Cerró los ojos, a gatas sobre el suelo. Respiró hondo, sintiendo el aire cargado de olores que no podía detectar, pues pequeñas gotas de sangre caían de su nariz. Mientras escuchaba como una miríada de puños se cerraban contra la puerta, una gran pregunta apareció en el centro de su mente: «¿Dónde estoy?». Alzó la cabeza lentamente, mirando a su alrededor. Descubrió un par de zapatos oscuros, y unas piernas que nacían de ellos y ascendían. Encontró la falda, y luego un jersey fino y verde. Y, finalmente, el rostro de la mujer. ¿Su salvadora?

—Hola, encanto —dijo ella, sonriendo con simpatía y exhibiendo una ristra de dientes increíblemente blancos.

Ray, aturdido, no respondió nada. Solamente se echó la mano a la nariz goteante, mientras no dejaba de escuchar el sonido de los puños y las patadas, los gruñidos, tras él, sobre la puerta. La mujer le tendió un pañuelo, y Ray se lo puso bajo la nariz, mientras se erguía. Miró a su alrededor. Unas escaleras sencillas a un lado, que subían y que también descendían. Un largo pasillo lleno de sombras, y unas cuantas puertas laterales, la mayoría cerradas. La más cercana, una de las pocas abiertas, dejaba ver una especie de sala de estar.

—¿Tienes nombre? —insistió la mujer.

Ray le tendió la mano.

—Me llamo Ray Billups.

—Linda Anderson —dijo ella, respondiendo al apretón—. Vamos, pasa a la sala —dijo, añadiendo a sus palabras un gesto acogedor—. Ha faltado poco.

Unos segundos más tarde, Ray estuvo sentado en un cómodo sofá de cuero oscuro. La sala no tenía nada de especial. Un largo sofá, dos butacas color canela. Una alfombra, una mesita, y varias estanterías cubiertas de fotos, libros. Un televisor, frente al sofá, con la pantalla inerte. Había docenas de velas encendidas por todas partes, que arrojaban una luz amarillenta y... y vieja.

—¿Vives aquí? —preguntó Ray.

—Si —dijo ella, sentándose a su lado—. desde hace un par de años. El callejón es una mierda, pero es lo único que podía pagar.

—Ya.

—¿Tú donde vives?

—En la Tercera con la Sexta. Un piso pequeño —y que, de repente, añoraba brutalmente.

—¿Por qué te perseguían? —preguntó Linda.

Ray se encogió de hombros.

—No tengo ni idea. Simplemente, me vieron, y corrieron tras de mí.

—Ya.

—Los peligros de salir a la calle.

—Yo no salgo nunca —dijo ella, categórica—. Tengo reservas de sobra aquí, y también agua corriente. Todo lo que pueda necesitar, lo obtengo pasando de edificio en edificio, a través de las azoteas. Y lo que no puedo conseguir así, es que no era tan importante.

—Yo no podría quedarme en mi piso tanto tiempo... no... no lo soportaría —aunque ahora quisiese volver.

—De todas formas, ya pronto todo acabará —dijo ella, y añadió—: ¿Vives solo en tu casa?

—Si —respondió—. De hecho, si.

Y entonces, sintió la insinuación en las palabras de Linda. La miró. Le había parecido más mayor en el pasillo, pero ahora que la veía a la luz tintineante de las velas, se daba cuenta que no debía tener más de treinta años. Estaba bastante delgada, y pudo leer en sus ojos la enfermedad. No todos los locos estaban fuera, en el callejón.

—¿Te gustaría quedarte aquí? —preguntó ella.

Ray se sintió tremendamente incómodo.

—Creo que no —dijo, y añadió—: no tendría mucho sentido.

—Para mí sí —repuso ella.

—Pero para mí no —negó Ray.

Se retiró el paño de la nariz, y comprobó que ya no manaba sangre. No obstante, se le estaba hinchando, y pronto solamente podría respirar por la boca. Se levantó, dispuesto a irse de la casa de esa mujer.

—Podrías quedarte —dijo ella—, aunque sólo fuese un rato.

—Creo que... tengo que irme.

Ella se levantó, y su rostro se pobló de sombras.

—¿Y a dónde tienes que irte? —le gritó. Ray sintió una punzada de miedo—. ¿A tu piso, ese lugar que no te gusta? ¿Eh? ¿Por qué no quieres quedarte? ¿No te gusto?

—Yo no.

Y entonces, se quitó el jersey. Debajo no llevaba nada, y le mostró su pecho desnudo. Sus senos, curvos y pequeños, temblaron. Y la piel de su torso se encrespó ante el frío del aire.

—¡Tócame! ¡Vamos! —gritó, agarrándole una mano e intentando llevarla hasta sus pechos—. A todos los hombres os gusta, ¿no? ¿Por qué a ti no? ¡Vamos!

—Yo... no soy así —balbuceó Ray, incómodo—. Y tengo que irme, de veras. Hay una anciana que necesita mi ayuda.

—No te irás —respondió ella.

Se agachó, y metió la mano bajo el sofá. Ray no reaccionó, extrañamente hipnotizado por los movimientos de Linda. Pero en cuanto ella se erguió de nuevo, alzando en su mano un cuchillo, dio dos pasos atrás, tropezando con una de las butacas. El filo del cuchillo, de unos diez centímetros de largo, brillaba por la luz de las velas, intermitente. Linda lo alzó hacia él.

—No te muevas de aquí, o te lo clavo —dijo, fríamente.

La imagen, una mujer con el pecho al aire, el pelo enredado y el rostro enloquecido, alzando un cuchillo... era más que curiosa, era surrealista. «El fin del mundo ya ha llegado», pensó Ray, sin saber qué hacer.

—Me voy a ir —balbuceó.

Ella se acercó un par de pasos, con el cuchillo por delante. Ray retrocedió un poco más, hasta chocar con la pared. Una estantería repleta de figuritas de porcelana tembló.

—No te irás a ningún lado. te quedarás aquí, a mi lado —dijo.

—Me tengo que ir —gritó Ray, y al momento se percató de su error.

Linda soltó un grito desgarrador, y se lanzó contra él. Ray vio venir el filo, como si fuese una bala, hacia su vientre, y la realidad pareció acelerarse. Se lanzó a un lado, mientras escuchaba como el cuchillo se clavaba en el papel pintado de la pared. Al volverse, vio como Linda intentaba arrancarlo, sin éxito. Ray alzó un brazo, temblando, y la golpeó en la cabeza con todas sus fuerzas. Ella tembló un segundo, y luego se desplomó, con la mirada en blanco.

—Oh, dios mío —gimió Ray, echándose las manos a la cabeza—. ¿Qué he hecho?

Dio un par de pasos por la sala, sin saber hacia dónde ir, completamente fuera de sí. «Le he pegado a una mujer, joder», pensaba. Se acercó a ella, y se acuclilló a su lado. Le miró el pulso. Latía, aunque débilmente. Y también respiraba. Durante unos segundos, miró el cuerpo débil y frágil, que solamente pretendía un poco de compañía en el fin de su vida. Algo que él no podía ni quería darle. Salió de la sala, y se detuvo en el pasillo. ¿Qué mundo es este? se preguntó. Tanto dolor, tanta... soledad. ¿Por qué la gente solamente quiere lo que no tiene, y desprecia lo que posee? ¿Por qué el que adora la soledad se ve abocado a la compañía, y aquel que añora el abrazo cariñoso de un amante se hunde en la profunda soledad?

—¿Qué mundo es este? —dijo, al aire del pasillo.

Los golpes en la puerta lo sacaron de sus pensamientos apocalípticos. «Ponte en marcha». Miró en todas direcciones, tratando de escoger. La puerta al callejón se descartaba sola, con los sonidos de la muchedumbre al otro lado. Lo que no terminaba de entender era por qué no derribaban la puerta. «Quizá estén a punto de hacerlo, así que apúrate», se dijo.

Miró el fondo del pasillo, y se decidió por esa vía.

Corrió.

* * *

El ex-presidente Chalmers se asomó a la ventana de su dormitorio. Había caído la noche, y el mundo era un lugar lleno de sombras. ¿Durante cuánto tiempo más? se preguntaba. Realmente, le daba igual. Ya había asumido su destino. Apoyado en el marco de la ventana, sintió como la brisa marina entraba en la habitación, removiendo las cortinas y haciéndolas volar. «Volar», pensó. Debía ser una sensación grandiosa. Durante la noche, las gaviotas desaparecían, a saber dónde, pero durante el día, se congratulaba de verlas luchar contra las potentes rachas de viento, girando sus alas, modificando su posición en el aire, todo con el único objetivo de lograr la mejor aerodinámica. Las aves eran bellas.

Miró el mar. A pesar de que ya era de noche, el cuarto creciente llenaba de luz la noche, arrojando luz sobre la superficie color platino del mar, y sobre la arena de la playa. Esta se extendía a ambos lados de la casa, hasta perderse de vista, oculta tras los árboles que la flanqueaban. El romper de las olas le relajaba. Era como si el mar le enviase un mensaje, con cada ola, que dijese «Todo va bien, cierra los ojos, todo va bien». Era maravilloso.

No había estado en ella durante años. Treinta y cinco, a decir verdad. Su padre la había comprado hacía muchos años, como residencia de verano para la familia, pero no habían llegado a usarla demasiado. Una verdadera pena. Y aunque era muy grande para él, había decidido que sería un buen lugar para pasar los últimos momentos de su vida. La playa, el viento, la arena. Si, era una idea perfecta. Un buen lugar.

Durante unos instantes, se dejó llevar por la nostalgia, y los recuerdos cayeron sobre él como si fuese carnaza para los buitres. Les dejó acercarse, consciente de que pronto él mismo se convertiría en un recuerdo. Sus padres, sus hermanos, sus amigos, sus novias,... realmente, los malos recuerdos cubrían con su oscuridad a los buenos, aunque estos intentasen brillar. La muerte de sus padres y sus hermanos en un accidente, el distanciamiento con sus amigos, en pos de su profesión, y las discusiones que siempre habían alejado a las mujeres de su lado. Y, aún así, se sentía agradecido. Y satisfecho. Y no podía haber nada mejor. Ahora, en las postrimerías de su vida, y de la vida de toda la Humanidad, se sentía a gusto en aquella casa vacía, vieja y solitaria, que se alzaba sobre la costa, sumergida en un mar de hierba y pinos. Ante el gran océano, el océano oscuro.

¿Cómo será morirse? se preguntó, alejando a los recuerdos y centrándose en esa nueva cuestión. En otros tiempos, se habría angustiado, pero ahora ya no. No en vano, la cercanía de la muerte, y su inevitabilidad, se habían hecho más reales. «Cuando eres joven la muerte no es más que algo distante. Cuando sabes que no te separan del vacío más que un par de días, la angustia de pensar en ello se convierte en curiosidad», pensó. ¿Será un vacío? pensó. ¿Cómo es no existir? siguió.

Cerró la ventana, y se metió en cama. El trasiego de las olas, el impacto del viento sobre la fachada de la casa..., le arrullaron.

«¿Permaneceré?» pensó antes de quedarse dormido.

* * *

Abrió la puerta de su casa, entró, y la cerró tras de sí sin preocuparse de dar un portazo. Y, pegado a ella, se escurrió hasta llegar al suelo.

Recuperó el aliento. Había logrado salir de un laberinto de pasillos y escaleras, hasta alcanzar la calle. Con prudencia y el corazón en la boca, se había desplazado por las calles oscuras, entre coches varados y cadáveres caídos, hasta llegar a su casa. Ahora estaba a salvo.

Se levantó y fue a la cocina. Bebió un poco de agua. Luego fue al salón, y se dejó caer sobre su pequeño sofá, sin poder sacarse de la cabeza todo lo que había vivido en las últimas horas. «¿Es que la gente no puede enfrentarse a la muerte con dignidad, sin volverse loca?» se preguntó, hastiado. Y una voz respondió dentro de su cabeza: «¿Y es que no estás tú también un poco loco, Ray? ¿Quién si no saldría a la calle mientras anochece, a buscar unas películas? ¿Eh?».

Tres golpes espaciados sobre la puerta. Se levantó, y echó un ojo por la mirilla, a pesar de que sabía que se trataba de la señora Green. Habían pactado esa señal de llamada hacía semanas, cuando el edificio se quedara vacío. Abrió la puerta.

—Hola, Ray —dijo ella.

Era bajita, rechoncha, y de rostro afable. Para ella, el fin del mundo no era... quizá no significaba tanto como para otra gente. Para Ray, era el fin de su vida. Y para ella... para ella también, pero de otro modo muy diferente.

—Hola, señora Green —dijo—. ¿Cómo ha pasado el día?

—Bien, bien —dijo ella—. He estado leyendo unas revistas, he hecho la comida.

—Lo mismo que cualquier otro día, entonces.

—Exacto —respondió ella—. He escuchado como volvías corriendo al piso. ¿Te encuentras bien?

—Si, solamente he tenido un incidente en la calle, con unos energúmenos.

—Oh —dijo ella—, la gente se está volviendo loca.

Ray no respondió, y ambos se quedaron allí de pie. Era como una especie de ritual. En ocasiones, quizá tres a la semana, la señora Green sentía la necesidad de hablar. Bajaba hasta el piso de Ray, y se quedaba plantada hasta que este le ofrecía un café. Ella negaba, y decía que sería mejor un té. La hacía pasar, y ella se pasaba una hora hablándole de su vida, de su difunto marido, de sus hijos..., era tan enternecedor como inevitable.

—¿Le gustaría tomar un café? —preguntó, sin poder evitar sonreír.

—Oh, no, no, no —dijo ella—. No tomo café. Me pone mal el estómago. Pero si tomaría un té.

—Adelante, entonces —dijo Ray, abriéndole la puerta.

Y durante la siguiente hora, mientras la señora Green hablaba y hablaba y él asentía, algo comenzó a germinar en su mente. Quizá ya hubiera estado allí antes, pero no tenía forma de saberlo. Era... la sensación de que estaba haciendo algo mal. Como cuando, de pequeño, debía hacer una operación matemática, y aunque creía seguir correctamente los pasos, el resultado no era el correcto. ¿Era eso? ¿No le gustaba el resultado de las cosas? Bien, su vida no había sido una carrera a la fama y al dinero, ni siquiera a la felicidad, pero no estaba del todo insatisfecho. Era cierto que no tenía pareja, ni hijos, y que sus amigos se contaban con los dedos de una mano, pero, ¿era el único? ¿No estaba poblado el mundo de ciudades saturadas llenas de hombres y mujeres solos? ¿Era la globalización y toda esa mierda algo más que un anuncio publicitario? La gente vivía sola y moría sola en todas partes, y aunque había miles de millones de personas en el mundo, la soledad era... la reina del lugar. «Quizá sea la ciudad», pensó, en un determinado momento. Para entonces, la señora Green había callado y bebía un poco del té de su taza, ya frío.

—¿Qué revolotea en tu cabeza, Ray? —le preguntó, pillándole desprevenido.

—No mucho, a decir verdad —respondió.

—Vamos, Ray, he sido madre —dijo ella—. Sé cuando alguien le da vueltas a algo. ¿Qué es?

—Ni siquiera yo lo sé —murmuró—. Supongo que hay algo que no va bien, aunque no sabría decir qué es.

El rostro de la mujer, afable y luminoso aunque apenas hubiese luz en su piso, se volvió sombrío.

—Es la ciudad —masculló, mirando alrededor.

—¿Qué? —respondió Ray, sorprendido. ¿Le había leído el pensamiento?

—Esta ciudad es un cáncer, Ray —murmuró ella, como si quisiese guardar un secreto—. Un maldito cáncer. Chupa la vida a la gente, la sume en la ansiedad, la obliga a vivir... a vivir mal —hizo una pausa, y bebió un poco de té. Mientras, Ray la miró, sin decir nada—. ¿No ves a la gente por la calle? caminan, suben al bus, al metro..., la gente ya no se mira a la cara. solamente buscan las salidas fáciles. Ya nadie... —y se quedó callada.

—¿Nadie qué? —insistió Ray.

—Ya nadie se comprende —respondió la anciana.

Y ambos se quedaron callados, sumidos en un silencio que nada rompía. Nunca antes la ciudad había estado tan silenciosa. ¿Era el silencio previo a la muerte? ¿Preveían sus almas la llegada del fin? ¿Un sentimiento orgánico y comunitario?

—Debo irme —murmuró Ray.

—¿Qué? —preguntó la señora Green.

—Debo irme de la ciudad —dijo. Ahora que lo había dicho, se había convertido en una realidad física y que escocía en el interior de su cráneo—. Cuanto antes.

—¿Has pensado en lo que te he dicho, eh? —preguntó la señora Green—. A veces no digo más que tonterías, Ray. Solo soy una vieja pocha.

—No diga eso, señora Green —le cortó Ray.

«Necesito irme de aquí», se dijo.

—Si quieres irte, puedes coger la moto de uno de mis hijos —dijo ella. Ray la miró—. La compró cuando era muy jovencito, y no llegó a usarla porque encontró pronto trabajo y compro un coche. Ni siquiera fue capaz de venderla, el muy imbécil.

—¿Me la prestaría?

—Te la regalaría —dijo—. ¿Estás seguro que quieres irte de noche? Será peligroso.

—¿Más peligroso que la propia vida? —preguntó Ray.

—No —respondió finalmente la anciana—. No hay nada más peligroso que la vida.

Y tan solo una hora más tarde, Ray sintió la potencia de una vieja Ducati de importación bajo sus huesos, mientras aceleraba entre el tráfico congelado.

«Gracias, señora Green», dijo, mentalmente, justo antes de preguntarse a dónde iría.

¿Y qué más da? se dijo.

Pero luego se lo pensó mejor. «¿Qué tal al norte, y al mar?».

Ese sería un gran lugar.

© Ernesto Diéguez Casal, (2.879 palabras) Créditos