Ante las primeras noticias, el Presidente Chalmers hizo llamar a su asesor, Bear. Le miró mientras se sentaba. Movimientos limpios, metódicos. Y un rostro tranquilo y pausado, siempre atento. Era un buen ayudante. Lo tenía todo, pero le gustaría sabe qué pasaba por su mente, escondido por ese rostro enmascarado, preciso e inmutable.

—¿Qué desea, señor Presidente? —preguntó, segundos más tarde ante el silencio de su Presidente.

—¿Crees que he hecho lo correcto, Bear? —preguntó Chalmers.

Bear tardó unos segundos en responder.

—Es una pregunta de difícil respuesta —dijo, finalmente—. Señor, francamente, cualquier decisión hubiese sido igual de correcta o incorrecta.

Chalmers exigió una explicación con la mirada.

—Verá —comenzó Bear, directo—. Esta es... una situación tan extraordinaria, e irrepetible, que cualquier decisión hubiese sido... igual.

—¿Me estás diciendo que da igual que yo haya elegido algo?

—No —exclamó Bear—. Solamente digo... que alguien tenía que elegir, pero que el resultado de la decisión no era... determinante —comenzaba a sentirse aturullado—. No me malinterprete, señor. Yo habría hecho lo mismo que usted. Si me quedasen dos meses de vida, me gustaría que mi médico me lo dijese. ¿Cuál es la opción? ¿Seguir a lo mismo sin saber que tu vida se va? Ahora, cada cual podrá hacer lo que le plazca con lo que le queda de vida.

—Entiendo.

—Lo que yo no puedo hacer —siguió Bear—, es decirle si su decisión fue buena o no. Eso solamente se lo pueden decir sus propios motivos.

El Presidente pensó en su primo Poul, y durante una milésima de segundo, se dedicó a razonar si su existencia, o más concretamente, su muerte, constituían un motivo válido.

Y, de todas formas, ¿qué más daba ya ahora?

Se levantó, y le dijo a Bear, con una sonrisa.

—Creo que es el momento de tomarse unas vacaciones, ¿no cree usted, Bear?

Bear se levantó también, y tendió su mano. Se la estrecharon con fuerza.

—Creo que esa si es una decisión correcta.

* * *

Ray Billups alzó el cubo de basura, y lo lanzó contra el escaparate. La superficie acristalada se hizo añicos con un estruendo afilado. Mientras grandes pedazos de cristal caían al suelo, escuchó un ruido a su izquierda. Alerta, se lanzó al suelo, rodando sobre pedazos de cristal. Levantó la vista, y vio acercarse una moto, a gran velocidad, entre los coches abandonados. Pasó a su lado, y desapareció más allá, entre la fachada de los edificios. Billups se erguió, y miró la oquedad que había creado con su acto vandálico. En el interior, vislumbró un mar de estanterías blanquecinas, en las cuales se amontonaban decenas de DVD de películas. Saltó adentro, esquivando por poco los cristales que todavía pendían, como fauces. Se escurrió entre las estanterías, penetrando hacia lo más hondo de la tienda, allí donde más oscuridad había. Al fin, se acuclilló frente a uno de los estantes. Y mientras su mirada se perdía por los títulos de las películas, caviló con tristeza. «Yo no soy así», se dijo, lanzando su mirada hacia la cristalera destrozada. No, no lo era, pero los últimos meses habían sacado a la luz cosas por las cuales quizá no fuese tan malo que un agujero negro fuera a tragarse el Sistema Solar. Violencia, destrucción..., el caos. A pesar del llamamiento del Presidente Chalmers, honorable pero inocente, la gente había abandonado sus trabajos. ¿Cómo permanecer en tu puesto, mientras el mundo caminaba hacia un fin terrible? ¿Qué tipo de alma cándida perseveraría limpiando oficinas si a la vuelta de la esquina le esperaba la muerte igual que al resto? Y más teniendo en cuenta que el dinero había perdido todo su valor. «Esto es el Apocalipsis, y no lo que vendrá», pensó. Se sentó en el suelo lleno de suciedad, apoyando su espalda en uno de los estantes, que tembló con su peso. Suspiró, sintiendo como el aire viciado penetraba en sus pulmones, con ese oxígeno exiguo que los latidos de su corazón distribuirían por todo su cuerpo. Todo había comenzado un par de días después de que el Presidente Chalmers hiciese su declaración. En las primeras horas, muchos reaccionaron con escepticismo. A pesar de que el Gobierno había hecho oficial la tragedia, ofreciendo todos los datos de los que disponía, y a pesar también de la declaración de varios cargos científicos, muchos habían pensado que se estaba ocultando algo. Los paranoicos creyentes de la Teoría de la Conspiración habían lanzado sus verdades al mundo. Hubo quien creyó que si había una salida, y que los poderes fácticos del mundo la estaban usando para huir de la Tierra a otra dimensión, a otro lugar, en donde fundarían la Nueva Tierra. Pero eso solamente había durado unos días. A medida que la comunidad científica mundial se reafirmaba en sus resultados, pocos fueron los que resistieron e insistieron en sus increíbles conspiraciones. Y después, la simiente del caos había germinado, rauda y veloz. A decir verdad, con una facilidad increíble. La masa poblacional había sido la primera en caer. Todos aquellos que tenían trabajos basura, los abandonaron. Cesaron los suministros de alimentos, y otros artículos de primera necesidad, y comenzaron a producirse los primeros saqueos, y las primeras batallas callejeras. Muchas ciudades costeras se inundaron, debido a que los equipos municipales que cada día luchaban para evitar que el mar penetrase en las urbes habían abandonado sus puestos. La gente comenzó a huir de las ciudades, y las carreteras se colapsaron casi de inmediato, poblándose de millones de automóviles. Aproximadamente una semana más tarde del anuncio, las grandes compañías aéreas dejaron de funcionar. Los países productores de petróleo dejaron de hacerlo, y alrededor de una semana y media después del anuncio del Presidente Chalmers, pocos eran los que podían arrancar sus coches. También cayeron las grandes compañías de telecomunicaciones. A pesar de que los satélites eran automáticos, nadie quería seguir transmitiendo. Desaparecieron técnicos de sonido, realizadores, presentadores de informativos..., la televisión desapareció, y también la radio e internet, y con ello, la distribución de las noticias. Por tanto, diez días después del anuncio, uno solamente podía conocer lo que ocurría en su ambiente más inmediato. Las últimas noticias que Ray había escuchado, trataban de grandes suicidios colectivos, de profetas que se adueñaban de las calles repletas de fieles enloquecidos, de matanzas genocidas en cualquier lugar del mundo..., el suministro de agua funcionó en muchos lugares, pues los sistemas eran automáticos, pero en muchos otros las tuberías se atascaron, y la gente comenzó a pelear por el agua, o a beber de la primera fuente que encontraban. Surgieron las primeras enfermedades, que crecieron hasta convertirse en verdaderas epidemias. Y las epidemias se descontrolaron, pues los hospitales habían quedado vacíos, al huir médicos y demás personal sanitario. Nadie quería quedarse en sus puestos. Nadie... todo el mundo huía. En el sur del país, y en otros muchos lugares del mundo, la ausencia de humanos provocó la fusión o el apagado de muchos reactores en centrales nucleares, y esto provocó los primeros cortes en el suministro eléctrico. Hasta que todo se apagó.

* * *

—Su velocidad no es constante —dijo uno de los físicos. Charles Finn le miró, concentrado.

—¿Qué significa eso? —preguntó.

—Significa que no podemos precisar el momento en que ocurrirá todo —respondió el hombre. Sudaba visiblemente.

—¿Ni siquiera un cálculo aproximado? —insistió Charles.

—Oh, bueno —balbuceó el hombre—, podría darle algunos datos... por ejemplo... ah, si, el Agujero Wilson accederá al Sistema Solar con una trayectoria oblicua..., creemos que no seremos los primeros afectados... antes... si, bien, antes vendrán varios planetas gaseosos... Plutón puede que tarde un poco más, por su inclinación... no, si, si, exacto.

—¿Qué ocurrirá cuando llegue nuestro turno? —preguntó Charles, agotado por el nerviosismo del hombre.

—Bien... no estamos seguros de ello... es difícil, nunca ha pasado —respondió—. Puede que el Sol ya haya caído para entonces... y la rotación de la Tierra... sería caótica. Al igual que nuestra órbita. Si, si, lo tengo aquí anotado —dijo, rebuscando entre unos papeles—. Probablemente nuestra velocidad de rotación aumente, y... no haya luz, por lo del Sol... y cuando estemos cerca del horizonte de sucesos... bien, es difícil, señor, aventurar nada. Puede que choquemos con algún otro cuerpo celeste... Marte estará bastante cerca de nosotros, y no digamos la Luna. Puede que para cuando el agujero nos atrape, la Tierra no sea ya más que un montón de rocas sueltas. En cualquier caso..., si la Tierra llegase intacta al horizonte de sucesos... bien, yo y varios más suponemos que la atmósfera se perderá... aunque no tenemos tiempo a revisar todo eso, señor, es un montón de trabajo, y no tenemos suficientes computadoras... y... y.

—¿Qué ocurre?

—Yo... señor... me gustaría irme a mi casa... para pasar allí los últimos momentos.

—Por supuesto —respondió Charles Finn, suspirando—. Le entiendo perfectamente. Vaya, vaya con su familia, doctor.

—Yo... yo no tengo familia, señor.

—En todo caso... váyase —dijo, parpadeando, y pensando en su propia soledad—. Gracias por su trabajo.

* * *

Ray Billups parpadeó. Había estado a punto de quedarse dormido. Escuchó el sonido de la muchedumbre en la calle, y decidió que debía volver cuanto antes a su casa. Cogió una docena de películas, sin fijarse apenas en los títulos, y las guardó en su mochila. Luego salió a la calle con cuidado, evitando golpearse contra los cristales. Una vez en la acera, sintió el peso de las películas en su mochila. Se detuvo, mientras su cerebro rumiaba algo. «Yo no soy así», escupió finalmente.

—Yo no soy un maldito ladrón.

No lo era, pero, ¿qué más daba? A nadie le importaría, eso estaba claro. Por todas partes, se sucedían los saqueos. La gente robaba coches, robaba yates, robaba joyas,... ¿para qué? ¿A dónde se las llevarían? El dinero no valía nada, la propiedad tampoco, y Ray Billups tenía la impresión de que los saqueos y la violencia no eran más que un modo de pasar el tiempo. Pero... «Yo no soy así, joder», pensó. Se quitó la mochila, la abrió, y vació las películas sobre el suelo. Las tomó entre sus manos, y entró de nuevo en la tienda. Las dejó en el suelo, demasiado cansado para llevarlas al estante, y volvió a salir a la calle, sintiéndose como un imbécil. ¿De qué sirve la honradez? se preguntó. Había cometido una estupidez, pero se sentía mejor consigo mismo al hacerlo, y no había cosa mejor que sentirse bien en los últimos momentos de su vida.

Miró a ambos lados. Anochecía en la ciudad, y ese era un momento terriblemente peligroso. De hecho, no sabía que estaba haciendo, allí de pie en el medio de la acera, mientras los peligros surgían de todas partes. Una parte de su mente rió aparatosamente. ¿Qué peligros? ¿Qué podía haber más peligroso que un agujero negro errante? ¿Y qué si le mataban? De todas formas, moriría pronto. Y ese pronto significaba menos de un día y medio. Había llevado la cuenta con los últimos pronósticos que las noticias habían proporcionado antes del gran apagón.

Alzó la cabeza. Sobre él, una parte del cielo todavía conservaba parte de su color celeste, entre la cima de los rascacielos, pero la oscuridad se cernía por todas partes. Allí, en la acera, al nivel del suelo, la penumbra era más que intensa. Sin las farolas encendidas, ni los neones de los establecimientos; sin la luz en las ventanas, sin las luces de los coches; sin toda aquella gran cantidad de luz, la ciudad no era más que un mar de sombras. Y entre las sombras asomaban terribles peligros.

Echó a andar, hacia la izquierda. Su casa no estaba muy lejos, no más que cinco o seis manzanas. Una vez allí, estaría seguro. Por alguna extraña razón, su mente se las había ingeniado para hacerle salir del entorno cálido y protegido de su hogar, llevándole a aquella tienda. ¿Para qué? ¿Para robar películas antiguas? ¡Menuda estupidez! Y de nuevo la risa en su cabeza. «Uy, si, te pueden matar».

Se detuvo en una esquina, y apretó las manos contra su cabeza. Sentía que se estaba volviendo loco. Respiró hondo, y cruzó la calle, esquivando los múltiples coches varados. Escuchó los sonidos del atardecer. La cultura popular decía que la noche sacaba lo peor de las grandes urbes: drogas, palizas, violaciones, negocios oscuros..., demonios, en fin. Pero eso existía también durante el día. Tan solo la ausencia de luz insuflaba el miedo en los corazones solitarios.

Una bandada de gorriones cayó desde una cornisa de piedra, hacia el suelo de la calle. Ray miró en esa dirección, hasta encontrar lo que había llamado la atención de los pajarillos. No era más que un pedazo de barra de pan. En unos segundos, una gran bandada de palomas cayó sobre el diminuto pedazo de comida, y una gran batalla de picotazos y arrullos llenó el aire tenso del anochecer. A cada paso que daba, la luz iba desapareciendo, y todo lo que unas horas antes había sido claro y diáfano se cubría de una capa de oscuridad, amaneciendo el reinado de las siluetas y las sombras.

Apuró el paso, sin dejar de mirar a su alrededor. En cualquier momento, alguien podía aparecer y lanzarse hacia él. La señora Green, su vecina de arriba, le había dicho que alguien le había contado que se habían sucedido casos de canibalismo en las calles, por falta de alimento. Ray no daba mucha credibilidad a ese tipo de rumores, pero no quería comprobarlo en sus carnes. Afortunadamente, había logrado aprovisionarse durante los primeros días, y con un régimen medido no pasaría hambre... en lo que le quedaba de vida. Y, atrincherado en su casa, esperaría el fin con la tranquilidad de quien... su cara dibujó una mueca de dolor, y supo que algo no iba bien. ¿Era eso su vida? ¿A eso se reducía? ¿Un par de habitaciones modestamente decoradas? ¿Un puñado de botes de conservas? ¿Un ordenador personal que hacía funcionar con una pequeña batería? ¿Una bicicleta estropeada? ¿La luz débil que entraba por un ventanuco? ¿Era eso todo? ¿No había más?

El fragor de una muchedumbre cortó el devenir de sus pensamientos. La acera terminó en una esquina, y se asomó con cuidado a la bocacalle. Lo que vio le hizo expulsar todo el aire de sus pulmones. Sintió que se aceleraba el pulso.

—Puedo ocultarme, puedo ocultarme —susurró, mirando a todas partes.

Allí, a un centenar de metros de él, una marabunta de personas enloquecidas alzaba antorchas caseras, y la luz del fuego alumbraba de forma siniestra la fachada de los edificios. No gritaban, pero el rumor de sus voces se elevaba como un gran grito colectivo, por encima de sus cabezas, chillándole al mundo que la Humanidad había caído al fin.

Pensó, durante unos segundos, qué hacer. Para llegar a su casa debía cruzar la calle, y era seguro que le verían. Sin embargo, podía dar media vuelta, u ocultarse bajo algún coche. Se asomó de nuevo, sin saber qué hacer, y vio que la muchedumbre estaba a menos de cuarenta metros del fin de la calle. «Podría unirme a ellos», pensó. al instante, desechó la idea, viendo sus rostros. Eran caras escuálidas, sucias, lugares oscuros en donde lo único que relucía eran sus ojos blancos como perlas. Habían enloquecido, sin duda.

Y al fin, estuvieron tan cerca, que varios integrantes de la muchedumbre le vieron. Ray, que se había asomado más de la cuenta, dio vuelta sobre sus pasos, sintiendo que todos los poros de su piel transpiraban y respirando ruidosamente.

La multitud gritaba «¡Allí!», y «¡Le he visto!», y sus palabras hacían que Ray no supiese qué hacer. al fin, la gente estuvo a una veintena de metros de Ray, e hizo lo único que sabían hacer los animales acorralados y asustados: correr. Tras él, la masa de gente enloquecida también comenzó a correr. Su delgadez no era equivalente a debilidad física, y pronto sintió que le pisaban los talones. La sensación era horrible. Y además de aquella muchedumbre enfurecida, que se lanzaba contra él como tuviese la culpa de algo de lo que estaba ocurriendo, también le perseguía la idea de morir aplastado por un millón de pies.

Y la oscuridad era cada vez mayor, tan imperiosa como la caída del día. Un tropezón, y todo habría terminado. Vislumbró la esquina de la manzana, y aceleró para llegar cuanto antes a ella, a pesar de que sus pulmones restallaban. Giró como pudo, percibiendo como sus zapatillas se deslizaban peligrosamente, y continuó corriendo, con la pericia de saber saltar una farola caída que se cruzaba en su camino. La muchedumbre giró también, tras él, y la persecución siguió tal y como lo había hecho hasta entonces, con la sutil diferencia de que Ray comenzaba a sentirse agotado. Vislumbró un callejón estrecho a su izquierda, que penetraba en los edificios alejándose de la calle principal y, por alguna razón, giró bruscamente y entró en él. Una vez allí, siguió corriendo, evitando contenedores caídos y aparatos de aire acondicionado que alguien había amontonado. Había charcos por todas partes, pues el agua rezumaba de las alcantarillas atascadas, y una gran escalera de incendios pendía peligrosamente, parcialmente desenganchada del edificio. Echó un vistazo tras él, y vio como la multitud entraba en el callejón. Y comprobó que la desesperación era algo físico, al chocar con una pared. Aturdido, alzó la cabeza, al tiempo que caía sangre de su nariz. Un callejón sin salida.

Miró a ambos lados, y descubrió un par de puertas metálicas. Se lanzó hacia una de ellas, mientras aquellos locos corrían hacia él. la empujó hasta darse cuenta de que estaba cerrada. Corrió hacia la otra, y vio que pasaba lo mismo. La golpeó, enfurecido, cansado, desesperado, aterrorizado,.

Y entonces, de pronto, escuchó un clic, y como la puerta cedía. Saltó adentro sin mirar atrás, escuchando como la puerta se cerraba.

© Ernesto Diéguez Casal, (2.968 palabras) Créditos