Aseguró el cierre hermético a sus espaldas, y flotó en la antesala, esperando a que la bomba hidráulica extrajese todo el aire de la pequeña estancia. Cuando el piloto rojo se apagó, pulsó el botón verde, y la esclusa se abrió. Un círculo negro, punteado de estrellas, apareció ante él. En el margen inferior, un panel solar de la ISS rompía aquella grandiosa uniformidad. Se impulsó con los pies en la pared, y flotó fuera de la estación. Pronto, se vio rodeado de oscuridad pero también de luz. La luz solar reverberaba en las blancas estructuras de la estación, convirtiéndola en un albor. El cable que lo unía a la estación se fue desenrollando lentamente, y Frederik se alejó una decena de metros de la ISS.

—Aquí Colin —dijo una voz, en un lateral de su cabeza. Reprimió el impulso de girarla.

—Aquí Fred, todo bien —respondió.

—Controlas el cable, ¿vale? Yo estaré aquí todo el tiempo, si necesitas algo, conecta la radio o hazme una señal con la mano, ¿de acuerdo?

—Bien, gracias.

La radio se cortó, y Frederik se enfrentó a un único sonido, el de su respiración entrecortada. Observó la Tierra. Recorrió con la mirada la costa este de Norteamérica, y luego saltó el océano Atlántico hasta llegar a Europa, parcialmente cubierta de nubes. Giró levemente, hasta enfrentarse a la luz del Sol. Y entonces, quedó perplejo.

—Joder.

El Sol estaba... siendo absorbido. Había una gran masa oscura junto a él, una gran mancha que ocultaba las estrellas que había tras ella, y que debía cuadriplicar la masa solar. ¿Cuánto abarcaba? imposible saberlo. Lo que si era perceptible era un gran brazo de fuego, que surgía directamente de lo alto del Sol y caía en la oscuridad, desapareciendo.

Se dejó flotar unos metros más, captando la espectacularidad de la situación. El Sol, tragado por un gran agujero negro... ¿Había soñado alguien con una cosa así? Quizá algún escritor de imaginación desbordante, o algún científico tras tomarse unas copas... pero nadie lo había tomado jamás en serio. Algo así... ¿cuántas probabilidades había? ¿Una entre mil billones? Y sin embargo, algunos habían llegado a decir que era un fenómeno frecuente en el cosmos. No en vano, el centro de casi todas las galaxias conocidas estaba ocupado por un agujero negro. La causa de ello era desconocida, pero era un dato real. Los agujeros negros errantes eran menos abundantes, pero se sabía también de su existencia. Y ahora, todo un gran sistema planetario, el suyo, estaba desapareciendo. Se preguntó, por un instante, qué planetas habrían sido absorbidos ya. Y durante otro instante, se preguntó cuánto tardaría la Tierra en ser atraída hacia aquellas fauces invisibles pero certeras. Era inexorable.

Inevitable: algo que no se podía parar.

Eso es lo que era aquel agujero negro.

* * *

A medida que las horas fueron pasando, a Frederik se le terminó el agua. Colin le dijo que podía regresar a por más, pero le respondió que podría vivir unas cuantas horas sin beber.

Ahora, varios brazos de fuego salían directamente desde el Sol, para caer más allá del horizonte de sucesos, y la masa negra que ocultaba las estrellas parecía estar mucho más cerca de la Tierra. Quizá lo estuviese.

Y menos de un segundo, algo cambió. Tardó unos segundos en darse cuenta, pero... la Tierra giraba... de forma anómala. Y con ella, la ISS también lo hacía. El Sol aparecía y desaparecía en el visor de su casco, mientras que la luna se dejaba adivinar en contraposición a la estrella. Sintió como se mareaba, y como la última comida —su última cena—, se revolvía en el estómago y luchaba por salir al exterior. Intentó evitarlo con todas sus fuerzas, mientras el mundo, el cosmos, todo el Universo, giraba erráticamente a su alrededor —aunque fuese Frederik el que girase—. Vomitar en el espacio podía ser una tragedia, inundando de vómito el caso de cristal. Tendría que regresar a la estación, y quizá ya no pudiese salir de nuevo. Se tragó lo que sabía que tenía que tragarse, e intentó estabilizar su posición. Durante unos segundos, luchó por recuperar una posición, ajeno a la gravedad terrestre. Fue inútil. Se dejó llevar al menos durante un par de minutos, cerrando los ojos e imaginándose que permanecía inmóvil sobre una cama, tal y como hacía durante el período de adiestramiento. Pensó en la gente de la Tierra. ¿Cómo estarían viviendo eso? Abrió los ojos, y enfocó la Tierra, relativamente inmóvil en su propio horizonte vital. «Se asfixian», murmuró. El eco de sus palabras rebotó débilmente con la cara interna del cristal. La atmósfera, una capa a veces brillante y a veces transparente, se escindía de la superficie terrestre, en inmensas bolsas de aire... desde allí... era como si la atmósfera estuviese lloviendo hacia el exterior, lanzando su aire al espacio. Era un espectáculo sobrecogedor.

—Colin, ¿estás viendo eso? —preguntó.

El inglés tardó unos instantes en responder.

—¡La atmósfera se separa de la Tierra! —exclamó Colin—. Oh, dios, se están quedando sin aire.

—Y nosotros no dejamos de girar, ¿te has dado cuenta? El centro de gravedad de la Tierra... está cambiando.

—Estamos demasiado cerca del horizonte de sucesos —informó Colin—. Eso significa...

—Es el fin —asintió Frederik.

Cerró de nuevo los ojos, pues volvía a marearse. Mientras trataba de convencer a su estómago de alcanzar una tregua, se dejó llevar, extendiendo los brazos, como cuando de pequeño iba a la playa y se hacía el muerto, sobre las aguas. Aquella sensación, placentera, de que el Sol le caía sobre el cuerpo, mientas que en su espalda el agua acariciaba su piel... llegó a él como una ola gigante, y se estremeció.

«Ahora me voy a morir», pensó. Y se repitió a sí mismo la pregunta que Colin había hecho: «¿Dolerá?». Aunque quizá no fuese la pregunta indicada. Había otras todavía más acuciantes e interesantes... pero habría tiempo para responderlas. Y aunque no fuese así, el solo hecho de que hubiesen sido formuladas justificaría la ausencia de respuestas.

Abrió los ojos, y lo único que vio fue una gran mancha oscura que ocultaba las estrellas. Era mayor que minutos antes. Tomó una decisión.

—Colin, voy a liberarme —dijo.

Espero la objeción del inglés.

—De acuerdo —dijo este, sorprendiéndole.

—Eres un buen tipo, Colin —dijo Frederik, mientras veía como uno de los paneles solares se liberaba de sus anclajes y salía disparado, lejos de la estación—. De lo mejor. Ha sido un honor.

—Gracias, Fred —respondió Colin, y añadió, socarronamente—: disfruta de la fiesta.

—Lo haré. Adiós.

Desenganchó el cable, y este se perdió hacia la estación, como un látigo tensionado. Golpeó un panel de comunicaciones, y lo hizo pedazos. Frederik se estabilizó gracias a la inercia del golpe final del cable de sujeción. Vio como tanto la ISS como la Tierra giraban sin control. El espectáculo era pavoroso, y quizá fuese el único humano que lo estuviese viendo. De repente, todo se tiñó de oscuridad. El Sol había desaparecido, más allá de la mancha oscura que era el agujero negro, o más probablemente, absorbido del todo por él. Tembló en el interior del traje, sintiendo unas fuerzas extrañas que tiraban de él. La Luna surgió por encima de la Tierra, y por primera vez desde hacía millones de años, se liberó del abrazo gravitatorio del planeta que la mantenía cautiva, y salió despedida, como una bola de billar hacia su agujero. Frederik alzó la cabeza, con una curiosidad... innata. La Luna, que giraba sin control y a gran velocidad, se alejaba de la Tierra, igual que lo hacía él mismo. Y, en menos de un segundo, desapareció. Fue como un parpadeo. En un momento estaba, y al siguiente ya no... Era la imagen más clara de la muerte que había visto nunca. Ahora sí, y ahora no.

Observó la ISS. Estaba a unos kilómetros de su posición, visible como una pequeña mancha blanca a pesar de que ya no hubiese Sol para iluminarla. Era lo más a lo que había llegado el hombre en el espacio, la niña de sus ojos, el máximo exponente de la tecnología humana, y de su propia inteligencia. Allí se quedarían sus adelantos médicos, su búsqueda de la vida extraterrestre, la exploración espacial..., y también las guerras y las hambrunas, las injusticias sociales y la destrucción del medio ambiente... allí se quedaría todo. Tras la mancha que era la ISS, la Tierra se mostraba ya como una roca baldía y oscura. Su superficie... yerma y baldía. En un segundo, fue consciente de que quizá él y Colin fuesen los últimos humanos vivos. Los últimos.

Suspiró muy hondo.

«Eso es todo lo que somos», se dijo, mirando la Tierra.

Vio de nuevo la ISS, y se preguntó si Colin estaría bien. Intentó el contacto por radio, pero ya estaba muy lejos de la estación, y además, el agujero negro estaba muy cerca y probablemente las ondas se viesen afectadas de una forma inconcebible.

¿Y era así como acababa? ¿No hay un gran epílogo? ¿Nadie que cante una última canción a la desaparición del hombre? ¿Absolutamente nadie?

Todo lo que una vez habían sido se iba. Y también aquello en lo que jamás se podrían convertir ya.

* * *

Vio como la Tierra era lanzada brutalmente hacia delante, desapareciendo en pocos segundos más allá del horizonte de sucesos. Sintió una punzada de miedo, y los latidos de su corazón, que alocado, golpeaba sin compasión la parte interna del traje. Ya solo quedaban segundos. La ISS, todavía atrapada por la débil gravedad terrestre, fue tras ella, como si estuviesen atadas por un fino pero resistente hilo de plata. Desapareció en un segundo, con su imagen estirándose como si estuviese hecha de chicle.

«Ahora sí soy el último», pensó Frederik, recordando fugazmente a Colin. Sólo fugazmente. Lo que estaba viviendo eliminaba cualquier recuerdo. Ahora, más que nunca, solamente el presente importaba.

Sintió una gran fuerza que tiraba de él, con fuerza, en una dirección que conocía. Se acercó a la oscuridad total, que ahora le envolvía casi por completo, hasta que alcanzó el horizonte de sucesos... invisible para él, pero real.

Y lo sobrepasó.

* * *

No cerró los ojos en ningún momento. Y así pudo ver la luz. Era tan brillante que sus ojos le quemaban, pero no bajó los párpados. Había... puntos de luz por todas partes, flotando como luciérnagas en una noche de verano, temblando como péndulos. Y también había una gran cantidad de sombras, redondeadas pero también irregulares. Se preguntó cuál de esos bultos era la Tierra. Los objetos trataban de ocultar la luz, sin llegar a conseguirlo. Algo pareció explotar. Ahora la luz ya no era blanca, sino azulada, muy azulada, como las aguas del océano iluminadas por el Sol. Y aquel mar de luz azulada se bifurcaba formando brazos de luz, espirales y círculos, que giraban y se enrollaban sin cesar, como un nido de serpientes.

«¿Estoy muerto ya?», pensó, sintiendo un fuerte calor en su pecho.

La luz cambió hacia el verde, y Frederik recordó la selva. En menos de un segundo, la masa de luz mutó hacia el rojo, y finalmente, una ola de luz estalló y se expandió hacia él, arrasándolo todo.

© Ernesto Diéguez Casal, (1.859 palabras) Créditos