Dana se despertó, y lo primero que vio fue la cama vacía. Mark no había regresado a casa esa noche. No era una novedad. Últimamente, Mark andaba metido en algo, siguiendo la estela de una idea, y cuando eso ocurría, todo el Universo dejaba de existir. Ella, la primera otrora, pasaba a un plano más que secundario. Suspiró, enrollándose en las sábanas, esperando a que sonase el despertador. Ya había amanecido, pero todavía tenía unos minutos de descanso.
Despierta, pero aún adormecida, se quedó mirando a la ventana. Las cortinas, ondeando levemente, atenuaban los dorados rayos solares, que se desperdigaban por encima del mar de valles y montañas que era la cama. Pensó en el Sol, en los amaneceres, y en detalles ínfimos de su niñez. Luego, aburrida, y temiendo un mal día, se levantó y fue a la cocina. Por el camino, vio que la pequeña luz roja del teléfono parpadeaba silenciosamente. Dedujo que seguramente se tratase de otro mensaje de Mark, y aburrida, lo ignoró. Entró en la cocina, y comenzó a preparar el desayuno. Tendría que despertar a María en menos de diez minutos.
Entonces, sonó el teléfono. Corrió hacia él, y se dijo que mataría a Mark por llamar a esas horas de la mañana. Y por no haber dormido en casa. Y por no ser el que era. Y por no dedicarle apenas más de un par de minutos al día. Y por convertir su vida en.
—¿Diga? —dijo, notando como su voz somnolienta atravesaba el cable telefónico, hasta el otro lado.
—¿Señora Wilson? —dijo una voz extraña, y grave.
—Soy yo. ¿Quién es?
—Soy del Departamento de Policía.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Dana, presintiendo la desgracia en el aire de la mañana. Un aire que se volvió tenso y eléctrico.
—Su marido ha tenido un accidente —dijo el hombre, y haciendo una pausa, añadió—: ha fallecido.
Dana soltó el teléfono, mientras escuchaba, de lejos, como el hombre seguía hablando. Su voz formaba un murmullo siniestro. ¿Qué ha muerto? ¿Cómo puede ser? se dijo. Eso es imposible.
Muerto. Muerto.
Muerto.
Finalmente, sus rodillas se doblaron, y cayó al suelo sobre ellas. Extendió su mano y tomó de nuevo el teléfono. Colgó al hombre, que todavía continuaba parloteando al otro lado, y pulsó Escuchar mensajes.
Apenas un minuto más tarde, dejó el teléfono a un lado, y se derrumbó.
Sus lágrimas cubrieron el suelo del pasillo.
—¡Maldito cobarde! —gritó.
* * *
Charles Finn entró en su despacho, malhumorado. Solía estarlo por las mañanas, a primera hora, hasta que no se metía entre pecho y espalda un par de cafés solos y sin azúcar. Dejó su maletín sobre una de las sillas de su despacho, y se sentó. Algo palpitaba en su cabeza. Los cimientos de un gran dolor de cabeza. Lo sabía, siempre ocurría igual. Se pasó las manos por la cabeza, desde la frente amplia, pasando por la región donde en otra época peinaba pelo y ahora ya no, y siguió hasta la coronilla, acariciando el pelo escaso y blanco.
Decidido a convertir el día que tan mal había empezado en algo más favorable, conectó su ordenador personal. Mientras éste se iniciaba, salió a buscar sus cafés. Esperó ante la máquina durante unos minutos. Tras él, pasaban a cada momento empleados del edificio de Dirección. Todos le saludaban educadamente, y Charles respondía con la misma educación, a pesar de que no conociese prácticamente a ninguno de ellos. Sus caras no le eran más familiares que cualquier otra. La máquina terminó al fin, y recogió sus dos vasos de café, regresando rápidamente al despacho. Cerró la puerta tras de sí, y dejó los vasos sobre la mesa. Se sentó. El fluorescente del techo le molestaba en los ojos, y los apretó con fuerza.
Suspiró y echó un vistazo a la pantalla del ordenador. Había terminado de encenderse, y sobre la pantalla parpadeaba el aviso de su correo electrónico.
—Empieza el baile —se dijo.
Conectó un poco de música, con un volumen ínfimo, y con la esperanza evidente de calmar los nervios. Abrió el correo electrónico, y descubrió treinta y dos mensajes nuevos. Lo mismo cada día, se dijo. Leyó el asunto de los mensajes. Al menos la mitad no le interesaba. Basura informática. Los borró sin parpadear, y echó un vistazo al resto. El primero de ellos, enviado hacía unas horas, todavía de madrugada, era especialmente turbador. Su asunto era TREMENDAMENTE URGENTE, y lo había enviado un tal Mark Wilson.
—¿Mark Wilson? —dijo Charles en voz alta.
«¿De qué me suena?» pensó. Su mente divagó. En otros tiempos, cuando solamente era un doctor en física cósmica, su lista de contactos era muy reducida. Unos cuantos colegas en conferencias esporádicas, y los rostros sin importancia de sus alumnos. Ahora, mano derecha del Director General de la NASA, debía conocer a tanta gente que, de hecho, no conocía a nadie. Pensó durante un instante, hasta que cayó en la cuenta. Mark Wilson era un prometedor físico, especializado en fenómenos cósmicos turbulentos, como supernovas o agujeros negros.
Abrió el mensaje, extrañado por la urgencia del remite.
—No puede ser —dijo, tras leerlo.
* * *
—Cariño, tengo que contarte algo.
Dana vio el rostro dormido de su hija, que se erguía con dificultad, envuelta todavía en las sábanas con dibujos de los personajes del Rey León.
—¿Qué? —dijo, con una vocecita aguda.
—Papá ha tenido un accidente.
El rostro infantil de María se transformó en una mueca de preocupación y, sobre todo, incomprensión.
—¿Está bien?
Dana meneó la cabeza negativamente, sintiendo que las lágrimas afloraban en sus ojos. Y María, con esa manera de ser tan extraña que a veces mostraba, se lanzó hacia su madre y la abrazó.
—Ha muerto, ¿verdad? —preguntó.
* * *
En un primer momento, Charles Finn se había mostrado incrédulo. ¿Un agujero negro errante? ¿Y en dirección al Sistema Solar? ¿Menos de dos meses? No podía ser. ¿Qué tonterías son esas? se preguntó. No había oído jamás una historia semejante. Su primer impulso fue borrar el mensaje, y a otra cosa. Pero se trataba de Mark Wilson. Era un físico que se iba ganando un nombre en el mundo científico, y estaba seguro de que nunca enviaría un correo como aquel sin justificación. Algo así podía echar a perder el prestigio de un científico para toda su vida. Nadie con dos dedos de frente gastaría una broma semejante. Leyó el informe que Mark Wilson había escrito, y la cantidad de datos y cálculos le sobrepasaron. Era demasiado preciso para tratarse de una broma. Además, el informe incluía las referencias del satélite con el que Wilson había trabajado, y el físico le retaba a comprobar sus resultados.
—Pues eso es lo que haré —dijo.
Tomó las tablas de datos, y se dispuso a repetir los mismos cálculos que Wilson había realizado horas antes. Al terminar, y obtener los mismos resultados, el dolor de cabeza de Charles Finn había desaparecido. Ahora sentía como si mil cables de alta tensión rodeasen su cuerpo, y como si alguien estuviese a punto de presionar el interruptor y freírlo.
Intentando mantenerse lo más tranquilo posible, entró en la red interna de satélites, y comprobó que los datos hubiesen sido tomados tal y como Wilson afirmaba en su informe. Número a número, decimal a decimal, tabla a tabla, descubrió que no había ni un solo error en los datos de Wilson. Agarrándose a un clavo ardiendo, llamó a uno de los técnicos encargados del control del satélite MSK-322. Le ordenó que realizase un chequeo completo de las funciones del satélite, incluyendo el control de todos y cada uno de los aparatos de medición. Tras eso, le dejó indicaciones sobre qué datos quería y cómo los quería.
Colgó el teléfono y se recostó contra el respaldo de su silla, mirando el techo de color claro. La espera duraría todo el día, y se sentía sin fuerzas ya en ese momento. ¿Quizá asumía la realidad que Wilson le había revelado? Sintiéndose estúpido por no haberlo pensado antes, llamó a su secretaria y le pidió que encontrase el número de teléfono de Mark Wilson. Ella se lo dio menos de un minuto más tarde. Sin pararse a pensar sobre cómo había logrado encontrar el número en tan poco tiempo, lo marcó en su teléfono. Comunicaba. Lo intentó un par de veces más, y al fin desistió. Sin darse por vencido, consiguió el número de teléfono del pequeño centro en el que trabajaba el físico.
—Buenos días —dijo una voz, al otro lado.
—Soy Charles Finn, Subdirector Adjunto de la NASA, y necesito hablar inmediatamente con Mark Wilson.
La voz pareció cambiar.
—Me temo que eso no será posible, señor —dijo.
—¿Por qué?
—Mark Wilson está muerto.
Logró balbucear una disculpa, y colgó.
—Entonces, es cierto —murmuró.
* * *
El técnico controlador del MSK-332 le llamó a media tarde. Charles Finn tomó el teléfono como quien sabe que pronto estará muerto. La sensación era... terrible.
—Aquí Finn —dijo, notando la tensión en su voz.
—Soy Raid Spin. He realizado el cheking que usted me pidió.
—¿Y bien?
Tres, dos, uno.
—El satélite está en perfectas condiciones. Lo cual no me extraña, pues ha sido lanzado apenas hace un año y medio. Sus aparatos muestran una fiabilidad total, y los datos que usted me pidió que comprobara son exactos —dijo el hombre—. Ni un fallo —añadió, lleno de orgullo.
—Muchas gracias —balbuceó Charles Finn—. Buen trabajo.
Y colgó.
Inmediatamente, llamó a su secretaria. Ella apareció en el umbral de la puerta, y miró el rostro lívido de su jefe.
—Nataly —dijo Finn—, tengo que hablar con el presidente.
—Tiene el teléfono del señor Timson en su agenda particular, señor Finn.
Charles Finn negó con las manos.
—No el presidente de la NASA —dijo—. Nuestro Presidente.
«Menudo momento», pensó, mientras veía como Nataly desaparecía tras la puerta, casi tan aterrorizada como él.
«¿Cómo puede ser?» pensó. «¿Cuántas posibilidades había? ¿Una frente mil millones de millones?».
«Qué más da ahora», sentenció mentalmente.
Todo daba igual.
* * *
Charles Finn se levantó de su silla, y se puso tras ella, apoyando las manos en el respaldo. Ante él, una larga mesa de madera oscura, y brillante. Había al menos veinte personas. La más importante era el Presidente que, obviamente, presidía la reunión. Pero también había altos cargos del gobierno, del ejército, y de otros poderes fácticos, como el FBI, la CIA, el director del MIT... Ni que decir tiene que Charles no conocía a nadie más que al Director General de la NASA, Robin McGuire. Los demás le habían sido presentados con la levedad de algo que no importaba.
Suspiró. Había hablado decenas de veces ante públicos mucho mayores, pero nunca con tanta trascendencia. ¿Cómo comparar a centenares de estudiantes con esa gente que ahora le miraba con expectación? Eran los que manejaban los hilos del país, y también de parte del mundo. La inteligencia brillaba en sus ojos, y también un instinto de supervivencia y competencia que les había llevado a sus actuales puestos.
Suspiró de nuevo. Y, «¿qué más da, de todas formas?» se dijo finalmente, tratando de tranquilizarse.
—Me llamo Charles Finn —comenzó, algo inseguro—. Intentaré ser lo más breve y explícito posible. La situación, no en vano, me obliga a ello —hizo una pausa—. El satélite MSK-322, un satélite de observación cósmica, detectó hace dos días algo realmente preocupante. En realidad, fue un físico de un instituto ligado a la NASA quien detectó... el problema —dijo. No sabía muy bien cómo definirlo—. Su nombre es Mark Wilson, y desgraciadamente, se suicidó al conocer lo que iba a ocurrir. En cualquier caso, me informó antes de hacerlo, con lo cual nos ha legado una importante información que, de otro modo, se habría perdido —hizo una breve pausa, y continuó—: La realidad, simplificada, es la siguiente: lo que Mark Wilson detectó fue un agujero negro. Les ahorraré los detalles técnicos, pues la gran mayoría de ustedes no sabría interpretarlos. El agujero negro, bautizado como Agujero Wilson, es de un tipo que apenas había sido observado en el pasado. Algunos le llaman, informalmente, agujero negro errante. Como no sé qué nivel tienen sus conocimientos sobre los agujeros negros, les proporcionaré una definición rápida. Se trata de objetos estelares con una gran cantidad de masa, tan compacta que su gravedad es inmensamente alta. Eso hace que nada pueda escapar de su superficie, ni siquiera la luz, de ahí su nombre. El hecho de que se trate de un agujero negro errante, únicamente indica que el agujero negro no tiene una ubicación fija, sino que vaga por el Universo, de un lugar a otro, a gran velocidad en este caso.
Se detuvo un instante y miró los rostros que le observaban. Iban desde una incomprensión aburrida a una expectación preocupada. Pero todavía no veía la desesperación en sus miradas. Pronto haría aparición, no en vano.
—Se lo diré fácil y rápido: el Agujero Wilson viene hacia el Sistema Solar. Y no hay escapatoria.
—Explique eso —exigió el Presidente, con voz grave y preocupada.
—Verá, señor Presidente —comenzó Charles—. Esto no es como si viniese un cometa hacia la Tierra, o un asteroide, en cuyo caso habría salidas viables. Desviarlo, destruirlo, afrontar el impacto,... tampoco es... un fenómeno solar turbulento,... se trata de un agujero negro. Es... es... —no supo cómo explicarlo—. Es una catástrofe. Nada sobrevivirá. Un agujero negro es como una gran aspiradora, tan potente que nada puede escapar. Los técnicos han realizado los cálculos un millón de veces, y los resultados son tan correctos como los que arrojaron los cálculos de Mark Wilson. El agujero negro viene hacia aquí. Y cuando llegue —suspiró—. Cuando llegue, lo aspirará todo. El Sol, los planetas, el hidrógeno, el cinturón de asteroides..., por eso decía lo de que no hay escapatoria —miró a su público. Ahora si vio la desesperación—. No hay salida.