—Hace dos meses, perdimos el contacto con Domus Prima. Casi toda nuestra flota estaba allí.
Lo solté del tirón como un pipiolo en su primera cita. «¿En qué te han convertido los años?» Me dije y continué cantando.
—Hubo un nuevo intento de invasión a gran escala, lo rechazamos y sus restos huyeron en desbandada hasta más allá de la frontera. Era una ocasión única de aniquilarles y toda la flota salió tras ellos. No sabemos nada más.
Helena apagó la proyección y asintió en silencio mientras sacudía la cabeza con movimientos lentos y reflexivos.
—No hay que ser alarmistas, lo normal es que se trate de un fallo en el transmisor.
La mentira era difícil de colar y no tragó.
—Dos meses es tiempo más que suficiente para una nave correo.
—Con una batalla entre manos un retraso es comprensible. Ya lo verás, llegaremos a Domus, descargaremos los repuestos para el EPR y de vuelta a casa.
—Las normas exigen el envío inmediato de un correo ante cualquier fallo en las transmisiones. Prioridad uno.
Su rostro, retándome a replicar con más ingenuidades, aparentaba el coraje ficticio de un oficial recién graduado en su primera misión.
Me acerqué y apoyé una mano en su hombro.
No se apartó.
«No sigas por ahí», avisó una voz en mi cabeza.
No le hice caso, puesto a cagarla, la cagué del todo.
—No pasará nada —insistí—, llegaremos, veremos y regresaremos para informar.
—¿Un acorazado, veinte destructores y diez cargueros contra toda la flota enemiga?
—No exageres tu pesimismo, una flota como la nuestra no se destruye de un plumazo, puede que estén bloqueados y rodeados de enemigos, no muertos. Además he entrado y salido de sitios peores.
Sus facciones se contrajeron en un delicioso gesto de incredulidad.
—Créeme.
Puso su mano sobre la mía.
—Confío en usted —afirmó por segunda vez y mis últimas defensas se derrumbaron.
La voz de mi cabeza gritó: «¡Qué estas haciendo insensato! aléjate, no puedes abusar de ella, recupera el discurso racional».
Intenté hacerle caso.
Carraspeé.
—El microsalto no puede fallar, necesito que lo revises hasta el último decimal.
—No fallará —respondió levantándose.
Su cara quedó a la altura de la mía.
Maldije mi entrepierna, a su espíritu libre, a las ordenanzas que prohibían las relaciones entre un superior y sus inferiores a bordo de un navío, a los ocho años de abstinencia a...
No se trataba de la situación, ni de la diferencia de edad, entre los veinte y los ciento veinte la ciencia todo lo iguala, ni del reglamento, ni de... Ella no era más que una veinteañera deslumbrada por el héroe al que idolatró en su adolescencia. Uno no debe aprovecharse de eso.
Busqué alguna palabra amable de despedida, era imprescindible que se marchara.
Cuando abrí la boca para pronunciarla, la suya estaba demasiado cerca.
* * *
A mi edad soy muy capaz de pergeñar argumentos de sobra para justificar mi comportamiento: los años de soledad, las situaciones de tensión extrema, la limpia belleza de... La parte de mí educada en el respeto a las tradiciones y el sentido del deber no se creyó ninguno, a la otra le dio igual. La primera insistió en que dado el desliz con una oficial inferior, no era apropiado mantener fuera del secreto al segundo al mando. La otra decidió que era la oportunidad de confirmar una sospecha. Ambas coincidieron en que afrontar el problema de Máximo Sanmartín era fundamental para el buen fin de la misión.
Lo hice sin prisas, esperé y observé hasta el día anterior a emerger en el universo normal.
Llamó a la puerta, esperó mi permiso, se cuadró frente a mi mesa y optó por un seguimiento estricto del reglamento.
—A la orden de vuecencia, almirante.
El mismo saludo en el mismo lugar que Helena Tsartaris unos días antes. Hasta ahí las comparaciones. Lo suyo no era admiración por mi pasado, claro que tampoco su físico tenía nada que ver.
Lo dejé de pie, con mi cara más amable, estudiando con detalle sus facciones. Era su hijo, sin ninguna duda.
Sanmartín, Lucrecia Sanmartín, joven, plebeya, ambiciosa y casi tan bonita como Helena. Fuimos amantes durante el tiempo que tardó en convencerse de que no me dejaría manipular. No era una mujer que aceptara un rechazo, tampoco que se enredase en lamer sus heridas. Poco después cambió de objetivo. Lo que más me sorprendía era que Héctor me hubiese ocultado la existencia de su hijo en la época en que aún éramos amigos, también que no le hubiese reconocido, un prejuicio de clase que no imaginaba en él.
Máximo aguantó el escrutinio sin mover un músculo.
—Descanse.
Se relajó, no demasiado y no tomó asiento, tampoco se lo había ordenado.
¿El hijo secreto del dictador enviado a una misión suicida? ¿Quería promocionarle o quitárselo de en medio? A él y a mí de un solo golpe.
—Los hombres están inquietos.
Un comentario de tanteo que podía recibir muchas respuestas. La suya fue agresiva.
—Les ha hecho trabajar muy duro estas dos últimas semanas y los rumores se han disparado, es normal que estén inquietos.
La soberbia de su padre y la mala leche de su madre. Quien les había hecho sudar durante las últimas semanas no había sido yo.
Crucé las manos aparentando reflexionar y ataqué.
—¿Piensas encabezar un motín?
Golpeé de nuevo sin darle tiempo a replicar.
—No, supongo que no —agité la mano en el aire borrando el absurdo comentario—, tu madre era ambiciosa, no estúpida, imagino que educó bien a su hijo.
Mentarle a la madre a un tipo como Máximo Sanmartín trae consecuencias.
—¡No tiene ningún derecho a hablar de mi madre! —avanzó hacía mi— ¡Usted menos que nadie!
De modo que era eso, la explicación sencilla: el odio de una mujer despechada heredado por su hijo. Jamás se me habría pasado por la cabeza que aquella olvidada relación volvería para fastidiarme en el momento más oportuno. A saber que versión de la realidad habría mamado Máximo Sanmartín. No sería yo quien dedicase tiempo a desmentirla.
Aún quedaba una segunda prueba.
—Tampoco creo que lo hiciera tu padre.
—¡Mi padre es otro patricio presuntuoso que cree que su mierda huele mejor que la de los demás!
Perdía los papeles con demasiada facilidad para ser un buen oficial.
—Siéntese.
No lo hizo. Apretó los puños, dio un nuevo paso hacia delante y los apoyó sobre la mesa acercando su cara desencajada a medio metro de la mía.
—¡Siéntese! —repetí sin inmutarme.
Continuó de pie, resoplando como un toro a punto de embestir.
—¿Quiere que le encierre por atacar a un superior? ¿A tanto llega su estupidez? ¿Tanto como para faltar a su deber de oficial romano?
Sentí su conflicto proyectado en cada tic, los nudillos blancos, la respiración jadeante, los ojos encendidos.
—Mira Sanmartín —dije muy tranquilo—, me la suda lo muy desgraciada que fue su madre porque dos patricios engreídos se la follaron dejándola tirada y me la suda más su triste infancia sin padre. Es usted el segundo miembro de esta tripulación que se empeña en tocarme los cojones y al que tengo que recordar que en una nave de guerra lo único que importa es cumplir las órdenes y combatir al enemigo.
—Mañana no habrá más enemigos que los de su imaginación —masculló rechinando los dientes.
—Si mañana no encontramos al Enemigo, le daré un besito a la sibila de Lucio y a ustedes dos les palmearé la espalda en reconocimiento de su sabiduría, pero su pasado me la sudará igual y seguiré esperando que se cumplan mis órdenes.
—¡Aunque sus órdenes nos lleven al desastre!
—Aunque mis órdenes nos lleven al desastre.
Se apartó si dejar de desafiarme. A esas alturas de mi vida no me iba a dejar ganar en un duelo de miradas.
Se sentó.
—Piensa un poco, Máximo ¿Crees que yo tenía algún interés en despojarte del mando? ¿Que lo tenía tu padre? Si no eres capaz de ver más allá de tu odio, no me sirves de nada ni a mí ni a los hombres bajo tu mando.
La segunda apelación a su condición de oficial dio mejor resultado y a continuación, el argumento esgrimido por Helena logró que su parte racional despertara.
—¿Por qué crees que me sacaron del ostracismo? ¿Para ponerme al frente de un convoy de carga?
Se sosegó y dejó de mirarme como a su peor enemigo limitándose a hacerlo con desconfianza.
—Hace dos meses, enviamos el grueso de la flota a Domus Prima.
Escuchó hasta el final sin abrir la boca. Después hizo su pregunta.
—¿Por qué se me ha mantenido al margen? —la última reticencia, el reducto en el que podía acorazar sus suspicacias.
—Porque yo lo decidí así —No era el momento de inventar excusas, buscaba oficiales fiables, no amigos.
Puede que lo entendiera como el final de un periodo de prueba. Puede que no. Su silencio no me permitió apreciarlo.
—Hasta que no sepamos que ha pasado —un último aviso antes de terminar por si le daba por reforzar alianzas contra mí o malmeter a la tripulación—, no sirve de nada extender rumores derrotistas y desmoralizar a los hombres. Sólo tú y yo lo sabemos.
En situaciones de riesgo las mentiras están permitidas.
* * *
—Cinco minutos para superficie. Alerta dos. Verificación de sistemas completada.
—Cuatro minutos para superficie. Todos los sistemas en funcionamiento óptimo.
La sibila insistía en que todo iba bien repitiendo su matraca con sensual voz de mujer. Sólo a alguien como a Lucio se le podía ocurrir programar con ella la interfaz de la sibila.
Le miré, me vio y se rascó el cogote como si temiese una colleja.
—Un minuto.
Ocho de cada diez indicadores biomédicos daban miedo.
—Veintinueve segundos, veintiocho.
—Uniformes en modo de combate.
Murmullos, chasquidos y aire sibilante.
—Alerta nivel uno, emergiendo.
Luces atenuadas y cuerpos envueltos en corazas de noofibra.
—Entrando en el universo normal. Maniobra completada, diez segundos para inmersión.
—¿Lucio? —El microsalto apenas dejaba margen para ver lo que teníamos delante.
—Todos los sensores al máximo, almirante.
—Inmersión —la cálida voz lo anunció como una promesa de refinados placeres.
—¿Tenemos algo, Lucio?
—Estoy analizando la información.
—Un minuto para superficie —informó la madame.
—Almirante, hay un cincuenta por ciento de probabilidad de presencia de fuerzas enemigas, pero seguimos procesando.
Lo mismo que podía haber vaticinado yo.
—Superficie en veinte segundos, diecinueve, dieciocho.
Un cuarenta sobre cien de emerger en la otra punta del universo o de reventar a manos de las leyes de una física desconocida.
—Uno.
—Emergiendo.
—¿Lucio? —pregunté por tercera y última vez.
—Un momento, almirante —el encefalograma del augur ejecutaba una danza de difícil interpretación mientras los sensores se esforzaban con la inutilidad habitual por obtener algo fiable más allá del horizonte SD.
—Cincuenta y cinco por ciento de encontrarnos entre uno y cinco millones de kilómetros del punto de entrada —informó por fin— diez por ciento de...
—Abajo el escudo— ordené, acordándome de las madres de todo el colegio de augures.
—Almirante —objetó Lucio alarmado—, hay un cuarenta por ciento de probabilidades de presencia de artillería enemiga. Necesito más tiempo para poder garantizar nuestra seguridad.
—Abajo el escudo ¡Ya! Sensores al máximo.
Hay pocas sensaciones más liberadoras que el repliegue de un escudo, la difusa cortina que te envuelve como un sudario desaparece dejando paso a la realidad en todo su esplendor, el vacío sin límites y la inmensa negrura del espacio con su fondo de estrellas.
Por fin las sibilas comenzaron a responder con datos en condiciones.
—Navegando en el universo normal.
Eso era bueno.
—Detectadas signaturas SD a dos coma un millones de kilómetros. Diez transportes y veinte destructores. Identificación: naves romanas.
El microsalto había funcionado y la flota estaba intacta, ninguna baja en el último combate. Eso también era bueno.
—Localizadas fuerzas enemigas. Composición: un acorazado clase espiral y veinte destructores. Distancia: tres millones de kilómetros.
Tal como había previsto. Uno termina cansándose de ser el jodido listo que siempre acierta.
—Estaban justo detrás, por eso no...
—Déjalo, Lucio, ¿Han desplegado la artillería?
—Sí —musitó.
—Tiempo para distancia de ataque: cinco minutos —confirmó la sibila igual que si presentara modelos de lencería.
—¿Te importaría cambiar esa voz? —La armadura de Lucio se giró un segundo en mi dirección y regresó a su consola.
—¿Cuántas piezas? —pregunté.
—Es imposible determinarlo con exactitud a esta distancia —respondió nervioso—, avanzan en formación cerrada. De treinta a cincuenta mil.
¿Es que nuca sería capaz de darme una cifra exacta?
—¿Cuál es la carga máxima de un grupo de combate? —gruñí.
—Alrededor de cincuenta mil —contestó.
Estaba claro, lo de evaluar con exactitud debía ser una incapacidad natural exigida para acceder a la carrera de augur. Acepté la cifra como válida. Cincuenta mil dejaba las fuerzas igualadas con un pequeño margen a nuestro favor. Todo dependía de lo que aguantase el convoy.
—¿Cuánto resistirán los nuestros?
—Entre treinta minutos y una hora —la voz del augur fue un hilo a través del canal principal.
Suspiré.
—¿Pueden detectar nuestra presencia?
—¿Con los escudos levantados y a esta distancia? Imposible.
—¿Helena? —no fue necesario especificar la pregunta.
—Treinta y cinco minutos a la máxima potencia.
Abrí el canal de la sala de máquinas.
—Zenón, máxima potencia a los motores.
—¿Atia?
La artillera tampoco necesitó explicaciones.
—En catorce minutos, todo fuera.
Un cálculo muy optimista.
—Comienza a lanzar a mitad de camino.
—Lucio vigila a esos cabrones. Avísame si se desplazan una sola micra y rastrea cualquier signatura SD.
—Ya lo hago —replicó quejoso.
—La artillería enemiga ha abierto fuego —informó la sibila con la vibrante voz metálica de toda la vida.
El convoy, cumpliendo el protocolo, avanzaba con la parsimonia impuesta por el escudo activado, para cuando llegáramos bien podían estar todos de vuelta a la espuma cuántica.
—Almirante —Helena estaba pensando lo mismo—. Si no frenamos, llegaremos en veinte minutos, pasaríamos de largo pero podemos lanzar unas andanadas.
Suficiente para que los nuestros supieran que no estaban solos.
—De acuerdo. Atia reajusta el lanzamiento, quiero que vean bien lo que tenemos. Helena, adelante sin frenos.
Hasta a mí me resultó tonta la gracia.
El Enemigo no prestó mucha atención a nuestro avance y siguió a los suyo: machacar el convoy con su flota al pairo, observando a distancia prudencial.
—Tiempo para distancia de fuego: catorce minutos —anunció la CC de navegación.
—Baterías uno a cinco saliendo —añadió la artillera.
—Fuerzas enemigas: treinta y cinco mil arietes y trece mil escorpiones.
Por fin una cifra redonda. Las imágenes mostraron con claridad sus apretados cuadros descerrajando disparos con total impunidad.
—Ocho minutos para distancia de fuego.
—Lucio, ¿Qué pasa con esas naves?
—Siguen quietas, almirante.
—Bien. ¿Alguna SD?
—Todo limpio.
—Mejor.
—Tres minutos para distancia de fuego.
—Baterías dieciséis a veinte fuera, despliegue completado —dijo Atia sin disimular la chulería. Justificada, era el despliegue más rápido que había visto en toda mi vida.
El Eneas no esperó, dejó atrás a la artillería y se lanzó contra la formación enemiga.
—Diez segundos para distancia de fuego, nueve, ocho.
—¡Fuego a discreción! —grité. Todas las bocas del acorazado comenzaron a disparar antes de terminar mi primera palabra. Las malditas computadoras cognitivas son rápidas si saben lo que tienen que hacer.
La andanada era lejana y fue poco efectiva, suficiente, esperaba, para dejar patente nuestra presencia e intenciones.
—¿Cuánto tiempo les queda?
—No se puede afirmar con seguridad, almirante —¡Qué novedad!— quince minutos, puede que media hora.
Desmintiendo las previsiones del augur una de las burbujas SD se esfumó dejando al descubierto el casco grisáceo de un carguero. Su blindaje no resistió más de treinta segundos el fuego a bocajarro.
Un instante después, el destructor que cerraba la marcha desapareció.
—Una doble I —comentó Sanmartín— esperemos que no cunda el ejemplo —añadió con desdén.
—¿Helena?
—Veinte minutos y estaremos de vuelta.
—¿Atia?
—En formación cerrada y avanzando, almirante, llegarán en diez minutos.
—Iniciando maniobra de frenado.
—No se preocupe, almirante, mis chicos se las apañarán solos.
No tenía mas remedio que confiar en ella.
—Distancia de fuego eficaz en cinco minutos.
El Enemigo afrontó nuestro ataque reagrupándose y formando un paraboloide abierto con los escorpiones en los extremos.
Clásicos y previsibles.
—Distancia de fuego efectivo en tres minutos.
Les imitamos, a falta de genialidades hay que acogerse a las buenas costumbres de toda la vida.
—Acumuladores SD al máximo —informó Zenón.
No tenía intención de perderme el espectáculo detrás de una cortina.
—Todos para ti, Atia.
Atia no nos privó de la tradición y la queja del ingeniero murió ahogada entre los acordes de una marcha guerrera, tambores, timbales y trompetas a todo volumen.
Un sonido rítmico, primitivo y visceral.