—Diez, nueve, ocho...,
Ambas falanges acometieron a toda velocidad.
—¡Fuego!
Cien mil bocas entraron en acción, cien mil invisibles chorros de energía cruzando el espacio vacío, cien mil haces de partículas colisionando en mitad de la nada, convirtiendo materia en energía y energía en materia, un caldo primigenio que ningún físico habría sabido explicar con propiedad. A la vista un globo de luz y oscuridad, alimentado con todo lo que cada bando era capaz de poner en juego.
El primero que flaqueara estaba listo.
La marcha guerrera bajó hasta convertirse en música de fondo y a su ritmo, golpe a golpe, la balanza se inclinó de nuestro lado.
—¡Ahora verán esos malnacidos! —gritó Atia entusiasmada.
Su formación cedió y los nuestros cargaron.
La música bramó de nuevo y comenzó la fiesta.
Golpea primero, hazlo bien y podrás repetir una segunda vez y una tercera.
Diezmadas y desorganizadas las piezas enemigas no pudieron evitar nuestra maniobra. Los escorpiones más ligeros y rápidos buscaron su espalda, los arietes, atacaron de frente.
Si la primera parte de una batalla tradicional es un pulso de pura fuerza, la segunda es una pelea de legionarios borrachos, donde los trucos más sucios son los que valen. Imaginé a Cornelia envidiando a los cilindros grises que guiñaban y saltaban buscando al enemigo, unos verdaderos hijos de puta cuyo único propósito consistía en disparar contra todo lo que no emitiera la identificación correcta o si haciéndolo se cruzaba en un mal momento en su línea de tiro. No conviene fiarse de nadie que apunte en tu dirección, aunque se anuncie con una ristra de código cifrado cantando que es tu amigo. A fin de cuentas los arietes y los escorpiones sólo son máquinas sin conciencia, por mucho que el rostro de Atia se contrajera ante cada dígito que sumaba una baja en el monitor táctico. Dos por una para nosotros, tres por una, poco después.
En superioridad, los nuestros formaban grupos compactos que golpeaban con precisión los núcleos de resistencia enemiga.
Una vez que comienzas a rodar cuesta abajo, si nadie te para, ruedas hasta el final.
Diez minutos después todo terminó.
Dos mil piezas enemigas lograron huir, treinta mil romanas quedaron dueñas del campo, poco más de un tercio de bajas, que se jodieran Lucio, sus sibilas y sus vaticinios.
Busqué a Atia señalando con el pulgar hacia arriba, ella respondió con gesto casi despectivo, como si llevase toda la vida de aplastante victoria en aplastante victoria.
* * *
No hubo lugar para celebraciones.
—La flota enemiga se mueve —era Lucio ¿quién si no?
—¿Hacia dónde? —pregunté paciente, imaginando la respuesta.
Los veinte destructores y la espiral venían en nuestra dirección a todo trapo.
Contando a ojo les aventajábamos en dieciséis mil bocas de fuego.
Nunca habían destacado por su cobardía. Tampoco por su afán suicida.
—Diez minutos para distancia de...
—¿Qué opinas, Máximo?
—¿Morir matando?
—No suelen hacerlo sin devolver lo que reciben —repliqué.
—Cinco minutos para distancia de fuego.
—Están acelerando, no van a frenar —dijo Helena.
—¿Los cargueros?
Los transportes aguardaban un poco más atrás con el escudo activado y aunque lograran cruzar nuestras líneas no tendrían tiempo de destruir ninguno antes de que acudiéramos en su ayuda.
—No —dije— van pasar a la distancia justa, largaran una andanada y huirán.
Helena lo confirmó.
—Se desvían.
—Dos minutos para distancia.
—Acumuladores SD.
—¡Zenón, cállate! Atia, quiero a esa espiral, olvídate de lo demás y concentra todo sobre ella.
—Almirante, la sibila recomienda alzar el escudo, la probabilidad de daños masivos sobre el acorazado es de.
Lucio, siempre Lucio.
—Alerta uno —le corté—, vacía todas las secciones exteriores y refuerza el casco, preparados para impacto directo. ¿Lista Atia?
—Del todo, almirante.
—Treinta segundos para distancia de fuego, veintinueve, veintiocho,.
Silencio tenso, trajes en modo de combate y luces atenuadas.
—¡Fuego!
Los hijos de mala madre tuvieron la misma idea. Ya lo había dicho: «devuelven lo que reciben». El ochenta por ciento de sus disparos se concentraron en el Eneas.
—Impactos en...
Todas las alarmas saltaron a la vez y las marcas de daño dibujaron una brecha vertical que amenazaba con partirnos como un melón.
Los compensadores inerciales fluctuaron, la vibración se trasmitió por la estructura sacudiendo el puente, las imágenes comenzaron a ondular, la realidad virtual falló y los monitores desaparecieron uno tras otro dejando el centro de mando reducido a una simple habitación de paredes verdes.
Los sistemas del traje tomaron el control.
La mitad de la dotación del puente por el suelo. La otra mitad se aferró a las barras de seguridad como si les fuera la vida en ello.
—Impacto en blindaje interior.
Malo, muy malo, si el núcleo central de la nave cedía...
Se acabó.
El Eneas había recibido durante dos minutos el fuego directo de cuarenta mil bocas de gran calibre y seguía entero y funcionando. Buena máquina.
Ellos no podían decir lo mismo, los veinte destructores continuaron la huida, intactos, una mitad de la espiral había desaparecido, la otra continuaba navegando arrastrada por la inercia.
¡A la deriva! El sistema de autodestrucción que activaban siempre, incluso en los pecios más destartalados, debía de haber fallado ¡Era la primera vez en la historia que se nos presentaba la oportunidad de abordar los restos de una nave enemiga!
—¡Lucio hay que llegar hasta esa espiral!
—¿Eh...?
—Maldita sea, lanza todas las sondas que tengas. ¡Ya! Y vigila esos destructores.
—¿Estimación de bajas?
—Concentraron todo su fuego en el Eneas, apenas hemos sufrido pérdidas —respondió Atia.
—¿Daños?
Una incomprensible farfulla llegó desde la sala de máquinas. Los ingenieros tenían su cubículo bajo la esfera que protegía el corazón de la nave, al otro lado del último punto de impacto, me figuré a Zenón en posición fetal, abrazado a una columna, y busqué yo mismo la información. El Eneas funcionaba pero una brecha de treinta metros de ancho, trescientos de largo y varios niveles de compartimentos volatilizados no encajaban en el adjetivo entero.
Ninguna baja, una compañía de legionarios saludaba con manos enguantadas desde su alojamiento abierto al espacio como si estuvieran de jarana. El resto de los problemas afectaban a almacenes de suministros. La habitual telaraña de filamentos de noofibra comenzó crecer taponando la brecha. Íbamos a emplear tiempo y casi todas de las reservas de condensado de materia para volver a estar en condiciones de combatir. Poco más.
—Lucio, esas sondas.
—Lanzadas, almirante, tardarán un rato en llegar.
Un rato ¿Qué mierda de cifra era esa?
—Dame imagen.
Los realidad virtual volvió a rellenar el puente.
Las imágenes eran imprecisas, un hueco oscuro, restos similares al interior de cualquier otra nave. Un poco de suerte, rogué, algo se movía en su interior, parecía... ¿Un traje de vacío?
La explosión no dejó ver nada más, la onda expansiva alcanzó a las sondas y la transmisión se cortó.
—¿Han sobrevivido?
—No lo creo, estaban muy cerca, su blindaje no está diseñado para resistir una explosión así.
—¿Y quién coño las ha diseñado tan mal?
—Son modelos estándar, construidos en Roma —seguro que el augur sudaba dentro del traje— quizá le interese saber que los destructores enemigos se han largado.
—¡No! No me interesa en absoluto.
Abrí el canal de ingeniería.
—Zenón quiero la nave lista para sumergirse.
El ingeniero balbució algo sobre nodos dañados y reparaciones de cubiertas.
—Máximo en cuanto Zenón termine, sácanos de aquí.
* * *
—¿Qué dice la adivina? —fui a por Lucio nada más comenzar, no pude evitarlo.
El augur torció la boca, amaba a su máquina, a continuación tragó saliva.
—Las conclusiones no son claras.
—¿Y puedes adelantarnos alguna, por oscura que sea?
—Otro grupo en maniobras de rutina... —no se lo creía ni él— La otra opción.
—La otra opción —repetí.
—Lo único que puede explicar dos encuentros en las inmediaciones de Beta es una gran concentración de naves enemigas en torno a Domus Prima.
Una conclusión bastante razonable. El Augur no parecía muy convencido. Supuse porqué.
—¿Cómo de grande?
—¿Diez mil grupos de combate?
—¿Me lo preguntas a mí? —demasiado cerca de la verdad para admitirla. Buscó una salida aún más inverosímil.
—También es posible que la estructura del gigaverso se halla plegado provocando nuevos entrelazamientos y reduciendo significativamente las variantes en la ruta Roma-Domus Prima.
La física aberrante sirve para justificar cualquier cosa. Helena no le dejó escaparse por ese lado.
—La ruta Roma-Domus Prima es estable —dijo.
Una afirmación exagerada.
—La pautas de vibración cambian —se defendió Lucio.
—Pero nunca han afectado al número de variantes de forma significativa —refutó Helena.
—Dejadlo ya, por favor —un estéril debate científico entre navegación y táctica era lo último que estaba dispuesto a soportar—. Nos quedan dos intervalos antes de Domus. ¿Qué probabilidades tenemos de que sean cortos?
El augur se calló, Helena respondió con seguridad.
—Casi del noventa por cien.
—Bien, a las malas cruzaremos con escudo, y ya veremos en Domus. Nada más. Dad un poco de respiro a los hombres —añadí —, sin excesos.
Máximo me agarró del brazo y me llevó aparte.
—¿Ya veremos? ¿Qué pasará si Domus está plagada de enemigos?
—Que tendremos lo que hemos venido a buscar y saldremos de allí cagando leches.
—¿Ese es el plan?
—No tengo otro Máximo, pero aceptaré cualquier sugerencia sensata.
Su mano aumentó la presión mientras buscaba indicios de engaño en mi rostro. Le dejé hacer, era su última oportunidad, o se fiaba o se jodía.
* * *
Acariciar su piel y respirar su olor, todo el universo reducido a unas nalgas firmes, una espalda, un cuello y una melena negra. Sin Máximos ni Lucios ni enemigos, nadie excepto ella.
Le había pedido un estudio detallado sobre las opciones que tenía el enemigo de localizar la ruta de Roma y las fuerzas necesarias para la tarea. Una excusa convincente para cualquiera que revisase la bitácora, de no ser por que mi camarote estaba sellado y el contenido de la «reunión» no constaría en ella. Una prerrogativa del cargo que usaba por primera vez en mi carrera. «Jamás he tenido nada que ocultar, toda mi vida al servicio de Roma está grabada en los registros de las naves donde he servido». Así lo dije en un emotivo alegato durante el proceso que me montaron.
Vanas presunciones de juventud.
A medias una excusa real, en cualquier caso, en ese instante, no tenía ningún deseo de comenzar a hablar de navegación interestelar.
Helena se giró, abrió los ojos y arruinó el momento.
—Lucio está trabajando a ciegas.
—Sschh —susurré con un dedo en su boca.
—Le estás escamoteando datos —era una mujer insistente.
—Lucio siempre trabaja a ciegas —rezongué comenzando a jugar con uno de sus pezones.
Ella apartó mi mano y se sentó en el borde de la cama, desnuda, preciosa.
—Eso es una estupidez y lo sabes. Conseguirás que pierda la confianza en si mismo y te buscarás un enemigo.
—Tonterías —seguí tumbado, contemplando el paisaje de curvas y picos sonrosados—, un augur jamás pierde la confianza en sus vaticinios, los fabrican así de serie.
—Estoy hablando en serio —tiró de la sábana se tapó y me privó de mi última esperanza.
Empezaba pronto con los reproches. ¿Dónde estaba su admiración y fe ciega en el gran héroe? Gruñí, me levanté y alcancé mi ropa.
—¿A qué diablos viene este repentino interés por un tipo que no te traga?
—Táctica no puede obtener planes fiables si no cuenta con toda la información.
—Táctica nunca obtiene nada fiable, sólo colecciona porcentajes, cuarenta, sesenta, veinte —imité la voz del augur terminando en un gallo.
—Estás siendo muy injusto.
—No, estoy intentando que mi augur madure y sea capaz de parir ideas propias.
—Ya tiene ideas propias.
—Dime una.
No le di tiempo a pensarlo mucho.
—Ves, es incapaz. Si su maquinita dice A Lucio dice A, si dice B, B. Se limita a jugar con su consola y hablar de curvas de probabilidad.
Alzó una ceja a medio camino de la perplejidad y la diversión. Un gesto encantador.
—¡No soportas a las sibilas! —exclamó— Las odias.
—No se puede odiar a las sibilas, no se odia a las máquinas.
—No soportas a las computadoras cognitivas —insistió tan contenta— ¿Temes que sean más listas que tú?
—No seas idiota.
Sus ojos brillaron divertidos.
—El gran almirante se guía por sus paranoias.
—No son paranoias —resoplé— son hechos comprobados, hoy ha tenido la verdad delante de sus narices y no ha sido capaz de afrontarla.
—¿Qué quieres decir? —comprendió y recuperó la seriedad— ¡Diez mil grupos de combate!
—Exacto.
—No puede ser —lo mismo que el augur, lo mismo que Héctor. A Lucio se le podía perdonar, él no disponía de todos los datos.
—Entonces serán los plegamientos de las estructuras multidimensionales del gigaverso —ironicé.
—No puede ser —repitió — ¿De dónde los han sacado?
—Por lo que sabemos de ellos, del mismo sitio de donde vinieron.
—Eso es absurdo, ¿Por qué iban a esperar treinta años?
—¿Qué quieres que te diga? Nunca han tenido la delicadeza de explicarse.
—¿Diez mil? Domus no puede resistir un ataque de esa magnitud, ni Domus ni Roma.
—Antes de enterrarnos hay que confirmar esa hipótesis y no lo haremos hasta llegar a Domus —también yo me resistía a admitir la derrota.
—¿Quieres que revise los cálculos de Lucio?
—No sólo eso, quiero que busques una forma segura de entrar en un sistema ocupado por el enemigo.
—Una puerta trasera.
Sin pensarlo dos veces, desplegó su lámina y comenzó trabajar, tan concentrada que dejó caer la sábana.
Yo aún no había terminado de vestirme.
—No es necesario que sea ahora —susurré en mi mejor versión de seductor.
—Tienes razón —dijo— mi turno comienza en media hora.
Me besó en la frente, se vistió y se fue dejándome con esa cara que se nos queda a los hombres en esas ocasiones.
¡Media hora da para mucho!
* * *
—Nada, almirante.
—Vuelve a buscar.
—Nada —repitió Lucio dolido. Era la tercera vez que se lo ordenaba, también la tercera en todo el viaje que me daba respuestas precisas— el resto de la flota informa del mismo resultado.
Encontrar un intervalo tranquilo en la parte del viaje que se suponía infectada de unidades enemigas, no entraba en mis previsiones.
—Nos vendrá bien recargar condensado y reforzar el blindaje —comenté.
—Quedarnos es abusar de la suerte. Yo seguiría adelante —recomendó Helena.
Los resultados de sus análisis asumiendo la existencia de los diez mil no eran muy optimistas.
—Zenón, ¿Cómo está la nave?
—La nave está en perfectas condiciones, todas las reparaciones esenciales han sido completadas —la respuesta del ingeniero desde su escondrijo fue clara e inmediata. Tenía prisa por seguir huyendo.
—Está bien —ya tentaríamos a la suerte más adelante— continuamos.
* * *
—Completamente vacío.
Lucio lo había verificado hasta seis veces sin que yo se lo pidiera.
Otro intervalo en paz, demasiadas casualidades a favor.
—¿Qué opinas, Helena?
—No lo sé, puede que estén probando con inmersiones largas.
La siguiente etapa era Domus y en Domus nos esperaba el Enemigo. Era el momento de contar la verdad.
—En diez minutos, todos a la sala de reuniones.
* * *
—¡Es intolerable! —exclamó Lucio convertido en el paradigma de la indignación— durante todo este tiempo se ha dedicado a despreciar el trabajo de mi departamento mientras ocultaba deliberadamente información esencial para un análisis correcto de la situación. ¡Intolerable! —repitió— presentaré una queja a, a... Ahí cayó en la cuenta del las alturas desde las que venía la orden de secreto y enmudeció.
El resto reaccionó dentro de lo previsible: Atia silenciosa, tal vez resentida, Cornelia apretaba los puños buscando alguien contra quién estrellarlos, Zenón parpadeaba, pálido y enfermizo, Helena, había jugado su papel haciéndose de nuevas, mostrando moderada preocupación y Máximo era una estatua.
—Tranquilízate Lucio, no es el momento de cuestionar mis razones sino de centrarnos en lo que tenemos por delante.
—Puedo suponer que la información de que dispongo es toda la que hay o guarda más sorpresas.
Ofendido y exigente. Un cambio notable en la actitud del augur, casi agradable. Zenón, que no había mejorado mucho, no me dejó replicar.
—La salida está muy clara —el ingeniero se frotó las manos con nerviosismo— debemos regresar a Roma inmediatamente e informar de la situación.
—¿De qué situación?
—De esta situación. La sibila lo ha dicho. Unas fuerzas diez veces superiores a las previstas, incluso navegación está de acuerdo ¿Qué más necesitan para comprender que nos han derrotado? Hay que avisar a Roma.
—Eso, querido Zenón, no son más que suposiciones con algo de fundamento y Roma es muy capaz de llegar a la misma conclusión sin nuestra ayuda. Nuestra misión es llegar a Domus Prima y eso es lo que haremos.