Di Stefano miró hacia el interior del vehículo. El taxista, indiferente, le devolvió la mirada, pero señaló con el índice de su mano derecha una pistola que tenía sobre sus muslos. Di Stefano echó mano a su sobaquera; el conductor agarró la pistola y le apuntó, mientras negaba con la cabeza y señalaba hacia atrás. En la parte posterior, a la derecha del asiento, Lucía Cano se levantaba unas gafas de sol con una mano, mientras con la otra dejaba una pistola a su lado, sobre la parte del asiento más cercana a su puerta.
—¿O prefiere dar un paseo hasta encontrar otro taxi? —Preguntó Cano con su voz de niña buena y una falsa sonrisa.
Di Stefano sonrió. Otra desagradable sorpresa más. Dando un profundo suspiro entró en el vehículo, que arrancó, en cuanto cerró la puerta, a la máxima velocidad posible. La agente Cano clavó la mirada en su rostro.
—Quiero que sepa que, por su culpa, casi se va al traste nuestro plan. ¿Y si llega a subir en la barca con Palacios? Tendríamos que haber pospuesto el momento de la eliminación de nuestro objetivo... con todo el trabajo extra que eso conlleva. Pero eso usted lo sabe bien.
La agente Cano sacó un estuche de maquillaje de su bolso y se miró en el espejo. Mientras se retocaba el pelo con falsa coquetería, siguió hablando como si estuviera en una reunión informal.
—Es lo malo de tener amistades tan peligrosas. En ningún momento te puedes encontrar del todo a salvo.
—¿Amistades, dice? ¿De qué me está hablando? —exclamó Di Stefano, intentanto contener la cólera, mientras comenzaba a trazar un plan de escape: primero Cano, relativamente sencillo, un golpe bien dado en la garganta, después el conductor... —. Veo que sigue sin enterarse de nada. Ese hombre no era amigo mío, ni nada parecido.
—No sea quisquilloso. En todo caso, ha dejado de ser un problema para nosotros... y para usted.
—¿Sabe? Procuro solucionar mis problemas sin la ayuda de nadie.
—Sí, ya lo sé, es usted un hombre independiente y competente, y todo eso—continuó con tranquilidad Cano—. Aún así, le convendría considerar algo importante: estamos en paz. Usted me salvó el pellejo; yo se lo he salvado ahora.
—Eso es mucho decir... Considero que me lo ha salvado la suerte.
—Considere lo que quiera. Por mi parte, no le debo nada.
Era lo último que se esperaba: que fuera a reunirse con un cliente en su club, un asunto trivial, que se encontrase con Palacios, que le encargase otro trabajo, en apariencia de importancia, que minutos después Palacios muriese en un atentado frente a sus propios ojos, y que se encontrase en un taxi a la agente Cano, responsable de la muerte de Palacios, que pretendía saldar cuentas. Demasiado para un día que empezó tranquilo. Menos mal que al menos he comido, pensó un dispuesto Di Stefano, que sólo esperaba el momento de dar el golpe definitivo. Ya tenía su elegida su estrategia para utilizar cuando llegase el momento: seguir hablando con Cano, darle cuerda, hacer que se confiase, y acabar con los dos. Lo de Cano iba a ser sencillo, al menos así lo esperaba: un golpe y punto final. Lo del conductor requería algo más de técnica y rapidez. Pero estimó que sería factible. Miró hacia el exterior. Varios coches de la policía se cruzaron en sentido contrario, a gran velocidad, camino del club.
—Relájese —ordenó Cano—. ¿No pensará avisar a sus compañeros? Sólo quiero hablar con usted. Si hubiera querido eliminarle, ya lo habría hecho. Pero piense que aún estoy a tiempo.
—Haga el favor de decirle a su colega que pare el vehículo.
—¡Oh, no, querido amigo! Antes deseo tener unas palabras con usted. Estemos de acuerdo en que su impertinente laconismo ya no tiene sentido. Ambos sabemos quién es, a lo que se dedica. Ambos sabemos que es el responsable de la destrucción del palacio Pertini.
—Yo no soy responsable de eso que usted dice.
—Pero, créame, no le guardo rencor —continuó, haciendo caso omiso de las palabras de Di Stefano—. No, al menos, tanto como usted a nosotros.
—¿Rencor? ¿Qué le hace suponer que yo guardo rencor al Instituto? —Preguntó, moviéndose en el asiento, situándose cara a cara con Cano—. Simplemente me desvinculé, y me dediqué a vivir mi vida en un planeta alejado. Nada tuvo que ver el rencor.
—Entonces, ¿por qué pasó a trabajar para la Compañía de la Rosa?
—Yo no trabajé, ni trabajo, para la Compañía de la Rosa —respondió—. Colaboré circunstancialmente con Palacios.
—En la destrucción del palacio Pertini.
—Falso —dijo, sin dejar de mover su mirada del conductor a Cano—. Nada tengo que ver con eso.
La agente Cano se retrepó en su asiento y compuso un gesto de duda.
—Acláremelo entonces... Porque monseñor Groepius estableció la conexión entre usted y la explosión del centro, seguimos una pista arisia, ahí apareció de nuevo usted... hay demasiados puntos que le atan a la compañía. El propio Palacios.
Di Stefano se relajó, pero sin perder el control de la situación: el conductor estaba tan absorto en la conversación como cualquiera de ellos dos, el camino se abría entre desmontes y ocasionales poblados marginales.
—Piense —dijo—. El pobre padre Mauricio sabía que me establecí en Aris. El Instituto dejó de tener agentes de campo en el planeta. ¿A quién recurrir en esas circunstancias? Me eligió por pura lógica: era la única opción posible.
—Pero usted estuvo en la Tierra durante el acontecimiento.
—Coincidencia —respondió tajante—. Como otros diez mil millones de personas más. Mi trabajo es así: debo viajar demasiado, al menos para mi gusto. Aunque en esta ocasión no fue tan desagradable.
A Di Stefano le dio entonces un vuelco el corazón, según inventaba la historia. Pero, ante cualquier agente entrenado en la gestualidad de su rival, pasaría por sincero.
—Echo mucho de menos a mis padres —continuó—. Les quiero mucho, ¿entiende? Aproveché para ir a depositar unas flores en sus tumbas. Indague en Madrid. Tal vez alguien me viera.
La agente Cano arqueó las cejas en un gesto de vacilación, como si quisiera dejar claro que no terminaba de creerse la historia. Pero continuó en la senda dudosa. Di Stefano decidió contrataacar.
—¿Conoció al padre Mauricio? ¿Al menos tanto como yo? Ni mucho menos. ¿Le dijo en alguna ocasión que yo era el responsable directo del tema? Lo dudo. Dudo que le dijera algo sobre mi trabajo actual que no fueran más que puras evasivas. Es más: le salvé a usted la vida. Como lo intenté con el padre Mauricio.
Cano se mantuvo silenciosa durante varios minutos sin dejar de observar a Bellini, enroscándose en pelo en los dedos, aparentemente absorta en sus pensamientos. Dos días atrás recuperó el cadáver del padre Mauricio de una digna sepultura del cementerio donde dijo Di Stefano que estaba. ¿Por qué iba a mentirle ahora Di Stefano? Le salvó la vida, enterró dignamente a monseñor. Sólo por eso merecía un profundo respeto, casi más, a su parecer, por lo segundo que por lo primero. Respeto que ella había demostrado, disponiendo la explosión de la barca, y todo el trabajo subsiguiente, a que Di Stefano fuera en ella con Palacios o no. ¿Por qué no creerle ahora? Además, ¿qué más daba? Desde el momento en que vio meses atrás el palacio Pertini reducido a escombros, sintió que el asunto podía superarla. En aquel taxi, en aquel momento, llegó a la conclusión de que ingresó en el Instituto demasiado tarde para intentar comprender la magnitud de la trama. Sonrió. Si el asunto le superaba a ella, también a Di Stefano, un simple peón. Y, lo más importante, estaba en paz con su conciencia.
Mientras tanto, dejaron atrás el camino al club, se internaron en una carretera de circunvalación, y Pálasti se hacía más notoria: a ambos lados, barrios de bloques de hormigón y casas de ladrillo cada vez más juntas.
—Si se tratase de un juicio inquisitorial, no tendría ninguna prueba incriminatoria —prosiguió Di Stefano—. Para su descanso, diré que no tengo nada que ver con su fantástica historia: todo es pura coincidencia.
—Sólo quería hacerle saber que estamos en paz. Si nos volvemos a encontrar, tal vez no tenga tanta suerte.
—Bien —dijo Di Stefano, sin dejar de mantener la tensión—. Pues siendo así, le repito mi petición: déjeme lo antes posible.
El conductor miró hacia ellos por el retrovisor. El vehículo, tras dejar la carretera en una de las salidas, se adentró en la ciudad.
—Tuve tiempo de hablar con monseñor. Poco, es cierto —dijo Cano, mostrando una sonrisa triste—. Pero lo suficiente como para hacerme una idea algo más que general del proyecto. ¿Sabe? Monseñor decía siempre que usted era el mejor agente que jamás conoció. Y hablaba de usted como del hijo que jamás podría tener un religioso. De lo que deduzco que le tenía un cariño especial. A través de él y de Salvatore tuve una conciencia clara del tema. ¡Qué barbaridad! ¡Qué absoluta maravilla! Usted estuvo en los mejores momentos del Instituto, en los más cruciales. A veces sabiéndolo, a veces sin saberlo. Pero me consta que fue un agente leal.
Di Stefano reconoció por donde circulaban. El vehículo iba hacia el centro de la ciudad. ¿Qué se proponía ahora aquella loca?
—Usted todavía estaba estudiando cuando yo trabajaba codo con codo en el Instituto con el padre Mauricio. ¿De qué se asombra?
Cano siguió su relato como si no la hubiera interrumpido nadie.
—El resto de su historia, ni me la creo ni me la dejo de creer. Qué le voy a decir que no sepa: confimación. Eso es lo que necesito. No tengo ninguna prueba, como usted ha dicho, de su implicación directa en los hechos.
Clavó una mirada salvaje en los ojos de Di Stefano. Y, entonces, en ese mismo instante, supo que aquella maravillosa mujer le mataría si fuera necesario, que no dudaría. Tuvo la seguridad de que estaba vivo por pura indulgencia, tal vez por devolver el favor. Desde que la vio por primera vez, meses atrás, supo que se enfrentaba a una auténtica agente, convencida y capaz. Tuvo la sensación de que se enfrentaba al Instituto entero. ¿Acaso no era así?
—Por eso está usted vivo —continuó con voz tranquila—. Por que, de saber que había tenido alguna vinculación en una trama contra el Instituto, habría ido a por usted. No le quepa la menor duda: pese a haberme ayudado en los momentos más difíciles de mi carrera. Usted lo entenderá, supongo.
—Yo no entiendo nada, señorita.
—Tampoco sabrá a lo que se dedicaba el señor Palacios, ¿verdad?
—Por supuesto que sí —contestó tranquilo—. Era el jefe de los servicios secretos arisios.
—Y un alto cargo de la Compañía de la Rosa.
—A mi modesto entender, esa organización lleva años muerta —dijo, sonriendo de medio lado—. No me consta que siga operando, ni en Aris ni en ningún otro lugar.
La agente Cano dibujó una sonrisa sardónica y desvió su mirada hacia el exterior. El vehículo se había internado en el tráfico de la ciudad. Atravesaban a ritmo lento una ancha avenida.
—... tan muerta o más que el propio Instituto —continuó Di Stefano.
—¿Qué le hace suponer eso? —Se revolvió Cano en el asiento.
—El padre Mauricio, antes de morir, me lo contó. Por lo que deduzco que toda esta operación corre por su propia cuenta.
—Deduce usted demasiado. Espero que también deduzca las implicaciones del embrollo en que se ha metido usted solito. El padre Mauricio, pese a considerarle en el fondo un cínico, supuso que conservaría la estatura moral mínima para no interferir en el asunto de Heinz.
—¿Heinz? ¿Qué tiene que ver Heinz ahora? Eso terminó hace años.
—Todo lo relacionado con esa línea de investigaciones lo controlábamos desde el palacio Pertini —tomó aire Cano, para soltarlo de modo brusco—. Pero le advierto: seguimos y seguiremos haciéndolo.
—De lo cual me alegro.
—De acuerdo, Di Stefano, quédese a solas con su cinismo. Está vivo gracias a que cuidó de mí y de monseñor Mauricio. El viaje ha terminado. Bájese del vehículo.
El taxi derivó hacia la derecha y le dejó en una acera de la larga avenida Bogossian. Di Stefano bajó receloso del vehículo.
—No sé si decirle que nos volveremos a ver o que mejor que eso no ocurra —se despidió taciturna la agente Cano a través de la ventanilla—. En cualquier caso, aléjese de nosotros. Para siempre.
Sin tiempo para una última palabra, el vehículo arrancó y se mezcló con el tráfico de la avenida.