no estar tan centrados en sus egos, hasta el mas tonto se habría dado cuenta. Creo que Atia y Cornelia lo sabían desde el principio. Las mujeres trabajan con otro nivel de percepción en esos temas.

Helena proyectó una imagen del sistema Domus Prima salpicado de líneas entrecruzadas y cuatro zonas coloreadas en azul.

—Ésta es la situación estimada de las terminales de Domus, su posición varía entre uno coma cinco y dos unidades astronómicas desde la órbita de Limes dependiendo de las perturbaciones gravitatorias. Son las únicas zonas seguras más cercanas para emerger. —Era uno de sus pocos defectos, contar, con excesos didácticos, lo que todo el mundo sabía—. Lo normal es que estén vigiladas —ahí Zenón volvió a inquietarse y cambió de postura en su asiento—, entrar por cualquiera de ellas sería un suicidio.

Lucio entendiendo que navegación se entrometía en la cuestiones tácticas, garabateó algunas órdenes en su lámina y se estiró, en espera de su oportunidad.

—La única opción de entrar sin ser vistos es acercarnos a la órbita de Magno.

Magno, además de una muestra de ingenio a la hora de bautizar cuerpos celestes, era el cuarto planeta del sistema, un gigante gaseoso que se movía a cinco UA de la estrella en su trayectoria mas alejada.

El augur entendió que era su momento.

—Me ha parecido oír que las terminales son las únicas zonas seguras.

—Son las zonas seguras más cercanas. No las únicas.

—O sea que cuanto mas lejos, menos perturbaciones gravitatorias y mas fiabilidad.

—Sí.

—Y al contrario, cuanto mas cerca de Magno, peor.

—Es evidente —Helena no era tonta y la estrategia del augur muy previsible.

—¿Cuánto peor?

—Un noventa por ciento de salir rebotados.

—Perdone, almirante —Lucio buscó mi aprobación ante la barbaridad que terminaba de oír— ¿No pensará llevarnos allí con ese margen?

—No con ese margen, no.

Sonrió satisfecho.

—Y entiendo que ella tampoco —añadí cortando cualquier comentario.

Helena aprovechó para terminar su exposición.

—Conociendo la situación de cada uno de los planetas, con tiempo suficiente y la potencia de cálculo combinada de todas las CC de la nave, incluida la sibila, puedo ajustar las ecuaciones hasta lograr un treinta por ciento.

—¿Cómo has dicho? —exclamó el augur.

—¡Qué, qué, qué! —gritó Zenón.

—Un treinta por ciento.

La sonrisa contenida de Lucio augur era de victoria cuando planteó su alternativa.

—La sibila recomienda emerger en un punto lejano, ver lo que hay y decidir entonces —después de dos meses a mis órdenes, seguía sin captar lo que me importaban las sugerencias de su sibila.

Lo siento, decía la mirada de Helena, no he podido llegar a más.

Yo tenía la solución para consolarla.

—Comprendo que es muy complicado meter treinta y un buques de un golpe en las cercanías de Magno ¿y sólo el Eneas?

Zenón salto de su silla.

—¿De qué está hablando? ¡Ni veinte ni una! Nunca se ha intentado algo así porque es imposible! ¿No lo ve? Nos va a matar a todos.

—¡Siéntate Zenón! — Mascullé.

—¡Por los dioses, almirante! es...

Máximo le agarró del uniforme y le sentó de un golpe. Sólo le faltó abofetearle. El ingeniero cerró la boca.

Helena ya estaba trabajando con la CC.

—Una primera estimación nos acerca al sesenta, como en el microsalto.

—Ya gastamos nuestra carambola —Lucio no se rendía—. No ganaremos la misma apuesta dos veces.

—En cada paso de esta misión nos la estamos jugando, Lucio, sesenta es una buena cifra.

—¿Y el convoy? —terció Máximo.

—El convoy retrocederá hasta Beta y esperará allí —El punto donde todas las variantes confluían era la única forma de garantizar que volveríamos a encontrarnos—. Tú te quedarás al mando.

El mando le tentaba, quedarse fuera de juego no. La decisión estaba tomada y negarse no era una alternativa.

—Ese es el plan —concluí.

—Supongamos que funciona —fue la última intentona de Lucio—. ¿Han pensado en cómo saldremos de allí?

—Buena pregunta —dije—.Vete buscando una buena respuesta.

* * *

—Máximo, espera un momento, por favor.

La reunión había terminado con el reparto de órdenes, los demás ya estaban fuera y él se dirigía a informar a los capitanes y a disponer su traslado al Escipión.

Le indiqué un asiento vacío.

—Siéntate, hay tiempo para una pequeña charla.

«¿Más secretos?» Preguntó en silencio antes de sentarse observándome entre la expectación y la desconfianza.

—Tranquilo, iré directo al grano —no era de los que dedican mucho tiempo a las despedidas ni a la fraseología inútil—. Ya has oído a Helena, encontrar el camino a Roma puede llevarles años. Roma necesitará todo ese tiempo y más para recuperarse y resistir. La ruta debe seguir siendo un secreto, todo lo demás es secundario, incluidos nosotros. No podemos correr ningún riesgo por absurdo que parezca.

Le di unos segundos para pensar, necesitaba que tuviese muy claro lo que iba a pedirle.

—Ya estamos corriendo riesgos, toda la misión es un riesgo.

—Me refiero a revelar al Enemigo cualquier dato, cualquier indicio que les permita saber que van en la dirección correcta.

—¿Revelar al enemigo? ¿Quién? ¿Cómo? —preguntó.

No eran los espías lo que me preocupaba.

—En esta guerra la falta de información ha sido siempre nuestro punto débil. Por eso me opuse a Héctor hace años y por eso acepté esta misión. Treinta años después, estamos como al principio, ignoramos sus causas, quiénes nos atacan y de qué son capaces. Por lo que sabemos lo mismo pueden rastrear una nave hasta Roma que descifrar o leer la información de nuestras computadoras cognitivas.

—Es físicamente imposible rastrear mas allá de una inmersión, tampoco es posible romper un encriptado cuántico.

—¿Y construir un flota de diez mil grupos de combate en dos meses?

Comenzó a comprender.

—Ningún riesgo por absurdo que parezca —repetí—, quiero que programes un sistema de autodestrucción en todas las naves.

No éramos amigos, el odio recalentado durante años no se disipa en dos meses de campaña, pero cuando se fue, supe que cumpliría con su deber.

* * *

Helena volvió a lograrlo, una maniobra que pasaría a los manuales de navegación de la Armada. El Eneas emergió al lado de Magno, soportó turbulencias gravitatorias que habrían despedazado a cualquier otra nave y corrió a ocultarse en su espesa atmósfera.

Una maniobra arriesgada e innecesaria.

Lucio me lo hizo saber con una mueca torcida cuando informó de los resultados recogidos por los sensores y confirmados por un par de sondas enviadas mas allá de la capa de gases.

—Nada, almirante. El sistema está muerto —Insistió.

No sabía hasta que punto era verdad.

Ni flota enemiga ni propia. Ni patrullas de vigilancia, ni estaciones orbitales, ni factorías planetarias, ni señales de radio, ni restos de civilización. Nada.

—¿Estamos en el lugar correcto?

—Con absoluta certeza, esto es Magno y aquí está Domus Prima.

Helena amplió la imagen del telescopio enfocado sobre el planeta.

El espacio es un erial y la vida una increíble casualidad. Fue una de las grandes sorpresas que nos llevamos cuando comenzamos a explorar las estrellas. Encontramos carbono, incluso formando moléculas complejas, pero la combinación final, la chispa que trasformaba largas cadenas de átomos en mecanismos capaces de reproducirse y adaptarse parecía ser exclusiva de la Tierra. Roma, el lugar que convertimos en nuestra casa tras cientos de inmersiones al azar y siglos de esfuerzos, era poco más que una roca del tamaño adecuado, en la órbita adecuada, con un satélite semejante a la Luna y una geología estable. Trabajamos, prosperamos, crecimos y decidimos seguir buscando, no podíamos aceptar la idea de que entre tantos miles de millones de mundos, la autoconciencia fuese un milagro exclusivo del Sistema Solar.

Y de repente, un día descubrimos el edén.

Los datos iniciales fueron tan asombrosos que enviamos dos sondas más a verificarlos y algunos no se convencieron hasta la primera expedición tripulada. Un planeta azul y una luna blanca, una copia de la Tierra con océanos y continentes rebosantes de vida de carbono.

La inteligencia seguía siendo don exclusivo del hombre, ninguna de las especies halladas en Domus podía ser equiparada con él, esto nos permitió comenzar la colonización de inmediato sin trabas morales. Un mundo virgen listo para habitar con poco más que analizar los riesgos biológicos.

En veinte años Domus era un sistema casi tan próspero como Roma. A los veintidós, se desveló el segundo misterio, no éramos los únicos seres racionales en el universo, una patrulla comprobó en carne propia lo hija de puta que la inteligencia superior puede llegar a ser, y eso que contábamos con una larga experiencia de tal cualidad entre los humanos.

A los cincuenta y cinco, Domus Prima era una bola humeante.

No perdí el tiempo en lamentaciones, si no había nadie, mejor. Abandonamos el escondrijo y nos dirigimos al planeta.

—Los sensores no obtienen nada fiable, almirante, demasiadas interferencias, eso de ahí abajo es un horno radiactivo.

—Tendremos que bajar.

—¿Bajar? —se extrañó Lucio.

—Sí, bajar. Una sección de la legión puede acompañarme, dile a Cornelia que se prepare.

—¿Piensa bajar en persona?

—¿Por qué no? —respondí quitándole importancia.

—Perdone, almirante. No me parece apropiado que el oficial al mando encabece una misión de este tipo.

—Ahí no hay otro peligro que la radiación, los trajes nos protegerán sin problemas.

—Eso no lo sabemos —¿Lucio se preocupaba por mi salud?— Tampoco creo que sea necesario arriesgar hombres en una tarea que pueden realizar las sondas robot.

—También enviaremos sondas, es un planeta muy grande, yo iré a la capital.

—Insisto, no veo necesario.

—Está decidido. Avisa a Cornelia.

Lucio obedeció reacio, los legionarios exultantes. Su entusiasmo terminó de disipar mis dudas.

—Dispuestos y a la orden, almirante, todos mis hombres están listos.

—Cincuenta serán suficientes.

—Almirante —suplicó Cornelia— todos son voluntarios. Déjelos bajar, llevan mucho tiempo encerrados aquí.

—He dicho cincuenta, elígelos tú o échalo a suertes.

Cortó la comunicación con un gruñido.

—¿Dónde crees que vas? —Helena se presentó en el hangar con un tono que no tenía mucho que ver con el respeto debido a su oficial en jefe—. ¿Estás tan loco como para pensar que tus ojos ven mejor que una cámara de alta resolución? ¿Hasta dónde vas a llevar tus paranoias con las CC?

Demasiado cerca de la verdad y de una riña de pareja. Lucio, Cornelia y todos los legionarios se dieron cuenta.

No podía permitirlo.

—¡Comandante Tsartaris! —rugí— Esta decisión no compete a su departamento y por lo que sé aún estoy al mando de esta nave.

Se paró en seco, se cuadró, saludó y me clavó un mirada asesina. Yo respiré hondo y activé el modo de combate del traje para ocultar mi rostro tras el casco.

—¿Cornelia?

—A la orden, Almirante —gritó.

Los cincuenta hombres embutidos en armaduras dieron un paso al frente.

—En marcha.

Fila a fila los legionarios fueron absorbidos por el casco y arrojados al vacío. Lucio nos despidió en silencio, Helena ya no estaba.

Enlazamos los trajes formando una cuña y picamos hacía la oscuridad de un mundo espeluznante.

Las memorias de la guerra en la Tierra, hablan de inviernos nucleares, cielos grises, noches eternas y continentes devastados. El viejo planeta sufrió un cataclismo sin igual en su historia, pero ambos bandos mantuvieron un resto de cordura, la certeza de que el vencedor tendría que seguir viviendo sobre los restos de su victoria. Domus no se levantaría de aquellas cenizas. Toda vida, todo signo de civilización había sido sistemáticamente eliminado, derretido, volatilizado, como si un gigantesco arado de plasma hubiese recorrido su superficie de punta a punta, sin dejar un sólo centímetro sano. No, Domus no se levantaría de aquellas cenizas y yo quise saber por qué, mirar a la cara a los causantes y arrancarles la respuesta a puñetazos.

Buscamos la capital en silencio, acompañados por el ruido de la estática que invadía todas las frecuencias de la radio, siguiendo a las sondas que abrían el camino. Mas de dos horas recorriendo la costa del continente principal hasta llegar a la bahía, el signo mas claro entre tanta destrucción para localizar su emplazamiento. Ni la forma ni el tamaño de los montes que la rodearon tenía nada que ver con el antiguo paisaje, el actual era resultado de una mano ciclópea que lo hubiese aplastado y amasado.

—¿Seguro que es aquí? —la pregunta de Cornelia me llegó entre chasquidos.

—Es lo más parecido que tenemos —respondí—. Habrá que asegurarse, desplegaos y buscad.

—¿Qué?

—Cualquier cosa que recuerde que aquí hubo una ciudad humana. El refugio que se construyó bajo el palacio del gobernador fue diseñado para resistir durante años, si el reactor aún funciona podremos detectar sus emisiones.

—¡A la orden, Jefe! —Ni siquiera aquel infierno podía socavar la alegría de estar fuera de la nave, en una misión de verdad—. Ya habéis oído panda de vagos, a buscar y que nadie se haga el listo, si veis algo sospechoso, avisad antes de tocarlo.

Marcó un perímetro más o menos al azar y el pelotón se desplegó con la precisión de muchos años de entrenamiento. Yo me detuve en mitad de la nada, a dos metros del suelo y esperé ¿Qué? Helena tenía razón en lo de mis paranoias, el descenso al planeta era una fantasía, la fantasía de que mis sentidos humanos percibirían mas allá del umbral al que llegaba la tecnología. ¿Percibir qué? ¿las almas de miles de muertos gritando en el hades? Ridículo, hacía falta una legión de expertos y meses de excavar y filtrar con analizadores moleculares, para encontrar un mínimo indicio de que allí se había alzado una joven y bulliciosa urbe.

Cerré los ojos y el cielo estalló sobre mi cabeza.

Todo se ralentizó, la realidad se convirtió en imágenes sueltas que llegaban sin ilación a mi cerebro, el golpe contra el suelo, el polvo cubriéndome, el mundo girando, dos legionarios que me sujetaban y la voz de Cornelia entre la estática.

—¿Qué mierda...?

—La sonda al... des... ido la sonda.

—Todo el... a cubierto... en ve algo?

—¿Qué coño es eso?

Eran dos pequeñas esferas negras, apenas visibles entre el humo, flotando a unos treinta metros de altura y desplazándose con lentitud. Se detuvieron sobre nosotros y comenzaron a girar sobre el eje horizontal. Husmeando.

—¡Salgamos de aquí! ¡Ahora! —grité.

© Jacinto Muñoz Vivas
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